Daniel Gascón. “Entresuelo”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 26 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/26/un-video-domestico/

Un vídeo doméstico

Todos tenemos una familia. Todos podríamos contar alguna historia de nosotros mismos y nuestros abuelos, padres, hermanos o tíos. La diferencia está en hacer o no atractiva esa historia.

Está claro que todo resultaría más fácil si nuestro abuelo hubiera sido diplomático en la Segunda Guerra Mundial y no dependiente de una ferretería en una capital de provincias. Con una vida apasionante y en una época convulsa es más fácil escribir una novela o hacer el guión de una película entretenida y correcta. Pero cuando nuestro abuelo no fue otra cosa que un tipo corriente con una vida vulgar y anodina como la de cualquiera puedes contar su historia, hacerle protagonista de una novela, pero entonces necesitas algo más; necesitas contarla de manera que la literatura –la forma en que la cuentas- te salve ese guión de la mediocridad y la indiferencia.

Todos podemos utilizar a nuestra familia de inspiración. Podemos servirnos de ella para buscar y encontrar argumentos y personajes. Desde una parte de verdad crear, inventar, transformar la realidad y hacerla materia de una colección de relatos o una novela. No es el caso de “Entresuelo”. Daniel Gascón ha decidido no mentir, contar la verdad sin más. Es una opción válida, pero qué pasa entonces si se opta como ha hecho él por contar los hechos con un realismo radical, descarnado, en crudo, sin imposturas. Pues que si lo que se narra no se cuenta con el contrapeso de una voz que lo haga atractivo, singular o diferente, se convierte en doble vulgaridad. Y esa es la carencia de Gascón. Que falla en la forma.

Y es que Gascón nos ofrece un vídeo doméstico como si él fuera el único que tuviera una cámara y el suyo fuera un documento excepcional cuando hoy en día hay miles –millones- que tienen una cámara digital y hacen vídeos como ese. Si visionamos el nuestro y el de “Entresuelo” no encontraremos ninguna diferencia. Hechos y hechos sin un montaje original y sin ni siquiera el mérito de una seductora voz en off.

Cuando hoy en día hay gente capaz de hacer creativos y originales cortometrajes con un teléfono móvil Gascón nos ofrece un libro que es un anodino retrato familiar con un valor y un interés estrictamente particular. Lo único que Gascón hace es un inventario de recuerdos –en muchas ocasiones copiando a Perec y su manoseado “Me acuerdo”- que seguro que a su madre, a su padre, a sus hermanos, tíos y primos les hace mucha ilusión, pero que a los demás nos produce indiferencia y suspicacia.

Entre las virtudes con las que se nos quiere vender esta “novela” están que refleja “el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica”.  O sea algo que ya se ha contado infinidad de veces como por ejemplo lo hizo Pedro Masó en “La familia, bien, gracias” con guión de Rafael Azcona  y en “La gran familia… 30 años después”. Se dice que sus “personajes” son “inolvidables” y en ellos no encuentro ninguno mejor que los de mi propia –y cualquier- familia con sus miserias, dificultades, virtudes y defectos. Se dice que es una “autobiografía indirecta” y que es una “aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España”, es decir que para eso me vale con ver “Cuéntame” y que cualquiera de sus guionistas tiene más mérito que Gascón porque la literatura debe ofrecerle algo al lector que no pueda ver en la televisión.

El que se “hable a la ligera” es una buena descripción. Esta es una “novela” amena, es el típico libro que se deja leer sin requerir un esfuerzo intelectual. Los recuerdos de Gascón le traerán al lector los suyos propios. Con los emotivos recuerdos ajenos recordará a sus abuelos; los veraneos en el pueblo; la infancia; las anécdotas que dejan una sonrisa y las multitudinarias, alegres y ruidosas comidas familiares. Pero esa ligereza es una virtud escasa y esa emoción compartida algo muy básico, un simple acto reflejo. ¿Dónde queda el escritor, su utilidad y su diferencia? ¿Dónde la literatura y el intento de hacer de ella algo inaccesible y fuera de lo común?, ¿dónde su valor, la belleza y dificultad que la hace distinta, inigualable? ¿Para qué queremos un escritor que se convierte en una máquina, un reproductor por escrito de imágenes y sonido y hace de la literatura un archivo que podemos contemplar en una pantalla?

Entiendo que Gascón quiera conservar la memoria de sus abuelos y compartir ese recuerdo con su madre, su padre, su hermana y el resto de su familia. Resulta emotivo pero es seguro que hay cientos –miles- de personas que podrían escribir un libro similar a este “Entresuelo”. Seguro que muchos serían peores, pero es muy probable que alguno fuera mejor y que sin embargo su autor si quiere verlo publicado esté condenado a ese limbo de la autoedición.

