Edgar Neville. “La niña de la calle del Arenal”

Un dandy en la taberna

Supongo que muchos tenemos algo de frikis. A unos les da por coleccionar llaveros o Barbis, a otros por el señor hardware y la señora software, lo mío es una irracional atracción por una determinada época.

Y es que si me dieran la oportunidad de hacer el viaje en la máquina del tiempo elegiría sin dudarlo las décadas de 1910 a 1930 y lugar de destino Madrid.

Ya sé que es una necia idealización que deforma la realidad, porque desde luego no hubiera sido lo mismo ser alguno de esos bohemios “desgarrados y excéntricos” que vivieron y murieron en la miseria a ser un “señorito” metido a literato. Pero esa época de –falsa y cierta- bohemia literaria me resulta tan fascinante y atractiva que por eso es lógico que me interese por “La niña de la calle del Arenal” de Edgar Neville.

Y si hace muy poco hablé de César González Ruano y su aspecto de dandi elitista, cosmopolita bon vivant y calavera que ganó la guerra y perdió los manuales de la literatura, Edgar Neville puede parecer su primo hermano; pero en realidad Neville  es el original, el auténtico y Ruano un imitador. Porque Edgar Neville era un aristócrata y diplomático que le dio por esto del arte.

Como explica Jesús García de Dueñas en el prólogo “Neville era el “pollo pera” más snob del Madrid de la época. Y además de snob, sofisticado y un punto pedante era un castizo retrechero”. “Un dandy en la taberna”  -como lo calificó Fernando Fernán Gómez- que de Madrid se fue a Nueva York y de ahí a Hollywood. Y que después de unos años trabajando para la Metro Goldwyn Mayer regresó a España y se hizo director de cine, literato, dramaturgo de éxito y periodista.

Me llama la atención que a García de Dueñas le sorprenda que al estallar la Guerra Civil Neville “manifieste un entreguismo a la causa franquista”. García de Dueñas parece olvidar que el ejemplo de Antonio de Hoyos, Marqués de Vinent, no cundió entre la aristocracia española. Algo que yo encuentro lógico después de que los milicianos asaltaran sus palacios y convirtieran algunos de ellos en checas. Aunque la explicación más evidente a ese alineamiento de Neville está en las famosas palabras de Agustín de Foxá y recordar que él también era conde, gordo y diplomático.

“La niña de la calle del Arenal” tal y como dice García de Dueñas “tiene más de colección de estampas matritenses que de narrativa con pretensiones de ficción”. Y ese es el aspecto que seduce e interesa a mi yo friki. Un paseo por el Madrid de la primera década del siglo XX junto a un “niño pollo” que pasa de llevar pantalones cortos a usar un canotier, vestirse a la moda, pasearse por la acera derecha de la Castellana para ver y dejarse ver, acudir al té del jueves en el Ritz a bailar  con las muchachas más elegantes, los fines de semana a los cafés de la Puerta del Sol y al Teatro Romea y “enamorarse de una manera vertiginosa e incendiaria de una artista de varietés”. Acudir al Fornos, en donde hacían tertulia el torero Belmonte, Valle-Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, el escultor Julio Antonio, el pintor Romero de Torres y Julio Camba. Pasarse por el hotel Palace en el que entre el humo del tabaco egipcio se encontraba Gómez Carrillo, Mata-Hari y Amado Nervo. Vivir la fiesta del carnaval de Madrid y acabar en una de sus “churrerías que no cerraban jamás y en donde fraternizaban los últimos borrachos de la ciudad, las últimas máscaras de los bailes y los primeros horteras recién despiertos”. Estampas de una época que son en realidad recuerdos autobiográficos del propio Neville y que tienen evidentes similitudes con “Don Adolfo, el libertino” de Jacinto Miquelarena y con las novelas de Alberto Insúa y Joaquín Belda.

Pero además de esa nouvelle castiza que narra los fracasos y éxitos amorosos de un adolescente de la alta sociedad madrileña me encuentro otra vez con la sorpresa de que siendo una novela publicada en 1953 trata temas que curiosamente no fueron censurados. Y es que de nuevo, igual que me pasó con César González Ruano, la tan cacareada censura –que no niego que existiera- parece que o hacía la vista gorda o sufría de presbicia. Porque en esta novela además de la homosexualidad: “Trelles tenía fama de invertido” y las drogas: “Durante unos años la droga se puso de moda y la vendían los porteros de los cabarets”, el protagonista escribe un vodevil verde en un acto (sicalíptico se diría entonces) para un teatro picante y la Dirección General de Seguridad prohíbe la obra: “¡Qué país –dijo- es la reacción!”. Circunstancia que además confirma que el sexo para aumentar la audiencia es un invento de por lo menos hace un siglo: “Aquella misma noche se estrenó el vodevil que transcurrió entre los gritos del público más soez que se había presentado jamás. ¡Qué brutos! ¡Cómo chillan! –decía el actor- Esta obra la hacemos cincuenta veces”.

Pero por encima del humor, del romanticismo al uso de la época y del neorrealismo costumbrista de Neville creo que el valor de esta novela está en los párrafos en los que habla de la transformación de una ciudad y una sociedad que trajo la Primera Guerra Mundial. “Apareció en España una clase hasta entonces desconocida: la de los nuevos ricos que habían conseguido mucho dinero vendiendo mulas, botas y bacalao”. Pero “La euforia era tan grande que no se daban cuenta de cómo el mundo se iba ensombreciendo. Las guerras, las carreras de armamentos, las revoluciones iban a dar al traste, en pocos años, con este mundo antiguo”.

Edgar Neville. “La niña de la calle del Arenal”. 96 páginas. Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

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2 pensamientos en “Edgar Neville. “La niña de la calle del Arenal”

  1. Te acabo de leer, compañero juntaletras y amante de la literatura patria. Coincido plenamente con tus letras, que además están bien escritas y hermosamente organizadas (lo cual no es poco en los tiempos que corren).
    Te dejo mi reseña de esta misma obra para que compruebes los puntos en común, que nos nos pocos. Te sigo, Luis, buen hallazgo:

    http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2012/10/la-nina-de-la-calle-del-arenal-edgar.html

    Un saludo.

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