VV.AA. “Última temporada”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 14 de abril de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/04/14/las-expectativas/

Las expectativas

No es habitual que coincidan en los escaparates y en las mesas de novedades dos antologías similares: ésta “Última temporada” de Lengua de Trapo y “Bajo treinta” de Salto de Página;  las dos recopilando textos de autores españoles nacidos en la década de los 80. Pero no creo que esa coincidencia deba verse como una competición entre editoriales ni que resulte una innecesaria reiteración; al contrario, a mí me parece una muy buena noticia para la literatura comprobar por duplicado que hoy en día, en este universo cibernético, hay jóvenes menores de treinta años dispuestos a no dejarla morir por inanición. Se trata de sumar y no de elegir entre una u otra.

Y me enfrento a esta selección que presenta Alberto Olmos en Lengua de Trapo con el mismo sistema que a la de Juan Gómez Bárcena en Salto de Página: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor –lo que a mi me parece un buen escritor- que no conocía. Al fin y al cabo creo que las antologías –en la mayoría de los casos- no son otra cosa que una tarjeta de presentación. Un texto singular que te sorprende en un libro colectivo y que te lleva a buscar a ese autor por separado.

Lo que pasa es que en este caso de “Última temporada” para mí no es exactamente así porque hay algunos autores que ya conocía de “Bajo treinta” (y a algunos incluso de antes). Con lo cual la novedad –en algunos nombres concretos- se convierte en la confirmación de un bautismo sin agua bendita. En la antología de Salto de Página hay catorce autores y en la de Lengua de Trapo veinte. Y en ambas repiten tan sólo nueve nombres. Y de esos nueve que coinciden el único que me ha convencido las dos veces con dos excelentes relatos –por estilo y temática- es, sin duda,  Víctor Balcells.

De los ocho restantes también lo hace Soto Ivars, (que me confirma lo que ya sabía desde “Siberia”) pero en esta ocasión me sorprende el argumento elegido en su relato ¡Olé los tanques! : el golpe del 23-F. Y es que me llama la atención –para mal y espero que no sea tendencia- que un autor de los 80 recurra al pasado –cuando él no había nacido o llevaba chupete- para hablar de política y renuncie al hiperproductivo y pútrido presente con sus cientos de ejemplos de corrupción en partidos políticos y sindicatos. Lo mismo me sucede con Aixa de la Cruz que me sigue demostrando su talento pero que esta vez con “Abu Ghraib” me decepciona en la temática elegida. No voy a ser yo el que defienda, justifique o mire para otro lado en los casos de “guerra sucia del Estado” o de tortura policial, si los hay deben ser denunciados y perseguidos, pero me produce una inmensa lástima –y me preocupa por lo que eso puede significar de veneno metabolizado- que un narrador joven no siga el ejemplo de Fernando Aramburu y sus “peces de la amargura” y prefiera hacerle los coros a Kortatu. Cristina Morales me sigue pareciendo una magnífica escritora, pero en esta ocasión con “Fatoumata Tourai y veinticinco hijos de puta” –lenguaje provocativo a parte- me parece que utiliza la literatura para postularse como tertuliana en algún programa de debate político, noria o gallinero por el estilo. Y estoy seguro de que lo haría muy bien aunque yo no vea ninguno. Jenn Díaz mantiene el buen nivel con “El vuelo del moscardón”,  pero me pareció mucho mejor –menos naif y más original y elaborado el mensaje- en el de “Bajo treinta”. Y por último Matías Candeira que en las dos antologías reproduce la misma sensación contradictoria que tuve con sus relatos de “Todo irá bien”: una de cal y otra de arena.

Siguiendo ese mismo sistema del descubrimiento “Última temporada” me ha permitido gritar ¡Eureka! con los relatos de Roberto de Paz, Jimina Sabadú y Paula Cifuentes. Tres nombres que hasta ahora desconocía y que sumo a esa lista sin condiciones ni dudas. A ellos añado el de Juan Gómez Bárcena que no es para mí una novedad y que me confirma con su cuento “Griselle” que es un excelente narrador que se toma esto en serio y no se deja llevar por la moda, sus tendencias ni sus extravagancias.

De “Ojalá nos cogerían” de Jimina Sabadú me ha fascinado su capacidad para reproducir con fidelidad el lenguaje choni de las princesas de barrio, pero sobre todo el retrato –realista y demoledor- de dos jóvenes sin futuro –ella go-go y el portero de discoteca- que sueñan para dejar de malvivir y salvarse con convertirse en una más de esas celebridades –fama y dinero fácil- que salen en los reality de la televisión. “Los gusanos de seda” de Paula Cifuentes me ha parecido extraordinario por su armonía entre realismo y metáfora, y “N” de Roberto de Paz, igual por conseguir ese mismo equilibrio entre lo real y lo simbólico.

Y es que una de las cosas que me ha sorprendido –y para bien- de “Última temporada” es que esas preferencias mayoritarias de “Bajo treinta” por el simbolismo y el realismo de vídeo doméstico las encuentro mucho menos marcadas. Algo de lo que me alegro porque sigo pensando lo mismo que entonces: que un exceso en lo simbólico produce desafección en el lector y que ese naturalismo radical hace de la literatura una imagen nítida pero fría y vacía.

Y en ese sentido en esta ocasión aparece la excepción de Guillermo Aguirre que si bien en “Bajo treinta” me pareció que fracasaba al unirse a ese simbolismo críptico aprovecha  –al revés que Candeira- esta segunda oportunidad con “Las obras”, un muy buen y original cuento en el que mezcla el lenguaje cinematográfico y el narrativo.

Y por último hay dos autores que siendo novedad también quiero citar: Miqui Otero y Laura Fernández porque sin convencerme completamente como Sabadú, de Paz y Cifuentes, sí que sus dos relatos me parecen dignos de mención. Miqui Otero en “Se busca insecto palo” hace un retrato hiperrealista, humorístico y patético de un espejismo que se desintegra al hacerse de día, y en su brillante prosa encuentro su mejor virtud, pero también su defecto al funcionar en parpadeos igual que las luces y el éxtasis de una fiesta ácida o rave party. Y de Laura Fernández y su “Cafeteras de Otro Mundo Vanderbilt” me parecen indiscutibles su imaginación y originalidad para hacer una crítica de una sociedad futurista, “deshumanizada” y robótica, pero el que sus protagonistas sean alienígenas convierte al relato en un cómic.

Lo mejor de estas dos antologías de “nuevos narradores españoles” es que la suma de los dos libros nos da un total de veinticinco autores. Y en ese total hay para mí algunos nombres que aciertan dos veces; otros que en una ocasión lo hacen mejor que en otra y algunos que fracasan en las dos. Hay algunos que aciertan en una antología y no están en la otra y que no hubiera descubierto si no hubiera tenido la suerte de leer las dos. Aciertos y errores que en ambos casos creo que vienen desde los dos extremos opuestos: el exceso o la escasez en las situaciones o los argumentos.

Quizás juzgar a un autor por un texto pueda resultar precipitado o injusto. Pero ese es el mecanismo de las antologías. Una única oportunidad, aquí y ahora, para llamar nuestra atención, convencernos, conquistarnos –o no- para que le demos otra fuera de esta presentación.

VV. AA. “Última temporada”. Nuevos narradores españoles 1980-1989. Selección y prólogo de Alberto Olmos. 422 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2013.

Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”

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Reseña publicada en Factor Crítico,  el jueves 3 de abril de 2014.

http://www.factorcritico.es/2014/04/ajedrez-para-un-detective-novato-juan-soto-ivars/

Mitad Jaimito mitad Juan.

