Slawomir Mrozek. “La vida para principiantes”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el martes 23 de julio de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/07/23/humor-y-satira/

Humor y sátira

La casualidad me trae un nuevo libro humorístico. Pero esta vez se trata de otro tipo de humor, otro estilo. Si el de Patxi Irurzun es un humor gamberro y castizo que provoca la carcajada el de Slawomir Mrozek es un humor irónico que provoca la sonrisa. Quizás que uno sea español y el otro polaco tiene algo que ver; aunque me resisto a caer en los tópicos. El humor de Mrozek resulta más frío y discursivo, supongo que más al gusto de un interiorismo nórdico y eslavo al que los españoles no estamos acostumbrados; el nuestro es más expansivo, racial, callejero y alborotador; más de comedia y carnaval. Pero que sean diferentes no significa que obligatoriamente tengan que ser incompatibles. Cuando el humor es bueno se convierte en un lenguaje universal; y siempre que no se caiga en lo trillado y partidista es la forma más difícil e inteligente de dejar en evidencia algo muy serio.

“La vida para principiantes” subtitulado “Un diccionario intemporal” es una selección de treinta y nueve relatos de Mrozek asociados a un mismo número de lemas de la A a la V. Y así, por ejemplo, “Ambición” se relaciona con el relato “El hijito” y en él se trata de la ambición del hijo bastardo por ser reconocido; “Anarquía” con “Té y café” y es la respuesta a la imposición de una anfitriona que obliga a su invitado a tomar una decisión: tomar té o café, a lo que él responde: “Mitad y mitad, por favor. ¡Y una cerveza!”; con “Arte” el relato es una parodia de su farsa y lenguaje para vender humo, con “Cambio” el relato asociado es “Revolución”, que es uno de mis favoritos y el más agudamente irónico; “Complejo” es el de no ser nadie y buscar la manera de ser por fin “Alguien”; a la “Cultura” la retrata bajándola de su pedestal y negándole sus privilegios, con “Democracia” hace ridículo su igualitarismo llevado al extremo; con “Depresión” muestra en “Pena” un desfile no militar como un espectáculo vergonzoso y populista de gobierno caribeño o norcoreano, la “Fama” es la oportunidad de salir en la televisión; el “Humanismo” de “Un héroe” es en realidad egoísmo y vanidad, el “Idealismo” es un funcionario “Kamikaze” que se presenta voluntario para organizar el Archivo de Asuntos Pendientes y en donde desaparecerá sepultado por el papel acumulado; la “Jubilación” es perder el trabajo que le quita todo el sentido a una vida, la “Juventud” es arrogancia; la “Libertad”, libertinaje; la “Literatura” son los libros que ha escrito un contable en el ejercicio de sus funciones y que pide le concedan el dinero en metálico del premio Nobel para sobornar a un funcionario de Hacienda; “Mujeres” es una crítica a la apariencia; “Pasatiempo” es unirse al cortejo de un funeral sin saber quién es el muerto; y la “Revolución” es comprar un auténtico revolucionario en una tienda de antigüedades porque nuestra vida es aburrida y necesita de alguna emoción.

Tal vez muchos conozcan a Slawomir Mrozek como autor teatral. Yo no. Y como explica Jan Sidney en el Epílogo: “su nombre suele aparecer unido al de autores como Ionescu, Beckett o Dürrenmatt. El escritor polaco es uno de los dramaturgos más importantes de la segunda mitad del siglo XX”. Para mí, con “La vida para principiantes”, ha sido un descubrimiento como narrador; algo por lo que –al parecer- es también de sobra conocido: “Si Mrozek se ha hecho acreedor al Nobel no ha sido sólo por obras (de teatro) como Tango, Emigrantes o Striptiease” sino por ser un “excelente autor de relatos breves”.

Para los que como yo suelan llegar tarde a las fiestas tienen en este “Diccionario intemporal” una manera perfecta para conocer y disfrutar con este escritor polaco -además de esta selección, la editorial Acantilado ha publicado ocho títulos más de su obra narrativa, entre relatos y novelas- que nació en 1930 en Cracovia y renegó y criticó al comunismo estalinista por lo que no pudo volver a su país hasta 1990, que vivió en varios continentes y “no se dejó llevar por ninguna corriente política ni por el espíritu de la época, sino que siguió siendo un solitario”. Un escritor independiente que utiliza el humor como formula para hablar en serio y denunciar, por medio de un surrealismo y un absurdo muy realista, la burocracia típica del totalitarismo, pero también lo intemporal y que resulta de triste actualidad: la corrupción. Que de igual manera evidencia el ridículo y caducidad de un discurso igualitario y de lucha de clases; pero también los privilegios de la aristocracia o el escalafón.

Mrozek nos muestra al individuo y al colectivo, el comportamiento del hombre en sociedad influenciado por el pensamiento dominante. Lo ridículo de sus actos. Los tipos son reales: el pícaro, el arribista, el obsesivo, el comisario político, el ingenuo, el aprovechado; el que se ha cansado de vivir en una mentira permanente y su espectáculo. Por fin alguien diciendo la verdad. La sátira contra todo lo reprobable. Un método al que se adapta perfectamente el relato corto por su contundencia sin atajos ni rodeos.

Este tipo de humor no se lleva en España. Aquí somos más pasionales, más sectarios y más tramposos. Nos hace mucha gracia la desgracia del contrario, del adversario, del enemigo. Nos reímos mucho y hacemos chistes con lo de los demás pero lo nuestro es intocable, profanamente sagrado.

