Pedro Ignacio López García. “Julio Camba. El solitario del Palace”

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En la biografía de Carrere me encontré con muchos nombres conocidos de bohemios de los que sé que tengo por ahí alguna biografía colectiva y que intentaré que sean mis siguientes “lecturas de piscina” de este verano: “Cruces de bohemia” de Javier Barreiro y “Desgarrados y excéntricos” de Juan Manuel de Prada. Pero de éste párrafo: “Las veladas de esos años se iniciaban, a veces, con una cena bohemia en un almacén de vinos de la plaza del Progreso. Se trataba de una bodega henchida de pellejos. El grupito lo formaban Pedro de Répide, los hermanos Camba, Hernández Catá y nuestro autor”, me llamó la atención que entre ellos figuraran los Camba (Francisco y Julio) porque no los tenía por miembros de esa cofradía. De Francisco Camba sé que tengo cuatro o cinco novelas que leí hace años, pero entonces me acordé de que tenía ésta biografía: “Julio Camba. El solitario del Palace”, escrita por Pedro Ignacio López García y que no había leído todavía. Y claro, me la llevé a la piscina.

Julio Camba nació en 1884 en Villanueva de Arosa (Pontevedra) el mismo pueblo que Valle-Inclán. “Julio, curioso, inquieto y, sobre todo en sus inicios, bastante bohemio y anarquista, tenía poco que ver con Francisco, mucho más sedentario y conservador. Con el paso de los años Julio –como Carrere- despreciaría la bohemia, se volvería un dandi amante de los hoteles de lujo y de la buena mesa y, sin renegar nunca de su liberalismo e independencia, colaborará con enorme éxito en los periódicos españoles más conservadores”.

En 1900 –con dieciséis años- se mete de polizón en un barco hasta Argentina. En Buenos Aires entra en contacto con un grupo de anarquistas y allí empieza a escribir artículos en varios periódicos libertarios. Pero en 1902 es expulsado de Argentina y regresa a España. Al año siguiente -1903- llega a Madrid, y es precisamente Emilio Carrere el que lo recuerda: “En el diván del El País durmió Julio Camba su primera noche de Madrid. Alguno que tenía ingenio o simpatía se quedaba de redactor. Así entró en la vida periodística. En aquel Madrid la gracia era una llave mágica”. El que en poco tiempo Julio fuera contratado como “redactor de mesa en El País” con un sueldo –aunque fuera bajo- nos da una idea de que con talento era posible triunfar y que quizás si otros no lo consiguieron fue porque carecían de él. Aunque eso no quita para que la historia de sus vidas y fracasos me resulten fascinante.

Camba, rebelde e independiente, joven y temerario, decide con diecinueve años fundar su propio periódico: “El Rebelde”, un periódico anarquista semanal. Aunque como nos explica Pedro Ignacio López el anarquismo de Camba es muy similar al de Pío Baroja: “No cree en el hombre ni en la humanidad, menos aún en una clase social, siquiera el proletariado. Sólo cree en el individuo. Desprecia por igual a la burguesía y al proletariado. Se siente al margen”.

Y respecto a la bohemia, coincide –en parte- con Carrere y su apostasía –la de Carrere fue mas tardía y no renunció tan pronto a lo escabroso o sicalíptico-: “A Camba le repugna la pornografía tanto como le deprime la bohemia pobre y sin talento”. Pedro Ignacio López reproduce una semblanza de Camba de Rafael Cansinos Assens que resulta muy acertada y elocuente: “Julio Camba, el anarquista, era en el fondo un sibarita, un aspirante a burgués. Su anarquismo era simplemente un diletantismo, una escarapela para llamar la atención y epatar, con sus melenas y su chalina de colorines. Era el suyo un anarquismo aristocrático, que odiaba a las masas”.

Después de pasar por El País, España Nueva, El Intransigente y El Mundo (todos de la prensa de izquierda) llega a La Correspondencia que en 1908 le ofrece ir de corresponsal a Estambul (Turquía) y Camba acepta. Ese primer puesto será el primero de una larguísima carrera como corresponsal en el extranjero para diferentes periódicos: París, Londres, Berlín, Suiza, EEUU, Italia y Portugal. Como muy bien explica Pedro Ignacio López: “La ocasión de desempeñar estas largas corresponsalías en el extranjero ha salvado a Camba. Entre continuar siendo un bohemio de las noches de Madrid, un periodista político eficaz pero previsible, y parecer una dandi a la moderna, muy siglo XX, logrando un nuevo estilo de crónica, mucho más concisa y, sobre todo, graciosa, no puede haber duda de la elección”.

