Patxi Irurzun. “La tristeza de las tiendas de pelucas”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 29 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/29/mucho-mas-que-risas/

Mucho más que risas.

A veces hay suerte y sucede. Abrir un libro sin ninguna expectativa, sin esperar nada y encontrarte con un primer relato excelente: “Mi padre, los libros Reno, Ned Flanders y los beats, todo en la misma frase”. Un relato escrito con un estilo desenfadado e íntimo que te seduce y atrapa sin recurrir al maquillaje, la retórica ni el glutamato monosódico. Un texto que más que un relato convencional es una mezcla de evocación y recuerdo personal, de melancolía y lírica en su justa medida, de metaliteratura y televisión casándose por lo civil en Springfield. Un relato de esos que te devuelve la fe y las ganas de pelea, que se convierte en el estimulante que estabas buscando para volver a creer y olvidarte de que anoche pensaste seriamente en hacer una hoguera y abandonar el barco. Un texto por el que dar las gracias y pedir otra ronda.

De Patxi Irurzun se destaca que su principal virtud es el humor. Y es cierto, pero estos relatos no son sólo humorísticos. Hay más. Mucho más que risas.

Supongo que destacar ese humor es por culpa de esta triste época en la que nos ha tocado vivir. Necesitamos más que nunca ese analgésico de la risa. Reír para olvidar. Y sí, es verdad que con alguno de sus relatos te ríes a carcajadas y que ese buen rato será lo que más recuerdes, el eco que quedará al cerrar el libro, por lo que podrías recomendar su lectura; la cara divertida y alegre que te hará olvidar el insomnio y la depresión. Y en ese sentido el relato “Superpop o la tristeza de las tiendas de pelucas” es el mejor ejemplo. Un relato gamberro que es un completo descojone y que por momentos es de humor negro y surrealista, seria chirigota cañí con la que disfrutarán los hombres que han cumplido hace poco los cuarenta y vivieron aquel verano azul frente al televisor.

Y siguiendo con ese humor están “El año de la lengua azul en la ciudad del mundo al revés” y “Espejo de príncipes”. En el primero nos presenta dos ideas o imágenes geniales: un encierro en Pamplona en el que en lugar de reses bravas los mozos correrán delante de avestruces y “un partido de fútbol Barça-Real Madrid con una particularidad revolucionaria: los jugadores del Real Madrid irán vestidos de azulgranas y viceversa, los del Barça, de merengues”. Patxi, con ese estilo y esa forma de narrar desenvuelta, sencilla y eficaz mezclada con el humor consigue que nos apuntemos de inmediato a su club de fans, pero en ese relato ya nos muestra que además de la risa nos deja una reflexión a considerar. El humor como método o camino para llegar a otro lugar, para envolver la moraleja de la fábula. Y en el segundo, “Espejo de príncipes”, hay una parte humorística en ese episodio con el príncipe de España, pero en ese relato hay mucho más que convierte a la sonrisa en mera anécdota. Hay una crítica –que comparto- sobre el privilegio anacrónico que supone la monarquía hereditaria; y hay una reivindicación de la figura de Louis-Ferdinand Celine que sirve para dejar en evidencia a los funcionarios de las letras y que plantea una pregunta para el debate y la polémica: “¿Se podía separar la vida de un escritor y su literatura, esta de sus ideas políticas o su calidad humana?”, y de postre el regalo de una frase subrayada: “No son palabras puestas una detrás de otra solo para escandalizar, ni para “hacer literatura”. La literatura, o eso es al menos lo que me parece a mí, es así como debería ser: un empujón, un meneo, algo por lo que te juegas la vida.”.