Mrozek utiliza la sonrisa, el ingenio y la ironía para dejarnos algo doloroso e incluso triste: resultamos patéticos y debería darnos vergüenza; nos muestra nuestra estupidez y vanidad humana, se ríe de nosotros y de lo absurdos e idiotas que somos. Nos deja seriamente en evidencia con una sonrisa.

Nos iría mejor si lo imitáramos más en lugar de hacer ese humor casposo, clonado, bilioso y sectario de monólogos unidireccionales.

Slawomir Mrozek. “La vida para principiantes. Un diccionario intemporal”. 142 páginas. Edición al cuidado de Daniel Keel y Daniel Kampa. Ilustraciones de Chaval. Epílogo de Jan Sidney. Acantilado. Barcelona, 2013.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”

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Nunca se ría de los gordos

Recuerdo que para mi abuela materna la gordura –estar robusto, lo llamaba ella- era síntoma inequívoco de persona sana y fuerte, y que la delgadez lo era de estar enfermo o de pasar miseria. Ese pensamiento se refleja muy bien en esta novela: “¡Permítame que le explique que la corpulencia de los caballeros estaba en boga en los aledaños de la Exposición de 1900! Del mismo modo que a las mujeres les avergonzaría estar planas, los hombres se esforzaban por no parecer alfeñiques. Los esmirriados de entonces se esforzaban tanto por hincharse como los gordinflones de hoy en día se esfuerzan por entrar en los estrechos trajes de un solo botón. Ya ve, señora, le hablo de una época en la que todo el mundo estaba gordo excepto los poetas y los ahorcados”. Está claro que esa manera de contemplar la gordura como algo sano cambió, y que a partir de entonces los gordos comenzaron a sufrir su martirio. Y ese suplicio es del que –evidentemente- trata esta novela publicada por primera vez en 1922 y que cerca de un siglo después tiene la gran virtud de no haber envejecido ni en lo literario ni en la temática.

Pero en este caso concreto ese “martirio del obeso” es doble o derivado uno de otro. Por un lado el martirio propio de los gordos y sus esfuerzos por dejar de serlo y por otro las burlas que sufren los “ventrudos” y el fracaso al que los condena su aspecto en la conquista amorosa, es decir para ligar o conquistar mujeres.

Y en el primer aspecto es en donde la novela alcanza sus momentos más hilarantes: en los intentos de adelgazar a base de “dietas, fármacos, baños turcos y gimnasia sueca”; y también en la descripción del “Club de los Cien Kilos”, una especie de sociedad gastronómica en la que el lema era algo parecido al “antes reventar que sobre”: “En el trabajo se hace lo que se puede, pero en la mesa ¡hay que hacer un esfuerzo!” Dos asuntos que el narrador cuenta con humor –en cierta manera riéndose de sí mismo- pero que si nos paramos a pensar en el fondo no tienen nada de gracioso cuando los diferentes esfuerzos por bajar de peso no dan resultado y ese Club es una reunión de “tragaldabas anónimos” que se consuelan unos a otros juntándose y reafirmando su diferencia respecto a los “normales”.

Para mí sin duda alguna el mayor atractivo de esta novela está en el personaje que la cuenta. Un hombre –del que nunca se dice el nombre- que se enfrenta a su condición de gordo con dos caras, una inicial que resulta frívola, irónica, culta y humorística: “La ropa moderna, ¡ese es nuestro enemigo! ¡Vivan el peplo y la toga! Aspiro al regreso de las modas antiguas, excepto en lo que concierne a los automóviles y a los cócteles.”; y otra en la que tras esa fachada de hombre cínico y bien humorado se descubre primero la queja por la constante burla a la que se ven sometidos los gordos en general: “Un jorobado da miedo; un tripudo da risa, es así. Y nada podrá cambiarlo”; y en particular por lo que a él respecta descubriendo su debilidad y amargura cuando se sincera; cuando reconoce que por su gordura se ha visto siempre condenado a ser un simple confidente de las mujeres; lo que hoy llamamos un pagafantas. Las confidencias de ese personaje, la conversación amena, su gracia e ingenio, su brillante facilidad de palabra lo hacen fascinante; pero todo ese encanto resulta inútil contra su físico.

Y en el martirio de este obeso sin nombre nos encontramos con la historia de su enamoramiento de una mujer a la que acompaña –por petición de ella- en la huida de su marido infiel. Huida que tiene mucho de novela galante o de alta sociedad –me recordó en cierta manera a Jardiel Poncela- en un periplo por hoteles de lujo y ciudades de medio mundo –“experiencia a lo Phileas Fogg en la que me ha arrastrado desde hace veinticinco semanas”– en un juego de seducción y glamour para ricos o rentistas ociosos.

Ese lento y desesperante juego de seducción hoy en día nos resulta inconcebible; nadie aguantaría lo que aguanta el protagonista de esta historia: seis meses de flirteo y abstinencia por el que a él se le puede calificar de pardillo y a ella –por no decir otra cosa-de calientabraguetas. Pero debemos tener en cuenta que las reglas del juego de seducción y consumación del que trata esta novela son las de un “sentido y sensibilidad” de principios de siglo XX en el que todo iba mucho –muchísimo- más lento que ahora, el abanico tenía su propio lenguaje y los amantes se trataban de usted. Usos y costumbres de una época que no evitan que, por su complejo, nos compadezcamos del protagonista y que al mismo tiempo nos exaspere comportándose como un paciente y perfecto caballero y un idiota enamorado; y que lleguemos a odiar a la mujer porque consideremos que lo utiliza, le vacila elegantemente y, sobre todo, por su torpe y cruel manera de usar las palabras para terminar con esta historia.

