Luz Gabás. “Palmeras en la nieve”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes, 30 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/82752/dos-mundos

Dos mundos

Si tuviera que elegir esta novela por su portada no lo haría. Si esa imagen refleja el contenido del libro es evidente que en este caso lo que me sugiere está muy lejos de lo que suele interesarme y habitualmente leo. Y por si eso no fuera suficiente su tamaño tampoco ayuda en nada: ¡732 páginas! Eso supone un par de meses de lectura y un libro que por su tamaño no es literatura portátil que pueda llevar en el bolsillo y leer en el metro.

Pero el texto de la contraportada fue lo que me decidió. Y ahí entramos en los motivos que cada uno tiene para elegir un libro. Esta novela narra la historia de un hombre que en 1953 abandona su casa en un pueblo del pirineo de Huesca para irse a trabajar a la isla de Fernando Poo. Y resulta que mis raíces, aunque mucho más al sur, están en la misma provincia. Razón más que suficiente para olvidarme de prejuicios sobre portadas cursis e inconvenientes y miedos escénicos de setecientas páginas.

Pero por encima de esos motivos particulares y superando cualquier localismo que limitaría su lectura e interés a un chauvinismo provinciano, el valor de la novela de Luz Gabás está en que trata un asunto que es común para muchos de nosotros: la emigración. Y por encima de esa mayoritaria emigración de interior o de la popular y cinéfila emigración española a Europa en el siglo XX, “Palmeras en la nieve” habla de esa otra emigración a un lugar muy poco conocido en la historia de España: Guinea Ecuatorial. Un país que durante tres siglos fue colonia española hasta su independencia en el año1968. Final que es el centro de la novela. Y el punto de partida es esa vieja historia familiar por la que sabes que tu abuelo, tu tío y tu padre recorrieron seis mil kilómetros desde su pueblo hasta una isla de África para trabajar en una finca que cultivaba cacao. Y esa historia, conocerla, ya es de por sí algo fascinante, pero si además queriendo ordenar su recuerdo descubres un misterio, eso convierte a la vida en una auténtica novela.

Y será el punto de vista de una mujer, la historia contada y recreada por ella a su gusto lo que hará que seguramente sean ellas sus lectoras mayoritarias, pero creo que no sería justo si sencillamente la calificara como una novela romántica; una novela escrita por y para mujeres. Quizás esa portada sea una premeditada estrategia de mercadotecnia que a mi se me escapa; quizás Luz en algunos momentos abuse de ciertos tópicos del género, pero disfrutarlo está en la sensibilidad de cada uno y yo no me arrepiento de haberla leído. Al contrario, pensé que si esto fuera Estados Unidos o nuestro cine fuera de otra manera con esta novela se podría hacer una moderna película de cinemascope y sabor clásico.

Para mí es una novela de la que no he subrayado o marcado ningún párrafo para bien o para mal, pero cada lector se quedará con ella según su predilección o su forma de entender la literatura. Porque esta es una novela totalmente narrativa, una narración sin adornos ni distracciones con una estructura muy bien calculada y dosificada; lentamente destilada. Emociones esenciales, sencillas, evidentes y demoledoras. Una película muy bien contada que desde el presente recupera el pasado y la escenografía de un país lejano y exótico y en la que poco a poco se va descubriendo un secreto oculto y cubierto por años de silencio sin olvido. Luz Gabás ha escrito una novela mezclando los ingredientes clásicos y eternos: aventura, exotismo, drama y romance con lo más elemental e inmortal del hombre: espiritualidad, destino, familia, fidelidad, odio, pasión y Amor con mayúscula. Dos mundos que son dos países distintos, dos climas opuestos, dos culturas, dos hermanos y dos maneras incompatibles de ver y entender la vida. Un sueño hecho realidad y un sueño roto, arrancado a la fuerza y de cuajo. Una novela que nos descubre y recupera una parte no tan lejana de nuestra historia particular y universal: el colonialismo y sus virtudes, defectos y consecuencias; el racismo y sus víctimas, su final trágico y una nueva generación para superarlo.

