Tito Montero. “10 corsarios”

¿Por qué?

Empieza apostando fuerte: un asesinato y una escena de sexo en los dos primeros y breves capítulos. Pero empieza mal: “…7, 6, 5 y medio, 5, 4 y medio, 4, 3 y medio, 3, 2 y tres cuartos, 2 y medio, 2 y cuarto, 2….” ¿Por qué esa bobada infantil, esa gracieta en esa cuenta atrás cuando lo que está contando es el tiempo que está tardando en morir ahogado un hombre? ¿Por qué esa tontería inoportuna, fuera de lugar? La escena no se lo merece. Y luego: “El tipo seguía agonizando. Su lengua colgaba hacia fuera y daba coletazos como una vaca que intenta acabar con la mosca cojonera que le está amargando la plácida tarde de verano.” Menudo símil. Desafortunado. Y los dos en la primera página.

Un buen párrafo final consigue equilibrar el primer capítulo, pero el segundo es  simplemente una escena de sexo jocoso y trillado: un policía que chulea a una puta. Está arriesgando mucho, un lector con menos paciencia ya le habría descalificado, pero la brevedad (dos páginas) le salva y decido esperar un poco más. En el siguiente me tropiezo con un “oro etílico” al hablar de una cerveza. No remonta. Hasta ahora los aciertos no han pasado de un (muy) ágil uso del lenguaje aunque peligrosamente coloquial. En los siguientes capítulos una (breve) biografía del personaje principal lo presenta como un playboy que se las liga a pares (bizarro y fantasmón) y después aparece una mujer a la que “el tanga rosa le asomaba debajo de sus pantalones” y es observada en plena calle por un grupo de (simios) hombres en celo. Una situación absurda que se resuelve convirtiendo a la chica en un súbito Harry sucio, fuerte y ejecutor. Estoy empezando a tener alucinaciones: un castizo casanova y una mujer que dice palabrotas y derriba a los hombres de una patada en los huevos. Y entonces llega la escena de (otra vez) sexo de las páginas 45 y 46 y eso ya no hay quien se lo crea ni lo soporte: “… se inició en el Lengua´s Arena de sus bocas el combate por el título mundial de la Federación Internacional de Lucha Libre” “Los ensayos preliminares de “Con la porra muy dura” empezaron a pasar a mayores”. Me temo que aquí cualquier lector sensato habría abandonado, pero no lo hago. Y no lo hago porque confío en el editor. Algo tiene que haber para que lo haya publicado. Y aguanto aunque me encuentro con otra gracieta fuera de lugar: “… intentó recordar el manual de los Jóvenes Castores, pero eso tampoco funcionó demasiado bien” cuando está narrando la situación de un hombre encadenado a la pared condenado a morir de inanición. Otra vez desafortunado. Pero es precisamente ese crimen y la investigación que se pone en marcha los que consiguen que continúe leyendo y llegue al capítulo 17 en el que aparece el segundo (tercer) asesinato esta vez narrado en serio y con buen estilo literario. Tres asesinatos que relacionan un manuscrito inédito con un lector profesional, un prestigioso agente literario y  un importante editor.

Y a partir de ese momento la novela empieza a animarse y aparece todo lo bueno que “10 corsarios” guarda: otro asesinato (cuarto) bien narrado (aunque con un método un poco ridículo) en una madrugada en Salamanca. Una trepidante escena de acción con su persecución por la ciudad aunque con su tontería incluida: “Desfallecido, Miguelito vio como Sirgo se acercaba y dejó de sentir el dolor justo cuando el policía le reventó los huevos de una certera patada en la ingle. Criadillas a la rusa revueltas y reconstruidas. Sirgo acababa de ponerse a la altura de Ferrán Adriá. Una estrella Michelín”. Un policía redimido de su pasado y vivo de nuevo (sin tonterías). Una periodista ambiciosa y sin escrúpulos dispuesta a todo (literal) por conseguir información sobre los asesinatos que alimente el morbo y la audiencia del share del programa de televisión en el que trabaja. El magnífico capítulo de la venganza y asesinato (cinco de golpe) del grupo artístico-literario “Los crudos”; una crítica mordaz al esnobismo y al ego superlativo de algunos escritores. La genial (e irónicamente real) parodia del programa de Buenafuente: “Estos crímenes han sido la campaña de marketing más agresiva y efectiva que he visto en mi vida”. El capítulo en el que deja al descubierto lo que supone de negocio para la editorial la publicación de una novela: “De hecho, me da igual si es inocente o no. La editorial va a vender cientos de miles de ejemplares del libro en ambos casos. Vamos a ganar mucho dinero gracias a estos crímenes”. Y lo que supone para el autor, lo que busca y obtiene con la publicación de su novela: el reconocimiento, la fama, el triunfo: “Ya tienes una oferta millonaria para publicar la novela y alguna propuesta de adaptación al cine”. Y un final con “un plan” que es una hábil trampa muy peliculera, visual y eficaz.

Sí, en la segunda mitad el interés se hace evidente, avanzas deseando saber cómo acaba y te has olvidado de lo anterior. Lees con ganas, pero cruzando los dedos para que Montero no meta ningún chiste tonto, vuelva a meter la pata de nuevo. Y me fastidia que parezca no ser capaz de evitarlo. Me fastidia que alguien capaz de narrar, de inventar una trama y ponerla en movimiento, de escribir bien, con agilidad y estilo, la cague (por usar su propio lenguaje) de esa manera: “La sangre se le concentrase con lujuria en la entrepierna. Le ponía, pero no de una manera normal, le ponía a la Cántabra, en plan Revilla”.

Hubiera bastado un poco (más bien un mucho) de sensatez y dominio en esa vena histriónica; eliminar todos esos símiles ridículos, esas fantasmadas, esos sueños calenturientos. ¿Por qué no escribir en serio cuando es posible hacerlo?

Tito Montero. “10 corsarios”. 213 páginas. Bestia Audaz. Asturias, 2012.

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2 pensamientos en “Tito Montero. “10 corsarios”

    • Hola, Carolina.
      Muchas gracias por el enlace. Interesante lo de Tito. Seguro que tiene más de un buen relato, pero espero que haya aprendido a pisar el freno, que le haya pasado el manuscrito a un lector de confianza para no cometer los mismos errores que en la novela.
      Un cordial saludo.
      Luis Borrás

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