Sí, Patxi Irurzun es más que una etiqueta, más que humor ingenioso y  descacharrante, y lo demuestra con el resto de los relatos de este libro. Y aunque en ese resto hay –para mí- algún relato irregular, excesivo, infantil o fallido que cuentan con algún acierto pero que no terminan de cuajar del todo, están “El mundo es un autobús”, “Peaje”, “Trigesimoquinta crisis” y “El vértigo de Spiderman” que son cuatro relatos excepcionales y en los que aparece un Patxi Irurzun completamente distinto. Un escritor que muestra -sin maquillaje ni peluquería- esa cara fea que vive en nuestra ciudad y no queremos ver. Una línea de autobús que atraviesa “las barriadas más pobres, el manicomio, el cementerio, el tanatorio y el hospital. Que transporta seres humanos amargados, desesperados, cansados de vivir, pobres locos, personas a las que su mundo particular, tan insignificante para el  resto de los hombres y tan trascendental para ellos mismos, se derrumbaba…”  Un lugar en el que el amor es la última y ciega esperanza a la que agarrarse. Unos barrios de extrarradio, “las afueras de las afueras”, en donde viven los inmigrantes y la prostitución sin salir de casa, por medio de una cámara web, se ha convertido en la única salida para sobrevivir con la hipocresía de nuestro silencio. Un escritor que narra con palabras sencillas que resultan mucho más demoledoras que cualquier poema el deterioro del amor que se corrompe por culpa de la depresión que provoca quedarse en el paro: “Me echaron del periódico por un cuento en el que aludía en términos “inapropiados” a alguien, por lo visto, demasiado poderoso”; sentirse perdido, incapaz, asustado, estafado por la vida. Despido y su más evidente consecuencia: la humillación, que trata en otro relato en el que con algo de triste humor negro refleja la desesperación, la vergüenza, el odio y la enajenación por los que dan “ganas de mandarlo todo a tomar por culo”.

Sí, con los relatos de Patxi Irurzun tendremos la oportunidad de reírnos mucho, pero también de todo lo contrario. Con él descubriremos la literatura beat  y cuando nos encontremos en un puesto del rastro un libro de la colección “Reno” nos acordaremos de su relato; le contaremos a nuestros amigos –con carcajadas aseguradas- la historia de Bruno, el Leif Garrett español y aquel verano azul; y nos guardaremos para nosotros esa angustia en el estómago que sentimos con ese lirismo suyo sin pijadas que nos describe el abismo que se abre ante nuestros pies cada día; la crítica social, la cruda realidad, la desesperación, la derrota humana; la literatura como bofetada a nuestra indolencia.

Patxi Irurzun. “La tristeza de las tiendas de pelucas”. 109 páginas. Pamiela. Pamplona, 2013. 

Ángel Olgoso. “Las frutas de la luna”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 22 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/22/el-arte-de-la-pesca/

El arte de la pesca

Podría decirse que esto de la literatura es como un inmenso lago al que acuden a pescar los escritores. Y mientras esperan los hay que se dedican a entablar conversación con los vecinos; compartir con ellos experiencias y anhelos, su termo de café y su tartera de croquetas con la mejor de las sonrisas. Con constancia, afinidad y un poco de suerte lo normal es que acaben compartiendo sombrilla, mesa de camping y devociones. Pero para algunos lo realmente importante de todo esto de la pesca es lo que viene después: las reuniones en el bar del embarcadero-lonja del lago; guateque al que muchos llegan invitados por ese vecino que ahora es su amigo y otros de la mano de su padre o amante y en los que se habla de peces y trofeos, gatos y liebres, recetas de cocina y piscifactorías y en las que se pueden hacer nuevas e interesadas amistades o hacerte novia/o de un funcionario, un pescadero, un crupier o un falsificador.

Pero entre esos pescadores que se acercan al lago y sueñan con fiestas, besamanos, padrinos y plantas trepadoras los hay también que pasan del sushi y la comida precocinada, del garrafón y la mercadotecnia. Unos son furtivos que pescan por hambre, de noche y con explosivos; y otros son nómadas o bohemios que van por libre y no han ido a ninguna academia de corte y confección. Consideran la pesca como una aventura, un arte y un placer y no un club o un coto.