Luz Gabás. “Palmeras en la nieve”. 732 páginas. 3ª Edición. Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 2012.

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Alberto Chimal. “Siete”

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el martes, 20 de marzo, de 2012

http://www.culturamas.es/blog/2012/03/20/especial-alberto-chimal-por-siete-resena-y-entrevista/

Sí y no

Tenía un cuerpo perfecto y se contoneaba maravillosamente. Sólo al quitarse el tanga descubrí que no era una mujer.

¿Estamos acostumbrados –malacostumbrados quizás- a esta clase de relatos? Es posible, pero no del todo. No se trata –simplificando- de un combate Poe vs. Chéjov.  Gonzalo Calcedo y Sergi Pàmies lo confirman: para que un relato sea bueno no tiene –obligatoriamente- que ocurrir algo inesperado. Basta sugerir en lugar de mostrar con descaro.

“Siete” es una colección de veintiséis relatos del escritor mexicano Alberto Chimal. Un conocido –y reconocido- autor en su país con más de una docena de libros de cuentos, una novela, un ensayo y una obra de teatro publicados. “Siete”, según se afirma rotundamente en la portada, es una recopilación de sus “mejores relatos”. Y esa afirmación crea una peligrosa expectativa. Peligrosa porque ya sabemos lo que a veces pasa con las expectativas. Con una recopilación literaria sucede lo mismo que con la música: que esperamos encontrarnos veinte canciones redondas y perfectas. Y en “Siete” no sucede eso.

Lo que nos vamos a encontrar en estos veintiséis relatos de Alberto es una multitud de registros y estilos. Genial despliegue imaginativo y lingüístico. Humor y alquitrán. Pasarela con ¿lo mejor de la colección de su fondo de armario? Diversidad temática y formal. Relatos largos, medios y cortos. Argumentos diferentes en cada uno: clasicismo, historia primitiva, ciencia ficción, cuento árabe y oriental, tragedia clásica, -en algunos me ha recordado a Ángel Olgoso– obsesiones bíblicas, narración contemporánea e incluso diálogos teatralizados.

Chimal es capaz de todas las metamorfosis, es un fabulador sorprendente, un contorsionista literario, un camaleón que muta y cambia de color. Y todos esos méritos son algo que no le voy a negar. Alberto es capaz de recrear una realidad paralela dentro de la cotidianidad. Realidad por él reducida, alterada, manipulada y troceada; por él convertida en microscópica, incompleta, misteriosamente deformada y a la vez real. Sí, todo eso, pero también en bastantes relatos abusa sin control de esa capacidad de fabulación. Y semejante exceso y desvarío me lleva a la perplejidad y de ahí al rechazo y la deserción.

Normalmente en un ramo solemos descubrir un par de flores de plástico. Un trampantojo, una licencia, una excentricidad de autor que completa el conjunto. Alberto lo hace al revés; en un ramo artificial descubrimos la belleza misteriosa y natural de varias flores auténticas. Desconozco si esta selección la ha hecho el autor o el prologuista a su gusto. Pero el mío me dice que en este viaje de largo recorrido (293 páginas) se mezclan las historias absolutamente seductoras y formalmente diversas como “Se ha perdido una niña”, “Álbum”,“Manuel y Lorenzo”,“Variaciones sobre un tema de Coleridge”,“La mujer que camina para atrás” y “La partida”; los relatos híbridos entre un sí y un no, unas veces más que sí y otras a medias como “Shanté”, “Mogo” y “El señor de los perros”; con los delirios que superan todas las líneas en un gratis total: “Capo de capos”, “Navidades alrededor del mundo”, “Corredores” o “La llegada del reino”.

