Sergio Ramírez. “Flores oscuras”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 30 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/30/el-zumo-la-pulpa-y-la-piel/

El zumo, la pulpa y la piel

Ha sido simple casualidad, pero entre Luis Sepúlveda y Sergio Ramírez hay algunas coincidencias. Biográficas y literarias. Ramírez también alcanzó la popularidad en España en la década de los noventa al ganar el Premio Alfaguara de Novela con “Margarita está linda la mar”, pero el primer libro que publicó fue uno de cuentos, y desde entonces ha ido compaginando los dos géneros. De nuevo, y para satisfacción de los entusiastas hinchas del relato, el caso de un novelista que no ha renunciado a ser cuentista; algo que, por lo que voy descubriendo, parece más habitual entre los escritores hispanoamericanos que en los españoles.

Ramírez, según consta en la biografía de la solapa, también estuvo exiliado en Alemania, y también vivió su época revolucionaria formando parte de la guerrilla sandinista que derrocó al dictador Somoza. Entre 1986 y 1990 llegó a ser vicepresidente de Nicaragua,  pero poco después abandonó el Frente Sandinista de Liberación Nacional y ha sido muy crítico con el presidente Daniel Ortega denunciando sus abusos de poder. Esa deserción y denuncia del FSLN puede parecer algo que no tiene nada que ver con la literatura, pero es importante porque está presente en dos de los relatos de este libro: “Las alas de la gloria” y, sobre todo, en “La colina 155”.

Entre los cuentos con argumento político de Sepúlveda y Ramírez creo que hay una notable diferencia. El chileno se queda, evocándola desde la distancia, en el aspecto romántico o idealista de aquella revolución y el nicaragüense cuenta lo que pasó después, lo que quedó de ella y en lo que se transformó al alcanzar el poder. Ramírez tiene –basada en su propia experiencia- una visión crítica de la que Sepúlveda carece; y eso para un escéptico como yo es un punto a su favor. Y así tenemos esos dos relatos en los que nos habla de aquellos soldados rasos de la revolución, héroes que tuvieron su día de gloria y sobrevivieron a meses de barro y muerte en las trincheras y que acabaron premiados con el olvido y la pobreza y frente a ellos los revolucionarios que, a la sombra del nuevo gobierno, se han hecho millonarios y déspotas.

Pero estas “Flores oscuras” son mucho más que esos dos magníficos relatos. Y creo que lo primero que debe destacarse es su excelente proporción. Porque para que se pueda recomendar un libro de relatos no es necesario que todos sean perfectos -ya lo he dicho en otras ocasiones: la perfección es el más falso de todos los mitos- y este son doce cuentos en los que hay alguno que resulta regular –que no malo- por tener un enfoque narrativamente confuso: “La cueva del trono de la calavera”, o ser la exhibición de un cultureta: “Flores oscuras”, o una idea original pero que en comparación con los demás resulta superficial o ligero: “Adán y Eva” . Eso nos da una proporción en los que me parecen muy buenos o excelentes de nueve de doce y esa es una estadística muy alta y que muchos libros de relatos no alcanzan habitualmente. Tal vez pueda parecer un ejercicio frívolo de crítica, como ponerle estrellitas en una puntuación del uno al diez, pero este es uno de los mejores libros de relatos que he tenido oportunidad de leer últimamente y cuando eso sucede me dejo llevar por el entusiasmo. Porque lo bueno de la literatura es lo inolvidable que has leído, pero también lo que te queda por leer; una nueva oportunidad al placer cada vez que abres un libro. Y es que a veces leemos a escritores que se empeñan en suicidarse aburriendo al lector, por eso me produce tanto entusiasmo descubrir a uno que se toma en serio el compromiso con la literatura sin querer convertirla en un pulcro pasatiempo, un entretenimiento para mayorías o en un experimento pedante y extravagante para minorías.

Los cuentos de Ramírez son relatos de personajes anónimos que él hace visibles y protagonistas: “Todo el mundo tiene una biografía, por muy insignificante que al principio nos parezca”. Derrotados del bando de los vencedores -exguerrilleros que malviven como ladrones de tapas de alcantarillas o vendedores ambulantes-; un boxeador de tercera división que “sale del anonimato” por “la puerta falsa”; la mísera troupe de un circo ambulante con su amazona-trapecista, su tragafuegos, su payaso-mago y un enano-volatinero envueltos en un caso de prostitución y asesinato; los condenados por nacimiento –un insignificante ladronzuelo devorado por unos perros rottweiler- o por su torpeza –un hispano incapaz de aprender inglés que vive en un pueblo de Iowa- o víctimas de su propia debilidad -la mujer madura seducida por un don Juan aldeano-. Tipos sin suerte, humildes, desahuciados, perdedores con los que Ramírez ha adquirido un compromiso de defensa  y visibilidad. Aunque lo único que no me cuadra en todo eso es lo de su estancia –para escribir alguno de los cuentos que contiene este libro– en una villa junto al lago de Como pagada por la fundación Rockefeller. Me chirría igual que un marxista conduciendo un Mercedes, pero si me quedo con toda la buena –buenísima- literatura que hay en ellos me olvido de sacarle punta a esa contradicción y me concentro en que los suyos no son solamente cuentos de personajes inolvidables y baqueteados por los que, de su mano, sentir una lógica conmiseración sino que es capaz de hacer que el narrador adopte diferentes personalidades y formas: cronista, testigo o protagonista; que utilice distintos estilos y estructuras para contar la historia: atestado policial, sumario judicial o investigación periodística, o que nos ofrezca dos opciones en un mismo relato o reconstruya el plano físico y sentimental de una casa familiar poniendo en movimiento la memoria desde la imagen fija de una vieja fotografía. Que sea capaz de lo panorámico dentro de lo íntimo, de narrar lo trágico en lo común con humor, fatalismo o resignación sin histeria; de romper y ampliar los estrechos límites de un relato incluyendo lo secundario en su reducido escenario, mostrar lo principal sin renunciar al detalle, levantar la alfombra de la historia, cimentarla a base de elementos de derribo. Que sea capaz de sacarle más jugo a la misma naranja y además hacer comestibles y deliciosas la pulpa, la piel y las amargas semillas.

Sergio Ramírez. “Flores oscuras”. 226 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

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Luis Sepúlveda. “Desencuentros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 16 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/16/en-la-variedad-esta-el-acierto/

En la variedad está el acierto

La primera edición de estos “Desencuentros” es de 1997, en la colección Andanzas, de Tusquets. Ahora la misma editorial lo reedita en Maxi, su colección de bolsillo, ofreciéndonos la oportunidad de leer los relatos de Luis Sepúlveda a un precio asequible y en un formato ideal para esa literatura portátil tan típica del verano.

