Henri Béraud. “El martirio del obeso”

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Nunca se ría de los gordos

Recuerdo que para mi abuela materna la gordura –estar robusto, lo llamaba ella- era síntoma inequívoco de persona sana y fuerte, y que la delgadez lo era de estar enfermo o de pasar miseria. Ese pensamiento se refleja muy bien en esta novela: “¡Permítame que le explique que la corpulencia de los caballeros estaba en boga en los aledaños de la Exposición de 1900! Del mismo modo que a las mujeres les avergonzaría estar planas, los hombres se esforzaban por no parecer alfeñiques. Los esmirriados de entonces se esforzaban tanto por hincharse como los gordinflones de hoy en día se esfuerzan por entrar en los estrechos trajes de un solo botón. Ya ve, señora, le hablo de una época en la que todo el mundo estaba gordo excepto los poetas y los ahorcados”. Está claro que esa manera de contemplar la gordura como algo sano cambió, y que a partir de entonces los gordos comenzaron a sufrir su martirio. Y ese suplicio es del que –evidentemente- trata esta novela publicada por primera vez en 1922 y que cerca de un siglo después tiene la gran virtud de no haber envejecido ni en lo literario ni en la temática.

Pero en este caso concreto ese “martirio del obeso” es doble o derivado uno de otro. Por un lado el martirio propio de los gordos y sus esfuerzos por dejar de serlo y por otro las burlas que sufren los “ventrudos” y el fracaso al que los condena su aspecto en la conquista amorosa, es decir para ligar o conquistar mujeres.

Y en el primer aspecto es en donde la novela alcanza sus momentos más hilarantes: en los intentos de adelgazar a base de “dietas, fármacos, baños turcos y gimnasia sueca”; y también en la descripción del “Club de los Cien Kilos”, una especie de sociedad gastronómica en la que el lema era algo parecido al “antes reventar que sobre”: “En el trabajo se hace lo que se puede, pero en la mesa ¡hay que hacer un esfuerzo!” Dos asuntos que el narrador cuenta con humor –en cierta manera riéndose de sí mismo- pero que si nos paramos a pensar en el fondo no tienen nada de gracioso cuando los diferentes esfuerzos por bajar de peso no dan resultado y ese Club es una reunión de “tragaldabas anónimos” que se consuelan unos a otros juntándose y reafirmando su diferencia respecto a los “normales”.

Para mí sin duda alguna el mayor atractivo de esta novela está en el personaje que la cuenta. Un hombre –del que nunca se dice el nombre- que se enfrenta a su condición de gordo con dos caras, una inicial que resulta frívola, irónica, culta y humorística: “La ropa moderna, ¡ese es nuestro enemigo! ¡Vivan el peplo y la toga! Aspiro al regreso de las modas antiguas, excepto en lo que concierne a los automóviles y a los cócteles.”; y otra en la que tras esa fachada de hombre cínico y bien humorado se descubre primero la queja por la constante burla a la que se ven sometidos los gordos en general: “Un jorobado da miedo; un tripudo da risa, es así. Y nada podrá cambiarlo”; y en particular por lo que a él respecta descubriendo su debilidad y amargura cuando se sincera; cuando reconoce que por su gordura se ha visto siempre condenado a ser un simple confidente de las mujeres; lo que hoy llamamos un pagafantas. Las confidencias de ese personaje, la conversación amena, su gracia e ingenio, su brillante facilidad de palabra lo hacen fascinante; pero todo ese encanto resulta inútil contra su físico.

Y en el martirio de este obeso sin nombre nos encontramos con la historia de su enamoramiento de una mujer a la que acompaña –por petición de ella- en la huida de su marido infiel. Huida que tiene mucho de novela galante o de alta sociedad –me recordó en cierta manera a Jardiel Poncela- en un periplo por hoteles de lujo y ciudades de medio mundo –“experiencia a lo Phileas Fogg en la que me ha arrastrado desde hace veinticinco semanas”– en un juego de seducción y glamour para ricos o rentistas ociosos.

Ese lento y desesperante juego de seducción hoy en día nos resulta inconcebible; nadie aguantaría lo que aguanta el protagonista de esta historia: seis meses de flirteo y abstinencia por el que a él se le puede calificar de pardillo y a ella –por no decir otra cosa-de calientabraguetas. Pero debemos tener en cuenta que las reglas del juego de seducción y consumación del que trata esta novela son las de un “sentido y sensibilidad” de principios de siglo XX en el que todo iba mucho –muchísimo- más lento que ahora, el abanico tenía su propio lenguaje y los amantes se trataban de usted. Usos y costumbres de una época que no evitan que, por su complejo, nos compadezcamos del protagonista y que al mismo tiempo nos exaspere comportándose como un paciente y perfecto caballero y un idiota enamorado; y que lleguemos a odiar a la mujer porque consideremos que lo utiliza, le vacila elegantemente y, sobre todo, por su torpe y cruel manera de usar las palabras para terminar con esta historia.