Un libro de relatos no tiene que ser el tren de la bruja o el cubo de rubik. Una mosca en la sopa o un test de inteligencia, ni la interpretación –libros con manual de instrucciones- de una pintura abstracta para que se luzcan los críticos y los lectores se autoflagelen porque no saben apreciar su valor. No hacen falta la obviedad ni la resolución de la fábula para apreciar su sabor en el paladar de cada uno. Basta la seducción con cualquiera de sus disfraces.  Los relatos de Chimal producen desasosiego sin mostrarse del todo. La realidad puede producir inquietud incluso pixelada, insinuada, iluminada de forma indirecta. Y Alberto lo sabe y lo consigue. Y dentro de ese claroscuro, ese escenario por él creado –mitad irrealidad y mitad verídico- somos capaces de reconocer al hombre y su laberinto. Por eso me sorprende tanto cuando pierde el equilibrio y cae en lo cómico y el lugar común para epatar y ganarse la calderilla de unas carcajadas, o cuando el absurdo toma el poder y el relato se convierte en un viaje lisérgico.

Sin duda me quedo con esa parte del narrador de talento e ingenio que entre el asombro y el dolor, lo verdadero y lo inconcebible nos muestra a un monstruo de dos cabezas con apariencia de hombre.

Alberto Chimal. “Siete”. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

Brian McCabe. “El otro McCoy”

Reseña (ampliada) publicada en el suplemento Artes&Letras del Heraldo de Aragón, el jueves, 15 de marzo, de 2012.

http://jekyllandjill.blogspot.com/2012/03/resena-de-el-otro-mccoy-por-luis-borras.html

Risa negra

Para empezar el último día del año McCoy se despierta con una mala resaca. Una de esas resacas horribles que te convierten en un zombi sin pasar por peluquería y maquillaje. Recuerda que estuvo en una fiesta, que tuvo una discusión con su novia y que ella se marchó; pero no recuerda qué le dijo para que ella se enfadara. Primer episodio de bipolaridad que a algunos seguramente les suene. El yo borracho y el yo sereno. ¿Quién de los dos es el auténtico?

McCoy es un cómico en paro y sin dinero que vive en un miserable cobertizo. Una chabola de chapa y madera de la que debe varios meses de alquiler. Se saca algo de pasta yendo de puerta en puerta vendiendo mirillas. Un humilde artista a tan sólo un paso de alcanzar el éxito porque esa noche hará su debut en un show de la televisión, un espacio de cinco minutos antes de las campanadas de año nuevo. El comienzo de algo mejor si no fuera porque está muerto. Sí, en el primer capítulo McCoy se despierta resacoso y en el siguiente su novia debe aceptar que un par de noches antes, borracho como una cuba, McCoy se había tirado desde un puente. Segundo episodio de bipolaridad: yo estoy vivo y los demás creen que me he suicidado.  ¿Vivo o muerto? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?

Y sobre ese equívoco, sobre esas dos realidades paralelas avanza la narración. Ella con el dolor por la pérdida y sus preguntas sin respuesta y él ajeno a todo deambulando por las calles de Edimburgo interpretando una tragicomedia de humor negro y risa amarga. Viviendo su propia “Jo, qué noche” pero en pleno día. El último día del año. El peor día de su vida.

Pero esas veinticuatro horas en la vida de McCoy no son sólo una sitcom de risas crueles y enlatadas. Reímos y maldita la gracia que tiene, porque McCoy es un tipo “decepcionado consigo mismo, con un triste pasado familiar, un presente deprimente y ansiedad por el futuro”. Un cómico que “no tiene nada que ofrecer y que por eso necesita llegar a ser alguien, otro, alguien que no fuera él y por eso imita a otra gente”. Alguien que ebrio dijo una mentira y le creyeron. Alguien que borracho dijo la verdad y no se acuerda.

Brian McCabe exprime con maestría ese equívoco por él creado. Nos habla de un embarazo, una bañera, una cuchilla de afeitar y sangre y nos mantiene en esa angustia mientras pasan las hojas, las calles y las horas. Se nos hielan los pies y se nos empapa la ropa. La vida es un agotador ritual de auto-humillación, una mierda, un chiste malo que ya no te hace gracia; tocas fondo pero todavía no has caído en la soledad o la locura. Puedes consolarte con eso si quieres. Has escrito la lista de propósitos para el año nuevo y el primero es el propósito de enmienda. Tal vez no sea demasiado tarde.

