Julio de la Rosa. “Peaje”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el martes 12 de marzo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/03/12/bipolar/

Bipolar

Julio de la Rosa es músico de éxito. Y además ha publicado dos libros de relatos y un poemario. Ritmo, metáforas y lirismo. Y todo ese equipaje se nota desde el primer párrafo: “Todos acuden al mismo panal, la misma ciudad, la misma muerte. Soy una cerradura. Su dinero, una llave”.

Jose Tudela, el protagonista de esta novela, trabaja en la cabina de peaje de una autopista. Un trabajo monótono y tedioso. “Me aburro. Ocho horas en este lugar no es vida. Pero, ¿qué es vida?”. Y para combatir ese tedio utiliza la imaginación. Observa a los que paran un instante ante sus ojos e imagina sus vidas. Y ese planteamiento hace que el lector sienta una empatía automática porque todos hemos pegado la oreja en las conversaciones ajenas; todos (o muchos) hemos mirado a los que viajan en nuestro vagón del metro y nos hemos montado una película. Pero Julio nos gana de largo a todos. Porque en ese juego de observación, en ese pasatiempo viajero lo normal es que no seamos capaces más que de un par de deducciones triviales;  que limitados por una imaginación atrofiada y de vuelo corto no lleguemos muy lejos. Y en eso Julio no tiene límites. “Yo quiero ser espectador, joder. Sois todos un espectáculo. Vale, sí, yo también seré un espectáculo a ojos de los demás. Pues ríanse”.

Y a esa imaginación le suma un nuevo recurso. “Estoy perdiendo curiosidad. Sin curiosidad estamos muertos. Léete aunque sea el periódico, imbécil. A ver. Internacional: mentiras. Nacional: espectáculo. Opinión: demagogia. Cultura: demagogia, espectáculo y mentiras. Sociedad: sin interés. Deportes: aburrido. Obituarios”. Y ahí está. “Obituarios”. Porque Julio es capaz de inventar la vida de los que pasan y también la biografía de los muertos. Y así, entre viajeros y recortes de periódico, Jose Tudela va pasando los días y esquivando el aburrimiento.

La trama se mantiene con esas dos materias primas y se presenta con una estructura en la que se alternan el monólogo interior y los diálogos. Estructura que en algunos casos produce cierta confusión al saltar de uno a otro. Algo que en una película se salva con la entrada en escena de una voz o un nuevo personaje pero que en la narrativa sólo puede hacerse con un punto y aparte. Salto que provoca un instante de desconcierto porque el lector –con una sola voz- sigue el hilo de la reflexión que llevaba hasta el momento, sigue en el mismo plano y tarda un poco en entender que ha cambiado. El sonido es más rápido que la vista. Pero esa confusión es mera anécdota. Julio crea unos personajes memorables que pasan por el “Peaje” o que –como “El señor Adiós”– están fuera. La cabina es un observatorio y cada nuevo cliente es un nuevo relato: “Qué carrusel. Qué circo de almas en pena. Todos con sus traumas escondidos en los maleteros. Las frustraciones bajo las alfombrillas de los pies. Los recuerdos borrados a golpe de parabrisas, para poder ver lo que tienen delante”. Y a través del monólogo interior hace hablar con sinceridad y libertad al protagonista. De lo que ve en los demás y de sí mismo: “Aunque seguramente ella me respondería algo tipo: Cómprate un espejo. Como me dijo Ana: debajo de mi casa venden unos espejos chulísimos, pásate a verlos. Y luego si quieres me llamas y me cuentas qué has visto”. La cabina como espacio cerrado, la soledad y la inactividad que propician la autoevaluación, arrancarse las costras de las heridas. Y de esa manera “Peaje” resulta un doble ejercicio: por un lado lo que los demás imaginan de nosotros por lo que les enseñamos y por otro un desolador examen personal. Dualidad que es lo mejor de la novela.

Pero esa sucesión de días repetidos e iguales salvados por la imaginación y la lectura de obituarios no puede prolongarse indefinidamente. Se trata de ficción y no de un diario. La novela necesita llegar a algún sitio, y, para darle un sentido, Julio introduce el amor: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. Y aunque se pueda aceptar que todo sea posible: enamorarse de una mujer que pasa por el peaje, liarse con una compañera de trabajo y que el protagonista se haga perfectamente humano cayendo en la tentación y cometiendo un error, para mi gusto la situación deriva en un guión nada creíble y excesivo, en personajes que se transforman y convierten en las demenciales caricaturas de un sueño calenturiento.

Hasta ese momento Julio mantenía un tono ligero, descarado, coloquial y sincero con destellos de frases y reflexiones brillantes. Mantenía un equilibrio entre imaginación y realismo. Intimismo trascendente y vertiginosa música pop. Superficialidad y lírica Incluso cuando introduce el amor en la novela nos demuestra lo idiotas que podemos llegar a ser los hombres, la estúpida lógica del deseo que nos hace perseguir la belleza superficial y despreciar lo que tenemos, el precio que pagaremos si sale mal y el sueño resulta un fraude. Pero llegado ese penúltimo momento decisivo creo que Julio hace de la novela algo frívolo, un desvarío, un delirio adolescente. Y no hacía falta que lo dramático hubiera cambiado el tono o el ritmo de tragicomedia que tenía hasta entonces. Hubiera bastado un poco de madurez para no dejarse llevar por el histrionismo.