Luis Sepúlveda alcanzó la fama y el reconocimiento de los lectores en la década de los 90 con una novela breve: “Un viejo que leía novelas de amor”; pero a los entusiastas del relato nos gusta recordar que antes de hacerse un conocido novelista los cuatro primeros libros que publicó fueron libros de cuentos y que después de esa exitosa novela ha seguido escribiendo y publicando relatos y novelas compaginando los dos géneros. El raro y destacable caso de un escritor que al llegar a la categoría de novelista no renuncia a seguir siendo cuentista.

A Sepúlveda, que obtuvo el título de director de teatro en la Universidad de Chile y más tarde en la Universidad alemana de Heilderberg la licenciatura en Ciencias de la Comunicación,  el moderno enciclopedismo electrónico lo califica de escritor, periodista y cineasta. Y esos aspectos de dirección artística y escenografía, de mirada, perspectiva y composición cinematográfica o teatral están en sus relatos. En 1973 tras el golpe de Estado de Pinochet fue encarcelado en dos ocasiones y finalmente tuvo que abandonar Chile. Su condición de exiliado le llevó a recorrer Uruguay, Brasil, Paraguay, Ecuador y Nicaragua y le llevo hasta Europa. Esa experiencia viajera de cronista de su propio nomadismo y su fuerte compromiso ideológico también están presentes en su obra literaria.

“Desencuentros” son un total de veintisiete cuentos de diferente extensión y temática muy variada divididos en cuatro grupos y un relato final a parte. Hay “Desencuentros amistosos”, “con uno mismo”, “en los tiempos que corren” y “de amor”; y ese relato final fuera de grupo: “Otra también puerta del cielo” es una ficción metaliteraria que narra el “encuentro” en el París de Rayuela –“Camino por estas calles que, estoy seguro, el Ogro recorrió con las manos en los bolsillos, jugando a que el viento haga volar las solapas de la gabardina y nos confiera un aspecto de pájaros extraviados” con dos de sus personajes secundarios que luego se convirtieron en protagonistas de “62 Modelo para armar”.

Parece ser que cierta parte de la crítica y de los escritores de su país desprecian a Sepúlveda por ser un autor de “best-seller al estilo de Isabel Allende” y escribir “con sencillez y claridad evitando el rebuscamiento estilístico, la oscuridad filosófica y el enrevesamiento literario”. Y sí que es cierto que Sepúlveda no pretende en ninguno de sus relatos complicarle la vida al lector metiéndole en un laberinto criptográfico; algo que yo al menos agradezco porque no soy partidario de esos libros que requieren para poder apreciarlos de un descifrador de claves o un exquisito paladar educado en la neo-cocina experimental. Para mí la virtud se halla en la justa medida: ni en el exceso ni en la falta.

En este libro hay veintisiete oportunidades para encontrarnos con narraciones de todo tipo. Para tropezar con cierta cursilería carnal y sentimentalismo efectista y facilón, para algún misterio que resulta el relato primerizo de un adolescente en un taller de escritura y para una evidente idealización política que hoy resulta chirriante teniendo en cuenta que toda aquella retórica revolucionaria y guerrillera ha acabado convertida en dictadura o ha derivado en esperpento; pero también con muy buenos cuentos por la mezcla de atractivos personajes y escenarios fuera de lo común: el faquir de un circo; el puerto, sus marineros, bares y prostíbulos, contrabandistas y boxeadores; en otro por ser un relato que habla de la infancia y los sueños de aventura que se estrellan con la triste realidad, en otro al narrar la juventud y reproducir con exactitud lo que en esos años significan la amistad y el imán del sexo; y en otros al hacernos adultos y saber lo que significa el amor perdido, su recuerdo – como en “Historia de amor sin palabras”, para mí uno de los mejores de todos- o su reencuentro quince años después puntual -y fugaz- a su cita en el andén de una estación.

Y de igual manera que podemos pasar por la infancia, la juventud y la madurez hay tiempo para pasar por varias ciudades -de Europa a Hispanoamérica- y por diferentes décadas del siglo XX. Para ir de la historia antigua y sus pergaminos a la vivida en primera persona tras el incendio del Palacio de la Moneda. Para viajar en tren al norte y al sur de Chile; a una selva amazónica en guerra; a la antigüedad maya y sus bibliotecas y enigmas y al México de uno de sus mil generales y revoluciones. Hay tiempo para evocar aquel Santiago de juventud que “olía a acacios, a jardines recién regados, a baldosas manguereadas convocando al frescor de los crepúsculos de aquella “ciudad rodeada de símbolos de invierno” o aquella misma ciudad de los años cincuenta con cines, salas de baile y tardes escuchando la radio en una sala de estar cuando existían los talleres de costura en donde se arreglaban corbatas y sombreros y el amor se leía en los labios.

Es cierto que por ese “escribir con claridad y sencillez” sus relatos por lo general resultan evidentes, obvios; pero eso no significa que todos sean iguales, que no pruebe diferentes estilos. Hay espacio para los relatos largos y cortos –entre los que se encuentran dos de los mejores del libro: “Para matar un recuerdo” y “Café”; para los de argumento político -como “El campeón”– que tiene esa visión subjetiva, idealizada y chirriante como defecto, o parcial y benevolente –como en “Desencuentro al otro lado del tiempo”– en el que a pesar de esa mirada tendenciosa resulta un relato excelente, o que –como en “Un auto se ha detenido en medio de la noche”– es absolutamente angustioso, trágico y real. Muchos podrían ser filmados por tener ese mirada y escenografía cinematográfica y otras veces se pone enigmático o surrealista y falla –como en “Formas de ver el mar” y “Del periódico de ayer”-, en otra resulta regular –“Cuando no tengas un lugar donde llorar”– pero en otros -como en “My favorite things” resulta perfecto.

Es cierto que explica las metáforas para no dejar lugar a dudas, pero esa explicación a mí no me resulta ofensiva. Que sus cuentos están libres de insinuaciones y que Sepúlveda nos muestra claramente la intención del relato librándole al lector de su interpretación, pero eso no quita para que no pueda disfrutar de la historia y que a veces sea capaz de clarividente sutileza como en el excelente y amargo “Un hombre que vendía dulces en el parque”. Es verdad que algunos son completamente realistas y en otros mezcla lo real y lo mágico, la fantasía y lo posible; que los que –al menos para mí- son los mejores tienen un mismo aire emotivo y sentimental, que narran una misma pérdida de más de veinte maneras distintas, pero creo que en toda esa variedad está el acierto de estos “Desencuentros”.

