Paul Auster. “El cuento de Navidad de Auggie Wren”

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Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo 16 de diciembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=783905

Pequeño y valioso regalo

Yo no soy de los que recomienda o apadrina. Ni siquiera estas líneas las considero algo más que una simple opinión. Pero ahora que se acerca la Navidad me atrevo a hacer una sugerencia. Algo sencillo y pequeño, pero artístico. Como hecho a medida.

Algunas cosas se pierden; otras, curiosamente, se recuperan. En mi familia, cuando llegaron los nietos, mis padres decidieron rescatar la tradición de “La Tronca de Navidad”. Resulta entrañable la credulidad de los niños en la magia. Y aunque recuperada, la Tronca de este siglo XXI ya no trae turrones y vino blanco, ahora son regalos pequeños de poco valor económico y siempre inesperados, fuera de cualquier carta o lista. Aunque yo resulto completamente previsible y nada original. La Tronca siempre regala libros.

Y así me encuentro con este “El cuento de Navidad de Auggie Wren” de Paul Auster, publicado por Booket, la colección de bolsillo, que reúne todas las condiciones de tamaño, temática y calidad que lo hacen perfecto para la sencilla magia de La Tronca.

Porque tiene la parte de objeto artístico, de libro editado con alma: tapa dura, lomo en tela, buen papel y además ilustrado. Un cuento breve que es el embrión de la película “Smoke”, dirigida en 1995 por Wayne Wang, y de la que Paul Auster escribió el guión. Un relato del que salió una película y que sirve, de nuevo, para reivindicar esa relación subordinada y pocas veces reconocida de la literatura respecto al cine y que la mayoría desconocen. Un cuento breve que además de reunir las condiciones de ser algo más que un simple libro contiene diferentes historias relacionadas con la fotografía y el oficio de escribir. Algo que para mí lo hace todavía más especial. Porque cada uno tenemos nuestras debilidades, pero en el caso de coincidir con una de las mías: la fotografía, hacen de esta historia y su original idea algo que nos enseña a ver lo que una imagen guarda. Y es que Auggie Wren lleva haciendo desde hace doce años una fotografía de una esquina de Brooklyn a la misma hora. Trescientas sesenta y cinco fotografías que aparentemente son la misma. “Todo el proyecto era un monótono ataque de repetición, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un inacabable delirio de imágenes redundantes”. Miles de fotografías que pasar sin ver ni entender. Y descubrir que si miras con detenimiento, si prestas atención, verás pasar el tiempo –natural y humano- y sus variaciones atrapado en una esquina del mundo. Un relato breve que trata la angustia del escritor al aceptar escribir un cuento por encargo sobre la Navidad para el que no se le ocurre nada y cómo su amigo Auggie le salva contándole una historia entre la compasión de una buena obra y el remordimiento de una mala acción; que habla de la mala y buena suerte, de las mentiras e ilusiones y de un deseo que se cumple. “Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no sea verdadera”. Y la Navidad es el tiempo perfecto para creer después de dar por cierto que de un tronco de madera salen pequeños y valiosos regalos.

Paul Auster. “El cuento de Navidad de Auggie Wren”. 36 páginas. Ilustraciones de Isol. Booket. Seix Barral. Barcelona, 2012.

Isol. Ilustradora argentina.

http://www.isol-isol.com.ar/

Susana Hernández. “Contra las cuerdas”

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Lesbos y Babel

Hay libros que son algo más que simples lecturas. Libros que nos sorprenden y hacen que nos enfrentemos a nuestros prejuicios y tópicos. Libros que nos muestran una versión desconocida y que desde su punto de vista nos obligan a mirar de otra manera la realidad. Y “Contra las cuerdas” es uno de esos libros.

Lo único que sabía es que se trataba de una novela negra. Y que sus protagonistas fueran dos subinspectoras: Rebeca Santana y Miriam Vázquez me llamó mucho la atención porque estamos habituados a que las parejas de policías sean siempre hombre y mujer. ¿Rompiendo moldes para singularizarse del resto? ¿Una estrategia, un golpe de efecto? Me resultó curioso, una idea atractiva, pero nada más. No tenía ni idea de que una de ellas -Santana- era lesbiana. Lo descubrí en la tercera página. Y me quedé descolocado porque pensé que eso era algo que todo el mundo sabía menos yo. Pero en ese momento me acordé de “Black, black, black” y decidí seguir adelante. ¿Una versión femenina de Arturo Zarco?

