Joseph Conrad. “Un puesto avanzado del progreso”

La retórica del colonialismo

Para mí que he viajado muy poco y siempre a ciudades europeas el exotismo del África negra me resulta un cuento lejano. Las referencias que manejaba de ese continente empezaban en el blanco y negro del Tarzán de Johnny Weissmuller y acababan en las “Memorias de África” de Sidney Pollack. Y en mi conciencia más moderna en los documentales de La 2 y en las noticias de la televisión. Noticias de sucesos violentos e imágenes trágicas por las que ese continente no resulta un sitio apetecible para un turista cobarde como yo. Pero un par de reportajes de revistas de prensa y alguna lectura reciente me han traído la denuncia de la explotación interesada de sus recursos naturales en una avaricia contemporánea en la que se mezclan el expolio, la guerra, el enriquecimiento de unos y la hambruna de otros. Y desde la conciencia de ese moderno colonialismo energético del siglo XXI doy marcha atrás hasta 1890, hasta el siglo XIX, de la mano de Joseph Conrad y este largo relato: “Un puesto avanzado del progreso”.

La obra más conocida de Conrad es “El corazón de las tinieblas” y este relato participa del mismo escenario y argumento. Nacido directamente de la experiencia vivida por el propio autor cuando estuvo en el Congo como oficial de un vapor fluvial contratado por una sociedad comercial belga.

Conrad en su relato nos lleva hasta aquel siglo XIX y a la retórica que justificaba el colonialismo: “Derechos y deberes de la civilización. Carácter sagrado de la labor civilizadora que ensalzaba los méritos de aquellos que partían para llevar la luz, la fe y el comercio hasta los más oscuros rincones de la tierra”. Retórica que en la práctica consistía en el establecimiento de “factorías”: un grupo de chozas en mitad de la selva y junto al río navegable que servían para comercializar el marfil con los indígenas y en el que la “Gran Compañía” instala a dos hombres blancos como sus delegados comerciales. Y en el caso de este relato a “dos individuos completamente incapaces e insignificantes” con un único plan: “¡dejaremos que la vida siga plácidamente su curso! Nos sentaremos tranquilamente y recogeremos el marfil que nos traigan esos salvajes”.

Pero la aparición en la “factoría” de seis hombres armados de otra tribu de la costa les hará conscientes de su indefensión, de su ignorancia y debilidad. Produciéndose un clarividente paralelismo entre los negros y los blancos. Las formas y los métodos para conseguir lo que quieren no son los mismos. Unos se amparan en la legalidad de su misión, en su superioridad social por la que tratan a los negros como seres inferiores a su servicio. Los otros, los salvajes, se amparan en la fuerza y se aprovechan de la avaricia del hombre blanco para hacer un negocio provechoso. La ambición de unos y otros resulta igual de inhumana y despiadada: el hombre forma parte del trato.

Hay algo completamente cierto en este relato de Conrad. Algo válido en aquel siglo XIX y en este XXI. Algo que sólo los testigos como él pueden decir. Porque los demás hablamos de oídas; decimos palabras que son una postura desde la distancia y la comodidad de nuestro sillón; a salvo de su verdadera magnitud. “Nadie sabe lo que significan el sufrimiento o el sacrificio, salvo, quizás, las víctimas de los misteriosos designios que se ocultan tras esas ilusiones”.

Y eso vale para los esclavos negros que valían de moneda para hacer un negocio y salvarle el pellejo a los blancos y a su ayudante negro y sirve para esos delegados comerciales abandonados a su suerte más de ocho meses “porque el director de la Gran Compañía estaba ocupado con otras factorías más importantes. Aquella factoría improductiva y los dos inútiles que se ocupaban de ella podían esperar”. Salvajes y civilizados valían lo mismo; formaban parte reemplazable del negocio.

La propia ineptitud, la selva y sus propias leyes, el territorio hostil, la debilidad de carácter, el hambre, la enfermedad, la locura y, sobre todo, la muerte nos dan la verdadera dimensión de aquellos hombres y su propósito.“Sus viejas ideas y convicciones, sus gustos y antipatías, las cosas que respetaba y las que aborrecía, aparecían por fin bajo su verdadera luz, revelándose despreciables e infantiles, falsas y ridículas”.

“Durante toda su vida, hasta aquel momento, había creído, como el resto de la humanidad –que era estúpida- en un montón de cosas absurdas”.

 Joseph Conrad “Un puesto avanzado del progreso”. 61 páginas. Ediciones Traspiés. Colección Vagamundos. Libros ilustrados. Granada, 2011. Prólogo e ilustraciones de Federico Villalobos. 

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