Luis Sepúlveda. “Desencuentros”. 240 páginas. Colección Maxi. Tusquets Editores. Barcelona, 2013.

 Entretanto Magazine

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Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 22 de abril de 2013

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Los acentos y sus fronteras

Por el título de este libro podríamos pensar en un regalo por San Valentín o en un libro de autoayuda. Pero estos relatos de la mexicana Mónica Lavín no son nada de eso. Estos relatos tienen diferentes y variados argumentos y de igual manera –para mí- distintos y desiguales resultados.

He leído a otros autores hispanoamericanos de diferentes nacionalidades; y mexicanos que ahora recuerde, a Emiliano Monge, Alberto Chimal y Ana García Bergua. Y en ninguno de ellos he sentido ese desapego, esa extrañeza provocada por el acento propio y localista como en este “Manual para enamorarse”. Me refiero a que Lavín utiliza en varios de sus relatos expresiones típicas de su país. Y algunas podemos entenderlas y superarlas sin que supongan una barrera o una molestia para la lectura, podemos traducirlas de forma inmediata o deducir su significado del propio texto: celular (por teléfono móvil), boleto de estacionamiento, alberca (por piscina), cubas (cubalibres) enfiestados, chaparra, voz tipluda (tiple, aguda) colores chillantes, nalgada (cachete en el culo), trecho polvoso del camino, bajo la sombra de la palapa, el sol caía desvalijado, tráiler (por autocaravana). Pero otros se pierden sin que lleguemos a saber qué significan: chícharos, jagüey, él no usaba truzas, pedir aventón, convivíos, composta, reservorio, “le gustaba ir a Veracruz y no a Acapulco, y allí eran las picadas y el lechero y las brocas”. Algunos verán en esto una especie de colorismo, de enriquecimiento o intercambio, pero yo creo que es un error que incomoda la lectura y no aporta nada porque no me imagino que un lector español vaya, después de leer a Lavín, a llamar truzas a sus ¿calzoncillos? Sería, por poner un ejemplo a la contra, que un lector mexicano leyera relatos de un autor español con locuciones, giros o expresiones en aragonés o andaluz: ixo ray, chino-chano, ozú, qué jartá.

En el relato “El caso estándar” esos vocablos son pocos y no se hacen molestos, o en “Todas las playas son la misma playa” son muchos y no impiden que podamos visualizar entre líneas y nombres propios el mensaje de la historia, pero en “La felicidad” –un relato que ya es difícil de por sí- esas “particularidades” lo hacen aún más ininteligible. Creo que este libro hubiera mejorado mucho si el editor hubiera “traducido” esas expresiones a pie de página o hubiera copiado lo que ha hecho la editorial Traspiés con los “Cuentos de horror” de Horacio Quiroga publicados en su colección Vagamundos en el que incluye al final del relato unas “Notas” con la traducción de esos “localismos”, por ejemplo: “Yacaré: especie de caimán, cocodrilo de América del Sur. Picada: Trocha, sendero abierto en la selva”.

También creo que ese “defecto” hubiera podido subsanarse a priori si el responsable de la edición al leer el manuscrito le hubiese pedido a la autora una selección de relatos exentos de ese acento. Creo que con dos o tres cambios el conjunto hubiera quedado más neutro y menos local, habría mejorado mucho y permitido a Lavín –que es una escritora de éxito en México- entrar en España por la puerta grande del Imaginarium.

Pero no voy a dedicar más tiempo a hablar de ese “defecto” y sí que debo hablar de los aciertos de este “Manual para enamorarse” porque también los tiene. Y aunque algún relato como “El hombre de las gafas oscuras” y “El desayuno” me parezcan malos por ser uno el sueño adolescente y otro el calenturiento de una mujer madura; “Ladies bar” y “La felicidad” regulares por excesivamente crípticos, o desigual el que da título al libro; hay otros realmente buenos como “Iniciales” una historia sobre la pérdida total de la memoria y la conciencia de nosotros mismos que está escrita con ese conveniente acento neutro; acento que se repite en el excelente “El cielo de los pies”, una breve pero intensa variación o recreación de la parte final del diario del capitán Scott. Bueno también me parece “El árbol” relato en el que se cita a Raymond Carver y en el que “parece que no pasaba nada y lo que pasaba era el descobijo, la fragilidad, la soledad”. E igualmente buenos me parecen “El caso estándar” que cuenta cómo un equívoco puede complicarse y convertirse en una historia de terror sin recurrir a hologramas ni efectos especiales de ordenador; “Frotar” con ese “particular acento” dosificado que le aporta sabor y colorido sin llegar a apoderarse del relato y que es una magnífica historia sobre el poderoso y extraño mecanismo del deseo humano y su transformación una vez que se convierte en un sentimiento domesticado o vencido por la costumbre; y finalmente “La desmesura” que está dedicado a Ana García Bergua e inspirado en su “Edificio” y que habla de la ancianidad, la soledad, la incomunicación y las ilusiones sin remite.

“Manual para enamorarse” me parece una aproximación en cierta parte frustrada a la obra de Lavín. Fracaso parcial que posiblemente sea -si hacemos caso a lo que se dice en la solapa- injusto con el éxito y larga trayectoria de la escritora mexicana. Quizás una mejor selección de sus relatos hubiera sido el pasaporte perfecto para cruzar charcos, traspasar provincias, límites y fronteras.

Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”. 119 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012. 

Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”

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Crónica de la supervivencia

Los libros suelen –o mejor deben- producirnos variados y múltiples efectos. En este caso el primero es, evidentemente, el nombre. A los aficionados a los relatos Horacio Quiroga les sonará seguro por su “Decálogo del perfecto cuentista”, diez “mandamientos” que siempre se enseñan en los talleres literarios como la hoja suelta de un catecismo: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Pero Horacio Quiroga es más que ese famoso y repetido “Decálogo”; y esta antología editada por Vagamundos nos permite recuperar en el siglo XXI a un escritor que, como recuerda Fernando Villalobos en el prólogo, “fue saludado en Argentina en 1926 como el primer cuentista en lengua castellana” y al que se le atribuye “la fundación del cuento moderno latinoamericano”. En Hispanoamérica hubo –aunque a algunos les parezca increíble- vida antes de Borges.