Para mi lo mejor de esta novela es la carcajada que termina por mostrarnos el dolor que subyace detrás del ingenio. La fascinación por un personaje que pasa de lo aparentemente frívolo a lo realmente sincero: “Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle. Lo que le estoy revelando es el destino de mis semejantes, de todos los rechonchetes a quienes atormenta la certeza de la más cruel desgracia, esto es… como puede imaginar, la indiferencia de las mujeres”. Lo que supone para un hombre el amor: “No existe una edad para amar. Lo que sí existe, y se pasa, es la edad de ser amado. Y mala suerte para el hombre rancio que no ha tenido, como Ulises, un hermoso viaje”. La herida que ocasiona el saber que un hombre así no tiene a su alcance obtener esa porción de plenitud y felicidad: “La verdad que nadie se atreve a confesar es que una vez que se esfuman las ilusiones nos pasamos la vida echando vaho sobre el espejo de la decepción. Pero el vaho siempre acaba evaporándose. Entonces nos vemos reflejados en su triste fealdad, que cada día se acusa más cruelmente y, mientras murmuramos: “No vale la pena que piense en todo eso”, una voz interior nos dice. “Pero si no haces más que pensar en ello, imbécil”.

No, nunca se ría de los gordos.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”. 138 páginas. Traducción de Verónica Fernández Camarero. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

Paul Auster. “El cuento de Navidad de Auggie Wren”

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Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo 16 de diciembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=783905

Pequeño y valioso regalo

Yo no soy de los que recomienda o apadrina. Ni siquiera estas líneas las considero algo más que una simple opinión. Pero ahora que se acerca la Navidad me atrevo a hacer una sugerencia. Algo sencillo y pequeño, pero artístico. Como hecho a medida.

Algunas cosas se pierden; otras, curiosamente, se recuperan. En mi familia, cuando llegaron los nietos, mis padres decidieron rescatar la tradición de “La Tronca de Navidad”. Resulta entrañable la credulidad de los niños en la magia. Y aunque recuperada, la Tronca de este siglo XXI ya no trae turrones y vino blanco, ahora son regalos pequeños de poco valor económico y siempre inesperados, fuera de cualquier carta o lista. Aunque yo resulto completamente previsible y nada original. La Tronca siempre regala libros.

Y así me encuentro con este “El cuento de Navidad de Auggie Wren” de Paul Auster, publicado por Booket, la colección de bolsillo, que reúne todas las condiciones de tamaño, temática y calidad que lo hacen perfecto para la sencilla magia de La Tronca.

Porque tiene la parte de objeto artístico, de libro editado con alma: tapa dura, lomo en tela, buen papel y además ilustrado. Un cuento breve que es el embrión de la película “Smoke”, dirigida en 1995 por Wayne Wang, y de la que Paul Auster escribió el guión. Un relato del que salió una película y que sirve, de nuevo, para reivindicar esa relación subordinada y pocas veces reconocida de la literatura respecto al cine y que la mayoría desconocen. Un cuento breve que además de reunir las condiciones de ser algo más que un simple libro contiene diferentes historias relacionadas con la fotografía y el oficio de escribir. Algo que para mí lo hace todavía más especial. Porque cada uno tenemos nuestras debilidades, pero en el caso de coincidir con una de las mías: la fotografía, hacen de esta historia y su original idea algo que nos enseña a ver lo que una imagen guarda. Y es que Auggie Wren lleva haciendo desde hace doce años una fotografía de una esquina de Brooklyn a la misma hora. Trescientas sesenta y cinco fotografías que aparentemente son la misma. “Todo el proyecto era un monótono ataque de repetición, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un inacabable delirio de imágenes redundantes”. Miles de fotografías que pasar sin ver ni entender. Y descubrir que si miras con detenimiento, si prestas atención, verás pasar el tiempo –natural y humano- y sus variaciones atrapado en una esquina del mundo. Un relato breve que trata la angustia del escritor al aceptar escribir un cuento por encargo sobre la Navidad para el que no se le ocurre nada y cómo su amigo Auggie le salva contándole una historia entre la compasión de una buena obra y el remordimiento de una mala acción; que habla de la mala y buena suerte, de las mentiras e ilusiones y de un deseo que se cumple. “Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no sea verdadera”. Y la Navidad es el tiempo perfecto para creer después de dar por cierto que de un tronco de madera salen pequeños y valiosos regalos.

Paul Auster. “El cuento de Navidad de Auggie Wren”. 36 páginas. Ilustraciones de Isol. Booket. Seix Barral. Barcelona, 2012.

