Medardo Fraile. “A media página”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 22 de febrero de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/22/un-viejo-y-vitalista-hincha/

Un viejo y vitalista hincha

Me gusta pensar que somos capaces de escuchar. A los jóvenes por su ímpetu y su vitalidad. A los viejos por la experiencia de lo vivido; su sabiduría. Seremos necios si sólo escuchamos a unos y despreciamos a los otros. Medardo Fraile es un escritor que a estas alturas no necesitaría de presentación alguna, pero por si algún despistado no lo conoce de él se puede decir que pertenece a la Generación del 50 o del Medio Siglo junto a Marsé, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Matute, Fernández Santos, Aldecoa o García Pavón. Medardo empezó como autor teatral y se puso a escribir cuentos o relatos –igual que Antonio Pereira– cuando nadie o muy pocos lo hacían en España. Precursor y maestro. Con eso bastaría.

“A media página” es un libro que se podría catalogar dentro del ensayo; pero por el autor, por gran parte de su contenido y por los lectores habituales y fieles de Medardo, creo que situarlo en esta sección del cuento es más apropiado. “A media página” es una recopilación de más de doscientos artículos que se publicaron en una columna de treinta líneas en el suplemento literario del diario “Córdoba”, y que se dividen en cinco apartados que por el título ya son una declaración de su contenido: “Cartelera de España”, “Los españoles como problema”, “Confidencias inofensivas”, “Saldo de reflexiones” y “La obra y su gente”. En todos ellos Medardo reflexiona libre y brevemente de todo lo que le apetece, interesa, conmueve e inquieta. De lo filosófico: “Ya Pascal nos dijo que hay dos excesos: excluir la razón y admitir sólo la razón”; y de lo humano: “Los científicos nos aseguran que el Misterio está en camino de resolverse. Anunciarnos eso como victoria es lo mismo que anunciarnos la destrucción del hombre. El día aciago en que lo sepamos todo –que afortunadamente, no llegará nunca- será la víspera de la Gran Tragedia, del Gran Bostezo, del inconmensurable Aburrimiento del que no nos va a salvar ni el ajedrez”, y siempre con el valor añadido de su prosa precisa, rica y exquisita. Como se dice en la “Introducción”: “A media página es, a su modo secular, un breviario, un estímulo fácil para recordar, buscar o pensar, una constancia del conocimiento propio y ajeno, un libro para creérselo o para discutirlo sin acritud y alguna cosa más que el lector pueda encontrase en él”.

En estos artículos de Medardo están la noticia actual, el pasado y lo clásico, lo imperecedero; el gusto y pensamiento personal, la opinión compartida y tal vez polémica; el recuerdo y la novedad, un siglo pasado y uno nuevo, un estímulo para la lectura y un índice onomástico –de la A a la Z- que ocupa siete páginas. Las inquietudes de un hombre de ochenta y cinco años que nunca ha dejado de interesarse por la cultura y en los que se posiciona: “Tal y como está el mundo, la riqueza sin freno, la pobreza hambrienta” y demuestra su inteligente independencia al hablar de “Koba el Temible” y “Perro callejero”, de Martín Amis, y decir que “podemos dar la razón a Ehrenburg en muchas de sus páginas anticapitalistas y, si pensamos en el desprestigiado comunismo, quitarle la razón en muchas páginas”.

Artículos en los que algunos, por cercanía, nos quedaremos con lugares míticos de Madrid como las Cuevas Sésamo, la taberna de Antonio Sánchez y el Café Gijón, y con un artículo subrayado: “Suelo ver a José María Merino de tarde en tarde en el vetusto Café Comercial de Madrid, lugar de noviazgos humildes y viejos y nuevos pinitos literarios acallados por la bulliciosa menestralía fuencarralera. Allí iban Aldecoa, Ferlosio y algún otro a oír la cháchara de Eusebio García Luengo, que era un dignísimo bohemio obsesionado por el teatro y el más cortés Ambrosio de Spínola de las Letras; un escéptico original lleno de humor cuya charla atraía más que su pluma”.