Para mi lo mejor de esta novela es la carcajada que termina por mostrarnos el dolor que subyace detrás del ingenio. La fascinación por un personaje que pasa de lo aparentemente frívolo a lo realmente sincero: “Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle. Lo que le estoy revelando es el destino de mis semejantes, de todos los rechonchetes a quienes atormenta la certeza de la más cruel desgracia, esto es… como puede imaginar, la indiferencia de las mujeres”. Lo que supone para un hombre el amor: “No existe una edad para amar. Lo que sí existe, y se pasa, es la edad de ser amado. Y mala suerte para el hombre rancio que no ha tenido, como Ulises, un hermoso viaje”. La herida que ocasiona el saber que un hombre así no tiene a su alcance obtener esa porción de plenitud y felicidad: “La verdad que nadie se atreve a confesar es que una vez que se esfuman las ilusiones nos pasamos la vida echando vaho sobre el espejo de la decepción. Pero el vaho siempre acaba evaporándose. Entonces nos vemos reflejados en su triste fealdad, que cada día se acusa más cruelmente y, mientras murmuramos: “No vale la pena que piense en todo eso”, una voz interior nos dice. “Pero si no haces más que pensar en ello, imbécil”.

No, nunca se ría de los gordos.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”. 138 páginas. Traducción de Verónica Fernández Camarero. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

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Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 22 de abril de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/04/22/los-acentos-y-sus-fronteras/

Los acentos y sus fronteras

Por el título de este libro podríamos pensar en un regalo por San Valentín o en un libro de autoayuda. Pero estos relatos de la mexicana Mónica Lavín no son nada de eso. Estos relatos tienen diferentes y variados argumentos y de igual manera –para mí- distintos y desiguales resultados.

He leído a otros autores hispanoamericanos de diferentes nacionalidades; y mexicanos que ahora recuerde, a Emiliano Monge, Alberto Chimal y Ana García Bergua. Y en ninguno de ellos he sentido ese desapego, esa extrañeza provocada por el acento propio y localista como en este “Manual para enamorarse”. Me refiero a que Lavín utiliza en varios de sus relatos expresiones típicas de su país. Y algunas podemos entenderlas y superarlas sin que supongan una barrera o una molestia para la lectura, podemos traducirlas de forma inmediata o deducir su significado del propio texto: celular (por teléfono móvil), boleto de estacionamiento, alberca (por piscina), cubas (cubalibres) enfiestados, chaparra, voz tipluda (tiple, aguda) colores chillantes, nalgada (cachete en el culo), trecho polvoso del camino, bajo la sombra de la palapa, el sol caía desvalijado, tráiler (por autocaravana). Pero otros se pierden sin que lleguemos a saber qué significan: chícharos, jagüey, él no usaba truzas, pedir aventón, convivíos, composta, reservorio, “le gustaba ir a Veracruz y no a Acapulco, y allí eran las picadas y el lechero y las brocas”. Algunos verán en esto una especie de colorismo, de enriquecimiento o intercambio, pero yo creo que es un error que incomoda la lectura y no aporta nada porque no me imagino que un lector español vaya, después de leer a Lavín, a llamar truzas a sus ¿calzoncillos? Sería, por poner un ejemplo a la contra, que un lector mexicano leyera relatos de un autor español con locuciones, giros o expresiones en aragonés o andaluz: ixo ray, chino-chano, ozú, qué jartá.

En el relato “El caso estándar” esos vocablos son pocos y no se hacen molestos, o en “Todas las playas son la misma playa” son muchos y no impiden que podamos visualizar entre líneas y nombres propios el mensaje de la historia, pero en “La felicidad” –un relato que ya es difícil de por sí- esas “particularidades” lo hacen aún más ininteligible. Creo que este libro hubiera mejorado mucho si el editor hubiera “traducido” esas expresiones a pie de página o hubiera copiado lo que ha hecho la editorial Traspiés con los “Cuentos de horror” de Horacio Quiroga publicados en su colección Vagamundos en el que incluye al final del relato unas “Notas” con la traducción de esos “localismos”, por ejemplo: “Yacaré: especie de caimán, cocodrilo de América del Sur. Picada: Trocha, sendero abierto en la selva”.

