Sergio Ramírez. “Flores oscuras”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 30 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/30/el-zumo-la-pulpa-y-la-piel/

El zumo, la pulpa y la piel

Ha sido simple casualidad, pero entre Luis Sepúlveda y Sergio Ramírez hay algunas coincidencias. Biográficas y literarias. Ramírez también alcanzó la popularidad en España en la década de los noventa al ganar el Premio Alfaguara de Novela con “Margarita está linda la mar”, pero el primer libro que publicó fue uno de cuentos, y desde entonces ha ido compaginando los dos géneros. De nuevo, y para satisfacción de los entusiastas hinchas del relato, el caso de un novelista que no ha renunciado a ser cuentista; algo que, por lo que voy descubriendo, parece más habitual entre los escritores hispanoamericanos que en los españoles.

Ramírez, según consta en la biografía de la solapa, también estuvo exiliado en Alemania, y también vivió su época revolucionaria formando parte de la guerrilla sandinista que derrocó al dictador Somoza. Entre 1986 y 1990 llegó a ser vicepresidente de Nicaragua,  pero poco después abandonó el Frente Sandinista de Liberación Nacional y ha sido muy crítico con el presidente Daniel Ortega denunciando sus abusos de poder. Esa deserción y denuncia del FSLN puede parecer algo que no tiene nada que ver con la literatura, pero es importante porque está presente en dos de los relatos de este libro: “Las alas de la gloria” y, sobre todo, en “La colina 155”.

Entre los cuentos con argumento político de Sepúlveda y Ramírez creo que hay una notable diferencia. El chileno se queda, evocándola desde la distancia, en el aspecto romántico o idealista de aquella revolución y el nicaragüense cuenta lo que pasó después, lo que quedó de ella y en lo que se transformó al alcanzar el poder. Ramírez tiene –basada en su propia experiencia- una visión crítica de la que Sepúlveda carece; y eso para un escéptico como yo es un punto a su favor. Y así tenemos esos dos relatos en los que nos habla de aquellos soldados rasos de la revolución, héroes que tuvieron su día de gloria y sobrevivieron a meses de barro y muerte en las trincheras y que acabaron premiados con el olvido y la pobreza y frente a ellos los revolucionarios que, a la sombra del nuevo gobierno, se han hecho millonarios y déspotas.

Pero estas “Flores oscuras” son mucho más que esos dos magníficos relatos. Y creo que lo primero que debe destacarse es su excelente proporción. Porque para que se pueda recomendar un libro de relatos no es necesario que todos sean perfectos -ya lo he dicho en otras ocasiones: la perfección es el más falso de todos los mitos- y este son doce cuentos en los que hay alguno que resulta regular –que no malo- por tener un enfoque narrativamente confuso: “La cueva del trono de la calavera”, o ser la exhibición de un cultureta: “Flores oscuras”, o una idea original pero que en comparación con los demás resulta superficial o ligero: “Adán y Eva” . Eso nos da una proporción en los que me parecen muy buenos o excelentes de nueve de doce y esa es una estadística muy alta y que muchos libros de relatos no alcanzan habitualmente. Tal vez pueda parecer un ejercicio frívolo de crítica, como ponerle estrellitas en una puntuación del uno al diez, pero este es uno de los mejores libros de relatos que he tenido oportunidad de leer últimamente y cuando eso sucede me dejo llevar por el entusiasmo. Porque lo bueno de la literatura es lo inolvidable que has leído, pero también lo que te queda por leer; una nueva oportunidad al placer cada vez que abres un libro. Y es que a veces leemos a escritores que se empeñan en suicidarse aburriendo al lector, por eso me produce tanto entusiasmo descubrir a uno que se toma en serio el compromiso con la literatura sin querer convertirla en un pulcro pasatiempo, un entretenimiento para mayorías o en un experimento pedante y extravagante para minorías.

Los cuentos de Ramírez son relatos de personajes anónimos que él hace visibles y protagonistas: “Todo el mundo tiene una biografía, por muy insignificante que al principio nos parezca”. Derrotados del bando de los vencedores -exguerrilleros que malviven como ladrones de tapas de alcantarillas o vendedores ambulantes-; un boxeador de tercera división que “sale del anonimato” por “la puerta falsa”; la mísera troupe de un circo ambulante con su amazona-trapecista, su tragafuegos, su payaso-mago y un enano-volatinero envueltos en un caso de prostitución y asesinato; los condenados por nacimiento –un insignificante ladronzuelo devorado por unos perros rottweiler- o por su torpeza –un hispano incapaz de aprender inglés que vive en un pueblo de Iowa- o víctimas de su propia debilidad -la mujer madura seducida por un don Juan aldeano-. Tipos sin suerte, humildes, desahuciados, perdedores con los que Ramírez ha adquirido un compromiso de defensa  y visibilidad. Aunque lo único que no me cuadra en todo eso es lo de su estancia –para escribir alguno de los cuentos que contiene este libro– en una villa junto al lago de Como pagada por la fundación Rockefeller. Me chirría igual que un marxista conduciendo un Mercedes, pero si me quedo con toda la buena –buenísima- literatura que hay en ellos me olvido de sacarle punta a esa contradicción y me concentro en que los suyos no son solamente cuentos de personajes inolvidables y baqueteados por los que, de su mano, sentir una lógica conmiseración sino que es capaz de hacer que el narrador adopte diferentes personalidades y formas: cronista, testigo o protagonista; que utilice distintos estilos y estructuras para contar la historia: atestado policial, sumario judicial o investigación periodística, o que nos ofrezca dos opciones en un mismo relato o reconstruya el plano físico y sentimental de una casa familiar poniendo en movimiento la memoria desde la imagen fija de una vieja fotografía. Que sea capaz de lo panorámico dentro de lo íntimo, de narrar lo trágico en lo común con humor, fatalismo o resignación sin histeria; de romper y ampliar los estrechos límites de un relato incluyendo lo secundario en su reducido escenario, mostrar lo principal sin renunciar al detalle, levantar la alfombra de la historia, cimentarla a base de elementos de derribo. Que sea capaz de sacarle más jugo a la misma naranja y además hacer comestibles y deliciosas la pulpa, la piel y las amargas semillas.

