Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el miércoles 25 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/25/doble-filo/

Doble filo

Si las promesas se hacen para no cumplirse con las expectativas suele pasar lo mismo. Puedo comprender que una editorial las utilice como reclamo y que en la contraportada la primera frase que leamos sea ésta: “Recuperación del mejor libro de relatos español”; al fin y al cabo se trata de vender su producto y ningún padre dirá de su hijo que es feo. Pero es leyendo la introducción de Fernando Iwasaki como averiguamos de dónde ha salido esa afirmación: para el escritor peruano “Tragedias de la vida vulgar” es el mejor libro español de relatos”. Puedo entender que esa es la opinión personal de Iwasaki, que para él sea así; pero semejante aserción tan categórica, tan absoluta es muy arriesgada porque genera en el lector una expectación que si no se cumple acaba en un sentimiento de engaño y fraude. Y que me perdone Iwasaki porque para mí, después de leerlo, no me parece ni mucho menos el mejor libro español de relatos. Si alguien me hiciera esa pregunta no podría darle como respuesta un único libro o autor.

Y resulta innecesario porque no creo que Ediciones 98 necesite recurrir a un titular para llamar la atención. Para reconocer y admirar su labor editorial basta con leer algunas de las obras y autores que ha publicado: Pío y Ricardo Baroja, Ciro Bayo y César González Ruano. Basta con admirar la calidad con la que publica sus libros acompañados de las ilustraciones originales que le dan un valor añadido a la edición.

Y está fuera de lugar esa rotundidad de Iwasaki porque estoy de acuerdo con él en la necesidad de recuperar a Wenceslao Fernández Flórez, pero no de esa manera. Estoy de acuerdo en que su novela “El bosque animado” es la primera del realismo mágico en lengua española, género que luego continuó otro escritor gallego: Cunqueiro; y que “El malvado Carabel” es realmente una novela desternillante. Que, tal y como lo reconoce Federico Carlos Saínz de Robles, “Fernández Flórez es un auténtico y gran novelista”; y si hoy en día no se habla de él creo que es culpa de ese sectarismo con el que se trata a los autores que -como bien dijo Andrés Trapiello- “ganaron la guerra y perdieron los manuales de la literatura”.

Con eso bastaría para sentir curiosidad y acercarnos a este autor; pero además en esta edición de sus relatos hay algo importante y que descubriremos en el “pórtico” escrito por él mismo. A Fernández Flórez siempre se le ha etiquetado como “humorista”, título en el que injustamente –y de forma permanente- se le encasilló. Pues en estos relatos Fernández Flórez pretende rebelarse contra esa etiqueta y lo hace escribiendo unos cuentos en los que ni una sola vez hace sonreír al lector, “son episodios de vidas humildes, tristezas cotidianas, pesadumbres vulgares: lo que constituye la tragedia de la existencia habitual”. Y así –igual que Alfredo Landa nos lo demostró en “El crack” y confirmó después con “Los santos inocentes” y, precisamente, “El bosque animado”- lo interesante de estos relatos es la posibilidad de descubrir a un “humorista” –que no un simple chistoso- en un registro completamente distinto por el que alcanzó la fama.

Y con esa peculiaridad y olvidándonos de esa calificación superlativa que le perjudica más que beneficia podremos comenzar a leer y nos encontraremos con un buen libro de relatos y con algunos –como “La onza de chocolate” y El encuentro”– para mí excelentes. Aunque lo primero que debemos tener en cuenta es que estos relatos se publicaron en 1922 y que por lo tanto no son cuentos contemporáneos. Que desde mediados del siglo XX hasta los años que llevamos de este XXI el relato ha cambiado mucho y estos de Fernández Flórez poco tienen que ver con lo que estamos acostumbrados a leer ahora. El estilo narrativo es distinto y en general tienen un tono de un romanticismo exagerado que por momentos resulta cursi, afectado o teatral y que los acerca más al romanticismo del XIX de Bécquer que a los modernos años 20. Y seguramente que para los que prefieren las narraciones que tienen como escenario la actualidad sin mirar muy atrás estos cuentos resultan una colección de apolillados cuadros costumbristas.