Brian McCabe entre lo absurdo y lo realista, lo triste y lo humorístico nos habla muy en serio de la identidad humana y sus divisiones. Nos enseña que podemos descubrirnos siendo otros tropezando por casualidad con nuestro reflejo o nuestro pasado; y al vernos sentir vergüenza de nosotros mismos. Pero sobre todo nos habla de ese que nos gustaría ser y no somos. Personaje inventado de nuestro yo; ficción y realidad; Jekyll y Hyde, desdoblamiento en un solo cuerpo. Uno sueña y el otro pasa hambre y frío. Uno habla y el otro le ignora Uno engaña al otro y los dos son el mismo. ¿Cuál de los dos es el auténtico?

Podríamos seguir en ese juego de por vida; pero el vértigo, el miedo a quedarnos con nada y a perder lo único bueno y real que tenemos hará que la conciencia del sobrio le de la razón a la verdad del borracho. Sólo podemos ser uno. Y debemos elegir. Debemos matar al otro, hacerle desaparecer, librarnos de él para siempre. Y sólo así podremos empezar el primer día del año en el que no seremos ningún otro que no sea uno mismo (el auténtico).

Brian McCabe “El otro McCoy”. 270 páginas. Jekyll&Jill editores. Zaragoza, 2012.

 

Narcís Oller. “La locura”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes, 23 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/82447/el-estigma

El estigma

Para alguien como yo que se ha pasado la primera juventud leyendo a Galdós y a Baroja  descubrir a Narcís Oller es una agradable sorpresa.

“La locura” puede formar parte de dos de los ismos literarios del siglo XIX: realismo y naturalismo; pero Oller, noucentista y vanguardista con D’Ors; escribe ya en 1898 esta novela que es técnicamente novedosa al estar narrada en primera persona del singular e integra en la narración a la filosofía, el positivismo, la medicina, el determinismo y la antropología; y además hace un análisis y un retrato psicológico de la sociedad española de la época.

La novela narra el descenso progresivo de un hombre que pasa de ser lunático, reservado, de unas inconsecuencias de carácter inexplicables a la enajenación absoluta. Golpes del destino que le harán tropezar y caer estafado, burlado, escarnecido, levantarse mal herido una y otra vez hasta que  reciba el último y acabe cayendo definitivamente en el delirio, las alucinaciones y la demencia. Pero esta novela no es sólo un excelente folletín de época que tiene la virtud de no caer nunca en el amaneramiento.  Retrato de la burguesía rural emigrante en la ciudad, del enfrentamiento político entre liberales y carlistas; y, sobre todo, tragicomedia de trapos sucios familiares, historia común de esta vieja humanidad que hoy ha evolucionado y degenerado en programas de televisión sin buena literatura ni buena educación. Es la presentación de esa enfermedad en la sociedad del siglo XIX: “El loco pasea su manía entre la masa sin que nadie se dé cuenta. Mientras no se le pronuncien de una manera aguda los delirios, la masa tan sólo lo tilda de tipo original, de neurótico, de extravagante, de chalado en el sentido atenuante de la palabra”. Y estaban los que, tomándoselo a broma, se divertían a su costa. Reírse en lugar de sentir compasión. Y está la triste certeza de que la locura era una enfermedad para la que entonces no existía un diagnóstico preciso ni una cura específica. Enfermedad a la que se la denominaba neurastenia, vesania hereditaria producto del atavismo. De padre loco hijos locos.

Hoy tenemos mayor conciencia del desequilibrio mental y de nuestra fragilidad. Tenemos otras respuestas. Y aún así es un estigma que todo el mundo oculta. Pero en el siglo XIX no existían esa conciencia ni esas respuestas. La psiquiatría era la hermana pobre de la medicina. Los médicos curaban las dolencias físicas pero las mentales escapaban al entendimiento científico y moral. Se dudaba de su origen, su remedio y su existencia.