Sergio Ramírez. “Flores oscuras”. 226 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

Slawomir Mrozek. “La vida para principiantes”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el martes 23 de julio de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/07/23/humor-y-satira/

Humor y sátira

La casualidad me trae un nuevo libro humorístico. Pero esta vez se trata de otro tipo de humor, otro estilo. Si el de Patxi Irurzun es un humor gamberro y castizo que provoca la carcajada el de Slawomir Mrozek es un humor irónico que provoca la sonrisa. Quizás que uno sea español y el otro polaco tiene algo que ver; aunque me resisto a caer en los tópicos. El humor de Mrozek resulta más frío y discursivo, supongo que más al gusto de un interiorismo nórdico y eslavo al que los españoles no estamos acostumbrados; el nuestro es más expansivo, racial, callejero y alborotador; más de comedia y carnaval. Pero que sean diferentes no significa que obligatoriamente tengan que ser incompatibles. Cuando el humor es bueno se convierte en un lenguaje universal; y siempre que no se caiga en lo trillado y partidista es la forma más difícil e inteligente de dejar en evidencia algo muy serio.

“La vida para principiantes” subtitulado “Un diccionario intemporal” es una selección de treinta y nueve relatos de Mrozek asociados a un mismo número de lemas de la A a la V. Y así, por ejemplo, “Ambición” se relaciona con el relato “El hijito” y en él se trata de la ambición del hijo bastardo por ser reconocido; “Anarquía” con “Té y café” y es la respuesta a la imposición de una anfitriona que obliga a su invitado a tomar una decisión: tomar té o café, a lo que él responde: “Mitad y mitad, por favor. ¡Y una cerveza!”; con “Arte” el relato es una parodia de su farsa y lenguaje para vender humo, con “Cambio” el relato asociado es “Revolución”, que es uno de mis favoritos y el más agudamente irónico; “Complejo” es el de no ser nadie y buscar la manera de ser por fin “Alguien”; a la “Cultura” la retrata bajándola de su pedestal y negándole sus privilegios, con “Democracia” hace ridículo su igualitarismo llevado al extremo; con “Depresión” muestra en “Pena” un desfile no militar como un espectáculo vergonzoso y populista de gobierno caribeño o norcoreano, la “Fama” es la oportunidad de salir en la televisión; el “Humanismo” de “Un héroe” es en realidad egoísmo y vanidad, el “Idealismo” es un funcionario “Kamikaze” que se presenta voluntario para organizar el Archivo de Asuntos Pendientes y en donde desaparecerá sepultado por el papel acumulado; la “Jubilación” es perder el trabajo que le quita todo el sentido a una vida, la “Juventud” es arrogancia; la “Libertad”, libertinaje; la “Literatura” son los libros que ha escrito un contable en el ejercicio de sus funciones y que pide le concedan el dinero en metálico del premio Nobel para sobornar a un funcionario de Hacienda; “Mujeres” es una crítica a la apariencia; “Pasatiempo” es unirse al cortejo de un funeral sin saber quién es el muerto; y la “Revolución” es comprar un auténtico revolucionario en una tienda de antigüedades porque nuestra vida es aburrida y necesita de alguna emoción.

Tal vez muchos conozcan a Slawomir Mrozek como autor teatral. Yo no. Y como explica Jan Sidney en el Epílogo: “su nombre suele aparecer unido al de autores como Ionescu, Beckett o Dürrenmatt. El escritor polaco es uno de los dramaturgos más importantes de la segunda mitad del siglo XX”. Para mí, con “La vida para principiantes”, ha sido un descubrimiento como narrador; algo por lo que –al parecer- es también de sobra conocido: “Si Mrozek se ha hecho acreedor al Nobel no ha sido sólo por obras (de teatro) como Tango, Emigrantes o Striptiease” sino por ser un “excelente autor de relatos breves”.

Para los que como yo suelan llegar tarde a las fiestas tienen en este “Diccionario intemporal” una manera perfecta para conocer y disfrutar con este escritor polaco -además de esta selección, la editorial Acantilado ha publicado ocho títulos más de su obra narrativa, entre relatos y novelas- que nació en 1930 en Cracovia y renegó y criticó al comunismo estalinista por lo que no pudo volver a su país hasta 1990, que vivió en varios continentes y “no se dejó llevar por ninguna corriente política ni por el espíritu de la época, sino que siguió siendo un solitario”. Un escritor independiente que utiliza el humor como formula para hablar en serio y denunciar, por medio de un surrealismo y un absurdo muy realista, la burocracia típica del totalitarismo, pero también lo intemporal y que resulta de triste actualidad: la corrupción. Que de igual manera evidencia el ridículo y caducidad de un discurso igualitario y de lucha de clases; pero también los privilegios de la aristocracia o el escalafón.

