Alberto Olmos. “Ejército enemigo”.

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 12 de febrero de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=12/02/2012&Paginas=0088&Descarga=0

Y en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles, 22 de febrero de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/81269/la-solidaridad-ha-fracasado

La solidaridad ha fracasado

Esta es una novela con un magnífico comienzo. En una página un relato perfecto. Presentación y triunfo: lector atrapado. Y además parte de una situación realmente irresistible: tener acceso al correo electrónico de un amigo muerto. Tener acceso a su intimidad. Pero ya no es sólo la simple curiosidad y el morbo sino la posibilidad de averiguar quién y porqué le asesino, de resolver un crimen. Planteamiento, originalidad, oficio y calidad de buen escritor: lector doblemente atrapado.

Pero justo aquí debo dar marcha atrás y reconocer que llegué hasta esta novela atraído por la polémica que la calificaba como herejía por los hiperlegitimados del pensamiento correcto. Ir a la contra, saborear el escándalo, las afirmaciones y sus argumentos supuestamente sacrílegos era el principal motivo que me impulsó a leerla. Y una vez dentro encontrarme con dos maneras contrapuestas de ver el mundo: la del comprometido que lucha por cambiarlo y la del escéptico que cree que la solidaridad ha fracasado. Y desde ahí la denuncia de que la solidaridad se ha convertido en un negocio: “especuladores con la miseria ajena y lavado de culpa de clase. Una ONG es como una empresa y una causa social como una campaña de marketing y publicidad”; y en una hipocresía: “campañas, simulaciones a medio camino entre el sentimiento de culpa y el sentimiento de distinción. Izquierda millonaria. Fariseísmo, lujo y nepotismo”. Verdad incómoda que enfrenta la reflexión sobre un principio necesario -la solidaridad- y su explotación y apropiación ideológica. La necesidad, para hacerla creíble, de la honradez y la coherencia. ¿Dónde está el escándalo?

Tampoco entiendo la crítica que la ha tachado de obscena. Yo encuentro esa parte de la novela como un ensayo realista muy bien escrito sobre la pornografía y el sexo en internet. “El usuario zapeaba personas, descartaba rostros, barajaba intimidades como cromos de un álbum inmenso: la Especie. Fast food people. Menú degustación de personas. Cibercanibalismo. Éramos objetos audiovisuales humanos de saldo”. Más que otra cosa creo que es un demoledor reflejo -sórdido y humorístico- de la soledad humana.

Si acaso tuviera que ponerle algún pero sería en que quizás resulta forzada la forma en la que el protagonista encuentra al supuesto asesino. Como hacer encajar un rompecabezas a martillazos.

El resto me ha parecido una novela formada por varias partes diferenciadas que se integran en la narración. Por un lado la trama, la investigación del asesinato con su parte de acción, tensión, desenlace y sorpresa. Por otro la reflexión sociológica, las razones para desconfiar y no creer, la respuesta utópica y atrayente de la letra minúscula -ese ejército enemigo-; el aislamiento al que se condena al individualista -al escéptico-, sentirse ni con unos ni con otros, en un limbo, territorio de nadie. El reportaje, la disección por escrito de la sociedad contemporánea y la exposición de sus entrañas: la publicidad y sus mecanismos; inteligencia y manipulación; internet y su significado en nuestras vidas, intimidad y exhibicionismo; y los tópicos, estéticos y de discurso, de cierta ideología. Y por otro la del narrador brillante en las descripciones de un barrio como territorio y herida. Frases contundentes y subrayables. La creación de un personaje contradictorio, sincero, cínico, obsesivo, débil, valiente, cobarde y fiel a su origen. Una novela en la que se tratan el engaño y la culpa. En la que hay reproche ajeno y autocrítica, derrota y conciencia en carne propia.

“Ejército enemigo” no es sólo el gesto provocador del dedo en el ojo y escandalizar al mojigato, es el hematoma y el deleite, el chupetón de la literatura.

