Fernando San Basilio. “El joven vendedor y el estilo de vida fluido”

Mi cámara y yo

Uno se esfuerza en estar al tanto de leer a los nuevos y recomendados autores de la literatura contemporánea y a veces se alegra de no tener delante un espejo en el que contemplar su cara de estupefacción. La literatura tiene estas cosas. Hay días buenos –incluso muy buenos- y hay otros en los que se te queda complejo de analfabeto que no está a la moda porque no entiendes que lo más moderno y trendy sea salir a la calle en pijama.

Y es que la atractiva idea con la que se vende este producto es que “El joven vendedor y el estilo de vida fluido” es una novela que se burla con ironía y humor de los libros de autoayuda. Y con ese cebo muerdes el anzuelo porque tú nunca has leído un libro de esos y sientes verdadera curiosidad porque alguien haga una crítica de esos manuales que consideras un fraude y sin embargo se publican y venden a millares.

Fernando San Basilio inventa un libro de autoayuda y crea un personaje que cree que siguiendo las claves y pautas que le dicta por escrito ese gurú su vida va a cambiar por completo. Israel, el protagonista, es un ingenuo; pero es cierto que igual que él muchos viven (vivimos) deprimidos, desorientados y buscando consejos y respuestas, y que un libro de autoayuda es más barato que veinte sesiones con un psicólogo y desde luego mucho menos traumático que reconocer públicamente que tu vida es absolutamente gris y la felicidad una maldita utopía.

Pero además esta novela tiene otro aliciente: el escenario en el que transcurre es un lugar conocido: “La Vaguada”; un centro comercial que posiblemente sea el más antiguo de Madrid (se inauguró en 1983) y que al mismo tiempo –como todos los centros comerciales- produce vértigo y resulta inevitablemente útil. Un símbolo de nuestra vida actual. Un lugar que es en si mismo un ecosistema artificial en tres plantas al que los adolescentes van a ligar, los humanos de mediana edad a comprar, consumir su ocio y refugiarse los días de lluvia, frío y calor, y otros de la misma especie a trabajar de lunes a domingo.

Y si bien es cierto que San Basilio acierta a reflejar muchos aspectos de nuestra vida corriente dentro y fuera de ese escenario claustrofóbico y deprimente: la rutina de un trabajo y una existencia monótona y sin perspectiva, y las relaciones humanas y todas sus mutaciones -amistad, timidez, inseguridad, frivolidad, conformismo, ensoñación erótica, decepción, egoísmo y mudanza- con una literatura inteligente que deja al lector la interpretación por si mismo de todo ese mensaje, creo que lo hace siguiendo un método que no produce el efecto deseado.

Yo no soy de los que cree obligatorio que en una narración “deba pasar algo”. En esta novela los acontecimientos son planos, insulsos, triviales, porque nuestra vida es así: mediocre y vulgar; pero el problema está en el enfoque, en la óptica, en la forma elegida para contarlo. Porque San Basilio ha convertido a la literatura en una cámara, en un reproductor de imagen y sonido que unas veces es de alta definición pero otras una película aburrida y soporífera y con un final que no se sabe si es parodia, secuela o hijo bastardo de Matrix. Y ese método hace que leer esta novela sea como ver una tarde de Gran Hermano o un reality en la televisión. Porque San Basilio al convertir lo narrativo en una mera transcripción de la realidad está retransmitiendo imágenes precisas y verídicas sí, pero hace de la literatura algo banal y hueco que produce un frío distanciamiento en el lector que acaba en mirada de telespectador indiferente. Es como ver un documental de la dos a la hora de la siesta. La leona caza y devora a la cría de la gacela. Es trágico, sangriento incluso, pero no sentimos nada. Lo contemplamos como algo real pero que no nos afecta.

Fernando San Basilio. “El joven vendedor y el estilo de vida fluido”. 142 páginas. Impedimenta. Madrid, 2012. 

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Edgar Neville. “La niña de la calle del Arenal”

Un dandy en la taberna

Supongo que muchos tenemos algo de frikis. A unos les da por coleccionar llaveros o Barbis, a otros por el señor hardware y la señora software, lo mío es una irracional atracción por una determinada época.

Y es que si me dieran la oportunidad de hacer el viaje en la máquina del tiempo elegiría sin dudarlo las décadas de 1910 a 1930 y lugar de destino Madrid.

Ya sé que es una necia idealización que deforma la realidad, porque desde luego no hubiera sido lo mismo ser alguno de esos bohemios “desgarrados y excéntricos” que vivieron y murieron en la miseria a ser un “señorito” metido a literato. Pero esa época de –falsa y cierta- bohemia literaria me resulta tan fascinante y atractiva que por eso es lógico que me interese por “La niña de la calle del Arenal” de Edgar Neville.