Mrozek nos muestra al individuo y al colectivo, el comportamiento del hombre en sociedad influenciado por el pensamiento dominante. Lo ridículo de sus actos. Los tipos son reales: el pícaro, el arribista, el obsesivo, el comisario político, el ingenuo, el aprovechado; el que se ha cansado de vivir en una mentira permanente y su espectáculo. Por fin alguien diciendo la verdad. La sátira contra todo lo reprobable. Un método al que se adapta perfectamente el relato corto por su contundencia sin atajos ni rodeos.

Este tipo de humor no se lleva en España. Aquí somos más pasionales, más sectarios y más tramposos. Nos hace mucha gracia la desgracia del contrario, del adversario, del enemigo. Nos reímos mucho y hacemos chistes con lo de los demás pero lo nuestro es intocable, profanamente sagrado.

Mrozek utiliza la sonrisa, el ingenio y la ironía para dejarnos algo doloroso e incluso triste: resultamos patéticos y debería darnos vergüenza; nos muestra nuestra estupidez y vanidad humana, se ríe de nosotros y de lo absurdos e idiotas que somos. Nos deja seriamente en evidencia con una sonrisa.

Nos iría mejor si lo imitáramos más en lugar de hacer ese humor casposo, clonado, bilioso y sectario de monólogos unidireccionales.

Slawomir Mrozek. “La vida para principiantes. Un diccionario intemporal”. 142 páginas. Edición al cuidado de Daniel Keel y Daniel Kampa. Ilustraciones de Chaval. Epílogo de Jan Sidney. Acantilado. Barcelona, 2013.

José Luis Melero. “Leer para contarlo”

Luis Sepúlveda. “Desencuentros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 16 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/16/en-la-variedad-esta-el-acierto/

En la variedad está el acierto

La primera edición de estos “Desencuentros” es de 1997, en la colección Andanzas, de Tusquets. Ahora la misma editorial lo reedita en Maxi, su colección de bolsillo, ofreciéndonos la oportunidad de leer los relatos de Luis Sepúlveda a un precio asequible y en un formato ideal para esa literatura portátil tan típica del verano.

Luis Sepúlveda alcanzó la fama y el reconocimiento de los lectores en la década de los 90 con una novela breve: “Un viejo que leía novelas de amor”; pero a los entusiastas del relato nos gusta recordar que antes de hacerse un conocido novelista los cuatro primeros libros que publicó fueron libros de cuentos y que después de esa exitosa novela ha seguido escribiendo y publicando relatos y novelas compaginando los dos géneros. El raro y destacable caso de un escritor que al llegar a la categoría de novelista no renuncia a seguir siendo cuentista.

A Sepúlveda, que obtuvo el título de director de teatro en la Universidad de Chile y más tarde en la Universidad alemana de Heilderberg la licenciatura en Ciencias de la Comunicación,  el moderno enciclopedismo electrónico lo califica de escritor, periodista y cineasta. Y esos aspectos de dirección artística y escenografía, de mirada, perspectiva y composición cinematográfica o teatral están en sus relatos. En 1973 tras el golpe de Estado de Pinochet fue encarcelado en dos ocasiones y finalmente tuvo que abandonar Chile. Su condición de exiliado le llevó a recorrer Uruguay, Brasil, Paraguay, Ecuador y Nicaragua y le llevo hasta Europa. Esa experiencia viajera de cronista de su propio nomadismo y su fuerte compromiso ideológico también están presentes en su obra literaria.

“Desencuentros” son un total de veintisiete cuentos de diferente extensión y temática muy variada divididos en cuatro grupos y un relato final a parte. Hay “Desencuentros amistosos”, “con uno mismo”, “en los tiempos que corren” y “de amor”; y ese relato final fuera de grupo: “Otra también puerta del cielo” es una ficción metaliteraria que narra el “encuentro” en el París de Rayuela –“Camino por estas calles que, estoy seguro, el Ogro recorrió con las manos en los bolsillos, jugando a que el viento haga volar las solapas de la gabardina y nos confiera un aspecto de pájaros extraviados” con dos de sus personajes secundarios que luego se convirtieron en protagonistas de “62 Modelo para armar”.

Parece ser que cierta parte de la crítica y de los escritores de su país desprecian a Sepúlveda por ser un autor de “best-seller al estilo de Isabel Allende” y escribir “con sencillez y claridad evitando el rebuscamiento estilístico, la oscuridad filosófica y el enrevesamiento literario”. Y sí que es cierto que Sepúlveda no pretende en ninguno de sus relatos complicarle la vida al lector metiéndole en un laberinto criptográfico; algo que yo al menos agradezco porque no soy partidario de esos libros que requieren para poder apreciarlos de un descifrador de claves o un exquisito paladar educado en la neo-cocina experimental. Para mí la virtud se halla en la justa medida: ni en el exceso ni en la falta.

En este libro hay veintisiete oportunidades para encontrarnos con narraciones de todo tipo. Para tropezar con cierta cursilería carnal y sentimentalismo efectista y facilón, para algún misterio que resulta el relato primerizo de un adolescente en un taller de escritura y para una evidente idealización política que hoy resulta chirriante teniendo en cuenta que toda aquella retórica revolucionaria y guerrillera ha acabado convertida en dictadura o ha derivado en esperpento; pero también con muy buenos cuentos por la mezcla de atractivos personajes y escenarios fuera de lo común: el faquir de un circo; el puerto, sus marineros, bares y prostíbulos, contrabandistas y boxeadores; en otro por ser un relato que habla de la infancia y los sueños de aventura que se estrellan con la triste realidad, en otro al narrar la juventud y reproducir con exactitud lo que en esos años significan la amistad y el imán del sexo; y en otros al hacernos adultos y saber lo que significa el amor perdido, su recuerdo – como en “Historia de amor sin palabras”, para mí uno de los mejores de todos- o su reencuentro quince años después puntual -y fugaz- a su cita en el andén de una estación.

