Patricia Esteban Erlés. “Casa de Muñecas”

Reseña publicada en la revista “Culturamas”:

http://www.culturamas.es/blog/2012/11/22/terrorificamente-bonito/

y en la web “La Tormenta en un Vaso”:

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2012/11/casa-de-munecas-patricia-esteban-erles.html

Terroríficamente bonito

Este es uno de los libros más bonitos –sin cursiladas-, más originales –sin excentricidades-, y mejor editados que haya visto últimamente. Un libro que va más allá de ofrecer buen papel y buena letra de molde, un lujo desde la portada hasta el diseño interior en el que encontraremos unas magníficas –sin excepción- ilustraciones de Sara Morante al inicio de cada capítulo o intercaladas en el texto a doble página o a página completa. Uno de esos libros objeto que envolver para regalo en un primoroso estuche de joyería cara.

Su título me recuerda que de niños hemos jugado con los Madelman o los Geyperman. Eran soldados, mercenarios o exploradores, pero no establecíamos con ellos ningún vínculo de paternidad. No eran bebés a los que había que darles la papilla, acunar y cambiar el pañal. Aquellos muñecos tenían barba y estaban pensados para luchar y morir con las botas puestas. Sin embargo lo de las niñas con las muñecas era muy distinto. Era un juego y una relación que imitaba la vida real. Y ese juego y su réplica llegaban al refinamiento más absoluto con una casa de muñecas. Era un juguete de niña rica, el facsímil de una vivienda con su mobiliario completo y su familia perfecta: “Señor con monóculo, dama camafeo y niño pálido y triste sin globo”. Esa reproducción siempre victoriana –no hay casas de muñecas de Ikea- es un escenario que tiene algo inevitablemente siniestro y macabro, un escenario con inmensas posibilidades que Patricia Esteban Erlés ha sabido ver y aprovechar maravillosamente. Decorado teatral al que Patricia, como directora de escena y dramaturga, le da vida independiente, mezclando el interior y el exterior, lo inanimado y lo real en algunos relatos geniales como “Manderley en llamas”, “La mujer de rojo” y “Palacio de muñecas”.

Y fuera de esa casa en este libro hay, claro, historias de muñecas. Porque esas niñas de pálida porcelana, rostro perfecto, rubios bucles y mirada “de vidrio limpio”, esas dulces muñecas de apariencia humana tienen igualmente algo siniestro. Y de nuevo Patricia acierta con el elemento y le saca provecho para darle vida a lo artificial y transformarlo en un terror muy original que surge de su inquietante inocencia, de su vida independiente a espaldas de sus dueñas.

Pero “Casa de muñecas” no es lo que parece, no es un libro monotemático; no es una colección de versiones mutantes de “Chucky” en viejos caserones góticos. Son cien microrelatos en los que Patricia mezcla ese miedo infantil, esa estética antigua y oscura de “Los otros” con escenarios y mujeres contemporáneas; un conjunto de breves piezas en las que hay suicidios, asesinatos, espectros, venganzas, muertos y fantasmas e incluso historias inspiradas en cuentos infantiles. El quinqué, las cortinas de cretona y el carillón junto a lavadoras, espejos, vehículos, tendedores y piscinas. La casa es a escala real y las muñecas son de carne y hueso. Niñas asustadas o perversas. Mujeres traicionadas, fuertes y resueltas. Y esos relatos modernos rompen con ese riesgo de tener la impresión de habernos perdido dentro del túnel del terror de un parque de atracciones. Acierto de Patricia al combinar su buena forma de narrar con la sangre y el fuego, el amor, los celos, las decapitaciones, el luto, las sábanas, los zapatos, el veneno, las sombras, los armarios, la niebla, los desvanes, el morado, los vivos y los muertos, lo clásico del género con la inspiración propia; habilidad que no evita por momentos cierta –y lógica con cien micros con el mismo argumento- sensación de repetición y empacho; porque cualquier fiesta bien hecha de Halloween puede atemorizar y estremecer al principio, pero tanto muñeco diabólico, tanto susto, tanto aparecido termina cansando y se convierte en maquillaje, peluca, salsa de tomate; déjà vu.

