Guillermo Roz. “Tendríamos que haber venido solos”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 3 de junio de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=750551

Un camino de pólvora

Podría parecer que se nos quiere presentar esta novela como un terrorífico psicothriller. Pero creo que ese no es más que el cebo para que mordamos el anzuelo. Y recomiendo desde ya morderlo con placer, sin prejuicios y sin arrepentimiento, pero teniendo en cuenta que esta novela es mucho más de lo que parece a simple vista. Quizás estemos mal acostumbrados por las series de la televisión a que cualquier asesinato, por complicado que sea, se resuelva en una hora y con dos cortes para los anuncios. Por eso los hechos consumados de esta novela pueden parecer absurdos, increíbles, delirantes; dos muertes sin un justo castigo. Pero la realidad del crimen es mucho más sórdida de lo que nos venden al por mayor. En esta novela de Guillermo Roz lo importante no está en lo macabro y lo sangriento, en el delito y en su investigación, lo realmente importante está en que esos asesinatos son la consecuencia de algo que viene de muy atrás, en la semilla, el huevo; la larva que acaba eclosionando en un acto insensato, irrefrenable y brutal. Esas muertes son el final de un camino de pólvora que se ha ido, en una llama rojiza y perenne, consumiendo muy lentamente. Nuestra vida puede fabricar ese camino y podemos alimentarlo, evitar que se moje o podemos cortarlo, apagarlo, evitar que llegue al final.

Lo mejor de esta novela está en sus personajes: en Norberto y el amor de su madre que se convierte en asfixia, agobiante saturación, cariño opresivo; aire tóxico. El trauma infantil que llevará al adulto al crimen por venganza, por desquite, por alienación. En Jimena, su novia, un camino abierto a la libertad, la independencia y un nuevo significado para la palabra amor. Y Lula, su suegra, una reencarnación de su madre muerta, de ese amor posesivo del que hay que alejarse, huir; al que hay que neutralizar, eliminar. Y finalmente Venturino, el más rico, proteínico; el más complejo y radicalmente humano de todos. Personaje desde el que la novela se enriquece y desdobla en otros caminos abruptos y arriesgados, viejos y lacerantes, imprevistos y alegres,  nuevos e impracticables.

Roz ha escrito una novela breve e intensa sobre el anhídrido carbónico y el oxígeno que producen el amor; lo estúpido y lo heroico; la pesadilla y el humor negro; la bonita mentira y la triste verdad. Una reflexión sobre la soledad: uno es al que quieren mucho, demasiado, al que no le dejan en paz; y el otro es al que nadie quiere, al que todos han abandonado. La diferencia entre la soledad forzada y la soledad como anhelo. Dos personajes que se hacen complementarios, cómplices, y que luego resultan incompatibles; un estorbo, una molestia el uno para el otro.

¿Por qué llega un hombre a cometer un asesinato? ¿Por qué alguien decide ayudar a un asesino confeso, esconderlo, ponerlo a salvo? ¿Puede el bueno convertirse en ladrón, en criminal por amor? ¿La locura y la cordura viven de alquiler en el mismo cuarto? La diferencia está en apagar ese camino de pólvora o en dejarlo arder y que llegue al final. La diferencia está en la voluntad de cada hombre para elegir un camino u otro.

Guillermo Roz. “Tendríamos que haber venido solos”. 203 páginas. Alianza Editorial. Madrid, 2012.

Isabel González. “Casi tan salvaje”

La elipsis y el K.O.

Miguel de la Cuadra Salcedo batió el récord mundial de lanzamiento de jabalina, pero no se lo reconocieron porque la forma no era ortodoxa, no estaba homologada, no lanzaba como todos los demás. Isabel González descubre que es posible otra forma, que en los relatos no hay reglas, que la libertad es la única norma y el K.O. (o la victoria por puntos) lo único que cuenta.