Y de igual manera que podemos pasar por la infancia, la juventud y la madurez hay tiempo para pasar por varias ciudades -de Europa a Hispanoamérica- y por diferentes décadas del siglo XX. Para ir de la historia antigua y sus pergaminos a la vivida en primera persona tras el incendio del Palacio de la Moneda. Para viajar en tren al norte y al sur de Chile; a una selva amazónica en guerra; a la antigüedad maya y sus bibliotecas y enigmas y al México de uno de sus mil generales y revoluciones. Hay tiempo para evocar aquel Santiago de juventud que “olía a acacios, a jardines recién regados, a baldosas manguereadas convocando al frescor de los crepúsculos de aquella “ciudad rodeada de símbolos de invierno” o aquella misma ciudad de los años cincuenta con cines, salas de baile y tardes escuchando la radio en una sala de estar cuando existían los talleres de costura en donde se arreglaban corbatas y sombreros y el amor se leía en los labios.

Es cierto que por ese “escribir con claridad y sencillez” sus relatos por lo general resultan evidentes, obvios; pero eso no significa que todos sean iguales, que no pruebe diferentes estilos. Hay espacio para los relatos largos y cortos –entre los que se encuentran dos de los mejores del libro: “Para matar un recuerdo” y “Café”; para los de argumento político -como “El campeón”– que tiene esa visión subjetiva, idealizada y chirriante como defecto, o parcial y benevolente –como en “Desencuentro al otro lado del tiempo”– en el que a pesar de esa mirada tendenciosa resulta un relato excelente, o que –como en “Un auto se ha detenido en medio de la noche”– es absolutamente angustioso, trágico y real. Muchos podrían ser filmados por tener ese mirada y escenografía cinematográfica y otras veces se pone enigmático o surrealista y falla –como en “Formas de ver el mar” y “Del periódico de ayer”-, en otra resulta regular –“Cuando no tengas un lugar donde llorar”– pero en otros -como en “My favorite things” resulta perfecto.

Es cierto que explica las metáforas para no dejar lugar a dudas, pero esa explicación a mí no me resulta ofensiva. Que sus cuentos están libres de insinuaciones y que Sepúlveda nos muestra claramente la intención del relato librándole al lector de su interpretación, pero eso no quita para que no pueda disfrutar de la historia y que a veces sea capaz de clarividente sutileza como en el excelente y amargo “Un hombre que vendía dulces en el parque”. Es verdad que algunos son completamente realistas y en otros mezcla lo real y lo mágico, la fantasía y lo posible; que los que –al menos para mí- son los mejores tienen un mismo aire emotivo y sentimental, que narran una misma pérdida de más de veinte maneras distintas, pero creo que en toda esa variedad está el acierto de estos “Desencuentros”.

Luis Sepúlveda. “Desencuentros”. 240 páginas. Colección Maxi. Tusquets Editores. Barcelona, 2013.

 Entretanto Magazine

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Marcos Díez. “Desdoblados”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 13 de julio de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/07/13/mirando-a-los-ciegos-correr/

Mirando a los ciegos correr

“Desdoblados” es una colección de “sesenta cuentos breves escritos entre los años 2008 y 2012”. Sesenta son muchos relatos para un libro, pero ese número tiene una explicación que Marcos Díez nos da en su “Nota del autor”: “Cuando me ofrecieron escribir una columna semanal de opinión en un periódico me dediqué a escribir pequeños cuentos de mil novecientos caracteres”. Y en esos dos detalles: el tiempo y el espacio en la escritura, están las claves de esta colección.

Lo primero que hay que agradecerle a Marcos es su reivindicación de la narrativa llevándola a una columna de opinión de la prensa escrita. “Con el tiempo he descubierto que a través de la literatura opino de las cosas que me parecen importantes y que, paradójicamente, no coinciden nunca, o casi nunca, con lo que se cuenta en los medios de comunicación”. Escribir cuentos como otra forma de reflexionar más allá de la actualidad y su rápida caducidad y conseguir que la narrativa apareciera todas las semanas en un periódico y no sólo en el mes de agosto para llenar los huecos con relatos veraniegos.

Pero esos dos límites que cité antes –tiempo y espacio- juegan más en su contra que a su favor. Tiene mucho mérito que alguien sea capaz de escribir un relato –aunque sea breve- a la semana. Ese compromiso obliga al trabajo, al esfuerzo y a la ebullición constante de la imaginación; pero esa obligación por cumplir un plazo limita la creación al no darle el tiempo necesario para madurar y fuerza a dar por bueno lo que sea. Y lo mismo pasa con el espacio limitado, que obliga a ajustar el desarrollo del argumento sin pasarse de un número fijo de caracteres. Se dirá que reducir la historia a lo esencial es algo inherente a los relatos; y es cierto, pero eso no tiene nada que ver con la extensión. Se debe seguir esa regla de lo esencial, pero cada relato debe desarrollarse sin verborrea que aturda y lo haga excesivo o con límites que lo jibaricen y  se quede corto. Las obligaciones laborales –como las películas alimenticias- a veces son necesarias, tener que pagar el alquiler no nos permite decir no, pero en algunos casos sale bien o regular y en otras rematadamente mal.