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Este aspecto viajero y de residencia en el extranjero de Julio Camba creo que es lo más significativo y determinante en él. Se marchó de España con veinticuatro años y estuvo trabajando de periodista, viajando por todo el mundo, residiendo fuera, yendo y viniendo, durante cuarenta años. En realidad toda una vida. En su momento tuvo la oportunidad y no dudó, tomó la decisión; algo que otros muchos por conformismo o cobardía no atrevieron a hacer, pero que en él no era de extrañar teniendo en cuenta que con dieciséis años se metió de polizón en un barco rumbo a Argentina. Me parece admirable porque yo reconozco que he sido de los cobardes, de los que no se atrevieron en su momento, cuando tuvieron la oportunidad de poder hacerlo, de salir de casa de mis padres y vivir la experiencia. Algo de lo que ahora me arrepiento. Pero me llama mucho más la atención por el momento en el que Camba lo hizo: 1908. Hay que pensar en esa fecha. En aquella década la inmensa mayoría de la gente no viajaba al extranjero. Sólo lo hacían los ricos y París era lo más lejos que llegaban. Julio empezó por Turquía en una época en la que muchos no sabrían ni colocarla en el mapa. Después vinieron todos los demás países. Y tantos años viajando, viviendo fuera, estoy seguro de que marcan un carácter; para bien y para mal.

Julio Camba “observador inteligente, agudo y con ideas propias” empezó escribiendo mucho, y ya “en 1918 se convirtió en el cronista mejor pagado y probablemente más leído de toda España”. Pero progresivamente, poco a poco, según pasaban los años, empezó a escribir menos; hasta que en 1930 vivía sólo de los derechos de autor de sus libros. Cada vez que volvía “Madrid le inspiraba poco y le aburría”, y sólo un nuevo destino en el extranjero era capaz de revitalizarle y hacer que volviera a escribir. La novedad de conocer un nuevo país será su único estímulo y al mismo tiempo el estar en constante movimiento acabará agotándole. En 1949 “regresa a España definitivamente y se instala en la habitación 383 del hotel Palace en donde vivirá hasta su fallecimiento trece años después”. A este respecto el que viviera en una habitación de ese hotel –uno de los más caros de Madrid- es también muy significativo para entender lo determinante que fue la amistad y admiración ajena en la vida de Camba, puesto que como dice Pedro Ignacio López: “Conviene recordar, para satisfacción de curiosos, que nunca pagó la cuenta”. Y nos da las tres versiones de quién lo hizo: Juan March, el ABC, y según Tomás Borrás, Marquet, director del hotel, ante la situación de “autónomo sin jubilación” de Camba le permitió vivir allí en régimen de media pensión, y de paso cita algo decisivo: “Ello y la protección de Luis Calvo, director de ABC, sostuvo en sus últimas fechas a Julio Camba en puesto digno con suficiente pecunia para atenderse. Pobre, aquí, es sinónimo de escritor”.

Y en ese sentido hay un curioso paralelismo entre Carrere y Camba. Después de la Guerra Civil, Carrere pudo sobrevivir gracias a que su amigo, Juan Pujol, director del diario “Madrid”, le ofreció una columna diaria en el periódico. Y en el caso de Camba esos gestos de amistad y admiración se iniciaron en 1948 cuando “para ayudar económicamente y anímicamente al escritor se publican los dos tomos de sus Obras Completas”, en 1951 se le concede el Premio Mariano de Cavia, lo que supuso “una importante cantidad de dinero, que le permite vivir una temporada sin demasiados ahogos”; pero sin duda el gesto definitivo fue el de Luis Calvo (el director de ABC) “en 1955 Camba apenas escribe nada ya, por lo que su situación económica llega a ser bastante mala. Vive con modestia. Es entonces cuando Calvo tiene una idea: publicar en las páginas dominicales de ABC artículos olvidados de Camba, alguno de más de cuarenta años, con ilustraciones modernas del dibujante Goñi”. Un gesto de admiración y respeto por el periodista, el escritor y su obra, que deja muy claro el valor de lo que fue Camba.

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Reconozco que no he leído ninguno de sus artículos, pero junto a esta biografía he descubierto que tengo “Sobre casi todo” de la colección Austral de Espasa Calpe, tercera edición de 1961; y “Páginas escogidas”, una selección de artículos suyos (de 1907 a 1914) reeditados por Austral Summa en 2003 en edición también de Pedro Ignacio López. Espero que no se queden desterrados en la estantería.