Consecuencia de todo eso es la curiosidad –quizá ligeramente retorcida- de comprobar la puesta en práctica de la teoría, evaluar el valor de la obra por encima de la oportunidad del pionero, la fama y la entrada en la enciclopedia. Y a ese respecto basta con decir que Quiroga pasa la prueba del algodón limpiamente y que para mí, por encima de eso, estos “Cuentos de horror” han supuesto el descubrimiento de un escenario y unos personajes, el paisaje desconocido e inimaginable de un país que nos lo aleja de los tópicos y las estampas turísticas. Argentina es mucho más que Buenos Aires y el tango, y yo un paleto que ha viajado muy poco.

Quiroga empezó en esto de los cuentos como la mayoría de sus contemporáneos: imitando a Edgar Allan Poe. Pero como indica Villalobos “dejó muy pronto de buscar lo extraordinario en el ámbito de lo fantasmagórico o lo grotesco para perseguirlo en el campo de lo real, de lo cotidiano”. Y precisamente uno de los aciertos de esta antología es presentarnos dos relatos de esa primera etapa: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. Dos relatos que leídos por encima son dos historias de terror clásico, pero que tienen uno la sorpresa de un hábil giro que cambia el sentido inicial y en el otro hay mucho más de lo siniestro y truculento que a simple vista parece.

De los seis relatos restantes, excepto el último que en principio aparenta ser una macabra alucinación en un cementerio cuando en realidad trata -a principios del siglo XX- de la drogadicción y la adicción destructiva de la cocaína, son cinco cuentos que ya están en otra línea diferente a la de esa primera época “norteamericana”. Son “Cuentos de monte” y corresponden a esas dos etapas en la vida de Quiroga cuando abandonó la ciudad y se trasladó a vivir al “campo”. Relatos en los que la muerte es la absoluta protagonista y que como nos recuerda Villalobos “es el tema principal en su obra hasta el punto de que su presencia ha sido calificada de obsesiva”, pero que conociendo la trágica biografía del escritor se comprende perfectamente.

Pero para mi lo determinante es –y por lo que dije antes- ese escenario en el que transcurren esos cinco cuentos de Quiroga. Ese paisaje es algo inaudito porque la imagen agreste y salvaje que tenemos de Argentina es la del sur, la de los vaqueros de una Patagonia al estilo del Far-West. Y sin embargo Quiroga nos descubre una selva que está más cercana al Amazonas que a la pampa: acuática, tropical de ríos turbios y caudalosos, lluvias, serpientes, cocodrilos y mosquitos.

Quiroga nos lleva hasta Salto Oriental: departamento de Uruguay fronterizo con Argentina; y a Misiones: provincia del norte de Argentina limítrofe con Paraguay y Brasil. Unos lugares en los que la naturaleza tiene poco de amable si no conocemos sus reglas y trampas. Y en ese desconocimiento puede, fácilmente, encontrar la muerte el hombre de ciudad que va a pasar unos días de visita a la selva y no sabe que la “miel silvestre tiene propiedades narcótica o paralizantes” y tampoco sabe de “las curiosas hormigas a las que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras”. Esos bosques no son el parque del Retiro y su casa de fieras.

Pero en estos cuentos Quiroga no solo habla de domingueros con mala suerte sino también –y sobre todo- de los colonos que habitaban esas tierras a las que un día llegaron para establecerse, construir un rancho y dedicarse a la explotación forestal, la agricultura o la ganadería. Ellos son los auténticos protagonistas y Quiroga nos muestra la vida que llevaban: dura, austera, peligrosa, solitaria y aislada. Con una canoa como medio de transporte y el río como carretera de vuelta a casa. Un lugar en el que encontrar la muerte bajo el pie: “El hombre pisó algo blanduzco y enseguida sintió la mordedura”, en un accidente estúpido al caer y clavarse su propio machete, o por una herida que se infecta.

Quiroga nos muestra la muerte y alguna de las múltiples formas que tiene de presentarse en esos lugares. La muerte imprevisible, caprichosa, siempre inoportuna. Y puede parecer que se recrea en lo macabro, pero sus relatos van más allá del suceso y la forma que eligió ese día. Sus relatos nos muestran los pensamientos del que es consciente de que su vida se extingue sin remedio entre el dolor, la fiebre; la manera en que el hombre se enfrenta a ella en soledad; el presentimiento de su visita y todo lo que transforma y altera su llegada; lo que quedará después de ella, lo que significará: orfandad, esfuerzo en vano, demencia.

Estos cinco relatos de Quiroga nos llevan a otra época y a otros lugares más allá de las ciudades, sus habitantes, sus límites y reglas a los que ahora estamos acostumbrados. Selva en la que se vivía sin médico, sin ayuda, vecinos ni comodidades. La naturaleza inclemente imponiendo su fuerza y ante la que el hombre es un animal más que lucha por su supervivencia tratando de domesticarla.

Y por último y antes de que se me olvide quiero hacer también referencia a las excelentes ilustraciones de Alejandro Santos que acompañan los relatos. Acierto en la elección del ilustrador y en su trabajo que en las últimas publicaciones -creo- había fallado. Y sirva este retrato de Horacio Quiroga como ejemplo:

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Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”. Ilustraciones de Alejandro Santos. 92 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 3 de abril de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/04/03/virtudes-y-errores/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/04/la-vida-interior-de-las-plantas-de.html

Virtudes y errores

Ser un autor “reconocido” tiene una ventaja evidente: el escritor “famoso” vende más. Su nombre es un privilegio y al mismo tiempo una garantía.

Pero también tiene sus inconvenientes que, precisamente, se derivan de esa condición. Por un lado a un escritor de renombre debemos exigirle más que a otro que es un desconocido. Su prestigio genera una expectativa que no puede verse defraudada; de él esperamos que esté a la altura de su fama. Y por otro lado la exaltación mediática, la hipérbole, los elogios intimidan y predisponen al lector a un juicio favorable; pueden llegar a funcionar como auténticos inhibidores de nuestro propio criterio. Sólo por ser él quien lo ha escrito parece que hay que dar por hecho que es bueno, genial, sobresaliente. Así que si después de leerlo creemos que no es para tanto, que no es tan bueno como dicen, lo normal es que nos callemos por miedo a quedar como unos ignorantes.

Por eso yo creo que con los escritores “famosos” hay que ser más crítico y exigente que con los demás, pero justo; y que al mismo tiempo debemos enfrentarnos a ellos sin juicios preconcebidos. No dar por bueno todo por el simple hecho de que lo haya escrito Patricio Pron, no negarle ninguna de sus virtudes y aciertos, pero tampoco obviar los que consideremos sus errores y defectos.

