Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 29 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/29/sombras-chinescas/

Sombras chinescas

No me gustan nada los facsímiles. Esas reproducciones modernas de libros antiguos como fotocopias en color. No le veo el sentido. Me parecen una falsedad de nuevo rico hortera aficionado a las antigüedades. No me gustan tampoco los libros en pergamino escritos en latín ni los de imprenta escritos en castellano antiguo. No siento ninguna excitación al verlos ni frustración por no tenerlos. Mi afición por los libros de viejo no llega más allá del siglo XX (como mucho la segunda mitad del XIX), pero tampoco tengo dinero para convertirme en un bibliófilo.

Y ese es un punto de partida complicado para sentir interés por un libro como este. Sin embargo hay varios factores que hacen que merezca la pena. El primero es el autor: Ángel Olgoso. Y eso, para los habituales lectores de relatos, es más que suficiente. Es decir, que no vamos a leer la fiel reproducción del “Códigum rarum” escrito por un tal Cayo Mínimus o un libro de caballería escrito por el primo segundo de Tirant lo Blanc sino una colección de relatos escrita por uno de los mejores cuentistas españoles contemporáneos. Y sí, es verdad que ese prestigio es la razón por la que un editor se decide a publicar un libro así: un divertimiento, una excentricidad, algo que sólo está al alcance de un autor reconocido y que sería imposible para Juan Nadie. Pero para los fans de Olgoso (y somos muchos) un nuevo libro suyo es siempre una celebración. Y no, no es su mejor libro de relatos, pero curiosamente en su rareza está su valor. En su singularidad y en su edición, en su cualidad de libro objeto y como antiguo. No, no me estoy ahora cambiando de chaqueta, he dicho como antiguo, y esa manera es coherente y lógica porque este “Almanaque de asombros” es la reproducción de un libro del siglo XVI y como tal no podía editarse de otra manera. El mérito está en seguir el juego, en la pantomima hecha con buen gusto y sin pretender engañar a nadie; porque este libro no es un facsímil sino una reproducción singular de múltiple valor. Uno ya lo he dicho: su autor; dos el ser un libro ilustrado en tiempos de archivos de Word en cuerpos anoréxicos, electrónicos y sin alma (ese nadar contracorriente de Vagamundos que aplaudimos por hacer del libro en papel algo artístico); y tres las maravillosas ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.

Y por lo que respecta a su contenido literario y según nos dice Olgoso en su “Prólogo” e “Introito” estos cuentos son “un puñado de frágiles hojas volanderas” que encontró en el fondo de un viejo arcón de la buhardilla de una casa de su familia y que habían sido manuscritas en el siglo XVI por un antepasado suyo: Bautista Fulgoso. Y aunque la historia de su origen es bonita y novelesca yo creo que es una invención de Olgoso. Y tal vez me esté pasando de listo, pero es que creo que precisamente el que esa historia sea una impostura le da más valor al libro. Eso no significa que estos cuentos sean una falsificación para camelar erotómanos que padecen bibliofilia sino que todo forma parte del juego de ficción y realidad, de la sombra chinesca de la literatura. Que su valor reside en la capacidad de Olgoso para imitar ese lenguaje arcaico y deleitarnos con los prodigios por él inventados siguiendo la huella de aquellos viejos libros en los que “se compilaron casos peregrinos o notables, noticias acerca de animales fabulosos, de las propiedades ocultas de las plantas, de particulares erudiciones, inventarios de rarezas, gabinetes de maravillas”; “Libros rebosantes de eruditas extravagancias e imaginativas patrañas”. A un autor de literatura fantástica como Olgoso le fascina todo ese mundo, y así nos ofrece en este “Almanaque de asombros” su propio y breve catálogo de criaturas fabulosas e historias sorprendentes salidas de su imaginación, “fugaces vistas de esta isla de Jauja, de este Pays de Cocagne aventador de fantásticas curiosidades y misterios insolubles”. En este papel manchado de falso óxido con títulos de letra gótica hay un “pez mujer”, sirena invertida con la mitad inferior del tronco y sus extremidades humanas y el resto de “carpa bien alimentada”, con lo que lo realmente perturbador y lujurioso es hacer posible ese sueño –que con una sirena convencional (supongo) no sería posible- de la cópula (zoofílica al cincuenta por ciento) bajo el mar. Hay un poseído, un hombre gestante de la semilla del diablo al que se le practica una cesárea en canal como exorcismo. Un médico –mi cuento favorito- que sana heridos curando y cosiendo sus sombras. Montañeses que, de no estar emplomados, volarían como globos rellenos de helio con forma humana. El testimonio fehaciente de quien dice saber dónde se halla la cueva que es la entrada al infierno y  a la que acuden los muertos en procesión. La ironía jocosa en la leyenda de un (hermoso, perfecto y bien dotado) ángel con sexo que sedujo a una mujer en la tierra y engendró un linaje (descendientes a su imagen y semejanza) con su mismo nombre propio. Un buhonero nigromante, sanador ambulante que recorre los caminos con su carromato y que enseña que la verdadera riqueza no está en el dinero. Hay “calaveras airadas” que nos advierten que dejemos en paz a los muertos. El secreto de una mixtura verdadera: “comer doce lombrices de tierra recién cogidas a la sazón” que da vigor sexual “para repetir sin mengua dos docenas de fornicios hasta el alba” y fue precedente del ginseng rojo coreano y la viagra. Y hay un –me temo- simple y poco original afán provocador y espantador de meapilas en contarnos de quien son los huesos que están en el sepulcro de un santo.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”. 62 páginas. Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros. Ediciones Traspiés. Vagamundos Libros ilustrados. Granada, 2013.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el lunes 21 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/21/mentira-verdad-y-viceversa/