Hay una regla –a no ser que se sea un genio- del tiempo y la distancia que resulta fundamental en los relatos. Una vez que tenemos la idea se escribe un primer manuscrito y luego se olvida por un tiempo. Es la conocida técnica del congelador. Seis meses después se retoma el relato y se amplía, corrige o recorta. O se deshecha o rompe porque a lo mejor lo que escribimos en su momento nos pareció bueno pero seis meses después con los mismos ojos pero con una mirada distinta nos parece ridículo. Y eso es –creo- lo que le pasa a bastantes de los relatos de este libro, que al escribirlos y publicarlos en la misma semana no fueron previamente congelados.

Y es que hay algunos –sobre todo los del último grupo: “El cadáver arrepentido”– que parecen los típicos embriones de un relato que anotamos en un papel y desarrollaremos más tarde, buenas ideas que podrían servir como germen para un relato mejor y más elaborado dedicándoles el tiempo y trabajo adecuados –como “Nochevieja”, “Fe” o “El negocio”– que se mezclan con algunos completos y bien resueltos –“Benigno” y “La lista”– y otros que se quedan –como por ejemplo “Espías”, “La ascensión”, “Secretos” o “El teletransportador”– en una simple gracieta, el sueño delirante de una siesta o en cuentos típicos de escritor adolescente que producen cierto sonrojo.

Puedo llegar a entender que se haya querido reunir en un solo volumen todos los relatos de estas características escritos por Marcos, pero una labor de selección por parte del editor lo hubiera mejorado mucho porque en las otras dos partes restantes: “Descabezados” y “Hacia el mar”, hay un mejor equilibrio y resultado, y están –para mí- los mejores del libro; relatos completos y redondos: “El abandono”, “Las vacaciones”, “La discusión”, “Sueños”, “En blanco” -aunque este con una línea final que lo estropea-, “La vida de Pedro”, “La vida de Laura”, “Desdoblados”, “La avería” y los dos que más me han gustado: “La revista” y “La visita”.

En la mayoría se puede ver la influencia de Raymond Carver –al que Marcos cita expresamente en dos- y en otros –que no son esos que he anotado- hay buenas e ingeniosas ideas pero de nuevo me da la sensación de que se han resuelto con prisa o que se asfixian por la falta de espacio.

Lo más interesante, lo mejor de los relatos de Marcos es poner por escrito pensamientos que, estoy seguro, todos hemos tenido alguna vez: imaginar que sucede algo que nos libere y que al mismo tiempo nos hace sentirnos miserables por pensarlo. Con historias y personajes corrientes y sin lirismo que rebaje o endulce el dolor -su lucidez proviene de las palabras simples que describen lo amargo- nos muestra nuestra profunda insatisfacción, nuestras contradicciones, mentiras, fracasos y miedos.

Todo; la aflicción y el placer pasajeros, la presencia de la muerte, lo impuesto y el cambio, lo absurdo y lo imperfecto, lo bueno y lo malo, el amor y el desamor, lo inesperado y los golpes; todo tiene un principio y un fin, todo forma parte de nuestra vida. Así que lo que debemos aceptar es que por todo –tarde o temprano y más de una vez- pasaremos, y que tenemos que aprender a diferenciar lo que realmente importa de lo que no. “Mira a tu alrededor, observa a los ciegos correr”.

Marcos Díez. “Desdoblados”. 142 páginas. Ediciones Valnera. Villanueva de Villaescusa (Cantabria), 2012. 

Pedro Ignacio López García. “Julio Camba. El solitario del Palace”

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En la biografía de Carrere me encontré con muchos nombres conocidos de bohemios de los que sé que tengo por ahí alguna biografía colectiva y que intentaré que sean mis siguientes “lecturas de piscina” de este verano: “Cruces de bohemia” de Javier Barreiro y “Desgarrados y excéntricos” de Juan Manuel de Prada. Pero de éste párrafo: “Las veladas de esos años se iniciaban, a veces, con una cena bohemia en un almacén de vinos de la plaza del Progreso. Se trataba de una bodega henchida de pellejos. El grupito lo formaban Pedro de Répide, los hermanos Camba, Hernández Catá y nuestro autor”, me llamó la atención que entre ellos figuraran los Camba (Francisco y Julio) porque no los tenía por miembros de esa cofradía. De Francisco Camba sé que tengo cuatro o cinco novelas que leí hace años, pero entonces me acordé de que tenía ésta biografía: “Julio Camba. El solitario del Palace”, escrita por Pedro Ignacio López García y que no había leído todavía. Y claro, me la llevé a la piscina.

Julio Camba nació en 1884 en Villanueva de Arosa (Pontevedra) el mismo pueblo que Valle-Inclán. “Julio, curioso, inquieto y, sobre todo en sus inicios, bastante bohemio y anarquista, tenía poco que ver con Francisco, mucho más sedentario y conservador. Con el paso de los años Julio –como Carrere- despreciaría la bohemia, se volvería un dandi amante de los hoteles de lujo y de la buena mesa y, sin renegar nunca de su liberalismo e independencia, colaborará con enorme éxito en los periódicos españoles más conservadores”.

