Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”

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Bohemio burgués

Llegan las vacaciones escolares y tener a mis tres hijos todo el día en casa resulta insoportable. Ellos se aburren y yo me desespero; y como no estoy dispuesto a que se pasen todo el día jugando con la tableta, el i-phone o la wii, no me queda más remedio que llevarlos a la piscina municipal. A mí lo de la piscina no me gusta, pero la ventaja es que como ya son –relativamente- mayores se divierten y entretienen solos y no tengo que estar haciendo de niñera. Podría pasar la tarde bebiendo cervezas y mirando a las chicas en bikini, y no sería un mal plan, pero en lugar de eso pensé que podría aprovechar el tiempo para sentarme a la sombra y leer algo. Lo único malo es que yo soy de los que para leer necesita obligatoriamente silencio y soledad, y de eso en una piscina no hay. Niños jugando a la pelota o al pilla-pilla, adolescentes escandalosos, madres parlanchinas y los cuarenta principales en la megafonía. El escenario ideal para un misántropo. Así que necesitaría un libro que admitiera el ruido ambiente, alguna lectura entretenida que no requiera concentración y análisis, pero los que me conocen ya saben que yo no leo best-sellers, que soy incapaz de leer para, simplemente, “pasar el rato”; así que me puse a buscar en mis destartaladas estanterías y me encontré con este “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”.

Esta excelente y documentada biografía me ha permitido, por un lado, leer un libro –de los muchos- que siempre compramos y luego se quedan pendientes. La actualidad siempre los destierra al último puesto de esa pila que montamos encima de la mesa y al final, tras meses a la cola del pelotón, acaban en la estantería sin haberlos nada más que hojeado o leído algún párrafo suelto. Y por otro lado me ha hecho reencontrarme con una de mis viejas fascinaciones: la bohemia española. Durante una etapa de mi vida me dediqué a comprar y leer mucho de esa época; luego lo dejé; y la verdad es que ahora, después de tanto tiempo, me alegro de haberla recuperado y de ir a la piscina con mis hijos.

Yo sabía algo de Emilio Carrere porque Cansinos Assens y Pío Baroja lo citan, pero tan sólo era uno más entre aquellos cientos de bohemios de la época. Fue Jesús Palacios en su magnífico prólogo a la novela “La torre de los siete jorobados” –reeditada por Valdemar en 1998- el que realmente me presentó al personaje. Entonces me resultó curioso e interesante, pintoresco y tramposo; ahora esta biografía de Alejandro Riera me permite conocerlo en su totalidad.

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Carrere fue, con seguridad, el más auténtico y falso de todos los bohemios de aquel Madrid de finales del XIX y, sobre todo, de las dos primeras décadas del XX. Auténtico porque vivió la bohemia y se convirtió en su mejor cronista; falso –o quizás más listo- porque no calló en su trampa ni fue devorado por ella como muchos otros. Carrere sería como el camello que vende droga pero no la consume. Y fue precisamente eso lo que le salvó de la quema.

Universitario de veinte años, estudiante de Filosofía y Letras, quería ser, como todos los jóvenes con aspiraciones artísticas de su edad, actor y poeta. Carrere había sido seducido por el Modernismo de Francisco Villaespesa y, sobre todo por Rubén Darío, por aquella generación de la “Gente Nueva” que en 1885 había iniciado el camino: Sawa, Barrantes, Bark y Joaquín Dicenta. Carrere, como todos los jóvenes a la moda de entonces, rendía culto al artista maldito, llevaba el pelo largo, vestían de negro y querían epatar al burgués. Moderno y vanguardista quería un arte nuevo que rompiera con los moldes caducos del siglo que agonizaba.

Todos querían vivir esa bohemia de Murger con música de Puccini. Y llegaban a Madrid pensando en protagonizar esa historia con final feliz. Carrere convivió con todos esos aspirantes a poetas y escritores, compartió con ellos tertulias de café, medias tostadas y, sobre todo, vida nocturna. Soñaban con ver publicado un poemario, escribir en los periódicos y las revistas, vivir de la literatura. Pero la realidad se convirtió en algo mucho más cruel que el folletín de Murger y la novela –“El frac azul”- de Pérez Escrich. Muchos de aquellos aspirantes y soñadores ingenuos se quedarían por el camino, fracasaron, vivían en la miseria y acabaron recurriendo al sablazo, el montepío o el Rastro. “Más que bohemia, en la obra de Carrere podemos hablar de golfemia con personajes que son más bien hampones o piruetistas. El piruetista se las ingenia como puede para sobrevivir mendigando –sableando, operando- por las calles”.

Con su poema “La musa del arroyo” se convirtió en el más popular de los poetas modernistas. En ese momento alcanzó la fama y el triunfo y a partir de ahí tuvo la habilidad y el acierto de crear su propio personaje y su estampa: se puso un chambergo, una capa, una corbata “en forma de plastrón de tres vueltas que le daba el toque romántico” una pipa y un bigote a la borgoñona. Y así sería reconocible y pasaría a la posteridad.

