Roberto Arlt. “El criador de gorilas”

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 26 de octubre de 2012.

http://www.culturamas.es/blog/2012/10/26/un-mundo-medieval-en-pleno-siglo-xx/

Un mundo medieval en pleno siglo XX

Roberto Arlt es uno de esos “escritores de culto” al que se le cita mucho y muy pocos leen. Ahora Ediciones del Viento pone a nuestro alcance la reedición de una de sus obras para que deje de ser un raro y exquisito fantasma bibliográfico y se convierta en un autor vivo más allá de la cita casi esotérica.

Roberto Arlt nació en 1900 en Buenos Aires y a los veintiséis años publicó su primera novela y comenzó a colaborar en la prensa de su ciudad. Reconocido por Cortázar como uno de sus maestros, el moderno enciclopedismo digital lo califica como precursor de Ricardo Pligia, César Aira o Roberto Bolaño; y yo, por su crudeza y temprana muerte, encuentro en él cierto paralelismo con Rafael Pinedo.

En 1935 Arlt llega a España y durante más de una año se dedica a recorrer de sur a norte la península, pero en ese viaje también pasó por distintas ciudades del norte de África. De lo que vio y le contaron en esos lugares nació esta colección de cuentos: “El criador de gorilas”, que se publicaron en un libro en 1941.

Quince historias que se inician con “La factoría de Farjalla Bill Ali” y que desde ese primer relato ya muestra sin rodeos ni maniobras envolventes todo lo que vendrá después. Arlt es directo, salvaje, cruel, inhumano. La brutalidad, la muerte y la venganza no entienden de subterfugios. Porque lo que cuenta Arlt no permite más distracciones que la de contemplar una historia entre la fascinación y el terror.

En todo caso se permite las minuciosas descripciones de los lugares, sus calles, plazas, mercados y selvas; en donde en ocasiones se demora y unas veces adquiere un tono poético e íntimo de luces y olores y otras resulta excesivamente recargado. Pero esas licencias o pérdidas de tiempo son mínimas, anécdotas que fácilmente se olvidan entre el hedor de la muerte. Los relatos de Arlt son una mezcla entre la crónica periodística y la narrativa, el realismo y la fantasía, lo increíble y lo testimonial.

Y ya desde ese primer relato nos daremos cuenta de que vivimos de préstamos ajenos y no de experiencias propias. Nos daremos cuenta de nuestra condición de realquilados pueblerinos y viajeros catódicos. Porque con ese primer relato recordaremos a otra factoría, la de “Un puesto avanzado del progreso” de Joseph Conrad; y certificaremos que todas nuestras referencias de África son de viejas películas vistas en la televisión: “Cuando ruge la marabunta” y “Las cuatro plumas”. Que deberemos consolarnos, cuando no hemos vivido, con la imaginación y la literatura. La vida de otros menos cobardes.

Arlt nos traslada a un continente salvaje, de esclavos, tráfico de gorilas y marfil, de nidos de termitas que devoran humanos, de millonarias norteamericanas que llegaban en busca del exotismo: “Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental”. Nos contará del racismo y el fanatismo religioso: “No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión”. Nos llevará a Marruecos, al Maghreb, Tánger, Tetuán y Fez que “nos entusiasmaba, porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos motivos de ensueño”; pero también a Java, Liberia, Monrovia, Ceilán, Fernando Po y el Congo. De un país a otro nos llevará al desierto y la selva, del colonialismo a la aventura, del puñal a la seda, de la sangre al perfume, de la belleza a la horca. Nos contará historias de espiritismo y reencarnación, necrofilia, hipnotismo y magia negra, canibalismo, robos y venganzas, ladrones de joyas y codiciosos cazadores de orquídeas en Madagascar; asesinos, buscavidas, usureros, mercaderes, bailarinas, ajustes de cuentas, chinos, hindúes y fumaderos de opio; militares españoles, espías europeos, traficantes de armas, marineros que se dedicaban al contrabando de haschich y la trata de blancas; mujeres enterradas vivas a las que se les cortaba una mano por ser infieles; boas constrictor que devoran humanos; la contagiosa e incurable -como una peste- enfermedad del sueño; las luchas entre nacionalistas y moderados árabes, el escepticismo político y el honor y sus antiguos códigos. Y también hay espacio para la ironía en el hilarante “Los bandidos de Uad-Djuari” en el que se simula un secuestro para que los turistas vivan una aventura que luego “podrán gustosamente narrar en su hogar”.