Mentira, verdad y viceversa.

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Según vamos leyendo las vamos adquiriendo, completando como una interminable colección por fascículos. Uno se va haciendo viejo con la compañía de sus predilecciones y sin embargo –igual que para curar el nacionalismo paleto se aconseja viajar- recomiendo leer de todo; no cerrar ninguna puerta; no acomodarse para evitar convertirse en un lector monotemático que escucha siempre el mismo disco. Por poner un ejemplo machista –lo siento pero Benny Hill es el responsable de mi educación sentimental- el que uno sienta debilidad por las rubias no debe impedirle reconocer la belleza de una morena.

Todo este rollo viene a cuento de que Ignacio Ferrando tiene un estilo que no es mi preferido. Me da la sensación de que a él le va la música clásica y lo mío es el pop. Pero como no me gusta lo categórico ni los impermeables trataré de explicarme mejor. Ferrando no es un escritor fácil o de simple entretenimiento. No es de esos escritores para leer en el metro o en una bulliciosa cafetería mientras esperamos a la novia que siempre llega tarde. Ferrando requiere concentración, soledad y silencio pero eso no significa que sea aburrido o enrevesado. Ferrando es un escritor culto, pero no debemos asustarnos, lo suyo no es pedantería sino naturalidad sin avasallar. Es de ese tipo de cuentista ilustrado al estilo de Francisco López Serrano que tanto nos gustó en “Los hábitos del azar”. Ferrando no es escritor de arrebatos líricos, de frases que desgarran como dientes, él es un escritor matemático, exacto y perfecto como una máquina de coser alemana. Un forense suizo en una caseta de la feria de abril. Ferrando –y así lo imagino- es de un carácter opuesto al mío, y eso no me ha impedido disfrutar –y mucho- con sus relatos. El carácter que se refleja en su forma de escribir lo veo más propio de un habitante de un país del norte, de esos en los que el largo y frío invierno obliga a refugiarse en casa por las tardes, y el mío por el contrario es de los que se deprime cuando se nubla y la temperatura baja de los quince grados. Pero es curioso porque mi fascinación por Ferrando proviene precisamente de esos dos caracteres opuestos, de que él es capaz de escribir de una forma de la que yo me considero incapaz. En que él es mucho mejor que yo. En admirar esa forma suya de contar: calmada, reflexiva, lenta y precisa. Alguien con la sangre fría necesaria para planificar y cometer sin un error el crimen –y estoy hablando metafóricamente- perfecto. Todo lo contrario a mí, aficionado al melodrama y que me dejaría llevar por el furor típico del crimen pasional. Por decirlo de otra manera Ferrando es de los que beben despacio, saboreando, descubriendo los matices, y lo mío es una tendencia a la disipación o una inevitable predisposición a buscar en el alcohol la euforia y la analgesia. Ferrando es un bebedor elegante y yo un borracho. Ferrando es la cirugía y yo soy un sacamuelas; lo suyo es la cámara lenta y lo mío la puñalada trapera. Ese contrapunto lo convierte en inalcanzable y en esa lejanía encuentro mi admiración.