Y si hace muy poco hablé de César González Ruano y su aspecto de dandi elitista, cosmopolita bon vivant y calavera que ganó la guerra y perdió los manuales de la literatura, Edgar Neville puede parecer su primo hermano; pero en realidad Neville  es el original, el auténtico y Ruano un imitador. Porque Edgar Neville era un aristócrata y diplomático que le dio por esto del arte.

Como explica Jesús García de Dueñas en el prólogo “Neville era el “pollo pera” más snob del Madrid de la época. Y además de snob, sofisticado y un punto pedante era un castizo retrechero”. “Un dandy en la taberna”  -como lo calificó Fernando Fernán Gómez- que de Madrid se fue a Nueva York y de ahí a Hollywood. Y que después de unos años trabajando para la Metro Goldwyn Mayer regresó a España y se hizo director de cine, literato, dramaturgo de éxito y periodista.

Me llama la atención que a García de Dueñas le sorprenda que al estallar la Guerra Civil Neville “manifieste un entreguismo a la causa franquista”. García de Dueñas parece olvidar que el ejemplo de Antonio de Hoyos, Marqués de Vinent, no cundió entre la aristocracia española. Algo que yo encuentro lógico después de que los milicianos asaltaran sus palacios y convirtieran algunos de ellos en checas. Aunque la explicación más evidente a ese alineamiento de Neville está en las famosas palabras de Agustín de Foxá y recordar que él también era conde, gordo y diplomático.

“La niña de la calle del Arenal” tal y como dice García de Dueñas “tiene más de colección de estampas matritenses que de narrativa con pretensiones de ficción”. Y ese es el aspecto que seduce e interesa a mi yo friki. Un paseo por el Madrid de la primera década del siglo XX junto a un “niño pollo” que pasa de llevar pantalones cortos a usar un canotier, vestirse a la moda, pasearse por la acera derecha de la Castellana para ver y dejarse ver, acudir al té del jueves en el Ritz a bailar  con las muchachas más elegantes, los fines de semana a los cafés de la Puerta del Sol y al Teatro Romea y “enamorarse de una manera vertiginosa e incendiaria de una artista de varietés”. Acudir al Fornos, en donde hacían tertulia el torero Belmonte, Valle-Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, el escultor Julio Antonio, el pintor Romero de Torres y Julio Camba. Pasarse por el hotel Palace en el que entre el humo del tabaco egipcio se encontraba Gómez Carrillo, Mata-Hari y Amado Nervo. Vivir la fiesta del carnaval de Madrid y acabar en una de sus “churrerías que no cerraban jamás y en donde fraternizaban los últimos borrachos de la ciudad, las últimas máscaras de los bailes y los primeros horteras recién despiertos”. Estampas de una época que son en realidad recuerdos autobiográficos del propio Neville y que tienen evidentes similitudes con “Don Adolfo, el libertino” de Jacinto Miquelarena y con las novelas de Alberto Insúa y Joaquín Belda.

Pero además de esa nouvelle castiza que narra los fracasos y éxitos amorosos de un adolescente de la alta sociedad madrileña me encuentro otra vez con la sorpresa de que siendo una novela publicada en 1953 trata temas que curiosamente no fueron censurados. Y es que de nuevo, igual que me pasó con César González Ruano, la tan cacareada censura –que no niego que existiera- parece que o hacía la vista gorda o sufría de presbicia. Porque en esta novela además de la homosexualidad: “Trelles tenía fama de invertido” y las drogas: “Durante unos años la droga se puso de moda y la vendían los porteros de los cabarets”, el protagonista escribe un vodevil verde en un acto (sicalíptico se diría entonces) para un teatro picante y la Dirección General de Seguridad prohíbe la obra: “¡Qué país –dijo- es la reacción!”. Circunstancia que además confirma que el sexo para aumentar la audiencia es un invento de por lo menos hace un siglo: “Aquella misma noche se estrenó el vodevil que transcurrió entre los gritos del público más soez que se había presentado jamás. ¡Qué brutos! ¡Cómo chillan! –decía el actor- Esta obra la hacemos cincuenta veces”.

Pero por encima del humor, del romanticismo al uso de la época y del neorrealismo costumbrista de Neville creo que el valor de esta novela está en los párrafos en los que habla de la transformación de una ciudad y una sociedad que trajo la Primera Guerra Mundial. “Apareció en España una clase hasta entonces desconocida: la de los nuevos ricos que habían conseguido mucho dinero vendiendo mulas, botas y bacalao”. Pero “La euforia era tan grande que no se daban cuenta de cómo el mundo se iba ensombreciendo. Las guerras, las carreras de armamentos, las revoluciones iban a dar al traste, en pocos años, con este mundo antiguo”.