Daniel Gascón. “Entresuelo”. 108 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 24 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/24/solido-y-gaseoso/

Sólido y gaseoso

En ningún otro lugar como en un libro de relatos podemos experimentar los cambios de estado de la materia. La física y la literatura en una curiosa relación. Pasar de lo sólido a lo gaseoso, del calor a la congelación en un corto espacio de tiempo. Y estos cuentos de “Escena de familia con fantasma” de Julia Otxoa son un buen ejemplo.

Empieza muy bien, más que bien con dos microrrelatos excelentes: “Bibliotheke” y “Lámpara suiza”. Las bibliotecas convertidas en charcuterías y un “señor oscuro” -una mezcla de carnicero, cirujano y taxidermista- que “se ocupa de la disección del lenguaje armado de cuchillos, cinta métrica y báscula”. Dos micros de imágenes contundentes, realmente originales en su planteamiento, mensaje y profundidad.

Y en los dos siguientes, de repente, lo que antes era sólido y prometedor se transforma en gaseoso, se hace vapor. Con “El traductor” y “Marcel Sasot campeón de halterofilia” no entiendo qué quiere contar, a dónde quiere llegar ni transmitir con la historia, a no ser que sea ¿el sueño de un hombre-cigarra?. Soy viejo para jugar a las adivinanzas y demasiado joven para apuntarme a cursos municipales de artesanía con miga de pan. Pero con el siguiente micro: “Hilvanados”, recupera de nuevo, con imaginación y lenguaje, el estado sólido perdido. Y así el libro se convierte, cuento tras cuento, en un constante vaivén en el que se van alternando micros o relatos breves excelentes como “Paisaje para frac”“Pintor perfilador”-éste produce el entusiasmo de la maravilla- “Juramento”, “El testamento de Ulises”“Arquitectura contemporánea”,“Primavera” “Café Voltarie” con otros como “La Polar”“El tren peonza” “Fuera de plano” que se cristalizan como la escarcha y se disuelven a temperatura ambiente.

Movimiento pendular que no resulta exacto como el de un metrónomo o el deshojar una margarita sino que se mezcla con estados intermedios de agua templada en las buenas y originales ideas de “Cosmética para cerdos”“Cajitas” o “Colocación de lunas” y  que en otras ocasiones se acaba enfriando de golpe -como en“Las desventuras de Frankenstein” con un final que lo carboniza- o se convierten en reflexiones inofensivas -como en “Metrópolis”– o en divagaciones culturetas -como en “Los dos guerreros” o “Dos viajeros”– o dejan al lector huérfano y sin final tras unos puntos suspensivos como en “La señorita Hanna”“…aquí el lector puede continuar por su cuenta este pequeño relato, desarrollando su imaginación hasta límites increíbles” . Interacciones o ejercicios de empatía (algunos cursis les llaman guiños) que me fastidian porque me parecen los deberes para casa que pone el profesor cansado de un taller de escritura a sus alumnos virtuales.

Pero no quiero que esto – a pesar de ese vaivén- parezca el baile de la yenka. En general los relatos mantienen una temperatura constante gracias a un lenguaje preciso y cuidado, un acuario limpio en el que conviven cincuenta criaturas de diferente tamaño y belleza; y esa es una virtud que hay que reconocerle a Otxoa; pero creo que si por algo destacan estos cincuenta textos es por la crítica social, política y artística de sus argumentos. Cuando acierta (a veces le da por el escorzo, la elipsis y el camuflaje) nada es inocente o simple devaneo. En Otxoa la palabra se convierte en pedrada en el ojo o seta venenosa.

Crítica o denuncia social que está en todos esos que para mí son brillantes ejercicios literarios y que unas veces va desde el realismo individual o de comunidad de vecinos al absurdo municipal o universal, y con la ironía y la imaginación como armas de gran calibre para tratar la decadencia y la transformación, el mercantilismo, la deshumanización, la miseria o la manipulación de esta época y este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Crítica política en la que se encuentran los cuentos más ácidos y salvajes, los más grotescos y esperpénticos, las grandes hipérboles producto de la vergüenza y desconfianza en los políticos en esta época (que nos ha tocado vivir) de corrupción en partidos y sindicatos y que nos dejan el mensaje necesario de que no perdamos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en mudos corderos o borregos a los que se les ha practicado una leucotomía. Crítica que extiende al nacionalismo (español, vasco y extranjero) y a sus típicas exhibiciones pero que hoy -además de esos estereotipos en los que incide Otxoa- está más por la imposición, la falsificación de la historia, el adoctrinamiento y la mitología.

