Gonzalo Hidalgo Bayal. “Conversación”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 29 de julio de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=759859

Neo-fábulas de Hidalgo

Si digo “literatura culta” seguramente alguno piense en el repelente niño Vicente. Pero yo estoy pensando en que dicen que utilizamos sólo una pequeña parte de nuestro cerebro y que desaprovechamos el resto. Y pienso en que de la misma manera utilizamos sólo una parte del lenguaje. Basta con hojear el diccionario. Hay cientos, seguramente miles de palabras que nunca hemos utilizado ni utilizaremos jamás. Por eso sorprende Gonzalo Hidalgo y su riqueza lingüística, porque en cada relato encontraremos multitud de palabras nuevas, tantas como para llenar con ellas la mitad de estas líneas. Pero sus relatos no son sólo un inventario de novedades; la narrativa de Hidalgo destaca por su precisión semántica, su exactitud, su arquitectura y su entraña. A eso me refiero si digo que la suya es “literatura culta”. Hidalgo nos sorprende y descubre mediocres y pobres en nuestra propia lengua y su vocabulario. Hidalgo es un narrador que escribe con inaudita precisión: “Se haga el trabajo que se haga, me dijo, hay que hacerlo con la misma precisión con que Spinoza pulía lentes. Le gustaba más usar el ejemplo de Spinoza con las lentes que el universal del relojero, porque en la elaboración de una lente, dijo, hay algo de arte, precisión de escultor ocular, mientras que en la relojería hay un principio mecánico de cierta obtusa peculiaridad”. La forma y el cómo.

Si digo “literatura filosófica” seguramente alguno piense en literatura pedante o aburrida. Y es posible que los relatos de Hidalgo no sean para todos los públicos; que sean difíciles de digerir porque requieren un esfuerzo intelectual. Así que los que contemplen al relato como un espectáculo de fuegos artificiales o un duelo de pistoleros del ingenio mejor que se abstengan. Y que conste que yo mismo, en general, soy más aficionado a ese género que a éste, pero no soy vegetariano estricto sino que procuro comer de todo. Y disfruto de mi condición de omnívoro. Porque a lo que me refiero cuando digo “literatura filosófica” es que Hidalgo no hace de la filosofía algo académico y tedioso sino que la hace argumento y trama del relato igual que Esopo lo hacía con sus fábulas. Hidalgo lleva la filosofía y sus funciones de exponer, razonar y reflexionar al planteamiento, nudo y desenlace de la narrativa; al escenario de la tertulia de un café, la barra de un bar o al interior de una habitación y una ventana indiscreta en un soliloquio enajenante y lúcido por momentos surrealista y plomizo.

Neo-fábulas, cuentos de Hidalgo que hablan del hombre y sus paradojas: “el fracaso del éxito o el éxito del fracaso”, “La más desdichada paradoja, a saber: que nunca se deja de ser lo que se ha sido y que siempre se es lo que nunca se ha llegado a ser”. Que recuperan el pensamiento presocrático: “la pasión y la vocación por encima del bienestar y el sustento” y plantean nuevas interpretaciones de lo ya establecido: “existo luego pienso”. Relatos que desde un lenguaje preciso y exquisito, cotidiano, misterioso y figurativo hablan a la contra de la jactancia, de la versión y sus dos caras, el azar y lo racional, el odio y la perversión del bien, la conjetura y la fantasía, lo real y lo teórico, lo comprensible y lo imposible de comprender.

Gonzalo Hidalgo Bayal. “Conversación”. 238 páginas. Tusquets Editores. Barcelona, 2011. 

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”

El para qué de un escándalo

En el prólogo, Federico Villalobos, nos dice que “En 1983, durante el acto de reapertura del Gaiety Theatre de Dublín, el actor Peter O’Toole leyó sin previo aviso algunos fragmentos de “Una humilde propuesta”. Tras unos instantes de estupor, se produjo una estampida de políticos y gestores culturales escandalizados por la incorrección de lo que estaban oyendo. El episodio, además de demostrar que siempre habrá alguien tan tonto para tomarse una parodia al pie de la letra, confirma que escritores como Jonathan Swift son capaces de seguir sacudiendo a su audiencia doscientos cincuenta años después de haberse disuelto en la nada”