Los relatos permiten la informalidad, el libertinaje; luego cada escritor decide ajustarse más o menos a lo convencional o crear su propio reino, su propio territorio. Isabel tiene el suyo. Isabel es indígena y descubridora. El polimorfismo es el paisaje de ese archipiélago y la espeleología y el submarinismo la forma de recorrerlo. Lo subliminal, lo oculto, la sugerencia, la lengua mordida; el zumbido de un avispero invisible. Y también el dolor, la ironía, el camuflaje, lo subterráneo, el recuerdo, la ausencia, el daño, la herida, el silencio, la equimosis, el secreto, la negación y la verdad; la humanidad de cuerpo entero, sus sentimientos y su descarnadura. Isabel hace posible que lo importante de un relato sea la elipsis, lo que no se dice y se intuye, la trastienda, lo que no se ve y sin embargo se muestra. Isabel revela que se puede inocular la angustia sin jeringuillas, por vía oral; hablar del síntoma sin nombrar la enfermedad. Su sintaxis son telegramas, golpes certeros. Mientras otros dan largas, elegantes y lentas zancadas, Isabel avanza de puntillas y cada paso es una patada en la espinilla. Cada relato es un golpe en el plexo solar que, en lugar de hacernos cerrar los ojos, logra que los abramos más; aturdidos, todavía en pie; conscientes, pero vencidos.

Me fastidia tener que ser jurado en este concurso de belleza. Algunos son realmente excepcionales, muchos muy buenos y otros ininteligibles. Son raros, es verdad; te hacen achinar los ojos en una interrogación, poner la mueca del que no entiende. Extranjeros que hablan la misma lengua. Pero me niego a descalificarlos por feos. Son incomprensibles, oscuros; pero en todos hay un algo hipnótico, atractivo. Y por salvarlos me invento premios para todos: Miss paradoja, miss miope, miss coraje, miss lolita… La perfección es el más falso de todos los mitos.

Cada uno establece una relación con un libro y éste es para mí el del atrevimiento formal, una referencia narrativa, y es también un estímulo personal. No estamos en el mismo peldaño del cajón; más bien yo estoy abajo, entre el público, esperando el húmedo impacto de alguna gota del champán que Isabel agita. Pero siento un agradecido alivio del temor a mi soledad, la posible rareza de mis gustos. Igual que otros escritores me enseñaron el valor de las palabras genio, narrativa poética y la complejidad de lo simple, la de Isabel es una revelación profana, saber que es posible colarse en la fiesta rompiendo el protocolo. Otro vestido, otros complementos, un maquillaje distinto. Otra forma de hablar. Isabel abre el camino. Pionera insólita me demuestra que es posible salirse de las normas, batir el récord lanzando la jabalina con tu propio estilo.

Isabel González. “Casi tan salvaje”. 150 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2012.

La sensacional fotografía elegida para la portada es de Laci Kuskulic.

Juan Soto Ivars. “Siberia”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves 24 de mayo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/84661/en-el-vientre-de-la-ballena

En el vientre de la ballena

No sé si Juan ganará algún día el Premio Planeta. Lo que es seguro es que con esta novela no lo hubiera hecho. No sé lo que pasará en el futuro, pero yo prefiero ser uno de los ochenta gafapasta que lo leen ahora a uno de los miles que por Navidad compren su novela planetaria para regalársela a su suegra o a su cuñada.

Alejandro García Ingrisano dice en el prólogo que “Siberia” es una novela “autobiográfica”. A mí eso me da igual. No soy su padre ni su novia ni un perro sabueso. No me importa saber qué parte es real y cual la inventada. Algo he oído de Pereleman, pero nunca lo he visto. Tampoco sé en qué consiste el “Nuevo Drama”, así que escribo desinformado y sin prejuicios.

“Siberia” es, de manera elemental y reducida, la historia de Jonás; un escritor bloqueado que está tratando de escribir su segunda novela: “Frío siberiano”, de la que apenas ha escrito unos cuantos párrafos. Y es también la historia en paralelo de su fracaso sentimental, porque Jonás recorre su agenda telefónica de la A a la Z en busca de una mujer mientras mantiene una relación íntima, pero asexuada, con otra; algo totalmente frustrante. En todos los intentos fracasa: en escribir, en ligar y en seducir a su novia. Y esos fracasos lo llevan a la desesperación y desde ahí en línea recta a cometer una estúpida violación.