Estos relatos de “El criador de gorilas” no son sólo una colección de sucesos, literatura pintoresca y de entretenimiento en una redacción directa y a veces descuidada. Arlt nos cuenta historias de primera y segunda mano que llegaron hasta él oralmente y luego transcribió, historias que escuchó en el zoco de Larache a algún “Celje”, poeta ambulante que como nuestros juglares y ciegos cantaban romances con peripecias asombrosas para entretener a ociosos y analfabetos. Estos relatos son modernos cuentos de las mil y una noches de musulmanes, judíos y cristianos. Son festejar que estamos vivos y la paradoja de lo poco que vale la vida. Un mundo medieval en pleno siglo XX. Lo mucho y lo poco que ha cambiado ese mundo. Lo cerca y lejos que queda el abismo del presente y el pasado.

Roberto Arlt. “El criador de gorilas”. 141 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2012.

Andrés Barba. “Ha dejado de llover”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves 25 de octubre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/90727/amor-y-odio

Amor y odio

Cada uno tenemos nuestros motivos. Pueden resultar arbitrarios, completamente subjetivos, pero son ciertos.

El título es sugerente, “Ha dejado de llover” es una imagen alegre desde la tristeza; el momento en el que algo termina y algo nuevo empieza sobre los restos de lo insepulto. Ha dejado de llover pero las calles todavía están mojadas, todavía hace frío y está nublado; pero al menos la lluvia ha cesado.

Pero por encima de ese título yo me hubiera comprado este libro tan sólo por la fotografía de la portada. Esa maravillosa fotografía de Luis Baylón encierra una historia en sí misma. Una historia pendiente y muda. Sí, lo sé, es algo sesgado, personal; pero esa fotografía es motivo suficiente para coger el libro y pasar por caja.

Lo que hay dentro son cuatro nouvelles, cuatro novelas cortas de Andrés Barba. Un autor al que leo por primera vez y al que a estas alturas de la película ya debería conocer. Pero los que alguna vez han coincidido conmigo saben que mi especialidad es llegar tarde a los sitios y que mi mala costumbre es decir lo que pienso aunque sea el último invitado en aparecer en la fiesta cuando todos están borrachos y en plena fase de exaltación de la amistad.

“Ha dejado de llover” son cuatro historias que tienen en común las relaciones filiales. Cuatro fotos de familia. La infancia y sus deudas, sus heridas; el daño de los recuerdos; la relación presente de hijos adultos con sus padres viejos bajo el estigma del pasado; la adolescencia y el descubrimiento de su mundo con sus verdades y sus mentiras; el hijo convertido en padre desconcertado; la amargura y la comprensión; el rechazo, la soledad; la frustración y el desencuentro; la incapacidad de querer; lo nunca dicho.

Estas nouvelles de Barba tienen como protagonistas a unos personajes que pueden ser nuestros vecinos, esas personas que vemos en el supermercado y de las que en realidad sabemos muy poco. Esas personas que son vulgares, como nosotros, y a los que les suceden cosas corrientes. La vida, el eterno tema de siempre: “La vida había regresado de nuevo, la vida misteriosa, ingobernable, pálida, subterránea y a ratos deslumbrante de todos los días”.

Quizás “Ha dejado de llover” puede calificarse como uno de esos libros crueles de los que habla Ovejero. Porque sus personajes nos demuestran con crueldad que en la especie humana unos han nacido depredadores carnívoros y otros para presas; alimento. Cruel porque nos hace mirarnos a nosotros mismos, nuestra debilidad y dependencia, nuestra sensibilidad. Cruel porque debemos aceptar nuestra inferioridad ante seres mucho más fuertes, dominantes, decididos y egoístas que viven sin dudas ni remordimientos por sus actos; y que es posible, al mismo tiempo, amarles y despreciarlos.  Cruel porque nos muestra infantiles, faltos de astucia, inocentes, pánfilos, impedidos y temerosos. Porque no entendemos la vida y nos hace daño, porque inconscientes nos dejamos arrastrar; estamos solos, incomunicados sin saberlo. Porque la felicidad está en lo imperfecto, en lo incompleto nuestro destino; y que vivir se trata de asumirlo, aceptarlo.