Y con lo que dice Villalobos estoy en parte de acuerdo y en parte no. Lo primero es la fecha. “Una humilde propuesta” fue publicada en 1729. Es decir, en el siglo XVIII. Hace dos siglos. A día de hoy 283 años. Doscientos ochenta y tres años. Y leerlo hoy todavía causa pavor, grima, auténtico horror. Ese es su mayor mérito. En esa cosa que llaman intemporalidad. Pero no estoy de acuerdo en que Villalobos hable de “escándalo por la incorrección”. Determinar lo que es incorrecto, la imposición de un lenguaje políticamente correcto es un invento reciente, tendencioso y relativo, y en algunos casos ridículo. Lo que a uno puede parecerle incorrecto a otro puede parecerle lo contrario. Lo que hace sesenta años era aquí delito hoy no lo es; y en determinada isla caribeña y en varios países musulmanes lo sigue siendo. Y la parodia -dependiendo del público que la escuche y al que está destinada- provocará la risa o el rechazo. Cada colectivo tiene su programa de televisión. Lo correcto es ideológico, no un término absoluto. Y Swift no buscaba escandalizar por ser incorrecto. Swift no buscaba el debate. Swift pretendía ser brutal, hacer despertar al público, echarlos a todos de la sala sin excepción. Swift utiliza el escándalo; se sirve de él y su efecto inmediato. El escándalo era el método, la manera de llegar; pero por encima de cualquier punto de vista. Peter O’Toole hizo trampas, él sabía lo que estaba leyendo, jugo con ventaja al viejo juego de epatar al burgués. En todo caso a esos políticos y gestores culturales que se fueron escandalizados se les puede acusar de ignorancia, de no conocer el texto de Swift; pero no de ser incorrectos o tontos. Cualquiera que lea hoy “Una humilde propuesta” sentirá lo mismo: pavor, auténtico horror.

Y precisamente “Una humilde propuesta” es uno de los libros crueles que José Ovejero cita en su ensayo: “La crueldad de la ética”. Ovejero califica este escrito de panfleto, ya que “el ensayo no debe dirigirse a las emociones porque entonces se convierte en panfleto”. Pero lo califica como un ejemplo de libro cruel porque “la brutal propuesta de Swift tiene una diana clara: el lector. A Swift no le basta con que entienda, lo que busca es que se sienta incómodo”. “No es (simplemente) algo llamativo para captar la atención y denunciar la hipocresía de la sociedad de la época”. “La belleza de la crueldad de Swift es que no se dirige tan sólo al intelecto, también pretende llegar a las tripas, y por ello es más poderosa, por más directa que la mera argumentación”. “Un texto como el de Swift, panfleto y no ensayo, es más manipulador; a las sensaciones, como a los prejuicios, se llega de manera directa, sin necesidad de pasar por el intelecto”. Sin embargo, si bien es cierto que la parte más evidente de la propuesta de Swift es la que apela al sentimiento y su espanto, no está exenta de estructura y coherencia aunque sea irónica e irritada. Swift presenta la situación en la que se encuentra Irlanda y propone una solución que sabe imposible, aberrante, con lo que su propuesta es en realidad una crítica despiadada de la sociedad de su época que viste de utilidad y beneficios económicos y sociales.

Y es que el contexto en el que fue escrita nos dará el porqué de esta parodia satírica como la califica Villalobos. En 1729 Irlanda sufría una gran pobreza. “A todo el que atraviesa esta gran ciudad o viaja por el país le causa una profunda tristeza ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños harapientos que importunan a todo el que pasa pidiéndole una limosna”Es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo que miremos por ellos de tal modo que en vez de suponer una carga para sus padres o para su parroquia, y de carecer de comida y vestido durante el resto de sus vidas, contribuyan, por el contrario, a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles de compatriotas”. “Voy, por tanto, a exponer ahora humildemente mis propias ideas, con la esperanza de que no pueda oponérseles la menor objeción. Un americano muy entendido en la materia, al que he conocido en Londres, me ja asegurado que un niño sano y bien criado es, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, guisado, asado o hervido, y no tengo la menor duda de que puede servir igualmente para un fricasé o un ragú”. “… los cien mil niños restantes, propongo que al cumplir el año puedan ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna de todo el reino, aconsejando siempre a la madre que les deje mamar a gusto durante el último mes, de manera que lleguen rollizos y mantecosos a la mesa”.

Esa, fundamentalmente –pues hay un par de párrafos igual de crueles- es la aberración, el escándalo que haría levantarse indignado a cualquiera del asiento y marcharse. Pero si la lectura se reduce a la parte morbosa la propuesta de Swift será un acto mal intencionado que sólo busca epatar, provocar. Porque Swift va más allá de esa simpleza: “Por supuesto, este manjar resultará bastante caro, y por eso mismo, muy apropiado para los terratenientes, quienes, dado que han devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener más derecho que nadie a los hijos.”

Las ventajas que la propuesta ofrece son que los arrendatarios pobres tendrán algo valioso de su propiedad y les ayudará a pagar la renta a su terrateniente, se incrementará el capital de la nación, se ahorrarán gastos y se obtendrá un beneficio y aumentará la clientela a las tascas (aumento del consumo). Los niños, y por lo tanto el ser humano, se convierten en estadísticas, en números, en valores económicos y contables, en producto, en materia prima.

Y Swift recurre al escándalo de lo monstruoso porque está harto de que otras palabras y soluciones hayan resultado vacías y fallidas. Palabras como altivez, vanidad y ociosidad; austeridad, prudencia y sobriedad; compasión, honradez, diligencia y laboriosidad. “Que nadie me hable de estas ni de parecidas soluciones hasta que no se vislumbre la esperanza de que alguna vez se llevará a cabo un sincero y decidido intento de ponerlas en práctica”. Swift recurre al escándalo como una forma para que se le preste atención, se le escuche, porque está “cansado de haber pasado largos años ofreciendo ideas inútiles, estériles y quiméricas”. Recurre a la provocación para dejar en evidencia “el panorama de perpetua desdicha que […] han tenido que padecer debido a la opresión de los terratenientes, a la imposibilidad de pagar las rentas por falta de dinero u ocupación, a la carencia del mínimo sustento, sin casa ni vestido con que protegerse de la inclemencias del tiempo, y con la inevitable perspectiva de legar a perpetuidad a sus descendientes similares o mayores miserias”.