“Siberia” no es una novela cómoda. No es una novela convencional. Es una novela que desconcierta. Y reconozco que en sus páginas he escrito: releer un párrafo por placer es un acierto. Releer porque no lo has entendido es porque eres corto o el escritor enrevesado. Y estaba en lo cierto; yo fui torpe y Juan no me lo puso fácil. Pero más adelante escribí: las canciones que gustan a la primera son las candidatas a la canción del verano; sólo en la segunda audición se captan los matices. La primera vez que probé la tónica no me gusto; ahora prefiero el bitter porque es más amargo y no simplemente refrescante. Y además no está de moda.

Y es que leer y hablar de “Siberia” exige plena consciencia; no ser un lector acomodado que se queda flotando indolente en la superficie y dejándose llevar por la marea de un mar menor: aguas tranquilas y poco profundas, templadas de orines de niños y ancianos que no saben nadar o temen bañarse en mar abierto. Porque en la primera parte además de los ya citados fracasos de Jonás está el ensayo narrativo a cerca de lo que supone escribir: las ocho diferencias entre el escritor y el que escribe: “Cuarta diferencia entre el escritor y el que escribe: el escritor solamente escucha sus propias palabras. Nunca se para a preguntar a alguien cuál es el camino correcto”. Párrafos demoledores y sinceros de todo lo que conlleva escribir y convertirse en escritor, lo bueno y lo malo; el éxito y el fracaso, la constancia y el sacrificio, el talento y la admiración, la pérdida de la amistad, la permanente búsqueda del reconocimiento; su parte de obligación, farsa y relaciones sociales; la envidia y el brillo de las navajas, el ser o no ser dependiendo de si estás dentro o fuera de la fiesta.

Creo que lo más original de “Siberia” está en el diferente uso de lo que técnicamente –y que nadie me tome por pedante- se llama la voz narrativa. En quién cuenta la historia. En la primera parte  la narración es toda en tercera persona. En la segunda parte comienza igual y enseguida pasa a la segunda; y el narrador le habla a Jonás: “Hace un día. Llevas desde la mañana encerrado en tus propios actos”. Una narración a cerca de la culpa y el remordimiento convertidos en olor e imagen; en conciencia, derrota y huida. En la tercera parte cambia y está narrada en primera persona y es Jonás el que habla de regreso y silencios, de esperanza y futuro. Y en esa tercera parte es donde está –para mí- lo mejor, lo más brillante de la novela. En todo lo que leemos pero no se dice, en todo lo que el narrador imagina y se calla, en todas las palabras sin pronunciar.

Y en la última parte, el “Epílogo”, regresa la narración a la tercera persona y con ella regresa el pasado para hacer arder el futuro. Escribir es cumplir una condena, una forma de expiar la culpa; es volver a entrar en el vientre de Siberia.

Juan Soto Ivars. “Siberia”. 124 páginas. El Olivo Azul. Córdoba, 2012.

Ricardo Baroja. “Aventuras del submarino alemán U”

El personaje y la aventura

Me gustaría presumir y decir que de niño leí a Dumas, Verne, Salgari y Dafoe. Pero no es verdad. Mi infancia fue la de un niño que veía “Marco” y “Heidi” en la televisión y mis lecturas de entonces eran los tebeos: “Pulgarcito”, “Tío Vivo”, Asterix y, sobre todo, la colección de Disney “Dumbo” que mi padre nos compraba en el quiosco los domingos.

Mi primer encuentro con la literatura fue con Pío Baroja. Y mis primeras novelas de aventuras fueron las de Zalacaín; Shanti Andía y las otras tres que componen la tetralogía de “El mar”. Aventuras de marinos para un adolescente de secano. Después vino Avinareta y todas las de la serie “Memorias de un hombre de acción”.

