Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 9 de septiembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=766721

Adagio de Albinoni

Creo que este libro de relatos de Julio Llamazares puede tener dos maneras de interpretarse. Una es que encontremos en él lo que esperábamos. Y en ese caso está claro que no defraudará sino todo lo contrario. Y la otra forma de interpretarlo es una metáfora futbolística. Porque yo creo que enfrentarse a un libro de un escritor reconocido es como ir a ver jugar a nuestro equipo: lo hacemos esperando verle ganar, nunca perder. Y en este caso se puede decir que Llamazares no pierde el partido sino que lo empata. Y que incluso en ese resultado hay emoción y buen juego porque no empata a cero sino que hay un par de relatos y una fábula final que pueden considerarse excelentes. Pero al terminar el partido cerraremos el libro con la moral del empate. Decepcionados porque no ha ganado y consolándonos porque no ha perdido.

Un actor puede hacerse muy famoso interpretando un papel. Y a partir de ahí tiene dos caminos: repetir o cambiar. Si no cambia algunos le acusarán de comodidad y miedo a perder la fama. Y si se repite otros lo defenderán por ser fiel a un estilo y un acento con el que consiguió la popularidad. ¿Para qué cambiar si lo que hace lo hace bien y sigue teniendo audiencia? Es verdad que esa repetición puede llevar a encasillar al actor Y también es verdad que ese encasillamiento puede que no tenga nada de malo. Nadie se imagina a Paco Martínez Soria –por poner un ejemplo- haciendo otros papeles que no sean cómicos. Y sus películas siguen haciéndonos reír. Pero también es verdad que es posible salir de ese encasillamiento. Alfredo Landa lo hizo en “El crack”. Y ese cambio de registro es el que nos dejo a todos boquiabiertos.

Y creo que de esa forma debemos valorar estos relatos de Julio Llamazares. Porque si lo que deseamos es reencontrarnos con esos paisajes y temáticas conocidos, con ese estilo y acento propios, con ese tono marca de la casa, “Tanta pasión para nada” nos resultará perfecto y nos dejará plenamente satisfechos. Pero si lo que esperamos es algo más que corrección, algo más que a un funcionario de la literatura, nos defraudará. Porque Llamazares tiene oficio y arte pero le sobra redundancia y le falta ambición. Porque lo leo teniendo la sensación de estar asistiendo a la repetición de la misma fórmula de agua carbonatada pero cambiando los colores: gaseosa, naranja, cola, limón. Y aunque cambie la forma y decoración de la botella siempre es agua tibia a la temperatura exacta: ni fría ni caliente. Sus relatos son como el adagio de Albinoni. Es bonito, melancólico, triste, siempre emocionante, pero nos lo sabemos de memoria. Por muchas versiones o variaciones que se hagan siempre será el mismo adagio. Ningún relato está mal; ninguno se lee con arrepentimiento; no llegamos a odiarle, pero tampoco a amarle. Se le quiere, se gana nuestro cariño, pero no nuestra admiración. Lo apreciaremos como algo grato el tiempo que dura el libro, pero al día siguiente lo habremos olvidado.

Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”. 155 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

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