Y si en un libro de relatos resulta difícil mantener el tono y el nivel en uno de micros lo es mucho más, porque al ser literatura concentrada exige en cada página una idea impecable y una redacción sin una sola arruga. Y si bien Patricia en muchas ocasiones lo consigue con magníficos relatos de un terror escalofriante y agudo; con poderosas, evocadoras e ingeniosas imágenes en un par de líneas; en otros patina estrepitosamente al caer en cierta autocomplacencia que da por buenas hogueras de papel maché o al hacer de la muerte o el asesinato algo trivial, frívolo o incluso un mal chiste.

Resbalones que en ocasiones hacen tambalearse el libro, pero que al final no consiguen hacerle perder el equilibrio al ser más lo terroríficamente bueno que lo esporádicamente malo.

Patricia Esteban Erlés. “Casa de Muñecas”. 180 páginas. Ilustrado por Sara Morante. Páginas de Espuma. Madrid, 2012. 

Juan Ballester. “El efecto Star Lux”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles 21 de noviembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/92062/la-voz-de-los-muertos

La voz de los muertos

“El efecto Star Lux” de Juan Ballester ha recibido de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios el “Premio mejor novela 2012”“por su decidida apuesta literaria en la construcción de una historia que aborda los conflictos fundamentales de la vida: el amor, la muerte y el tiempo, tratados en un tono directo y coloquial”.

Y sin pretender que le quiten el premio, que considero merecido, hay en ese extracto una parte con la que no estoy de acuerdo. Porque establecer como un mérito su “tono directo y coloquial” puede hacer creer a los lectores que esta novela es literatura de hamburguesería y refresco de cola cuando es totalmente lo contrario. “El efecto Star Lux” es una de esas elaboradas comidas que requieren sentidos atentos, masticación lenta y un lugar sin bullicio. Una novela de las de leer despacio, sin ansiedad ni hora de cierre. Y ya sé que eso son malas recomendaciones para los tiempos que corren; pero si se siguen esas sencillas reglas se obtiene la recompensa de una novela intensa, dura y profunda que no es de fácil lectura.

El premio, y creo que su justificación, está en no ser una novela de narración lineal y convencional, de cómoda digestión y con vocación de best-seller. En ser personal y a la vez difícil. Y además de eso en la gran originalidad de su planteamiento en el que partiendo de una situación trágica: un suicidio; hace que el forense que debe practicar la autopsia y el muerto sean amigos desde la infancia. Y ese encuentro premeditado e inevitable entre ellos, ese abrir la carne y las vísceras del cuerpo del amigo lleva a que “Si escuchaba con los ojos, respondería a mis preguntas en la conversación más anhelada, íntima y cómplice que dos personas han tenido jamás”. Situación que se ve incrementada con una serie de tatuajes en la piel del suicida que son mensajes póstumos que convocan el recuerdo, dan instrucciones, sirven para confirmar una sospecha y descubrir un secreto. Y es ahí, en esa posibilidad que Ballester hace real: que los muertos hablen, donde se hace patente la verdad de que esta es una novela que trata de la vida y la muerte; pero para mi en esa clasificación falta algo que es trascendental en “El efecto Star Lux”: la amistad. Una amistad que surgió en la infancia y que sirvió para no sucumbir a la desesperanza. Amistad que se mantuvo a lo largo de los años, el tiempo y sus mudanzas. Hermandad y fidelidad forjada por encima de todo: aventura, errores, distancia, envidias, clases sociales, heridas, competición por una misma mujer, cambios de sexo, enfados, intentos de asesinato y autodestrucción. Amistad de la juventud y su intensidad, de los adultos y sus derrotas, de todas las mutaciones que se producen en la vida y sus fases lunares.