Sin embargo Oller se niega a tomar partido por el determinismo sin más y habla de la influencia sobre la razón de las emociones, de las causas morales y la maldad humana. Denuncia -con trágico humor- la vanidad y el egoísmo humano, y una sociedad ignorante, cruel y frívola. Retrata al enfermo -víctima propiciatoria- y a los que provocan su caída; el dolor de los que sufren las consecuencias de su locura y al científico, frío y distante, que encuentra una explicación teórica a su comportamiento a salvo de heridas y salpicaduras. En muchos casos nunca la veremos de cerca, pero cuando deja de ser anónima y resulta inevitable, antes que indiferencia sentir al menos cierta vergüenza ajena, arrepentimiento y misericordia.

Narcís Oller. “La locura”. 160 páginas. Traducción y postfacio de Lluís Agustí. Editorial Funambulista. Madrid, 2012. 

Félix Romeo. “Noche de los enamorados”

Reseña publicada en  la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves, 15 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/82170/la-boveda-de-una-tumba

Y en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo, 25 de marzo de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=25/03/2012&Paginas=0096&Descarga=0

La bóveda de una tumba

Resulta imposible leer esta novela sin dejar de pensar que Félix Romeo está muerto. Que esta es su novela póstuma.

Resulta muy difícil hablar de esta “Noche de los enamorados” objetivamente; sin dejarse influenciar por eso; sin que las palabras resulten un homenaje inevitable.

Y sin embargo debo leerla como si Félix estuviera vivo; y lo que yo diga importará nada o muy poco. No era uno de sus amigos. No le conocía, nunca hable con él.

Y lo primero que pienso es que resulta sarcástico, desagradablemente irónico que esta novela trate de una muerte. Que hable de la muerte de otro. Pero también que tiene un comienzo sencillamente demoledor. Un inicio que cumple esa regla básica que dice que el arranque de una novela es fundamental, determinante para continuar leyendo o dejarlo: Es una mujer y está muerta. Está tirada en el suelo del salón-comedor de su domicilio. Boca arriba Presentación, puesta en escena fría, aséptica y espeluznante; sin preámbulos ni elipsis, pero totalmente efectiva sabiendo de nuestra curiosidad macabra, esa fijación magnética  que tienen los cadáveres.

“Noche de los enamorados” es la historia de una obsesión personal. Una historia que se cruzó en el camino de Félix cuando estuvo preso por insumisión en la cárcel de Torrero y uno de sus compañeros de celda le confiesa que estaba allí por haber matado a su mujer estrangulándola con sus propias manos. Palabras nubladas por el tiempo y por el mal olor; palabras que se quedarán larvadas y vivas; huevos de mosca que eclosionarán dieciséis años después del asesinato. Obsesión que se transforma en un regreso al pasado, en una investigación, en la reconstrucción de un crimen escarbando entre gusanos. Moscardas de vuelo lento, preguntas para espantarlas, palabras que dijeron otros, espejo oscuro. Biografía del verdugo y su víctima, búsqueda por hemerotecas, archivos y foros de internet. Llamadas de teléfono, testigos sin nombre, hechos probados, autopsia, declaraciones de vecinos;  riñas, insultos, golpes; ruidos que una noche nadie oye y una mujer muerta, tirada en el suelo, boca arriba..

Otro con toda esa información hubiera escrito una novela convencional. Félix no. Él es radicalmente personal. Porque esta no es una historia de ficción, es la transcripción de una historia de muerte, alcohol y heridas de amor, un asesinato salvaje y real; pero también -como en “Amarillo”– la regurgitación de una crisálida agazapada en el purgatorio del estómago de Félix.

Son sus palabras las que cuentan lo que sabía antes y lo que leyó después, lo que vio y averiguó, todo lo que imaginó del pasado y de aquella noche. Y en esa forma personal de contarlo, en ese cómo anticonvencional están la diferencia y el innegable atractivo de esta novela. Porque Félix ha escrito un guión, el making-off de un exorcismo. Sus palabras al viento son las notas del cuaderno de campo de una narración, el revelado de un negativo, un documental y un diario personal. Son su recuerdo individual de una sombra desterrada; palabras prestadas y palabras propias; palabras que enseñan los dientes y muerden. Palabras nunca dichas, palabras que acusan y señalan, palabras sobre la sospecha y la certeza de la culpa, el olvido, el dolor, la muerte y la mentira de otros. Palabras subrayadas que buscan su significado, la verdad inútil que sirve para uno mismo y para nadie, para construir la bóveda de una tumba.

