Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”

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Crónica de la supervivencia

Los libros suelen –o mejor deben- producirnos variados y múltiples efectos. En este caso el primero es, evidentemente, el nombre. A los aficionados a los relatos Horacio Quiroga les sonará seguro por su “Decálogo del perfecto cuentista”, diez “mandamientos” que siempre se enseñan en los talleres literarios como la hoja suelta de un catecismo: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Pero Horacio Quiroga es más que ese famoso y repetido “Decálogo”; y esta antología editada por Vagamundos nos permite recuperar en el siglo XXI a un escritor que, como recuerda Fernando Villalobos en el prólogo, “fue saludado en Argentina en 1926 como el primer cuentista en lengua castellana” y al que se le atribuye “la fundación del cuento moderno latinoamericano”. En Hispanoamérica hubo –aunque a algunos les parezca increíble- vida antes de Borges.

Consecuencia de todo eso es la curiosidad –quizá ligeramente retorcida- de comprobar la puesta en práctica de la teoría, evaluar el valor de la obra por encima de la oportunidad del pionero, la fama y la entrada en la enciclopedia. Y a ese respecto basta con decir que Quiroga pasa la prueba del algodón limpiamente y que para mí, por encima de eso, estos “Cuentos de horror” han supuesto el descubrimiento de un escenario y unos personajes, el paisaje desconocido e inimaginable de un país que nos lo aleja de los tópicos y las estampas turísticas. Argentina es mucho más que Buenos Aires y el tango, y yo un paleto que ha viajado muy poco.

Quiroga empezó en esto de los cuentos como la mayoría de sus contemporáneos: imitando a Edgar Allan Poe. Pero como indica Villalobos “dejó muy pronto de buscar lo extraordinario en el ámbito de lo fantasmagórico o lo grotesco para perseguirlo en el campo de lo real, de lo cotidiano”. Y precisamente uno de los aciertos de esta antología es presentarnos dos relatos de esa primera etapa: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. Dos relatos que leídos por encima son dos historias de terror clásico, pero que tienen uno la sorpresa de un hábil giro que cambia el sentido inicial y en el otro hay mucho más de lo siniestro y truculento que a simple vista parece.

De los seis relatos restantes, excepto el último que en principio aparenta ser una macabra alucinación en un cementerio cuando en realidad trata -a principios del siglo XX- de la drogadicción y la adicción destructiva de la cocaína, son cinco cuentos que ya están en otra línea diferente a la de esa primera época “norteamericana”. Son “Cuentos de monte” y corresponden a esas dos etapas en la vida de Quiroga cuando abandonó la ciudad y se trasladó a vivir al “campo”. Relatos en los que la muerte es la absoluta protagonista y que como nos recuerda Villalobos “es el tema principal en su obra hasta el punto de que su presencia ha sido calificada de obsesiva”, pero que conociendo la trágica biografía del escritor se comprende perfectamente.

Pero para mi lo determinante es –y por lo que dije antes- ese escenario en el que transcurren esos cinco cuentos de Quiroga. Ese paisaje es algo inaudito porque la imagen agreste y salvaje que tenemos de Argentina es la del sur, la de los vaqueros de una Patagonia al estilo del Far-West. Y sin embargo Quiroga nos descubre una selva que está más cercana al Amazonas que a la pampa: acuática, tropical de ríos turbios y caudalosos, lluvias, serpientes, cocodrilos y mosquitos.

Quiroga nos lleva hasta Salto Oriental: departamento de Uruguay fronterizo con Argentina; y a Misiones: provincia del norte de Argentina limítrofe con Paraguay y Brasil. Unos lugares en los que la naturaleza tiene poco de amable si no conocemos sus reglas y trampas. Y en ese desconocimiento puede, fácilmente, encontrar la muerte el hombre de ciudad que va a pasar unos días de visita a la selva y no sabe que la “miel silvestre tiene propiedades narcótica o paralizantes” y tampoco sabe de “las curiosas hormigas a las que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras”. Esos bosques no son el parque del Retiro y su casa de fieras.

Pero en estos cuentos Quiroga no solo habla de domingueros con mala suerte sino también –y sobre todo- de los colonos que habitaban esas tierras a las que un día llegaron para establecerse, construir un rancho y dedicarse a la explotación forestal, la agricultura o la ganadería. Ellos son los auténticos protagonistas y Quiroga nos muestra la vida que llevaban: dura, austera, peligrosa, solitaria y aislada. Con una canoa como medio de transporte y el río como carretera de vuelta a casa. Un lugar en el que encontrar la muerte bajo el pie: “El hombre pisó algo blanduzco y enseguida sintió la mordedura”, en un accidente estúpido al caer y clavarse su propio machete, o por una herida que se infecta.

Quiroga nos muestra la muerte y alguna de las múltiples formas que tiene de presentarse en esos lugares. La muerte imprevisible, caprichosa, siempre inoportuna. Y puede parecer que se recrea en lo macabro, pero sus relatos van más allá del suceso y la forma que eligió ese día. Sus relatos nos muestran los pensamientos del que es consciente de que su vida se extingue sin remedio entre el dolor, la fiebre; la manera en que el hombre se enfrenta a ella en soledad; el presentimiento de su visita y todo lo que transforma y altera su llegada; lo que quedará después de ella, lo que significará: orfandad, esfuerzo en vano, demencia.

Estos cinco relatos de Quiroga nos llevan a otra época y a otros lugares más allá de las ciudades, sus habitantes, sus límites y reglas a los que ahora estamos acostumbrados. Selva en la que se vivía sin médico, sin ayuda, vecinos ni comodidades. La naturaleza inclemente imponiendo su fuerza y ante la que el hombre es un animal más que lucha por su supervivencia tratando de domesticarla.

Y por último y antes de que se me olvide quiero hacer también referencia a las excelentes ilustraciones de Alejandro Santos que acompañan los relatos. Acierto en la elección del ilustrador y en su trabajo que en las últimas publicaciones -creo- había fallado. Y sirva este retrato de Horacio Quiroga como ejemplo:

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Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”. Ilustraciones de Alejandro Santos. 92 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

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