Su lectura deja un rastro de emoción dolorosa y compartida, pero también sensaciones contradictorias. Por un lado admiramos su capacidad para retratar un mundo íntimo, esas dos caras que tenemos: la visible y externa, y la silenciada y oculta. Lo que no decimos o no sabemos cómo explicar. Estas nouvelles son un esfuerzo continuado por querer comprender y perdonar a los demás: a nuestro padre, a nuestra hermana, a nuestra madre, a nuestro hijo; a nosotros mismos. Son un ejercicio continuo de Barba por encontrar las palabras apropiadas, las palabras exactas que expliquen los sentimientos que no salen al exterior. Pero esa necesaria explicación se convierte en muchos párrafos en algo complejo y confuso, retórico; excesivamente literario que transforma lo humano en algo artificial, impostado.

Yo no soy de los que les gusta la literatura para leer en la playa. Leer a Barba es tener la sensación de hacerse mayor, de ver un partido de primera división; pero hay un cierto aire de superioridad intelectual que puede resultar molesto. Porque hay libros exigentes, libros que piden de nosotros algo más que la simple lectura, pero la armonía entre lo enigmático y lo obvio es un equilibrio delicado como una orquídea. Más agua, más luz de la debida, una temperatura inadecuada y la flor se seca. Y ese equilibrio entre afectación y naturalidad en estas nouvelles de Barba a veces se pierde. Quizás porque nos obliga a leer como si estuviéramos estudiando un manual de filosofía para un examen, con miedo a no parecer inteligentes, a reconocer que no lo hemos comprendido, a sentirnos abrumados por sus finales sin alivio. Y sin embargo la historia y sus personajes están ahí, reconocibles, iguales, emocionantes, hirientes. Sentiremos en su palabra el poder de la literatura por encima de la simple imagen, llegar donde ella no alcanza, retratar ese interior mudo que no aparece en las películas sonoras.

Quizás con este “Ha dejado de llover” nos sucede lo mismo que con esa chica a la que conocimos por primera vez y nos deslumbró con su belleza, elocuencia y desamparo. Fascinados, embriagados, caímos rendidos ante ella. Pero una tarde, al despedirse, al abandonarnos sin explicaciones envuelta en ese misterio suyo teatral y fatalista, nos dejó sin saber si quererla u odiarla.

Andrés Barba. “Ha dejado de llover”. 199 páginas. Editorial Anagrama. Barcelona, 2012.

Fotografía de portada de Luis Baylón: http://www.luisbaylon.com/

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 21 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=773933

La memoria de un mito y un hombre.

Para conmemorar el treinta aniversario de su primera edición en 1982 en Francia y España la editorial Mondadori ha tenido el acierto de publicar en su colección Debolsillo “Mi último suspiro”, las memorias de Luis Buñuel.

Leí este libro por primera vez en 1996, y ya entonces me resulto absolutamente fascinante. Y ahora una segunda lectura me confirma esa primera impresión; pero también que los libros cambian con la vida; que no es lo mismo leer un libro con menos de treinta y volverlo a leer con más de cuarenta; que antes subrayabas y te interesaban especialmente unos aspectos y ahora hay otros que te llaman la atención. Que ahora te fijas más en el hombre y sus debilidades que en el mito y su nombre. Más en tratar de comprender que en admirar.

Porque te das cuenta de que los seres humanos, por lo general, son producto de la época que les tocó vivir, y Buñuel no fue una excepción a esa norma. Y es que en éste “último suspiro” estamos leyendo y conociendo la memoria de un hombre que nació con el siglo (1900) y que vivió las décadas más vertiginosas e intensas de la historia moderna en varias ciudades, países y continentes. Toda una vida en la que descubres, etapa tras etapa, la infancia y juventud, la conciencia, la guerra, el fracaso, la madurez, el éxito y la vejez. Su evolución, sus mudanzas, su largo, apasionante y excepcional camino de un lugar a otro a base de fortuna, corrientes artísticas, relaciones, trabajo, constancia y genialidad.

Porque Buñuel, a pesar de –o precisamente por eso- sus escándalos y provocaciones, su compromiso y distanciamiento, su nihilismo y vehemencia, su reflexión y subjetividad, su fidelidad e incoherencia, por todas sus muchas contradicciones, es un personaje que a nadie deja indiferente y merece la pena descubrir. Porque con él conoceremos al burgués provinciano que tuvo la suerte de pasar por la Residencia de Estudiantes para hacerse vanguardista y ultraísta de la generación del 27, al cineasta surrealista y revolucionario de París al que su madre le dio el dinero para hacer su primera película y que pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos y que hizo películas alimenticias en México antes de alcanzar el Óscar y la fama y reconocimiento mundial.

