Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 4 de febrero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/95496/el-lado-salvaje

El lado salvaje

Hasta ahora sabía muy poco de los quinquis. Yo era un niño cuando todo aquello y para mí era como si nunca hubieran existido. Pero lo de los quinquis fue algo real. Tan real que tienen su propio artículo en Wikipedia y bastantes videos en Youtube. Rumba Kitsch y estética hortera de los setenta. Supongo que será cierto que en su momento esas canciones y películas tuvieron éxito, pero vistas hoy en día resultan tan patéticas y cutres que producen vergüenza ajena. En comparación con ellas esta novela de Cercas es muchísimo mejor.

Los quinquis fueron durante una década noticia en los periódicos y portada en las revistas; salían en la televisión, se publicaron libros con sus biografías y se hicieron a cerca de ellos más de quince películas; se llegó al delirante extremo de interpretar sus acciones con la retórica del lenguaje político y elevarlos a la condición de “forajido heroico que, para los periodistas y hasta para algunos historiadores, encarna las ansias de libertad y las esperanzas frustradas de los años heroicos del cambio de la dictadura a la democracia en España”; convertirlos en mitos cuando no eran más que violentos delincuentes. Y en ese aspecto uno de los méritos de Cercas es reconstruir y reflejar esa época desde la distancia y no desde la mitomanía. En frío y no en caliente. Poner las cosas en su sitio treinta años después a través de la historia del “Gafitas”, un chaval de dieciséis años y de clase media que un día conoce a “el Zarco” y a “Tere” y se mete en una banda de quinquis por estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Porque el “Gafitas” era un chaval humillado, débil, con miedo, y “el Zarco” era todo lo contrario. Sí, pero, aunque eso fue así, lo que de verdad le empujó a meterse en esa basca fue “para estar cerca de Tere”, “la chica más guapa que había visto en su vida”, la chica con la que tiene su primera experiencia sexual, la chica de la que se enamora cómo sólo se enamora uno cuando es un adolescente.

Y durante la primera parte de la novela acompañaremos al “Gafitas” en aquel “paseo por el lado salvaje” de tres meses de un verano. Una “vida acelerada y exasperada” de robos, drogas, alcohol y adrenalina en una permanente escalada que terminará en un atraco a un banco, un chivatazo y una redada policial de la que él y “Tere” se salvarán. Una primera parte que nos enfrentará a nuestra propia adolescencia, esa época de excesos y desorden “cuando éramos reyes” y nos creíamos inmortales; cuando el sexo era hambre y el amor una obcecación ciega, irracional y absoluta. Y una segunda parte en la que el pasado vuelve veinte años después con el reencuentro del abogado Ignacio Cañas, que fue el “Gafitas”, con los de la basca. “El Zarco” en la cárcel, otros muertos en un accidente de coche, en un tiroteo con la policía, por sobredosis o el sida. Y el reencuentro con “Tere”. Con el primer amor intacto.

Segunda parte en la que se incide en lo público, en el personaje creado, el “mediópata”, la comedia de la televisión y las revistas del hígado, la fama y el famoseo. Y por otro lado en lo privado, en la relación personal del adulto con su pasado, en los remordimientos de conciencia, en lealtades y deudas, en fracasos ajenos y propios, en dudas, caídas, mentiras y reconciliaciones. En un amor yonqui; un amor por encima de todo lo racional; en días felices y rupturas. En un último reencuentro en una escena memorable. En saber y no saber la verdad; en que eso quizás no se lo que importe.

Lo más difícil –aunque no lo parezca- de una novela está en encontrar la forma adecuada para contar la historia. Y Cercas utiliza un método poco corriente para la habitual vanidad del escritor: renunciar a su protagonismo omnisciente y convertirse en testigo sin más participación que la de escuchar a otro. Porque es el “Gafitas” el que cuenta y recuerda aquellos tres meses del verano del 78. Es Ignacio Cañas el que cuenta todo lo que sucedió veinte años después y es el escritor el que –aparentemente- renuncia a su gloria y se queda en un segundo plano.

Otro acierto de Cercas es el estilo narrativo. Convertir la novela en la fingida transcripción de una grabadora; en una declaración voluntaria; un diálogo sin guiones, con punto y seguido; una memoria sincera. Reconstrucción de vidas y hechos en la que se incluye el testimonio del “Gafitas” y de dos personajes más. Uno es el del comisario Cuenca, que resulta absolutamente trascendente en la vida de Cañas; y otro el director de la cárcel de Gerona dónde está preso “el Zarco” y que da una visión sensata y objetiva de aquellos delincuentes.

Una excelente novela que habla de aquellos quinquis que no tenían nada que perder ni nadie que los defendiera y de la buena suerte de los que no eran como ellos. Una excelente novela que trata de la juventud, la crueldad y el miedo; del pasado y su reencuentro. Del amor indestructible y roto cien veces. De la suerte entre un millón de haber cruzado esa frontera y vivir para contarlo.

Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”. 382 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

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