Ángel Olgoso pertenece a los solitarios, a los viejos –por expertos- que conocen todas las especies que pueblan este inmenso y profundo lago, que han probado todos los estilos y manejan todos los aparejos de este arte, de los que viven esto como un romance o un desafío y que devuelven al lago los peces pequeños. Hay días que llega, se sienta en la orilla y entretiene la espera leyendo u observando a los demás. Ensimismado y en silencio lo observa todo y parece más atento al paisaje que al agua, al mundo más allá de este lago y sus límites, pequeña porción de tierra de un mundo inmenso. Otros llega y, en lugar de quedarse quieto, camina hasta la desembocadura de un río alejándose de la orilla atestada y su aire de verbena y puticlub, se descalza y remonta el curso del agua a contracorriente y entonces parece más un biólogo, un astrónomo o un arqueólogo que un pescador. Al menos así es como yo lo veo los días que, igual que hoy, me acerco a la orilla esperando a que se haga de noche y la pólvora sacie el hambre.

Lo mejor y –para mí- más destacable de la narrativa de Olgoso es que es capaz de hacernos renunciar a nuestros gustos o predilecciones. Quiero decir que en general cada uno tenemos a la hora de leer nuestras preferencias y -bien por miedo o por comodidad- no solemos salirnos de ellas; yo, por ejemplo, reconozco que las mías van más por la prosa lírica y caníbal, por los relatos urbanos, realistas y contemporáneos que por lo enigmático, lo invisible o la cuarta dimensión. Pero la narrativa de Olgoso tiene -y produce- una innegable fascinación. Y esa atracción –la que sólo consigue la buena literatura- es debida en primer lugar a la precisión y belleza de su prosa: “El calor, a esas horas, no tenía aún su grávida consistencia, no era todavía una eclosión de vidrio o un coágulo candente sino algo tibio y límpido”. Riqueza que en otros abruma o resulta pedante y que en él se vuelve placentera y exacta matemática del lenguaje. Algunos –el lenguaje- lo utilizamos como el atracador usa una navaja; Olgoso lo utiliza con el cuidado, exquisitez y destreza que un florista compone un ramo.

Y el segundo motivo por el que admirarle es su capacidad para cambiar de registro. Sí, ya sé que es un lugar común, pero no lo es cuando resulta totalmente cierto. A Olgoso se le incluye dentro de la literatura fantástica, y aunque es verdad que en su obra hay una querencia por ese género, en “Las frutas de la luna” nos demuestra que él esta más allá de corsés y clasificaciones porque si hay relatos como “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos”, “La torre de Hunan”, “Águila de sangre” o “Las perlas de Indra” que tienen esa característica marca de la casa de fantasía, mitología y exotismo, en otros es capaz de volverse gallego y nueve relatos más tarde recuperar el acento andaluz; de escribir un entremés, un microrrelato, una fábula contemporánea o un bestiario. De viajar a la India o a la China; de escribir un relato con sabor antiguo, otro atemporal y otro que sucedió ayer y se repetirá mañana; capaz del humor, la pesadilla, la locura y la insinuación; de ser pescador inquieto, artista, historiador, hombre de campo y filósofo.

Y sí, claro que tengo mis favoritos: “Contraviaje”, “Designaciones”, “El síndrome de Lugrís”, “Suero”, “Aramundos” y “Dybbuk”, cualquiera de ellos –o todos juntos- puede servir de patrón o ejemplo a seguir para aquellos que quieran aprender a pescar o salir en busca de El Dorado; en todos está la fascinación que produce la maestría de su lenguaje, están sus temas recurrentes, lo que de él esperamos: la Historia, la imaginación, la alucinación, el anverso y reverso de lo visible y real; la denuncia de un mundo imperfecto  y sus carencias de las que los humanos somos productores y consumidores; y está además la sorpresa de un Olgoso totalmente inesperado e íntimo. Pero sin lugar a dudas “Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde” es mi relato preferido; una maravillosa declaración de principios a cerca de lo que significa el Arte y que por si solo vale por cualquier libro de autoayuda.

La narrativa de Olgoso no es de hamburguesería o picnic, está más cercana –por dar alguna referencia- a la de Francisco López Serrano, Gonzalo Hidalgo Bayal o Juan Gómez Bárcena. Precisión y destreza lingüística, reflexión y filosofía temática, y el gusto por ir a pescar a lugares menos frecuentados.

En esto de la literatura hay tramposos y enchufados; hay starlettes –masculinos y femeninos- que transpiran vanidad y mean colonia; hay muy buenos y esforzados artesanos y en un punto y aparte excelentes escritores. Olgoso es de los excelentes.