Ya se que la película no es gran cosa y que posiblemente haya ejemplos mejores, pero me he acordado de esa escena de “Matrimonio de conveniencia” (Peter Weir, 1990) en la que Gerard Depardieu (que se supone que es compositor) se pone en una reunión de millonarios esnobs a tocar el piano aporreándolo como un loco furioso. Los que lo escuchan, horrorizados, muestran su desagrado y estupor; y uno de ellos, al acabar la interpretación y pensando que es una “extravagancia new age”, aplaude con sonrisa bobalicona lo que no ha sido más que espantoso ruido. Entonces, Depardieu, en un cambio inesperado, se pone a tocar con sutileza mientras recita en (¡oh!) francés un improvisado (y pésimo) poema. La sorpresa es absoluta; Depardieu conquista al auditorio (y a Andie MacDowell) y con ese cambio se transforma totalmente: pasa de ser un loco, un hombre zafio y vulgar a un artista sensible y fascinante.

Y es que esa misma sorpresa, esa transformación, esa excentricidad que se vuelve  algo serio es este “Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars. Una novela que más o menos hasta la mitad era un auténtico disparate y que acaba por volverse una novela negra de verdad.

Explico esto antes que nada porque será muy normal que un lector no avisado se levante indignado antes de tiempo y deje la novela a medias viendo como Soto-Depardieu le toma el pelo aporreando el teclado en un constante desvarío. Y no se lo reprocharía. Yo mismo tuve esa tentación. Ese humor infantil, desmesurado y excesivo es difícilmente soportable: una novia ninfómana y sadomasoquista, un detective play-boy y millonario, una presentadora de televisión libidinosa y con poderes hipnóticos, un episodio escatológico y varios refritos de películas pulp y B movies. Pero creo que sólo por contemplar la transformación de la segunda parte de la función merece la pena permanecer sentado y aguantar. Ver al loco y al genio. El espectáculo al completo para poder opinar.

Y creo que para comprenderlo mejor y saber a qué atenernos habría que insistir en que esta novela es una sátira. Y que la sátira según el diccionario es poner en ridículo, es algo agudo, picante y mordaz; y eso es la mitad de esta novela: un pitorreo, una chufla, una burla.

Entiendo que algunos se indignen porque no todos tienen la oportunidad de escribir una novela mezclando en su argumento cómics, series de televisión y películas: Terminator, Cyborg, El santo de Val Kilmer y sus disfraces, el sentido arácnido de Spiderman, la Blasa de José Mota, las tortugas ninjas y “Underworld” y un chiste de caca, culo, pedo y pis; y publicarla. Y que además semejante desvarío gane un premio. Imagino la cara de estupefacción de los demás aspirantes que enviaron sus manuscritos. Lógicamente no pensarán que se trata de una broma sino de algo mucho peor. No entenderán que un jurado serio haya pasado de la mitad del manuscrito sin descartarlo. Se imaginarán a Soto partido de la risa, divirtiéndose como un niño mientras ellos se pasaron meses de fiebre y obsesión sudando la gota gorda para escribir sus novelas no premiadas.

Soto es un gamberro que hace de Jaimito y eso puede resultar ofensivo. Reconozco que yo mismo, al llegar al capítulo “El peso de la sensibilidad” (página 127), cuando el protagonista se convierte en un hombre biónico estuve a punto de dejarlo. Pero a pesar del disparate seguí porque también me estaba resultando entretenida e hilarante. Pensé, ¿no será que nos tomamos demasiado en serio la literatura?; que no le damos una oportunidad para que pueda ser frivolidad, pasatiempo, carcajada. Resultaba confuso y contradictorio. Por un lado me divertía como si juntara una historieta de “Anacleto, agente secreto” y el primer “Torrente” y por otro me resultaba inaguantable y excesivo, una chorrada. Era entretenida sí, pero ¿es simplemente eso lo que debemos pedirle a la literatura?, ¿basta con eso para conquistarnos?; ¿de qué estamos hablando de un tebeo o de una novela?

Pensaba en que Soto Ivars era un escritor de verdad, alguien capaz de haber escrito “La conjura de Perelman” y, sobre todo, la excelente “Siberia” y ahora tenía delante el desvarío de un veinteañero borracho una noche de carnaval. Aguantaba porque era Soto Ivars, pero ¿tenemos la obligación de saber quién es?, ¿de respetarle y aguantarle por haber escrito “Siberia”?, ¿Y si no le conociéramos de nada lo aguantaríamos? Aquello no podía seguir así,  ¿dónde quería llegar?, ¿qué pretendía con todo aquello?; ¿era una provocación?, ¿pretendía ponernos a prueba? Tenía que tener algún sentido. Tenía que tener truco. Y las primeras pistas me las dio con esos párrafos sueltos que se intercalaban entre los disparates. “Todo era algarabía y desparpajo” y entre ellas se colaba el escritor igual que “el pato de goma boga sobre las aguas procelosas del infierno”. Soto era capaz de sacar adelante una trama igual que un adolescente conduce en los coches de choque. Divertido y serio mezclaba el desenfreno y la diversión con el volantazo de la ironía; de vez en cuando entre lo esperpéntico aparecían la metáfora y la descripción brillante. Progresivamente lo absurdo va perdiendo terreno y presencia hasta esa parte final en la que desaparece por completo. Y ahí se resuelve todo: el chiste era una máscara, un disfraz con el que divertirse y confundirnos; un juego. La pregunta es ¿son suficientes esos párrafos brillantes para apuntalar esa primera parte desopilante y no abandonar? ¿Qué pasa si no los advertimos, si no descubrimos al escritor debajo del disfraz de gallina Caponata?

Soto ha escrito esta novela riéndose, riéndose mucho, a carcajadas; pero también nos ha demostrado –de nuevo- su inmenso talento como escritor, su versatilidad y aptitud. Con ese cambio sorprendente, con esa capacidad para engañarnos y hacernos creer otra cosa nos ha demostrado su habilidad; su capacidad para darle un sentido al disparate, la coherencia y la tensión de un argumento aunque sea con un final que se veía venir. La lección puede ser: no dejes nunca un libro a medias, no sabes lo que puede pasar o qué vas a encontrarte en la página siguiente, pero la cuestión es: ¿no habrá tensado tanto la cuerda del esperpento que haga que se rompa antes de tiempo?; ¿no habrá llevado demasiado tiempo ese disfraz que acabe por espantarnos con sus tonterías? El golpe de efecto es magnífico, es tremendamente ingenioso, pero ¿basta con eso para ganarse nuestro respeto?

No voy a negarle a Soto su derecho a divertirse y a disfrazarse. Mitad Jaimito mitad Juan. Mostrarnos un perfil y luego darse la vuelta y darnos cuenta de que todo era una broma. No le voy a negar que quiera usar –no voy a decir desperdiciar- su talento y pasar una noche de juerga, disfrutar del carnaval, la barra libre y hacernos creer que se ha fumado algo. Él elige su manera de epatar, engañarnos y luego sorprendernos. Él ha querido jugar así. Pero creo que al final se trata de una cuestión de edad. Y yo ya estoy viejo para esto. Y no me gustaría verme -¡ay!- así: “A su lado, yo era un viejecito que tiembla, que está temeroso, que tiene una boina puesta y una bufanda y está cansado y proyecta su rencor hacia la juventud”, por eso en parte me rebelo y me río, pero es que con cuarenta años estamos acostumbrados ya a otro tipo de humor. Cumplidos los cuarenta no nos hacen ya gracia las cosas con las que nos partíamos el culo con veinte años. Cuando yo era joven me reía mucho cantando aquello de “Chochos voladores”, “Ayatollha no me toques la pirola”, “Me pica un huevo”, “Las tetas de mi novia” y “Tengo que inventar algo para poder hacer la caca de colores”. Ahora las escucho y sonrío, pero ya no es lo mismo. Antes bebía como un coronel británico y ahora no paso de las tres cervezas. Antes aguantaba dos días de fiesta y payasadas y ahora los sábados me acuesto a las once agobiado por no llegar a fin de mes. Ahora busco otra cosa en la literatura.

Creo que alguien entre los dieciséis y los veinticinco años se puede reír y disfrutar mucho con esta novela y sus excesos. Y supongo que Soto la contemplará dentro de quince años como una de aquellas locuras que hacíamos con veinte años. Ahora estamos a otra cosa, pero cómo nos reíamos entonces.

Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”. XVIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. 373 páginas. Algaida Editores. Sevilla, 2013.   

Ángel Olgoso. “Cuentos de otro mundo”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el viernes 28 de febrero de 2014.

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/28/recuperando-la-fe/

Recuperando la fe

A veces la literatura nos desconcierta. Pero es mucho peor cuando nos defrauda. Cuando se convierte en un lugar al que algunos acceden por tener un padrino electricista y unos cuantos amigos palmeros.

Podemos entonces convertirnos en camorristas o abandonar asqueados. O podemos leer para olvidar. Leer para olvidar que hemos leído. Buscar la parte de verdad que hay en todo esto y dejar que sean otros los que trafiquen con estampitas. Refugiarnos en un escritor en el que no haya mentira ni amiguismo y que nos reconcilie con la literatura. Leer a Ángel Olgoso.

Una nueva editorial que se estrena: Nazarí, nos concede ese oportunidad reeditando sus “Cuentos de otro mundo”, un libro en el que se reúnen tres colecciones de microrelatos: “Mundo murciélago”; “Nuevos cuentos del Folio Club” -los dos de 1996- y “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena” -de 1985-.

Y esta vista atrás sirve para darle una nueva oportunidad a lo descatalogado y también para comprobar que la maestría de Olgoso no es algo que surgiera por generación espontánea sino que es un embrión que ha ido evolucionando, mejorando y perfeccionándose hasta convertirse en ese reconocido refugio seguro lejos de cualquier podredumbre cortesana y maniobra extraliteraria.

Y es que las tres colecciones de estos “Cuentos de otro mundo” se presentan de adelante a atrás –de 1996 a 1981- y es posible que se haya hecho así respetando el original –no lo sé-, pero yo hubiera aprovechado la ocasión para hacerlo al revés, es decir, primero lo más antiguo y después lo más nuevo. Y lo hubiera hecho así porque de esa manera se puede apreciar –y disfrutar- mejor esa evolución en la narrativa de Olgoso de la que hablo.

Es curioso, pero no soy muy aficionado a los microcuentos. Mi desconfianza se debe a que en general esa “nueva narrativa del siglo XXI” se ha convertido en un circo al aire libre para domingueros. Muchos llegan allí y hacen un par de trucos, unas acrobacias, unas piruetas –o lo que es peor cuentan tres o cuatro chistes- y ya por eso se creen estrellas del Cirque du Soleil.

Y esa teoría la confirma Olgoso con los micros de “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena” (los más antiguos, los de 1981). En esta colección hay un título que le robaría: “El beso de los sonámbulos”, algunos excelentes micros como “Viejo granuja” y “Osolubaf odnum”, pero en general son bastante simplones e incluso alguno que se queda en mera gracieta. Una colección que sigue la fórmula típica de la idea ocurrente, el golpe de ingenio, el chupito y el petardo de peseta.

En “Mundo murciélago” y “Nuevos cuentos del Folio Club” ese Olgoso veinteañero y barbilampiño a la moda desaparece y nos encontramos diez años después con el escritor reconocible y admirable. Ya no es sólo el chispazo de la idea ingeniosa sino imaginación y mucho más. Y esa evolución es la que marca la diferencia, la que hace que se desmarque de ese pelotón de –bienintencionados o vanidosos- acróbatas domingueros y -contumaces y extasiados- pajilleros.

Y siendo las dos colecciones del mismo año: 1996, utiliza dos medidas diferentes. En “Mundo murciélago” utiliza el micropárrafo –aunque la mitad de las veces lo alarga hasta la página completa- pero los argumentos no son ya ideas simples y efectistas sino imágenes más complejas y elaboradas y con un lenguaje mucho más rico. Está ese elemento consustancial al micro: la sorpresa; pero es un destino al que se llega paladeando el trayecto. Aparece ya, desde el primero: “Samsara”, ese escritor del adjetivo preciosista y exacto al que tanto admiramos: “el ciclo de reencarnaciones –arbitrarias, maliciosas, extemporáneas- se convierte en un estigma insoportable”. Aparecen ya los temas recurrentes en su narrativa: el difícil ejercicio de la fábula (animales que piensan y hablan) si que resulte un ridículo dibujo animado; la multiplicidad y variedad argumental (el péndulo de ese exotismo escenográfico e histórico y la inquietud científica tan típicas en él); insectos y hombres en universos paralelos que conviven en éste; el reverso, la cara oculta de lo aparente; el humor, lo vulgar y lo fantástico, lo misterioso y lo aterrador; lo lírico, la mirada que se detiene y fija en lo minúsculo; lo descriptivo y su visualización: “A la luz del día polar –escasa, claustral, subsumida- contemplé las resquebrajadas placas de hielo entrechocando furiosamente”.

Y en “Nuevos cuentos del Folio Club” están todas esas virtudes –con algún resbalón: “El pescador rojo”– en una distancia mayor que supera esa medida estándar del párrafo único para lograr una nueva, personal e innovadora versión del relato breve.

Como dijo hace poco Menéndez Salmón en la entrevista que le hizo Antonio Fontana en ABC cultural: “…creo que hay mucha literatura banal, mucha literatura que cuenta poco o nada. Hay una literatura que, para mí, es un don; y junto a ella libros intrascendentes que son otra cosa: mercancía, aire”.

Sí, hay algún día en el que dan ganas de volverse un camorrista o renunciar. En uno de esos días basta con leer a Olgoso para recuperar la fe en la literatura.

Ángel Olgoso. “Cuentos de otro mundo”. 160 páginas. Ilustración de cubierta de Santiago Caruso. Editorial Nazarí. Granada, 2013.

Daniel Gascón. “Entresuelo”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 26 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/26/un-video-domestico/

Un vídeo doméstico

Todos tenemos una familia. Todos podríamos contar alguna historia de nosotros mismos y nuestros abuelos, padres, hermanos o tíos. La diferencia está en hacer o no atractiva esa historia.

Está claro que todo resultaría más fácil si nuestro abuelo hubiera sido diplomático en la Segunda Guerra Mundial y no dependiente de una ferretería en una capital de provincias. Con una vida apasionante y en una época convulsa es más fácil escribir una novela o hacer el guión de una película entretenida y correcta. Pero cuando nuestro abuelo no fue otra cosa que un tipo corriente con una vida vulgar y anodina como la de cualquiera puedes contar su historia, hacerle protagonista de una novela, pero entonces necesitas algo más; necesitas contarla de manera que la literatura –la forma en que la cuentas- te salve ese guión de la mediocridad y la indiferencia.

Todos podemos utilizar a nuestra familia de inspiración. Podemos servirnos de ella para buscar y encontrar argumentos y personajes. Desde una parte de verdad crear, inventar, transformar la realidad y hacerla materia de una colección de relatos o una novela. No es el caso de “Entresuelo”. Daniel Gascón ha decidido no mentir, contar la verdad sin más. Es una opción válida, pero qué pasa entonces si se opta como ha hecho él por contar los hechos con un realismo radical, descarnado, en crudo, sin imposturas. Pues que si lo que se narra no se cuenta con el contrapeso de una voz que lo haga atractivo, singular o diferente, se convierte en doble vulgaridad. Y esa es la carencia de Gascón. Que falla en la forma.

Y es que Gascón nos ofrece un vídeo doméstico como si él fuera el único que tuviera una cámara y el suyo fuera un documento excepcional cuando hoy en día hay miles –millones- que tienen una cámara digital y hacen vídeos como ese. Si visionamos el nuestro y el de “Entresuelo” no encontraremos ninguna diferencia. Hechos y hechos sin un montaje original y sin ni siquiera el mérito de una seductora voz en off.

Cuando hoy en día hay gente capaz de hacer creativos y originales cortometrajes con un teléfono móvil Gascón nos ofrece un libro que es un anodino retrato familiar con un valor y un interés estrictamente particular. Lo único que Gascón hace es un inventario de recuerdos –en muchas ocasiones copiando a Perec y su manoseado “Me acuerdo”- que seguro que a su madre, a su padre, a sus hermanos, tíos y primos les hace mucha ilusión, pero que a los demás nos produce indiferencia y suspicacia.