Edgar Neville. “La niña de la calle del Arenal”. 96 páginas. Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

Ricardo Menéndez Salmón. “Gritar”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 23 de septiembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=769100

La vida en llamas

Creo que alguna vez lo he contado. Tengo una balda en mi destartalada librería en la que voy poniendo los libros que salvaría de un incendio. Y junto a esa estantería tengo una bolsa de viaje. Nunca he hecho el simulacro, pero calculo que si en casa se produjera un incendio tardaría apenas un minuto en meter esos libros en la bolsa y salir corriendo. Lo pensé después de ver en televisión la devastadora imagen de un piso quemado: los muebles convertidos en quebradizas esculturas de carbón; toda una vida reducida a inservibles cenizas; a la nada. El piso se puede reformar, pintar, amueblar. Pero todo será nuevo. De lo que había antes sólo quedará ausencia.

Imaginé lo que eso supondría y pensé en cómo es posible recomenzar después de algo así. Los cuerdos y sensatos cobrarían la indemnización del seguro y se comprarían un televisor más grande; yo necesitaría libros que me devolvieran las ganas de vivir. Las ganas de leer, las ganas de escribir. Por eso empecé a organizar esa balda.

Es una elección difícil, pero necesaria. Calculo que son tres de cada ochenta libros que leo. Tres libros al año. Libros para después de un incendio. Libros para volver a empezar, para reconstruirse. Y “Gritar” de Ricardo Menéndez Salmón es uno de esos libros. No voy a disculparme por quedar como una histérica quinceañera, por perder la compostura. Para saberme vivo necesito esta clase de entusiasmo. Me gusta excederme cuando me encuentro con un libro así. Una póliza a todo riesgo. Un libro anfetamina. Sí, yo me dopo con esto de la literatura, es mi forma de justificarme, de seguir adelante; es mi particular salvoconducto. Ni siquiera importa que “Gritar” no sea un libro perfecto. No importa que “Los ancestros” me parezca un relato adolescente, y que “Para una historia privada de la literatura” me resulte barroco, asfixiante y borroso. Porque los demás sí que lo son, y uno en concreto -y precisamente titulado “La vida en llamas”– es el mejor relato que he leído en mucho tiempo. Sólo ese relato justifica mi desmedido entusiasmo.

Los cuentos de “Gritar” pueden incluirse (en general) dentro de lo misterioso. Pero en el misterio entendido como que en todos sucede algo imprevisto, pasa algo extraordinario dentro de lo corriente. Y lo corriente está en lo reconocible, en lo semejante: la familia, el recuerdo, un compañero de trabajo, el pasado, una confidencia o una llamada de teléfono. Ricardo utiliza lo asombroso como una falsa introducción, como un método para llamar nuestra atención, como una contingencia para contarnos algo mucho más valioso y trascendental. O lo guarda para el final, para justificar todo lo anterior; o lo presenta nada más empezar y lo hace crecer; o lo convierte en una insinuación; o en una herida y una pregunta inesperada. “Gritar” me deja a salvo de esos otros incendios que se producen sin llamas visibles. Días de dudas y naufragios en los que la ilusión se rompe y hace añicos como estalla un vaso de duralex. Días en los que acudo a esa balda y busco ese libro que pueda salvarme; darle un significado a todo esto.

Ricardo Menéndez Salmón. “Gritar”. 140 páginas. Lengua de Trapo. Colección quince por quince. Madrid, 2012.

Antonio Pereira. “Cuentos del medio siglo”

Cuentos de entonces.

A Antonio Pereira se le considera uno de los predecesores del cuento español. Alguien que escribía -cuando casi nadie lo hacía- relatos en la década de los sesenta del siglo pasado. El boom de ese género vino mucho después.

Y reivindicar ahora a Pereira no es un trabajo de historia de la literatura para un curso on-line. Lo mejor que se puede hacer con él es buscar alguno de sus libros y leerle. Y descubrir porqué escritores de ahora como Julio Llamazares le citan y consideran “uno de los mejores autores de cuentos cortos que ha dado nuestra literatura última”.

Pereira se define a si mismo en el prólogo de estos “Cuentos del medio siglo” como un “narrador inocente que no usaba teléfono móvil, le gustaban las chicas metidas en carnes, bailar en el Círculo Mercantil y viajar en los coches de línea. Un narrador al que le dio por escribir lo que veía o imaginaba en sus comarcas del interior y al que no le importa que le tachen de localista, costumbrista y provinciano”.