Ángel Olgoso. “Las frutas de la luna”. 212 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2013. 

Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”

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El nazismo y el comunismo en la literatura española contemporánea

La última novela de Diego Doncel: “Amantes en el tiempo de la infamia” me ha hecho caer en la cuenta de algo: los autores españoles contemporáneos van siempre de pesca al mismo caladero. Y no me refiero ahora a la España de 1931-1975 o a las dictaduras de Chile y Argentina sino a que cuando salen de viaje por Europa van siempre a pescar al mismo sitio; que si quieren usar o poner un ejemplo –absolutamente cierto- del Mal como argumento o ambientación de sus novelas todos recurren al mismo: el nazismo; y ninguno al comunismo de la URSS.

No voy a hacer en este caso de abogado del diablo, que quede claro que el nazismo y todas sus copias y derivados se merecen la misma rotunda e incondicional condena, pero que también, y precisamente por las mismas razones, el comunismo y el régimen de Stalin se merecen el mismo tratamiento. Es suficiente con ver “Katyn”, la película de Andrzej Wajda, para entenderlo.

Lo que me resulta curioso –por no decir indecente- es que los autores españoles miren sólo a un lado antes de cruzar una calle que es de dos carriles. Que si escriben una novela en la que quieren mostrar la encarnación de la injusticia y la arbitrariedad, el terror, la represión y la muerte ninguno lo haga utilizando como escenario perfecto la URSS desde 1922 hasta 1953 o los países de la Europa del Este al otro lado del Telón de Acero. Todos parecen –y yo con ellos- tener muy claro que el nazismo merece una denuncia persistente e inagotable; y todos parecen –y en eso no estoy de acuerdo- que aquel comunismo se merece silencio y olvido.

Y en ese sentido resulta muy significativo que la única novela española –que yo conozca- que esté ambientada y denuncie lo que allí había sea este “El maestro Juan Martínez que estaba allí” de Manuel Chaves Nogales publicada en 1934. Y que desde entonces –a excepción de Juan Manuel de Prada en “Me hallará la muerte”– ningún autor español contemporáneo haya escrito algo parecido. Tal vez una –desoladora y clarividente- explicación esté en lo que dice Andrés Trapiello en su prólogo: “… crímenes atroces, pero muy prestigiados intelectualmente. En un momento en que en Europa se vivía con entusiasmo el triunfo de la revolución bolchevique, con la simpatía de la mayor parte de los intelectuales europeos, que veían en el experimento soviético algo prometedor, la crónica de Chaves debió de parecer una impertinencia”. Asunto, tema y verdad impertinente que al parecer se mantiene desde entonces.

“El maestro Juan Martínez que estaba allí” -da igual que sea una novela, un reportaje o una crónica novelada-; relata lo que el bailaor Juan Martínez le contó al periodista Chaves Nogales cuando se encontraron en Paris a cerca de la experiencia vivida por él y su compañera Sole en Rusia durante la revolución de febrero de 1917 y la posterior guerra civil entre blancos y rojos, zaristas y bolcheviques.

El relato resulta brutal y lógico teniendo en cuenta de que se trata de una revolución y una guerra. Los claveles y el pacifismo vendrían mucho después. Toda la crueldad, violencia y represión que se cuenta en la novela a mí no me sorprende. En aquella época la vida no valía nada y el asesinato era el sistema habitual pues se trataba de eliminar literalmente al enemigo. El terror sistemático que se empezó a organizar entonces tan sólo era un anticipo de lo que vendría después: la Gran Purga, el Gulag. Millones de muertos. “Los bolcheviques fueron descartando a quienes no eran los suyos, por muy obreros y proletarios que fuesen”. Y también hallaremos ciertas similitudes que luego pudimos encontrar en la Guerra Civil española: las espeluznantes checas, el enfrentamiento con los anarquistas y socialistas y su lucha por el poder, y el anticlericalismo ejercido a balazos.

El testimonio de Juan Martínez resulta conmovedor por las calamidades que supuso esa (en realidad cualquier) guerra y le toco vivir: la violencia, el peligro, la inseguridad, el miedo, el frío, el hambre, el tifus, la muerte por inanición o fusilamiento, la supervivencia a base de ingenio, robo, soborno, falsificación y un mucho de suerte.