Sin embargo todo se vino abajo cuando Vázquez (heterosexual) tiene un amante: Terim, que es “un espectacular masajista turco”; y Santana conduce una Harley-Davidson. Antonio Gala se apareció de golpe y el estereotipo de machorra con botas y chupa de cuero se hizo visible. Reconozco que ahí estuve a punto de dejarlo.

Pero aguanté unas cuantas páginas más y vino a salvarme un cigarrillo electrónico, mi solidaridad de fumador y un diálogo entre Santana y Vázquez que me hizo sonreír. Apareció en ese instante el humor y lo mejor de la novela que se repite constantemente: sus diálogos. Diálogos repletos de ingenio, dolor y sinceridad

El resto son dos novelas en una. Por una parte la que es estrictamente novela negra: la trama de un asesino en serie con todos los elementos clásicos del género incluido un giro inesperado y macabro, y un final que deja abierta la posibilidad de una continuación al estilo “El silencio de los corderos”. Una parte correcta, con ritmo y tensión, realista, perfectamente estructurada y dosificada, fiel traducción de una película americana y una serie de televisión española.

Y por otra parte la historia de su protagonista: Santana, en la que intervienen diferentes subtramas que unas veces me parecen nutritivas y magníficas en su interpretación y contenido y otras forzadas y fuera de lugar. Porque la difícil relación de Santana con su madre me parece dramática y enriquecedora, pero la de la acosadora me resultó peliculera y nada original y la de la ex amante que reaparece convertida en jefa un guión de BMovie de medianoche.

“Contra las cuerdas” tiene un lenguaje directo y un tono que la mayoría del tiempo es su gran mérito, pero en otros ese lenguaje se hace vulgar y chabacano, convirtiendo a sus dos mujeres protagonistas en dos princesas de pueblo y mercadillo. Susana escribe sin complejos de ningún tipo, literatura descarada de buenas metáforas: “Malena se agarró a las frases como un borracho a una farola” y escribe párrafos brillantes que describen el desencanto: “Con qué poco se puede resumir una vida. Tres cajas de Lejía Conejo bastaban para albergar los treinta y siete años de Luisa Benavente. Seguro que no era esto lo que soñaba de niña; un piso feo, cuatro cosas venidas a menos, una cuñada rancia y una muerte horrible. Menuda estafa”. Y que también brilla cuando habla de “la parte mala del negocio” de ser policía: “los casos sin cerrar, los crímenes que quedan impunes”. “El infierno está en la Tierra, y el cielo, en ninguna parte”.

Una novela con diálogos rotundos, contundentes, irónicos y sentimentales que chocan con unos personajes en los que todos, absolutamente todos –menos los asesinos- son buenos compañeros y buenos amigos y personas totalmente comprensibles.

Y aunque Santana y Vázquez hagan una muy buena pareja de poli buena y poli mala, en “Contra las cuerdas” los hombres aparecen siempre en un segundo plano, reducidos a meras comparsas ante el protagonismo absoluto y dominante, sin equilibrios, de las mujeres; en una puesta en práctica de esa discriminación positiva que la convierte en una especie de novela de género.

Y por último la parte romántica ante la que reconozco que tuve la tentación de hacerme el sueco, pero hacerlo hubiera sido obviar –por cobardía o comodidad- la mitad de la novela. Y es que “Contra las cuerdas” es además de una novela negra una historia de amor entre dos mujeres. Y curiosamente en lugar del previsible morbo del heterosexual lo que sentí fue rubor. El episodio de la fiesta Silk, el lenguaje, las demostraciones de cariño después de la reconciliación me resultaron vulgares, impropios, cursis, exageradas, ñoñas, sobreactuadas, empalagosas. Y me lo hubieran parecido igual aunque hubieran sido entre un hombre y una mujer. “Sus palabras, era cierto, sonaban a refritos de canciones mil veces escuchadas, a poemas de medio pelo, a diálogo de culebrón barato”.