No recuerdo cómo. Tal vez fue cuando me dio la fiebre por los bohemios y me leí los tres volúmenes de “La novela de un literato” de Cansinos Assens; tal vez fue otro barojiano, el doctor Rafael Núñez, o tal vez fue Julio Manso, de la librería Fomento, el que me puso en la pista de Ricardo. No recuerdo cómo o quién me dio su nombre. Lo que sí recuerdo es la primera novela que me compré: “Gente del 98. Arte, cine y ametralladora”, editada por Cátedra en 1989. Y que desde ese momento Ricardo me pareció un personaje realmente fascinante. Mucho más que su hermano Pío. Pintor, grabador y escritor. Alguien comparable a Gustavo de Maeztu o a José Gutiérrez Solana.

Y fascinado por esa “Gente del 98”me dediqué a ir buscando y adquiriendo sus libros: los editados por Caro Raggio, el volumen de sus obras selectas en Biblioteca Nueva, alguno más que conseguí en librerías de viejo y el maravilloso catálogo editado por el Museo de Bellas Artes de Bilbao: “Imagen y derrotero de Ricardo Baroja”, escrito por su sobrino Pío Caro Baroja en el que además de su detallada biografía se reúnen las tres facetas artísticas de Ricardo.

Por eso es una inmensa alegría que Ediciones 98 recupere y publique “Aventuras del submarino alemán U”. Una novela con ilustraciones de Ricardo que fue publicada por Caro Raggio en 1917 y que desde entonces “se había convertido en una obra maldita y caído en un injusto olvido”. Y ojalá esta publicación les anime a recuperar otras novelas de Ricardo Baroja publicadas bajo el pseudónimo J.G.N: “De tobillera a Cocotte”, “Fernanda” y “Fiebre de amor”;  o la novela “Estrafalarios” que se publicó por entregas en “El Bidasoa”.

En el prólogo de esta edición Pío Caro nos dice de él: “Ricardo por lo que hizo, por lo que no hizo ni quiso hacer, y por lo que hizo sin querer, bien podía ser un personaje novelesco”. “Además de su obra pictórica, literaria y sus aguafuertes están sus fantasías, sus veleidades científicas, sus inventos, sus dotes de conversador ameno, sus aventuras como marino, actor y revolucionario”. El personaje fascinante que descubrí por primera vez en aquella “Gente del98”. El fascinante personaje que merece la pena descubrir.

En “Aventuras del submarino alemán U” se narran las aventuras de un español que es recogido por un submarino alemán tras hundir este el pailebot italiano en el que regresaba a España. Aceptado en el buque alemán pasará en él tres meses recorriendo “más de mil millas marítimas” por el Mediterráneo y el Atlántico en plena Primera Guerra Mundial. Una temática, la de la Gran Guerra, prácticamente inaudita en nuestra literatura, de la que yo tan sólo conozco otro ejemplo: “La sirena rubia” de Francisco Camba.

No hay constancia de que Ricardo subiera nunca a un submarino, y, sin embargo, es capaz de reproducir su interior y su claustrofóbica vida a bordo; describir las sensaciones físicas y los olores; el mecanismo del periscopio, las comunicaciones, la ventilación y sus motores; su armamento y su forma de abordar y hundir otros buques; el episodio de un combate contra un hidroavión y su navegación por el peligroso Canal de La Mancha: “Entre los acantilados de Dover, en Inglaterra, y el de la Gris-Nez (la nariz gris), en Francia, no hay más que treinta y un kilómetros. Es un callejón de los mares tan transitado como la calle de Alcalá al desembocar en la Puerta del Sol”.

Supongo que para escribirla Ricardo se serviría de la información que leería en periódicos, de su curiosidad por la mecánica y su experiencia marinera. Tal y como Pío Caro nos dice en el prólogo: “Es interesante en cuanto que es muestra de las aficiones técnicas y mecánicas del autor, muy ligadas esta vez a otro tema que sería apasionante para él: el mar”. “Ricardo fue un piloto de altura frustrado que navego algo por el Mediterráneo e inventó el estabilizador de vuelo que enseño a su amigo Juan de La Cierva”.

Submarino que curiosamente apareció unos años antes, en 1901, en la novela de Pío Baroja “Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, cuando en su capítulo VIII Paradox y Diz de la Iglesia construyen un pequeño submarino que prueban en un estanque de la Moncloa con un ratoncillo a bordo. Y en el que en la edición de 1973 aparece una ilustración de Julio Caro Baroja.