Pero más allá de la opinión y el pensamiento lo que nos interesa en Fraile es lo literario. Desde lo genérico: “Los libros en los escaparates son ahora flor de un día” y los best seller:“con el protagonismo del marketing y su avalancha de libros que rebasa nuestra capacidad de lectura, no puede ser más seguro que ni están todos los que son, ni son todos los que están. La rebusca y el criterio personal son más necesarios que nunca” hasta lo expresivo y su forma de escribirlo: “Orillamos la única luz que nos volvería sabios para continuar satisfechos bajo una bombilla”.  

Desde la verdad de la memoria: “Ni la Historia deja nunca de ser controvertida ni las memorias son del todo fieles a los que ocurrió. Ficticias o no, son más interesantes, por supuesto, las memorias no angélicas, las que están adobadas con cierta agudeza y una dosis sensata de maldad”, hasta lo personal y revelador: “Poco después de los veinte años, compré un libro de cuentos de Catherine Mansfield, editado en Santiago de Chile. Yo no sabía quién era esa escritora y no había leído aún a Chejov. Los cuentos de ella me descubrieron lo que yo quería escribir y nadie escribía entonces”.

Desde el lector de poesía: “Entre desilusionado y orgulloso suelo decir a los que no nos conocen que, en España, hay más poetas que piedras. Desilusionado, porque son tantos que no pueden ser todos buenos o grandes. Orgulloso, porque en los países sin poetas sólo hay contables” hasta el admirado cuentista: “La materia con la que el escritor enriquece el banco de su memoria es el ser humano y su mundo. Un escritor no se aburre jamás en la terraza de un café”

Porque los que leemos relatos encontraremos en la lista de lecturas y recomendaciones de Medardo nombres conocidos y admiración compartida: Hipólito G. Navarro, Víctor García Antón y Muñoz Rengel. Nombres de escritores –españoles e hispanoamericanos- desconocidos que apuntar –con la vergüenza del ignorante- en nuestra lista de pendientes y necesarios: Alfonso Martínez Mena, Angelina Lamelas, Manuel Vargas y Enrique Jaramillo. E incluso nombres conocidos con los que estar en desacuerdo con su apreciación: Ángel Zapata y Miguel Sanfeliu.

Porque los que leemos relatos encontraremos la experiencia del maestro: “Escribir cuentos no es sólo contar una historia. Contar una historia es cosa de antes, cuando los relatos carecían de entidad y misterio, algo que toda creación literaria ambiciona y consigue pocas veces”; su opinión: “A la lengua como juego yo prefiero la lengua como vehículo, la que nos hace viajar provechosamente de un sitio a otro”; y su consejo: “El francotirador de la cultura tiene poco que ver con el que obedece al signo de la constancia”.

Los poseídos por y los aprendices de todo esto le agradecemos que sea un viejo hincha entusiasta, sabio, vitalista y sereno. “El deporte y el turismo son hoy en día las superficialidades imperantes. Faltan hinchas de la cultura y es evidente que nos sobran hinchas del deporte”. 

Medardo Fraile. “A media página”. 267 páginas. Huerga & Fierro editores. Madrid, 2012. 

Emiliano Monge. “El cielo árido”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 21 de febrero de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/21/originalidad-incomoda/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/02/el-cielo-arido-emiliano-monge.html

Originalidad incómoda

Al empezar pensé que era una estrategia. Un falso prólogo. Un capítulo preliminar. El narrador se presenta e intercala presente y pretérito, va dejando pequeños anticipos, huellas para que le sigamos el rastro, insinuaciones para llamar nuestra atención. Un hombre se decide a huir de su pasado. Cruzar definitivamente una línea. Dejar atrás un turbio pasado en el que hay violencia, abuso de poder, una mujer muerta y una iglesia quemada. Algo terrible y tenebroso que no se muestra con claridad. “Un hombre puede irse de su vida pero no puede escapar de su sombra”.