Pero si por algo destaca la  novela de Chaves Nogales es por su independencia, por atreverse a denunciar las dos caras de una misma crueldad y horror ejercido por unos y por otros: rojos, blancos o nacionalistas: “La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos”. Independencia que es la única posición decente que debe adoptar un hombre para ser realmente libre. Lo de denunciar a unos y callar lo de los otros (o los nuestros) no es más que la demostración de un sectarismo indecentemente elocuente.

Aquella URSS es un tema tratado por autores extranjeros; tan sólo de los más recientes puedo citar “La noche de Valia” de Monika Zgustova, “Contra toda esperanza” de Nadiezdha Mandelstam, “El caso Tuláyev” de Víctor Serge; y también publicados por Libros del Asteroide: “Vientos amargos” de Harry Wu y Carolyn Wakeman, y “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin” de Vladimir Voinóvich. Pero de autores españoles… el único que yo conozco es “Los últimos aviadores de la República” de Carmen Calvo Jung. Y ninguno más.

El libro de Carmen Calvo trata de la formación de los pilotos republicanos en la antigua Unión Soviética durante la Guerra Civil española, el largo internamiento, tras la derrota de la República y el no querer alistarse en el ejército soviético, de un grupo de ellos en un campo de trabajos forzados –el mismo en el que estaban presos los soldados de la División Azul- y su regreso a España junto a los divisionarios en el buque Semíramis en 1954.

Ahí tienen los escritores una buena historia, un excelente argumento. Pero seguro que de eso nadie hace una película ni escribe una novela.

Y ahora pagarme con vuestra indiferencia. 

Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”. Prólogo de Andrés Trapiello. 287 páginas. Libros del Asteroide. Novena edición, Barcelona, 2012.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 11 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/10/literatura-y-palomitas/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/05/el-tango-de-la-guardia-vieja-arturo.html

Literatura y palomitas

Ante esos expositores con los best-seller que montan en las librerías siempre paso de largo. Los miro de reojo con indiferencia convencido de tener muy claro lo que quiero leer y lo que no. Pero con Arturo Pérez Reverte no ha sido tan fácil. ¿Y por qué esta sí y otras no? Pues primero por la época en la que se desarrolla: siglo XX, años 20 y 30, período de entreguerras; un tiempo para mi absolutamente fascinante. Y segundo porque la parte que conozco de Pérez Reverte me gusta: sus artículos de opinión. Sí he leído y disfrutado de sus libros: “Patente de corso”, “Con ánimo de ofender”, “No me cogeréis vivo” y “Cuando éramos honrados mercenarios”. Me gusta su radical independencia, su sentido común, su lenguaje directo y sin complejos, eso de te lo puedo decir más alto pero no más claro.

Leí este tipo de literatura en mi adolescencia y primera juventud, hasta que llegaron los veinte y durante una década cambie piel por papel con dedicación radical y exclusiva. Cumplidos los treinta y recuperado el interés por la lectura descubrí un día que había otras formas más allá del mero entretenimiento, que era posible unir contenido y estilo; así que tiré un centenar de libros a la basura y empecé de nuevo, buscando el término medio entre el espectáculo de refresco y palomitas y el pedante cineclub de autor.

Antes de empezar ya imaginaba lo que me iba a encontrar en “El tango de la Guardia Vieja”, pero las dos razones para abrirlo y leerlo ya las he explicado antes. Y lo primero que me encontré no me defraudó en absoluto. En esta novela hay una excelente y deslumbrante escenografía y ambientación, documentación, dirección artística, vestuario, decorados, mise en scène. Una película que podría ganar todos esos premios en la gala de los Óscar incluida mejor banda sonora y mejor canción. Y reconocer esto quizá sea caer y quedarse en lo aparente y superficial, como decir de una mujer que nos ha seducido simplemente por su belleza y nada más, sin abrir la boca, como en el chiste; pero esa excelente y deslumbrante escenografía es un duro, minucioso y exigente trabajo del autor que cuando está bien hecho hay que reconocer siempre.