Y tal vez esa forma suya de narrar esté en su carácter, pero también –creo- en su formación y profesión de ingeniero. Ferrando, es capaz -en una fusión inaudita para los que somos de la generación de BUP- de romper estereotipos uniendo ciencias y letras cuando lo normal es que los que estudiaban física y matemáticas no tuvieran ningún interés por la literatura. Pero además creo –y lo veo como un mérito y no como deformación profesional- que aplica a la narrativa la metodología típica de su titulación: edifica sus relatos como una construcción basada en el rigor, el equilibrio, el orden y la precisión; y a eso le suma la imaginación. Un método o estilo que, al contrario de lo que pueda parecer lo más lógico, no resulta gélido o maquinal sino exacto y minucioso, un lenguaje preciosista sin afectación y con su dosis justa de lirismo.

Tal vez por ese orden meticuloso al narrar me sorprenden esos finales confusos de dos relatos: “Pelícanos” y “Las profundidades”. Tal vez Ferrando como rebelión, como una forma de negarse a si mismo, para desfigurar esa imagen de chico aplicado y minucioso que nos transmite ha querido dejarse arrastrar por el caos. Finales enmarañados que –para mí- estropean esos dos relatos y producen cierta frustración al hacer desembocar en ese desconcierto un camino que hasta entonces había resultado deslumbrante en su originalidad, planteamiento y desarrollo. Dos trajes de alta costura rematados por un sastre delirante.

De los nueve relatos restantes hay siete excelentes cuentos. Y alguno de esos siete –como “Mathilde y el hombre del tiempo”– que incluyo en mi antología personal y en marcha de los mejores relatos que he leído.

Todos –sin excepción- transcurren cada vez en una época y un escenario diferente: el valor de la literatura como viaje, el cambio de decorados y atmósferas opresivas y fatalistas, capítulos minúsculos de la larga Historia. En todos está ese lenguaje exacto, preciso, matemático y de pasión con hielo picado. Pero esos siete son excelentes porque partiendo de un lugar ficticio lo convierte en real para desde allí transformarlo en pesadilla; el amor que acaba convertido en trampa; el deseo de ser reconocido y su frustración en el peligro de convertirse en delación; la consecución de un objetivo que deviene en inutilidad sin salvación; la idea insólita para salvar a un matrimonio de su tedio que acaba por convertirlos en extraños; el verdadero Philip Marlowe y el tramposo y débil Raymond Chandler. La mentira convertida en verdad y viceversa.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”. 235 páginas. Menoscuarto. Palencia 2012. 

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 17 de octubre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/17/doblando-las-esquinas-de-la-realidad/

y en “La Tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/10/el-libro-de-los-pequenos-milagros-juan.html

Doblando las esquinas de la realidad

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere –y los hinchas del relato se lo agradecemos- no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.

“El libro de los pequeños milagros” se presenta como un “Bestiario” –con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán– y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente, y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.

Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer:“El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios”. Todo eso hay y de eso tratan –y algo más- estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento –aunque sea creando un zoológico de monstruos- hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.

Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.

Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo –los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta- tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero –ya que se trata en parte de un “Bestiario”- a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal -jugando con la inocencia de Bambi- que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro –invencible animal de guerra- que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.

Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros –de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele- y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados.

Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos –spoilers– que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.

Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel –y la idea me la dio él en el último- es por su capacidad para darle la vuelta –como una moneda que se gira en un pase mágico- a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es -por utilizar otra imagen- por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada -como en el genial “Convenciones”-; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” –uno de mis favoritos- o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina  y todo sea lo contrario de lo que parecía.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”. 134 páginas. Viñetas interiores de Ernst Haeckel. Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 5 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/05/inesperado/

Inesperado

Cuando somos seguidores de un grupo o músico y nos enteramos de que ha sacado un nuevo cd acudimos de inmediato a la tienda a comprarlo. Expectantes deseamos que repita el éxito del anterior. Es decir –y es un ejemplo, no una analogía- que si su estilo es funk o discotequero esperamos que sigua en esa línea y no se haya pasado al country o al heavy-metal. Pues con algunos escritores nos sucede algo similar. Esperamos que repitan el estilo que nos gustó tanto y que hizo que nos convirtiéramos en fan suyos sin histeria ni póster en la pared.

Juan Carlos Márquez es uno de mis favoritos, y esperaba que estos relatos de “Llenad la Tierra” fueran lo mismo de “Tangram” (que cronológicamente es posterior, de 2011) y “Norteamérica profunda” (que es anterior, de 2008, pero yo conozco en edición de 2012) dos de esos libros totalmente recomendables y que salvaría de un incendio.