Isol. Ilustradora argentina.

http://www.isol-isol.com.ar/

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”

El para qué de un escándalo

En el prólogo, Federico Villalobos, nos dice que “En 1983, durante el acto de reapertura del Gaiety Theatre de Dublín, el actor Peter O’Toole leyó sin previo aviso algunos fragmentos de “Una humilde propuesta”. Tras unos instantes de estupor, se produjo una estampida de políticos y gestores culturales escandalizados por la incorrección de lo que estaban oyendo. El episodio, además de demostrar que siempre habrá alguien tan tonto para tomarse una parodia al pie de la letra, confirma que escritores como Jonathan Swift son capaces de seguir sacudiendo a su audiencia doscientos cincuenta años después de haberse disuelto en la nada”

Y con lo que dice Villalobos estoy en parte de acuerdo y en parte no. Lo primero es la fecha. “Una humilde propuesta” fue publicada en 1729. Es decir, en el siglo XVIII. Hace dos siglos. A día de hoy 283 años. Doscientos ochenta y tres años. Y leerlo hoy todavía causa pavor, grima, auténtico horror. Ese es su mayor mérito. En esa cosa que llaman intemporalidad. Pero no estoy de acuerdo en que Villalobos hable de “escándalo por la incorrección”. Determinar lo que es incorrecto, la imposición de un lenguaje políticamente correcto es un invento reciente, tendencioso y relativo, y en algunos casos ridículo. Lo que a uno puede parecerle incorrecto a otro puede parecerle lo contrario. Lo que hace sesenta años era aquí delito hoy no lo es; y en determinada isla caribeña y en varios países musulmanes lo sigue siendo. Y la parodia -dependiendo del público que la escuche y al que está destinada- provocará la risa o el rechazo. Cada colectivo tiene su programa de televisión. Lo correcto es ideológico, no un término absoluto. Y Swift no buscaba escandalizar por ser incorrecto. Swift no buscaba el debate. Swift pretendía ser brutal, hacer despertar al público, echarlos a todos de la sala sin excepción. Swift utiliza el escándalo; se sirve de él y su efecto inmediato. El escándalo era el método, la manera de llegar; pero por encima de cualquier punto de vista. Peter O’Toole hizo trampas, él sabía lo que estaba leyendo, jugo con ventaja al viejo juego de epatar al burgués. En todo caso a esos políticos y gestores culturales que se fueron escandalizados se les puede acusar de ignorancia, de no conocer el texto de Swift; pero no de ser incorrectos o tontos. Cualquiera que lea hoy “Una humilde propuesta” sentirá lo mismo: pavor, auténtico horror.

Y precisamente “Una humilde propuesta” es uno de los libros crueles que José Ovejero cita en su ensayo: “La crueldad de la ética”. Ovejero califica este escrito de panfleto, ya que “el ensayo no debe dirigirse a las emociones porque entonces se convierte en panfleto”. Pero lo califica como un ejemplo de libro cruel porque “la brutal propuesta de Swift tiene una diana clara: el lector. A Swift no le basta con que entienda, lo que busca es que se sienta incómodo”. “No es (simplemente) algo llamativo para captar la atención y denunciar la hipocresía de la sociedad de la época”. “La belleza de la crueldad de Swift es que no se dirige tan sólo al intelecto, también pretende llegar a las tripas, y por ello es más poderosa, por más directa que la mera argumentación”. “Un texto como el de Swift, panfleto y no ensayo, es más manipulador; a las sensaciones, como a los prejuicios, se llega de manera directa, sin necesidad de pasar por el intelecto”. Sin embargo, si bien es cierto que la parte más evidente de la propuesta de Swift es la que apela al sentimiento y su espanto, no está exenta de estructura y coherencia aunque sea irónica e irritada. Swift presenta la situación en la que se encuentra Irlanda y propone una solución que sabe imposible, aberrante, con lo que su propuesta es en realidad una crítica despiadada de la sociedad de su época que viste de utilidad y beneficios económicos y sociales.

Y es que el contexto en el que fue escrita nos dará el porqué de esta parodia satírica como la califica Villalobos. En 1729 Irlanda sufría una gran pobreza. “A todo el que atraviesa esta gran ciudad o viaja por el país le causa una profunda tristeza ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños harapientos que importunan a todo el que pasa pidiéndole una limosna”Es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo que miremos por ellos de tal modo que en vez de suponer una carga para sus padres o para su parroquia, y de carecer de comida y vestido durante el resto de sus vidas, contribuyan, por el contrario, a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles de compatriotas”. “Voy, por tanto, a exponer ahora humildemente mis propias ideas, con la esperanza de que no pueda oponérseles la menor objeción. Un americano muy entendido en la materia, al que he conocido en Londres, me ja asegurado que un niño sano y bien criado es, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, guisado, asado o hervido, y no tengo la menor duda de que puede servir igualmente para un fricasé o un ragú”. “… los cien mil niños restantes, propongo que al cumplir el año puedan ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna de todo el reino, aconsejando siempre a la madre que les deje mamar a gusto durante el último mes, de manera que lleguen rollizos y mantecosos a la mesa”.

Esa, fundamentalmente –pues hay un par de párrafos igual de crueles- es la aberración, el escándalo que haría levantarse indignado a cualquiera del asiento y marcharse. Pero si la lectura se reduce a la parte morbosa la propuesta de Swift será un acto mal intencionado que sólo busca epatar, provocar. Porque Swift va más allá de esa simpleza: “Por supuesto, este manjar resultará bastante caro, y por eso mismo, muy apropiado para los terratenientes, quienes, dado que han devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener más derecho que nadie a los hijos.”