También creo que ese “defecto” hubiera podido subsanarse a priori si el responsable de la edición al leer el manuscrito le hubiese pedido a la autora una selección de relatos exentos de ese acento. Creo que con dos o tres cambios el conjunto hubiera quedado más neutro y menos local, habría mejorado mucho y permitido a Lavín –que es una escritora de éxito en México- entrar en España por la puerta grande del Imaginarium.

Pero no voy a dedicar más tiempo a hablar de ese “defecto” y sí que debo hablar de los aciertos de este “Manual para enamorarse” porque también los tiene. Y aunque algún relato como “El hombre de las gafas oscuras” y “El desayuno” me parezcan malos por ser uno el sueño adolescente y otro el calenturiento de una mujer madura; “Ladies bar” y “La felicidad” regulares por excesivamente crípticos, o desigual el que da título al libro; hay otros realmente buenos como “Iniciales” una historia sobre la pérdida total de la memoria y la conciencia de nosotros mismos que está escrita con ese conveniente acento neutro; acento que se repite en el excelente “El cielo de los pies”, una breve pero intensa variación o recreación de la parte final del diario del capitán Scott. Bueno también me parece “El árbol” relato en el que se cita a Raymond Carver y en el que “parece que no pasaba nada y lo que pasaba era el descobijo, la fragilidad, la soledad”. E igualmente buenos me parecen “El caso estándar” que cuenta cómo un equívoco puede complicarse y convertirse en una historia de terror sin recurrir a hologramas ni efectos especiales de ordenador; “Frotar” con ese “particular acento” dosificado que le aporta sabor y colorido sin llegar a apoderarse del relato y que es una magnífica historia sobre el poderoso y extraño mecanismo del deseo humano y su transformación una vez que se convierte en un sentimiento domesticado o vencido por la costumbre; y finalmente “La desmesura” que está dedicado a Ana García Bergua e inspirado en su “Edificio” y que habla de la ancianidad, la soledad, la incomunicación y las ilusiones sin remite.

“Manual para enamorarse” me parece una aproximación en cierta parte frustrada a la obra de Lavín. Fracaso parcial que posiblemente sea -si hacemos caso a lo que se dice en la solapa- injusto con el éxito y larga trayectoria de la escritora mexicana. Quizás una mejor selección de sus relatos hubiera sido el pasaporte perfecto para cruzar charcos, traspasar provincias, límites y fronteras.

Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”. 119 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012. 

Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”

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Crónica de la supervivencia

Los libros suelen –o mejor deben- producirnos variados y múltiples efectos. En este caso el primero es, evidentemente, el nombre. A los aficionados a los relatos Horacio Quiroga les sonará seguro por su “Decálogo del perfecto cuentista”, diez “mandamientos” que siempre se enseñan en los talleres literarios como la hoja suelta de un catecismo: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Pero Horacio Quiroga es más que ese famoso y repetido “Decálogo”; y esta antología editada por Vagamundos nos permite recuperar en el siglo XXI a un escritor que, como recuerda Fernando Villalobos en el prólogo, “fue saludado en Argentina en 1926 como el primer cuentista en lengua castellana” y al que se le atribuye “la fundación del cuento moderno latinoamericano”. En Hispanoamérica hubo –aunque a algunos les parezca increíble- vida antes de Borges.

Consecuencia de todo eso es la curiosidad –quizá ligeramente retorcida- de comprobar la puesta en práctica de la teoría, evaluar el valor de la obra por encima de la oportunidad del pionero, la fama y la entrada en la enciclopedia. Y a ese respecto basta con decir que Quiroga pasa la prueba del algodón limpiamente y que para mí, por encima de eso, estos “Cuentos de horror” han supuesto el descubrimiento de un escenario y unos personajes, el paisaje desconocido e inimaginable de un país que nos lo aleja de los tópicos y las estampas turísticas. Argentina es mucho más que Buenos Aires y el tango, y yo un paleto que ha viajado muy poco.

Quiroga empezó en esto de los cuentos como la mayoría de sus contemporáneos: imitando a Edgar Allan Poe. Pero como indica Villalobos “dejó muy pronto de buscar lo extraordinario en el ámbito de lo fantasmagórico o lo grotesco para perseguirlo en el campo de lo real, de lo cotidiano”. Y precisamente uno de los aciertos de esta antología es presentarnos dos relatos de esa primera etapa: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. Dos relatos que leídos por encima son dos historias de terror clásico, pero que tienen uno la sorpresa de un hábil giro que cambia el sentido inicial y en el otro hay mucho más de lo siniestro y truculento que a simple vista parece.