“Aventuras del submarino alemán U” es, narrativamente, de estilo innegablemente “Baroja”, es decir, de escaso o nulo lirismo.“Así pues, relataré la estupenda contienda con estilo de periodista. Ya me contentaría con escribir la narración de este combate como un revistero de toros hace la reseña de la corrida”. Pero es, sin duda, una original aventura; es recuperar un libro perdido; es recuperar a Ricardo, el personaje fascinante.

Sí, en mi niñez, no leí a Dumas ni a Verne ni a Salgari ni a Dafoe. Conocí a Zalacaín, a Shanti Andía, a Juan Van Halen, las aventuras de marinos y las “memorias de un hombre de acción” en mi juventud. Y a Ricardo Baroja, escritor, pintor y grabador, con más de veinte años. Mis hijos hoy pasan su niñez con la televisión y los videojuegos, viven sus aventuras en un mundo virtual, lejos de libros como éste. Y, sin embargo, yo los guardo esperando que un día pueda presentárselos, los conozcan y se hagan aventureros con ellos; suban a la nao Capitana, se hagan coleccionistas de relámpagos, busquen el dorado y conozcan bienandanzas y fortunas de dos hermanos piratas.

Ricardo Baroja. “Aventuras del submarino alemán U”. 130 páginas. Ediciones 98. Madrid, 2010.

http://ediciones98.com/

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”

Turismo literario

Hay libros que producen un irrefrenable sentimiento de envidia. Y este es uno de ellos.

Para el amor y el odio cada uno tiene sus particulares motivos. El mío para sentir envidia –una de las derivadas del odio- es que a mi me gustaría hacer un libro como éste. Un libro ilustrado con mis fotografías y artículos. Viaje, fotografías en blanco y negro y texto. Lugar, imagen y palabra. Contrato indefinido del recuerdo. Fe de vida y tránsito.

José Luis García Martín ha escrito un libro minúsculo y múltiple. “Lecturas y lugares” es un “cuaderno de viajes”, turismo literario, búsqueda, encuentro y evocación. Y de nuevo siento envidia porque yo, además de haber viajado poco, los únicos viajes de peregrinación literaria que he hecho han sido ir a Vera de Bidasoa a ver (por fuera) Itzea, la casa de los Baroja (Pío y Ricardo) y pasar varias veces por el callejón del gato. Me deja en cierta manera el complejo de los que hemos viajado de noche sentados en una silla, la ventana cerrada, los codos apoyados en una mesa, el libro abierto y en las estanterías los albúmes de fotos de las vacaciones familiares en la playa.

“Lecturas y lugares” son los viajes hechos a propósito por José Luis para encontrarse con la sombra de algún escritor, como ir a Éze, una villa medieval de la costa Azul, en donde estuvo Nietzsche. Pero es, sobre todo, un inventario de viajes en los que se aparece el recuerdo de los escritores que estuvieron allí. Como ir a Nápoles y contemplar el Vesubio desde la cubierta de un crucero y recordar a Leopardi. Ir a Ginebra y recordar a Amiel. A Coimbra y Eça de Queirós. A Venecia y Henry James. A Plovdiv (Bulgaria) y encontrarse por casualidad con el recuerdo de Agustín de Foxá.

Pero también es un diario de vivencias personales. De viajes en solitario. Emborracharse de melancolía en Coimbra. Volver a Roma y a su cementerio Acatólico, un lugar fuera del mundo donde recordar a Shelley y Keats, y al escritor sueco Axel Munthe. Ir a  Nueva York y encontrar en una librería de viejo “Doble esplendor”, la novela de Constancia de la Moray recordar la desaparición de José Robles, el traductor de John Dos Passos; y en el mirador del Rockefeller Center encontrarse por casualidad con alguien que le cuenta que la novela en realidad la escribió la escritora norteamericana Ruth Mckenney, y que hablando de la militancia política de la española le pregunta si ha leído “Yo, comunista en Rusia” de Ettore Vanni, “un testimonio estremecedor de cómo trataron en la Unión Soviética a los comunistas españoles”. Y entonces me acuerdo de “Enterrar a los muertos”, de Ignacio Martínez de Pisón.