Pero no se trata de una estrategia. El estilo de ese primer capítulo es el de toda la novela. Una forma de narrar original y diferente con la que se hace difícil e incómodo seguir la trama pero que es una apuesta personal del autor. “La historia de un hombre que exige ser contada como una biografía discontinua”. Fragmentación, ritmo alterado, analepsis, flashforward y rewind “Un relato que, como todo buen relato, se preocupa y deja testimonio únicamente de sus nudos y no de su tedioso desarrollo”. Una novela que requiere un esfuerzo y que se sostiene en la intriga, en la curiosidad, en la morbosa atracción de la violencia y el horror, el destino forzado, el nacimiento, el odio y la demencia. En el recuerdo selectivo de lo realmente importante y trascendente, la reconstrucción no lineal de la memoria de un hombre. Porque “de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes”. En la virtud del inicio inaudito de cada capítulo, encontrar dentro de la novela un diálogo consigo misma; la explicación de su propio mecanismo, el know-how, cómo funciona, cómo entenderla: “Esta historia es desde aquí la disección de los instantes cuyos ecos iluminan una vida como ilumina la penumbra un faro de ojo doble: con sus halos que a pesar de iluminar sólo dos puntos irradian el espacio que los media”. Lo que fue y lo que vendrá se anticipa y muestra en una sola frase demoledora e inquietante, todas las incógnitas se van aclarando una a una, cada hecho, cada pasaje, cada habitación cerrada y oscura se va abriendo, iluminando para que podamos comprender y espantarnos. Un contenido que se desarrolla en un paisaje desolador y cruel y que se apuntala con frases de rotunda belleza: “Los pastizales son de pronto azul turquesa, el cielo es ahora un manto gris y anciano y el pedregal metálico y plomizo es de golpe un hoyo negro y hondo”.

Lenguaje, estilo, y, sobre todo, estructura narrativa que no es la acostumbrada y que tal vez en esa originalidad esté la explicación de su premio. Lo insólito siempre nos conquista y embriaga.  Pero a pesar de los deslumbramientos y la fascinación hay varios factores que –para mí- acaban ahogando la novela. No sólo la originalidad basta. El esfuerzo y la aliteración pasan factura. La repetición acaba liando la narración en su propio ovillo: “Pero hoy, a diferencia de otros días, podría decir: del resto de los días, es decir: pero hoy, por vez primera”, y esa reiteración acaba en molestia, igual que una piedra en un zapato. Y el cambio requiere sacrificio porque es la renuncia a lo acostumbrado, es como pasar del frío de la calle a la asfixiante calefacción de unos grandes almacenes, y esa renuncia –cambiar una literatura por otra- produce un desgaste, un sobreesfuerzo que si no va acompañado de una compensación acaba agotando.

Escribir diferente, con un estilo que se sale de lo habitual no es intrínsecamente bueno ni malo. Unos aciertan, otros fracasan. Y esta novela de Monge nos sorprenderá si es la primera de esa clase a la que nos enfrentamos. Es como la primera película de cine de autor que vemos. Nos marcará para bien o para mal. Pero si es algo por lo que ya hemos pasado antes surgirán las lógicas e inevitables comparaciones. Y ahí es donde otras novelas -como por ejemplo “Un buen chico” de Javier Gutiérrez–  le ganan la partida a “El cielo árido”.

El defecto –para mí- a pesar de las variaciones, de todas las alternativas de la trama es de fábrica, en origen, de nacimiento y desde el principio, cuando Monge eligió contar la historia con ese tono monocorde, repetitivo y enredado. Un tono que por coherencia no desaparece en toda la novela y que acaba produciendo hastío, agotamiento y sopor. Lo que cuenta es interesante, trágico y cruel, pero el sonido es el de un pegajoso y monótono ostinato. Un cansancio que aparece a la mitad del camino y se hace incurable. Es acabar la carrera cuando ya hace tiempo que sabemos que está perdida. Se continúa por inercia, por simple curiosidad, por llegar al final; no por disfrutar del viaje

Una silla puede tener un inusitado planteamiento, una atrevida arquitectura, pero si después de una hora sentado en ella se hace incómoda, su diseño la convertirá en algo original, pero nada más.