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Carrere vivió la bohemia como actor, pero también como espectador. Acudía al café y por la noche deambulaba por las calles de Madrid hasta el amanecer. La bohemia con ese submundo de vida nocturna, picaresca y hamponería, chiscones, garitos, antros y tugurios de mala muerte frecuentados por matones, chulas y galloferos le sirvió los argumentos para sus narraciones. El gusto por el morbo, la atracción por esos personajes desgraciados, pintorescos y atrabiliarios, le hizo famoso entre los burgueses –que eran los únicos que leían en una España con la mitad de sus habitantes analfabetos- porque les permitía vivir lo contrario de lo que ellos eran.

Pero Carrere era un falso bohemio. Fue trabajador incansable como escritor pero también tuvo suerte. En 1901 su padre lo enchufó como funcionario en el Tribunal de Cuentas. Durante veinte años –hasta que fue expedientado y expulsado-cobró un sueldo por no ir a trabajar. Los auténticos bohemios se lo reprochaban, pero lo cierto es que Carrere escribía mucho y alcanzo la fama con la literatura, aunque con la ventaja de tener a diario el estómago lleno y el alquiler pagado. “Un hombre que tiene hambre no es un bohemio por el hecho de tener hambre. Es un hombre que no ha comido”. Cuando se quedó sin ese sueldo tuvo que escribir más, vivir solamente de lo que publicaba –artículos en prensa, libros de poemas, y novelas breves de quiosco- y esa necesidad le convirtió en “el rey del refrito” al reescribir y reutilizar una y otra vez sus narraciones. Carrere ganaba bastante dinero, al contrario de otros muchos que cobraban tarde, mal o nunca por lo que escribían él cobraba siempre, pero no se hizo rico, “no supo nunca gestionar su economía y vivía al día”. Era un bohemio atípico, invitaba a los amigos, no pedía dinero, no debía a nadie e incluso prestaba –sabiendo que no se lo devolverían- al que se lo pedía.

Reflejaba en sus novelas todos los vicios, y él tuvo tres: el juego –por el que era capaz de perder todo el dinero que tenía en una noche- el billar y el tabaco (si puede considerarse un vicio); y una debilidad: las mujeres, en ese sentido tuvo una vida sentimental de don Juan castizo repleta de amantes y prototípica de los hombres de aquella época; pero lo más curioso de él es que era abstemio; algo realmente insólito para ser un bohemio, pero que posiblemente le salvó de convertirse en uno auténtico. La noche –y el malditismo- se moja en alcohol, con él se celebraba la euforia o se buscaba la inspiración, pero también se ahogaban las penas y el fracaso. Muchos, débiles y desesperados, acabaron alcohólicos; él, no.

Fue un trepa, pero también tuvo la habilidad del superviviente. “Supo labrarse las amistades adecuadas y a través de ellas consiguió publicar en los periódicos. Para introducirse en la prensa lo importante eran los contactos y Carrere los iba consiguiendo”, pero es que en los años 30 apareció el deporte, la radio y el cine, y la literatura  -junto con el teatro- dejó de ser el único ocio cultural, así que el periodismo se convirtió en el último refugio remunerado para vivir de la escritura.

Fue compañero, socio y compinche bohemio, pero fue más reportero –“coleccionista de los animales de la bohemia”-, que protagonista; lo que le salvó de hundirse en ella y su abismo. Fue su amante, pero también se sirvió de ella, la utilizó en su beneficio y alcanzó la fama retratando su borrachera con la lucidez del sobrio. “Carrere sintió el encanto de la bohemia. Se acercó, la contempló y las estampas que se le ofrecieron pasaron a su literatura. No debemos creer, sin embargo, que él mismo fuera una víctima más de ese submundo desesperado”.

Carrere, contradictorio y coherente, mujeriego, vitalista, hedonista y prudente, ácrata individualista y conservador, egoísta y generoso, vagabundo callejero y observador que pasaba más tiempo en los cafés que en su casa, vivió fiel a entender la bohemia como la metáfora poética de una “necesidad espiritual, intangible y luminosa, buscando el ideal”, la suya era una “actitud vital, un estilo de vida”, la del escritor, bohemio y burgués, que es el sueño, el modelo ideal de muchos desde entonces hasta hoy en día.

Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”. 351 páginas. Ediciones La Librería. Madrid, 2011.

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Un pensamiento en “Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”

  1. Muy señor mío

    Se han introducido una serie de erratas en mi comentario y, por esta razón, se lo mando corregido esperando que lo cambie.
    Reciba un saludo
    Alejandro Riera

    Muy señor mío

    En primer lugar, quería darle las gracias por las amables palabras que le dedica a mi biografía. También quería darle la enhorabuena por la reseña que ha hecho de mi obra, pues ha sabido resumir perfectamente la personalidad, a veces compleja, de Emilio Carrere.

    Por otra parte, me ha emocionado ver que le dedica una reseña a Medardo Fraile. Fue un amigo personal y le echamos mucho de menos.

    Me despido de usted, reiterándole mi agradecimiento y animándole a que continúe con sus reseñas literarias.

    Si lo desea, no dude en contactarme en mi mail (alexriera@eresmas.com )

    Alejandro Riera Guignet

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