Alejandro Hernández. “Oro ciego”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes, 22 de junio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/85660/premio-gordo

Premio gordo

Hace poco dije que comprar un libro es como comprar una papeleta en una tómbola. Puede tocarte el premio gordo pero también el perrito piloto.

Pues “Oro ciego” de Alejandro Hernández es, sin duda, uno de los premios gordos de esa tómbola llamada literatura. Por eso en este tiempo de libros de vida efímera y con fecha de caducidad, de mercadotecnia y best-sellers, esta novela, sin otra recomendación que la de los lectores, va por la segunda edición.

Y eso que en la solapa dice que “Oro ciego” mereció en 2010 el Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela histórica. Y bien por lo del premio, pero la marca “novela histórica” a mi me da alergia. Cuando paso junto a esa sección de las librerías siempre desvío la mirada y cambio el rumbo, como el que se encuentra a un charlatán en un mercadillo medieval que vende antigüedades Made in Taiwán. Pues esta vez el buhonero resulto ser un mago al que le compré –con alegría y entusiasmo- toda la mercancía que tenía en el tenderete. Y si fuera un predicador que necesitara un ayudante me hubiera convertido en su más fiel seguidor, voceando en plena calle su novela como el más eficaz remedio contra el tedio y el escorbuto, infalible antídoto contra la picadura de la mosca Tsé-Tsé, elixir que hace desaparecer el esplín francés y recuperar la fe perdida. Todas las variedades del tónico reconstituyente en un solo frasco.

“Oro ciego” transcurre en Cuba en plena guerra de 1898. Y hasta ahora la única referencia que manejaba de ese mítico año era “Héroes de Cuba”, de Ricardo Fernández de la Regueray Susana March, y que forma parte de sus “Episodios Nacionales Contemporáneos”. Exigua lista a la que ahora sumaré esta novela de Alejandro Hernández en un estilo y desde un punto de vista completamente distinto.

“Oro ciego” es de esas narraciones que le dan sentido a la palabra novela. En cuarenta páginas ya has vivido varias vidas. Y quedan trescientas treinta más por delante. En muy poco tiempo has estado frente a un pelotón de fusilamiento y milagrosamente te has salvado; has estado en un campo de prisioneros y has visto y sufrido toda la crueldad de la que el hombre es capaz; has sido guerrillero en la selva y has matado para que no te mataran. Podrías haber muerto miles de veces y de mil maneras distintas, pero has sobrevivido. Y al terminar la guerra todavía no estás a salvo, puedes morir de otras cien, otras mil formas diferentes en tiempo de paz.

Lo mejor de “Oro ciego” es que muestra los límites de la vida humana no como un muro infranqueable sino como una simple línea que siempre es posible cruzar. Cruzas vivo esa línea roja y piensas que es la última, que ya no es posible que haya más, y sin embargo el destino te arrastra, te empuja y la cruzas, pasas al otro lado, sobrevives y sigues cayendo hasta la siguiente, pensando al llegar lo mismo que en la línea anterior: que es la última. Y sin embargo la cruzas. Otra y otra y otra vez más. Líneas, fosos, abismos, emboscadas, ciénagas, balaceras, enfermedades, cuevas, túneles, colmillos y explosiones. Caer, sobrevivir y volver a empezar. Alrededor locura, amistad, disentería, trampas, treguas, sueños, amor, sexo, esperanzas, traiciones, oscuridad y resurrección. Una muerte detrás de otra; la muerte y sus mil nombres; la suerte y sus mil sinónimos, y una vida que no es vivir.

“Oro ciego” va mucho más allá de la trepidante aventura. Novela que se acrecienta y enriquece con cada nuevo personaje y su biografía. Su vida y su muerte. Su pasado a cuestas, su presente, su final. Novelas dentro de la novela. Una isla que es un continente inmenso. Una tierra de emigración, futuro, ambición, independencia, lucha y muerte; de guerra en sesión continua. Termina una y empieza la siguiente. Muere un general insurrecto y le sucede otro. Muere un hombre y otro ocupa su puesto. Se marchan unos y llegan otros.

Novela en la que hay una parte de aventura épica, salvaje, heroica y cruel. Una parte de western caribeño y su fiebre del oro, su avaricia y su precio. Una parte de historia, política, desengaño, religión, psiquiatría, milagro, demonio, familia, recuerdo, enajenación,  huida, amor, sexo, verdad y mentira. Una parte de selva y ciudad. De tacto, vista y olfato. Otra de angustia, barro, hambre, sed, polvo, sangre y un motivo que sirve lo mismo para vivir o morir.