Artículos que hablan de la saudade en unos viejos ABC que compró en un rastro y leyó en Lisboa. La conversación y la historia que le contó en un taxi un americano mientras buscaban su barco en el puerto de Florencia. Lo que le contó un amigo en Venecia del Conde Cini. La historia de un gondolero de la misma ciudad y su abuelo que conoció a Cortazar. El recuerdo de Pablo Suero, poeta y periodista asturiano, que publicó un libro “Figuras contemporáneas” con un prólogo titulado “Viajando por paisajes y almas” y que, en cierta manera, puede ser su contrafigura. Pablo Suero del que José Luis dice: “Gran periodismo es “España levanta el puño”, un libro ahora reeditado, que hace revivir, como ningún otro, aquella España exasperada y aún esperanzada de los meses que precedieron a la guerra”. Y yo escribo unos enormes y alucinados signos de interrogación entre exclamaciones y me acuerdo de “Palabras como puños” de Fernando del Rey. Y el capítulo último de un viajero que “siempre descubriendo mediterráneos” encuentra uno cerca de su pueblo, Aldeanueva del Camino (Cáceres), y es Cáparra y su romano arco triunfal de cuatro pilares.

“Lecturas y lugares” es un libro que me ha producido sentimientos contradictorios, enfrentados. Por un lado produce fascinación y envidia por el conocimiento, la cultura literaria de José Luis; por esos viajes en solitario, por los lugares que me ha enseñado y se convierten en anotaciones en mi libreta de utopías, destinos imposibles, lugares que seguramente nunca veré. En cada lugar convoca el recuerdo de los escritores, conoce su biografía, sus pasos pedidos; recita alguno de sus poemas, memoria de una biblioteca portátil. Pero también en algunos momentos resulta excesivamente pedante, incluso cursi; hipersensible poeta del éxtasis literario. San Sebastián lacerado, literato siempre en su papel. Catedrático erudito que reproduce versos en italiano y portugués (sin traducción a pie de página); pose y lenguaje abrumador de los permanentemente sublimes, herido por el rayo que no cesa, rococó literario que no parecen pisar este mundo, su fango ni su menú del día. Prefiero algo más cerca de lo humano, como Sergio del Molino y su “Restaurante favorito de Nina Hagen”. Prefiero, con diferencia, el estilo y la forma de Hilario J. Rodríguez en su “Mapa Mudo” -también publicado por Vagamundos-, en el que habla de escritores, lecturas, libros, lugares, fantasmas y literatura.

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”. 61 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2011.

Fernando Aramburu. “Años lentos”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 11 de mayo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/84178/una-botella-de-vinagre

Una botella de vinagre

Si esto de la literatura fuera como lo de invertir en fondos de rentabilidad variable Fernando Aramburu sería un valor seguro, de esos que nunca fallan y siempre ofrecen un alto beneficio a cambio. En su primea novela: “Fuegos con limón”, lo anticipó; y luego –y hablo de lo que yo he leído- lo confirmó con “El trompetista del Utopía” y su colección de relatos “Los peces de la amargura”. Cualquiera de esos libros de Fernando son un valor seguro en medio de la incertidumbre de la literatura variable.

Y ahora con “Años lentos” lo ha vuelto a hacer. Una novela corta que es como el vinagre; un trago agrio, ácido; metáfora y reflejo de unos años amargos; vino embotellado en casa que fermenta, se transforma y oxida expuesto al sol, la helada y la lluvia; los pasos mal dados y el viento que arrastra y hunde, los errores y sus consecuencias, la desesperación absoluta.