Emiliano Monge. “El cielo árido”. 211 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

Rafael Esteban Silvestre. “En tierra de nadie”

Montero Glez. “Polvo en los labios”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el viernes 8 de febrero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/08/de-madrid-al-cielo-2/

De Madrid al cielo

Seguramente nunca nos pase. La vida no es como la literatura. Pero es una buena historia. Una noche de insomnio deambulando por el centro acabo entrando en un bar que está abierto desobedeciendo el toque de queda. Mala fama, pero fuera hace un frío del carajo. Dentro solo hay un tipo sentado en un taburete frente a la barra. Sin saber porqué me siento a su lado. No le conozco de nada. Nunca antes le había visto. Me mira y levanta su vaso. Tiene pinta de expresidiario, de viejo quinqui; de payo agitanado. Delgado y febril, parece consumido por algún vicio que prefiero ignorar. Tal vez porque yo tengo pinta de niño pera y le divierte provocar me cuenta una breve historia de un prostíbulo. El chiste sombrío de un poeta. Un hijo sin madre. Mi sonrisa, lejos del escándalo, le agrada, y entonces me cuenta una a cerca de Greta Garbo y una de sus amantes “la Garbo no pasaba inadvertida. Era como un trozo de hielo al fondo de una copa vacía. Siempre a la espera del licor que la derritiese”. Una historia de lesbianismo, sexo, celos y zoofilia.

Sonrío de nuevo. No sé a qué se dedicará los lunes por la mañana, pero no creo que trabaje en el ministerio de agricultura. Le invito a una segunda copa. Yo tomaré lo mismo. Y después del primer trago me pregunta si soy de Madrid; si sé dónde estuvo el barrio de las Injurias. Niego con la cabeza. Y me cuenta la historia de Joselito “chispero de los de bigote y mosca, andares aflamencados y pelo brillante de aceite”; y de Maruja “mujer de tronío, pellejo tostado, pongamos que moreno verdoso, como de campana antigua, y que llevaba la sexualidad cosida al trasero”. Una soleá, una gata negra y una navaja. Una zarzuela canalla y fantasmagórica.

Me ofrece de su cajetilla. Güinston con la advertencia en inglés. Tabaco de contrabando. Le cojo uno y le doy las gracias. Le da la primera calada y me cuenta otras dos historias de cuando en Madrid había tranvías; de la Chata y Alfonso XIII; y río a carcajadas con su tono gamberro y su lenguaje castizo: chachipén, pericón de aúpa, gachí. Versiones libres, verídicas y macarras de Benito Pérez Galdós. Me cuenta otra –esta de antes de ayer- del pasadizo de la estación de metro de Banco de España, “domicilio obligado de la gallofa madrileña y cuadro de soperones, lampas y tuberos que conviven dejados de la mano de Dios o del Diablo”. Pero recuerdo que de esas de ambiente castizo la que más me gustó fue la del “Cuarto oscuro”; el portento que se escondía en la penumbra de la habitación de una casa que “quedaba por la cabecera del Rastro” y que ganó fama después de que el señor Perico (Pedro de Répide) se lo contase por lo bajinis a sus amigos del café  Colonial, que era lugar de reunión “de maricas, efebos y troteras”. Y no le dije nada. Para qué quedar ante él como un pedante de tres al cuarto, un dominguero que olfatea papel viejo detrás de Cascorro. Me acordé de antiguas lecturas y pasiones sin enterrar. De pie en mis destartaladas estanterías: Enrique Chicote y sus “Señoritas de pan-pringao”; Pérez de Ayala y sus “Troteras y danzaderas”; Retana y aquellas novelitas sicalípticas; Carrere, Pedro Luis de Gálvez y toda la santa bohemia, biblioteca inacabada de “Los proletarios del arte”. Lo suyo será una resurrección, una versión moderna, pero en sus palabras sonaba vivo y alegre, trágico y sucio; auténtico y pendenciero. Y levanté, admirado y agradecido, mi copa por él por primera vez. Aunque de sus historias de Madrid la que más recuerdo es la de una prostituta de lujo: “Lulú”. Una de “esas mujeres que saben combinar con gusto la lluvia y el cristal de las medias, así como los tacones con el champán frío”. Un relato negro y contemporáneo en un hotel cerca de Colón, en “una suite en piso alto, achicharrada por los anuncios luminosos de los tejados”. La historia de un empleado de noche enamorado de Lulú que por ella se convierte en cómplice de un asesinato.