Las ventajas que la propuesta ofrece son que los arrendatarios pobres tendrán algo valioso de su propiedad y les ayudará a pagar la renta a su terrateniente, se incrementará el capital de la nación, se ahorrarán gastos y se obtendrá un beneficio y aumentará la clientela a las tascas (aumento del consumo). Los niños, y por lo tanto el ser humano, se convierten en estadísticas, en números, en valores económicos y contables, en producto, en materia prima.

Y Swift recurre al escándalo de lo monstruoso porque está harto de que otras palabras y soluciones hayan resultado vacías y fallidas. Palabras como altivez, vanidad y ociosidad; austeridad, prudencia y sobriedad; compasión, honradez, diligencia y laboriosidad. “Que nadie me hable de estas ni de parecidas soluciones hasta que no se vislumbre la esperanza de que alguna vez se llevará a cabo un sincero y decidido intento de ponerlas en práctica”. Swift recurre al escándalo como una forma para que se le preste atención, se le escuche, porque está “cansado de haber pasado largos años ofreciendo ideas inútiles, estériles y quiméricas”. Recurre a la provocación para dejar en evidencia “el panorama de perpetua desdicha que […] han tenido que padecer debido a la opresión de los terratenientes, a la imposibilidad de pagar las rentas por falta de dinero u ocupación, a la carencia del mínimo sustento, sin casa ni vestido con que protegerse de la inclemencias del tiempo, y con la inevitable perspectiva de legar a perpetuidad a sus descendientes similares o mayores miserias”.

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”. 62 páginas. Ilustraciones de Sergei Furst. Vagamundos libros ilustrados. Editorial Traspiés. Granada, 2008.

Hermanos Grimm. “Del Enebro”

Pájaro con corazón humano

“Caperucita Roja”, “Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Hänsel y Gretel”, “La Bella durmiente” y “Rapunzel” son cuentos -y películas- conocidos por todos. Y sin embargo muy pocos saben quienes son sus autores. Son historias y personajes tan populares, tantísimas veces vistos, oídos y versionados que ya no tienen dueño, han pasado a ser patrimonio de nadie y de todos. Podemos contar otra vez el cuento, recordaremos perfectamente la película, pero ¿quién lo escribió? No, no fue Walt Disney. Todos esos cuentos son de Jacob y Wilhelm Grimm.

Los hermanos Grimm quisieron compilar en un libro los relatos orales de la época. Esas historias que se transmitían de palabra entre una población que en una gran parte era analfabeta. Y así publicaron en 1812 su primer volumen de cuentos: “Kinder-und Hausmärchen” (Cuentos para la infancia y el hogar) al que seguiría un segundo tomo en 1815.  A pesar de lo que diga su título esos dos libros no estaban pensados para los niños sino que eran una recopilación erudita del folclore alemán. En 1825 publicaron “Kleine Ausgabe” (Pequeña Edición) un libro con cincuenta de sus relatos ilustrado por Ludwig -otro de los hermanos- y esta vez sí destinado al público infantil. Pero la burguesía (los que sabían leer y escribir en el siglo XIX) se escandalizó con la brutalidad y crueldad de los cuentos de los Grimm. Viejas historias que sus paisanos contaban desde hace siglos, posiblemente desde la Edad Media, en la que la brutalidad era algo muy corriente y nada escandaloso. Y debido a esas quejas, pero también al éxito editorial de sus cuentos, los hermanos Grimm fueron los primeros en suavizarlos y autocensurarse, rebajar su alta y virulenta graduación.

Con el paso de los años, de los siglos y de las miles de versiones los cuentos originales todavía se han ido edulcorando más, desdibujando o eliminando sus aristas más salvajes. Supongo que porque se empezó a contar cuentos para que los niños se durmieran y no para que tuvieran pesadillas. Aunque hoy en día todavía sorprende cuando el leñador le abre (sin anestesia) la tripa al lobo con unas tijeras, saca de su interior a Caperucita Roja y a la abuela ¡todavía vivas! (como Jonás, Pinocho, Gepeto y Pepito Grillo en el vientre de la ballena) se la llena de piedras y cosiéndola se la vuelve a cerrar. Operación a la que –como es normal- el lobo sobrevive y además le hace convertirse en vegetariano. Les ponemos a salvo de la crueldad de los cuentos y les dejamos solos frente al televisor. O viendo con nosotros el telediario de un día cualquiera.

“Del Enebro”, como explica Jessica Aliaga en su “Nota a la introducción”, es uno de los cuentos populares recopilado por los hermanos Grimm y publicado en ese “Kinder-und Hausmärchen” de 1812. Primer volumen del que ahora se cumple el 200 aniversario de su publicación y al que Jekyll&Jill le hacen su particular homenaje con esta reedición en solitario. Los editores “han pretendido una vuelta al cuento original, en su forma y en su sentido. Y esta no es una adaptación suavizada del relato, apta para todos las sensibilidades sino el cuento crudo y sanguinario que una vez entretuviera a unos y escandalizara a otros”. No es pues, un cuento para niños de hoy en día; quizás porque la palabra cuento se ha convertido en algo obligatoriamente blanco e inocente, perdiendo su significado inicial de narración breve. “Del Enebro” no es para todos los públicos; es un cuento más próximo al negro Poe y a sus cuervos que a los cuentos de hadas. Más próximo al gore sangriento de los relatos de Ambrose Bierce que a las películas de Disney.