Y a partir de ahí creo que su principal virtud es la originalidad en la manera de contar. Y aunque sea caer en esa manida expresión de la “voz propia” no encuentro otra más adecuada y precisa para nombrarla. Todos los escritores pretenden que de ellos y su manera de escribir se diga que lo hacen con una voz diferente, personal, distinta; y Pron lo consigue al alejarse de la forma lineal habitual, al escribir los relatos de una manera fragmentada en párrafos. Estilo insólito y poco acostumbrado que produce el primer efecto de descubrir que otro modo de narrar es posible; que se convierte en una marca o sello personal y le hace diferenciarse del resto y con la que podemos, a simple vista, identificar un relato como suyo. Y aunque ese estilo en párrafos –unas veces muy cortos y numerados, y otros más largos- que van desarrollando la trama es lo más característico y mayoritario no es unívoco pues hay en “La vida interior de las plantas de interior” varios relatos sin un punto y aparte con los que nos demuestra que es un escritor capaz de mutar o cambiar de registro. Eso que, como otro manido pero acertado elogio, se llama “versatilidad”.

Pron nos cuenta historias que son hechos extraordinarios dentro de lo corriente. Un suceso aparentemente sencillo, trivial, reconocible, pero que él con ese tono, esa manera personal de narrar hace tremendamente atractivo. Y ese suceso y el cambio que produce lo refleja en detalles nimios pero que siempre resultan determinantes. Y creo que otro acierto que seduce y atrae de este libro es que Pron hace a la literatura y a los escritores protagonistas de algunos de sus mejores relatos. Algo que en otro caso podría parecer mirarse el ombligo, pero que en el suyo resulta unas veces un argumento para hablar de ficción y realidad, teoría y creación; y otras un ejercicio de honestidad, autocrítica, aprendizaje y estímulo.

Pron alterna magníficos relatos con otros medianos o con auténticas excentricidades. Los –para mí- excelentes, son cinco: “Un jodido día perfecto sobre la tierra”, “Diez mil hombres”, “Algo de nosotros quiere ser salvado”, “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” y “El nuevo orden de la última lluvia”, sin duda este último el mejor del libro. Y de estos cinco unas veces el estilo es el de los párrafos breves y numerados, otra el de los párrafos más largos, y otro el de un relato sin un punto y aparte. Y utilizando esa “versatilidad” unas veces acierta y otra fracasa, porque “El cerco” comienza muy bien pero acaba siendo regular al llevar la historia a un callejón sin salida; en “Cincuenta y cuatro veces” hacer que sea Lump -el perro de Pablo Picasso- el que cuente el relato me parece sencillamente una frivolidad; y “En tránsito” me parece irregular porque mezcla las buenas frases con las cursis o absurdas.

Pron tiene calidad, escribe diferente, sí; pero no para dedicarle hipérboles injustificadas porque a veces prefiere antes que escribir bien colarnos el timo de la estampita; en haberse creído de verdad ese papel de salvador o renovador de la literatura que algunos le han adjudicado por el que todo vale.  En el que a otro escritor se le podría acusar y reprochar el haber escrito un relato sin acabar parece que en él debemos considerarlo una genialidad. Y no voy a negar que sea imaginativo y ocurrente, que incluso en esos que considero malos parta de una buena idea o una imagen impactante, pero unas veces parece que se puso a escribirlo y no supo como acabarlo se cansó y lo dejó así, de cualquier manera; y en otro directamente me parece que sobrepasa los límites lógicos de cualquier narración y la convierte en un collage de corta y pega, en una merienda con sándwiches de nocilla. La narrativa gana, y Pron lo sabe, cuando es completa y con acento; y no una boutade de cartón piedra.

Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”. 140 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Emiliano Monge. “El cielo árido”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 21 de febrero de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/21/originalidad-incomoda/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/02/el-cielo-arido-emiliano-monge.html

Originalidad incómoda

Al empezar pensé que era una estrategia. Un falso prólogo. Un capítulo preliminar. El narrador se presenta e intercala presente y pretérito, va dejando pequeños anticipos, huellas para que le sigamos el rastro, insinuaciones para llamar nuestra atención. Un hombre se decide a huir de su pasado. Cruzar definitivamente una línea. Dejar atrás un turbio pasado en el que hay violencia, abuso de poder, una mujer muerta y una iglesia quemada. Algo terrible y tenebroso que no se muestra con claridad. “Un hombre puede irse de su vida pero no puede escapar de su sombra”.

Pero no se trata de una estrategia. El estilo de ese primer capítulo es el de toda la novela. Una forma de narrar original y diferente con la que se hace difícil e incómodo seguir la trama pero que es una apuesta personal del autor. “La historia de un hombre que exige ser contada como una biografía discontinua”. Fragmentación, ritmo alterado, analepsis, flashforward y rewind “Un relato que, como todo buen relato, se preocupa y deja testimonio únicamente de sus nudos y no de su tedioso desarrollo”. Una novela que requiere un esfuerzo y que se sostiene en la intriga, en la curiosidad, en la morbosa atracción de la violencia y el horror, el destino forzado, el nacimiento, el odio y la demencia. En el recuerdo selectivo de lo realmente importante y trascendente, la reconstrucción no lineal de la memoria de un hombre. Porque “de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes”. En la virtud del inicio inaudito de cada capítulo, encontrar dentro de la novela un diálogo consigo misma; la explicación de su propio mecanismo, el know-how, cómo funciona, cómo entenderla: “Esta historia es desde aquí la disección de los instantes cuyos ecos iluminan una vida como ilumina la penumbra un faro de ojo doble: con sus halos que a pesar de iluminar sólo dos puntos irradian el espacio que los media”. Lo que fue y lo que vendrá se anticipa y muestra en una sola frase demoledora e inquietante, todas las incógnitas se van aclarando una a una, cada hecho, cada pasaje, cada habitación cerrada y oscura se va abriendo, iluminando para que podamos comprender y espantarnos. Un contenido que se desarrolla en un paisaje desolador y cruel y que se apuntala con frases de rotunda belleza: “Los pastizales son de pronto azul turquesa, el cielo es ahora un manto gris y anciano y el pedregal metálico y plomizo es de golpe un hoyo negro y hondo”.

Lenguaje, estilo, y, sobre todo, estructura narrativa que no es la acostumbrada y que tal vez en esa originalidad esté la explicación de su premio. Lo insólito siempre nos conquista y embriaga.  Pero a pesar de los deslumbramientos y la fascinación hay varios factores que –para mí- acaban ahogando la novela. No sólo la originalidad basta. El esfuerzo y la aliteración pasan factura. La repetición acaba liando la narración en su propio ovillo: “Pero hoy, a diferencia de otros días, podría decir: del resto de los días, es decir: pero hoy, por vez primera”, y esa reiteración acaba en molestia, igual que una piedra en un zapato. Y el cambio requiere sacrificio porque es la renuncia a lo acostumbrado, es como pasar del frío de la calle a la asfixiante calefacción de unos grandes almacenes, y esa renuncia –cambiar una literatura por otra- produce un desgaste, un sobreesfuerzo que si no va acompañado de una compensación acaba agotando.

