Carlos Marzal. “Los pobres desgraciados hijos de perra”

La poesía de la buena prosa.

Esta magnífica colección de relatos de Carlos Marzal tiene, fundamentalmente, como protagonista a la juventud. Aquellos años cuando “éramos los dueños del mundo, pero no lo supimos jamás, porque en eso consiste la gloria de la juventud: recibir la herencia de un reino, y caer en la cuenta después de haber sido desheredados”. Relatos que son un recuerdo, una despedida y un reencuentro con un tiempo y un lugar, una parte de nosotros mismos, que ya no volverá. La virtud de estos relatos de Carlos está en su reflejo, en reconocernos en ellos y en describir, poner con palabras, una emoción que presentíamos, pero no fuimos capaces ni entonces ni ahora de explicar. En la eclosión y la combustión de aquel último verano en el que comenzamos a vivir, descubrimos todo lo que vendría después pero que ya nunca sería igual: la emoción de las canciones tontas, los baños nocturnos y clandestinos en piscinas ajenas, las fiestas y las borracheras, las drogas y la muerte, las motocicletas, el fútbol como única religión, los amigos de entonces, la primera novia, la vehemencia del sexo y el miedo al amor. Todo era presente, nada iba más allá; todo estaba por venir. Hace veinte años, “polizones en la nave del mundo”, no éramos conscientes; hoy, derrotados, reconocemos que nada vuelve a tener aquel sabor, que “no hemos vuelto a tener aquella sensación de ser invulnerables. Porque la juventud era eso: prepotencia, jactancia, y la sensación de ser inconquistables”.

Pero además de los relatos de aquella “desconcertante juventud” hay dos relatos a cerca de la enfermedad y la importancia de las palabras en el que a uno de ellos se le puede poner el único pero del libro: abusar de un lenguaje bizantino, excesivo y recargado que, como un perfume demasiado denso, ahoga, abruma y marea. El resto son todos excelentes, como “Medio folio”, que obtuvo uno de los Premios NH de relatos en 2010, en el que relata la historia paralela de dos amigos escritores en el que hay un cameo porque uno de ellos ha publicado su primer libro: “un conjunto de relatos que pretendía ser un himno a la adolescencia, ese período de desesperada plenitud”; un relato sobre la literatura, su verdad y su impostura. Y “Una fórmula mágica”, un relato largo de diez capítulos que es una reflexión irónica y tremendamente lúcida sobre el poder, los intelectuales, el amor, el oficio de escribir y la conciencia. Un relato que dejé repleto de subrayados y la memoria de ser un imperecedero billete de vuelta. Y un relato final, “Intimidad”, quizás un autorretrato del futuro y los pasos perdidos, una introspección a cerca de la vejez y la crueldad de la juventud.

Escritos con la poesía de la buena prosa, con un maravilloso lenguaje híbrido, costura invisible que une a las dos; “el don es lo que distingue a los sudorosos y esforzados trabajadores de los ingrávidos artistas” Y ya está, con eso bastaría. En la literatura existen esforzados trabajadores, curritos, artesanos y genios. Y Carlos Marzal es de los genios.

 “Los pobres desgraciados hijos de perra”. Carlos Marzal. Tusquets Editores. 312 páginas. Barcelona, 2010.

 

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