Pedro Ignacio López García. “Julio Camba. El solitario del Palace”. 272 páginas. Espasa Calpe. Madrid, 2003.

Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”

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Bohemio burgués

Llegan las vacaciones escolares y tener a mis tres hijos todo el día en casa resulta insoportable. Ellos se aburren y yo me desespero; y como no estoy dispuesto a que se pasen todo el día jugando con la tableta, el i-phone o la wii, no me queda más remedio que llevarlos a la piscina municipal. A mí lo de la piscina no me gusta, pero la ventaja es que como ya son –relativamente- mayores se divierten y entretienen solos y no tengo que estar haciendo de niñera. Podría pasar la tarde bebiendo cervezas y mirando a las chicas en bikini, y no sería un mal plan, pero en lugar de eso pensé que podría aprovechar el tiempo para sentarme a la sombra y leer algo. Lo único malo es que yo soy de los que para leer necesita obligatoriamente silencio y soledad, y de eso en una piscina no hay. Niños jugando a la pelota o al pilla-pilla, adolescentes escandalosos, madres parlanchinas y los cuarenta principales en la megafonía. El escenario ideal para un misántropo. Así que necesitaría un libro que admitiera el ruido ambiente, alguna lectura entretenida que no requiera concentración y análisis, pero los que me conocen ya saben que yo no leo best-sellers, que soy incapaz de leer para, simplemente, “pasar el rato”; así que me puse a buscar en mis destartaladas estanterías y me encontré con este “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”.

Esta excelente y documentada biografía me ha permitido, por un lado, leer un libro –de los muchos- que siempre compramos y luego se quedan pendientes. La actualidad siempre los destierra al último puesto de esa pila que montamos encima de la mesa y al final, tras meses a la cola del pelotón, acaban en la estantería sin haberlos nada más que hojeado o leído algún párrafo suelto. Y por otro lado me ha hecho reencontrarme con una de mis viejas fascinaciones: la bohemia española. Durante una etapa de mi vida me dediqué a comprar y leer mucho de esa época; luego lo dejé; y la verdad es que ahora, después de tanto tiempo, me alegro de haberla recuperado y de ir a la piscina con mis hijos.

Yo sabía algo de Emilio Carrere porque Cansinos Assens y Pío Baroja lo citan, pero tan sólo era uno más entre aquellos cientos de bohemios de la época. Fue Jesús Palacios en su magnífico prólogo a la novela “La torre de los siete jorobados” –reeditada por Valdemar en 1998- el que realmente me presentó al personaje. Entonces me resultó curioso e interesante, pintoresco y tramposo; ahora esta biografía de Alejandro Riera me permite conocerlo en su totalidad.

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Carrere fue, con seguridad, el más auténtico y falso de todos los bohemios de aquel Madrid de finales del XIX y, sobre todo, de las dos primeras décadas del XX. Auténtico porque vivió la bohemia y se convirtió en su mejor cronista; falso –o quizás más listo- porque no calló en su trampa ni fue devorado por ella como muchos otros. Carrere sería como el camello que vende droga pero no la consume. Y fue precisamente eso lo que le salvó de la quema.

Universitario de veinte años, estudiante de Filosofía y Letras, quería ser, como todos los jóvenes con aspiraciones artísticas de su edad, actor y poeta. Carrere había sido seducido por el Modernismo de Francisco Villaespesa y, sobre todo por Rubén Darío, por aquella generación de la “Gente Nueva” que en 1885 había iniciado el camino: Sawa, Barrantes, Bark y Joaquín Dicenta. Carrere, como todos los jóvenes a la moda de entonces, rendía culto al artista maldito, llevaba el pelo largo, vestían de negro y querían epatar al burgués. Moderno y vanguardista quería un arte nuevo que rompiera con los moldes caducos del siglo que agonizaba.

Todos querían vivir esa bohemia de Murger con música de Puccini. Y llegaban a Madrid pensando en protagonizar esa historia con final feliz. Carrere convivió con todos esos aspirantes a poetas y escritores, compartió con ellos tertulias de café, medias tostadas y, sobre todo, vida nocturna. Soñaban con ver publicado un poemario, escribir en los periódicos y las revistas, vivir de la literatura. Pero la realidad se convirtió en algo mucho más cruel que el folletín de Murger y la novela –“El frac azul”- de Pérez Escrich. Muchos de aquellos aspirantes y soñadores ingenuos se quedarían por el camino, fracasaron, vivían en la miseria y acabaron recurriendo al sablazo, el montepío o el Rastro. “Más que bohemia, en la obra de Carrere podemos hablar de golfemia con personajes que son más bien hampones o piruetistas. El piruetista se las ingenia como puede para sobrevivir mendigando –sableando, operando- por las calles”.