Esperaba que fueran más de lo mismo y resulta que no, que poco o casi nada tienen que ver. Entiendo que un “artista” tiene derecho a cambiar, a no ir vestido siempre igual, a variar de estilo, a teñirse de rubio platino el bigote si le da la gana. Entiendo que quiera probar nuevas fórmulas narrativas y que incluso algunos digan que ese cambio es obligación de todo escritor que quiera “crecer”. Puede que tengan razón pero no quiero ponerme en plan estupendo con eso de la necesidad de asumir otro retos y no repetirse y bla, bla, bla. Me imagino que a Márquez (y haría bien) le importa un carajo todo eso. Él ha escrito los relatos que le ha apetecido y punto.

Y no, no es que el resultado sea del todo malo, un completo fracaso; pero sí –al menos para mí- irregular. Algo que no esperaba. Quizás sea que esas otras veces nos lo puso demasiado fácil, quizás sea porque sabe que somos vagos y acomodaticios y esta vez ha querido ponérnoslo difícil, no darnos todo hecho, que nos esforcemos un poco, mostrarnos las mil y una formas del cuento; pero por más que lo hago (lo de esforzarme) hay ocasiones en las que  no encuentro otra cosa que un chistoso juego de palabras; un diálogo con un final absurdo; un filósofo pedante en la cola de un supermercado o los ejercicios de escuela de un profesor con mucha habilidad y talento y poco tiempo.

Ese Márquez que ya conocía y esperaba (re)encontrar, ese escritor superlativo del que soy fan me lo he encontrado en los cuentos “El corazón de mi padre”, “Restos”, “Belgrado 1976”, “Llegado el momento” “La vida discontinua”, “Subterfugios”, “Papá, mírame” y “Hacer lo necesario”. Relatos en los que está el surrealismo sentimental como método lógico y útil; la ecuación –que sólo él hace posible- entre carcajada y pena, asco y piedad; el realismo sucio, escenario cinematográfico y sin estridencias; la provocación hipnótica; la trastienda oculta de lo cotidiano; la angustia y el tacto viscoso de las pesadillas. En esos me encuentro con un escritor personal, pleno y absoluto que en los demás unas veces ha preferido jugar con el claroscuro, el mensaje entre líneas o la mirada oblicua, proponer un punto de vista diferente, hacer probaturas o ejercicios que lo alejan de su estilo más característico y reconocible y en otras aparece fragmentado, incompleto y parcial en las que ofrece imágenes brillantes y destellos de originalidad pero que no terminan de cuajar.

No, esta vez el resultado no es el de otras veces: asombroso, completo, total; esta vez lo excelente se alterna con lo defectible, pero no por eso es un escritor al que debamos, ni mucho menos, renunciar.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”. 163 páginas. Menoscuarto. Palencia, 2010.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 7 de octubre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/07/la-sonrisa-triste/

La sonrisa triste

Veo lógico y normal que un escritor recurra a sus experiencias y recuerdos para encontrar los argumentos con los que nutrir su narrativa. Al fin y al cabo cada uno somos lo que hemos vivido y cuanto más lo hayamos hecho menos tendremos que recurrir al alcohol, las drogas o a la bipolaridad para encontrar un argumento original con el que llenar folios en blanco. Con esto me refiero a que los temas de los cuentos de Conget son siempre los mismos: el cine, los tebeos, la literatura, el paso del tempo, el amor, la enseñanza y las ciudades en las que ha vivido. Conget ha pasado un tercio de su vida en Zaragoza y el resto –desde Cádiz hasta llegar a Sevilla- en el extranjero: Escocia, Perú, Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Por eso los escenarios de sus cuentos transcurren siempre desde la infancia en Aragón al “exotismo” de streets, squares y chansonner et poésie. Y si además a ese peregrinaje le sumamos cierta edad nos encontraremos con que su mirada suele ser retrospectiva y evocadora; el lógico mirar atrás del que ya ha cumplido los sesenta y contempla la desaparición de su mundo.

Porque lo mejor de Conget es que repitiendo los mismos temas de siempre no llega a aburrir o cansar. Tan sólo a mí me resultan cargantes sus referencias generacionales, aunque no le culpo por eso, cada uno es, inevitablemente, hijo de su época. Cuando el dictador murió yo tenía siete años y cuando desperté al mundo lo único que me interesaba entonces eran las chicas y la cerveza. Entiendo que sus lectores más fieles sean sus compañeros de generación, esos a los que les gusta presumir –sea verdad o no- de haber corrido delante de los grises. En mi época la policía iba de marrón y en la Universidad las únicas reuniones o asambleas que me interesaban eran las fiestas –chicas y cerveza- del Campus. Por decirlo de otra manera, Conget es de Georges Brassens y yo de Nacha Pop. A mí esas historias de luchadores antifranquistas de los setenta me suenan viejas como las pesetas. Aunque con alivio he encontrado en Conget cierto desencanto:“la revolucionaria incombustible que hoy es sociata de toda la vida y ocupa un cargo importante en no sé que institución oficial” que los escépticos -y alérgicos a partidos políticos y sindicatos- como yo agradecemos sinceramente.