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”. 62 páginas. Ilustraciones de Sergei Furst. Vagamundos libros ilustrados. Editorial Traspiés. Granada, 2008.

José Ovejero. “La ética de la crueldad”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 23 de julio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/86507/el-poso-de-la-crueldad

El poso de la crueldad

“La ética de la crueldad” es mucho más de lo que yo voy a reducirla. No puedo evitar sentirme un jíbaro, pero cada lectura es una elección, es quedarse con lo que ha conseguido conmovernos o enojarnos, lo que nos ha resultado útil, con el poso. Porque creo que de eso se trata: que después de leer un libro algo haya cambiado en nosotros. La utilidad, la provocación, la producción de la literatura.

La crueldad se relaciona con la sinceridad: “Decir, conocer la verdad puede ser cruel porque tendemos a ocultarla, a dulcificarla. Es un mecanismo de defensa. Cuando la verdad es miseria o dolor lo mejor es cubrirla, taparla, disimularla”. Pero el auténtico cruel no es Risto Mejide, decir la verdad no es una pose. El auténtico cruel se incluye en la obra, se autoinmola, no está a salvo; no es unívoco es recíproco; es juez y parte, verdugo y víctima. “El autor cruel, aparte de que pretenda transformarse a sí mismo durante el proceso de escritura, espera también provocar una mutación en el lector. Tras haber leído el libro el lector debe ser ya otro”.

“El autor cruel no busca la evasión sino el encierro del lector consigo mismo. En pie de guerra contra las versiones suavizadas del mundo” por eso Ovejero está -y yo con él- en contra de la literatura Prozac, la literatura como laxante, como soma, como pasatiempo cultural. La literatura para hacernos todo más llevadero; como forma de evasión, de escapar de uno mismo y de esa realidad insatisfactoria. “Los libros crueles son aquellos que niegan la sumisión a la banal dictadura del entretenimiento, aquellos que nos obligan a cambiar si no de vida, al menos de postura, que nos vuelven incómoda esa en la que estábamos plácidamente aposentados en nuestra existencia” “Son libros que no nos dejan tranquilos, no nos conceden el respiro que buscamos en la lectura, nos muestran los rincones oscuros. Aportan una emoción distinta a la lectura: la de no estar a salvo. El mal no está fuera sino dentro. La felicidad consiste en ocultar lo desagradable  o perturbador. Se trata de no dejarse engañar, de no ponerse al servicio de un interesado marketing de la realidad, de no ser complaciente”

Pero lo cruel no es tampoco esa violencia estética que es puro entretenimiento, esa que por medio de las películas, las series de la televisión y la literatura nos convierten en “turistas de las emociones”. Y la crueldad no es tampoco simple provocación: “El escritor no se contenta con ser simplemente transgresor e irreverente, no debe agotarse en la escatología, la obscenidad, la blasfemia, las injurias a la patria o al ser humano. Debe ir al ese fondo inexistente de las cosas”. “La crueldad es la destrucción de la certidumbre, el objetivo es el desasosiego, desmitificar, enseñar a desaprender, volvernos escépticos y por tanto más conscientes. La crueldad es negación sin dogmas, sin ideas sin promesas; pero es honesta porque entrega las herramientas para comenzar el derribo”. “Para cumplir esas tareas de desmitificación e indagación en las partes menos luminosas del ser humano es inevitable agredir al lector, despojarle de asideros, hacer que sienta el golpe para que cuando se enderece de nuevo se mire con otros ojos. Esa es una de las funciones principales de la literatura cruel, que el lector deje de mirar la realidad para mirarse a sí mismo”.

“El escritor cruel no ofrece certidumbre, ese síntoma de pereza mental, sino todo lo contrario, una modesta contribución en la lucha contra la sobredeterminación y las verdades únicas, verdades que tienden a perpetuarse no por la solidez de su lógica interna sino por la imposición”. Y ahí es donde dejé de estar de acuerdo con Ovejero. Porque puedo aceptar el juego de la provocación, la desmitificación, la mentira de la épica, la incertidumbre, cualquier crueldad que me haga mirar dentro, que me muestre mis contradicciones, mis defectos, mis limitaciones, mi banalidad. Pero la crueldad y su ética no sirven para todo, no pueden servir de salvoconducto para destruir la lógica de lo que es manifiestamente injusto: no aceptaré el aborto ni la pena de muerte ni el terrorismo de ETA; no aceptaré nunca la pederastia. Nunca.