Pereira es absolutamente sincero porque sus cuentos hablan de eso, tratan de eso, son eso; el reflejo de la sociedad de aquella época, la crónica de un mundo definitivamente perdido. Pero eso lo dice Pereira en 1999. Cuando él los escribió, en la década de los sesenta, eran contemporáneos, eran el reportaje literario de algo que estaba sucediendo entonces. Era real.

Supongo que ahora a algunos les pueden parecer arqueología, documentales del NO-DO, fotografías en blanco y negro de nuestros padres. Pero si somos sinceros debemos aceptar que nosotros, tan modernos y urbanos, venimos mayoritariamente de padres pueblerinos y provincianos, de sitios de interior en los que pasamos los largos veranos de la infancia.

Los cuentos de Pereira son la evocación de un tiempo pasado, es verdad; pero en estos cuentos reconoceremos nuestra mirada de niños que veían entonces un mundo de adultos que no comprendían, en el que vivíamos como extranjeros. Tan cerca y lejos al mismo tiempo. Conoceremos ahora la biografía al completo, la historia sin sisas ni cortes de personajes entrevistos en paisajes y calles que recorríamos en bicicleta. Completaremos ahora retales de conversaciones de hombres oídas en bares a la hora del aperitivo; en tertulias entre mujeres en tardes de visita, entre susurros, risas y lágrimas oídas detrás de las puertas. Nos reconoceremos en otros monaguillos, en motes familiares, en carreras entre las parejas del baile en las fiestas de agosto. Conoceremos ahora, completa y sincera, la verdad de lo que era nuestro país hace cincuenta años. El mundo de nuestros padres: el regreso del emigrante, las tiendas de ultramarinos, el coche de línea, el casino recreativo y cultural, los viajantes de comercio que dormían en fondas, los botones de banco, la corridas de toros en plazas improvisadas, la revolución que supuso la llegada de la televisión a los bares.

Y son también la sorpresa de un libro que contiene los relatos de “Una ventana a la carretera”, libro de relatos con el que Pereira ganó en 1966 el premio “Leopoldo Alas”. Sorpresa porque contienen, en esa época de censura, historias que hablan del sexo, de (meublé) prostíbulos, de vivir “amontonados” sin casarse, y de homosexualidad.

Los cuentos de Pereira no son la nostalgia por el pasado. No son cuentos de un tiempo mejor. Estos relatos nos descubren a un narrador y un estilo. La literatura de un tiempo en el que todo sucedía más despacio y al mismo tiempo todo se derrumbaba, se transformaba, desaparecía. En esa forma de vivir lenta y sin tanta prisa que hoy, constantemente preocupados por adaptarnos para sobrevivir siguiendo el consejo de Darwin, hemos perdido. Leer a Pereira es recuperar otro ritmo, un sabor olvidado, un lenguaje en el que hay espacio para la miseria y la risa, la anécdota y lo categórico, lo mutable y lo eterno. Los cuentos de Pereira son la humanidad y los sentimientos universales representados en el teatro de un pueblo, entre los límites de una carretera comarcal.

Antonio Pereira. “Cuentos del medio siglo”. 182 páginas. Espasa bolsillo. Espasa Calpe. Madrid, 1999.

Fundación Antonio Pereira

http://www.fundacionantoniopereira.com/

César González Ruano. “La vida de prisa”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el martes 25 de septiembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/89205/revisando-los-manuales

Revisando los manuales

César González Ruano forma parte de esos escritores que como dijo Andrés Trapiello “Ganaron la guerra y perdieron los manuales de la literatura”. Y es que tristemente sigue vigente  un lamentable prejuicio por el que a determinados autores se les muestra la tarjeta roja directa sin llegar a jugar el partido. Que por el simple hecho de pertenecer a ese bando se les descalifique, repudie y condene al ostracismo o a la hoguera sin haber leído una sola línea de su obra narrativa. Tratamiento injusto que no se practica con otros escritores del bando perdedor y que han sido elevados a los altares laicos de la literatura a pesar de panfletos, poemas y militancias realmente vergonzosas. En unos casos son pecados absolutamente imperdonables, en otros errores veniales dignos de absolución y olvido.