Con su poema “La musa del arroyo” se convirtió en el más popular de los poetas modernistas. En ese momento alcanzó la fama y el triunfo y a partir de ahí tuvo la habilidad y el acierto de crear su propio personaje y su estampa: se puso un chambergo, una capa, una corbata “en forma de plastrón de tres vueltas que le daba el toque romántico” una pipa y un bigote a la borgoñona. Y así sería reconocible y pasaría a la posteridad.

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Carrere vivió la bohemia como actor, pero también como espectador. Acudía al café y por la noche deambulaba por las calles de Madrid hasta el amanecer. La bohemia con ese submundo de vida nocturna, picaresca y hamponería, chiscones, garitos, antros y tugurios de mala muerte frecuentados por matones, chulas y galloferos le sirvió los argumentos para sus narraciones. El gusto por el morbo, la atracción por esos personajes desgraciados, pintorescos y atrabiliarios, le hizo famoso entre los burgueses –que eran los únicos que leían en una España con la mitad de sus habitantes analfabetos- porque les permitía vivir lo contrario de lo que ellos eran.

Pero Carrere era un falso bohemio. Fue trabajador incansable como escritor pero también tuvo suerte. En 1901 su padre lo enchufó como funcionario en el Tribunal de Cuentas. Durante veinte años –hasta que fue expedientado y expulsado-cobró un sueldo por no ir a trabajar. Los auténticos bohemios se lo reprochaban, pero lo cierto es que Carrere escribía mucho y alcanzo la fama con la literatura, aunque con la ventaja de tener a diario el estómago lleno y el alquiler pagado. “Un hombre que tiene hambre no es un bohemio por el hecho de tener hambre. Es un hombre que no ha comido”. Cuando se quedó sin ese sueldo tuvo que escribir más, vivir solamente de lo que publicaba –artículos en prensa, libros de poemas, y novelas breves de quiosco- y esa necesidad le convirtió en “el rey del refrito” al reescribir y reutilizar una y otra vez sus narraciones. Carrere ganaba bastante dinero, al contrario de otros muchos que cobraban tarde, mal o nunca por lo que escribían él cobraba siempre, pero no se hizo rico, “no supo nunca gestionar su economía y vivía al día”. Era un bohemio atípico, invitaba a los amigos, no pedía dinero, no debía a nadie e incluso prestaba –sabiendo que no se lo devolverían- al que se lo pedía.

Reflejaba en sus novelas todos los vicios, y él tuvo tres: el juego –por el que era capaz de perder todo el dinero que tenía en una noche- el billar y el tabaco (si puede considerarse un vicio); y una debilidad: las mujeres, en ese sentido tuvo una vida sentimental de don Juan castizo repleta de amantes y prototípica de los hombres de aquella época; pero lo más curioso de él es que era abstemio; algo realmente insólito para ser un bohemio, pero que posiblemente le salvó de convertirse en uno auténtico. La noche –y el malditismo- se moja en alcohol, con él se celebraba la euforia o se buscaba la inspiración, pero también se ahogaban las penas y el fracaso. Muchos, débiles y desesperados, acabaron alcohólicos; él, no.

Fue un trepa, pero también tuvo la habilidad del superviviente. “Supo labrarse las amistades adecuadas y a través de ellas consiguió publicar en los periódicos. Para introducirse en la prensa lo importante eran los contactos y Carrere los iba consiguiendo”, pero es que en los años 30 apareció el deporte, la radio y el cine, y la literatura  -junto con el teatro- dejó de ser el único ocio cultural, así que el periodismo se convirtió en el último refugio remunerado para vivir de la escritura.

Fue compañero, socio y compinche bohemio, pero fue más reportero –“coleccionista de los animales de la bohemia”-, que protagonista; lo que le salvó de hundirse en ella y su abismo. Fue su amante, pero también se sirvió de ella, la utilizó en su beneficio y alcanzó la fama retratando su borrachera con la lucidez del sobrio. “Carrere sintió el encanto de la bohemia. Se acercó, la contempló y las estampas que se le ofrecieron pasaron a su literatura. No debemos creer, sin embargo, que él mismo fuera una víctima más de ese submundo desesperado”.

Carrere, contradictorio y coherente, mujeriego, vitalista, hedonista y prudente, ácrata individualista y conservador, egoísta y generoso, vagabundo callejero y observador que pasaba más tiempo en los cafés que en su casa, vivió fiel a entender la bohemia como la metáfora poética de una “necesidad espiritual, intangible y luminosa, buscando el ideal”, la suya era una “actitud vital, un estilo de vida”, la del escritor, bohemio y burgués, que es el sueño, el modelo ideal de muchos desde entonces hasta hoy en día.