Y es verdad que el amor es la tercera fuerza de esta novela. La del amor y su pérdida desde la orfandad y su cicatriz, el de la familia y sus palabras tardías, el de pandilla y borrachera y todos para uno aún cumplidos los treinta, y, sobre todo, el amor arrollador y su centro de gravedad. Porque el amor es la causa y el efecto, es la atracción y la carne y es odiar la belleza y su trampa. Es la conquista, la felicidad y la paternidad, y es el adulterio, la separación, el hijo, la reconciliación, la humillación y el hundimiento. Son las segundas oportunidades que llegan tarde, cuando el corazón ya está roto. Es entender el porqué de un suicidio. El fracaso del amor que era la vida. Saber qué hay detrás, adónde vamos después de la muerte.

“El efecto Star Lux” es una novela que deslumbra, pero que deja cierto desconcierto en algunos momentos. El estilo narrativo, que es su mayor mérito, produce unas veces situaciones poco claras que te hacen repetir la lectura del párrafo, dar marcha atrás, rebobinar en un ejercicio molesto para el lector; y en otras hay cierta pesadez enigmática y absurda. Pero a pesar de que en determinados momentos no sepamos dónde estamos, que algún diálogo resulte surrealista o poco claro, que el viento afloje y el viaje se haga tedioso; no perderemos nunca el rumbo; y la marea y la resaca, la intensidad realista, su vitalismo, la risa, la pasión y la tormenta, la compasión, la debilidad y el misterio de esta historia de amistad, amor y muerte creada por Ballester nos dejará malheridos pero más sabios.

Juan Ballester. “El efecto Star Lux”. 421 páginas. Segunda Edición. Arola Editors. Tarragona, 2012. 

Mario Levrero. “Caza de conejos”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 18 de noviembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=779030

Raro y exquisito

Los que alguna vez se han tropezado conmigo saben de mi debilidad por los libros ilustrados. Pero más allá de una infancia de cuentos y tebeos mi afición por este formato es racional y estética, y, sobre todo, rebelde resistencia. Y es que un amigo que es profesional y entusiasta de la tecnología me afirmó con rotundidad que el libro, en su formato clásico, está muerto. Y yo, para rebatirle, además de motivos románticos, le hablé de los libros ilustrados. Porque si lo exclusivo es una de las maneras de sobrevivir en esta época terrible otra es regalar un trozo de tarta de manzana con el café con leche. Porque la mejor forma de derrotar a esos bárbaros y prácticos adoradores de los gadgets que necesitan corriente eléctrica para ser vistos es un libro como este “Caza de conejos”. Porque por muchas ventajas que puedan aportarnos los e-books el papel les ganará siempre la partida cuando se convierte en algo más que letras y sólo letras. Cuando a la vista se le unen el color, el tacto; el arte. Cuando el libro se convierte en un objeto con alma. En un exquisito trabajo de edición con sobrecubierta, tapa dura, rojo sobre blanco y negro; cuando podemos saborear su carne aliñada con las maravillosas ilustraciones de Sonia Pulido.

Y por si ese suculento festín no fuera suficiente descubriremos a Mario Levrero, uno de esos escritores raros, minoritarios, excéntricos y libres que nos convierte en pueblerinos fabricantes de gaseosas. “Caza de conejos” se escribió en 1973; y esa fecha es una bofetada porque nos daremos cuenta de que nos creemos muy modernos y somos muy ignorantes. Porque esta es una colección de microrelatos, ese género que parece un invento de ahora, y resulta que un uruguayo ya había inventado la pólvora cuando nosotros encendíamos el primer petardo. En esto los hispanoamericanos llegaron antes y nos dejan en evidencia. Fueron ellos los que inventaron la patente de ese juguete literario y lo pusieron en órbita terrestre.