De los seis relatos restantes, excepto el último que en principio aparenta ser una macabra alucinación en un cementerio cuando en realidad trata -a principios del siglo XX- de la drogadicción y la adicción destructiva de la cocaína, son cinco cuentos que ya están en otra línea diferente a la de esa primera época “norteamericana”. Son “Cuentos de monte” y corresponden a esas dos etapas en la vida de Quiroga cuando abandonó la ciudad y se trasladó a vivir al “campo”. Relatos en los que la muerte es la absoluta protagonista y que como nos recuerda Villalobos “es el tema principal en su obra hasta el punto de que su presencia ha sido calificada de obsesiva”, pero que conociendo la trágica biografía del escritor se comprende perfectamente.

Pero para mi lo determinante es –y por lo que dije antes- ese escenario en el que transcurren esos cinco cuentos de Quiroga. Ese paisaje es algo inaudito porque la imagen agreste y salvaje que tenemos de Argentina es la del sur, la de los vaqueros de una Patagonia al estilo del Far-West. Y sin embargo Quiroga nos descubre una selva que está más cercana al Amazonas que a la pampa: acuática, tropical de ríos turbios y caudalosos, lluvias, serpientes, cocodrilos y mosquitos.

Quiroga nos lleva hasta Salto Oriental: departamento de Uruguay fronterizo con Argentina; y a Misiones: provincia del norte de Argentina limítrofe con Paraguay y Brasil. Unos lugares en los que la naturaleza tiene poco de amable si no conocemos sus reglas y trampas. Y en ese desconocimiento puede, fácilmente, encontrar la muerte el hombre de ciudad que va a pasar unos días de visita a la selva y no sabe que la “miel silvestre tiene propiedades narcótica o paralizantes” y tampoco sabe de “las curiosas hormigas a las que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras”. Esos bosques no son el parque del Retiro y su casa de fieras.

Pero en estos cuentos Quiroga no solo habla de domingueros con mala suerte sino también –y sobre todo- de los colonos que habitaban esas tierras a las que un día llegaron para establecerse, construir un rancho y dedicarse a la explotación forestal, la agricultura o la ganadería. Ellos son los auténticos protagonistas y Quiroga nos muestra la vida que llevaban: dura, austera, peligrosa, solitaria y aislada. Con una canoa como medio de transporte y el río como carretera de vuelta a casa. Un lugar en el que encontrar la muerte bajo el pie: “El hombre pisó algo blanduzco y enseguida sintió la mordedura”, en un accidente estúpido al caer y clavarse su propio machete, o por una herida que se infecta.

Quiroga nos muestra la muerte y alguna de las múltiples formas que tiene de presentarse en esos lugares. La muerte imprevisible, caprichosa, siempre inoportuna. Y puede parecer que se recrea en lo macabro, pero sus relatos van más allá del suceso y la forma que eligió ese día. Sus relatos nos muestran los pensamientos del que es consciente de que su vida se extingue sin remedio entre el dolor, la fiebre; la manera en que el hombre se enfrenta a ella en soledad; el presentimiento de su visita y todo lo que transforma y altera su llegada; lo que quedará después de ella, lo que significará: orfandad, esfuerzo en vano, demencia.

Estos cinco relatos de Quiroga nos llevan a otra época y a otros lugares más allá de las ciudades, sus habitantes, sus límites y reglas a los que ahora estamos acostumbrados. Selva en la que se vivía sin médico, sin ayuda, vecinos ni comodidades. La naturaleza inclemente imponiendo su fuerza y ante la que el hombre es un animal más que lucha por su supervivencia tratando de domesticarla.

Y por último y antes de que se me olvide quiero hacer también referencia a las excelentes ilustraciones de Alejandro Santos que acompañan los relatos. Acierto en la elección del ilustrador y en su trabajo que en las últimas publicaciones -creo- había fallado. Y sirva este retrato de Horacio Quiroga como ejemplo:

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Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”. Ilustraciones de Alejandro Santos. 92 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

Joaquín Berges. “Un estado del malestar”

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Reseña en la sección “La torre de Babel”, en el número 105-106 de la revista cultural TURIA.

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Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 3 de abril de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/04/03/virtudes-y-errores/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/04/la-vida-interior-de-las-plantas-de.html

Virtudes y errores

Ser un autor “reconocido” tiene una ventaja evidente: el escritor “famoso” vende más. Su nombre es un privilegio y al mismo tiempo una garantía.

