David Monteagudo. “El edificio”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 8 de noviembre de 2012.

De artesanos y artistas

No es la primera vez que me sucede –y seguro que no será la última- pero no encuentro un ejemplo mejor para explicarlo. Estos relatos de David Monteagudo me dejan, de nuevo, la moral del empate. De ver jugar a alguien que no ha perdido, pero que tampoco ha ganado el partido.

“El edificio” son dieciocho relatos en los que hay oficio, minuciosidad, esfuerzo y capacidad de observación, pero que no tienen ese extra que consiga emocionarnos, los convierta en algo inolvidable, indeleble. La diferencia entre el artesano y el artista.

Su mayor virtud está en su variedad temática. Desde la creación de una civilización y una nueva arca de Noé a la ensoñación materializada de un deseo sexual que se convierte en el papel satinado de una revista porno, de lo folclórico a la alucinación, de lo doméstico a lo humorístico, de lo inexplicable a la curiosidad, de lo metafórico a la compasión, de la violencia a lo demencial, del recuerdo a la obsesión, de la ensoñación a la realidad y de la enajenación al terror ciego. La mayoría (sino todos) están correctamente escritos y demuestran en Monteagudo inquietud intelectual y un conocimiento de aspectos técnicos y científicos basados en sus propias experiencias, lecturas, aficiones o pesadillas. Monteagudo se expresa con una sintaxis clara y exacta y con un estilo esencialmente descriptivo, de cámara lenta, en el que destaca su manejo del tiempo, los escenarios y los detalles. Su narrativa es una práctica y eficaz maquinaria, una herramienta precisa. Pero resulta fría, frustrada, funcionarial; impecable como un criado inglés, impersonal, preciso y apasionado como un informe forense.

Quizás sea porque el carácter de Monteagudo sea ese: reflexivo, introspectivo, calculador, sosegado. Quizás estos relatos sin fechar sean la sucesión cronológica de unos textos escritos en un viejo cuaderno que se empezó hace mucho y se terminó hace relativamente poco, un ejercicio de varias décadas afinando el pulso y la puntería. En todos encuentro un estilo limpio, detallista, expositivo y naturalista. En alguno de ellos encuentro instantes, metáforas notables, potentes imágenes sueltas, párrafos sobresalientes; puertas entreabiertas, mundos paralelos y posibles; una buena idea, un buen final; la ironía inteligente del que es capaz de reírse de sí mismo, el mérito de la determinación y la constancia, el gusto por lo enigmático y la sorpresa, el realismo y la fantasía; la insinuación y el juego del equívoco, la complicidad con el lector, un espejo que habla. Pero también encuentro la irregularidad, el argumento infantil, la expectativa fallida, la nadería, lo trivial, lo inocuo, el cartucho de fogueo, lo insulso, el agua tibia. Y en ninguno el golpe, la puñalada, el desgarro, la herida, el daño, la embriaguez, esa emoción que te atraviesa y te hace temblar, meterte dentro de la historia, creértelo; el engaño y la verdad genial de la literatura.

David Monteagudo. “El edificio”. 171 páginas. Acantilado. Barcelona, 2012.

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2 pensamientos en “David Monteagudo. “El edificio”

    • En lo de “Fin” no te puedo decir porque no lo leí. Pero si es del estilo de estos relatos no lo leeré. Y viceversa. No me gustan los autores que me dejan frío, ni un sí ni un no. Un sí, pero no. Que me dejan con la moral del empate.
      Gracias. Un abrazo.

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