Resulta inevitablemente contradictorio y desconcertante. Y supongo que su verdadera intención será la autora la que la conozca. Y que también dependerá de quién sea el que valore la novela. No quisiera que “Contra las cuerdas” resultara simplemente una novela reivindicativa, de mensaje e intención, pluma y manifestación, una novela de consumo interno, escrita desde y para un colectivo y que ahí se quede. Y aunque esa parte sea verdad a mí –por forzada, explícita y de cuota- me parece la menos acertada. Porque encuentro que sus méritos, sus matices, sus aciertos están fuera de ella. Están en los diálogos y en el humor, en su estilo ágil y directo; en la fortaleza y debilidad de Santana, en la relación con su madre, en los sentimientos, en la dificultad de encontrar las palabras y actos adecuados para cerrar algunas heridas; en los miedos y dudas, en el desencanto, en la parte dolorosa del amor, sus errores y su nostalgia sin sexos.

Susana ha demostrado su implicación con una parte que le concederá un merecido reconocimiento. Pero creo que si quiere superarse, crecer y mejorar, llegar a más, la próxima novela que escriba debe ser una para todos los públicos, gustos y tendencias.

Susana Hernández. “Contra las cuerdas”. 286 páginas. Editorial Alrevés. Barcelona, 2012.

Juan Manuel de Prada. “Me hallará la muerte”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”

http://www.culturamas.es/blog/2012/12/05/entretenimiento-seguro/

y en la web “La Tormenta en un Vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2012/12/me-hallara-la-muerte-juan-manuel-de.html

Entretenimiento seguro

Para los que de una novela esperan –sin que eso signifique nada malo- una buena historia bien contada, una película hecha con palabras, entretenimiento, emoción, tragedia, pasión, aventura, novela negra, intriga, erotismo, drama y romanticismo tienen en “Me hallará la muerte” su libro perfecto. Porque en esta novela se encontrarán en una primera parte a uno de esos tipos sin suerte que abandonados en la inclusa y apellidados Expósito tiene el destino escrito con renglones torcidos. Pícaro en un Madrid de posguerra del que debe salir huyendo alistándose en la División Azul cuando aquella legión lejos del idealismo de la primera leva daba cobijo a delincuentes, pobres en busca de la soldada y prófugos políticos. Segunda parte de novela de guerra y cautiverio, hazañas bélicas y muerte, supervivencia en la que para no morir se debe renunciar al honor y la bandera, hacerse apóstata, aliarse con la delación, la traición y la mentira. Una casualidad que aprovechar para poder regresar y vivir la vida que nunca se tuvo. Pasar, trece años después, de recibir propinas por abrir la puerta de un taxi a cenar en restaurantes de lujo. Suplantación de identidad que es la tercera parte de la novela –y la más interesante- y que lleva consigo sucumbir ante algunos pecados capitales: la avaricia y la lujuria; y en incumplir al menos siete de los diez mandamientos: no amar a Dios, asesinar, cometer actos impuros, robar, codiciar los bienes ajenos, engañar y  provocar la muerte ajena.

Novela en la que aparece el oportuno recordatorio del paraíso comunista convertido en un Gulag y que no se había narrado desde “Embajador en el infierno” de Luca de Tena y en el que murieron millones de seres humanos y entre ellos un puñado de españoles igual que los republicanos en los campos de exterminio nazis. Fascismo y comunismo presentando sus credenciales. Congelación, gangrena, amputación, inanición, enfermedad, crueldad, humillación, heroísmo y claudicación. Regreso en barco a una patria que oficialmente los ignoró al cambiar los ideales por el pragmatismo de los nuevos tiempos. Novela de un Madrid de cartilla de racionamiento y estraperlo en el que se deja el amor frustrado por la sangre y al que se regresa para descubrir una ciudad tecnócrata y de nueva planta. Descripción de ambientes y lugares, de tipos pintorescos y ácida crónica social, del Pasapoga, Lavapiés y el Castellana Hilton en los que la prosa de Prada alcanza su mejor nivel.