Y como la noche se alargaba y la botella desataba la lengua me llevó para mi sorpresa fuera de Madrid. Primero a callejear el Londres de principios del siglo XX con dos anarquistas: el italiano Malatesta y el español Pedro Vallina. Huyendo de la policía y sus perros salchicha. Y aunque el viaje resultó oscuro y trepidante su relato lo olvidé frente a otras dos historias de las que recuerdo perfectamente el nombre: “La mascota” y “El último sacramento”, las dos en Cádiz; una oída en el patio de una prisión y que cuenta el secuestro de un perrito faldero de una “fulana de Sotogrande de esas que van alicatadas hasta el merengue”; y la otra de dos traficantes de hachís de Conil de la Frontera: “el Roque” marinero en tierra que se hace a la mar para descargas los fardos en una zódiac como un viejo pirata, y el “coronel Peralta” jefe, contratista y tramposo. En las dos me mostró su ironía y su sonrisa, sus amistades peligrosas, lo que sale en los sucesos de los periódicos y nos cuentan sin gracia y sin acento, desde fuera, al otro lado del muro y en la otra orilla. Sexo sin cristales ahumados, placer y vicio, adulterio y despecho, pistolas y chivatazos, tipos al los que llevan a alta mar y los “despachan calzándoles unos zapatitos de cemento”, y el último deseo de un reo que es cuestión de honor y obligado cumplimiento.

Cuatro historias con las que aquel payo agitanado, madrileño fetén, noctámbulo y flaco me había embaucado como un trilero sin hacer trampas. Puse en la barra todo lo que llevaba encima, pagando ronda tras ronda con tal de que me siguiera contando.

Pero la que más recuerdo es la última. En el bar se oyó una música y él hizo un gesto con los dedos. Me preguntó si me gustaba el jazz y sin esperar mi respuesta me contó la historia de un trompetista que apareció muerto en una calle de Ámsterdam. Unos decían que se suicidó y otros que lo asesinó un traficante al que debía dinero. Pero no era verdad. Él lo conocía. “No hacía ni dos meses que habíamos estado juntos en un taxi que atravesaba la Gran Vía, directo a la orilla del desastre” Otra vez Madrid. Le acompañó a pillar. Sí, era un yonqui, pero también era un genio. Y en el trayecto el taxista les contó una anécdota que yo ya conocía por Raúl Guerra Garrido. No le dije nada. Para qué. Lo que él contaba era su propia versión, más allá de la historia antigua, de nuevo algo vivo, triste, personal y negro; absolutamente brillante.

Antes de irse me enseñó una fotografía de García-Alix que llevaba en la cartera. Y aquella última historia suya se titula “Polvo en los labios”. Y él se llama Montero Glez.

Montero Glez. “Polvo en los labios”. 160 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2012.

Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 4 de febrero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/95496/el-lado-salvaje

El lado salvaje

Hasta ahora sabía muy poco de los quinquis. Yo era un niño cuando todo aquello y para mí era como si nunca hubieran existido. Pero lo de los quinquis fue algo real. Tan real que tienen su propio artículo en Wikipedia y bastantes videos en Youtube. Rumba Kitsch y estética hortera de los setenta. Supongo que será cierto que en su momento esas canciones y películas tuvieron éxito, pero vistas hoy en día resultan tan patéticas y cutres que producen vergüenza ajena. En comparación con ellas esta novela de Cercas es muchísimo mejor.