Crítica del arte que es con la que más he disfrutado –y con la que más me identifico sin duda- en la que mediante el humor y la reproducción denuncia el engaño de ese teatro del absurdo moderno y experimental, perfomance vacía de contenido que pretende que callemos por miedo a quedar como ignorantes y no nos atrevamos a decir que, simplemente, nos parece una tomadura de pelo.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”. 140 páginas. Prólogo de Ángeles Encinar. Menoscuato Ediciones. Palencia, 2013.

David Aliaga. “Inercia gris”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 15 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/15/sin-trampas/

Sin trampas 

Todos en literatura tenemos nuestros favoritos y preferencias y en el caso de David Aliaga parece que el realismo sucio americano y Raymond Carver son las suyas. Y aunque estoy seguro de que su lista no se limita a un único estilo y un solo nombre (me gusta pensar que los escritores son tipos a los que les gusta beber en diferentes bares) en este caso sí que es unívoco. Y es que Aliaga en su primer libro publicado nos presenta trece relatos ambientados todos en los Estados Unidos y siguiendo en su mayoría ese estilo realista, sobrio y simbolista con personajes y situaciones corrientes –“Common people” que cantaba Pulp- sin colorido pop. No lo veo mal, al fin y al cabo copiar o imitar es la primera manera de empezar, y cada uno copia o imita lo que le gusta

En el caso de ese realismo sucio o simbólico yo la única referencia que puedo citar es la de Gonzalo Calcedo. (Lo siento pero mi chauvinismo hispanohablante no me ha permitido llegar más lejos). Y ese minimalismo narrativo no me resulta desagradable pero sí que es posible que al lector novato le pueda resultar extraño y desconcertante eso de leer un “relato en el que aparentemente no pasa nada” y deba buscar su mensaje o significado en lo que hay detrás de lo que se muestra o ve. Aunque si he de ser sincero mi desconfianza por esa forma de narrar viene de que en muchas ocasiones me encuentro con que algunos nuevos, modernos y jóvenes talentos (hispanohablantes) usan el realismo como coartada para hacer de la literatura una nadería vacía y otras abusan del simbolismo para convertirla en un lugar inaccesible e ininteligible que lleva al lector a la frustración. Una cosa puede ser como recientemente dijo Tizón de Chéjov: “el amago, la adivinación o sombra de un cuento. No la conclusión del sentido, sino la suspensión del sentido” y otra muy distinta convertir al lector en extranjero en su propia lengua.

Adaptarse al realismo sucio americano es fácil. Al fin y al cabo es sólo un escenario y a todos nos gusta hacer turismo. Pero hacer que el lector tenga que adivinar el sentido de un relato por su contexto –o mensaje subliminal- es un complicado ejercicio en el que lo más difícil para el narrador es no quedarse corto ni pasarse de largo. Un simbolismo que Aliaga sigue desde el primer relato y un equilibrio que creo no consigue hasta el tercer cuento –aunque en el segundo: “El espejo” ya acierta pero se queda en un débil eco o reflejo borroso. Es posible que ese sea un estilo al que cuesta adaptarse -por lo general leemos esperando “que pase algo”- y que no sea hasta ese momento cuando nos hayamos adaptado a leer sabiendo que al final lo que tenemos que hacer es interpretar el significado o sentido que esconde la escena. Es posible que sea por eso, pero creo que no es hasta ese tercer cuento: “Como cada sábado”, cuando Aliaga consigue con las imágenes precisas e inmediatas hacer visibles -sin nombrarlas- la pérdida, la soledad y la rabia. Capacidad que se hace demoledora en el excelente cuarto relato: “Lo que no ha sucedido y sucedió” y alcanza su mejor y más perfecto resultado en el décimo: “Tótem”, y aunque hermosamente lírico y poderosamente escenográfico creo que se pasa de largo –por confuso y enigmático- en el último: “El río Hudson”.

En el resto de los relatos predomina más el realismo sucio que lo simbólico, más el retrato sin photoshop, el exhibicionismo que la insinuación. Y aunque no carecen de un mensaje, éste –a través de los hechos narrados- se hace más evidente y patente. Aliaga unas veces acierta y consigue hacérnoslo llegar con delirante intensidad: “Muérdeme, joder”; retratando la crueldad: “La enésima crucifixión de Cristo” o la desolación: “Sin trabajo”; pero en otras resulta inofensivo al convertirlo en simple naturalismo: “Composición VI”; en teatralidad: “No hicimos nada” o melodrama: “Tú mataste a Frank Fischer”. Con ninguno de estos cuentos -que podrían calificarse como típicamente realistas- consigue  alcanzar el excelente nivel de aquellos tres relatos simbolistas.