“Del Enebro” es un cuento políticamente incorrecto porque en su argumento hay un parricidio de ida y vuelta y canibalismo a tres cucharas mezclado con los elementos típicos de estas narraciones: lo mágico, lo misterioso, lo absurdo y lo inexplicable. En el que hay (cómo no) una madrastra malvada, celosa, avariciosa y poseída por el maligno. Elementos simbólicos: la manzana, la mujer y el diablo. Inocencia, lealtad, gratitud, culpa, venganza, castigo, justicia, final feliz y moraleja.

“Del Enebro” es un cuento sádico, brutal; pero clásico en su lenguaje y en su contenido. Lo macabro garantiza la conmoción del oyente, capta su atención; y el morbo asegura que la historia se grabará en la memoria. Puedo asegurar que el pasaje de la cabeza cortada y la colleja [sic] no lo olvidaré jamás. Lo increíble, lo fantasioso, lo sobrenatural era inherente al cuento, igual que el castigo del malvado era el mensaje, la parte de enseñanza.

Jekyll&Jill han obtenido el Premio al Libro Mejor editado en Aragón en 2011 por “Un día me esperaba a mí mismo” de Miguel Ángel Ortíz Albero. Con este “Del Enebro” son uno de los indiscutibles favoritos para volver a ganar ese mismo premio en 2012. Porque este libro es de los más hermosos, delicados y originales que he visto en muchos años. Una autentica maravilla artística. En las exquisitas ilustraciones de Alejandra Acosta –al estilo de los grabados antiguos- el rojo de la sangre cobra un especial y destacado protagonismo entre el blanco y negro. Y además, como siempre, dentro del libro un regalo, un objeto que lo simboliza y resume. En este caso un juguete, un “Taumatropo”, un pájaro con corazón humano.

“Del Enebro”. Hermanos Grimm. Prólogo de Francisco Ferrer Lerín. Ilustraciones de Alejandra Acosta. Edición bilingüe español-alemán. 77 páginas. Jekyll&Jill Editores. Zaragoza, 2012.

Brian McCabe. “El otro McCoy”

Reseña (ampliada) publicada en el suplemento Artes&Letras del Heraldo de Aragón, el jueves, 15 de marzo, de 2012.

http://jekyllandjill.blogspot.com/2012/03/resena-de-el-otro-mccoy-por-luis-borras.html

Risa negra

Para empezar el último día del año McCoy se despierta con una mala resaca. Una de esas resacas horribles que te convierten en un zombi sin pasar por peluquería y maquillaje. Recuerda que estuvo en una fiesta, que tuvo una discusión con su novia y que ella se marchó; pero no recuerda qué le dijo para que ella se enfadara. Primer episodio de bipolaridad que a algunos seguramente les suene. El yo borracho y el yo sereno. ¿Quién de los dos es el auténtico?

McCoy es un cómico en paro y sin dinero que vive en un miserable cobertizo. Una chabola de chapa y madera de la que debe varios meses de alquiler. Se saca algo de pasta yendo de puerta en puerta vendiendo mirillas. Un humilde artista a tan sólo un paso de alcanzar el éxito porque esa noche hará su debut en un show de la televisión, un espacio de cinco minutos antes de las campanadas de año nuevo. El comienzo de algo mejor si no fuera porque está muerto. Sí, en el primer capítulo McCoy se despierta resacoso y en el siguiente su novia debe aceptar que un par de noches antes, borracho como una cuba, McCoy se había tirado desde un puente. Segundo episodio de bipolaridad: yo estoy vivo y los demás creen que me he suicidado.  ¿Vivo o muerto? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?

Y sobre ese equívoco, sobre esas dos realidades paralelas avanza la narración. Ella con el dolor por la pérdida y sus preguntas sin respuesta y él ajeno a todo deambulando por las calles de Edimburgo interpretando una tragicomedia de humor negro y risa amarga. Viviendo su propia “Jo, qué noche” pero en pleno día. El último día del año. El peor día de su vida.

Pero esas veinticuatro horas en la vida de McCoy no son sólo una sitcom de risas crueles y enlatadas. Reímos y maldita la gracia que tiene, porque McCoy es un tipo “decepcionado consigo mismo, con un triste pasado familiar, un presente deprimente y ansiedad por el futuro”. Un cómico que “no tiene nada que ofrecer y que por eso necesita llegar a ser alguien, otro, alguien que no fuera él y por eso imita a otra gente”. Alguien que ebrio dijo una mentira y le creyeron. Alguien que borracho dijo la verdad y no se acuerda.

Brian McCabe exprime con maestría ese equívoco por él creado. Nos habla de un embarazo, una bañera, una cuchilla de afeitar y sangre y nos mantiene en esa angustia mientras pasan las hojas, las calles y las horas. Se nos hielan los pies y se nos empapa la ropa. La vida es un agotador ritual de auto-humillación, una mierda, un chiste malo que ya no te hace gracia; tocas fondo pero todavía no has caído en la soledad o la locura. Puedes consolarte con eso si quieres. Has escrito la lista de propósitos para el año nuevo y el primero es el propósito de enmienda. Tal vez no sea demasiado tarde.

