Sergio Ramírez. “Flores oscuras”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 30 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/30/el-zumo-la-pulpa-y-la-piel/

El zumo, la pulpa y la piel

Ha sido simple casualidad, pero entre Luis Sepúlveda y Sergio Ramírez hay algunas coincidencias. Biográficas y literarias. Ramírez también alcanzó la popularidad en España en la década de los noventa al ganar el Premio Alfaguara de Novela con “Margarita está linda la mar”, pero el primer libro que publicó fue uno de cuentos, y desde entonces ha ido compaginando los dos géneros. De nuevo, y para satisfacción de los entusiastas hinchas del relato, el caso de un novelista que no ha renunciado a ser cuentista; algo que, por lo que voy descubriendo, parece más habitual entre los escritores hispanoamericanos que en los españoles.

Ramírez, según consta en la biografía de la solapa, también estuvo exiliado en Alemania, y también vivió su época revolucionaria formando parte de la guerrilla sandinista que derrocó al dictador Somoza. Entre 1986 y 1990 llegó a ser vicepresidente de Nicaragua,  pero poco después abandonó el Frente Sandinista de Liberación Nacional y ha sido muy crítico con el presidente Daniel Ortega denunciando sus abusos de poder. Esa deserción y denuncia del FSLN puede parecer algo que no tiene nada que ver con la literatura, pero es importante porque está presente en dos de los relatos de este libro: “Las alas de la gloria” y, sobre todo, en “La colina 155”.

Entre los cuentos con argumento político de Sepúlveda y Ramírez creo que hay una notable diferencia. El chileno se queda, evocándola desde la distancia, en el aspecto romántico o idealista de aquella revolución y el nicaragüense cuenta lo que pasó después, lo que quedó de ella y en lo que se transformó al alcanzar el poder. Ramírez tiene –basada en su propia experiencia- una visión crítica de la que Sepúlveda carece; y eso para un escéptico como yo es un punto a su favor. Y así tenemos esos dos relatos en los que nos habla de aquellos soldados rasos de la revolución, héroes que tuvieron su día de gloria y sobrevivieron a meses de barro y muerte en las trincheras y que acabaron premiados con el olvido y la pobreza y frente a ellos los revolucionarios que, a la sombra del nuevo gobierno, se han hecho millonarios y déspotas.

Pero estas “Flores oscuras” son mucho más que esos dos magníficos relatos. Y creo que lo primero que debe destacarse es su excelente proporción. Porque para que se pueda recomendar un libro de relatos no es necesario que todos sean perfectos -ya lo he dicho en otras ocasiones: la perfección es el más falso de todos los mitos- y este son doce cuentos en los que hay alguno que resulta regular –que no malo- por tener un enfoque narrativamente confuso: “La cueva del trono de la calavera”, o ser la exhibición de un cultureta: “Flores oscuras”, o una idea original pero que en comparación con los demás resulta superficial o ligero: “Adán y Eva” . Eso nos da una proporción en los que me parecen muy buenos o excelentes de nueve de doce y esa es una estadística muy alta y que muchos libros de relatos no alcanzan habitualmente. Tal vez pueda parecer un ejercicio frívolo de crítica, como ponerle estrellitas en una puntuación del uno al diez, pero este es uno de los mejores libros de relatos que he tenido oportunidad de leer últimamente y cuando eso sucede me dejo llevar por el entusiasmo. Porque lo bueno de la literatura es lo inolvidable que has leído, pero también lo que te queda por leer; una nueva oportunidad al placer cada vez que abres un libro. Y es que a veces leemos a escritores que se empeñan en suicidarse aburriendo al lector, por eso me produce tanto entusiasmo descubrir a uno que se toma en serio el compromiso con la literatura sin querer convertirla en un pulcro pasatiempo, un entretenimiento para mayorías o en un experimento pedante y extravagante para minorías.

Los cuentos de Ramírez son relatos de personajes anónimos que él hace visibles y protagonistas: “Todo el mundo tiene una biografía, por muy insignificante que al principio nos parezca”. Derrotados del bando de los vencedores -exguerrilleros que malviven como ladrones de tapas de alcantarillas o vendedores ambulantes-; un boxeador de tercera división que “sale del anonimato” por “la puerta falsa”; la mísera troupe de un circo ambulante con su amazona-trapecista, su tragafuegos, su payaso-mago y un enano-volatinero envueltos en un caso de prostitución y asesinato; los condenados por nacimiento –un insignificante ladronzuelo devorado por unos perros rottweiler- o por su torpeza –un hispano incapaz de aprender inglés que vive en un pueblo de Iowa- o víctimas de su propia debilidad -la mujer madura seducida por un don Juan aldeano-. Tipos sin suerte, humildes, desahuciados, perdedores con los que Ramírez ha adquirido un compromiso de defensa  y visibilidad. Aunque lo único que no me cuadra en todo eso es lo de su estancia –para escribir alguno de los cuentos que contiene este libro– en una villa junto al lago de Como pagada por la fundación Rockefeller. Me chirría igual que un marxista conduciendo un Mercedes, pero si me quedo con toda la buena –buenísima- literatura que hay en ellos me olvido de sacarle punta a esa contradicción y me concentro en que los suyos no son solamente cuentos de personajes inolvidables y baqueteados por los que, de su mano, sentir una lógica conmiseración sino que es capaz de hacer que el narrador adopte diferentes personalidades y formas: cronista, testigo o protagonista; que utilice distintos estilos y estructuras para contar la historia: atestado policial, sumario judicial o investigación periodística, o que nos ofrezca dos opciones en un mismo relato o reconstruya el plano físico y sentimental de una casa familiar poniendo en movimiento la memoria desde la imagen fija de una vieja fotografía. Que sea capaz de lo panorámico dentro de lo íntimo, de narrar lo trágico en lo común con humor, fatalismo o resignación sin histeria; de romper y ampliar los estrechos límites de un relato incluyendo lo secundario en su reducido escenario, mostrar lo principal sin renunciar al detalle, levantar la alfombra de la historia, cimentarla a base de elementos de derribo. Que sea capaz de sacarle más jugo a la misma naranja y además hacer comestibles y deliciosas la pulpa, la piel y las amargas semillas.

Sergio Ramírez. “Flores oscuras”. 226 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

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