Y aunque en este caso por la época en la que se desarrolla la novela –años 20 y 30 del siglo XX- haya una predisposición por mi parte a dejarme seducir, creo, objetivamente, que es en la descripción de los lugares y ambientes donde Pérez Reverte nos ofrece la mejor literatura; en su capacidad para, con las palabras precisas, llevarnos hasta allí; describir el lugar, el escenario, los olores y los objetos, los tipos y los nombres propios; espacialmente en la parte de la novela que transcurre en Buenos Aires: “La Ferroviaria olía a humo de cigarro, a porrón de ginebra, a pomada para el pelo y a carne humana. Como otros boliches de tango próximos al Riachuelo”. “Era común encontrar a gente de la alta sociedad porteña en incursiones noctámbulas a la busca de pintoresquismo y malevaje haciendo la ronda por cabarets de mala muerte o cafetines de arrabal”.

Pero llegados a cierta edad además de la belleza buscamos algo más. Y en ese sentido se puede decir que, “El tango de la Guardia Vieja” es, básicamente, la historia de amor entre sus dos protagonistas: Max Costa y Mecha Inzunza. Una historia de amor divida en tres partes. Una primera en la que el amor surge, se consuma y acaba. Una segunda con un apasionado reencuentro y una huída. Y una tercera con un nuevo reencuentro veintinueve años después. A cada parte se suman, a ese argumento principal y vertebrador, tres elementos en tres escenarios diferentes. En la primera es el tango, un trasatlántico y Buenos Aires; en la segunda es Niza y un asunto de espionaje con la Guerra Civil española de fondo; y en la tercera la bahía de Nápoles y un campeonato de ajedrez. Las tres partes componen un ordenado viaje en el tiempo en el que se van mezclando pasado y presente para que conozcamos completamente toda la historia. Un estructura narrativa que es, sin duda, otro acierto de Pérez Reverte.

Hay otros aspectos positivos, pero también –a mi modo de ver- negativos. Positivo resulta la recreación del lujo y sus escenarios en el que se desarrolla la novela; el lujo de una época y una sociedad que desaparecerá con la Segunda Guerra Mundial, “una fiesta sentenciada a muerte”. El personaje de Max Costa, bailarín, guapo, seductor, gigoló y ladrón de guante blanco; una especie de Arsenio Lupin -“Cyrano de la pégre”- que vivió la buena vida y acaba como chófer con gorra de plato. Acertada y tremendamente atractiva es la parte que tiene al tango como co-protagonista. Es esa primera parte la mejor de toda la novela sin que eso signifique que las otras dos sean malas, pero sí, quizás menos intensas. La parte de Niza se mantiene por el asunto del espionaje, pero hay una escena sadomasoquista sobre la que se proyecta una injusta pero inevitable sombra y otra al estilo increíble del Mike Hammer televisivo. La parte de la bahía de Nápoles tiene el valor del reencuentro y la melancolía, pero todo el asunto del ajedrez se hace aburrido y plano. Acierto es la narración en paralelo de los dos robos y sus consecuencias; una que resulta determinante y la otra frustrada en parte. Acierto es el personaje de Max Costa, el de aquel niño pobre que consigue introducirse en los ambientes ricos de la época y hacerse pasar por un perfecto caballero a base de astucia e inteligencia; y el personaje de Mecha Inzunza “niña bien” que se convierte en una Grace Kelly enamorada, viciosa y apasionada; Catherine Deneuve en “Belle de jour”. Historia de amor en la que hay también diálogos amanerados e imposibles, al estilo de galán de mentón cuadrado, vampiresa con boquilla de nácar y película en blanco y negro: “-¿Sabe una cosa?-comentó él-. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella”. “–Hay hombres que tienen cosas en la mirada y en la sonrisa –añadió Mecha […] Hombres que llevan una maleta invisible, cargada de cosas densas”. “Sabías hacer juegos de prestidigitación con los gestos y las palabras, como si llevaras puesto un antifaz de inteligencia”. Acierto es vivir el amor sin poder permitírselo, la fortuna y la suerte de la belleza esculpida en carne, huir de él por ser un juego depravado, un placentero y demencial callejón sin salida; es reencontrarlo y emborracharse en su saliva y tener que renunciar a ella por imposición, las circunstancias obligándonos a una despedida; es reencontrarlo de nuevo convertido en un anciano pero intacto el amor en las entrañas, echar la vista atrás y recordar todo lo vivido, vivir con sesenta y cuatro años la última aventura. Max Costa es un personaje del gusto de Pérez Reverte, un hombre forjado a sí mismo con audacia y honor sin medallas: “No te dejaste, amigo mío. Nunca fuiste un chico de esos. Al contrario. Tan limpio siempre pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones. Un buen soldado”. Alguien que “mirándose los ojos en un espejo” pueda decir: “no traicioné nunca, o no lo haré jamás”. Un personaje capaz de un último gesto poético coherente con él, pero en el que para mi gusto Pérez Reverte cae en la sobreactuación. Ese final del hombre con los bolsillos vacíos que se aleja silbando El hombre que desbancó Montecarlo es el mismo que el de un anuncio de un coche con nombre de deporte para nuevos ricos.