Pero además del mito también conoceremos al hombre que hace una lista de lo que le gusta y aborrece; que recuerda a su familia, Calanda y sus tambores; sus gamberradas y bromas de estudiante en Madrid, de Las Hurdes, esa tierra sin pan; de bares, alcohol y tabaco; de su ateísmo; del amor, la muerte y el sexo; de los sueños y ensueños; de la parte subterránea, imaginativa e irreal de la vida; de lo irracional y el poder de la imaginación; todo lo que le contó a su amigo Jean-Claude Carrière durante dieciocho años y se convirtió en este libro que se publico un año antes de su muerte.

Con este “último suspiro” conoceremos el autorretrato personal e imperfecto de una vida. “El retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria”.

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”. 327 páginas. Random House Mondadori. Debolsillo. Barcelona, 2012. Traducción de Ana María de la Fuente.

Pedro Sierra. “Cuentos de plástico”

Galgo Cabanas. “Cuando estás en el baile, bailas”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 11 de octubre de 2012.

Cinemascope literario.

Con este libro hay dos cosas por saber. Una que importa y otra que no. La importante es que Galgo Cabanas es el pseudónimo de Mario de los Santos y Óscar Sipán. Y la que no importa es saber cómo han escrito esta novela a cuatro manos. Tratar de averiguar qué capítulos ha escrito cada uno; si Mario escribió los impares y Óscar los pares; si se iban dando el relevo y uno continuaba la historia donde el otro la había dejado, o si estaban borrachos juntos o sobrios por separado cuando la escribieron. Podríamos seguir las pistas y hacer apuestas sobre paternidades o filiaciones, pero no creo que ese juego importe. Lo que realmente importa en este insólito trabajo de corte y confección literaria es el resultado. Y en esta novela ese resultado es realmente excelente.

Y aunque no importen el quién ni el cómo sí que resulta sorprendente que en un oficio individualista y ególatra como este de escribir haya alguien capaz de compartir el sudor y la herencia sin perder la amistad o sacando a relucir la navaja. Eso dice mucho de ellos, porque este teatro de cartón piedra está repleto de starletes que traicionarían a su hermano por la calderilla de la fama. La envidia y la vanidad no parecen estar en la lista de los vicios de Óscar y Mario.

Aunque hay que recordar que esta sociedad no es nueva sino que ya la iniciaron hace seis años creando Tropo Editores y escribiendo el guión y dirigiendo el cortometraje “Il mondo mío”. Amistad y productividad que se confirma ahora con esta comuna de nombre Galgo Cabanas en la que uniendo su trabajo han conseguido ese difícil ejercicio de escribir una novela a medias sin que se descompensen las dos individualidades; poniendo la virtud de cada uno al servicio del otro y en la que los dos han salido ganando. Porque hay que tener en cuenta que Mario es novelista y Óscar cuentista.

A Sipán siempre se le ha considerado un corredor de corta distancia. A Mario de media maratón. Y ahora, con esta asociación, consiguen un largometraje. Quizás se unan el corazón y el cerebro, la genialidad y el cálculo, la dexanfetamina y la hiperactividad. El fogonazo de Sipán convertido con la colaboración de Mario en llama sostenida, eco de largo alcance. Y con eso los lectores obtenemos un beneficio porque el éxtasis se convierte en placer prolongado. Mientras uno sirve las bebidas el otro pone la música. Simbiosis narrativa a la que en algunas ocasiones se le nota el pegamento, pero que adquiere una consistencia a prueba de disolventes y bisturís.

“Cuando estás en el baile, bailas” tiene el ritmo de una película y el valor añadido de una literatura que es más que un guión. Es una novela visual, de escenarios y dirección artística con presupuesto de superproducción y es también hojas de papel con páginas y párrafos subrayados que golpean y resuenan en metáforas y descripciones memorables. Y por una vez voy a estar de acuerdo con lo que se dice en la contraportada: “imágenes poderosas, personajes, fascinante mujer fatal”. Lolita de la que cualquiera caeríamos perdidamente enamorados. Presente de rápido y trepidante celuloide escrito en capítulos cortos, machetazos que van limpiando el camino y hacen avanzar la trama, flash-back en los que la literatura adquiere todo su valor y plenitud.

Novela negra que en determinados momentos utiliza su lenguaje más marcado y típico; que pretende ser atemporal, pero que mezcla géneros en un cóctel molotov que estalla quemando varias décadas de un siglo pasado: revolucionarios y patronos, gángsters, mafiosos, fumaderos de opio, capitalistas y prostitutas, sicarios, policías, espías y guerra civil. Y aunque cae en un maniqueísmo simplista y una simpatía por la causa comunista que produce cierta perplejidad; e incluso –y eso es cuestión de gustos- un final para una historia de amor desteñido en rosa trágico, nada de eso consigue destruir la potencia de su onda expansiva, cinematográfica y literaria.