Pero no quiero que esto parezca una crítica negativa. Los cuentos de Conget me parecen todos excelentes a excepción de dos: “La venganza del Capitán Trueno” que es ¡otra manida historia de un colegio de curas! y “Conspiración” que no siendo malo me parece que no está al nivel de los demás. No, no quiero que mis diferencias generacionales con Conget hagan entender que su libro me parece una colección de tópicos ideológicos de carrozas; “La mujer que vigila los Vermeer” es sin duda un libro que puedo recomendarle a cualquiera de mi generación que le guste el cine, los tebeos y la literatura. Sí, es verdad que es la memoria de un tiempo que agoniza, que los niños de hoy en día ya no leen tebeos y que los cómics son un entretenimiento para adultos frikis, que el cine parece destinado a verse en el salón de casa por Smart Tv y que el futuro de la literatura es digital, frío y sin cuerpo; un mero archivo de Word. Que siendo veinte años más joven que Conget yo soy de los que guarda en una caja sus viejos “Tío Vivo” y siente la lenta agonía del cine y la literatura como el desguace de una reconversión industrial.

Sí, hay en sus cuentos un exotismo cosmopolita; el extranjero pone los escenarios, pero lo suyo no es esa pedantería y soberbia de profesor honoris causa en Oxford o La Sorbonne; los personajes de Conget son catedráticos o escritores que se creen apóstoles de las letras y no son más que tipos patéticos o mediocres. Sí, en los cuentos de Conget la experiencia propia es la base, pero a excepción de “Mi vida en los cines”: “toda mi biografía podría girar en torno a los cines”, este no es un libro de memorias. Sí, es su experiencia de un mundo que él conoce bien: la literatura -su trastienda y sus personajes- y esa es la argamasa en tres de sus relatos: una investigadora y su vida estéril; un profesor envenenado de literatura incapaz de pasar de la teoría a la práctica y un novelista que en su momento era moderno y escribía “rayuelescas y masturbatorias patafísicas” y que el paso del tiempo ha dejado en un vulgar gris. En los tres la literatura es el argumento pero “Suaves laderas” es un juego narrativo muy cinematográfico en el que nos muestra a dos personajes y sus historias contrapuestas –y a la vez relacionadas en sus deseos y frustraciones-, la eterna contradicción humana de envidiar y creer perfecta la vida del otro. En “No calls, no letters, no messages” es la sonrisa triste que nos provoca un patético catedrático “enfermo de petrarquismo” que se marcha a Nueva York a impartir un master en el que lo original está en quién y de qué manera cuenta la historia y en cómo acaba. Y el relato homónimo que da título al libro es una historia de amor y celos en la que lo destacable está en el tono y estilo de confidencia alcohólica –otro gin-tonic, por favor- que desata la lengua y mezcla lirismo con tragicomedia. De estos tres cuentos, a parte de una feroz crítica contra la pedantería y la vanidad tan habituales en este parque temático llamado literatura, la (posible) moraleja que podemos extraer de ellos es lo tristes y dignos de lástima que pueden llegar a resultar algunos de sus actores que venden su alma para acabar no siendo más que secundarios, locos entreverados o tramoyistas. La literatura puede ser algo muy importante en la vida, pero Conget nos enseña que vivir es algo más que sólo literatura.

Y aunque estos tres bastarían para justificar la lectura del libro, Conget nos regala otros registros en cuatro excelentes relatos breves. En “Hoy es lunes” la prosa poética para hablar de la jubilación y sus consecuencias: “A partir de cierto momento toda vida es vida póstuma, una excrecencia innecesaria de tiempo”. En “La carta” las dos versiones de lo que significan el olvido y el perdón. En “¿Lo mío tiene remedio, doctor?” un monólogo sincero y sin freno en el diván de un psiquiatra sobre la mentira y lo que oculta. Y en “Dos habitaciones” una reflexión doble a cerca de la muerte y los espacios vacíos que deja y le sobreviven.

Sí, quizás “hay menos humor que en libros anteriores”, aunque eso no importe. Lo que me gusta de Conget es su sonrisa triste, agridulce; su mirada melancólica, su forma de entender la vida; su fidelidad a los temas de siempre, heridos de muerte y de los que nunca me canso.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”. 147 páginas. Editorial Pre-textos. Valencia, 2013.

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