“Caza de conejos”son ciento dos microcuentos, fábulas surrealistas o variaciones geniales sobre un mismo tema: cazadores que cazan conejos blancos; conejos que cazan cazadores con sombreros rojos; guardabosques cazados; humanos disfrazados de conejos y viceversa; hombres y animales híbridos, cambiando los papeles. Mutaciones, aliteraciones, trampas; sorpresa, absurdo humor negro, erotismo, ironía, carcajada, pesadillas y placentera sobredosis de imaginación políticamente incorrecta aumentada con el regalo de los dibujos de Sonia. “Amaestramos un conejo y lo disfrazamos de oso bailarín. Se lo vendimos a un circo. Nos dieron mucho dinero, pases gratuitos para todas las funciones y una mujer gorda y barbuda que tenían repetida”. La capacidad de Levrero para recrear, mudar, versionar una imagen; reinventar y repetir una idea e incluso mejorarla, ponerla del derecho y el revés, jugar y provocar. Mario, como el mago que saca conejos de su chistera, saca de su imaginación estos relatos; y nosotros, adultos serios, nos divertimos y asombramos como niños.

Mario Levrero. “Caza de conejos”. 163 páginas. Ilustraciones de Sonia Pulido. Libros del Zorro Rojo. Barcelona, 2012. 

Libros del Zorro Rojo

http://librosdelzorrorojo.blogspot.com.es/

Sonia Pulido

http://soniapulido.blogspot.com.es/

Jesús Moncada. “El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”

 

 

Reseña aparecida en el nº 104 de la revista “Turia”.

Jesús Moncada, pintor.

Es muy probable que muchos que conocen y admiran la obra narrativa de Jesús Moncada desconozcan su faceta como pintor. Y sin embargo durante dos décadas, entre 1962 y 1982, compaginó la escritura con la pintura: “Entonces ya sólo trabajaba por las mañanas en Montaner y Simón y dedicaba las tardes a pintar. Quería encontrar el desenlace al eterno problema del escritor, y del artista en general: ganarme la vida y disponer a la vez de tiempo suficiente para no verme limitado a ser escritor y pintor dominguero. Me pareció que la pintura podría darme la independencia económica para liberarme de una jornada laboral esterilizadora y me permitiría repartir las horas entre el caballete de pintor y la máquina de escribir. Dos décadas en las que Moncada lo intentó hasta que: “La quiebra de Montaner y Simón […] me cambió los planes. La muerte, en 1982, de mi padre, y las circunstancias familiares que se derivaron, hicieron que dejara de plano la pintura. Por otro lado, he reflexionado bastante sobre este asunto y estoy plenamente convencido que la pintura no ha perdido nada con mi retirada sino todo el contrario… si algún día vuelvo a coger los pinceles será únicamente para distraerme”. Pero hasta ese 1982 Moncada fue pintor y escritor. Escritor que en 1971 con “Historias de la mano izquierda” ganó su primer premio; pintor que realizó en esos veinte años diferentes exposiciones: Mequinenza (1966 y 1970), Barcelona y Mataró (1977), Vilassar de Mar (1979) y Arenys de Mar (1980). Escritor que obtuvo en vida múltiples premios y merecidos reconocimientos; pintor que, después de su fallecimiento, su obra se presentó entre 2005 y 2007 en Mequinenza, Lérida, Fraga, Barbastro y Calatayud con distintas exposiciones. “Hoy, gracias a la generosidad de Rosa María, hermana de Jesús, se puede contemplar un nutrido grupo de sus obras pictóricas en el Museo de Historia de Mequinenza, donde se ha habilitado una ubicación denominada “Espacio Moncada” para la contemplación de sus cuadros y dibujos”. La editorial Prames, dentro de su colección “Las tres Sorores”, recupera y nos descubre al pintor publicando “Jesús Moncada. El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”,  exhaustivo y excepcional catálogo en el que reúne su obra pictórica completando de esta manera la figura de Moncada como artista. Pedro Pablo Azpeitia en el texto del catálogo relaciona la pintura de Moncada con las vanguardias históricas: el surrealismo de Max Ernst, las desfiguraciones de Bacon y la pintura metafísica de De Chirico, y con las vanguardias artísticas activas en Barcelona en las décadas de los 60 y los 70.