Y un todo absoluto, estilístico, narrativo, escenográfico, carnal, hipnótico y magnético de literatura y premio gordo.

Alejandro Hernández. “Oro ciego”. 373 páginas. Editorial Salto de Página. Segunda edición. Madrid, 2012.

Antonio Pereira. “Sesenta y cuatro caballos”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo, 17 de junio de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=753052

Un Picasso en el desván

Nos empeñamos en leer a los autores más originales y geniales del nuevo cuento español. En vivir siempre el presente o incluso en tratar de anticiparnos al futuro sin tiempo para mirar atrás y recuperar a los que fueron primero, antes; a los que escribían relatos cuando nadie lo hacía. Y ampliar la lista más allá de Ignacio Aldecoa y Juan Benet.

Y en esto de lo más nuevo el máximo de la modernidad es el microrrelato. Invento que creemos de ahora, de esta década y este siglo, cuando resulta que como dice Juan Carlos Mestre en el prólogo: “Pereira es el padre iniciático de una amplia generación de escritores, el inventor de los prolegómenos de las más brillantes páginas del microrrelato y la cuentística española de la segunda mitad del siglo pasado”. Nos empeñamos en buscar el tesoro por todo el continente sus océanos y mares y resulta que tenemos un Picasso en el desván.

Antonio Pereira se merece ser algo más que un nombre para citar y quedar bien. Pereira lo que se merece es ser leído. Y este “Sesenta y cuatro caballos” es una oportunidad perfecta para hacerlo. Los textos aparecidos en este volumen pertenecen a cuatro de sus libros: “La divisa en la torre”, “Me gusta contar. Selección personal de relatos”, “Meteoros. Poesía, 1962-2006”y “Recuento de invenciones”. Todos –excepto uno- de éste nuevo siglo, de unos años antes que Pereira falleciera. Pero su obra literaria, que se inició en 1962, se compone de veintisiete libros publicados entre poesía y relato y ocupa cinco décadas.

Hoy en día la narrativa permite cualquier envase, aspecto forma y color. Esa es su mayor ventaja: su libertad formal. Y los microcuentos y los relatos breves son su mejor prueba. Pero esa libertad es producto de esta época contemporánea. Hace cincuenta años no era lo mismo. Y Pereira publicó su primer libro de cuentos: “Una ventana a la carretera” en 1967. Nos creemos rabiosamente modernos y Pereira ya había patentado la pólvora. Somos como el inventor de Ábrete Sésamo. Creemos que la narrativa poética es hija de un autor vivo y menor de treinta años y lo más destacado de Pereira es precisamente “lo poético de su narratividad, su ambivalencia”.

La de Pereira no es la efervescente prosa actual. El talento, precoz y arrollador, de los autores jóvenes y urbanos. Pereira es de otra época en la que la literatura no tenía que pelearse con la vanidad, la competencia, los libros de autoayuda y los muebles de diseño sueco. Pereira no vivía a la moda; no tenía prisa por llegar, derrocar al que estaba para ponerse él. Cuando Pereira escribía el tiempo corría de otra manera y la literatura se hacía como antes se hacía el vino: en casa. Pereira “fabulador a domicilio” me recuerda a Jesús Moncada y la Mequinenza que tragó el pantano. Narrar lo universal desde un mundo pequeño y personal. La poesía y la prosa para hablar del recuerdo, de uno mismo y los demás, la familia, el barrio, el paisaje, sus habitantes, los largos días de luz, la pubertad y la muerte. Y todo en una forma distinta entonces; emocionante, sencilla y verdadera ahora.

Antonio Pereira. “Sesenta y cuatro caballos”. 130 páginas. Selección de textos de Úrsula Rodríguez Hesles. Prólogo de Juan Carlos Mestre. Colección Calambur 20 años. Calambur Editorial. Madrid, 2011.

Francisco Ferrer Lerín. “Gingival”

Reseña publicada en el “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves, 7 de junio de 2012.

Ferrer Lerín, lenguaje propio.

