Emilio Gavilanes. “El reino de la nada”

Literatura del instante

En esto de la literatura lo mejor es no dejarse llevar por las expectativas. Acudir sin esperar nada, aunque en la invitación te digan que va a ser la fiesta del siglo. Sabes, por experiencia, que unas veces te dan garrafón y otras resulta la lectura de un manifiesto taxidermista. En algunas la música empieza bien y cuando eufórico te acercas a la barra a pedir la segunda de repente el sonido falla y se acopla. Entonces te acuerdas de que la perfección se da en raras ocasiones.

Sería, por poner otro ejemplo, como si una película no nos hubiera gustado, pero que tuviera varios momentos que consiguieran no arruinarla del todo, no expulsarla de forma rotunda de nuestra memoria. Pues eso le pasa a veces a este “El reino de la nada”, que incluso en los relatos en los que se acopla el sonido hay algo, un detalle de originalidad, un apunte, una imagen final, una reflexión, un diálogo y su trasfondo, un párrafo que subrayar, un escenario y su monólogo que consiguen apuntalar el relato y evitar que se derrumbe, se venga abajo por completo. Lugares por los que pasar de puntillas y olvidar rápido para perderse de lleno en los que, en abrumadora mayoría, sí merecen la pena. Tanto, que compensan de esos que me dejaron frío o desconcertado, con el vaso medio lleno.

Y es que los aciertos resultan mucho más poderosos que los extravíos, igual que los glóbulos blancos devoran a los virus. Como en “La tabla del dos” un relato que es un rápido e imparable descenso al infierno humano y su representación en la tierra. “El reino de la nada” un relato repleto de impactantes imágenes en un mundo alterado, dividido en dos bandos contradictorios e intercambiables: dentro y fuera de un manicomio y que comparte con aquella tabla la incredulidad y el horror de tener que contemplar a la enajenación adueñándose, tomando el control de la realidad y transformándola según sus crueles leyes. “La resurrección de los libros” en el que recupera el nombre del pintor Eduardo Vicente y una huella imborrable. “Biografía de un poema” relato de personajes -en el que me encuentro con la feliz coincidencia de “Gente del 98”, de Ricardo Baroja– y en el que se sale a la búsqueda de noticias de Camilo Bargiela y te encuentras con la historia de Alfonso Fierro; una historia de poesía y fiebre, bohemia –otra feliz coincidencia-, amor, magia y tiempo de ida y vuelta. “Aire” que comparte con aquella resurrección el recuerdo de los que quisimos y ya no están. Una presencia grabada en las calles o disuelta en el panorama de un paisaje. Lugares en los que ellos siguen viviendo. Relatos para descubrir crecer algo dentro, mirar con otros ojos, ver algo más de lo que hay a simple vista. Relatos para pensar que el mundo continuará después de nosotros y no podremos hacer nada para evitarlo; tan sólo esperar que alguien no nos olvide. Reino de la nada que tememos más que a ningún otro. Lugar sin vida ni memoria. Relatos para tropezar con el recuerdo, su persistencia y su mutación, materia caprichosa e ingobernable que se transforma desde las viejas páginas de un diario o que pervive en la evocación de aquellos días en los que éramos inmortales y “la eterna juventud duró sólo una tarde”. Cohabitación de la vida y la muerte expresada por Emilio en diferentes formas e instantes. Convivencia de la que a veces tomamos dolorosa conciencia, pero que la mayoría de las ocasiones olvidamos y negamos premeditadamente. Olvido y negación en la que nos descubre que también podemos afirmar su existencia.

Emilio Gavilanes. “El reino de la nada”. 138 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2011.

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Un pensamiento en “Emilio Gavilanes. “El reino de la nada”

  1. “Esos que me dejaron frío y desconcertado, con el vaso medio lleno… cuando eufórico me acerqué a la barra. Lugares por los que pasar de puntillas y olvidar rápido. Garrafón, extravíos, virus, manifiesto taxidermista. Y el sonido que falla y se acopla, y el relato que se derrumba, que se viene abajo.”
    Todo eso, por delante de lo que se declara en el párrafo final.

    Tranquimazin, 3 tomas, 2 años.

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