Este “universo visual” de Moncada se divide en tres partes. La primera: “Cuadernos negros. Expresionismos”, recoge dibujos hechos con pluma y bolígrafo en dos pequeños cuadernos: una agenda de 1965 y una libreta de 1966 cuando Moncada residía en Mequinenza antes de trasladarse a Barcelona. Retratos de temática taurina, esperpentos de carnaval, interiores de taberna y bodegones de su taller.

Una segunda parte: “Cuadernos grises. Ultrarrealidades”, en la que se abre una nueva etapa. Moncada abandona el expresionismo anterior y se atreve con las abstracciones. Dibujos en los que el trazo se perfila y aparece un territorio imaginario propio del surrealismo, la nueva figuración y el postcubismo. Partiendo de la realidad reconocemos la humanidad, pero distorsionada; deformada. Sus dibujos, sobre todo los retratos, levantan el velo de la piel y descubren la musculatura: la carne es materia moldeable. Sus bodegones son espejos fragmentados, los objetos se hacen transparentes y sus sombras unas veces son líquidas y otras cuerpos sólidos.

Y una tercera parte y última: “Cuaderno ecléctico. Pinturas”, en la que aparecen sus óleos y que desarrollan las ideas y figuras aparecidas en los “Cuadernos grises”: los bodegones en movimiento, el cuerpo humano y sus vacíos, su parte de carcasa y volumen, la humanidad reconocible y anónima. Óleos en los que el color es el protagonista absoluto y la línea negra remarca el perfil de las figuras y los objetos.

Pedro Pablo Azpeitia recoge múltiples influencias y referencias en la obra de Moncada. Y él mismo se reconoce íntimamente deudor de Francis Bacon y, sobre todo, de Kandinsky. Sin embargo yo echo de menos algunas omisiones realmente sorprendentes. Echo en falta que en los dibujos expresionistas y realistas de sus “Cuadernos negros” no cite a José Gutiérrez Solana. Que se reconozca y nombre a la abstracción europea y al grupo catalán “Dau al set” y no se cite al hablar del cubismo y el surrealismo a Juan Gris, Picasso y Dalí; predecesores de toda la vanguardia española.

Es evidente que el Moncada escritor no es el mismo que el Moncada pintor. El escritor es realista, gris, sentimental y memorialista; el pintor es colorista, abstracto, surrealista, cubista y atraído por la desfiguración. Dos partes distintas y contradictorias de un mismo hombre. Dos lenguajes completamente diferentes que completan el artista y lo engrandecen. Y aunque muchos de sus dibujos y óleos son de difícil comprensión la mayoría de ellos resultan extraordinarios en su perspectiva, cromatismo, planteamiento y (des)composición de la realidad. Pero aunque Moncada era un dibujante y pintor notable y con talento no deja de ser uno más entre los de su época. Es por eso que sus mejores cuadros son los que representan su universo literario particular, único; diferente del resto. En los que se reconoce la huella de Mequinenza. Sus dibujos de taberna, tertulia, vino y baraja; marineros de agua dulce que no sabían nadar, puertos en las orillas del río de su camino de sirga. Sus óleos con sus colores terrosos, el campo, los tejados, las casas y el río en el horizonte; los hombres de pueblo, agricultores con blancas camisas sin cuello, chaleco y boina. La obra narrativa de Moncada era la evocación de un mundo condenado a desparecer y en sus pinturas reproducía ese pasado con las formas vanguardistas del presente más inmediato. Dos maneras completamente distintas de hacer inmutable el mismo paisaje.