Julio de la Rosa. “Peaje”. 150 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2013. 

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Antonio Muñoz Molina. “Nada del otro mundo”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 4 de marzo de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/150103/relatonovelas

Relatonovelas

Para los que somos incondicionales y sufridos hinchas de los relatos es un consuelo que alguien como Antonio Muñoz Molina publique un libro de cuentos. Aunque en su bibliografía las novelas ganen por un apabullante quince a uno; aunque su obra completa sean catorce relatos escritos a lo largo de veinticinco años.

Nos consuela que un novelista –aunque sea con esas cifras- se pase a nuestro bando y no desprecie a los relatos como a los parientes pobres de la narrativa. Que en su defensa escriba esta frase tan rotunda y hermosa: “En el cuento están comprimidos todos los desafíos formales de la novela, y al mismo tiempo cabe en él ese sentimiento de intensa iluminación sin el cual no llega a existir un poema”.

Nos alegra que editoriales de bolsillo como “Booket” publiquen libros de relatos a un precio muy asequible que nos permitan leer buena literatura de género y así nos libre de la tentación de la literatura electrónica que mayoritariamente suele tener el mismo valor que su precio.

Nos consuela leer en la “Nota del autor” y en el “Epílogo” sus explicaciones. La triste realidad: “Yo he escrito por encargo casi todos mis cuentos, y en estos últimos años los periódicos españoles han dejado en gran medida de encargarlos. Ahora lo más que piden son los llamados “microrelatos”, y cualquier extensión que pase de 500 palabras les aterra”; y las comparaciones: “Es posible que al escribir novelas uno se ponga demasiado serio, o demasiado rígido: la novela es una maquinaria que abruma con facilidad a quien se enfrenta con ella, de modo que quizá el principal aprendizaje que requiere escribirla sea el de la naturalidad. El cuento, por lo común, impone menos, parece más propicio para la tentativa o la aventura, incluso para la ironía, o para lo fantástico”.

Y en esos dos párrafos está, en parte, todo lo que hay en este libro. Por un lado el significado del triunfo de lo hiperbreve como una metáfora del signo de nuestro tiempo: la velocidad. Hoy en día nos quejamos de que el ordenador vaya lento, lo queremos todo rápido, en segundos; y a esa celeridad existencial le va perfectamente el microrrelato: el Popper de la narrativa. Y en ese sentido alguno de estos relatos de Muñoz Molina son auténtica literatura a la contra. Son “Relatonovelas”. Porque –para mí- los mejores cuentos de “Nada del otro mundo”: “El miedo de los niños”, “Extraños en la noche”, “La colina de los sacrificios”, “La gentileza de los desconocidos” y el que da título al libro son los que, curiosamente, parecen una novela abreviada. Relatos expansivos de una escritura pausada y detallista, sin prisas ni límites, que los acerca más a un placentero viaje de largo recorrido que a una línea de alta velocidad.

Y por otro lado ese concepto que tiene Muñoz Molina del cuento: “más propicio para la tentativa, la aventura, la ironía y lo fantástico” y que aplica a los demás relatos –estos sí realmente cortos- es en donde se producen los peores –sin llegar a ser malos- y desiguales resultados. Las excepciones son “El hombre sombra”, el cuento “más antiguo de este libro que fue escrito en el  otoño de 1983, con la esperanza, vana, de que ganara un concurso”, y “Un amor imposible”, dos muy buenos cuentos escritos siguiendo o ajustándose a las “reglas”, “canon” y “estándares” de los relatos modernos. En los demás Muñoz Molina se decide por la “aventura” y en unos está subliminalmente el novelista, en otros el humor, la lírica, el sentimentalismo, la deliciosa y exótica ambientación, y en todos la libertad, temática y formal, que permite el relato, y la innegable calidad de su escritura.

Recomendar leer a Muñoz Molina resulta una obviedad. Hay autores que son un seguro de vida. En esta colección de cuentos los hay realmente magníficos y los hay –para mi gusto- regulares o que pueden considerarse como un juego literario. Pero ninguno, absolutamente ninguno, defrauda por completo. Esa es la ventaja de los relatos, que permiten a un escritor “realista” escribir una historia de zombis o de fantasmas; una parodia de novela negra; un divertimento de ciencia ficción o una crítica inteligente y mordaz. Y que consiga salir indemne de ese reto es en donde se descubre al buen escritor, porque incluso en esos que pueden considerarse menores Muñoz Molina demuestra un brillante dominio del lenguaje y una asombrosa capacidad para cambiar de registro que nos hace salir del punto final sin una mueca de fraude o decepción.

Antonio Muñoz Molina. “Nada del otro mundo”. 315 páginas. Booket. Barcelona, 2013.            

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