Y tal vez el realismo –la narración sobria y concisa, la casi mera trascripción de unos hechos- no requiera de adornos estilísticos, pero en ocasiones Aliaga utiliza expresiones que me parecen inverosímiles en el idioma norteamericano: “Se ha entretenido dándole a la sinhueso”, “¡Pero mira que eres bocachancla!; imágenes absurdamente precisas: “los mosquitos revoloteando en grupos de ocho o diez alrededor de los focos de luz ámbar”; y metáforas desafortunadas: “los turismos que hasta ese punto han avanzado en bloque se desparraman por las calles de la ciudad como hormigas que salen en acelerada procesión de su agujero brooklyneano para recolectar su pedacito de la Gran Manzana”;  o ñoñas: “Temblaba ligeramente, como el pecho de un gorrión en una mañana fría”. Nada grave, pero sí chirriante. Aspectos o detalles a mejorar para una siguiente ocasión.

Creo que el mayor mérito de estos relatos está en que Aliaga no hace trampas. Y es que simbolismo y realismo –ya lo he dicho- son dos etiquetas que algunos utilizan como coartada o comodín para colarnos una insulsa nadería o jugar a las adivinanzas o al escondite con el lector. Y eso Aliaga no lo hace. Tal vez él copie, pero es fiel al original, se atiene a las normas y no hace experimentos con gaseosa o se dedica al contrabando. Y aunque yo –chauvinista o paleto hispanohablante- prefiera un realismo cercano o de barrio Made in Spain él ha querido irse de viaje a Estados Unidos entiendo que como homenaje coherente y no por esnobismo. Y unas veces lo consigue y acierta de pleno, otras no tanto y alguna (pocas) falla, pero con esos aciertos –en un terreno resbaladizo y tan dado a la falsificación como éste- consigue que a partir de ahora además de Gonzalo Calcedo –aunque sin llegar a su altura- pueda citar a David Aliaga y su “Inercia gris” como referencia de un estilo.

David Aliaga. “Inercia gris”. 100 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

Carlos Castán. “La mala luz”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 4 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/04/de-amor-y-odio/

De amor y odio

Una advertencia no es la mejor manera de empezar, lo sé; pero en este caso creo que es necesaria. En la contraportada de esta novela se la califica como “un vertiginoso thriller que se lee en absoluta tensión”; y eso no es cierto. Los lectores habituales de ese género se sentirán defraudados si hacen caso de esa etiqueta porque en “La mala luz” hay un asesinato, sí; y hay una investigación, sí; pero no es una novela típica de intriga o suspense. “La mala luz” es una novela intimista, lenta y tortuosa con muy poca acción en la que lo realmente valioso no está en el suceso, el nudo y su desenlace sino en la forma, la cuerda y su materia. Algo que se reconoce en el propio texto: “… como lector de novelas, ya lo sabes, he sido siempre más tirando a francés y melancólico… he preferido siempre el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas.”

Creo que para despertar el interés hubiera bastado con decir que “La mala luz” es la primera novela de Carlos Castán. Su primera novela larga después de su excelente nouvelle “Polvo en el neón” (Tropo, 2012). Al menos con eso a mí me basta. Y es que Castán está reconocido como uno de los mejores escritores de relatos y saber cómo un cuentista ha resuelto ese reto de pasar de un género a otro tiene un aliciente innegable. Y me parece que en esta ocasión a Castán le ha salido regular por –creo- un desequilibrio estructural. En la primera mitad se demora, recrea y explaya tanto que por comparación la segunda resulta escasa y precipitada. No quiero pensar en cansancio o en prisas, en obligaciones o fechas de entrega; pero es como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba yendo demasiado lento -y que de seguir a ese ritmo se hubiera ido a las quinientas páginas- y entonces se sale de la comarcal por la que lleva circulando toda la ruta y toma la autovía y en línea recta y sin desvíos ni rodeos llega al punto y final. No por ese brusco cambio de ritmo la novela pierde su coherencia interna –todas las piezas encajan perfectamente- pero sí que se descompensa. El novelista acelera el paso y se vuelve cuentista; lo que hasta entonces era perífrasis, circunloquio amplificado y minucioso se hace aséptico y directo; se vuelve una novela resuelta como un relato.

Y es posible que se trate apostar sobre seguro, de una inevitable e insalvable querencia de la que es difícil librarse o de que simplemente la de la novela larga no sea la distancia adecuada para la intensidad de Castán. Como una maratón para un corredor de cien metros Pero eso no quita para que no podamos disfrutar de su maravillosa –poética, metafórica y lacerante- prosa que –como una falsa novela de intriga- engancha desde la primera página: “la poderosa fascinación que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas a empezar, cualquier situación que, de una manera u otra, pueda relacionarse en mi imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior”.