Jesús Moncada. El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”. Edición bilingüe castellano-catalán. 151 páginas. Textos de Pedro Pablo Azpeitia. Colección “Las tres Sorores”. Prames. Zaragoza, 2012.

Andrés Trapiello. “Ayer no más”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves 8 de noviembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/91414/el-peso-de-la-verdad

El peso de la verdad

Hace ya tiempo que me juré a mi mismo no volver a leer un libro que tratara o tuviera como argumento la Guerra Civil. Pero tratándose de Andrés Trapiello tuve claro que haría una excepción. Y ahora no me arrepiento de haber roto ese juramento. Al contrario, ha sido un acierto hacerlo, porque libros como este “Ayer no más” son los que realmente necesitamos leer para entender esa Guerra. Porque necesitamos más ecuanimidad y menos apasionamiento, más serenidad y menos maniqueísmo, más dudas y menos certezas, y, sobre todo, mucha más triste realidad y menos idealizar el pasado imperfecto.

Respecto a esa maldita Guerra hay algunas cosas que tengo claras. La primera es que no se trata de una historia de buenos y malos. La segunda es que estoy harto de ella y de que tantísimos años después se utilice como excusa, munición, argumento político, y que sea un recurso artístico inagotable que se reutiliza y recicla para hacer versiones siempre desde el mismo punto de vista. Y la tercera es que de lo que más me alegro es de no haber vivido esa época terrible. La de los años antes, durante y después de esa Guerra. Ni sus antecedentes, ni sus cuatro años de sangre y muerte, ni sus consecuencias, crueldad y humillación posterior. De haber nacido a finales de la década de los sesenta.

Pero lo que más me sorprende es que setenta y seis años después entre los nietos de aquellos muertos todavía sigan existiendo dos interpretaciones irreconciliables incapaces de comprender y perdonarse unos a otros; que persista esa ceguera en blanco y negro; que la subjetividad se imponga a la objetividad y a la vergüenza propia y ajena. Que sigamos siendo un pueblo de rencorosos patanes que prefiere la comodidad y seguridad del gregarismo al individualismo y al riesgo de pensar por uno mismo. Un pueblo al que le gusta poner etiquetas y hacer tachaduras; reducir lo complicado, contradictorio y enorme de la humanidad y sus actos a algo sencillo que pueda manejar, escupir o corear: un adjetivo, un eslogan o un epitafio. Y yo no soy de esos. No soy tuerto de un ojo. Soy de los que dudan y se hacen preguntas. Y siente lástima y pena de tanta sinrazón.

Y eso es lo primero que hay que agradecerle a Trapiello. Que escuche sin excluir y quiera comprender. Que mire a los dos lados de la calle antes de cruzar. Que sienta vergüenza y el mismo horror ante los crímenes de unos y otros. Que no vea esa etapa de nuestra historia como algo monocromo, compacto y sin fisuras, diáfano como un cristal. Y que lo escriba. Por eso esta novela no gustará a ninguno de los dos bandos. Por eso es necesaria, recomendable y de agradecer, porque necesitamos que se hable de la Guerra Civil como lo hace él: con decencia, sin dogmas ni banderas, con respeto, dolor, independencia, escepticismo y distancia.