Alberto Olmos. “Ejército enemigo”. 279 páginas. Mondadori. Barcelona, 2011.

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Diego Medrano. “Dejemos el pesimismo para tiempo mejores”.

Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo, 29 de enero de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=29/01/2012&Paginas=0088&Descarga=0

Tras la puerta verde

Aviso, como esos carteles de las puertas, que este ¿ensayo? de ¿crítica literaria? no es un libro para los que busquen orden y lógica. No es un frígido manual de teoría literaria sino un animalario; una alucinación basada en hechos reales; un diccionario sin orden alfabético; un diario de lecturas, venenos y antídotos; una colección de citas y biografías punzantes; resurrección de locos y cuerdos, infierno y purgatorio del arte. Podríamos sustituir la adormidera de muchos de esos manuales por su excéntrica libertad. La vitrina y su hermetismo por el fuego de su lanzallamas. Medrano escribe sin carnet de manipulador de alimentos; sus diálogos son navajazos, peleas de boxeo sin guantes, conversaciones imposibles; información y alucinación, erudición y subversión. Libro que guardaré con más de un párrafo de cada uno de sus treinta textos subrayados; con multitud de banderitas de colores profanando sus páginas, señales, marcas para un necesario camino de vuelta. Libro de referencias, río revuelto, coto de caza y pesca. Galería de anzuelos que obligan a teclear en cada capítulo nombres en Google para descubrir un autor desconocido y un libro intonso. Lista de la compra, artículos de primera necesidad. Martirologio civil de la literatura y sus poseídos, libro gremial, metatexto, juego literario. Libro que produce efectos primarios y secundarios, ansiedad, tentaciones suicidas, tarjeta roja a nuestra esforzada mediocridad. Examen de conciencia para los que alguna vez nos hemos creído ¿escritores? o ¿críticos literarios? Granada de mano, carta bomba, horma para nuestro zapato de enano.

Y es también un exceso, un abuso. Porque echo de menos en Medrano el término medio y su clarividencia. Ese hablar de literatura sin ser uno de sus funcionarios pedantes ni un lector de hipermercado. Ni jeroglífico ni chóped. Ese terreno de nadie del lector autodidacta que busca y quiere saber, pero que no se examina para cátedra ni habla el dialecto, críptico y cerrado, de sus tesis y doctorandos. Trampa del lenguaje abrumador que deja la interrogación y el complejo –como un estigma- de ignorante plebeyo.

Declaro mi inutilidad para llegar a un análisis más profundo. Pero también declaro mi rendición ante la belleza de la poesía sin versos y  narración sin trama de Medrano. Si tuviera que elaborar una teoría diría que su prosa está más cerca del sinsentido hermoso de la poesía; del gesto provocador, del –citándole- desorden revelador de los surrealistas, enumeraciones caóticas, collage verbal, yuxtaposiciones de imágenes, referencias musicales, pictóricas, literarias y cinematográficas en mitad de sus obras; del Art Brut de la colección de Jean Dubuffet. Demente o genio. O ambas cosas al la vez. Locura que resulta necesaria, liberadora, oxigenante, anfetamínica. Porque de vez en cuando se hace necesaria la borrachera, la desinhibición, la desmedida; perder el miedo al ridículo. ¿Cuál es la conclusión? ¿Debe haberla? ¿La necesitamos? Diego Medrano es, en parte, como nos gustaría ser y no nos atrevemos: irreverente, loco, genial, maldito, libre y valiente. Al menos nos queda el consuelo de leerlo.

Diego Medrano. “Dejemos el pesimismo para tiempo mejores”. 201 páginas. Ilustraciones de Miguel G. Díaz. Editorial Pez de Plata. Asturias, 2010. 