Y es que por lo general a Castán se le odia o ama sin término medio. Nadie como él habla de la herida y su dolor. Pero en este caso uno se debate entre la fidelidad y cierto cansancio y la repulsa por alguna escena nauseabunda e inexplicable: cuando el hijo le cuenta a su madre una secuencia de sexo oral. Y es que yo empecé a admirarle desde sus cuentos porque nadie como él retrata la derrota, la desesperación, el desasosiego, la pérdida y la melancolía; el vértigo y la nada. Algo que vuelve a hacer en esta “mala luz”. Admiro de él la música triste, exacta, hiriente y dolorida de sus palabras; multitud de frases y párrafos que dejar subrayados en sus libros; pero también ahora esa prosa, bella y amarga, en el largo aliento de una novela se convierte en un lugar perfecto en el que pasar un corto espacio de tiempo pero no uno en el que quedarse a vivir permanentemente. Su tristeza perpetua e incurable funciona perfectamente en pequeñas dosis, pero cuando se hace perenne se vuelve tóxica, desesperante, monotemática.

La narrativa de Castán es como una hermosa mujer ante la que caeremos rendidos de inmediato. Será una amante maravillosa, pero si queremos mantener el equilibrio y la salud mental lo mejor es alejarse de ella porque es bella sí, pero depresiva; innegablemente seductora sí, pero destructiva; enferma irremediable con cierta delectación morbosa y tendencia al auto-sadomasoquismo.

Castán nos gusta tanto porque compartimos con él algunas cosas: los libros, las canciones y los objetos, su significado autobiográfico y su escenografía; las fotografías en blanco y negro: imágenes detenidas que nos hablan; el dolor de vivir y su horror vacui. Le admiraremos y al mismo tiempo tendremos la sensación de volver a un lugar ya visitado y conocido. Le admiraremos por ser “puro bucle de fiebre y obsesión” y al mismo tiempo tendremos la duda de si Castán no puede ser otra cosa, no sea capaz de otra cosa que de repetirse y de que “uno se harta siempre de las pesadillas de los demás”. Los que nunca lo hayan leído quedarán fascinados al leerlo por primera vez; los que ya lo conocemos quizás no podamos evitar cierta sensación de repetición y por eso será contradictorio porque volveremos a amarlo pero también a odiarlo por vez primera. Los adolescentes hipersensibles y con pulsiones suicidas le descubrirán como su profeta junto a Cioran; las adolescentes que sueñan con ser escritoras se enamorarán de él como de un poeta maldito, pero los que ya vamos para viejos hablaremos (no sin cierta y cochina envidia) de su complejo de Peter Pan. Los que admiramos sus relatos disfrutaremos con algunos capítulos de esta “mala luz”: cuentos superlativos incrustados en la novela: “(Hombre al agua)”, “(Un paseo)” y “(Procesión por dentro)”; de su regreso a París, de su recurrente pasión por la huida, su introspección, ese yo complejo y contradictorio y sus miles de palabras para hablarnos del (des)amor, “ese universo bellísimo y oscuro, desbordado de venenos y paseantes solitarios” que es el suyo; pero también los que lo admiramos porque lo hemos leído nos encontraremos con un escritor que siempre nos muestra el mismo personaje: alguien al que le gusta estar herido para tener algo de lo que hablar o escribir, un tipo permanentemente triste y derrotado, pesimista, cansado de todo y del que acabamos con pena hartándonos.
Los que busquen un thriller ya saben que lo encontrarán en parte. Los que busquen una novela convencional no esperen hallarla porque es muy probable que encuentren una primera mitad lenta que “tenga más de poesía que de eficacia” con un yo abusivo y desmesurado pero también la verdad magistralmente contada de cómo la muerte ajena puede hacernos contemplar nuestra propia vida en un desolador reflejo. Y una segunda parte que se resuelve precipitadamente, escueta en su desarrollo y explicación en comparación con la primera y con el personaje de una mujer y un amor melodramático y perverso y un final sobreactuado y odioso, pero también con lo metaliterario mezclado, unido indisolublemente con la vida; la devastadora frustración de perder la última oportunidad, un poema sobre la traición, el engaño y la desilusión. Los que admiramos a Castán encontraremos en esta novela todo lo que de él nos fascina y su manera de nombrarlo como nadie: “en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida”.

Carlos Castán. “La mala luz”. 227 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2013.

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