¿Qué pasaría si no supiéramos quién es Ferrer Lerín; si “Gingival” fuera lo primero  que leyéramos de él? Aunque a algunos les pueda parecer increíble es perfectamente posible, así que deberíamos empezar por conocerle y leer en la solapa que, nacido en Barcelona en 1942, ha cultivado la poesía, el poema en prosa, la novela y el microrrelato. Su primer libro de versos: “De las condiciones humanas” (1964) se anticipó a algunas propuestas de los novísimos, después vinieron los poemarios “La hora oval” (1971) y “Cónsul” (1987) y luego un largo silencio hasta que en el 2005 apareció su novela “Níquel”, a partir de la que ha vivido un resurgimiento de su figura y literatura con cinco publicaciones más. Pero al encontrarme con esa referencia de los “Novísimos” la curiosidad me lleva a averiguar que fue un grupo poético que tomó su nombre de una antología: “Nueve novísimos poetas españoles” que se publicó en 1970 y entre los que están Gimferrer, Vázquez Montalbán, Martínez Sarrión, Félix de Azúa, y Leopoldo María Panero. Su poesía se caracterizaba por una absoluta libertad formal, la escritura automática o collage y la influencia de la cultura popular (los medios de comunicación de masas: la televisión y la radio). Y aunque Ferrer Lerín no estuviera en esa antología ni formara parte del grupo, el propio Gimferrer lo reconoce como “padre fundador de los nueve novísimos poetas españoles”. Y conocer las características de esos “Novísimos”, su estética vanguardista y rompedora, radical, compleja y hermética, resulta fundamental para entender lo que nos vamos a encontrar en parte dentro de este libro. El estilo de Ferrer Lerín.

“Gingival” es una recopilación de entradas de su blog: http://ferrerlerin.blogspot.com/. Y publicar un libro de este tipo supone un reconocimiento personal. Hay miles de dietarios públicos en la red. Si ésta bitácora se lleva al papel es porque es Ferrer Lerín y no mengano el que la escribe. Y aunque estoy seguro de que para muchos Ferrer es un referente generacional y para sus incondicionales un oráculo en su quinta acepción, para mí se trata del aquí y ahora sin deidades ni gregarismo; se trata, simplemente, de leer un libro; descubrir a Ferrer. Y lo que no le voy a negar es su originalidad, su genial excentricidad. Que con cada entrada arqueo las cejas asombrado, perplejo, maravillado y desconcertado. Que lo más llamativo de la narrativa de Ferrer es que pudiendo escribir de manera convencional lo hace siguiendo su libre albedrío, la única ley que admite y obedece. Que manteniéndose fiel a los principios de los novísimos, a su pasado; nos encontramos con un Ferrer en el que es fundamental lo onírico y lo surrealista, pero también lo autobiográfico. Ferrer, cubista y polígamo, mezcla lo real con lo ficticio, la verdad con la mentira; utiliza el presente para imaginar el futuro; dibuja recuerdos, inventa biografías y habla de él en tercera persona; de noticias que ha leído en prensa, en libros viejos, en películas y series de la televisión; de su trabajo, su vida, sus pájaros en la cabeza y sus pies en el suelo. Pero esa fidelidad a los novísimos y a su estilo crea desvaríos, entradas herméticas, absurdas; de esas que sólo el autor conoce y aprecia como un chiste privado. Hay algunas con instantes de gran belleza narrativa, pero mal rematadas; como una hermosa mujer mal peinada. Una selección más estricta hubiera producido un mejor efecto y coherencia. Pero prescindiendo de ellas encontraremos relatos breves y entradas realmente soberbias.  Nos encontraremos con un Ferrer erudito y jocoso, irónico, tierno y extravagante, dueño de una prosa perfecta y matemática, de una imaginación desbordante que hace soltar la risa, la carcajada. Quedarse boquiabierto ante el Ferrer naturalista, el ornitólogo, el observador de buitres, animales y pájaros; el escritor, el soñador constante. A modo de lejano epitafio lo mejor que se puede decir de él es citarle: “Fue feliz. Nunca necesitó expresarse en una lengua que no fuera la suya”.

Francisco Ferrer Lerín. “Gingival”. Epílogo de Fernando Valls. 237 páginas. Menoscuarto Ediciones. Palencia, 2012.

Marian Torrejón. “Limones dulces”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes, 8 de junio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/85177/estreno-con-salvoconducto

Estreno con salvoconducto

En esto de la literatura hay un mucho de trastienda. Un mucho de tiempo libre para acudir a presentaciones y conferencias; para trasnochar en las post-presentaciones, saraos y besamanos; para las relaciones públicas, hacerse visible en foros, comentarios en blogs, forjarse un nombre. Groupie, amante, novia, mujer o hija de alguien. Padrinazgo, capilla, amiguismo y alumno de escuela de escritores. Aunque nunca la verdad es absoluta y universal y siempre tiene alguna o varias excepciones.

Y en esto de la literatura hay también un cielo y un infierno; pero sobre todo hay un mucho de tierra media; templada tierra de nadie entre dos puntos equidistantes.