Novela de dos hombres que, por distintos motivos, huyen de su pasado. En la que uno tiene la fuerza moral para convertirse en héroe y el otro la debilidad que no podemos reprocharle. Usurpación por necesidad que convierte al paria en nuevo rico y por la que descubre los pecados ajenos y los propios. Apropiación y reincidencia que hacen imposible la redención. Errores propios que otros pagan con su vida. Deudas del pasado que vuelven para chantajear y servirse de la mentira. Segundas oportunidades que, a pesar de todo, pedimos que salgan bien; villanos que deseamos que se salven aunque no lo merezcan. Novela en la que Prada, por encima de la acción, la intriga y el deseo, quiere hacer destacar la responsabilidad de nuestros actos, la importancia capital de la conciencia y los escrúpulos; en que a través de un mal nunca se obtiene un bien. Valores eternos de nuestra civilización cristiana.

Novela de metáforas y párrafos deslumbrantes entre los que se desliza algún lugar común como un cuchillo hundido en la mantequilla; acento castizo, costumbrismo de zarzuela, de chulapo y manola fetén que al inicio se hace chirriante y que se compensa con un final de personajes sin caricatura. Palabras superferolíticas de un lenguaje afectado, pedante y churrigueresco que se ha hecho marca registrada del autor, verbo de juegos florales que no encaja en una prosa de guerra pero que se desquita y brilla entre la humedad de tabucos miserables y el humo de puticlubs finos. Melodrama de novela radiofónica y películas de Rafael Gil al gusto y color de la época; amor inverosímil con acento francés y pie forzado del doble que se quedan diluidos en una trama poderosa y subyugante, en un largometraje a la española con escenografía de tundra y cemento; la épica y la villanía, los personajes y la antítesis, el debate moral, el romance y el final inesperado de un gran espectáculo literario.

Y sin embargo yo me he dado cuenta de algo que ya no volverá. Porque echo de menos al Prada de “Coños”, “El silencio del patinador” y “Las máscaras del héroe”; pero sé que ese escritor ya no existe. Que es cuestión de edad y circunstancias. Aquel Prada era un joven hambriento y apasionado, “desgarrado y excéntrico” que se ha convertido en un pródigo y serio columnista, tertuliano y presentador que es escritor planetario. Hoy le basta con escribir una novela monumental, una epopeya, un cóctel popular con los ingredientes adecuados. Hoy es suficiente con hacerle la competencia a Ruiz Zafón sin amenazar con trilogías sadomasoquistas. De Prada controla los resortes, los mecanismos, las dosis. Es un gran sastre, un buen matemático que domina la física y la ciencia de la literatura. Es un escritor de oficio, un hábil contador de historias, un alquimista, un buen artesano con ramalazos de artista al que en determinados momentos le sobra afectación. Su narrativa tiene la fiabilidad y precisión de un best-seller,  pero con esa ganancia ha perdido su capacidad de admiración. A Prada le ha pasado lo mismo que a otros funcionarios de la literatura como Millás o Llamazares, que ya no tiene que demostrar nada; le basta con permanecer y vivir de las rentas. Prada entretiene, ameniza, distrae las horas, mezcla géneros para evitar el aburrimiento, trata temas incómodos y se atreve con lo políticamente incorrecto sin caer en el panfleto, el tópico o la homilía, pero en la comparación no alcanza a otros escritores menos mediáticos y pluriempleados, pero –creo- más completos.

Juan Manuel de Prada. “Me hallará la muerte”. 589 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2012.

Juan Gómez Bárcena. “Los que duermen”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el martes 4 de diciembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/92722/literatura-historia-y-filosofia

Literatura, Historia y Filosofía.

Posiblemente nos hayamos malacostumbrado a que los relatos sean siempre historias realistas y contemporáneas. Por eso nos sorprende tanto cuando alguien se atreve a romper con lo habitual y a demostrarnos que hay otros argumentos posibles. Que se pueden escribir cuentos reinventando lo antiguo e imaginando lo que está por llegar; relatos que tienen como protagonistas a héroes de la Grecia clásica o a los bisnietos de Asimov; desde civilizaciones desaparecidas hasta los androides creados a imagen y semejanza de su creador; desde la prehistoria al futurismo; desde la leyenda a la ciencia ficción; desde el hombre primitivo hasta el criogenizado y su resurrección.