No voy a negar que en una valoración general haya disfrutado de esta novela, pero reconozco que lo he hecho con la misma mirada con la que hubiera visto una película, una superproducción con un buen guión y una excelente puesta en escena, filme a la antigua con todos los ingredientes necesarios para los aplausos al encenderse las luces. Literatura por la que deslizarse y dejarse llevar, literatura hacia fuera, de escenario y exteriores, visual, dialogada; largometraje que no se hará en esta España del cine subvencionado y sectario.

Seguiré leyendo con gusto los artículos de Pérez Reverte y seguiré pasando de largo ante esos expositores que venden best-seller en los supermercados. Es culpa mía. Hace ya tiempo que en la literatura busco otra cosa.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”. 494 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012.

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 6 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/06/la-novela-de-un-cuentista/

La novela de un “cuentista”

Cuando este libro llegó a mis manos Medardo Fraile aún vivía. Entonces todo mi interés consistía en la curiosidad por leer la única novela que un “cuentista” había escrito; en comprobar qué había detrás de esa estúpida pregunta que a todo escritor de relatos se le hace: ¿y para cuándo una novela? Esa especie de mayoría de edad o consideración de escritor de verdad que los “cuentistas” sólo alcanzan cuando cambian de género y superan la prueba del algodón. Y sin embargo en el caso de Medardo era simple curiosidad porque la escribió en 1982, cuando ya no necesitaba ninguna novela para ser reconocido como escritor. Los relatos le habían bastado para alcanzar el reconocimiento y el prestigio. Nada hubiera cambiado si no la hubiera escrito.

“Laberinto de fortuna” fue publicada por primera vez en Madrid en 1986 con el título de “Autobiografía”, y posteriormente con idéntico título en Venezuela en el 2008. Ahora Menoscuarto la reedita con su título original, y lo hace por esa razón de curiosidad e interés que tiene al ser la única novela de un excelente escritor (de relatos), una reivindicación en vida y un acierto editorial que ahora se ha convertido en un homenaje póstumo.

Pero el hecho de que Medardo Fraile haya fallecido recientemente no la convierte en una lectura oportunista ni a esta reseña en un típico panegírico. Los que me conocen saben que hubiera dicho lo mismo si Medardo viviera. Y leerla merece la pena con independencia de los merecidos homenajes.

De esta novela cuenta Medardo en la “Nota del autor” que la presentó a dos conocidos concursos. En ninguno de los dos resultó premiada. Y con independencia de esas trampas o tan habituales “premios concedidos de antemano” que él denuncia, presiento que la novela de Medardo lo tuvo difícil desde el inicio. Si en esos concursos los miembros del jurado utilizaban el sistema de “las primeras páginas” para juzgarla entiendo que no ganara. El inicio es lento, complicado, barroco, excesivo. Y hay muchos que presumen de que si una novela no les “engancha” en las dos primeras páginas no siguen leyendo. Pero para los que no juzgan por un vistazo rápido, para los que consideran la literatura un camino y no un atajo si siguen leyendo se encontrarán con y disfrutarán de una novela excelente. Complicada de alguna manera sí, pero no por el estilo de Medardo sino por la gran cantidad de personajes que aparecen en la trama. Y esa sobreabundancia no es más que la realidad de una época en la que las familias eran mucho más numerosas que ahora.