Pero además de esa parte de ensayo o de larga conversación pasada a limpio, de meditación por escrito, este “Ayer no más” tiene una parte de novela en la que se cuenta desde un caso concreto la historia del bando de los vencedores y sus asesinatos en su zona en los primeros meses del 36 y la represión que ejercieron al acabar la Guerra. Hechos espeluznantes, condenables sin duda; pero que también dejan la pregunta de ¿qué hubiera pasado si los republicanos hubieran ganado la Guerra? Y es también un análisis sobre la “Memoria histórica”, las fosas y la responsabilidad de los victimarios. Y al tratar de esa memoria se reconoce la parte de verdad y de necesaria justicia con las víctimas para cerrar su duelo, pero también de oportunismo, provecho personal, ambición y dinero, de la utilización de esos huesos por los vivos. Todos los muertos son iguales, la memoria debe ser igual para todos. Y no debe hacerse desde valores absolutos sino desde los nombres y apellidos. Porque ¿qué pasaría si uno de esos luchadores de aquella falsa Arcadia poética, aquel paraíso feliz que no fue la República y que hubiera cometido o fuera cómplice o encubridor  de uno o varios asesinatos durante la Guerra regresara a España en 1978? ¿Qué pasaría si ese hombre fuera nuestro padre? Por la libertad y democracia murieron, ¿en nombre de qué libertad y democracia mataron?

Al final “No más ayer” nos deja la única verdad de toda esa maldita Guerra. La de cientos de miles de hombres (niños y adolescentes)  marcados de por vida por lo que habían sufrido y hecho; destruidos, amargados para siempre por el odio y su sombra. Mintiéndose a si mismos, negando, justificándose en el fanatismo de los demás para evitar el remordimiento de conciencia y el arrepentimiento. Y cómo esa actitud separó a un padre y a un hijo. A un hombre de su familia por poner la dignidad y la verdad por encima del amor incondicional.

Andrés Trapiello. “Ayer no más”. 310 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2012.

David Monteagudo. “El edificio”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 8 de noviembre de 2012.

De artesanos y artistas

No es la primera vez que me sucede –y seguro que no será la última- pero no encuentro un ejemplo mejor para explicarlo. Estos relatos de David Monteagudo me dejan, de nuevo, la moral del empate. De ver jugar a alguien que no ha perdido, pero que tampoco ha ganado el partido.

“El edificio” son dieciocho relatos en los que hay oficio, minuciosidad, esfuerzo y capacidad de observación, pero que no tienen ese extra que consiga emocionarnos, los convierta en algo inolvidable, indeleble. La diferencia entre el artesano y el artista.

Su mayor virtud está en su variedad temática. Desde la creación de una civilización y una nueva arca de Noé a la ensoñación materializada de un deseo sexual que se convierte en el papel satinado de una revista porno, de lo folclórico a la alucinación, de lo doméstico a lo humorístico, de lo inexplicable a la curiosidad, de lo metafórico a la compasión, de la violencia a lo demencial, del recuerdo a la obsesión, de la ensoñación a la realidad y de la enajenación al terror ciego. La mayoría (sino todos) están correctamente escritos y demuestran en Monteagudo inquietud intelectual y un conocimiento de aspectos técnicos y científicos basados en sus propias experiencias, lecturas, aficiones o pesadillas. Monteagudo se expresa con una sintaxis clara y exacta y con un estilo esencialmente descriptivo, de cámara lenta, en el que destaca su manejo del tiempo, los escenarios y los detalles. Su narrativa es una práctica y eficaz maquinaria, una herramienta precisa. Pero resulta fría, frustrada, funcionarial; impecable como un criado inglés, impersonal, preciso y apasionado como un informe forense.

Quizás sea porque el carácter de Monteagudo sea ese: reflexivo, introspectivo, calculador, sosegado. Quizás estos relatos sin fechar sean la sucesión cronológica de unos textos escritos en un viejo cuaderno que se empezó hace mucho y se terminó hace relativamente poco, un ejercicio de varias décadas afinando el pulso y la puntería. En todos encuentro un estilo limpio, detallista, expositivo y naturalista. En alguno de ellos encuentro instantes, metáforas notables, potentes imágenes sueltas, párrafos sobresalientes; puertas entreabiertas, mundos paralelos y posibles; una buena idea, un buen final; la ironía inteligente del que es capaz de reírse de sí mismo, el mérito de la determinación y la constancia, el gusto por lo enigmático y la sorpresa, el realismo y la fantasía; la insinuación y el juego del equívoco, la complicidad con el lector, un espejo que habla. Pero también encuentro la irregularidad, el argumento infantil, la expectativa fallida, la nadería, lo trivial, lo inocuo, el cartucho de fogueo, lo insulso, el agua tibia. Y en ninguno el golpe, la puñalada, el desgarro, la herida, el daño, la embriaguez, esa emoción que te atraviesa y te hace temblar, meterte dentro de la historia, creértelo; el engaño y la verdad genial de la literatura.