Escribir diferente, con un estilo que se sale de lo habitual no es intrínsecamente bueno ni malo. Unos aciertan, otros fracasan. Y esta novela de Monge nos sorprenderá si es la primera de esa clase a la que nos enfrentamos. Es como la primera película de cine de autor que vemos. Nos marcará para bien o para mal. Pero si es algo por lo que ya hemos pasado antes surgirán las lógicas e inevitables comparaciones. Y ahí es donde otras novelas -como por ejemplo “Un buen chico” de Javier Gutiérrez–  le ganan la partida a “El cielo árido”.

El defecto –para mí- a pesar de las variaciones, de todas las alternativas de la trama es de fábrica, en origen, de nacimiento y desde el principio, cuando Monge eligió contar la historia con ese tono monocorde, repetitivo y enredado. Un tono que por coherencia no desaparece en toda la novela y que acaba produciendo hastío, agotamiento y sopor. Lo que cuenta es interesante, trágico y cruel, pero el sonido es el de un pegajoso y monótono ostinato. Un cansancio que aparece a la mitad del camino y se hace incurable. Es acabar la carrera cuando ya hace tiempo que sabemos que está perdida. Se continúa por inercia, por simple curiosidad, por llegar al final; no por disfrutar del viaje

Una silla puede tener un inusitado planteamiento, una atrevida arquitectura, pero si después de una hora sentado en ella se hace incómoda, su diseño la convertirá en algo original, pero nada más.

Emiliano Monge. “El cielo árido”. 211 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

F.G. Haghenbeck. “El diablo me obligó”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el martes 29 de enero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/01/29/vade-retro-satana/

Vade retro Satana

Seguro que hay administradores de páginas web, bloggers especialistas en el género y coleccionistas de cómics que podrían hacer de este “El diablo me obligó” una crítica mejor que la mía. Yo me pongo a buscar referencias en el trastero desordenado de mi memoria y tan sólo encuentro a “Constantine”, la película de Francis Lawrence protagonizada por Keanu Reeves. Entre las dos hay ciertas coincidencias argumentales y recuerdo que en la película hay varias escenas realmente buenas. Pero ahora, ante mis ojos, se hace pequeña y un poco –tal vez injustamente- teen. Hoy en día con los ordenadores puedes crear la imagen más extraordinaria y aterradora, engañar a la vista y hacerle creer lo que quieras al espectador. Con esta novela estoy hablando de literatura. Sí, ya sé que son lenguajes diferentes, pero que nadie me pida objetividad; si tengo que elegir bando lo tengo claro: Haghenbeck gana. Porque en una película se puede crear al alien, zombi, vampiro y demonio más espeluznante y sangriento; pero en la literatura el dibujo se hace más difícil y complicado y tiene que estar muy bien hecho para que resulte creíble y no una caricatura o un guión de Ed Wood. Pero, sobre todo, la literatura cuenta con las palabras, los sustantivos y los adjetivos capaces de definir, enfocar, crear la imagen y llegar aún más lejos. “El diablo me obligo” empieza utilizando una técnica común al cine y a la novela: una secuencia urbana, tenebrosa e impactante que hace que te olvides de que mañana es martes y tienes que madrugar. Haghenbeck gana porque en el primer párrafo ya está la literatura: “Las calles ofrecían el espectáculo deprimente de la humanidad cagándose en el planeta. Grandes avenidas de concreto simulaban arterias gangrenadas. Si la ciudad de Los Ángeles es lo más alejado del cielo de Dios, entonces East Side es el mismo culo del diablo. Al menos, una de sus almorranas”. La literatura y el estilo –salvaje y directo- de un mexicano con un apellido que habrá tenido que deletrear miles de veces. “Eran refugiados de la pesadilla del hambre en su país. Sobrevivían al calor y a la migra, abanicándose mientras workeaban como limpiaexcusados en un McDonld´s. Había mujeres en camisones, coronadas con una orgía de tubos; hombres en calzones y con una gran panza a los que se les asomaba un testículo que buscaba refrescarse.”

Y en el segundo capítulo técnica de flash-back y cambio de escenario. De las calles de Los Ángeles pasamos a las montañas de Afganistán. Un comando del ejército norteamericano persigue a los talibanes en sus cuevas, pero en realidad son “diableros” que se dedican a cazar demonios por encargo. Y a continuación la presentación de la “Karibumaquia”: peleas clandestina de ángeles y demonios en todas sus modalidades. Los organizadores son humanos que capturan o crían a estas criaturas para el combate. Las peleas son a muerte y no son más sanguinarias que las peleas de gallos, de perros o las corridas de toros. Grandes apuestas, poder y mucho dinero. A todos los criadores o cazadores de querubines y diablos de pelea se les llama diableros y el ruedo donde se lleva a cabo los combates se llama hoyo”. Ya sabemos de qué va todo esto. “Constantine” es definitivamente una película teen y la imaginación de Haghenbeck no tiene límites. En “El diablo me obligo” hay misteriosos ritos, una sociedad secreta: “El Cónclave” y referencias a la Biblia gnóstica. “El Código Da Vinci” es una novela para beatas y meapilas, y “El exorcista” es el Jurassic Park de las películas de posesión. Robert Rodríguez debería hacerle una oferta a Haghenbeck para que se convirtiera en su guionista.

Seguro que los coleccionistas de cómics conocen a Haghenbeck. Seguro que esta novela se citará en las webs y en los foros especializados. Ellos conocen mejor el producto y sabrán apreciar sus virtudes y dejarán en evidencia sus defectos. Yo reconozco que me ha causado el mismo asombro de un adolescente que ve por primera vez a una mujer completamente desnuda en una fotografía a todo color. Que me he sentido fascinado por sus personajes: el sobreviviente Elvis Infante y su coche: “Un Chevy 74, rojo metálico. Achaparrado, equipado y remodelado como nave espacial chicana. La figura de plástico de la caricatura de Cantinflas, vestido de diablo, miraba al frente desde el cofre”. El Tecate y Lil Gotik: “Tratas de pensar qué dirán los demás automovilistas que vean a un tejano con sólo un chaleco y una japonesa disfrazada de la novia de Tim Burton. Crees que no mucho. A fin de cuentas vives en Los Ángeles. Todos están locos y tienen reservado un cuarto en la casa de la risa. Sin excepción”; Curlys, el padre Benjamín, Norma Schimtz y Kitty Satana: “Pómulos redondeados y rojizos, de niña pícara, la que pone la chincheta en la silla del profesor”.