Hay muchas actitudes que ya no considero escandalosas ni epatantes. En esta época me resultan repetidas, dogmáticas, tendenciosas, aburridas, típicas, viejas. Incluso creo que Ovejero a pesar de apoyar los dos pies en el suelo al dar nombres y citar ejemplos de crueldad ideológica o política carga el peso del cuerpo más en uno que en otro. Pierde el equilibrio.

Me resulta más revolucionario pedirnos que nos neguemos a perdernos en la masa y su corriente, “seguir el camino trillado, someterse, ser lo que nos dicen que debemos ser”, que nos esforcemos por nuestra individualidad, por nuestra independencia; que miremos dentro de nosotros, que descubramos nuestros monstruos interiores, nuestra hipocresía, falsedad o contradicciones; que seamos capaces de auto-psicoanalizarnos. Necesitamos la crueldad para darnos cuenta de lo que somos, para dejar de vivir tranquilos y conformes. Comprendo lo terrible, el daño, el miedo que puede provocar ese descubrimiento. La crueldad es la herramienta, el método necesario, y una vez abiertos los ojos debemos aceptar ese lado oscuro, ese abismo. “Los narradores crueles nos harán vernos a nosotros mismos, concentrarnos en quienes somos, esa zona de nuestra personalidad a la que nos desagrada asomarnos y que preferiríamos no descubrir cuando rebuscamos en los cajones de la conciencia”.

 “La crueldad ética es aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector, impulsarlo a la revisión de sus valores, de sus creencias, de su manera de vivir”.

Así pues podemos considerar a la crueldad como un viaje necesario. Y una vez hecho ¿qué?, ¿cuál es el objetivo, la consecuencia, la utilidad de ese viaje? La respuesta está en cada uno, en cómo cada cual se vea después de haberlo hecho. Puede incluso llegar a ser un viaje sólo de ida, puede que a algunos les haga caer en la desesperación, el pesimismo, la depresión. Pero yo creo que abrir los ojos implica un juicio sumario a nosotros mismos que nos obliga a reflexionar, a cambiar lo que sea necesario. Tal vez no haya redención ni consuelo pero sí lucidez. Que como dice Ovejero “puede que la crueldad no nos acerque a la sabiduría, pero al menos nos aleja de la estupidez” 

José Ovejero. “La ética de la crueldad”. XL Premio Anagrama de Ensayo. 197 páginas. Editorial Anagrama. Barcelona, 2012.

Rafael Reig. “Guapa de cara”

Irregular y brillante.

“La escritora Lola Eguíbar acaba de morir de un tiro y ahora, con las incomodidades que inevitablemente le acarrea ser un fantasma intangible, inaudible e invisible, inicia la investigación de su propio asesinato, acompañada por un insólito escudero, Benito Viruta, el protagonista de sus libros infantiles”.

Mi mujer leyó este texto de la contraportada y resopló una media pedorreta. Es de Rafael Reig -le dije yo. Pero a ella eso no le impresionó lo más mínimo. Se encogió de hombros y me devolvió el libro.

De acuerdo que ese texto podría desanimar a cualquiera. Pero yo todavía no había leído nada de él y sentía curiosidad. La malsana curiosidad de leer una novela de alguien que critica, recomienda, evalúa, habla o escribe de lo que hacen los demás. En realidad –he de reconocerlo- el morbo de pillar al profesor escribiendo en la pizarra una falta de ortografía. Reig es de los reconocidos, de los aplaudidos y seguidos en tuiter. Tiene que estar ahí por algo.

Asesinan a la protagonista y es ella la que cuenta la historia: ingenioso. Convertida en fantasma puede ver su cuerpo y ser testigo invisible de todo el ritual de la muerte: su autopsia, su entierro y su epílogo. El colmo del cotilla, sí; pero también descubrir lo que los demás sentían por ti. Y además ahora debe investigar su propio asesinato y de compañero tiene a un personaje creado, producto de su imaginación; un personaje de novela dentro de una novela; una especie de Manolito Gafotas pero en salido; contrapunto, payaso tonto sin aparentemente ninguna utilidad. Sí, totalmente absurdo, pero Reig lo hace divertido. Porque es esa parte de comedia la que sostiene la novela, es el estilo y el humor de Reig los que impiden que el libro vuele en picado hasta la piscina. Me cayó simpático, se ganó mi confianza con una sonrisa. Tiene labia. Tiene gracia. Tiene desparpajo. Si vendiera algo se lo compraría: un cacharrico de esos para pasar por la mesa y recoger las migas del mantel, una enciclopedia o un vespino trucado.