Joseph Conrad. “Un puesto avanzado del progreso”

La retórica del colonialismo

Para mí que he viajado muy poco y siempre a ciudades europeas el exotismo del África negra me resulta un cuento lejano. Las referencias que manejaba de ese continente empezaban en el blanco y negro del Tarzán de Johnny Weissmuller y acababan en las “Memorias de África” de Sidney Pollack. Y en mi conciencia más moderna en los documentales de La 2 y en las noticias de la televisión. Noticias de sucesos violentos e imágenes trágicas por las que ese continente no resulta un sitio apetecible para un turista cobarde como yo. Pero un par de reportajes de revistas de prensa y alguna lectura reciente me han traído la denuncia de la explotación interesada de sus recursos naturales en una avaricia contemporánea en la que se mezclan el expolio, la guerra, el enriquecimiento de unos y la hambruna de otros. Y desde la conciencia de ese moderno colonialismo energético del siglo XXI doy marcha atrás hasta 1890, hasta el siglo XIX, de la mano de Joseph Conrad y este largo relato: “Un puesto avanzado del progreso”.

La obra más conocida de Conrad es “El corazón de las tinieblas” y este relato participa del mismo escenario y argumento. Nacido directamente de la experiencia vivida por el propio autor cuando estuvo en el Congo como oficial de un vapor fluvial contratado por una sociedad comercial belga.

Conrad en su relato nos lleva hasta aquel siglo XIX y a la retórica que justificaba el colonialismo: “Derechos y deberes de la civilización. Carácter sagrado de la labor civilizadora que ensalzaba los méritos de aquellos que partían para llevar la luz, la fe y el comercio hasta los más oscuros rincones de la tierra”. Retórica que en la práctica consistía en el establecimiento de “factorías”: un grupo de chozas en mitad de la selva y junto al río navegable que servían para comercializar el marfil con los indígenas y en el que la “Gran Compañía” instala a dos hombres blancos como sus delegados comerciales. Y en el caso de este relato a “dos individuos completamente incapaces e insignificantes” con un único plan: “¡dejaremos que la vida siga plácidamente su curso! Nos sentaremos tranquilamente y recogeremos el marfil que nos traigan esos salvajes”.

Pero la aparición en la “factoría” de seis hombres armados de otra tribu de la costa les hará conscientes de su indefensión, de su ignorancia y debilidad. Produciéndose un clarividente paralelismo entre los negros y los blancos. Las formas y los métodos para conseguir lo que quieren no son los mismos. Unos se amparan en la legalidad de su misión, en su superioridad social por la que tratan a los negros como seres inferiores a su servicio. Los otros, los salvajes, se amparan en la fuerza y se aprovechan de la avaricia del hombre blanco para hacer un negocio provechoso. La ambición de unos y otros resulta igual de inhumana y despiadada: el hombre forma parte del trato.

Hay algo completamente cierto en este relato de Conrad. Algo válido en aquel siglo XIX y en este XXI. Algo que sólo los testigos como él pueden decir. Porque los demás hablamos de oídas; decimos palabras que son una postura desde la distancia y la comodidad de nuestro sillón; a salvo de su verdadera magnitud. “Nadie sabe lo que significan el sufrimiento o el sacrificio, salvo, quizás, las víctimas de los misteriosos designios que se ocultan tras esas ilusiones”.

Y eso vale para los esclavos negros que valían de moneda para hacer un negocio y salvarle el pellejo a los blancos y a su ayudante negro y sirve para esos delegados comerciales abandonados a su suerte más de ocho meses “porque el director de la Gran Compañía estaba ocupado con otras factorías más importantes. Aquella factoría improductiva y los dos inútiles que se ocupaban de ella podían esperar”. Salvajes y civilizados valían lo mismo; formaban parte reemplazable del negocio.

La propia ineptitud, la selva y sus propias leyes, el territorio hostil, la debilidad de carácter, el hambre, la enfermedad, la locura y, sobre todo, la muerte nos dan la verdadera dimensión de aquellos hombres y su propósito.“Sus viejas ideas y convicciones, sus gustos y antipatías, las cosas que respetaba y las que aborrecía, aparecían por fin bajo su verdadera luz, revelándose despreciables e infantiles, falsas y ridículas”.