Entre las virtudes con las que se nos quiere vender esta “novela” están que refleja “el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica”.  O sea algo que ya se ha contado infinidad de veces como por ejemplo lo hizo Pedro Masó en “La familia, bien, gracias” con guión de Rafael Azcona  y en “La gran familia… 30 años después”. Se dice que sus “personajes” son “inolvidables” y en ellos no encuentro ninguno mejor que los de mi propia –y cualquier- familia con sus miserias, dificultades, virtudes y defectos. Se dice que es una “autobiografía indirecta” y que es una “aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España”, es decir que para eso me vale con ver “Cuéntame” y que cualquiera de sus guionistas tiene más mérito que Gascón porque la literatura debe ofrecerle algo al lector que no pueda ver en la televisión.

El que se “hable a la ligera” es una buena descripción. Esta es una “novela” amena, es el típico libro que se deja leer sin requerir un esfuerzo intelectual. Los recuerdos de Gascón le traerán al lector los suyos propios. Con los emotivos recuerdos ajenos recordará a sus abuelos; los veraneos en el pueblo; la infancia; las anécdotas que dejan una sonrisa y las multitudinarias, alegres y ruidosas comidas familiares. Pero esa ligereza es una virtud escasa y esa emoción compartida algo muy básico, un simple acto reflejo. ¿Dónde queda el escritor, su utilidad y su diferencia? ¿Dónde la literatura y el intento de hacer de ella algo inaccesible y fuera de lo común?, ¿dónde su valor, la belleza y dificultad que la hace distinta, inigualable? ¿Para qué queremos un escritor que se convierte en una máquina, un reproductor por escrito de imágenes y sonido y hace de la literatura un archivo que podemos contemplar en una pantalla?

Entiendo que Gascón quiera conservar la memoria de sus abuelos y compartir ese recuerdo con su madre, su padre, su hermana y el resto de su familia. Resulta emotivo pero es seguro que hay cientos –miles- de personas que podrían escribir un libro similar a este “Entresuelo”. Seguro que muchos serían peores, pero es muy probable que alguno fuera mejor y que sin embargo su autor si quiere verlo publicado esté condenado a ese limbo de la autoedición.

Daniel Gascón. “Entresuelo”. 108 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 24 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/24/solido-y-gaseoso/

Sólido y gaseoso

En ningún otro lugar como en un libro de relatos podemos experimentar los cambios de estado de la materia. La física y la literatura en una curiosa relación. Pasar de lo sólido a lo gaseoso, del calor a la congelación en un corto espacio de tiempo. Y estos cuentos de “Escena de familia con fantasma” de Julia Otxoa son un buen ejemplo.

Empieza muy bien, más que bien con dos microrrelatos excelentes: “Bibliotheke” y “Lámpara suiza”. Las bibliotecas convertidas en charcuterías y un “señor oscuro” -una mezcla de carnicero, cirujano y taxidermista- que “se ocupa de la disección del lenguaje armado de cuchillos, cinta métrica y báscula”. Dos micros de imágenes contundentes, realmente originales en su planteamiento, mensaje y profundidad.

Y en los dos siguientes, de repente, lo que antes era sólido y prometedor se transforma en gaseoso, se hace vapor. Con “El traductor” y “Marcel Sasot campeón de halterofilia” no entiendo qué quiere contar, a dónde quiere llegar ni transmitir con la historia, a no ser que sea ¿el sueño de un hombre-cigarra?. Soy viejo para jugar a las adivinanzas y demasiado joven para apuntarme a cursos municipales de artesanía con miga de pan. Pero con el siguiente micro: “Hilvanados”, recupera de nuevo, con imaginación y lenguaje, el estado sólido perdido. Y así el libro se convierte, cuento tras cuento, en un constante vaivén en el que se van alternando micros o relatos breves excelentes como “Paisaje para frac”“Pintor perfilador”-éste produce el entusiasmo de la maravilla- “Juramento”, “El testamento de Ulises”“Arquitectura contemporánea”,“Primavera” “Café Voltarie” con otros como “La Polar”“El tren peonza” “Fuera de plano” que se cristalizan como la escarcha y se disuelven a temperatura ambiente.

Movimiento pendular que no resulta exacto como el de un metrónomo o el deshojar una margarita sino que se mezcla con estados intermedios de agua templada en las buenas y originales ideas de “Cosmética para cerdos”“Cajitas” o “Colocación de lunas” y  que en otras ocasiones se acaba enfriando de golpe -como en“Las desventuras de Frankenstein” con un final que lo carboniza- o se convierten en reflexiones inofensivas -como en “Metrópolis”– o en divagaciones culturetas -como en “Los dos guerreros” o “Dos viajeros”– o dejan al lector huérfano y sin final tras unos puntos suspensivos como en “La señorita Hanna”“…aquí el lector puede continuar por su cuenta este pequeño relato, desarrollando su imaginación hasta límites increíbles” . Interacciones o ejercicios de empatía (algunos cursis les llaman guiños) que me fastidian porque me parecen los deberes para casa que pone el profesor cansado de un taller de escritura a sus alumnos virtuales.

Pero no quiero que esto – a pesar de ese vaivén- parezca el baile de la yenka. En general los relatos mantienen una temperatura constante gracias a un lenguaje preciso y cuidado, un acuario limpio en el que conviven cincuenta criaturas de diferente tamaño y belleza; y esa es una virtud que hay que reconocerle a Otxoa; pero creo que si por algo destacan estos cincuenta textos es por la crítica social, política y artística de sus argumentos. Cuando acierta (a veces le da por el escorzo, la elipsis y el camuflaje) nada es inocente o simple devaneo. En Otxoa la palabra se convierte en pedrada en el ojo o seta venenosa.

Crítica o denuncia social que está en todos esos que para mí son brillantes ejercicios literarios y que unas veces va desde el realismo individual o de comunidad de vecinos al absurdo municipal o universal, y con la ironía y la imaginación como armas de gran calibre para tratar la decadencia y la transformación, el mercantilismo, la deshumanización, la miseria o la manipulación de esta época y este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Crítica política en la que se encuentran los cuentos más ácidos y salvajes, los más grotescos y esperpénticos, las grandes hipérboles producto de la vergüenza y desconfianza en los políticos en esta época (que nos ha tocado vivir) de corrupción en partidos y sindicatos y que nos dejan el mensaje necesario de que no perdamos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en mudos corderos o borregos a los que se les ha practicado una leucotomía. Crítica que extiende al nacionalismo (español, vasco y extranjero) y a sus típicas exhibiciones pero que hoy -además de esos estereotipos en los que incide Otxoa- está más por la imposición, la falsificación de la historia, el adoctrinamiento y la mitología.

Crítica del arte que es con la que más he disfrutado –y con la que más me identifico sin duda- en la que mediante el humor y la reproducción denuncia el engaño de ese teatro del absurdo moderno y experimental, perfomance vacía de contenido que pretende que callemos por miedo a quedar como ignorantes y no nos atrevamos a decir que, simplemente, nos parece una tomadura de pelo.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”. 140 páginas. Prólogo de Ángeles Encinar. Menoscuato Ediciones. Palencia, 2013.