Una novela que reúne, en un ejercicio maestro, técnica y triunfo; forma y trasfondo en una estructura narrativa hasta hoy para mí insólita. El autor, que es el creador de la trama, le cede su sitio a un narrador que le cuenta la novela: “Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueve años con unos parientes míos de San Sebastián”. Y es ese narrador el que por escrito, mediante cartas o capítulos de una redacción de su puño y letra, le cuenta su versión de los hechos, sus recuerdos, la historia de su familia adoptiva durante esos decisivos años: su tío Vicente, su tía Maripuy, su primo Julen y su prima Mari Nieves. Todos con nombre propio excepto precisamente el narrador. Y Aramburu se convierte en lector, destinatario, recopilador y al mismo tiempo actor de la novela al intercalar entre los capítulos ajenos sus “Apuntes” de escritor, reflexiones, notas sobre la novela que va a escribir y que van completando la narración.

Pero de nada valdría si esa original estructura no tuviera contenido. Sería como una construcción de diseño que rompe con los moldes clásicos pero que por dentro estuviera vacía o pobremente decorada. Y dentro están los nueve años en la historia de un matrimonio y sus dos caracteres completamente opuestos: la determinación de la madre contra la apatía del padre. La hija adolescente de un “apetito sensual desapoderado” que se queda embarazada sin saber quién es el padre; y el hijo que influenciado por el cura nacionalista de la parroquia y sus delirios racistas acaba alistándose en la ETA. Y cómo esos dos hechos y sus consecuencias, cada uno por su lado, van a transformar la vida familiar. Cómo los actos brutales, las decisiones insensatas o precipitadas obligadas por la vergüenza, los convencionalismos, el pecado, la ideología, el miedo y la violencia a la larga no servirán para nada; tan sólo para, después de la soledad y el desamparo, obtener la marginación y el exilio; descubrir la desesperación y su negro agujero con sabor a vinagre.

Aramburu ha escrito una novela desgarradora y triste que en algunos momentos resulta una comedia negra de la época con un guión que hubiera podido firmar Rafael Azcona: el personaje de Chacho, o la escena de Maripuy endomingándose y limpiando la casa para cuando venga la policía a registrarla. Carcajadas entre las que se encoge el corazón. La historia de una familia de barrio obrero en el País Vasco que merece compasión y misericordia mucho antes que condena. Una novela de culpa colectiva que se deja llevar e influir por la sospecha y la murmuración, por los dogmas sagrados que –ya a finales de los 60- comenzaron a dividir a los vascos en buenos y malos. Una novela de conciencia individual necesaria, liberadora; del mal ejemplo que hace perder la fe y una bofetada sin palabras para demostrarlo; escrita para pedir –como hace el propio Aramburu en uno de sus “Apuntes”- perdón por el odio contagiado.

Fernando Aramburu. “Años lentos”. 219 páginas. Premio Tusquets de novela 2011. Colección andanzas. Tusquets editores. Barcelona, 2012.

Francisco Rodríguez Criado. “Mi querido Dostoievski”

Atormentada conciencia

Laura Bauer, una anciana que vive en Roma, le escribe cartas a Dostoievski. Laura no está loca, sabe perfectamente que Dostoievski lleva muerto más de un siglo y que nunca leerá ni contestará sus cartas; simplemente convierte al escritor que admira en su confidente, un amigo invisible con el que desahogarse, entretener su tedio y su aparente soledad. Lo malo es que Laura me pareció desde el principio una mujer ñoña, ridícula y cursi que de vez en cuando, en sus cartas, suelta una frase remilgada: “Soy una planta seca y mustia que busca en la lectura una vivificante lluvia que la riegue día a día” o un inaceptable lugar común: “Camina muy encorvado, como si llevara toda la tristeza del mundo sobre sus hombros”. Me pasé la mitad de la novela pensando en su falta de interés. Leyendo las insípidas cartas que una vieja excéntrica y aburrida le escribe a un muerto hablándole del tiempo, de sus achaques, su perro, su vecina, su criada, su sobrino y una fiesta sorpresa de cumpleaños. Una anciana anodina con una vida intrascendente. Un personaje inofensivo.