“Guapa de cara” es también el acierto de un escenario. Un territorio insólito y a la vez real. Al parecer ya es de otra novela anterior: “Sangre a borbotones”, pero para los que nos tropezamos con él por primera vez resulta absolutamente magnético y sugestivo. Imaginar el Paseo dela Castellana inundado, anegado, convertido en un canal navegable es una imagen muy potente; muy peliculera. Y con esa imagen “Guapa de cara” se convierte en una novela de ciencia ficción. Madrid conserva su perfil pero se transforma en otra ciudad, en una Venecia castiza y futurista, en una ciudad distópica al estilo de “Blade Runner”. Porque fuera de los límites de su perímetro, al otro lado de la alambrada, se elevan columnas de humo; el cinturón sur de la ciudad es una escombrera, un vertedero donde los habitantes expulsados de su interior mueren entre los chasis de antiguos automóviles calcinados. Una ciudad parcialmente sumergida en el que las casas se mueven, aparecen y desaparecen como en “Dark City”. Unas imágenes sugestivas e inquietantes que sin embargo se quedan ahí, en su esqueleto, sin desarrollar; un decorado de segunda mano que se convierte en cartón piedra, como si el hecho de que sea continuación, repetición de lo ya sabido, algo ya visto anteriormente, fuera la excusa para no explicar nada más o el hábil truco del vendedor para que compremos el fascículo anterior, leamos la novela en la que se creo esa ciudad de agua, piedra, alambres de espino y humo negro en el horizonte.

“Guapa de cara” es también una novela negra. Aunque en una parte se mezcla con la ciencia ficción. “En el 79 se acabó el petróleo y la vida cambió de golpe. Tras la victoria del Partido Comunista y el intento de golpe fallido, las tropas norteamericanas invadieron la península ibérica para garantizar la transición democrática. Conseguimos por fin ser todos norteamericanos. Comenzaron las modificaciones genéticas”. Me sonó a antiamericanismo trasnochado, patológico y simplón. A eslogan, un lugar común convertido en argumento de una novela. Y recordé el gesto de mi mujer. Ese resoplar con media pedorreta.

La parte estricta de novela negra es el asesinato y su investigación. Descubrir quién y porqué. Y ahí se habla de cápsulas verdes, neurotóxico, oscuras clínicas psiquiátricas, sótanos, experimentos, cobayas humanos, lobotomía, antídoto, traficantes, empresas farmacéuticas, intereses y sobornos. Se mezcla un fantasma con un exmarido y un empresario, a la policía con la estadística y lo obvio, a un padre con un investigador privado y la verdad. Y se convierte en un thriller mediocre. Bien escrito, con un par de personajes interesantes, pero mediocre. ¿Una parodia del género? No lo creo. Más bien una novela negra muy básica, esquemática, abreviada, simplificada y entretenida. Salvada de la piscina por todo lo que no es precisamente la parte de suspense; por todo lo demás: por la parte personal de la vida de la protagonista, por sus recuerdos y sus monólogos. Por su parte de tragicomedia vital.

Porque ahí está el verdadero valor de esta “Guapa de cara”. En la parte compartida: una ciudad, un barrio, una banda sonora: Madrid, Malasaña, las canciones de Los Secretos. Una empatía generacional: BUP y COU, chistes de “se abre el telón”, Kiko Ledgar y el “Un, dos, tres”. Pero eso no debe bastar, porque cada generación tiene sus nombres y lugares propios, su melancolía y evocación que se convierten en un círculo privado ajeno, inaccesible a las demás. Unos reirán el chiste, se estremecerán y otros no lo entenderán, no le verán la gracia ni se emocionarán al leerlo. Así que tiene que haber más que una referencia generacional, tiene que haber algo que la supere y haga universal, intemporal, genérico. Y esa parte la encontraremos en alguna de las imágenes creadas por Reig: el poder ver los sueños de los demás; el “vivir en un sótano con un solo tragaluz que da a la calle, a la altura de los tobillos de los peatones”. En su teoría de la “generación elíptica”, una generación “oblicua, transversal a la realidad”.  En su representación del poder y sus ejecutivos, los famosos y la fama, la ambición por encima de cualquier escrúpulo; la heroína, el suicidio; la esquizofrenia, el delirio; el zugzwang. En la mecánica del recuerdo: “El único recuerdo verdadero, el que permanece tal y como fue, es el de lo que hemos olvidado, el que aún puede aparecer de pronto, rescatado por una sensación”. En la relación de la protagonista con su padre, en su integridad y su dolor. En los complejos de esa “gordita guapa de cara”, en ser su “propia enemiga”. En su filosofía vitalista, en sus preguntas y reflexiones sobre los deseos, la felicidad y la desdicha en una metáfora fotográfica realmente genial; en lo que significa la vida, lo que le entregas y te da a cambio; en lo que quedará de nosotros después de muertos, lo que recordarán, lo que seremos a partir de entonces. En respondernos si hemos comprendido de qué va todo esto.

Partes que merecen la pena por el contenido y la forma, el estilo humorístico, irónico, desenvuelto y sentimental de Reig. Partes para subrayar, releer y guardar. Partes que compensan el absurdo, el esquema negro y ese guión de cine partidista, repetido y subvencionado. Partes que incluso neutralizan –o no- el final de la novela. Un final de incesto, complejo de Edipo o Electra; final feliz y cursi, de mariposas, redención y poesía. Un final con el que repetí, ampliado y descarado, el gesto de mi mujer.

Rafael Reig. “Guapa de cara”. 213 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2004.

Rafael Pinedo. “Subte”

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el 29 de junio de 2012.

http://www.culturamas.es/blog/2012/06/29/subterranea-animalidad/

Subterránea animalidad.