David Aliaga. “Inercia gris”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 15 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/15/sin-trampas/

Sin trampas 

Todos en literatura tenemos nuestros favoritos y preferencias y en el caso de David Aliaga parece que el realismo sucio americano y Raymond Carver son las suyas. Y aunque estoy seguro de que su lista no se limita a un único estilo y un solo nombre (me gusta pensar que los escritores son tipos a los que les gusta beber en diferentes bares) en este caso sí que es unívoco. Y es que Aliaga en su primer libro publicado nos presenta trece relatos ambientados todos en los Estados Unidos y siguiendo en su mayoría ese estilo realista, sobrio y simbolista con personajes y situaciones corrientes –“Common people” que cantaba Pulp- sin colorido pop. No lo veo mal, al fin y al cabo copiar o imitar es la primera manera de empezar, y cada uno copia o imita lo que le gusta

En el caso de ese realismo sucio o simbólico yo la única referencia que puedo citar es la de Gonzalo Calcedo. (Lo siento pero mi chauvinismo hispanohablante no me ha permitido llegar más lejos). Y ese minimalismo narrativo no me resulta desagradable pero sí que es posible que al lector novato le pueda resultar extraño y desconcertante eso de leer un “relato en el que aparentemente no pasa nada” y deba buscar su mensaje o significado en lo que hay detrás de lo que se muestra o ve. Aunque si he de ser sincero mi desconfianza por esa forma de narrar viene de que en muchas ocasiones me encuentro con que algunos nuevos, modernos y jóvenes talentos (hispanohablantes) usan el realismo como coartada para hacer de la literatura una nadería vacía y otras abusan del simbolismo para convertirla en un lugar inaccesible e ininteligible que lleva al lector a la frustración. Una cosa puede ser como recientemente dijo Tizón de Chéjov: “el amago, la adivinación o sombra de un cuento. No la conclusión del sentido, sino la suspensión del sentido” y otra muy distinta convertir al lector en extranjero en su propia lengua.

Adaptarse al realismo sucio americano es fácil. Al fin y al cabo es sólo un escenario y a todos nos gusta hacer turismo. Pero hacer que el lector tenga que adivinar el sentido de un relato por su contexto –o mensaje subliminal- es un complicado ejercicio en el que lo más difícil para el narrador es no quedarse corto ni pasarse de largo. Un simbolismo que Aliaga sigue desde el primer relato y un equilibrio que creo no consigue hasta el tercer cuento –aunque en el segundo: “El espejo” ya acierta pero se queda en un débil eco o reflejo borroso. Es posible que ese sea un estilo al que cuesta adaptarse -por lo general leemos esperando “que pase algo”- y que no sea hasta ese momento cuando nos hayamos adaptado a leer sabiendo que al final lo que tenemos que hacer es interpretar el significado o sentido que esconde la escena. Es posible que sea por eso, pero creo que no es hasta ese tercer cuento: “Como cada sábado”, cuando Aliaga consigue con las imágenes precisas e inmediatas hacer visibles -sin nombrarlas- la pérdida, la soledad y la rabia. Capacidad que se hace demoledora en el excelente cuarto relato: “Lo que no ha sucedido y sucedió” y alcanza su mejor y más perfecto resultado en el décimo: “Tótem”, y aunque hermosamente lírico y poderosamente escenográfico creo que se pasa de largo –por confuso y enigmático- en el último: “El río Hudson”.

En el resto de los relatos predomina más el realismo sucio que lo simbólico, más el retrato sin photoshop, el exhibicionismo que la insinuación. Y aunque no carecen de un mensaje, éste –a través de los hechos narrados- se hace más evidente y patente. Aliaga unas veces acierta y consigue hacérnoslo llegar con delirante intensidad: “Muérdeme, joder”; retratando la crueldad: “La enésima crucifixión de Cristo” o la desolación: “Sin trabajo”; pero en otras resulta inofensivo al convertirlo en simple naturalismo: “Composición VI”; en teatralidad: “No hicimos nada” o melodrama: “Tú mataste a Frank Fischer”. Con ninguno de estos cuentos -que podrían calificarse como típicamente realistas- consigue  alcanzar el excelente nivel de aquellos tres relatos simbolistas.

Y tal vez el realismo –la narración sobria y concisa, la casi mera trascripción de unos hechos- no requiera de adornos estilísticos, pero en ocasiones Aliaga utiliza expresiones que me parecen inverosímiles en el idioma norteamericano: “Se ha entretenido dándole a la sinhueso”, “¡Pero mira que eres bocachancla!; imágenes absurdamente precisas: “los mosquitos revoloteando en grupos de ocho o diez alrededor de los focos de luz ámbar”; y metáforas desafortunadas: “los turismos que hasta ese punto han avanzado en bloque se desparraman por las calles de la ciudad como hormigas que salen en acelerada procesión de su agujero brooklyneano para recolectar su pedacito de la Gran Manzana”;  o ñoñas: “Temblaba ligeramente, como el pecho de un gorrión en una mañana fría”. Nada grave, pero sí chirriante. Aspectos o detalles a mejorar para una siguiente ocasión.

Creo que el mayor mérito de estos relatos está en que Aliaga no hace trampas. Y es que simbolismo y realismo –ya lo he dicho- son dos etiquetas que algunos utilizan como coartada o comodín para colarnos una insulsa nadería o jugar a las adivinanzas o al escondite con el lector. Y eso Aliaga no lo hace. Tal vez él copie, pero es fiel al original, se atiene a las normas y no hace experimentos con gaseosa o se dedica al contrabando. Y aunque yo –chauvinista o paleto hispanohablante- prefiera un realismo cercano o de barrio Made in Spain él ha querido irse de viaje a Estados Unidos entiendo que como homenaje coherente y no por esnobismo. Y unas veces lo consigue y acierta de pleno, otras no tanto y alguna (pocas) falla, pero con esos aciertos –en un terreno resbaladizo y tan dado a la falsificación como éste- consigue que a partir de ahora además de Gonzalo Calcedo –aunque sin llegar a su altura- pueda citar a David Aliaga y su “Inercia gris” como referencia de un estilo.

David Aliaga. “Inercia gris”. 100 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

Carlos Castán. “La mala luz”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 4 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/04/de-amor-y-odio/

De amor y odio

Una advertencia no es la mejor manera de empezar, lo sé; pero en este caso creo que es necesaria. En la contraportada de esta novela se la califica como “un vertiginoso thriller que se lee en absoluta tensión”; y eso no es cierto. Los lectores habituales de ese género se sentirán defraudados si hacen caso de esa etiqueta porque en “La mala luz” hay un asesinato, sí; y hay una investigación, sí; pero no es una novela típica de intriga o suspense. “La mala luz” es una novela intimista, lenta y tortuosa con muy poca acción en la que lo realmente valioso no está en el suceso, el nudo y su desenlace sino en la forma, la cuerda y su materia. Algo que se reconoce en el propio texto: “… como lector de novelas, ya lo sabes, he sido siempre más tirando a francés y melancólico… he preferido siempre el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas.”

Creo que para despertar el interés hubiera bastado con decir que “La mala luz” es la primera novela de Carlos Castán. Su primera novela larga después de su excelente nouvelle “Polvo en el neón” (Tropo, 2012). Al menos con eso a mí me basta. Y es que Castán está reconocido como uno de los mejores escritores de relatos y saber cómo un cuentista ha resuelto ese reto de pasar de un género a otro tiene un aliciente innegable. Y me parece que en esta ocasión a Castán le ha salido regular por –creo- un desequilibrio estructural. En la primera mitad se demora, recrea y explaya tanto que por comparación la segunda resulta escasa y precipitada. No quiero pensar en cansancio o en prisas, en obligaciones o fechas de entrega; pero es como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba yendo demasiado lento -y que de seguir a ese ritmo se hubiera ido a las quinientas páginas- y entonces se sale de la comarcal por la que lleva circulando toda la ruta y toma la autovía y en línea recta y sin desvíos ni rodeos llega al punto y final. No por ese brusco cambio de ritmo la novela pierde su coherencia interna –todas las piezas encajan perfectamente- pero sí que se descompensa. El novelista acelera el paso y se vuelve cuentista; lo que hasta entonces era perífrasis, circunloquio amplificado y minucioso se hace aséptico y directo; se vuelve una novela resuelta como un relato.