Pero llegada a esa mitad de la novela me doy cuenta de que he caído en la trampa de la apariencia. Que llega el momento en el que esa anciana insulsa me da la bofetada: “Me pregunto si estás ahí, escuchando mis historias. No te censuraría si me abandonaras de una vez por todas. Soy consciente de que hablo, hablo y hablo como una cacatúa sobre temas banales que no trascienden de lo cotidiano. Y todo porque me asusta enfrentarme a la verdad, enfrentarme a los temas que realmente me preocupan.”. Y entonces me doy cuenta de que ha ido dejando pistas desde el principio. Que entre el relato de lo banal ha ido dejando frases sueltas, palabras fundamentales: “ciclotimia, introspección, atormentada, asfixiante conciencia, extrañamiento”. Que llega un momento en el que comprendes que escribir a Dostoievski no es un capricho ni un entretenimiento, que el dolor, el temor y la vergüenza propios le hacían imposible hablar, contar su pasado a quemarropa, sin preámbulos. Confesar el estigma de su vida a una persona real, a alguien de verdad y conocido que pudiera hacerle algún reproche, la humillara más todavía.

Y entonces conoces la historia de su familia. De su madre, de su hermana gemela, de su hermano, de ella misma y, sobre todo, de su padre. Aparecen y cobran sentido nuevas palabras: tragedia, engaño, incredulidad, mentira, ocultación. Aparecen múltiples preguntas sin respuesta, silencios posteriores, olvidos imposibles, heridas y cicatrices sin cerrar. Técnicas de supervivencia y defensa, carencias afectivas, decisiones erróneas, espejismos, vacío interior. La novela se transforma de manera radical y encuentra toda su justificación. Conoces el porque de su trauma, su congoja y su culpa, su tristeza crónica, el pensamiento obsesivo, la inocencia y la complicidad.

Dostoievski fue prisionero en un campo de trabajos forzados. Primo Levi, Elie Wiesel e Imre Kértesz sobrevivieron al holocausto nazi. Solzhenitsyn al gulag comunista de Siberia. Y todos describieron el horror después de sufrirlo, tuvieron el alivio de contarlo. Sin embargo para la protagonista el dolor fue estéril. Fue una persona sin voz, una persona incapaz de escribir, de vaciar el alma. Víctimas y culpables.

Y en el epílogo la novela todavía es capaz de dar un nuevo golpe de efecto y encontrar su último sentido. Laura le escribía y enviaba las cartas a Dostoievski, pero él no era el verdadero destinatario. Escribir esas cartas era una forma indirecta de explicar qué sentía y porqué, la única manera posible de poner en orden su vida, justificarse, liberarse. Escribir esas cartas era su manera de pedir perdón. “Nadie podía devolverme la felicidad, pero tenía la esperanza de ganarme algo parecido a la paz interior”. Y quien realmente debía leerlas lo hace después de que ella haya muerto. El único que podía perdonarla. “La guerra por fin ha terminado”.

Novela emparentada con “La caja de música”, la película de Costa-Gavras, con “Austerlitz” de W. G. Sebald, y con “El nazi perfecto”, la reciente novela de Martín Davidson; encuentro en ella el error de que en el texto aparecen multitud de palabras en cursiva cuando eso es imposible pues Laura escribe las cartas con una máquina de escribir: “Aquí me tienes de nuevo, vaciándole el alma a mi vieja máquina de escribir.” Y por otro lado la carta que escribe el padre está fechada en París el 4 de mayo de 1945 cuando la liberación de la capital francesa enla II Guerra Mundial se produjo en agosto de 1944. ¿Cómo es posible que un periodista alemán que escribía para el Das Reich y el Völkischer Beobachter, dos periódicos del régimen nazi, continuara en esa ciudad nueve meses después de la liberación? ¿Cómo es posible que no huyera y pasara inadvertido? Y en ese mismo espacio de tiempo y lugar, Laura, que tenía quince años cuando se liberó París, no dice nada, no cuenta absolutamente nada de la liberación.

Detalles que no enturbian el mérito de esta notable novela, su original estructura y forma narrativa, y, sobre todo, su doloroso y necesario mensaje. La culpa, la verdad, el perdón y la reconciliación.

Francisco Rodríguez Criado. “Mi querido Dostoievski”. 266 páginas. Ediciones de La Discreta. Madrid, 2012.

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