Para los inteligentes alejados del sectarismo que nunca hayan leído nada de César González Ruano estas narraciones breves de “La vida de prisa” son una inmejorable ocasión para hacerlo. Porque la importancia de estos relatos está en que con ellos se puede confirmar y al mismo tiempo destruir la imagen que de Ruano pudiera tenerse. Porque es verdad que viéndole parece -como lo calificó Antonio Muñoz Molina- “un borbón apócrifo y un señorito golfo”, pero esa misma repulsión puede provocar ver fotografías de poetas posando junto a compañeros con el fusil al hombro y el puño alzado. Es verdad que Ruano fue un privilegiado que estuvo en Roma, París, San Remo, Praga, Berlín y Venecia, pero es verdad –como cuenta Miguel Pardeza en la introducción- que “se vio forzado a salir de España porque tenía motivos para temer por su vida. Había recibido amenazas de miembros exaltados de las Juventudes Socialistas”. Y que desde ese momento, hasta su vuelta a España en 1943, formó parte de ese periodismo de corresponsales en el extranjero o viajes en busca del reportaje de actualidad igual al que hicieron Julio Camba y Chaves Nogales. Es verdad que Ruano era un bon vivant, un dipsómano, un sibarita que jugaba en los casinos y se alojaba en hoteles de lujo; hoy ese estilo de vida sirve para ser envidiado, ser portada en revistas y estrella fugaz en algún programa de televisión. Pero con estos cuentos de “La vida de prisa” descubrimos al escritor cosmopolita que utiliza, se sirve de todo eso como escenario para sus relatos. Estas narraciones breves de Ruano no son solamente el reflejo de un mundo frívolo sino la evocación de un pasado perdido, destruido; el contexto de un continente en guerra. Y dentro de ese mundo alterado Ruano hace protagonistas de sus relatos a las personas, a lo que han perdido, al peligro en el que viven, a cómo vivían antes del derrumbe, a su presente angustioso y la incertidumbre del futuro.

Seguramente sea verdad que Ruano era un mujeriego recalcitrante, pero en ninguna de estas historias ofrece una imagen de la mujer como objeto, débil y subordinada, sino como alguien independiente y valiente, femenina, seductora y desconcertante. Es verdad que Ruano puede hacernos dudar, que puede resultar aparentemente contradictorio, falso, un impostor, alguien con un hecho oscuro y sin aclarar en su biografía; pero en su relato “Carta” nos encontramos una crítica realista y sorprendente del turismo de sol y playa pintoresco junto a una declaración de amor imposible y un tratado sobre la nostalgia. “La felicidad del otro” es un emotivo relato sobre el significado de las ilusiones, el valor de la mentira y el amor imperecedero y generoso. Y encontramos, gracias a la ayuda de Miguel Pardeza, muchos datos autobiográficos entre sus páginas. Porque es verdad que Ruano era un señorito manirroto con criado y cocinera que iba a todas partes en taxi y se afeitaba a diario en un barbero, pero es un escritor capaz de reírse de si mismo con ironía en “La mecánica de las deudas”. Es un escritor famoso que es capaz de hacer examen de conciencia y decir que “En más de cuarenta años he aprendido muy poca cosa. Probablemente ni siquiera a escribir. Mi talento, el poco o bastante talento que tenga, se ha dedicado a muchos objetivos, se ha dispersado y de ninguna manera se concretó en eso de ser un literato”. Es verdad que es un señorito calavera que –como dice Pardeza- “era aficionado a los tugurios, las borracheras y las correrías chuscas por los bajos fondos de Barcelona”, pero un crápula que escribió “André pas de chance”, un relato en el que se hace encubridor de un traficante con mala suerte con el que “A las seis de la mañana seguíamos juntos en un cabaret tolerado. De vez en cuando a mi mismo me extrañaba estar sentado allí con él, tomándonos botellas de champagne como si celebráramos algo”.

Es verdad que era un juerguista y un dandi, pero no un vago. Ruano escribió novelas, poesías, cuentos, obras de teatro, libros de memorias, biografías y ensayos. Alguien por encima de lo común que a base de café y tabaco negro escribía diariamente por las mañanas dos o tres artículos o algunas cosas más en la mesa de una cafetería.

Pero sobre todo descubriremos lo que no esperábamos de alguien como él. Porque identificándole con un régimen y su retórica esperaríamos una literatura en consonancia y sin embargo nos encontramos con alguien que es capaz de escribir con libertad de temas como el alcohol, la prostitución y las drogas en un libro que fue publicado por primera vez en 1946. Nos encontraremos con un escritor seductor, nostálgico, moderno, sentimental, original, cultivado y poético; un hedonista herido de un indisimulado escepticismo. Unas veces con sutileza, otras con crudo realismo, siempre con elegancia. Como él mismo explica en el prólogo de estas narraciones suyas: “Lo que tiembla es sólo el ser humano, el pequeño y enorme ser humano que habita mi memoria, el huésped de mi riqueza pasajera, de mis pasiones del día, de mi vida de prisa… hacia la calma”.

Con César González Ruano se hace necesario revisar los manuales de la literatura.