Y es posible que se trate apostar sobre seguro, de una inevitable e insalvable querencia de la que es difícil librarse o de que simplemente la de la novela larga no sea la distancia adecuada para la intensidad de Castán. Como una maratón para un corredor de cien metros Pero eso no quita para que no podamos disfrutar de su maravillosa –poética, metafórica y lacerante- prosa que –como una falsa novela de intriga- engancha desde la primera página: “la poderosa fascinación que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas a empezar, cualquier situación que, de una manera u otra, pueda relacionarse en mi imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior”.

Y es que por lo general a Castán se le odia o ama sin término medio. Nadie como él habla de la herida y su dolor. Pero en este caso uno se debate entre la fidelidad y cierto cansancio y la repulsa por alguna escena nauseabunda e inexplicable: cuando el hijo le cuenta a su madre una secuencia de sexo oral. Y es que yo empecé a admirarle desde sus cuentos porque nadie como él retrata la derrota, la desesperación, el desasosiego, la pérdida y la melancolía; el vértigo y la nada. Algo que vuelve a hacer en esta “mala luz”. Admiro de él la música triste, exacta, hiriente y dolorida de sus palabras; multitud de frases y párrafos que dejar subrayados en sus libros; pero también ahora esa prosa, bella y amarga, en el largo aliento de una novela se convierte en un lugar perfecto en el que pasar un corto espacio de tiempo pero no uno en el que quedarse a vivir permanentemente. Su tristeza perpetua e incurable funciona perfectamente en pequeñas dosis, pero cuando se hace perenne se vuelve tóxica, desesperante, monotemática.

La narrativa de Castán es como una hermosa mujer ante la que caeremos rendidos de inmediato. Será una amante maravillosa, pero si queremos mantener el equilibrio y la salud mental lo mejor es alejarse de ella porque es bella sí, pero depresiva; innegablemente seductora sí, pero destructiva; enferma irremediable con cierta delectación morbosa y tendencia al auto-sadomasoquismo.

Castán nos gusta tanto porque compartimos con él algunas cosas: los libros, las canciones y los objetos, su significado autobiográfico y su escenografía; las fotografías en blanco y negro: imágenes detenidas que nos hablan; el dolor de vivir y su horror vacui. Le admiraremos y al mismo tiempo tendremos la sensación de volver a un lugar ya visitado y conocido. Le admiraremos por ser “puro bucle de fiebre y obsesión” y al mismo tiempo tendremos la duda de si Castán no puede ser otra cosa, no sea capaz de otra cosa que de repetirse y de que “uno se harta siempre de las pesadillas de los demás”. Los que nunca lo hayan leído quedarán fascinados al leerlo por primera vez; los que ya lo conocemos quizás no podamos evitar cierta sensación de repetición y por eso será contradictorio porque volveremos a amarlo pero también a odiarlo por vez primera. Los adolescentes hipersensibles y con pulsiones suicidas le descubrirán como su profeta junto a Cioran; las adolescentes que sueñan con ser escritoras se enamorarán de él como de un poeta maldito, pero los que ya vamos para viejos hablaremos (no sin cierta y cochina envidia) de su complejo de Peter Pan. Los que admiramos sus relatos disfrutaremos con algunos capítulos de esta “mala luz”: cuentos superlativos incrustados en la novela: “(Hombre al agua)”, “(Un paseo)” y “(Procesión por dentro)”; de su regreso a París, de su recurrente pasión por la huida, su introspección, ese yo complejo y contradictorio y sus miles de palabras para hablarnos del (des)amor, “ese universo bellísimo y oscuro, desbordado de venenos y paseantes solitarios” que es el suyo; pero también los que lo admiramos porque lo hemos leído nos encontraremos con un escritor que siempre nos muestra el mismo personaje: alguien al que le gusta estar herido para tener algo de lo que hablar o escribir, un tipo permanentemente triste y derrotado, pesimista, cansado de todo y del que acabamos con pena hartándonos.
Los que busquen un thriller ya saben que lo encontrarán en parte. Los que busquen una novela convencional no esperen hallarla porque es muy probable que encuentren una primera mitad lenta que “tenga más de poesía que de eficacia” con un yo abusivo y desmesurado pero también la verdad magistralmente contada de cómo la muerte ajena puede hacernos contemplar nuestra propia vida en un desolador reflejo. Y una segunda parte que se resuelve precipitadamente, escueta en su desarrollo y explicación en comparación con la primera y con el personaje de una mujer y un amor melodramático y perverso y un final sobreactuado y odioso, pero también con lo metaliterario mezclado, unido indisolublemente con la vida; la devastadora frustración de perder la última oportunidad, un poema sobre la traición, el engaño y la desilusión. Los que admiramos a Castán encontraremos en esta novela todo lo que de él nos fascina y su manera de nombrarlo como nadie: “en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida”.

Carlos Castán. “La mala luz”. 227 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2013.

Tito Montero. “Charlize Theron y las democracias ardientes”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 30 de enero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/01/30/entre-el-aplauso-y-la-repulsa/

Entre el aplauso y la repulsa

De Tito Montero leí su anterior (y primera) novela: “10 corsarios”. Un texto en el que demostraba su talento y descaro pero en el que también se pasaba de frenada (derrapando y perdiendo el control) en lo humorístico.

Ahora presenta “Charlize Theron y las democracias ardientes” un libro con diez relatos y me acerco a él con la curiosidad de comprobar si un año habrá sido tiempo suficiente para que haya aprendido a escribir con moderación y morderse la lengua.

Aunque lo primero es hablar del libro y su aspecto. Lo que salta a la vista antes de empezar a leer. Y en ese sentido “Charlize Theron…” es un libro fuera de lo corriente que se agradece entre tanta uniformidad. Primero el color (buena y hábil elección que lo hará resaltar sobre los demás en la mesa de novedades) y después que en su interior -acompañando a ocho de los diez relatos- nos encontraremos con las excelentes fotografías en blanco y negro de Marcos Vega y García de Marina. Un valor añadido a cada relato que lo interpreta y enriquece en una imagen hecha a medida y a página completa. Aunque creo que las fotografías de García de Marina hubieran ganado mucho si se hubieran puesto en color en lugar de blanco y negro. La foto del autor, en igual formato y en primera página (nota bibliográfica detrás) y la de los fotógrafos en el interior de las solapas y las ilustraciones de cubierta e interior de David Rionda son un insólito y excelente trabajo de maquetación editorial. (Lo siento pero yo soy de los raros que se fijan en esas cosas). Pero además de todo eso Tito Montero nos ofrece dos contenidos extra que hacen de este libro algo todavía más original y que definitivamente consiguen que se salga de lo común. En “Charlize Theron y las democracias ardientes” hay dos relatos: “El elegido” y “Fracciones y proporcionalidad” en los que se ha inspirado Montero para escribir el guión y realizar dos cortometrajes de igual título que pueden verse en la web www.ardemocracia.com, con lo que el libro en su conjunto se convierte en un auténtico proyecto cultural que reúne literatura, fotografía y cine. En estos tiempos de pusilánimes, plañideras, homogeneidad y mercaderes del arte encontrarse a un bendito loco como Montero (no seré ten cursi de calificarlo como renacentista) y a una editorial valiente como Bestia Audax es algo tan alucinante y de agradecer que sólo por eso merece la pena aplaudir hasta romperse las manos.