Marian Torrejón debuta en esto de la literatura y se queda en esa tierra media, pero más cera del cielo que del infierno. “Limones dulces” se salva de las piscinas vacías y las hogueras, del arrepentimiento y la sospecha. Y eso es mucho para un estreno. Para alguien que ha escrito su primer libro de relatos.

Hace poco escribí que la perfección es el más falso de todos los mitos. La perfección es una dirección obligatoria, un imperativo. Y una rareza, algo excepcional, pero posible. No hace falta que todo, absolutamente todo, resulte perfecto. Basta con que un par de veces, tres, cuatro si hay suerte, venga hasta nuestro rincón y nos cuente una historia. Es caprichosa, va y viene; y en el entreacto vendrá otra que hable un idioma que no entendemos, que no sea como ella, que nos haga echarla de menos. La hemos visto, la reconoceremos entre la multitud y el ruido. No aceptaremos sucedáneos ni copias; la lectura, acto solitario sin guardaespaldas; es el más inmisericorde de los tribunales

Hoy en día comprar un libro es un deporte de riesgo; comprar una papeleta en una tómbola. Te puede tocar un premio gordo, pero también una pepona de trapo.

Quizás el valor del premio dependa de los gustos de cada uno. Hay muchos que adornan su casa con las filigranas que venden en los chinos. Yo busco en el relato el subidón, el asombro de lo brillante, la resaca dulce de la borrachera. La busco a ella. Y el estilo de Marian es más de seducción tranquila. Aunque eso no quiere decir que sea insustancial. Marian es la técnica, el perfeccionismo y el esfuerzo de una alumna aplicada. Marian escribe y cumple las normas, respeta el método y el procedimiento, deja al lector las claves para resolverlo, la teoría bien aprendida sobre cómo debe hacerse y qué debe contener un relato. No arriesga, no hay intensidad, es correcta, geométrica, fría; pero tiene capacidad, destreza y habilidad y eso le ha permitido escribir unos cuantos relatos sobresalientes, círculos perfectos trazados desde las palabras: “Fancy?”, “El cuaderno esmeralda” y, sobre todos, “Eso no es nada”. Los mejores relatos de este libro porque son los más sentimentales, los que más duelen, porque resultan los más profundos, los más auténticos. Y junto a ellos unos cuantos realmente notables: “Limones dulces”, “Kaputt”, “Dos salas” y “Sesión de terapia”. Y eso para un primer libro de relatos es un salvoconducto.

Marian forma parte de los artesanos de la literatura, los sastres de corte sobrio y académico. Buenas ideas correctamente narradas y expuestas, pero a veces pálidas, inocuas, anémicas y otras fallidas, insuficientes o malogradas. Pero cuando acierta lo hace de pleno, con total contundencia. Describe la emoción sin estridencias, con contención y sencillez, pero con una verdad que nos hace la historia reconocible, humana, cercana, próxima, posible, hiriente, auténtica. Un lugar, un gesto, un objeto, lo que no se ha dicho. El dolor se transmite y hace real, físico, venenoso. Nos alcanza de lleno, nos quema, se nos clava dentro.

Marian Torrejón. “Limones dulces”. 90 páginas. Editorial Certeza. Zaragoza, 2012.

Hermanos Grimm. “Del Enebro”

Pájaro con corazón humano

“Caperucita Roja”, “Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Hänsel y Gretel”, “La Bella durmiente” y “Rapunzel” son cuentos -y películas- conocidos por todos. Y sin embargo muy pocos saben quienes son sus autores. Son historias y personajes tan populares, tantísimas veces vistos, oídos y versionados que ya no tienen dueño, han pasado a ser patrimonio de nadie y de todos. Podemos contar otra vez el cuento, recordaremos perfectamente la película, pero ¿quién lo escribió? No, no fue Walt Disney. Todos esos cuentos son de Jacob y Wilhelm Grimm.

Los hermanos Grimm quisieron compilar en un libro los relatos orales de la época. Esas historias que se transmitían de palabra entre una población que en una gran parte era analfabeta. Y así publicaron en 1812 su primer volumen de cuentos: “Kinder-und Hausmärchen” (Cuentos para la infancia y el hogar) al que seguiría un segundo tomo en 1815.  A pesar de lo que diga su título esos dos libros no estaban pensados para los niños sino que eran una recopilación erudita del folclore alemán. En 1825 publicaron “Kleine Ausgabe” (Pequeña Edición) un libro con cincuenta de sus relatos ilustrado por Ludwig -otro de los hermanos- y esta vez sí destinado al público infantil. Pero la burguesía (los que sabían leer y escribir en el siglo XIX) se escandalizó con la brutalidad y crueldad de los cuentos de los Grimm. Viejas historias que sus paisanos contaban desde hace siglos, posiblemente desde la Edad Media, en la que la brutalidad era algo muy corriente y nada escandaloso. Y debido a esas quejas, pero también al éxito editorial de sus cuentos, los hermanos Grimm fueron los primeros en suavizarlos y autocensurarse, rebajar su alta y virulenta graduación.

