Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 7 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=771510

Calidoscopio

Hay muchos tipos de escritores. Escritores clásicos y vanguardistas, genios y mediocres, copistas y artistas, funcionarios y viajeros, héroes y ahijados, escritores cigarra y escritores hormiga; y hay tipos que saltan al vacío sin red y sin miedo.

Juan Carlos Méndez es de los narradores que saltan sin mirar abajo. A Juan Carlos le importa poco lo que digan los manuales de teoría literaria; él no sigue las líneas rectas, los caminos preestablecidos, él –y no quiero que suene como una frase hecha- sigue su propio criterio, sigue su instinto y unas veces acierta y alguna –creo- no tanto, pero nadie podrá llamarle cobarde, oportunista o pusilánime. En este circo a unos les gustaría ser domadores, a otros magos o malabaristas; yo creo que Juan Carlos elegiría ser hombre-bala o trapecista.

Y es que hay escritores que practican la alquimia literaria repitiendo y alterando las mismas fórmulas y moldes de siempre. No lo critico; algunos obtienen resultados realmente notables con ese método. Otros deciden arriesgar y su experimento acaba en un rotundo fracaso. Juan Carlos arriesga y triunfa, y aunque el suyo no sea uno de esos libros para después de un incendio, se ha ganado mi admiración demostrándome que es posible transmitir una emoción de tristeza, miedo, desconcierto, cólera o derrota con muy pocas y precisas palabras. Practicando acupuntura literaria, alterando las leyes corrientes, saliéndose de los senderos marcados, de los monorraíles de la literatura.

Porque si tuviera que hablar de lo que es evidente y obligado hablaría de sus frases ganadoras y sus metáforas descriptivas, poéticas, rotundas; dulces y corpóreas, visibles y gráficas. Hablaría de la elipsis y del constante rumor subterráneo, como un olor latente o un tumor sin extirpar, que se transluce y materializa en todos sus relatos: el pensamiento no verbalizado, el desarraigo, el abandono, la familia, el pasado y su lastre, la madre, el padre ausente y reemplazado, la venganza como plato frío y rescoldo humeante. Y siempre, incluso en aquellos que están más próximos a lo tradicional, lo hace desde un individualismo formal que los aleja de lo acostumbrado, con un enfoque narrativo que define un estilo completamente personal y original. Esa admirable y arriesgada pirueta ganadora consiste en romper con la visión panorámica y rectilínea del todo. Juan Carlos quiebra los espejos y con las esquirlas construye un calidoscopio. “Lo que ves no es lo que sucede sino tan sólo una de sus partes”. Descompone la estructura lineal de la realidad y la describe con una mirada compuesta, hexagonal, fragmentaria. Y con esas astillas, notas, párrafos, fracciones, conversaciones y cortacircuitos forma un relato.

No será un escritor para una inmensa minoría, un escritor para leer en el metro; pero sí que nos ha demostrado, con la osadía de su salto, que el relato es algo flexible,  elástico y maleable. Nos ha quitado –a los que alguna vez hemos escrito- el miedo a auto-censurarnos.  Hay otra forma posible de hacerlo. Otra cosa es que consigamos estar a su altura.

Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”. 123 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2012. 

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