Pero también tiene sus inconvenientes que, precisamente, se derivan de esa condición. Por un lado a un escritor de renombre debemos exigirle más que a otro que es un desconocido. Su prestigio genera una expectativa que no puede verse defraudada; de él esperamos que esté a la altura de su fama. Y por otro lado la exaltación mediática, la hipérbole, los elogios intimidan y predisponen al lector a un juicio favorable; pueden llegar a funcionar como auténticos inhibidores de nuestro propio criterio. Sólo por ser él quien lo ha escrito parece que hay que dar por hecho que es bueno, genial, sobresaliente. Así que si después de leerlo creemos que no es para tanto, que no es tan bueno como dicen, lo normal es que nos callemos por miedo a quedar como unos ignorantes.

Por eso yo creo que con los escritores “famosos” hay que ser más crítico y exigente que con los demás, pero justo; y que al mismo tiempo debemos enfrentarnos a ellos sin juicios preconcebidos. No dar por bueno todo por el simple hecho de que lo haya escrito Patricio Pron, no negarle ninguna de sus virtudes y aciertos, pero tampoco obviar los que consideremos sus errores y defectos.

Y a partir de ahí creo que su principal virtud es la originalidad en la manera de contar. Y aunque sea caer en esa manida expresión de la “voz propia” no encuentro otra más adecuada y precisa para nombrarla. Todos los escritores pretenden que de ellos y su manera de escribir se diga que lo hacen con una voz diferente, personal, distinta; y Pron lo consigue al alejarse de la forma lineal habitual, al escribir los relatos de una manera fragmentada en párrafos. Estilo insólito y poco acostumbrado que produce el primer efecto de descubrir que otro modo de narrar es posible; que se convierte en una marca o sello personal y le hace diferenciarse del resto y con la que podemos, a simple vista, identificar un relato como suyo. Y aunque ese estilo en párrafos –unas veces muy cortos y numerados, y otros más largos- que van desarrollando la trama es lo más característico y mayoritario no es unívoco pues hay en “La vida interior de las plantas de interior” varios relatos sin un punto y aparte con los que nos demuestra que es un escritor capaz de mutar o cambiar de registro. Eso que, como otro manido pero acertado elogio, se llama “versatilidad”.

Pron nos cuenta historias que son hechos extraordinarios dentro de lo corriente. Un suceso aparentemente sencillo, trivial, reconocible, pero que él con ese tono, esa manera personal de narrar hace tremendamente atractivo. Y ese suceso y el cambio que produce lo refleja en detalles nimios pero que siempre resultan determinantes. Y creo que otro acierto que seduce y atrae de este libro es que Pron hace a la literatura y a los escritores protagonistas de algunos de sus mejores relatos. Algo que en otro caso podría parecer mirarse el ombligo, pero que en el suyo resulta unas veces un argumento para hablar de ficción y realidad, teoría y creación; y otras un ejercicio de honestidad, autocrítica, aprendizaje y estímulo.

Pron alterna magníficos relatos con otros medianos o con auténticas excentricidades. Los –para mí- excelentes, son cinco: “Un jodido día perfecto sobre la tierra”, “Diez mil hombres”, “Algo de nosotros quiere ser salvado”, “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” y “El nuevo orden de la última lluvia”, sin duda este último el mejor del libro. Y de estos cinco unas veces el estilo es el de los párrafos breves y numerados, otra el de los párrafos más largos, y otro el de un relato sin un punto y aparte. Y utilizando esa “versatilidad” unas veces acierta y otra fracasa, porque “El cerco” comienza muy bien pero acaba siendo regular al llevar la historia a un callejón sin salida; en “Cincuenta y cuatro veces” hacer que sea Lump -el perro de Pablo Picasso- el que cuente el relato me parece sencillamente una frivolidad; y “En tránsito” me parece irregular porque mezcla las buenas frases con las cursis o absurdas.

Pron tiene calidad, escribe diferente, sí; pero no para dedicarle hipérboles injustificadas porque a veces prefiere antes que escribir bien colarnos el timo de la estampita; en haberse creído de verdad ese papel de salvador o renovador de la literatura que algunos le han adjudicado por el que todo vale.  En el que a otro escritor se le podría acusar y reprochar el haber escrito un relato sin acabar parece que en él debemos considerarlo una genialidad. Y no voy a negar que sea imaginativo y ocurrente, que incluso en esos que considero malos parta de una buena idea o una imagen impactante, pero unas veces parece que se puso a escribirlo y no supo como acabarlo se cansó y lo dejó así, de cualquier manera; y en otro directamente me parece que sobrepasa los límites lógicos de cualquier narración y la convierte en un collage de corta y pega, en una merienda con sándwiches de nocilla. La narrativa gana, y Pron lo sabe, cuando es completa y con acento; y no una boutade de cartón piedra.

Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”. 140 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

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