Susana Hernández. “Contra las cuerdas”

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Lesbos y Babel

Hay libros que son algo más que simples lecturas. Libros que nos sorprenden y hacen que nos enfrentemos a nuestros prejuicios y tópicos. Libros que nos muestran una versión desconocida y que desde su punto de vista nos obligan a mirar de otra manera la realidad. Y “Contra las cuerdas” es uno de esos libros.

Lo único que sabía es que se trataba de una novela negra. Y que sus protagonistas fueran dos subinspectoras: Rebeca Santana y Miriam Vázquez me llamó mucho la atención porque estamos habituados a que las parejas de policías sean siempre hombre y mujer. ¿Rompiendo moldes para singularizarse del resto? ¿Una estrategia, un golpe de efecto? Me resultó curioso, una idea atractiva, pero nada más. No tenía ni idea de que una de ellas -Santana- era lesbiana. Lo descubrí en la tercera página. Y me quedé descolocado porque pensé que eso era algo que todo el mundo sabía menos yo. Pero en ese momento me acordé de “Black, black, black” y decidí seguir adelante. ¿Una versión femenina de Arturo Zarco?

Sin embargo todo se vino abajo cuando Vázquez (heterosexual) tiene un amante: Terim, que es “un espectacular masajista turco”; y Santana conduce una Harley-Davidson. Antonio Gala se apareció de golpe y el estereotipo de machorra con botas y chupa de cuero se hizo visible. Reconozco que ahí estuve a punto de dejarlo.

Pero aguanté unas cuantas páginas más y vino a salvarme un cigarrillo electrónico, mi solidaridad de fumador y un diálogo entre Santana y Vázquez que me hizo sonreír. Apareció en ese instante el humor y lo mejor de la novela que se repite constantemente: sus diálogos. Diálogos repletos de ingenio, dolor y sinceridad

El resto son dos novelas en una. Por una parte la que es estrictamente novela negra: la trama de un asesino en serie con todos los elementos clásicos del género incluido un giro inesperado y macabro, y un final que deja abierta la posibilidad de una continuación al estilo “El silencio de los corderos”. Una parte correcta, con ritmo y tensión, realista, perfectamente estructurada y dosificada, fiel traducción de una película americana y una serie de televisión española.

Y por otra parte la historia de su protagonista: Santana, en la que intervienen diferentes subtramas que unas veces me parecen nutritivas y magníficas en su interpretación y contenido y otras forzadas y fuera de lugar. Porque la difícil relación de Santana con su madre me parece dramática y enriquecedora, pero la de la acosadora me resultó peliculera y nada original y la de la ex amante que reaparece convertida en jefa un guión de BMovie de medianoche.

“Contra las cuerdas” tiene un lenguaje directo y un tono que la mayoría del tiempo es su gran mérito, pero en otros ese lenguaje se hace vulgar y chabacano, convirtiendo a sus dos mujeres protagonistas en dos princesas de pueblo y mercadillo. Susana escribe sin complejos de ningún tipo, literatura descarada de buenas metáforas: “Malena se agarró a las frases como un borracho a una farola” y escribe párrafos brillantes que describen el desencanto: “Con qué poco se puede resumir una vida. Tres cajas de Lejía Conejo bastaban para albergar los treinta y siete años de Luisa Benavente. Seguro que no era esto lo que soñaba de niña; un piso feo, cuatro cosas venidas a menos, una cuñada rancia y una muerte horrible. Menuda estafa”. Y que también brilla cuando habla de “la parte mala del negocio” de ser policía: “los casos sin cerrar, los crímenes que quedan impunes”. “El infierno está en la Tierra, y el cielo, en ninguna parte”.

Una novela con diálogos rotundos, contundentes, irónicos y sentimentales que chocan con unos personajes en los que todos, absolutamente todos –menos los asesinos- son buenos compañeros y buenos amigos y personas totalmente comprensibles.

Y aunque Santana y Vázquez hagan una muy buena pareja de poli buena y poli mala, en “Contra las cuerdas” los hombres aparecen siempre en un segundo plano, reducidos a meras comparsas ante el protagonismo absoluto y dominante, sin equilibrios, de las mujeres; en una puesta en práctica de esa discriminación positiva que la convierte en una especie de novela de género.

Y por último la parte romántica ante la que reconozco que tuve la tentación de hacerme el sueco, pero hacerlo hubiera sido obviar –por cobardía o comodidad- la mitad de la novela. Y es que “Contra las cuerdas” es además de una novela negra una historia de amor entre dos mujeres. Y curiosamente en lugar del previsible morbo del heterosexual lo que sentí fue rubor. El episodio de la fiesta Silk, el lenguaje, las demostraciones de cariño después de la reconciliación me resultaron vulgares, impropios, cursis, exageradas, ñoñas, sobreactuadas, empalagosas. Y me lo hubieran parecido igual aunque hubieran sido entre un hombre y una mujer. “Sus palabras, era cierto, sonaban a refritos de canciones mil veces escuchadas, a poemas de medio pelo, a diálogo de culebrón barato”.

Resulta inevitablemente contradictorio y desconcertante. Y supongo que su verdadera intención será la autora la que la conozca. Y que también dependerá de quién sea el que valore la novela. No quisiera que “Contra las cuerdas” resultara simplemente una novela reivindicativa, de mensaje e intención, pluma y manifestación, una novela de consumo interno, escrita desde y para un colectivo y que ahí se quede. Y aunque esa parte sea verdad a mí –por forzada, explícita y de cuota- me parece la menos acertada. Porque encuentro que sus méritos, sus matices, sus aciertos están fuera de ella. Están en los diálogos y en el humor, en su estilo ágil y directo; en la fortaleza y debilidad de Santana, en la relación con su madre, en los sentimientos, en la dificultad de encontrar las palabras y actos adecuados para cerrar algunas heridas; en los miedos y dudas, en el desencanto, en la parte dolorosa del amor, sus errores y su nostalgia sin sexos.

Susana ha demostrado su implicación con una parte que le concederá un merecido reconocimiento. Pero creo que si quiere superarse, crecer y mejorar, llegar a más, la próxima novela que escriba debe ser una para todos los públicos, gustos y tendencias.

Susana Hernández. “Contra las cuerdas”. 286 páginas. Editorial Alrevés. Barcelona, 2012.

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