Y quizás la elección y predilección de Juan Gómez Bárcena por esos temas tenga algo de deformación profesional, porque Juan ha estudiado Teoría de la Literatura y Literatura comparada y además Filosofía e Historia. Y eso es lo que hay en los relatos de “Los que duermen”: narrativa, preguntas y viajes en el tiempo. Utilizar un cuento de apariencia infantil en un reino muy, muy lejano “cuando el mundo era tan joven que aún estaba lleno de prodigios y hechos asombrosos” para contar una fábula a cerca de la manera de burlar el tiempo y su velocidad. Leer el “Cuaderno de bitácora” de un galeón del siglo XVI para descubrir a la tribu de los biroches que son comerciantes de palabras y una reminiscencia de “El planeta de los simios”. Conocer la leyenda del pueblo de los cairos y sus dioses para hablarnos del relativismo y las creencias: “Los dioses son mortales que surgieron cuando los hombres los soñaron por vez primera y que murieron al desvanecerse su necesidad y su fe”. Comenzar en el año 2012 una cuenta atrás porque los hombres “conocían el modo de poner en órbita un satélite pero jamás se habían preguntado algo inútil o hermoso: eran ignorantes de todas aquellas cosas que no pueden explicarse con fórmulas”. Leer la ironía de que una máquina diga: “cada día ha sido el mismo día eternamente repetido, la misma espera, la misma búsqueda de razones para seguir viviendo. Encontrar un sentido a esta existencia maquinal de días y noches, de tormentas de arena, de eclipses. Toda criatura necesita ese objetivo, un propósito”. Disfrutar y asombrarse con el maravilloso “El mercader de betunes”, una nueva versión de la vida y epopeya de Aquiles que decidió rebelarse contra el oráculo y su destino. Viajar constantemente, ir del futuro al pasado y regresar en una traslación de ida y vuelta. Traspasar la barrera del año cero antes de Cristo y llegar hasta el año 2374. Y todo ese largo camino de miles de siglos para preguntarse: “Qué significa ser hombre. Qué es realmente un ser humano y cuál es el sentido de su existencia.”.

Juan se sale de lo convencional y busca su espacio e inspiración fuera de lo abarrotado. Desde Ángel Olgoso no había vuelto a leer a nadie que haga de lo clásico, lo mitológico y lo antiguo un argumento para un relato moderno. Y salirse de lo habitual tiene sus riesgos. El precio de renunciar a lo fácilmente digerible, a lo cómodo y a un público que en general espera otra cosa. Y el beneficio de lo difícil, de lo que requiere un esfuerzo, de lo que no se obtiene con facilidad. La incomodidad de la Filosofía incrustada en la Literatura. La certeza de que la Historia se repite y no hemos aprendido nada, si acaso a caer en los mismos errores y a manipularla e interpretarla según nuestra conveniencia. La duda sobre la utilidad del progreso alcanzado: “Trabajar y empeñarnos en nuestras pequeñas tareas aunque no sepamos desde cuándo o por qué vivimos; aunque nada nos falte y nada sea necesario”. La originalidad de una estructura narrativa en unos relatos que se relacionan y se dan la alternativa, se complementan unos a otros, cerrando el círculo. Y el regalo, la puñalada de dos relatos convencionales o más cerca de lo estrictamente convencional que son los mejores del libro: “Hitler le regala una ciudad a los judíos” sobre el campo de prisioneros de Theresienstadt en Checoslovaquia del que ya nos habló W. G. Sebald en “Austerlitzt”, pero esta vez escrito e imaginado desde dentro; y “Las buenas intenciones” la historia de una hija que inventa un pasado para una madre amnésica. Dos relatos outsiders, dos relatos que aparentemente van por libre y no mantienen con el resto ninguna relación de consanguinidad en primer o segundo grado. Dos relatos geniales y demoledores sobre la verdad y la mentira, la memoria y el valor de las palabras.

Juan Gómez Bárcena. “Los que duermen”. 123 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

Manuel Benito. “Huesca. Álbum de adioses II”

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Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo 2 de diciembre de 2012.
http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=781566

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