Tal vez de esta novela se pueda decir que no tenga más pretensión que la de ser un pasatiempo, una buena novela de género. Y aunque en algunos momentos pueda resultar confusa y excesiva debo reconocer que me he divertido mucho con el espectáculo, con su puesta en escena, con su estética, con sus descripciones y sus diálogos. Que Haghenbeck aprovecha la trama para recordarnos unas cuantas verdades sobre Afganistán, sobre la emigración mexicana en los EEUU, las drogas y hacer demoledora crítica social. Para hablarnos del infierno diario y los demonios personales; que “el bien y el mal poseen el mismo código postal: el hombre”. Hablarnos en espanglish y usar un lenguaje canalla, realista, salvaje, irónico, tierno, fantástico y burlesco. Miles de palabras que valen más que una imagen.

F.G. Haghenbeck. “El diablo me obligó”. 198 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

Mario Levrero. “Caza de conejos”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 18 de noviembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=779030

Raro y exquisito

Los que alguna vez se han tropezado conmigo saben de mi debilidad por los libros ilustrados. Pero más allá de una infancia de cuentos y tebeos mi afición por este formato es racional y estética, y, sobre todo, rebelde resistencia. Y es que un amigo que es profesional y entusiasta de la tecnología me afirmó con rotundidad que el libro, en su formato clásico, está muerto. Y yo, para rebatirle, además de motivos románticos, le hablé de los libros ilustrados. Porque si lo exclusivo es una de las maneras de sobrevivir en esta época terrible otra es regalar un trozo de tarta de manzana con el café con leche. Porque la mejor forma de derrotar a esos bárbaros y prácticos adoradores de los gadgets que necesitan corriente eléctrica para ser vistos es un libro como este “Caza de conejos”. Porque por muchas ventajas que puedan aportarnos los e-books el papel les ganará siempre la partida cuando se convierte en algo más que letras y sólo letras. Cuando a la vista se le unen el color, el tacto; el arte. Cuando el libro se convierte en un objeto con alma. En un exquisito trabajo de edición con sobrecubierta, tapa dura, rojo sobre blanco y negro; cuando podemos saborear su carne aliñada con las maravillosas ilustraciones de Sonia Pulido.

Y por si ese suculento festín no fuera suficiente descubriremos a Mario Levrero, uno de esos escritores raros, minoritarios, excéntricos y libres que nos convierte en pueblerinos fabricantes de gaseosas. “Caza de conejos” se escribió en 1973; y esa fecha es una bofetada porque nos daremos cuenta de que nos creemos muy modernos y somos muy ignorantes. Porque esta es una colección de microrelatos, ese género que parece un invento de ahora, y resulta que un uruguayo ya había inventado la pólvora cuando nosotros encendíamos el primer petardo. En esto los hispanoamericanos llegaron antes y nos dejan en evidencia. Fueron ellos los que inventaron la patente de ese juguete literario y lo pusieron en órbita terrestre.

“Caza de conejos”son ciento dos microcuentos, fábulas surrealistas o variaciones geniales sobre un mismo tema: cazadores que cazan conejos blancos; conejos que cazan cazadores con sombreros rojos; guardabosques cazados; humanos disfrazados de conejos y viceversa; hombres y animales híbridos, cambiando los papeles. Mutaciones, aliteraciones, trampas; sorpresa, absurdo humor negro, erotismo, ironía, carcajada, pesadillas y placentera sobredosis de imaginación políticamente incorrecta aumentada con el regalo de los dibujos de Sonia. “Amaestramos un conejo y lo disfrazamos de oso bailarín. Se lo vendimos a un circo. Nos dieron mucho dinero, pases gratuitos para todas las funciones y una mujer gorda y barbuda que tenían repetida”. La capacidad de Levrero para recrear, mudar, versionar una imagen; reinventar y repetir una idea e incluso mejorarla, ponerla del derecho y el revés, jugar y provocar. Mario, como el mago que saca conejos de su chistera, saca de su imaginación estos relatos; y nosotros, adultos serios, nos divertimos y asombramos como niños.

Mario Levrero. “Caza de conejos”. 163 páginas. Ilustraciones de Sonia Pulido. Libros del Zorro Rojo. Barcelona, 2012. 

Libros del Zorro Rojo

http://librosdelzorrorojo.blogspot.com.es/

Sonia Pulido

http://soniapulido.blogspot.com.es/

Roberto Arlt. “El criador de gorilas”

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 26 de octubre de 2012.

http://www.culturamas.es/blog/2012/10/26/un-mundo-medieval-en-pleno-siglo-xx/

Un mundo medieval en pleno siglo XX

Roberto Arlt es uno de esos “escritores de culto” al que se le cita mucho y muy pocos leen. Ahora Ediciones del Viento pone a nuestro alcance la reedición de una de sus obras para que deje de ser un raro y exquisito fantasma bibliográfico y se convierta en un autor vivo más allá de la cita casi esotérica.

Roberto Arlt nació en 1900 en Buenos Aires y a los veintiséis años publicó su primera novela y comenzó a colaborar en la prensa de su ciudad. Reconocido por Cortázar como uno de sus maestros, el moderno enciclopedismo digital lo califica como precursor de Ricardo Pligia, César Aira o Roberto Bolaño; y yo, por su crudeza y temprana muerte, encuentro en él cierto paralelismo con Rafael Pinedo.

En 1935 Arlt llega a España y durante más de una año se dedica a recorrer de sur a norte la península, pero en ese viaje también pasó por distintas ciudades del norte de África. De lo que vio y le contaron en esos lugares nació esta colección de cuentos: “El criador de gorilas”, que se publicaron en un libro en 1941.

Quince historias que se inician con “La factoría de Farjalla Bill Ali” y que desde ese primer relato ya muestra sin rodeos ni maniobras envolventes todo lo que vendrá después. Arlt es directo, salvaje, cruel, inhumano. La brutalidad, la muerte y la venganza no entienden de subterfugios. Porque lo que cuenta Arlt no permite más distracciones que la de contemplar una historia entre la fascinación y el terror.