César González Ruano. “La vida de prisa. Narraciones breves”. 179 páginas. Con ilustraciones de José María Prim. Ediciones 98. Madrid, 2012. 

Ángel Zapata. “Las buenas intenciones y otros cuentos”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el martes 18 de septiembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/88884/ocho-excelentes-relatos-y-lo-demas-son-cuentos

Ocho excelentes relatos y lo demás son cuentos.

A la hora de comprar un libro –si no vamos buscando algo en concreto- lo primero que llamará nuestra atención será su portada. Nos fijaremos antes en la guapa de cara que en la hermana de Picio. Y miente el que diga lo contrario.

Una vez conquistados por el exterior nos preguntaremos por lo que hay dentro, y para eso está el texto de la contraportada: “Con su primera edición, en 2001, “Las buenas intenciones y otros cuentos” conquistó la adhesión entusiasta de los lectores y el aplauso unánime de la crítica. En apenas diez años el libro se ha convertido en una obra de culto, y en uno de los títulos más influyentes entre las últimas generaciones de cuentistas”. Semejantes palabras nos ponen a su favor, pero también sabemos que esos textos son el lógico piropeo del vendedor alabando su producto. Nadie dice nunca de su hijo que es feo y trapacero.

Leeremos también en la contraportada elogios de otros autores, nombres de colegas que quizás nos suenen de algo o que incluso admiremos y puedan influir en nuestra decisión. Pero ¿los amigos, los compañeros, los familiares putativos dicen siempre la verdad?, ¿son imparciales y objetivos o son padrinos y hadas madrinas, compinches de una camarilla?

Y leeremos por último en la solapa la biografía del autor: “Profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores. Galardones…premios…antologías”. Cátedra, distinciones, reconocimientos que no hacen desconfiar a los malpensados al no incluir ningún planeta en esa lista

Y aunque en mi caso particular esa primera línea de su currículum hace que salgan a pasear mis prejuicios hoy no quiero ser un paranoico. Hoy quiero ser un buen chico. Así que los elogios, los nombres que lo recomiendan y el currículum ganan. Hoy quiero creer, confiar, tener fe aunque todavía no sea Navidad. Y con ese deseo me siento y empiezo.

Y “Las buenas intenciones y otros cuentos” tiene un gran comienzo. Un gran relato inicial y dos excelentes relatos posteriores, pero con el cuarto llega el primer tropiezo. Me considero culpable y vuelvo a leerlo. Nada. Lo intento otra vez y obtengo el mismo resultado. Paso página y me repito como un mantra que la perfección es el más falso de todos los mitos. Quinto relato y recupera de nuevo mi confianza. Aplaudo. Me olvido. Sexto y leo una anécdota que podría contar mi abuelo queriendo hacerse el ingenioso y ocurrente. Tuerzo el gesto. Séptimo y de nuevo excelente. Quizás el mejor hasta ahora. Reconciliación. Octavo y me acuerdo de un mal chiste. Con lo bueno que era el anterior, ¿a qué viene esto? Noveno y otra vez excelente. Un caramelo que me quita el mal sabor de boca. Y después tres relatos seguidos que me dejan descolocado. De nuevo el gesto torcido, el bocado insípido. Aunque en uno de ellos encuentro una imagen evocadora, original y poderosa, no es suficiente para mantenerlo en pie. Y para acabar dos relatos últimos líricos, uno minimalista, húmedo, sonoro y táctil, y el otro un ejercicio narrativo realmente maestro.

Hago cuentas: catorce relatos. Y cuentos los subrayados: ocho. Algo más del cincuenta por ciento. Y vuelvo al principio. La portada: magnífica ilustración de Roberto Carrillo que decidiría a cualquiera a comprar el libro. Repaso el texto de la contraportada: “la mezcla de lirismo y humor… de tradición y vanguardia… singularidad y poder de sugerencia”. Acepto y confirmo: lirismo, humor, sugerencia. Sí, lirismo, sobre todo, en esos dos finales: “Llueve con ganas” y “Si fuera posible”. Humor, sí, en la mayoría de ellos, en “Justo y el ángel”, “Quizá una mala racha”, “Yo diría que un domingo” y “Lo bueno siempre es poco”. Y también realismo intimista y surrealismo onírico, inocencia infantil y fantasía adulta.

Releo el texto de la contraportada y cambio las comillas y la letra en cursiva por exclamativas interrogativas. Releo el elogio de algún colega y le quito los signos ortográficos. Releo el currículum y pienso que ocho sobre catorce es un porcentaje muy bajo para un profesor. He leído libros de autores sin cátedra con una proporción mucho mejor. Releo y reconozco que esperar demasiado de un libro es un punto de partida erróneo. Las expectativas, como las promesas, están hechas para no cumplirse.