David Monteagudo. “El edificio”. 171 páginas. Acantilado. Barcelona, 2012.

Pablo Gutiérrez. “Nada es crucial”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 4 de noviembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=776465

Con estilo propio

En los pueblos sentimos atracción por los veraneantes de la capital y los feriantes. La vida multiplicada por mil de la ciudad, la vida nómada de las carreteras; su posibilidad de escapar al llegar septiembre. En el oriente pobre los nativos se visten como los europeos: sus camisas, sus zapatos, sus iPhone 3G y sus coches alemanes. Y los occidentales, residentes temporales, se disfrazan seriamente con los trajes típicos de los nativos.

Nos seduce lo diferente y en literatura sucede lo mismo. Estamos cansados de oír la misma música, repetir el mismo baile con ligeras variaciones en la coreografía. Pensamos que no es posible otra cosa y nos resignamos al prêt à porter, por eso caemos rendidos ante Pablo Gutiérrez y su literatura a contracorriente. Pablo es lo nunca visto y oído. El chico de la capital que llega a la aldea manchega, la sueca en bikini en el pueblo de pescadores; el perro verde de la literatura. Pablo tiene esa maldita cosa que se llama estilo propio y los paletos envidiamos. Pablo dinamita lo convencional, hace posible la –hasta ahora imposible- simbiosis entre la lírica y la narrativa. Un poema que es una novela. Una novela con el ritmo, la banda sonora de unos versos superpuestos en rima asonante.

Pablo nos deja magullados y boquiabiertos ante la belleza rotunda, original e hiriente de su forma de contar, describir, hacer ver. Su poesía de carne y hueso en sesión continua. “Nada es crucial” es la tormenta en un escaparate. Es el escenario salvaje de un descampado y un piso de dos habitaciones. Es meter la cabeza dentro de esos lugares que, por miedo, siempre miramos de reojo. Una cueva del extrarradio, el hijo de dos yonquis, Mowgli sin cuento en una selva de cemento y basura que es adoptado por dos apóstoles y un mesías de un nuevo ejército de salvación. Es la historia de Magui, niña herida por un abandono que se hace mujer con la única compañía de la soledad y su extraordinaria belleza. Dos flores pisoteadas entre el estiércol que renacen en un “Mundofeo” que es el nuestro y que sobreviven a las patadas ajenas y a las tormentas propias y consiguen salvarse mutuamente de su desamparo al encontrarse respondiendo a su “Save Our Souls” en código morse.

“Nada es crucial” no es una lectura fácil. Es un libro que nos deja un intenso sabor dulce y amargo y que no es recomendable para los paladares que gusten de la literatura de autobús o tumbona en la orilla. Un texto que rompe con los esquemas y juega con los principios teóricos de los manuales de cómo debe escribirse una novela. Una larga poesía neorrealista de desafecto y amor que produce adicción.

Y a pesar de la admiración queda también la duda. El pasarse de frenada, la dificultad de medir las distancias. La borrachera de palabras que nubla la clarividencia. El exceso de pólvora y belleza, la poesía incrustada en la narrativa fagocitándola, devorándola como un Saturno hambriento. La duda de ser un estilo más adecuado y que da mejor resultado en la distancia corta del relato. La absoluta seguridad de que no dejará indiferente.

Pablo Gutiérrez. “Nada es crucial”. 248 páginas. 3ª edición. Lengua de Trapo. Madrid, 2011.

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