Pero dejando de lado dos cuentos: “El claro del bosque” y “La fría mano del misterio” los dos subtitulados “(Historia de pesadilla)” que me parecen fallidas intentonas de imitar a Poe, nos encontraremos con unos cuentos que sí son en ocasiones románticos y costumbristas pero no por eso son despreciables o malos. Sus finales sin cerrar y su concisión le alejan del clasicismo decimonónico y debemos tener en cuenta que esa forma de vivir el amor, con esa dramática teatralidad, era típica de aquella época, y aunque en ocasiones Fernández Flórez pueda resultar empalagoso como una novela radiofónica en otras como en “Su primer amor” creo que lo que hace es una parodia de ese romanticismo y sus lugares comunes. Y sí, resulta costumbrista, pero porque sus cuentos tienen como protagonistas a la sociedad de su época y en ellos encontramos un reflejo de cómo se vivía entonces: la terrible situación de desamparo de la mujer subordinada y dependiente económicamente del hombre, y en el caso de faltarle tener como única posibilidad la de trabajar como criada o costurera. Recurrir al empeño en el Monte de Piedad no era una anécdota de escritores bohemios sino el recurso de las viudas o las madres solteras para alimentarse; igual que vivir en una buhardilla no tenía nada de literario y sí de residencia estándar de la miseria. Sí, puede ser un cuadro costumbrista ya visto cuando incide en la diferencia entre riqueza y pobreza, pero no cae en lo manido porque Fernández Flórez nos habla de personas y no de lucha de clases. Unas veces es el miedo o el egoísmo, otras la influencia de los demás y los complejos de inferioridad, otras lo ruin y la crueldad; unas veces es el adulto y otras una niña de nueve años; y todas son los seres humanos y sus comportamientos.

Y creo que si por algo destacan sus relatos es porque entonces, igual que ahora, los seres humanos nos dejamos llevar por la imaginación; y esa imaginación es una peligrosa arma de doble filo. Soñamos despiertos y nos adelantamos, nos anticipamos y construimos la escena perfecta a la medida de nuestra ilusión, un final feliz que nos salve de la soledad y la amargura y otras veces la imaginación nos ciega y no nos deja ver la realidad. Y llegado el momento de la verdad las cosas no suceden como las habíamos imaginado; alguien se encargará de destruir nuestras ilusiones. Es triste, es vulgar y es real, pero no por eso podemos evitar soñar.

Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”. 226 páginas. Ediciones 98. Madrid, 2010.

Ramón Acín. “Abrir la puerta”

VVAA. “Cincuenta cuentos breves”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 16 de septiembre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/09/16/cuentos-didacticos/

Cuentos didácticos

El que este libro sea una antología o selección de cincuenta cuentos breves preparada por dos profesores de Lengua y Literatura: Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada destinada a alumnos de Enseñanza Secundaria y Bachillerato puede hacer que algunos desistan de su lectura y se vayan de caza y pesca a otro sitio. Y si deciden eso les diré que se equivocan, aunque antes de explicarles porqué lo hacen primero pienso en el enorme mérito que tienen esos dos profesores al querer hacer llegar la literatura -a través del cuento- a los adolescentes en estos tiempos de tecnología, realidad virtual y progresivo empobrecimiento del lenguaje y la expresión. Nadie podrá negarme que ya sólo por eso se merecen un sincero aplauso.

Y por lo otro, sí, es verdad que este es un “libro de texto” pensado y hecho para estudiantes y que por lo tanto son ellos sus destinatarios; que este es un libro “de enseñanza” en el que se adjunta al final un comentario a cada uno de esos cincuenta cuentos, que esos comentarios pueden considerarse una guía de lectura útil para los novatos con la que podrán interpretar y comprender mejor lo que han leído; y que eso es algo que los lectores habituales no necesitan y que incluso puede resultarles ofensivo.

Pero para los que como yo quieran seguir aprendiendo porque piensan que no lo saben todo, o que en lugar de apuntarse a cursos o academias sean de los que prefieren ir por libre –me suena cursi lo de autodidacta- encontrarán precisamente en muchos de esos comentarios lo mejor de este libro. Aprenderán algo de teoría de la literatura y confirmarán algunas certezas intuidas a cerca de cómo deber ser y qué debe tener un buen cuento, consejos y aspectos técnicos que debemos saber los que alguna vez además de abrir la bocaza para opinar de lo que escriben los demás nos hemos atrevido, temerarios e insensatos, a juntar letras.