“Laberinto de fortuna” es –creo- un ejercicio de memoria autobiográfica, una mezcla de ficción y recuerdos del propio Fraile. Y lo creo así porque la novela es la mirada de un niño en el Madrid de la década de los años veinte, en el mismo lugar, la misma época y la misma edad que tenía Medardo entonces. Y es recreación del recuerdo propio mezclado con ficción porque se trata de la mirada ingenua de un niño de cinco años que todavía no va a la escuela y descubre el mundo. De un niño que convive con su madre enferma y pasa con ella momentos inolvidables cuando no está postrada en la cama, y al cuidado y en compañía de sus numerosos tíos, tías y primos cuando su madre sufre una recaída. Y no sé si la madre de Fraile estuvo enferma, pero sí sé que cuando en la ficción evoca los recuerdos de su pueblo: Bedua, está sin duda hablando de Úbeda, ciudad de esa Andalucía manchega de la que era la madre de Medardo.

Y tampoco sé si Fraile tenía una familia tan numerosa como la que aparece y pasa por este “laberinto”, pero esa familia típica de aquella época en la que lo habitual era que se tuvieran cinco, seis o más hijos es el elemento principal de la novela. Cada personaje, y son muchos, es una historia particular y pintoresca. Y uno a uno, solos o con sus novios, maridos e hijos van apareciendo en escena y haciendo sucesivos mutis; acompañando al sobrino, llevándoselo de paseo, o unos días a su casa, aportando un nuevo episodio que parte del mismo tronco pero que es siempre diferente. Y así, con el nexo común del niño, descubriremos el mundo de la calle y la familia, el exterior y el interior de los adultos, de sus éxitos o sus miserias en una sociedad muy diferente a la de hoy en día. Aprendizaje y descubrimiento en el que también participan los vecinos, los compañeros de trabajo y las amistades. Vida de los adultos por la que sabremos de sus anhelos y secretos; el destino subordinado de la mujer de aquel principio de siglo, la contradicción de un padre cariñoso con su hijo y su mujer que no le impide llevar una doble vida, personaje despreciable al que al mismo tiempo no conseguiremos odiar del todo. Sociedad de ricos y pobres, de señoras que veraneaban en San Sebastián y criadas del mismo pueblo; funcionarios, empleados de oficina y hotel: incipiente y exigua clase media. Teatro del mundo que se abre ante los ojos de un niño, familia que sirve de apoyo y distracción y le protege de la tragedia.

Este “Laberinto de fortuna” es una manera de narrar el recuerdo, de hacer literatura con él; y también es un retrato ecuánime, riguroso, sin odios, rencores ni maniqueísmo de una sociedad y su época. Una amplia “galería de tipos” pueblerinos y de ciudad, con breves, precisas y magníficas descripciones de cada personaje; de los diferentes barrios populares y “pudientes”, sus habitantes y su vida con las puertas abiertas y sillas en el portal o de calles de paso y juegos en el parque. Y en ese sentido es una novela costumbrista que tiene para mí, precisamente en esa parte, un innegable y particular atractivo. Ese Madrid de principios de siglo que Medardo reproduce magistralmente: “Pasaban tranvías y, con arrítmico cascoteo, coches de caballos, y la gente entraba y salía por las callejuelas, cruzaba de una acera a otra; vendedores, busconas, chulos, aristócratas, chiquillos y viejas, damas y bohemios, toreros, sablistas, militares, en un estado de paroxismo y repetición que convertía a todos y cada uno en protagonistas efímeros de alguna escena gesticulante, vacua”. Narración en la que los olores se hacen capitales y líricos: “Olía remotamente a vino, a café frío, a polvos de arroz, a horno repostero, a atalaje sudado, a hambre distraída con ensaimada”; y en la que los que ya somos un poco viejos encontraremos entrañables coincidencias de nuestra infancia: los billetes capicúas del autobús, el practicante que venía a casa, y aquella tortura repleta de aburrimiento a la que nos sometían nuestras madres: “Manuel, cogido de la mano, era un niño a paso de procesión arreglado para hacer visitas”.

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”. 273 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012.

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