Galgo Cabanas. “Cuando estás en el baile, bailas”. 189 páginas. XVI Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe. Edaf. Madrid, 2012.

Francisco García Pavón. “El hospital de los dormidos”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves 11 de octubre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/90039/sherlock-y-watson-de-la-mancha

Sherlock y Watson de La Mancha. 

Todos tenemos nuestros mitos. Yo he sido raro hasta para eso. En lugar de hacerme fan de algún policía musculoso, karateka, saltimbanqui o pistolero, me hice seguidor de Manuel González, alias “Plinio”, jefe de la (G.M.T.) Guardia Municipal de Tomelloso.

Recuerdo que descubrí a Plinio por casualidad en una feria de libro antiguo y de ocasión cuando me compré “Las hermanas coloradas”, premio Nadal de 1969. Y desde entonces me dediqué a buscar, leer y sobre todo disfrutar con todos los casos de ese guardia castizo, cachazudo y fumador empedernido que tenía como ayudante de sus investigaciones a don Lotario, el veterinario del pueblo, bajito y barrigón y tan fumador de pitos de “caldo” como el jefe de la G.M.T. Así que supongo que además de raro soy chovinista sin ser manchego; porque Plinio y don Lotario me gustan más que Holmes y Watson, y desde luego mucho más que Batman y Robin.

Por eso cuando me enteré de que se había publicado “El hospital de los dormidos”, la última novela que Francisco García Pavón había escrito de su serie de Plinio, grité tres hip hip hooray! por la editorial Rey Lear como si fuera un hooligan o un coronel británico.

Mi afición por “Plinio” resulta antigua en el sentido de que leí todas las novelas que encontré de él hace unos quince años. Y desde entonces no había vuelto a leer ninguna. Su recuerdo se conservaba incorrupto y placentero en la distancia. Y creo que ahora, esta última novela, no está a la altura –al menos como lo mantengo en mi memoria- de las anteriores. Que quizás en comparación con “Una semana de lluvia”, “El reinado de Witiza” o “El rapto de las sabinas”, sea menos completa; aunque no por eso menos auténtica. Porque para los que somos hinchas incondicionales de Plinio tiene el indudable valor e interés de ser la última que Francisco García Pavón escribió. Tal vez sea eso, que “El hospital de los dormidos” se publicó en 1981, ocho años antes de su fallecimiento, y que García Pavón la escribiera con 61 años, lejos de la plenitud creadora de sus novelas anteriores. Pero para los que no conocen a Plinio, esta excelente reedición de Rey Lear, es una ocasión perfecta para descubrir a un personaje que es absolutamente atípico y genial. Tal vez el Jules Maigret español.

Algunos pueden considerar a García Pavón un costumbrista. Y tendrán razón. Pero el suyo es un costumbrismo al estilo de Antonio Pereira y Jesús Moncada, es decir, ni amanerado ni reivindicativo ni nostálgico, sino una crónica realista de un mundo que ha desaparecido y que no pretende demostrar a posteriori que lo de entonces fuera mejor o peor, negro o blanco. Era simplemente así. Aunque hoy cueste creerlo y pueda sonar a exageración o caricatura.

Porque en las novelas de Plinio no es sólo él y don Lotario, también nos encontramos –como en este “Hospital de los dormidos- con otros personajes excéntricos y entrañables como “Pepe Tachuelas, el Roncador” y “Braulio, el filósofo”, o con situaciones tragicómicas como la de una novia que el mismo día de la boda deja plantado al novio en la puerta de la iglesia. Personajes y situaciones que podrían ser inspiración o precedente de un “Amanece que no es poco”.

Algunos podrán calificar a Plinio de machista, homófobo y de ser un pésimo ejemplo por perjudicar seriamente su salud. Pero eso sería cometer el error de juzgarle con la mentalidad de lo que hoy se considera políticamente correcto. Plinio y don Lotario contemplan a las mujeres desde un landismo anticipado, desde el tipismo de Ozores y Paco Martínez Soria. Con una inocencia cómica y hambrienta de “aquellos tiempos en los que no había más moral que la de la carne fría”. Plinio y don Lotario son dos admiradores de la belleza rotunda de un culo de mujer, pero con la elegancia cachonda y respetuosa con la que se contempla y elogia una obra de arte.