Con el paso de los años, de los siglos y de las miles de versiones los cuentos originales todavía se han ido edulcorando más, desdibujando o eliminando sus aristas más salvajes. Supongo que porque se empezó a contar cuentos para que los niños se durmieran y no para que tuvieran pesadillas. Aunque hoy en día todavía sorprende cuando el leñador le abre (sin anestesia) la tripa al lobo con unas tijeras, saca de su interior a Caperucita Roja y a la abuela ¡todavía vivas! (como Jonás, Pinocho, Gepeto y Pepito Grillo en el vientre de la ballena) se la llena de piedras y cosiéndola se la vuelve a cerrar. Operación a la que –como es normal- el lobo sobrevive y además le hace convertirse en vegetariano. Les ponemos a salvo de la crueldad de los cuentos y les dejamos solos frente al televisor. O viendo con nosotros el telediario de un día cualquiera.

“Del Enebro”, como explica Jessica Aliaga en su “Nota a la introducción”, es uno de los cuentos populares recopilado por los hermanos Grimm y publicado en ese “Kinder-und Hausmärchen” de 1812. Primer volumen del que ahora se cumple el 200 aniversario de su publicación y al que Jekyll&Jill le hacen su particular homenaje con esta reedición en solitario. Los editores “han pretendido una vuelta al cuento original, en su forma y en su sentido. Y esta no es una adaptación suavizada del relato, apta para todos las sensibilidades sino el cuento crudo y sanguinario que una vez entretuviera a unos y escandalizara a otros”. No es pues, un cuento para niños de hoy en día; quizás porque la palabra cuento se ha convertido en algo obligatoriamente blanco e inocente, perdiendo su significado inicial de narración breve. “Del Enebro” no es para todos los públicos; es un cuento más próximo al negro Poe y a sus cuervos que a los cuentos de hadas. Más próximo al gore sangriento de los relatos de Ambrose Bierce que a las películas de Disney.

“Del Enebro” es un cuento políticamente incorrecto porque en su argumento hay un parricidio de ida y vuelta y canibalismo a tres cucharas mezclado con los elementos típicos de estas narraciones: lo mágico, lo misterioso, lo absurdo y lo inexplicable. En el que hay (cómo no) una madrastra malvada, celosa, avariciosa y poseída por el maligno. Elementos simbólicos: la manzana, la mujer y el diablo. Inocencia, lealtad, gratitud, culpa, venganza, castigo, justicia, final feliz y moraleja.

“Del Enebro” es un cuento sádico, brutal; pero clásico en su lenguaje y en su contenido. Lo macabro garantiza la conmoción del oyente, capta su atención; y el morbo asegura que la historia se grabará en la memoria. Puedo asegurar que el pasaje de la cabeza cortada y la colleja [sic] no lo olvidaré jamás. Lo increíble, lo fantasioso, lo sobrenatural era inherente al cuento, igual que el castigo del malvado era el mensaje, la parte de enseñanza.

Jekyll&Jill han obtenido el Premio al Libro Mejor editado en Aragón en 2011 por “Un día me esperaba a mí mismo” de Miguel Ángel Ortíz Albero. Con este “Del Enebro” son uno de los indiscutibles favoritos para volver a ganar ese mismo premio en 2012. Porque este libro es de los más hermosos, delicados y originales que he visto en muchos años. Una autentica maravilla artística. En las exquisitas ilustraciones de Alejandra Acosta –al estilo de los grabados antiguos- el rojo de la sangre cobra un especial y destacado protagonismo entre el blanco y negro. Y además, como siempre, dentro del libro un regalo, un objeto que lo simboliza y resume. En este caso un juguete, un “Taumatropo”, un pájaro con corazón humano.

“Del Enebro”. Hermanos Grimm. Prólogo de Francisco Ferrer Lerín. Ilustraciones de Alejandra Acosta. Edición bilingüe español-alemán. 77 páginas. Jekyll&Jill Editores. Zaragoza, 2012.

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