Pero el objeto artístico tiene una parte de literatura que consiste en diez relatos y que comienza con “Siete paradas para Aluche” un cuento en el que Montero nos habla de ese escenario al alcance de la mano que es el metro de una gran ciudad y en el que a poco que prestemos atención podremos contemplar y adivinar los cortometrajes de cine mudo de sus protagonistas y figurantes efímeros. Montero nos habla de la emigración y sus peones, de la humana igualdad en sus diferentes razas, de mochilas y paranoias; pero de nuevo cae (o resbala) en esa conocida tendencia suya a la hipérbole al decir que “En este lugar es posible vivir sin llegar a ver nunca el azul del cielo. Me da pena”. Tendencia a lo histriónico o al chiste que repite en “Petromilonga”, que como idea ingeniosa puede quedar bien un sábado por la noche apurando la tercera copa, pero que convertida en relato no pasa de un guión para el club de la comedia. En el siguiente: “Szeretlek!” renuncia por fin a la hipérbole y la comedia para hablar en serio de la emigración y la prostitución, de los sueños robados o rotos y la fuerza evocadora de un olor. Reconciliación que se derrumba ante “Ardemocracia”, tanto, que en ese momento hubiera podido –sin remordimiento alguno- abandonar el libro. Y es que en ese relato Montero cruza una línea roja al quemar –en dos ocasiones- el Parlamento con todos sus diputados dentro, y sinceramente, ni como metáfora me parece justificable por muy asqueado, harto o cabreado que se esté. No seré yo el que defienda a los políticos corruptos, pero hacer del asesinato en masa –aunque sea mera ficción literaria o montaje en 3D- un acto de justicia quirúrgica, regeneracionista, ejemplarizante o utilitaria me parece un juego inadmisible. Algo que dice muy poco (o habla muy claro) del carácter democrático del que lo hace. Porque ¿qué diferencia hay entre un golpe de estado militar y un incendio revolucionario teñido en rojo y/o negro? Hay ciertas cosas que ni como broma ni performance por escrito son aceptables. La provocación –ese manido epatar al burgués- no puede ser la carcajada de un pirómano inquisidor.

Y dije que entendería que cualquiera – a no ser que se sea de los que les gusta concentrarse por la noche en la calle con un pasamontañas y un cóctel molotov en la mano para demostrar su opinión- llegado a ese relato lo hubiera dejado, pero yo no lo hice. No por estar de acuerdo (creo que ya ha quedado clara mi repulsa) sino por la curiosidad de saber qué había en los siguientes relatos. Si “Ardemocracia” era un calentón (no quiero calificarlo de anécdota gamberra) del que Montero podría arrepentirse simplemente no volviéndolo a repetir o que lo que quedaba era una continuación que definitivamente me hiciera donar su libro al parque de bomberos. Y en los siguientes seis relatos me encontré con dos excelentes: “Charlize Theron” y “Estratosfera”, en los que demuestra su innegable talento literario y una acertada crítica social. En el primero trata de la dictadura de la belleza física que atormenta y humilla a las mujeres que no la tienen y en el segundo nos habla de los nuevos héroes –aventureros que hacen saltos estratosféricos- en comparación con los hombres corrientes que toman conciencia de su insignificancia desde el vértigo de su derrota. “El elegido” es un muy buen relato que nos habla de un reality show de la televisión, una crítica ácida, realista y –esta vez sí- humorística sin excesos de velocidad. En “Estrés de captura” y “Pechos filosóficos para hombres que dominan el mundo” comparto en parte su crítica, pero me parece que recurre a algunos lugares comunes –estereotipos y caricaturas- y cae de nuevo en la hipérbole. A Montero lo prefiero cuando se hace más sutil y por lo tanto más inteligente. Y lo mismo le sucede  en el último: “Fracciones y proporcionalidad” que acierta en reflejar el punto de vista –sin inquietudes sociales- de un adolescente y en lo contradictorios –entre sus palabras y sus decisiones- que pueden ser los adultos que sí las tienen y lo ridículos que resultan cuando las expresan cayendo en un patético maniqueísmo.

No veo mal que un escritor decida ser combativo, hacer crítica social con la literatura siempre y cuando no caiga en el mitin y, sobre todo, no se convierta en un fanático que sueña con una botella de queroseno.

Tito Montero. “Charlize Theron y las democracias ardientes”. 79 páginas. Bestia Audax. Asturias, 2013. Fotografías de Marcos Vega y García de Marina. 

Sergi Bellver. “Agua dura”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 18 de enero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/01/18/superando-la-prueba/

Superando la prueba

Hay libros que despiertan cierto morbo. Para qué negarlo. Cuando el autor es alguien conocido que presenta su primer libro hay muchos que se asoman a sus páginas por curiosidad y otros que lo hacen con el deseo de verle tropezar. Y caer. Y luego hacer una buena hoguera con esa leña. Y a veces creo que tienen razón y otras no. Y creo que esta vez va a ser una de esas en las que se van a quedar con las ganas.

Sergi Bellver es alguien conocido sí, pero en su caso estoy hablando de otro tipo de fama. Él no es uno de esos “famosos que salen en la tele” y que una tarde nos lo presentan como “un inquieto artista polifacético”: actor, cantante, presentador, pintor abstracto y colorista, originalísimo diseñador de moda, creador de una colonia con su nombre o lo que es peor: escritor por publicar un libro (novela u otra cosa) que podemos meter en el carrito de la compra junto a las verduras, la fruta de temporada, la carne picada, un aspirador y un pack de calcetines. No, Bellver no es una cara conocida que sirva como reclamo para vender algo o con la que una “gran editorial” pueda hacer caja. Bellver es un nombre muy conocido (y un currante) en este parque temático de la literatura: guionista, editor, librero, periodista cultural y lo que más importa en este caso: profesor de narrativa y crítico literario. Por eso hablo de morbo. Porque una cosa es opinar de lo que escriben los demás y otra escribir y además atreverse a publicar; salir a la plaza del pueblo y exponerse a las bofetadas o a los aplausos. Para que un crítico se decida a dar ese paso hay –creo- tres opciones: Una.- Porque tiene las mejillas de kevlar y unos buenos padrinos y amigos que le cubrirán las espaldas si hace falta. Dos.- Porque está loco o es un insensato o un inocente o un mindundi. (Es decir no eres nadie y por lo tanto no te harán ni caso. Poco importa lo que escribas). Y tres.- Porque se está muy seguro de que lo que se publica es bueno y merece la pena arriesgarse.

Y creo que este último caso es el de Bellver, porque “Agua dura” además de ser su primer libro es una excelente colección de relatos. Y esa suma no es un resultado habitual. Bellver ha conseguido desactivar el morbo -lógico en un caso especial como el suyo- con doce relatos en los que no hay ninguno que enviaría a una misión a Plutón sin retorno o que lanzaría a esa piscina vacía que no tengo. Bellver no va a necesitar recurrir a padrinos o amigos que le defiendan. Yo, que soy un loco inocente, le diría que salga a la plaza solo a recoger los aplausos, aunque tampoco espere que todos lo vean guapo y polifacético.

Que Bellver haya sido capaz de escribir un libro así no me ha sorprendido. Ya había tenido oportunidad de leer dos extraordinarios cuentos suyos incluidos en dos libros colectivos: “El nudo de Koen”, incluido en “Doppelgänger”, publicado por Jekyll&Jill en 2011, y “La manada”, incluido en “Desahuciados. Crónicas de la crisis”, publicado por “Vagamundos. Libros ilustrados” en 2013. Habiendo leído esos dos relatos lo que de verdad me hubiera sorprendido ahora es encontrarme con un libro regular o malo.

Si es por cuestión de gustos hay dos que –para mí- destacan sobre los demás: “Pájaros que llegan a Moscú” e “Islandia”. Dos relatos que siguiendo mi criterio particular los incluyo en esa selección de cuentos que “salvaría de un incendio”, dos opciones para emborracharse con lo superlativo y sus sinónimos. Y si tuviera que citar los que menos me han gustado diría que “La muerte de Edmun Blackadder” y “Deseo de ser Dimitri” porque me parecen opinión o reportaje periodístico disfrazados de literatura. Tampoco termino de ver esa pretendida unidad –o como dice Bellver en su “Carta de agradecimiento”: “espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura”– en todos los relatos. Yo la veo en algunos –sobre todo en “Islandia”-, pero en otros no la encuentro por ningún lado. Aunque no creo que lo necesite, utilizar la ausencia de ese pretendido elemento en común para descalificar el conjunto sería recurrir a un argumento débil o ridículo. Lo que se muestra, oculta o insinúa en todos (ese mensaje latente o argumento subyacente a la acción principal, el “saber mirar más allá del lienzo de las cosas”) es mucho mejor que ponerse a buscar las conexiones entre agua dulce, salada, con gas, helada o con cal cuando de lo que se trata es de si es potable o no.