En esa particular relación de amor y odio que sostienen la literatura y el cine parece que la literatura está siempre condenada a la subordinación, a perder, a ser inspiración, letra pequeña devorada por la facilidad, el poder y la comodidad de la imagen. Parece, incluso, que el mejor destino que tiene una novela para conseguir la fama –y el autor dinero- es convertirse en una película taquillera. Pues “Subte” es un ejemplo de que es posible que la literatura derrote al cine. Que es posible la paradoja de que una novela –que siempre es visual- no pueda convertirse en una película. Que el escritor puede crear una ambientación que sólo será posible ver en el papel. Porque una película no puede grabarse sin ninguna luz, pero sí que es posible escribir una novela que transcurra en la oscuridad. Porque el hombre, anulado el sentido de la vista, tiene los demás sentidos para intentar saber lo que pasa a su alrededor: el tacto, el olfato, el oído y el habla. Y ese es el primer gran mérito de ésta novela.

Porque “Subte” es una narración en la que, salvo una pequeña parte inicial y otra final que transcurren en la penumbra, el resto sucede en la más absoluta oscuridad. Pinedo nos presenta, sin preámbulos ni explicaciones, a una mujer embarazada de ocho meses en el interior de un túnel, corriendo por entre las vías, pisando las traviesas que él denomina “durmientes” utilizando la segunda acepción del diccionario. Y así  nos mete en ese espacio angustioso y en penumbra -¿el túnel de una mina?- huyendo de unos lobos hambrientos: “La jauría estaba cerca, muy cerca, demasiado cerca” sin tiempo para ayudar al que tropieza y cae detrás. La condición humana es la de presa y hay que huir para salvar la vida, no ser devorado. Y en esa huida la mujer se tira a un agujero y queda aferrada a unos cables que evitan que caiga al vacío. El hueco de un ascensor. Ya sólo le queda la opción de bajar. Bajar y bajar hasta que sus pies tocan el suelo de otro mundo completamente oscuro.

El impacto de “Subte” es brutal porque de cuajo nos arranca de nuestra lógica y cómoda vida. Estamos en el salón de casa cómodamente sentados y desde sus palabras escasas, certeras y terriblemente efectivas, pasamos a estar metidos en un túnel, perseguidos por unos lobos, colgados de unos cables. De la luz pasamos a las tinieblas, no tenemos linterna, cerillas ni móvil. Y la luz, que es algo lejano, no puede tocarte la piel; si lo hace produce horribles quemaduras que acaban matándote. No se puede vivir fuera de la oscuridad, fuera del túnel. ¿Desde cuando y por qué? ¿Qué ha pasado? Ninguna de esas preguntas importa. Ahora pasaremos miedo, hambre y beberemos el agua que transpiran las paredes. Estamos solos, no vemos nada y alguien nos atrapa, nos golpea sin hablarnos y nos lleva a un lugar desconocido.

“Subte” supera cualquier expectativa. Julio Verne con su “Viaje al centro de la tierra” escribió una novelita rosa. Pinedo lleva esa experiencia al extremo de lo imposible. A un submundo dentro de una piedra horadada. A la vida en lo más profundo de la entraña. Y todo a ciegas, sin ver. Como las criaturas abisales que viven en la oscuridad. Pinedo nos presenta de golpe la vida humana retrocediendo muchos miles de años. Regresión desde la modernidad, pesadilla de “El planeta de los simios” de Pierre Bouelle.

Pinedo reduce toda la civilización a lo más básico. La humanidad a tribu y el hogar a vivac, la escuela a enseñar a contar con los dedos de la mano y a unos cuantos consejos prácticos para sobrevivir. La tradición es una ceremonia de apareamiento colectivo y el nacimiento es al mismo tiempo la transmisión del alma y la muerte de la madre.

Puedo reírme ahora de cualquier historia de tribus primitivas y su comportamiento salvaje, inmisericorde. Puedo reírme ahora de cualquier ritual y sacrificio, de cualquier condena y esclavitud, de todos los circos romanos y las minas de Barrabás. “Subte” los supera a todos. Porque el terror es la propia tribu, es vivir dentro de ella y sus leyes; la pertenencia a una secta y su destino, el hombre reducido a su esencia animal; a su mismo valor y utilidad. Pero “Subte” es también la mujer y su fortaleza física, su lucha por la supervivencia, la superación del miedo, el dolor y la oscuridad, y por encima de todo, capaz de superarlo todo, de hacer cualquier cosa, el instinto maternal.

Rafael Pinedo. “Subte”. 92 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

Xosé Manuel Pacho. “La lluvia del mundo”

Demasiadas abstracciones

Esta novela ganó en el año 2007 el XIX Premio de Narrativa Torrente Ballester en lengua gallega. Ahora la Editorial Funambulista publica esa “A choiva do mundo” por primera vez en castellano. Y lo primero que haré será llevarle la contraria a Ángel Basanta que la considera “una obra literaria de primerísima magnitud”. Es, desde luego, una obra tremendamente original, realmente insólita y estéticamente brillante; pero no tanto como para ganarse esa calificación superlativa.