Brian McCabe entre lo absurdo y lo realista, lo triste y lo humorístico nos habla muy en serio de la identidad humana y sus divisiones. Nos enseña que podemos descubrirnos siendo otros tropezando por casualidad con nuestro reflejo o nuestro pasado; y al vernos sentir vergüenza de nosotros mismos. Pero sobre todo nos habla de ese que nos gustaría ser y no somos. Personaje inventado de nuestro yo; ficción y realidad; Jekyll y Hyde, desdoblamiento en un solo cuerpo. Uno sueña y el otro pasa hambre y frío. Uno habla y el otro le ignora Uno engaña al otro y los dos son el mismo. ¿Cuál de los dos es el auténtico?

Podríamos seguir en ese juego de por vida; pero el vértigo, el miedo a quedarnos con nada y a perder lo único bueno y real que tenemos hará que la conciencia del sobrio le de la razón a la verdad del borracho. Sólo podemos ser uno. Y debemos elegir. Debemos matar al otro, hacerle desaparecer, librarnos de él para siempre. Y sólo así podremos empezar el primer día del año en el que no seremos ningún otro que no sea uno mismo (el auténtico).

Brian McCabe “El otro McCoy”. 270 páginas. Jekyll&Jill editores. Zaragoza, 2012.

 

Joseph Conrad. “Un puesto avanzado del progreso”

La retórica del colonialismo

Para mí que he viajado muy poco y siempre a ciudades europeas el exotismo del África negra me resulta un cuento lejano. Las referencias que manejaba de ese continente empezaban en el blanco y negro del Tarzán de Johnny Weissmuller y acababan en las “Memorias de África” de Sidney Pollack. Y en mi conciencia más moderna en los documentales de La 2 y en las noticias de la televisión. Noticias de sucesos violentos e imágenes trágicas por las que ese continente no resulta un sitio apetecible para un turista cobarde como yo. Pero un par de reportajes de revistas de prensa y alguna lectura reciente me han traído la denuncia de la explotación interesada de sus recursos naturales en una avaricia contemporánea en la que se mezclan el expolio, la guerra, el enriquecimiento de unos y la hambruna de otros. Y desde la conciencia de ese moderno colonialismo energético del siglo XXI doy marcha atrás hasta 1890, hasta el siglo XIX, de la mano de Joseph Conrad y este largo relato: “Un puesto avanzado del progreso”.

La obra más conocida de Conrad es “El corazón de las tinieblas” y este relato participa del mismo escenario y argumento. Nacido directamente de la experiencia vivida por el propio autor cuando estuvo en el Congo como oficial de un vapor fluvial contratado por una sociedad comercial belga.

Conrad en su relato nos lleva hasta aquel siglo XIX y a la retórica que justificaba el colonialismo: “Derechos y deberes de la civilización. Carácter sagrado de la labor civilizadora que ensalzaba los méritos de aquellos que partían para llevar la luz, la fe y el comercio hasta los más oscuros rincones de la tierra”. Retórica que en la práctica consistía en el establecimiento de “factorías”: un grupo de chozas en mitad de la selva y junto al río navegable que servían para comercializar el marfil con los indígenas y en el que la “Gran Compañía” instala a dos hombres blancos como sus delegados comerciales. Y en el caso de este relato a “dos individuos completamente incapaces e insignificantes” con un único plan: “¡dejaremos que la vida siga plácidamente su curso! Nos sentaremos tranquilamente y recogeremos el marfil que nos traigan esos salvajes”.

Pero la aparición en la “factoría” de seis hombres armados de otra tribu de la costa les hará conscientes de su indefensión, de su ignorancia y debilidad. Produciéndose un clarividente paralelismo entre los negros y los blancos. Las formas y los métodos para conseguir lo que quieren no son los mismos. Unos se amparan en la legalidad de su misión, en su superioridad social por la que tratan a los negros como seres inferiores a su servicio. Los otros, los salvajes, se amparan en la fuerza y se aprovechan de la avaricia del hombre blanco para hacer un negocio provechoso. La ambición de unos y otros resulta igual de inhumana y despiadada: el hombre forma parte del trato.

Hay algo completamente cierto en este relato de Conrad. Algo válido en aquel siglo XIX y en este XXI. Algo que sólo los testigos como él pueden decir. Porque los demás hablamos de oídas; decimos palabras que son una postura desde la distancia y la comodidad de nuestro sillón; a salvo de su verdadera magnitud. “Nadie sabe lo que significan el sufrimiento o el sacrificio, salvo, quizás, las víctimas de los misteriosos designios que se ocultan tras esas ilusiones”.

Y eso vale para los esclavos negros que valían de moneda para hacer un negocio y salvarle el pellejo a los blancos y a su ayudante negro y sirve para esos delegados comerciales abandonados a su suerte más de ocho meses “porque el director de la Gran Compañía estaba ocupado con otras factorías más importantes. Aquella factoría improductiva y los dos inútiles que se ocupaban de ella podían esperar”. Salvajes y civilizados valían lo mismo; formaban parte reemplazable del negocio.

La propia ineptitud, la selva y sus propias leyes, el territorio hostil, la debilidad de carácter, el hambre, la enfermedad, la locura y, sobre todo, la muerte nos dan la verdadera dimensión de aquellos hombres y su propósito.“Sus viejas ideas y convicciones, sus gustos y antipatías, las cosas que respetaba y las que aborrecía, aparecían por fin bajo su verdadera luz, revelándose despreciables e infantiles, falsas y ridículas”.

“Durante toda su vida, hasta aquel momento, había creído, como el resto de la humanidad –que era estúpida- en un montón de cosas absurdas”.