El lenguaje de Plinio puede resultar hoy desfasado, pueblerino e increíble. Y quizás sea difícil de apreciar para alguien que no sea manchego y comparta sus modismos. Pero resultaría un curioso trabajo de investigación anotar esas palabras y comprobar las que quedan todavía hoy en uso en La Mancha. Porque nuestros padres y abuelos hablaban así, como los personajes de García Pavón, con esa retranca, con los mil nombres y maneras para nombrar los mismo. Esa riqueza de nuestro lenguaje tan típica para todo lo sexual, lo escatológico y el humor negro.

Las novelas de Plinio son siempre la emoción de un misterio por resolver, un caso como en este “Hospital de los dormidos” de sueños y risas; de “muertos de gusto” que despiertan amnésicos y con el pelo engominado en mitad del campo o en un remolque lleno de melones.

Las novelas de Plinio son, por encima de todo, buena literatura, novela negra sui géneris y cañí; buen humor y humanismo; crónica de la vida de un pueblo con sus virtudes y defectos; y un personaje fuera de lo común que no se avergüenza de lo que es ni reniega del  lugar al que pertenece.

Francisco García Pavón. “El hospital de los dormidos”. Una aventura de Plinio. 205 páginas. Rey Lear. Madrid, 2011. Ilustración de cubierta de Enrique Flores. 

Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 7 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=771510

Calidoscopio

Hay muchos tipos de escritores. Escritores clásicos y vanguardistas, genios y mediocres, copistas y artistas, funcionarios y viajeros, héroes y ahijados, escritores cigarra y escritores hormiga; y hay tipos que saltan al vacío sin red y sin miedo.

Juan Carlos Méndez es de los narradores que saltan sin mirar abajo. A Juan Carlos le importa poco lo que digan los manuales de teoría literaria; él no sigue las líneas rectas, los caminos preestablecidos, él –y no quiero que suene como una frase hecha- sigue su propio criterio, sigue su instinto y unas veces acierta y alguna –creo- no tanto, pero nadie podrá llamarle cobarde, oportunista o pusilánime. En este circo a unos les gustaría ser domadores, a otros magos o malabaristas; yo creo que Juan Carlos elegiría ser hombre-bala o trapecista.

Y es que hay escritores que practican la alquimia literaria repitiendo y alterando las mismas fórmulas y moldes de siempre. No lo critico; algunos obtienen resultados realmente notables con ese método. Otros deciden arriesgar y su experimento acaba en un rotundo fracaso. Juan Carlos arriesga y triunfa, y aunque el suyo no sea uno de esos libros para después de un incendio, se ha ganado mi admiración demostrándome que es posible transmitir una emoción de tristeza, miedo, desconcierto, cólera o derrota con muy pocas y precisas palabras. Practicando acupuntura literaria, alterando las leyes corrientes, saliéndose de los senderos marcados, de los monorraíles de la literatura.

Porque si tuviera que hablar de lo que es evidente y obligado hablaría de sus frases ganadoras y sus metáforas descriptivas, poéticas, rotundas; dulces y corpóreas, visibles y gráficas. Hablaría de la elipsis y del constante rumor subterráneo, como un olor latente o un tumor sin extirpar, que se transluce y materializa en todos sus relatos: el pensamiento no verbalizado, el desarraigo, el abandono, la familia, el pasado y su lastre, la madre, el padre ausente y reemplazado, la venganza como plato frío y rescoldo humeante. Y siempre, incluso en aquellos que están más próximos a lo tradicional, lo hace desde un individualismo formal que los aleja de lo acostumbrado, con un enfoque narrativo que define un estilo completamente personal y original. Esa admirable y arriesgada pirueta ganadora consiste en romper con la visión panorámica y rectilínea del todo. Juan Carlos quiebra los espejos y con las esquirlas construye un calidoscopio. “Lo que ves no es lo que sucede sino tan sólo una de sus partes”. Descompone la estructura lineal de la realidad y la describe con una mirada compuesta, hexagonal, fragmentaria. Y con esas astillas, notas, párrafos, fracciones, conversaciones y cortacircuitos forma un relato.

No será un escritor para una inmensa minoría, un escritor para leer en el metro; pero sí que nos ha demostrado, con la osadía de su salto, que el relato es algo flexible,  elástico y maleable. Nos ha quitado –a los que alguna vez hemos escrito- el miedo a auto-censurarnos.  Hay otra forma posible de hacerlo. Otra cosa es que consigamos estar a su altura.

Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”. 123 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2012. 

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