Félix Romeo. “Noche de los enamorados”. 139 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012. Ilustración de portada de Lina Vila.

Mariano Veloy. “Königsberg”

Reseña publicada en  la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves, 8 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/81895/imaginacion-absolutista

Imaginación absolutista

Puedo jurar (aunque quede feo) que este libro es el disparate más sorprendente que he leído últimamente. Sí, soy de los que se toma muy en serio la literatura, pero también de los que a veces le gusta irse de copas con los malotes. Porque en algunas ocasiones (como en ésta) resultan mucho más entretenidos que esos tipos que entienden la literatura como tierra sagrada, una cripta en la que ponerse cursis y caer en un éxtasis místico. Si estuviera en una isla desierta y tuviera que elegir me iría con los gamberros. Quizás corrieran peligro mi equilibrio mental y mi hígado, pero seguro que sería mucho más divertido.

Esta novela es como aquellas redacciones de nuestra última infancia. Esos años en los que tenías un pie en cada lado. Uno en el niño que todavía juega a las chapas y otro en el pre-adolescente que empieza a mirar con desasosiego las tetas de las chicas de su clase. Sí, “Königsberg” es como aquellas narraciones repletas de surrealismo inconsciente en las que mezclábamos sin control aventuras y tebeos.

Pero nos hemos hecho mayores y Pez de Plata lo sabe. Sabe que con un libro como este somos adultos con suerte porque nos gusta el papel verjurado de la cubierta, las guardas en azul, el tacto suave de las hojas y las ilustraciones de Marc&Bernat M. Gustà. Sabe que nos gustan esos detalles que hacen de un libro un objeto con alma. Sabe que todavía nos gusta beber, pero que ahora lo hacemos con criterio y paladar. Que nos gusta emborracharnos, pero no nos gusta el garrafón ni los licores insípidos o empalagosos.

Y quiero creer que Mariano Veloy, de niño, escribía surrealistas redacciones que hacían reír a toda la clase. Y que ahora, de adulto, ha urdido una trama coherente entre multitud de disparates. Hacer lo heterogéneo homogéneo mezclando -descarado y subliminal- realidad y desvarío, crítica y carcajada; literatura con música, teatro, historia, teología y cine; latín con inglés y francés; La Regenta con los Beatles, Joyce, el doktor Kellogg, Julio Verne, un cuento de Andersen y un cameo de Psicosis. El testamento de un muerto que es una carta de amor correspondida con el desdén. Un papel legible en el bolsillo de un ahogado. Una reconstrucción verídicamente falsa. Un cardenal padre de hijos bastardos -como aquel Farnesio del siglo XVI- hermanos incestuosos, engaños, extorsiones, venganzas, asesinatos y un secuestro. Folletín, periodismo de investigación, filosofía, delirio andergraun. Insultos entre corchetes, biografías contadas en un vinilo que se escucha en un pick-up, un capitán vestido con un smoking amarillo y una escafandra, un Ford T, un submarino (amarillo, claro) y una bomba de relojería. Una amada promiscua, un intelectual pusilánime, tirillas y frígido histérico y su antagonista canalla, seductor y príapo procaz.

Talento, ingenio, gamberrismo, capacidad y lenguaje; humor de escenografía, situación, carnaval y personajes; recursos, estructuras, posibilidades, diálogos, forma y materia de la literatura; todos explotados, manipulados, ordenados, puestos al servicio del poder absoluto de su imaginación.

Mariano Veloy. “Königsberg”. 157 páginas. Editorial Pez de Plata. Asturias, 2011.

Editorial Pez de Plata

http://www.pezdeplata.com/

Marc&Bernat M. Gustà

http://perrossemihundidos.com/

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