Pero me olvidaré de ese dichoso pleno al quince que siempre ando esperando. Repetiré mi mantra. Tampoco quiero que esto parezca lo que no es. No hay lectura arrepentida ni mucho menos sensación de estafa. Quizás simplemente sea que me falta perspectiva histórica. Que tengo el paladar parcialmente atrofiado. Que llevando calcetines blancos no voy a entrar nunca en determinadas pagodas.

Así que me quedaré con los que son para mí hechos irrefutables. Y esos son que este libro tiene ocho relatos excelentes. Ocho registros diferentes. Ocho estilos distintos. Desde el primero, hiriente sin un solo artificio, sin un cuchillo ni un disparo hasta el que evoca y recrea el universo infantil con sus dudas y preguntas entre las absurdas paradojas de los adultos. Desde el micro de la idea genial y la carcajada hasta el relato largo, mágico y fantástico de suculenta escenografía antigua y rural. Desde el viaje dominical a un más allá que se parece a cualquier otro sitio hasta el relato de malabarista en el que consigue que las palabras repetidas se encadenen hasta alcanzar todo su significado.

Ocho excelentes relatos y lo demás –para mí- son cuentos.

Ángel Zapata. “Las buenas intenciones y otros cuentos”. 106 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2011. 

Ramiro Gairín. “El mar en el buzón”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 6 de septiembre de 2012.

http://haciaotrasaventurasmashermosas.blogspot.com.es/

En mi otro blog:

http://aragonliterario.blogspot.com.es/

Javier Gutiérrez. “Un buen chico”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles 5 de septiembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/88303/musica-y-ruido

Música y ruido

Supongo que si hay que elegir se apuesta por la historia; por el argumento; porque lo que se cuente sea original y resulte seductor, atractivo. Al fin y al cabo ese es el punto de partida y con lo que se quiere atrapar al lector.

Y la forma o manera, el cómo se cuenta, se pone en un segundo plano. El estilo es necesario sí, pero accesorio; casi un adorno estético. Para pasar el examen basta con no arriesgar, ir sobre seguro. Basta con ser correcto; no resultar ni pedante ni aburrido ni confuso. La buena historia compensará el déficit.

Y sin embargo las dos partes son fundamentales. Importa tanto la trama como la forma; importa tanto el qué y el cómo se cuenta para conseguir que una obra narrativa destaque sobre las demás. Y luego hay casos extraordinarios, casos singulares como éste “Un buen chico” de Javier Gutiérrez.

Porque por una parte está la historia. Un punto de partida muy simple: encontrarse, diez años después, con una antigua amiga por la calle. Reencontrarte con tu pasado. Con alguien que formó parte de tu vida. Aquel año de 1997 en el que con ella y tres amigos más formasteis un grupo de rock. Pero ese reencuentro no es inofensivo. Ese reencuentro resucita algo incómodo y todavía presente: “Años tratando de olvidar, negándolo todo. El pasado sigue ahí, sumergido, invisible, oculto pero pesado, anclado en el lecho del mar, cubierto de limo y óxido, hinchado y deforme, pero indeleble como una marca de nacimiento”. Y ahí la historia ya habrá conseguido atraparnos, seducirnos; porque ya sabremos que sucedió algo y querremos saber el qué. “Todo el mundo esconde algo, todos guardamos un pasado, a quién no le pondría nervioso enfrentarse a su pasado. No es lo mismo, Polo, para ti no es lo mismo, nadie guarda en su pasado lo que guardas tú”.

Y sin desvelar la novela puedo asegurar que “Un buen chico” se trata de una típica historia de juventud, “sexo, drogas y rock&roll”. Pero en la que lo atípico y singular está en cómo Javier versiona ese viejo lema; cómo pone el acento en la culpa, la conciencia y el remordimiento; en las cuentas pendientes del pasado; en las mentiras que fabricamos para protegernos, creernos a salvo; en la necesidad de contarlo, confesar para obtener el perdón.

Y si bien la historia -nostálgica, dura y salvaje- supera cualquier expectativa, lo realmente decisivo de “Un buen chico” está en la forma, en su estilo. Y esa forma de contarlo diferente empieza desde la primera página. Diferencia que en un primer momento nos dejará desconcertados, aturdidos, incómodos ante su constante aliteración; la combinación de dos, tres voces narrativas: primera y segunda persona del singular mezclada con la primera del plural; saltos temporales; monólogo interior y conversación. El diésel y la gasolina con plomo en un mismo motor de explosión. Una aerodinámica contraria a la física elemental, a la mecánica narrativa habitual con la que avanzar y vencer la resistencia al viento. Dos tiempos distintos, pasado y presente jugando al pilla-pilla, al escondite, al mentiroso.