Dejándome llevar por la apariencia en un primer momento la situé en la órbita de la literatura nocilla: la fragmentación, la temática interdisciplinar, y el todo como cuerpo híbrido, como collage. Pero corto no es lo mismo que recortable y en “La lluvia del mundo” cada parte forma su propio ecosistema narrativo completo e independiente. Xosé Manuel Pacho ha creado ya desde la introducción una impostura verídica, una suerte de caja de Pandora en la que caben la novela y sus múltiples formatos, piezas teatrales, relatos, poesía, artículos periodísticos, crítica literaria, el guión de un cortometraje, un diálogo por capítulos, un microrrelato en un post-it, biografía, metaliteratura, un diario, una larga carta al director, una sinfonía literaria con obertura, primer y segundo movimientos; las viñetas de un cómic y un off picture, una narración fuera de plano. Todos diferentes y todos escritos por él.

Su capacidad, ese espectacular ejercicio de narrador múltiple y polifacético, resulta sin duda extraordinaria y admirable. Genial mezcla de lo onírico y lo real en unos textos mayoritariamente urbanos en los que sus protagonistas se preguntan de forma obsesiva sobre el sentido de la vida y la felicidad, su complejidad y sencillez, y la permanente presencia del amor y su ausencia.

Xosé Manuel ha decidido salirse de lo convencional, ha decidido apostarlo todo a su arrolladora e intensa voz personal. Pero esa férrea voluntad reduce la fábula a la miniatura, a difuminarse dentro del texto. La música es buena; muy buena en muchos relatos, pero la letra no se entiende. Demasiada abstracción, demasiadas páginas que se ahogan en discusiones filosóficas; demasiada metafísica, teórica y retórica; demasiada oscuridad. Y eso causa desafección, distanciamiento en el lector. Una genialidad que unas veces produce una narración poética y creativa y otras un lenguaje de un planeta lejano y críptico. Energías separadas. La musicalidad conmovedora, el vértigo de las sensaciones, la embriaguez de la sintaxis y el léxico no bastan. Muchas veces realmente hermosa, pero otras muchas también narrativamente antipática.

Xosé Manuel Pacho. “La lluvia del mundo”. 279 páginas. Traducción de Susana Gómez Vázquez. Editorial Funambulista. Madrid, 2012.

PervertiDos

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI el viernes, 6 de julio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/86052/otra-mirada

Otra mirada

“PervertiDos” es la segunda entrega de ese catálogo de parafilias ilustradas que la editorial Traspiés publica en su colección Vagamundos después de “Perversiones”. Y en esta segunda parte se repiten forma y esencia, pero las sensaciones, al menos para mí, son distintas. Porque lo que antes era sorpresa es ahora un inevitable déjà vu; el escándalo ante la experiencia se vuelve curiosidad. Porque en “Perversiones” funcionaba el morbo de la primera vez que nos encontrábamos con un libro así. Como la primera revista porno de nuestra adolescencia, la primera escena de sexo que leíamos en una novela, la primera vez que espiábamos a nuestra vecina.

La repetición no hace desaparecer el asombro ante ciertas perversiones, el descubrimiento, tal vez la coincidencia, la posibilidad de un nuevo juego desconocido. Pero la mirada es ahora distinta. Aunque no por eso dejaré de poner el libro en la balda más alta de la librería donde no alcancen los ojos y la mano de cualquiera ni se me ocurriría prestárselo a mis hermanas o a mis padres.

Ahora busqué la ironía, la inteligencia, la sonrisa, el estilo, la forma. Busqué por encima de todo la literatura. No busqué lo inmediato, la excitación ni la libido, no busqué en el fondo de mis propias fantasías o frustraciones. Con esto no quiero parecer como alguien que ya lo haya visto y probado todo; creo que es simplemente que me hago viejo, porque si tuviera más de quince y menos de veinte no pensaría lo mismo, “PervertiDos” me produciría un efecto físico inmediato y me fijaría en otras cosas primero, seguramente haría una lista con lo que me excitara o tentara y con lo que no, y la guardaría en la memoria esperando ponerlo algún día en practica. Seguramente fuera un libro que pasara de mano en mano, de risa en risa y de sorpresa en sorpresa. Y es casi seguro que muchos al verlo y leerlo callaran, mintieran o negaran, pero a ninguno dejaría indiferente. Mi sensibilidad no está muerta ni me considero un mojigato que se escandaliza por algo así, es simplemente que ahora el objeto de estudio es el mismo pero lo miro con un microscopio más que con los ojos bien abiertos, que lo disfruto de otra manera.

Porque las perversiones para obtener la excitación, el placer o el estímulo son limitadas e infinitas al mismo tiempo. Limitadas porque aunque siempre hay sitio para la sorpresa y es posible inventar alguna nueva como la formicofilia o el troulesismo, en su mayoría son siempre las mismas: la zoofilia, el vouyerismo, la necrolesis, el pigmalonismo, la pediofilia (dos de mis favoritas) y el exhibicionismo. Y al mismo tiempo son infinitas porque pertenecen a la imaginación y al deseo de cada uno, pero es, sobre todo, la capacidad del escritor que la cuenta la que la hace diferente, atractiva.