En 1900 –con dieciséis años- se mete de polizón en un barco hasta Argentina. En Buenos Aires entra en contacto con un grupo de anarquistas y allí empieza a escribir artículos en varios periódicos libertarios. Pero en 1902 es expulsado de Argentina y regresa a España. Al año siguiente -1903- llega a Madrid, y es precisamente Emilio Carrere el que lo recuerda: “En el diván del El País durmió Julio Camba su primera noche de Madrid. Alguno que tenía ingenio o simpatía se quedaba de redactor. Así entró en la vida periodística. En aquel Madrid la gracia era una llave mágica”. El que en poco tiempo Julio fuera contratado como “redactor de mesa en El País” con un sueldo –aunque fuera bajo- nos da una idea de que con talento era posible triunfar y que quizás si otros no lo consiguieron fue porque carecían de él. Aunque eso no quita para que la historia de sus vidas y fracasos me resulten fascinante.

Camba, rebelde e independiente, joven y temerario, decide con diecinueve años fundar su propio periódico: “El Rebelde”, un periódico anarquista semanal. Aunque como nos explica Pedro Ignacio López el anarquismo de Camba es muy similar al de Pío Baroja: “No cree en el hombre ni en la humanidad, menos aún en una clase social, siquiera el proletariado. Sólo cree en el individuo. Desprecia por igual a la burguesía y al proletariado. Se siente al margen”.

Y respecto a la bohemia, coincide –en parte- con Carrere y su apostasía –la de Carrere fue mas tardía y no renunció tan pronto a lo escabroso o sicalíptico-: “A Camba le repugna la pornografía tanto como le deprime la bohemia pobre y sin talento”. Pedro Ignacio López reproduce una semblanza de Camba de Rafael Cansinos Assens que resulta muy acertada y elocuente: “Julio Camba, el anarquista, era en el fondo un sibarita, un aspirante a burgués. Su anarquismo era simplemente un diletantismo, una escarapela para llamar la atención y epatar, con sus melenas y su chalina de colorines. Era el suyo un anarquismo aristocrático, que odiaba a las masas”.

Después de pasar por El País, España Nueva, El Intransigente y El Mundo (todos de la prensa de izquierda) llega a La Correspondencia que en 1908 le ofrece ir de corresponsal a Estambul (Turquía) y Camba acepta. Ese primer puesto será el primero de una larguísima carrera como corresponsal en el extranjero para diferentes periódicos: París, Londres, Berlín, Suiza, EEUU, Italia y Portugal. Como muy bien explica Pedro Ignacio López: “La ocasión de desempeñar estas largas corresponsalías en el extranjero ha salvado a Camba. Entre continuar siendo un bohemio de las noches de Madrid, un periodista político eficaz pero previsible, y parecer una dandi a la moderna, muy siglo XX, logrando un nuevo estilo de crónica, mucho más concisa y, sobre todo, graciosa, no puede haber duda de la elección”.

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Este aspecto viajero y de residencia en el extranjero de Julio Camba creo que es lo más significativo y determinante en él. Se marchó de España con veinticuatro años y estuvo trabajando de periodista, viajando por todo el mundo, residiendo fuera, yendo y viniendo, durante cuarenta años. En realidad toda una vida. En su momento tuvo la oportunidad y no dudó, tomó la decisión; algo que otros muchos por conformismo o cobardía no atrevieron a hacer, pero que en él no era de extrañar teniendo en cuenta que con dieciséis años se metió de polizón en un barco rumbo a Argentina. Me parece admirable porque yo reconozco que he sido de los cobardes, de los que no se atrevieron en su momento, cuando tuvieron la oportunidad de poder hacerlo, de salir de casa de mis padres y vivir la experiencia. Algo de lo que ahora me arrepiento. Pero me llama mucho más la atención por el momento en el que Camba lo hizo: 1908. Hay que pensar en esa fecha. En aquella década la inmensa mayoría de la gente no viajaba al extranjero. Sólo lo hacían los ricos y París era lo más lejos que llegaban. Julio empezó por Turquía en una época en la que muchos no sabrían ni colocarla en el mapa. Después vinieron todos los demás países. Y tantos años viajando, viviendo fuera, estoy seguro de que marcan un carácter; para bien y para mal.

Julio Camba “observador inteligente, agudo y con ideas propias” empezó escribiendo mucho, y ya “en 1918 se convirtió en el cronista mejor pagado y probablemente más leído de toda España”. Pero progresivamente, poco a poco, según pasaban los años, empezó a escribir menos; hasta que en 1930 vivía sólo de los derechos de autor de sus libros. Cada vez que volvía “Madrid le inspiraba poco y le aburría”, y sólo un nuevo destino en el extranjero era capaz de revitalizarle y hacer que volviera a escribir. La novedad de conocer un nuevo país será su único estímulo y al mismo tiempo el estar en constante movimiento acabará agotándole. En 1949 “regresa a España definitivamente y se instala en la habitación 383 del hotel Palace en donde vivirá hasta su fallecimiento trece años después”. A este respecto el que viviera en una habitación de ese hotel –uno de los más caros de Madrid- es también muy significativo para entender lo determinante que fue la amistad y admiración ajena en la vida de Camba, puesto que como dice Pedro Ignacio López: “Conviene recordar, para satisfacción de curiosos, que nunca pagó la cuenta”. Y nos da las tres versiones de quién lo hizo: Juan March, el ABC, y según Tomás Borrás, Marquet, director del hotel, ante la situación de “autónomo sin jubilación” de Camba le permitió vivir allí en régimen de media pensión, y de paso cita algo decisivo: “Ello y la protección de Luis Calvo, director de ABC, sostuvo en sus últimas fechas a Julio Camba en puesto digno con suficiente pecunia para atenderse. Pobre, aquí, es sinónimo de escritor”.