Nadie, hasta ahora, me había contado una historia de esa manera. Las conversaciones se mezclan; la información, fragmentada, se obtiene mediante flases; parece que te pierdes, que no vas a ser capaz, que no será posible seguirle; que todo es ruido confuso, guitarras anárquicas, síncopa, batería golpeando sin compás, un murmullo, un zumbido de fondo. Y poco a poco el sonido se va limpiando, deja de acoplarse y alcanza una devastadora, rotunda, brutal claridad. La historia, convertida en una ecuación matemática en la que intervenían varios elementos, despeja la incógnita. Y cuando esa parte se aclara aparece otra enterrada, subyacente, independiente y consecuencia de la anterior. Dos noches distintas que marcan la vida. La primera y la última. Una nueva ecuación. Un encuentro fortuito que se relaciona con el primero y con el presente y el pasado. Una úlcera, algo monstruoso que ha ido creciendo entre frases intercaladas, intuiciones, preguntas incómodas e insinuaciones y que sale a la superficie con el shock, la conmoción que produce la muerte. De nuevo el sonido se convirtió en devastadora verdad.

Parecía ruido confuso y era música. Lo que parecía ruido revuelto, embarullado, se convierte en música precisa, salvaje, brutal. Un novela con el qué y el como.

Javier Gutiérrez. “Un buen chico”. 139 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 9 de septiembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=766721

Adagio de Albinoni

Creo que este libro de relatos de Julio Llamazares puede tener dos maneras de interpretarse. Una es que encontremos en él lo que esperábamos. Y en ese caso está claro que no defraudará sino todo lo contrario. Y la otra forma de interpretarlo es una metáfora futbolística. Porque yo creo que enfrentarse a un libro de un escritor reconocido es como ir a ver jugar a nuestro equipo: lo hacemos esperando verle ganar, nunca perder. Y en este caso se puede decir que Llamazares no pierde el partido sino que lo empata. Y que incluso en ese resultado hay emoción y buen juego porque no empata a cero sino que hay un par de relatos y una fábula final que pueden considerarse excelentes. Pero al terminar el partido cerraremos el libro con la moral del empate. Decepcionados porque no ha ganado y consolándonos porque no ha perdido.

Un actor puede hacerse muy famoso interpretando un papel. Y a partir de ahí tiene dos caminos: repetir o cambiar. Si no cambia algunos le acusarán de comodidad y miedo a perder la fama. Y si se repite otros lo defenderán por ser fiel a un estilo y un acento con el que consiguió la popularidad. ¿Para qué cambiar si lo que hace lo hace bien y sigue teniendo audiencia? Es verdad que esa repetición puede llevar a encasillar al actor Y también es verdad que ese encasillamiento puede que no tenga nada de malo. Nadie se imagina a Paco Martínez Soria –por poner un ejemplo- haciendo otros papeles que no sean cómicos. Y sus películas siguen haciéndonos reír. Pero también es verdad que es posible salir de ese encasillamiento. Alfredo Landa lo hizo en “El crack”. Y ese cambio de registro es el que nos dejo a todos boquiabiertos.

Y creo que de esa forma debemos valorar estos relatos de Julio Llamazares. Porque si lo que deseamos es reencontrarnos con esos paisajes y temáticas conocidos, con ese estilo y acento propios, con ese tono marca de la casa, “Tanta pasión para nada” nos resultará perfecto y nos dejará plenamente satisfechos. Pero si lo que esperamos es algo más que corrección, algo más que a un funcionario de la literatura, nos defraudará. Porque Llamazares tiene oficio y arte pero le sobra redundancia y le falta ambición. Porque lo leo teniendo la sensación de estar asistiendo a la repetición de la misma fórmula de agua carbonatada pero cambiando los colores: gaseosa, naranja, cola, limón. Y aunque cambie la forma y decoración de la botella siempre es agua tibia a la temperatura exacta: ni fría ni caliente. Sus relatos son como el adagio de Albinoni. Es bonito, melancólico, triste, siempre emocionante, pero nos lo sabemos de memoria. Por muchas versiones o variaciones que se hagan siempre será el mismo adagio. Ningún relato está mal; ninguno se lee con arrepentimiento; no llegamos a odiarle, pero tampoco a amarle. Se le quiere, se gana nuestro cariño, pero no nuestra admiración. Lo apreciaremos como algo grato el tiempo que dura el libro, pero al día siguiente lo habremos olvidado.

Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”. 155 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

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