 Joseph Conrad “Un puesto avanzado del progreso”. 61 páginas. Ediciones Traspiés. Colección Vagamundos. Libros ilustrados. Granada, 2011. Prólogo e ilustraciones de Federico Villalobos. 

Ambrose Bierce. “El club de los parricidas”

 Sin almidón en la camisa

Ambrose Bierce es uno de esos escritores en los que merece la pena detenerse para conocerle primero como personaje. Porque Bierce es el protagonista de “Gringo Viejo” la novela de Carlos Fuentes publicada en 1985 y que cuenta la historia de un escritor y columnista estadounidense que, cumplidos los setenta años, lo abandona todo y cruza la frontera mexicana para unirse a las tropas de Pancho Villa. Historia que se convirtió en algo más que una novela de éxito al ser llevada al cine por Luis Puenzo en 1989 y en la que Gregory Peck interpretó a ese “Old Gringo”. Pero con independencia de la versión de esa novela y su película lo cierto es que Bierce se unió voluntariamente a esa revolución para vivir así el último episodio de su vida. Decisión que él mismo explicó por carta a un familiar antes de partir rumbo a México: “Si oyes que he sido fusilado junto a un muro de piedra mexicano, por favor, entiende que esa es una buena manera de morir. Supera a la ancianidad, a la enfermedad o a una caída por las escaleras de la bodega. Ser gringo en México ¡eso es eutanasia!”. ¿Aventura temeraria, demencia senil, infelicidad y agotamiento vital o suicidio asistido? Los motivos que realmente le llevaron allí sólo Bierce los supo; el hecho probado es que en aquella revolución desapareció anónimamente en 1913 sin dejar una simple tumba a la que peregrinar para llevarle flores o escupir sobre su nombre. Su desaparición y muerte le convirtieron en leyenda, y antes que el escritor mexicano resucitara su recuerdo, su amigo H.P. Lovecraft lo hizo en su novela “El que acecha en el umbral” publicada en 1945.

Pero antes de ese final legendario y de que se convirtiera en un personaje de novela Bierce ya era en vida –como explica Jesús Aguado en el prólogo- uno de los mejores escritores de su época y un columnista de periódico independiente, temido y célebre. Amigo y admirador de Mark Twain, escribió una docena de libros; fundamentalmente de relatos cortos; y se le consideraba heredero de Edgar Allan Poe y Herman Melville.

La Editorial Traspiés, dentro de su colección de libros ilustrados Vagamundos, recupera con esta publicación al personaje, pero descubre también a un escritor poco o nada conocido en España. Un autor al que según el nuevo enciclopedismo electrónico se le debe considerar un cuentista de primer orden y al que debemos algunos de los mejores relatos macabros de la historia de la literatura. Y dentro de ese género de cuento de terror se pueden incluir las historias que componen este “El club de los parricidas”. Cinco relatos que tratan ese “homicidio calificado” que es el parricidio en todas sus posibles combinaciones: ascendientes y descendientes, directos y colaterales, y, por supuesto, entre cónyuges. Y la consumación de ese horrible crimen produce un rechazo inmediato o un escalofrío morboso por ese principio Freudiano de “matar al padre” que yo no he sentido nunca, pero que al parecer no resulta tan extraño. Supongo que los que en alguna ocasión juguetearon con esa posibilidad encontraran algo irresistiblemente atractivo en este “club”.

Los relatos de Bierce no son ejemplarizantes, no hay moraleja ni reinserción del delincuente. Todas las familias resultan lo que hoy se llamaría un “hogar desestructurado”, una cooperativa de borrachos, ladrones, mentirosos, estafadores o delincuentes que acaban matando/se por avaricia o como forma de ganarse la vida: “el negocio es el negocio”. Una curiosa mezcla de surrealismo desde la exageración y de realismo social determinista. Los relatos de Bierce son, desde luego, carne de psicólogo, pero la literatura no debe meter los pies en ese laberinto con acento argentino.

Y es que sus historias son brutales, salvajes; bestias como un cómic gore. En una combinación de “Gangs of New York” y “Oliver Twist” con música de Wagner. Asesinatos como una atrocidad artística, imágenes macabras, bestialismo que se diluye en un humor negro y disparatado: si sentía remordimiento no era por la muerte sino “por la gran insensatez que supuso haber echado a perder un negocio tan lucrativo”. Terror en el que hay un espacio muy importante para la demoledora y explícita crítica del sistema judicial y sus corruptelas, la mitad periodística del escritor: “Fui a ver al jefe de policía… El comisario era un asesino con un amplio historial. Después de elevar consultas al juez que presidía el Tribunal de Jurisdicción Voluble me aconsejó que escondiera los cuerpos en una de las estanterías, que suscribiera un sustancioso seguro y que le prendiera fuego a la casa”.

Lo que más sorprende en estos relatos es su lenguaje. Porque normalmente tendemos a imaginarnos aquella época (segunda mitad del siglo XIX) acartonada y rígida como el almidón de los cuellos de las camisas que se usaban entonces. Sin embargo Bierce usa un lenguaje directo, crudo, limpio, sin espinas, adornos ni rodeos. Eficiente como un carnicero que mientras parte la carne con un único corte limpio, sonríe y le guiña un ojo a la clientela.

         Ambrose Bierce. “El club de los parricidas”. 88 páginas. Editorial Traspiés. Libros Ilustrados Vagamundos. Granada, 2011. Ilustraciones de Pablo López Miñarro.

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