Y en ese sentido hay un curioso paralelismo entre Carrere y Camba. Después de la Guerra Civil, Carrere pudo sobrevivir gracias a que su amigo, Juan Pujol, director del diario “Madrid”, le ofreció una columna diaria en el periódico. Y en el caso de Camba esos gestos de amistad y admiración se iniciaron en 1948 cuando “para ayudar económicamente y anímicamente al escritor se publican los dos tomos de sus Obras Completas”, en 1951 se le concede el Premio Mariano de Cavia, lo que supuso “una importante cantidad de dinero, que le permite vivir una temporada sin demasiados ahogos”; pero sin duda el gesto definitivo fue el de Luis Calvo (el director de ABC) “en 1955 Camba apenas escribe nada ya, por lo que su situación económica llega a ser bastante mala. Vive con modestia. Es entonces cuando Calvo tiene una idea: publicar en las páginas dominicales de ABC artículos olvidados de Camba, alguno de más de cuarenta años, con ilustraciones modernas del dibujante Goñi”. Un gesto de admiración y respeto por el periodista, el escritor y su obra, que deja muy claro el valor de lo que fue Camba.

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Reconozco que no he leído ninguno de sus artículos, pero junto a esta biografía he descubierto que tengo “Sobre casi todo” de la colección Austral de Espasa Calpe, tercera edición de 1961; y “Páginas escogidas”, una selección de artículos suyos (de 1907 a 1914) reeditados por Austral Summa en 2003 en edición también de Pedro Ignacio López. Espero que no se queden desterrados en la estantería.

Pedro Ignacio López García. “Julio Camba. El solitario del Palace”. 272 páginas. Espasa Calpe. Madrid, 2003.

Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”

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Bohemio burgués

Llegan las vacaciones escolares y tener a mis tres hijos todo el día en casa resulta insoportable. Ellos se aburren y yo me desespero; y como no estoy dispuesto a que se pasen todo el día jugando con la tableta, el i-phone o la wii, no me queda más remedio que llevarlos a la piscina municipal. A mí lo de la piscina no me gusta, pero la ventaja es que como ya son –relativamente- mayores se divierten y entretienen solos y no tengo que estar haciendo de niñera. Podría pasar la tarde bebiendo cervezas y mirando a las chicas en bikini, y no sería un mal plan, pero en lugar de eso pensé que podría aprovechar el tiempo para sentarme a la sombra y leer algo. Lo único malo es que yo soy de los que para leer necesita obligatoriamente silencio y soledad, y de eso en una piscina no hay. Niños jugando a la pelota o al pilla-pilla, adolescentes escandalosos, madres parlanchinas y los cuarenta principales en la megafonía. El escenario ideal para un misántropo. Así que necesitaría un libro que admitiera el ruido ambiente, alguna lectura entretenida que no requiera concentración y análisis, pero los que me conocen ya saben que yo no leo best-sellers, que soy incapaz de leer para, simplemente, “pasar el rato”; así que me puse a buscar en mis destartaladas estanterías y me encontré con este “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”.

Esta excelente y documentada biografía me ha permitido, por un lado, leer un libro –de los muchos- que siempre compramos y luego se quedan pendientes. La actualidad siempre los destierra al último puesto de esa pila que montamos encima de la mesa y al final, tras meses a la cola del pelotón, acaban en la estantería sin haberlos nada más que hojeado o leído algún párrafo suelto. Y por otro lado me ha hecho reencontrarme con una de mis viejas fascinaciones: la bohemia española. Durante una etapa de mi vida me dediqué a comprar y leer mucho de esa época; luego lo dejé; y la verdad es que ahora, después de tanto tiempo, me alegro de haberla recuperado y de ir a la piscina con mis hijos.

Yo sabía algo de Emilio Carrere porque Cansinos Assens y Pío Baroja lo citan, pero tan sólo era uno más entre aquellos cientos de bohemios de la época. Fue Jesús Palacios en su magnífico prólogo a la novela “La torre de los siete jorobados” –reeditada por Valdemar en 1998- el que realmente me presentó al personaje. Entonces me resultó curioso e interesante, pintoresco y tramposo; ahora esta biografía de Alejandro Riera me permite conocerlo en su totalidad.

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Carrere fue, con seguridad, el más auténtico y falso de todos los bohemios de aquel Madrid de finales del XIX y, sobre todo, de las dos primeras décadas del XX. Auténtico porque vivió la bohemia y se convirtió en su mejor cronista; falso –o quizás más listo- porque no calló en su trampa ni fue devorado por ella como muchos otros. Carrere sería como el camello que vende droga pero no la consume. Y fue precisamente eso lo que le salvó de la quema.

Universitario de veinte años, estudiante de Filosofía y Letras, quería ser, como todos los jóvenes con aspiraciones artísticas de su edad, actor y poeta. Carrere había sido seducido por el Modernismo de Francisco Villaespesa y, sobre todo por Rubén Darío, por aquella generación de la “Gente Nueva” que en 1885 había iniciado el camino: Sawa, Barrantes, Bark y Joaquín Dicenta. Carrere, como todos los jóvenes a la moda de entonces, rendía culto al artista maldito, llevaba el pelo largo, vestían de negro y querían epatar al burgués. Moderno y vanguardista quería un arte nuevo que rompiera con los moldes caducos del siglo que agonizaba.