Hoy sabemos por internet que cualquier posibilidad es realizable. Puedes buscar cualquiera de esas parafilias y encontrar un lugar de encuentro y ponerla en práctica. Todas, incluso el canibalismo. No hay límites por raras que parezcan. Lo que pasa es que ninguno de estos relatos es real, no son más que fantasías, un juego, un divertimento. Así que vuelvo mi mirada distante, un tanto aséptica, profesional y diletante y busco la emoción en las palabras, en la forma de contar la historia, en su originalidad, en la poesía y la prosa de la buena literatura.

Y así me encuentro entre todos con relatos realmente excelentes: el canibalismo poético  de Victoria R. Gil; la cabronada de Alberto Olmos; a Fernando Clemot volviendo al expresidiario Genet un salvaje heterosexual; el voyerismo de María José Codes y Eduardo Moga; el extraordinario relato a la contra de Juan Carlos Márquez; el futurismo y el pasado de Juan Vico; la brillante prosa de Sergi Bellver y Hugo Clemente; el humor de Martín Gardella; el dolor de Pepe Pereza; la sorpresa perversa de David Roas y la enajenación Álex Chico. Y acompañándoles las ilustraciones de Jorge Fornés, Javier Bernardino, Juan Antonio Gallego, Alejandra Acosta, Joaquín López Cruces, Miguel Osuna y FHNavarro.

Ya no es sólo la exhibición y el descaro, hacer público lo privado, materializar el deseo, encontrar una pareja de baile, el desahogo, lo compartido, el placer y el escándalo. Ya no es simplemente todo eso sino la forma, la manera de contarlo y dibujarlo.

“Pervertidos. Catálogo de parafilias ilustradas”.VVAA. 94 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2012.

Salvador Gutiérrez Solís. “Escritores”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo, 1 de julio de 2012.

Escritores anónimos

“Escritores” es un libro para escritores. Y perdón por la frase, pero tiene una explicación. Los protagonistas de todos estos relatos son narradores o poetas primerizos, inéditos, diletantes o segundones. Y escribir una novela, un poemario o un cuento es la trama, la obsesión, el tormento, la felicidad y el asunto de estos relatos. Por eso éste es un libro destinado a todos esos enfermos. Porque esto de escribir es una enfermedad, una intoxicación, una droga de las duras. Y estos relatos son un espejo diáfano y lacerante en el que mirarnos, pero al mismo tiempo suponen un consuelo, porque los escritores sentimos verdadero alivio al encontrar a otros que están igual de mal que nosotros, que padecen los mismos síntomas, el mismo padecimiento. Que se nos invite a una reunión de anónimos juntaletras: “Hola, me llamo mengano y soy escritor”. “Hola mengano, te queremos y sabemos cómo te sientes”. Escritores anónimos con minúsculas, con interrogaciones.

Como terapia Salvador nos propone reírnos de nosotros mismos. Sí, recordar aquellos años de facultad y juventud en los que nos descubrimos diferentes, hipersensibles y nos creímos tocados por un rayo divino. Y buscábamos a los iguales, el refugio del grupo. Y acudíamos a recitales de poesía en bares de copas porque las viejas tertulias de café se habían transformado en literatura con micrófono, cerveza, chupitos y marihuana. Y los poetas tenían que ser malditos y sucios, y los escritores modernos y extranjeros. Y nosotros ser como ellos. Y escribíamos poemas para ligar y repetíamos estribillos como loros amaestrados. Sí, éramos ridículos, pretenciosos, borregos; rematadamente idiotas.

Es posible que muchos de aquellos lo hayan superado y no sientan el vértigo del vacío al mirar atrás. Es posible que a algunos, al leer “Escritores”, se les quiten las ganas de serlo o intentarlo al descubrirse patéticamente reflejados en sus relatos. Pero otros ya no tenemos cura; hemos contraído la enfermedad de adultos y no pensamos dejar de fumar (tabaco) ni de juntar palabras. Si tienen algún valor eso es otro cuento. En cualquier caso le daremos las gracias a Salvador por contar las miserias, los miedos, las dudas, la ansiedad, el síndrome de abstinencia y de Estocolmo del escritor. Le daremos las gracias por la carcajada, la imaginación y la empatía. Por hacer de la literatura y la creación literaria el argumento, el complemento directo e indirecto de sus historias. Y por atreverse a contar las verdades, lo que hay detrás de algunos premios y sus jurados, de las agencias literarias; los pícaros, arribistas y mercaderes, la parte de estafa, oportunismo y negocio que hay en este parque temático.

Algunos dirán que Salvador es un escritor malaleche. Yo creo que su ironía es fundamental y nominal, necesaria para no caer en la locura. Es mejor desahogarse con unos cuantos insultos bien dichos, escribir unos cuantos relatos mordaces e inteligentes antes que empezar a comprar revistas de armas y botas del doctor Martens.

Salvador Gutiérrez Solís. “Escritores”. 158 páginas. El Olivo Azul. Córdoba, 2011.

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