Rafael Reig. “Guapa de cara”

Irregular y brillante.

“La escritora Lola Eguíbar acaba de morir de un tiro y ahora, con las incomodidades que inevitablemente le acarrea ser un fantasma intangible, inaudible e invisible, inicia la investigación de su propio asesinato, acompañada por un insólito escudero, Benito Viruta, el protagonista de sus libros infantiles”.

Mi mujer leyó este texto de la contraportada y resopló una media pedorreta. Es de Rafael Reig -le dije yo. Pero a ella eso no le impresionó lo más mínimo. Se encogió de hombros y me devolvió el libro.

De acuerdo que ese texto podría desanimar a cualquiera. Pero yo todavía no había leído nada de él y sentía curiosidad. La malsana curiosidad de leer una novela de alguien que critica, recomienda, evalúa, habla o escribe de lo que hacen los demás. En realidad –he de reconocerlo- el morbo de pillar al profesor escribiendo en la pizarra una falta de ortografía. Reig es de los reconocidos, de los aplaudidos y seguidos en tuiter. Tiene que estar ahí por algo.

Asesinan a la protagonista y es ella la que cuenta la historia: ingenioso. Convertida en fantasma puede ver su cuerpo y ser testigo invisible de todo el ritual de la muerte: su autopsia, su entierro y su epílogo. El colmo del cotilla, sí; pero también descubrir lo que los demás sentían por ti. Y además ahora debe investigar su propio asesinato y de compañero tiene a un personaje creado, producto de su imaginación; un personaje de novela dentro de una novela; una especie de Manolito Gafotas pero en salido; contrapunto, payaso tonto sin aparentemente ninguna utilidad. Sí, totalmente absurdo, pero Reig lo hace divertido. Porque es esa parte de comedia la que sostiene la novela, es el estilo y el humor de Reig los que impiden que el libro vuele en picado hasta la piscina. Me cayó simpático, se ganó mi confianza con una sonrisa. Tiene labia. Tiene gracia. Tiene desparpajo. Si vendiera algo se lo compraría: un cacharrico de esos para pasar por la mesa y recoger las migas del mantel, una enciclopedia o un vespino trucado.

“Guapa de cara” es también el acierto de un escenario. Un territorio insólito y a la vez real. Al parecer ya es de otra novela anterior: “Sangre a borbotones”, pero para los que nos tropezamos con él por primera vez resulta absolutamente magnético y sugestivo. Imaginar el Paseo dela Castellana inundado, anegado, convertido en un canal navegable es una imagen muy potente; muy peliculera. Y con esa imagen “Guapa de cara” se convierte en una novela de ciencia ficción. Madrid conserva su perfil pero se transforma en otra ciudad, en una Venecia castiza y futurista, en una ciudad distópica al estilo de “Blade Runner”. Porque fuera de los límites de su perímetro, al otro lado de la alambrada, se elevan columnas de humo; el cinturón sur de la ciudad es una escombrera, un vertedero donde los habitantes expulsados de su interior mueren entre los chasis de antiguos automóviles calcinados. Una ciudad parcialmente sumergida en el que las casas se mueven, aparecen y desaparecen como en “Dark City”. Unas imágenes sugestivas e inquietantes que sin embargo se quedan ahí, en su esqueleto, sin desarrollar; un decorado de segunda mano que se convierte en cartón piedra, como si el hecho de que sea continuación, repetición de lo ya sabido, algo ya visto anteriormente, fuera la excusa para no explicar nada más o el hábil truco del vendedor para que compremos el fascículo anterior, leamos la novela en la que se creo esa ciudad de agua, piedra, alambres de espino y humo negro en el horizonte.

“Guapa de cara” es también una novela negra. Aunque en una parte se mezcla con la ciencia ficción. “En el 79 se acabó el petróleo y la vida cambió de golpe. Tras la victoria del Partido Comunista y el intento de golpe fallido, las tropas norteamericanas invadieron la península ibérica para garantizar la transición democrática. Conseguimos por fin ser todos norteamericanos. Comenzaron las modificaciones genéticas”. Me sonó a antiamericanismo trasnochado, patológico y simplón. A eslogan, un lugar común convertido en argumento de una novela. Y recordé el gesto de mi mujer. Ese resoplar con media pedorreta.

La parte estricta de novela negra es el asesinato y su investigación. Descubrir quién y porqué. Y ahí se habla de cápsulas verdes, neurotóxico, oscuras clínicas psiquiátricas, sótanos, experimentos, cobayas humanos, lobotomía, antídoto, traficantes, empresas farmacéuticas, intereses y sobornos. Se mezcla un fantasma con un exmarido y un empresario, a la policía con la estadística y lo obvio, a un padre con un investigador privado y la verdad. Y se convierte en un thriller mediocre. Bien escrito, con un par de personajes interesantes, pero mediocre. ¿Una parodia del género? No lo creo. Más bien una novela negra muy básica, esquemática, abreviada, simplificada y entretenida. Salvada de la piscina por todo lo que no es precisamente la parte de suspense; por todo lo demás: por la parte personal de la vida de la protagonista, por sus recuerdos y sus monólogos. Por su parte de tragicomedia vital.

Porque ahí está el verdadero valor de esta “Guapa de cara”. En la parte compartida: una ciudad, un barrio, una banda sonora: Madrid, Malasaña, las canciones de Los Secretos. Una empatía generacional: BUP y COU, chistes de “se abre el telón”, Kiko Ledgar y el “Un, dos, tres”. Pero eso no debe bastar, porque cada generación tiene sus nombres y lugares propios, su melancolía y evocación que se convierten en un círculo privado ajeno, inaccesible a las demás. Unos reirán el chiste, se estremecerán y otros no lo entenderán, no le verán la gracia ni se emocionarán al leerlo. Así que tiene que haber más que una referencia generacional, tiene que haber algo que la supere y haga universal, intemporal, genérico. Y esa parte la encontraremos en alguna de las imágenes creadas por Reig: el poder ver los sueños de los demás; el “vivir en un sótano con un solo tragaluz que da a la calle, a la altura de los tobillos de los peatones”. En su teoría de la “generación elíptica”, una generación “oblicua, transversal a la realidad”.  En su representación del poder y sus ejecutivos, los famosos y la fama, la ambición por encima de cualquier escrúpulo; la heroína, el suicidio; la esquizofrenia, el delirio; el zugzwang. En la mecánica del recuerdo: “El único recuerdo verdadero, el que permanece tal y como fue, es el de lo que hemos olvidado, el que aún puede aparecer de pronto, rescatado por una sensación”. En la relación de la protagonista con su padre, en su integridad y su dolor. En los complejos de esa “gordita guapa de cara”, en ser su “propia enemiga”. En su filosofía vitalista, en sus preguntas y reflexiones sobre los deseos, la felicidad y la desdicha en una metáfora fotográfica realmente genial; en lo que significa la vida, lo que le entregas y te da a cambio; en lo que quedará de nosotros después de muertos, lo que recordarán, lo que seremos a partir de entonces. En respondernos si hemos comprendido de qué va todo esto.

Partes que merecen la pena por el contenido y la forma, el estilo humorístico, irónico, desenvuelto y sentimental de Reig. Partes para subrayar, releer y guardar. Partes que compensan el absurdo, el esquema negro y ese guión de cine partidista, repetido y subvencionado. Partes que incluso neutralizan –o no- el final de la novela. Un final de incesto, complejo de Edipo o Electra; final feliz y cursi, de mariposas, redención y poesía. Un final con el que repetí, ampliado y descarado, el gesto de mi mujer.

Rafael Reig. “Guapa de cara”. 213 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2004.

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