“Durante toda su vida, hasta aquel momento, había creído, como el resto de la humanidad –que era estúpida- en un montón de cosas absurdas”.

 Joseph Conrad “Un puesto avanzado del progreso”. 61 páginas. Ediciones Traspiés. Colección Vagamundos. Libros ilustrados. Granada, 2011. Prólogo e ilustraciones de Federico Villalobos. 

Pablo Andrés Escapa. “Gran Circo Mundial”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo, 15 de enero de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=15/01/2012&Paginas=0089&Descarga=0

Aluet

El circo y sus personajes es el escenario de “La noche”, la nouvelle de Antonio Soler, pero este “Gran Circo Mundial” de Pablo Andrés Escapa está más cerca de “El viaje a ninguna parte” de Fernán-Gómez. Más cerca de lo sórdido y miserable de la vida de los feriantes ambulantes por una España negra de entraña de secano y carretera comarcal que del color en cinemascope de “El mayor espectáculo del mundo” de Cecil B. DeMille.

Aldea de interior, lugar en el que el tiempo pasa con la costumbre de nunca esperar nada a la que llega un circo pequeño alimentado de su enorme mentira. Saltimbanquis, gente de los caminos; caravana minúscula que promete Fieras de los cinco continentes, fantasía dibujada en un cartel coloreado, una ilusión digna de entrar en una fábula: la de los mundos marchitos, la de las promesas esclavas de su propia leyenda.  Titiriteros que anuncian su llegada alterando la tarde de domingo pueblerina con su estridente megafonía y que se convertirá en algo más que una novedad al destrozar con un camión la esquina de un edificio al pasar por un estrecho callejón.

Y en juntar, reunir, enfrentar esa extravagante fantasía del circo y el universo cerrado de un pueblo anodino es uno de los méritos de esta novela. Dos mundos contrapuestos pero con un mismo destino: el ser un lugar y un espectáculo en decadencia; a la medida el uno del otro. Pueblo de tienda única y un solo bar que es el centro de su sistema solar; pueblo gris de rebaños y cosechas cada año más escasas al que llegan unos artistas extranjeros; exóticos nómadas de países lejanos. Expectación que acabará el día de la función convertida en decepción, patética mediocridad; espectáculo sin carpa, magia de tercera y en el que las fieras eran animales de corral y burla de paletos. Exotismo que se quedará en que era todo cuento.

Pero esta novela breve no es sólo el retrato, crudo y sentimental, de esos dos mundos; la imagen de esa esquina rota y sin arreglar que será la marca indeleble de algo que estuvo de paso; la desilusión de ese cuento consumado en una noche; el final trágico de la función, la muerte felizmente abortada; todo eso que se quedará en la memoria colectiva de un pueblo. El mayor acierto de esta historia agridulce está en enfrentar dos miradas diferentes sobre un mismo hecho y sus personajes: la práctica, cruel, realista e ignorante del adulto y la de la fascinación inocente de la primera juventud; esa edad en la que se fuman a escondidas los cigarrillos, se espía lo prohibido, se descubren secretos amargos y el amor imposible se esconde en gestos mudos, se graba con una navaja en el tronco de un árbol.

El lenguaje pone belleza y metáfora en el áspero escenario y en los sentimientos incipientes. Instantes poéticos se mezclan en la narración, la hacen lírica, pero en ocasiones rebuscada; como el minimalismo y el barroco confundiéndose entre líneas. Ampulosidad que se olvida en el poso de la poesía y la huella, la fábula vivida a esa edad en la que antes de convertirnos en miopes fatigados éramos capaces de creer en la ilusión de las mentiras.

Pablo Andrés Escapa. “Gran Circo Mundial”. 120 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2011.

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