Precisamente si por algo creo que destacan los relatos de Bellver es por su variedad dentro de dos argumentos que se repiten: las relaciones familiares (especialmente la de los padres y hermanos) y la muerte con sus secuelas o efectos secundarios en el mundo de los vivos: “Propiedad privada”, “El nudo de Koen”, “Los ojos de Sarah”, “En la boca de otro” e “Islandia”. Y otros efectos y situaciones en la “complejidad” de las relaciones personales, humanas: “La manada”; sentimentales: “Pájaros que llegan de Moscú”  o de amistad-rivalidad: “Mala hierba”. Con sitio para la imaginación y la sorpresa: “Banana Dream” y el original planteamiento: “Señales de vida”.

Hubiera preferido no tener que recurrir al tópico y no hablar de la versatilidad; pero es sabido que esa es una condición que se les pide a los escritores de relatos, y Bellver la cumple. Y esa capacidad no quiere decir que el escritor tenga que ser un atleta de heptatlón sino que sea capaz de narrar con diferentes estilos o tonos. Creo que esa es la mejor virtud de sus cuentos porque si quieres terror irracional e imágenes impactantes tienes “Propiedad privada”; si quieres una historia de fantasmas de serie A y un singular caligrama tienes “El nudo de Koen”; si quieres escenografía y ambientación asfixiante tienes el primero y si la quieres húmeda, pegajosa, terrible y con cicatriz imposible de cerrar tienes “Los ojos de Sarah”; si quieres un tono canalla, directo, sincero, macarra, violento y romántico sin almíbar tienes “Pájaros que llegan de Moscú”; si quieres algo salvaje, brutal, violento, metafórico e irónico tienes “En la boca de otro”; si quieres situaciones absurdamente posibles y personajes excéntricos y reales, antagónicos y complementarios tienes “Mala hierba”;  y si quieres lirismo y un relato conmovedor, profundo y absolutamente redondo tienes “Islandia”.

Sergi Bellver. “Agua dura”. 121 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2013.

Óscar Sipán. “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 16 de enero de 2014

http://www.culturamas.es/blog/2014/01/16/recomendacion-quisiera-tener-la-voz-de-leonard-cohen-para-pedirte-que-te-marcharas-oscar-sipan/

Recomendación

Hace casi seis años que leí por primera vez a Óscar Sipán. En junio de 2008 (con cinco años de retraso) leí su libro de relatos “Pólvora mojada”, XVII Premio de Narrativa “Santa Isabel de Aragón. Reina de Portugal”, Diputación de Zaragoza, 2003. Y ese día me hice una promesa: leer todo lo que había publicado antes y todo lo que viniera después. Lo de antes eran tres libros de cuentos: “Rompiendo corazones con los dientes”(1998), “Escupir sobre París” (2005) y “Guía de hoteles inventados” (2007); y lo que vino después fueron otro libro de relatos: “Avisos de derrota” (2008), la “novela” “Concesiones al demonio” (2011), y como el cincuenta por ciento de Galgo Cabanas la novela negra “Cuando estás en el baile, bailas” (2012). Ahora me doy cuenta de que quizás esa promesa es de las pocas que he cumplido en mi vida y también de que me falta uno de sus libros: “Almanaque de los días felices”, IEA, 2009.

Más de cinco años en esto de abrir la bocaza para opinar han dado para mucho y para nada. Ya no soy el mismo de entonces. Veo más días el vaso medio vacío, lleno de humo y aguarrás, que de champán. Saber más me ha hecho perder la inocencia y de premio acidez de estómago; conocer las insuperables leyes de la electricidad y los apuntes contables.

Y ahora, en medio de esta montaña rusa desde la que contemplo ese club de campo, aparece éste “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” de Óscar y siento el alivio de que algunas cosas no hayan cambiado o desaparecido; sigan siendo igual que hace tiempo; antes de que me volviera consumidor habitual de Almax y melatonina. Que reaparezcan y pueda seguir cumpliendo mi promesa.

“Quisiera tener la voz de Leonard Cohen…” es una antología de relatos, una recopilación de algunos cuentos de Óscar ya publicados. Pero la plata, oscurecida por el paso del tiempo, vuelve en esta reedición a brillar como nueva: “El talento de las moscas”“El dios de las camareras”“Rompeolas”“Escupir sobre París”, “Cordero de Dios”… Podría haber hecho esta reseña sin leer el libro. Recuperando viejas palabras que no han perdido su sentido ni su valor. Citándome a mí mismo. Pero ¿por qué renunciar al placer en tiempos de ley seca?, a la buena suerte de una tregua en estos días agridulces de buscador de tesoros enterrados en la arena. Por qué rechazar el regalo de volver a leer, disfrutar otra vez con uno de los mejores narradores de cuentos que conozco.

Aunque no todo es reencuentro. No todos los cuentos son viejos conocidos. Hay (que yo sepa) uno inédito:“Los ojos del turista”; y en “La invisibilidad de los microbios” recoge dieciséis microrelatos (algunos ya los había leído) con –creo- desigual fortuna.

Los que ya lo conocen no necesitarán presentación alguna, tan sólo saber lo que se van a encontrar dentro. Y ¿quién no disfruta volviendo a ver una de sus películas favoritas y descubriendo un detalle nuevo o con los contenidos extra?

Los que no lo conozcan ésta es una buena oportunidad para hacerlo: apostar a caballo ganador en esta tómbola amañada con corriente alterna. Ya sé que esta no es una reseña estándar, que no cumplo las normas establecidas, que debería explicar de qué van los relatos y todo lo demás; pero no creo que a estas alturas Sipán se lo merezca. Por una vez haré otra cosa. En esta ocasión me limitaré a recomendarlo sin que sea mi hijo, mi amigo, mi novio, mi socio o mi compañero de colla. Me juego el poco prestigio que pueda tener a que un ochenta por ciento de los que lo lean no me reclamarán el dinero. Sólo seguiré este atajo esta vez porque me da la sensación de que Sipán no disfruta de los privilegios de los bautizados, ni de un cuarto con pensión completa en algún hotel, ni que nadie lleva su retrato y un mechón de su pelo en un camafeo.

Si a alguien debo recomendarles que lean a Óscar es a los aprendices de escritores, a esos insulsos que creen que para escribir un relato basta con juntar palabras sin faltas de ortografía, a los que se creen que la literatura está en el aire y en la tinta invisible que se oculta entre las líneas de sus adivinanzas. Todos esos deberían leerlo para ver si así se les pega algo, si por ósmosis o por lo que sea se infectan de su mismo virus. Leerlo para que luego traten de imitarlo, aceptar el reto de ver si son capaces de igualarlo.

Pero sobre todo a quienes me gustaría recomendarles que lo leyeran es a los que sé que nunca lo harán. Todos esos que afirman que el libro está muerto y la literatura es algo insustancial sin más futuro que reconvertirse en un archivo de Word dentro de un cuerpo de plástico inyectado. Todos esos desgraciados hijos de perra que creen que todo lo que deben saber está escrito en una hoja de Excel y que la belleza es lo que puedan comprar en los centros comerciales.

Afortunadamente hay algunas cosas que se mantienen en pie. Quizás mi vehemencia se haya domesticado diluida en el óxido de cinco años de lluvia, pero sigo pensando lo que ya dije, que la narrativa de Sipán es “subversiva”; es el “fogonazo” de un “artefacto explosivo” que “golpea, deslumbra, inquieta. Nos avisa para que huyamos de las tumbas que llevan nuestro nombre”. Es “estimulante”; chute de “anfetamina legal”; oxígeno en un garaje subterráneo. Que sus relatos son visuales, cinematográficos y literarios; el retrato robot de nuestra sombra y la ecografía de nuestras vísceras. Lo que él cuenta, y, sobre todo, cómo lo cuenta es lo que me gustaría escribir si Dios o el diablo me hubiera dado su talento.

Óscar Sipán. Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas. 124 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

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