Esta es una antología de cincuenta cuentos breves de autores europeos y americanos pertenecientes a los siglos XIX y XX. Una selección de gusto o criterio personal de los antólogos en la que con algunos –pocos- de los elegidos no estoy de acuerdo en su calidad para figurar en ella y que entre los españoles hubiera cambiado a Blasco Ibáñez por Leopoldo Alas “Clarín”. En esos cincuenta cuentos ordenados por orden cronológico encontraremos a Mérimée, Poe, Daudet, Guy de Maupassant, Chéjov, Bierce, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Apollinaire, Saki, Kafka o Mansfield, autores sobradamente conocidos y que posiblemente ya hayamos leído, pero que, primero desde la lectura y después por los comentarios a cada uno de ellos podremos apreciar la evolución y radical transformación del cuento desde ese siglo XIX hasta el último año del siglo XX. Pasaremos por el romanticismo, la literatura fantástica, el terror (gothic tale), el horror psicológico, lo fantástico y lo macabro, el cuento cruel, lo cómico, el surrealismo, lo folklórico, el modernismo, la literatura social, el simbolismo y el minimalismo hasta los “cuentos sintéticos, de estilo elíptico y tono irónico, a veces llenos de esas pequeñas iluminaciones sutiles que son las señas de identidad del buen cuento moderno”. Releeremos nombres conocidos y gracias a esos comentarios confirmaremos antiguas apreciaciones y también algunas nuevas: Sánchez Ferlosio y “el primitivismo español” y Fernández Santos y su “realismo social” que comparten con Delibes, Cunqueiro y su “realismo mágico”, Juan Rulfo y su “Páramo en llamas”, Vicente Huidobro precursor y vanguardista, Castelao y la “taumaturgia del arte”.

Y como toda antología cumplirá -para los que no lo sabemos todo- con su función más importante: la de descubrirnos autores que no conocíamos y que gracias a ella apuntaremos nuevos nombres y títulos en esa lista de lecturas pendientes: desde algún nombre antiguo como August Strindberg, Juan Bosch y Olegario Lazo Baeza, a los más modernos: Paul Lisicky, James Finn Garner, Carlos Alfaro, Juan Antonio Masoliver y Edmundo Paz Soldán.

Por último esta edición tiene algunos detalles que le dan un valor añadido: la acotación al extraordinario cuento “Daiquiri”, de Ángel Olgoso, está redactado por él mismo; y leer, disfrutar de ese comentario es un privilegio que sólo encontrarán aquí. El cuento “Instantánea, Harvey Cedars: 1948” de Paul Lisicky es la primera vez que se ha traducido al español y publicado en España; “¿Dónde está mi cabeza?” de Pérez Galdós publicado en el diario El Imparcial en 1892 y “D. Q.” de Rubén Darío publicado en el semanario Don Quijote en 1898 son dos rarezas bibliográficas que nos muestran un registro totalmente inaudito de esos dos autores. Y entre las muchas e interesantes opiniones de los autores que se incluyen en la Introducción y los comentarios encontraremos muchas para aumentar el “Decálogo del perfecto cuentista” de Quiroga, aunque si tengo que elegir una me quedo con la del colombiano Hernando Téllez: “Escribir correctamente es una técnica. Escribir bellamente es un milagro. Por lo menos es un misterio”.

VVAA. “Cincuenta cuentos breves”. 292 páginas. Edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. Ediciones Cátedra. Madrid, 2011.

V.V.A.A. “Desahuciados. Crónicas de la crisis”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 12 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/12/literatura-y-compromiso/

Literatura y compromiso

“Desahuciados. Crónicas de la crisis” es una colección de cincuenta y cuatro microrelatos acompañados de cuarenta y tres ilustraciones editado por Traspiés en su colección Vagamundos Libros Ilustrados en los que se ha pretendido ofrecer “una visión caleidoscópica sobre los diferentes aspectos de la crisis”. Y en el texto de la contraportada –para dejarlo bien claro antes de abrir el libro- se dice: “Estas crónicas de la crisis son una invitación a adentrarse en una narrativa que ilumina y emociona a la vez que reconoce la urgente necesidad de tomar partido, de pasar a la acción”. Propósito en el que se incide en el Prólogo en el que se puede leer: “La literatura, y el arte en general, despierta así del letargo apolítico generalizado que tanto daño ha hecho a nuestra sociedad. Hay una necesidad evidente de compromiso”.