En todo caso se permite las minuciosas descripciones de los lugares, sus calles, plazas, mercados y selvas; en donde en ocasiones se demora y unas veces adquiere un tono poético e íntimo de luces y olores y otras resulta excesivamente recargado. Pero esas licencias o pérdidas de tiempo son mínimas, anécdotas que fácilmente se olvidan entre el hedor de la muerte. Los relatos de Arlt son una mezcla entre la crónica periodística y la narrativa, el realismo y la fantasía, lo increíble y lo testimonial.

Y ya desde ese primer relato nos daremos cuenta de que vivimos de préstamos ajenos y no de experiencias propias. Nos daremos cuenta de nuestra condición de realquilados pueblerinos y viajeros catódicos. Porque con ese primer relato recordaremos a otra factoría, la de “Un puesto avanzado del progreso” de Joseph Conrad; y certificaremos que todas nuestras referencias de África son de viejas películas vistas en la televisión: “Cuando ruge la marabunta” y “Las cuatro plumas”. Que deberemos consolarnos, cuando no hemos vivido, con la imaginación y la literatura. La vida de otros menos cobardes.

Arlt nos traslada a un continente salvaje, de esclavos, tráfico de gorilas y marfil, de nidos de termitas que devoran humanos, de millonarias norteamericanas que llegaban en busca del exotismo: “Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental”. Nos contará del racismo y el fanatismo religioso: “No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión”. Nos llevará a Marruecos, al Maghreb, Tánger, Tetuán y Fez que “nos entusiasmaba, porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos motivos de ensueño”; pero también a Java, Liberia, Monrovia, Ceilán, Fernando Po y el Congo. De un país a otro nos llevará al desierto y la selva, del colonialismo a la aventura, del puñal a la seda, de la sangre al perfume, de la belleza a la horca. Nos contará historias de espiritismo y reencarnación, necrofilia, hipnotismo y magia negra, canibalismo, robos y venganzas, ladrones de joyas y codiciosos cazadores de orquídeas en Madagascar; asesinos, buscavidas, usureros, mercaderes, bailarinas, ajustes de cuentas, chinos, hindúes y fumaderos de opio; militares españoles, espías europeos, traficantes de armas, marineros que se dedicaban al contrabando de haschich y la trata de blancas; mujeres enterradas vivas a las que se les cortaba una mano por ser infieles; boas constrictor que devoran humanos; la contagiosa e incurable -como una peste- enfermedad del sueño; las luchas entre nacionalistas y moderados árabes, el escepticismo político y el honor y sus antiguos códigos. Y también hay espacio para la ironía en el hilarante “Los bandidos de Uad-Djuari” en el que se simula un secuestro para que los turistas vivan una aventura que luego “podrán gustosamente narrar en su hogar”.

Estos relatos de “El criador de gorilas” no son sólo una colección de sucesos, literatura pintoresca y de entretenimiento en una redacción directa y a veces descuidada. Arlt nos cuenta historias de primera y segunda mano que llegaron hasta él oralmente y luego transcribió, historias que escuchó en el zoco de Larache a algún “Celje”, poeta ambulante que como nuestros juglares y ciegos cantaban romances con peripecias asombrosas para entretener a ociosos y analfabetos. Estos relatos son modernos cuentos de las mil y una noches de musulmanes, judíos y cristianos. Son festejar que estamos vivos y la paradoja de lo poco que vale la vida. Un mundo medieval en pleno siglo XX. Lo mucho y lo poco que ha cambiado ese mundo. Lo cerca y lejos que queda el abismo del presente y el pasado.

Roberto Arlt. “El criador de gorilas”. 141 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2012.

Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 7 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=771510

Calidoscopio

Hay muchos tipos de escritores. Escritores clásicos y vanguardistas, genios y mediocres, copistas y artistas, funcionarios y viajeros, héroes y ahijados, escritores cigarra y escritores hormiga; y hay tipos que saltan al vacío sin red y sin miedo.

Juan Carlos Méndez es de los narradores que saltan sin mirar abajo. A Juan Carlos le importa poco lo que digan los manuales de teoría literaria; él no sigue las líneas rectas, los caminos preestablecidos, él –y no quiero que suene como una frase hecha- sigue su propio criterio, sigue su instinto y unas veces acierta y alguna –creo- no tanto, pero nadie podrá llamarle cobarde, oportunista o pusilánime. En este circo a unos les gustaría ser domadores, a otros magos o malabaristas; yo creo que Juan Carlos elegiría ser hombre-bala o trapecista.

Y es que hay escritores que practican la alquimia literaria repitiendo y alterando las mismas fórmulas y moldes de siempre. No lo critico; algunos obtienen resultados realmente notables con ese método. Otros deciden arriesgar y su experimento acaba en un rotundo fracaso. Juan Carlos arriesga y triunfa, y aunque el suyo no sea uno de esos libros para después de un incendio, se ha ganado mi admiración demostrándome que es posible transmitir una emoción de tristeza, miedo, desconcierto, cólera o derrota con muy pocas y precisas palabras. Practicando acupuntura literaria, alterando las leyes corrientes, saliéndose de los senderos marcados, de los monorraíles de la literatura.

Porque si tuviera que hablar de lo que es evidente y obligado hablaría de sus frases ganadoras y sus metáforas descriptivas, poéticas, rotundas; dulces y corpóreas, visibles y gráficas. Hablaría de la elipsis y del constante rumor subterráneo, como un olor latente o un tumor sin extirpar, que se transluce y materializa en todos sus relatos: el pensamiento no verbalizado, el desarraigo, el abandono, la familia, el pasado y su lastre, la madre, el padre ausente y reemplazado, la venganza como plato frío y rescoldo humeante. Y siempre, incluso en aquellos que están más próximos a lo tradicional, lo hace desde un individualismo formal que los aleja de lo acostumbrado, con un enfoque narrativo que define un estilo completamente personal y original. Esa admirable y arriesgada pirueta ganadora consiste en romper con la visión panorámica y rectilínea del todo. Juan Carlos quiebra los espejos y con las esquirlas construye un calidoscopio. “Lo que ves no es lo que sucede sino tan sólo una de sus partes”. Descompone la estructura lineal de la realidad y la describe con una mirada compuesta, hexagonal, fragmentaria. Y con esas astillas, notas, párrafos, fracciones, conversaciones y cortacircuitos forma un relato.

No será un escritor para una inmensa minoría, un escritor para leer en el metro; pero sí que nos ha demostrado, con la osadía de su salto, que el relato es algo flexible,  elástico y maleable. Nos ha quitado –a los que alguna vez hemos escrito- el miedo a auto-censurarnos.  Hay otra forma posible de hacerlo. Otra cosa es que consigamos estar a su altura.

Juan Carlos Méndez Guédez. “Ideogramas”. 123 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2012. 

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