Los quinquis fueron durante una década noticia en los periódicos y portada en las revistas; salían en la televisión, se publicaron libros con sus biografías y se hicieron a cerca de ellos más de quince películas; se llegó al delirante extremo de interpretar sus acciones con la retórica del lenguaje político y elevarlos a la condición de “forajido heroico que, para los periodistas y hasta para algunos historiadores, encarna las ansias de libertad y las esperanzas frustradas de los años heroicos del cambio de la dictadura a la democracia en España”; convertirlos en mitos cuando no eran más que violentos delincuentes. Y en ese aspecto uno de los méritos de Cercas es reconstruir y reflejar esa época desde la distancia y no desde la mitomanía. En frío y no en caliente. Poner las cosas en su sitio treinta años después a través de la historia del “Gafitas”, un chaval de dieciséis años y de clase media que un día conoce a “el Zarco” y a “Tere” y se mete en una banda de quinquis por estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Porque el “Gafitas” era un chaval humillado, débil, con miedo, y “el Zarco” era todo lo contrario. Sí, pero, aunque eso fue así, lo que de verdad le empujó a meterse en esa basca fue “para estar cerca de Tere”, “la chica más guapa que había visto en su vida”, la chica con la que tiene su primera experiencia sexual, la chica de la que se enamora cómo sólo se enamora uno cuando es un adolescente.

Y durante la primera parte de la novela acompañaremos al “Gafitas” en aquel “paseo por el lado salvaje” de tres meses de un verano. Una “vida acelerada y exasperada” de robos, drogas, alcohol y adrenalina en una permanente escalada que terminará en un atraco a un banco, un chivatazo y una redada policial de la que él y “Tere” se salvarán. Una primera parte que nos enfrentará a nuestra propia adolescencia, esa época de excesos y desorden “cuando éramos reyes” y nos creíamos inmortales; cuando el sexo era hambre y el amor una obcecación ciega, irracional y absoluta. Y una segunda parte en la que el pasado vuelve veinte años después con el reencuentro del abogado Ignacio Cañas, que fue el “Gafitas”, con los de la basca. “El Zarco” en la cárcel, otros muertos en un accidente de coche, en un tiroteo con la policía, por sobredosis o el sida. Y el reencuentro con “Tere”. Con el primer amor intacto.

Segunda parte en la que se incide en lo público, en el personaje creado, el “mediópata”, la comedia de la televisión y las revistas del hígado, la fama y el famoseo. Y por otro lado en lo privado, en la relación personal del adulto con su pasado, en los remordimientos de conciencia, en lealtades y deudas, en fracasos ajenos y propios, en dudas, caídas, mentiras y reconciliaciones. En un amor yonqui; un amor por encima de todo lo racional; en días felices y rupturas. En un último reencuentro en una escena memorable. En saber y no saber la verdad; en que eso quizás no se lo que importe.

Lo más difícil –aunque no lo parezca- de una novela está en encontrar la forma adecuada para contar la historia. Y Cercas utiliza un método poco corriente para la habitual vanidad del escritor: renunciar a su protagonismo omnisciente y convertirse en testigo sin más participación que la de escuchar a otro. Porque es el “Gafitas” el que cuenta y recuerda aquellos tres meses del verano del 78. Es Ignacio Cañas el que cuenta todo lo que sucedió veinte años después y es el escritor el que –aparentemente- renuncia a su gloria y se queda en un segundo plano.

Otro acierto de Cercas es el estilo narrativo. Convertir la novela en la fingida transcripción de una grabadora; en una declaración voluntaria; un diálogo sin guiones, con punto y seguido; una memoria sincera. Reconstrucción de vidas y hechos en la que se incluye el testimonio del “Gafitas” y de dos personajes más. Uno es el del comisario Cuenca, que resulta absolutamente trascendente en la vida de Cañas; y otro el director de la cárcel de Gerona dónde está preso “el Zarco” y que da una visión sensata y objetiva de aquellos delincuentes.

Una excelente novela que habla de aquellos quinquis que no tenían nada que perder ni nadie que los defendiera y de la buena suerte de los que no eran como ellos. Una excelente novela que trata de la juventud, la crueldad y el miedo; del pasado y su reencuentro. Del amor indestructible y roto cien veces. De la suerte entre un millón de haber cruzado esa frontera y vivir para contarlo.

Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”. 382 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

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