No creo que “el arte en general” –la ceremonia de entrega de los premios “Goya” lo desmiente- padezca de un “letargo apolítico”; en España cada uno es libre en el momento en el que lo crea oportuno de manifestar su opinión –y retratarse y quedar en evidencia- por escrito o de palabra. Respeto que haya quien crea que este tipo de literatura sea necesaria; yo sin embargo no veo la necesidad de que la literatura tenga que convertirse -precisamente ahora- en el oportuno despertador de una sociedad aletargada o indolente. La literatura que denuncia las diferentes formas de la injusticia ha existido siempre y seguirá existiendo; no necesito que nadie me diga en qué momento mi conciencia y yo tenemos que levantarnos ni cuándo debemos emborracharnos o a qué hora irnos a la cama; que cada uno escriba y compre lo que quiera.

Respeto que haya narradores dispuestos a “tomar partido”, apuntarse y comprometerse, la situación sin duda lo merece; pero conmigo que no cuenten para unirme al discurso de esos “movimientos” y “plataformas” –como en el caso de los desahucios y las preferentes- porque hacerlo sería convertirme en cómplice de los que acosan y culpabilizan solamente a unos en un despreciable ejercicio de maniqueísmo.

Respeto que haya lectores deseosos de consumir este tipo de literatura partidista, ideológica; pero conmigo que no cuenten, lo mío es un radical individualismo. Yo no soy de los que firma manifiestos ni acude a manifestaciones en las que me diluya en la masa y alguien con un megáfono hable por mí. Entiendo que haya “artistas” que busquen la complicidad del compañero, pero yo no vine aquí a hacer amigos, yo reclamo –sin considerarme “artista”- la independencia del “arte” como única posición decente. “Pasar a la acción” es, para mí, escribir y opinar siguiendo mi propio criterio. Mi único compromiso está sólo con lo que considero buena literatura, con la soledad del que escribe sin apuntarse a ningún escrache colectivo ni a corear consignas.

Respeto que cada uno tenga sus preferencias y odios ideológicos y que libremente aparezcan en lo que escribe, pero creo que la narrativa para ser buena literatura debe permanecer en un saludable distanciamiento y ecuanimidad de la política, porque cuando las palabras se dejan llevar por la ideología se convierten en un panfleto que aplaudirán a rabiar los convencidos con independencia de que sea buena o mala literatura. La calidad pasa a ser algo accesorio, lo que realmente importa es el mensaje; y eso es lo que pasa en la mayoría de estos microrelatos, que de los cincuenta y cuatro tan sólo dos: “La manada” de Sergi Bellver y “La derrota” de Ángel Olgoso pueden considerarse excepcionales desde un punto de vista literario; y otros once: “Tesoro” de Juan Vico; “Crac” de Ricardo Álamo; “La esquina” de Ernesto Ortega Garrido; “El portal invisible” de Ginés S. Cutillas; “A la sombra” de Ada Valero; “Hiperrealismo” de Manu Espada; “Un gran tipo” de Antonio Trujillo; “Seguir caminando” de Jesús Beato; “El pájaro de fuego” de Segio C. Fanjul; “Tiempo” de José Cano y “Las formas del camaleón” de Álex Chico; se salvan de la restante mediocridad.

Y esos once se salvan de esa desoladora mediocridad del resto porque aún no siendo todos iguales de buenos –los hay redondos y completos y otros no tanto- en cada uno encuentro sutileza, enfoque, originalidad, humor, lirismo o habilidad. Se salvan por no ser lo que son los otros: narraciones simples, ridículas, huecas, patéticas o fuera de contexto.

Y además se salvan porque teniendo como argumento esta devastadora crisis en la que nos hayamos no caen, como hacen otros, en la demagogia llevada al exceso y al absurdo, no convierten a la narrativa en un mensaje más propio de un mitin político que de la literatura.

Por último y por las mismas razones –para mí- de calidad artística alejada del pasquín y la pancarta me gustaría destacar las ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros, Santiago Girón, José Carlos Sánchez, Gatoto, Nerea Carpente Tielas, María Jesús Campos, Antonio Ubero, FH Navarro, Francisco Fraga, Joaquín Peña-Toro, Ada García Fernández y Norberto Luis Romero.

Definitivamente “el arte en general”, la narrativa obtienen mejores resultados cuando el “artista”, el escritor desde sus ideas no es sumiso y servil, demagogo o fanático perdiendo su objetividad y un siempre necesario y desapasionado distanciamiento; pero sobre todo cuando para denunciar una situación injusta no se olvida de que con quien debe comprometerse siempre es con el “arte” o la literatura y no con la política.

“Desahuciados. Crónicas de la crisis”. VVAA. 110 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

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