Todos querían vivir esa bohemia de Murger con música de Puccini. Y llegaban a Madrid pensando en protagonizar esa historia con final feliz. Carrere convivió con todos esos aspirantes a poetas y escritores, compartió con ellos tertulias de café, medias tostadas y, sobre todo, vida nocturna. Soñaban con ver publicado un poemario, escribir en los periódicos y las revistas, vivir de la literatura. Pero la realidad se convirtió en algo mucho más cruel que el folletín de Murger y la novela –“El frac azul”- de Pérez Escrich. Muchos de aquellos aspirantes y soñadores ingenuos se quedarían por el camino, fracasaron, vivían en la miseria y acabaron recurriendo al sablazo, el montepío o el Rastro. “Más que bohemia, en la obra de Carrere podemos hablar de golfemia con personajes que son más bien hampones o piruetistas. El piruetista se las ingenia como puede para sobrevivir mendigando –sableando, operando- por las calles”.

Con su poema “La musa del arroyo” se convirtió en el más popular de los poetas modernistas. En ese momento alcanzó la fama y el triunfo y a partir de ahí tuvo la habilidad y el acierto de crear su propio personaje y su estampa: se puso un chambergo, una capa, una corbata “en forma de plastrón de tres vueltas que le daba el toque romántico” una pipa y un bigote a la borgoñona. Y así sería reconocible y pasaría a la posteridad.

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Carrere vivió la bohemia como actor, pero también como espectador. Acudía al café y por la noche deambulaba por las calles de Madrid hasta el amanecer. La bohemia con ese submundo de vida nocturna, picaresca y hamponería, chiscones, garitos, antros y tugurios de mala muerte frecuentados por matones, chulas y galloferos le sirvió los argumentos para sus narraciones. El gusto por el morbo, la atracción por esos personajes desgraciados, pintorescos y atrabiliarios, le hizo famoso entre los burgueses –que eran los únicos que leían en una España con la mitad de sus habitantes analfabetos- porque les permitía vivir lo contrario de lo que ellos eran.

Pero Carrere era un falso bohemio. Fue trabajador incansable como escritor pero también tuvo suerte. En 1901 su padre lo enchufó como funcionario en el Tribunal de Cuentas. Durante veinte años –hasta que fue expedientado y expulsado-cobró un sueldo por no ir a trabajar. Los auténticos bohemios se lo reprochaban, pero lo cierto es que Carrere escribía mucho y alcanzo la fama con la literatura, aunque con la ventaja de tener a diario el estómago lleno y el alquiler pagado. “Un hombre que tiene hambre no es un bohemio por el hecho de tener hambre. Es un hombre que no ha comido”. Cuando se quedó sin ese sueldo tuvo que escribir más, vivir solamente de lo que publicaba –artículos en prensa, libros de poemas, y novelas breves de quiosco- y esa necesidad le convirtió en “el rey del refrito” al reescribir y reutilizar una y otra vez sus narraciones. Carrere ganaba bastante dinero, al contrario de otros muchos que cobraban tarde, mal o nunca por lo que escribían él cobraba siempre, pero no se hizo rico, “no supo nunca gestionar su economía y vivía al día”. Era un bohemio atípico, invitaba a los amigos, no pedía dinero, no debía a nadie e incluso prestaba –sabiendo que no se lo devolverían- al que se lo pedía.

Reflejaba en sus novelas todos los vicios, y él tuvo tres: el juego –por el que era capaz de perder todo el dinero que tenía en una noche- el billar y el tabaco (si puede considerarse un vicio); y una debilidad: las mujeres, en ese sentido tuvo una vida sentimental de don Juan castizo repleta de amantes y prototípica de los hombres de aquella época; pero lo más curioso de él es que era abstemio; algo realmente insólito para ser un bohemio, pero que posiblemente le salvó de convertirse en uno auténtico. La noche –y el malditismo- se moja en alcohol, con él se celebraba la euforia o se buscaba la inspiración, pero también se ahogaban las penas y el fracaso. Muchos, débiles y desesperados, acabaron alcohólicos; él, no.

Fue un trepa, pero también tuvo la habilidad del superviviente. “Supo labrarse las amistades adecuadas y a través de ellas consiguió publicar en los periódicos. Para introducirse en la prensa lo importante eran los contactos y Carrere los iba consiguiendo”, pero es que en los años 30 apareció el deporte, la radio y el cine, y la literatura  -junto con el teatro- dejó de ser el único ocio cultural, así que el periodismo se convirtió en el último refugio remunerado para vivir de la escritura.

Fue compañero, socio y compinche bohemio, pero fue más reportero –“coleccionista de los animales de la bohemia”-, que protagonista; lo que le salvó de hundirse en ella y su abismo. Fue su amante, pero también se sirvió de ella, la utilizó en su beneficio y alcanzó la fama retratando su borrachera con la lucidez del sobrio. “Carrere sintió el encanto de la bohemia. Se acercó, la contempló y las estampas que se le ofrecieron pasaron a su literatura. No debemos creer, sin embargo, que él mismo fuera una víctima más de ese submundo desesperado”.

Carrere, contradictorio y coherente, mujeriego, vitalista, hedonista y prudente, ácrata individualista y conservador, egoísta y generoso, vagabundo callejero y observador que pasaba más tiempo en los cafés que en su casa, vivió fiel a entender la bohemia como la metáfora poética de una “necesidad espiritual, intangible y luminosa, buscando el ideal”, la suya era una “actitud vital, un estilo de vida”, la del escritor, bohemio y burgués, que es el sueño, el modelo ideal de muchos desde entonces hasta hoy en día.

Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”. 351 páginas. Ediciones La Librería. Madrid, 2011.

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