Alejandro Riera Guignet. “Emilio Carrere. El bohemio de Madrid”. 351 páginas. Ediciones La Librería. Madrid, 2011.

Manuel Rivas. “Las voces bajas”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el miércoles 16 de enero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/01/16/memoria-personal/

Memoria personal

Resulta muy fácil identificarse con una parte de este libro. Emocionarse con ella,  caer seducido por la música de sus palabras, la lírica de su prosa. Es esa parte en la que Manuel Rivas cuenta y recuerda los años de su infancia. Su hermana y sus padres; sus abuelos y tíos; su familia. Cuando habla del “Paraíso inquieto”: “Conocí ese lugar de niño y en él crecí. Un paraíso donde los caballos de colores comían espinas. Un paraíso duro, con nombre de batalla. Era Castro de Elviña”. Allí “donde el viento daba la vuelta” y su padre construyó con sus propias manos una casa. Hogar familiar con cocina de hierro y pozo del que nunca brotó agua. Un tiempo y lugar de caminos de tierra frente al mar, lavanderas, emigrantes y costureras ambulantes,  martes de carnaval y día de difuntos; peña del cuco y castaño del souto. Todo eso que se ha quedado en el “departamento de grabaciones no autorizadas de la infancia”, que compone la “Enigmática organización de lo inolvidable”. Recuerdos y memoria que son “propiedad inmaterial” de “el libro de la vida”. Y esa identificación resulta lógica porque todos tenemos una infancia, unos padres, una familia, un lugar. Y seguramente nuestros padres hayan muerto ya y el paisaje de nuestra infancia se haya perdido, transformado en algo muy distinto. “Ahora, en aquel espacio, hay esculturas inmóviles y una obsesión de césped municipal, el verde acrílico laminando los colores silvestres”.

Y en ese recuerdo personal encontraremos a un padre poco hablador que era albañil y en su juventud tocaba el saxofón en las orquestas de baile de las verbenas; a una madre que hablaba sola y era lechera y ama de casa; unos padres diferentes e iguales a muchos de aquella generación, a los nuestros, de origen humilde y una vida de sacrificios y renuncias sin apenas recompensas; un vivir heroico sin más hazañas que las de trabajar y sobrevivir sin poderse permitir el caer enfermos, con la suerte pequeña y un silencioso pasar en voz baja y que ahora, desde la distancia y los recuerdos de Manuel, son un ejemplo de sencilla dignidad, un recuerdo personal compartido.

Y entre esa memoria encontraremos la prosa poética de Rivas: “El faro era la luz de un ser vivo. Despertaba en el crepúsculo, como un murmullo luminoso, y vivía de noche. La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. El mar infinito y las habitaciones angostas”. Encontraremos relatos maravillosos -como “Las ruinas del cielo” y “La foto de familia”- compuestos casi siempre de varias historias en los que destacan siempre ese acento íntimo, de confidencia y exquisita nostalgia, y ese estilo poético que se incluye en la narración y subraya lo que se cuenta. Algo muy difícil de conseguir y que a Rivas le sale con naturalidad.

Y hay dentro de todos esos recuerdos dos maneras de reconstruir la memoria. Una es la autobiografía del niño redactada con las palabras del escritor reconstruyendo su pasado, haciendo hermosa literatura con él: “Habíamos dormido en casas campesinas, humildes, sintiendo el roce de las piedra al lado de la almohada, el correteo de los ratones, el extraño crujir de las camas transportando suspiros desde los cuartos matrimoniales, los pasos balbucientes de una anciano y el sonido de caracola del orinal en la noche, el saúco en lucha contra el viento en la ventana, el ir y el venir de las contraseñas centinelas de los perros”. El recuerdo original del niño, seguramente más simple y tosco, que se convierte ahora en algo bruñido y brillante. El recuerdo así es como una vieja fotografía en blanco y negro restaurada, coloreada, que mejora el original. El escritor es el alquimista que convierte la alpaca en plata de ley.

Y la otra es la que se reconstruye con los testimonios ajenos; con lo que otros adultos le contaron al escritor para que hablara de cuando él era niño y no alcanza su memoria. Aportación que él mismo reconoce en los agradecimientos de la página final: “Las personas que me ayudaron a ver en otro tiempo, a rememorar”. Es el vaso medio vacío de la memoria propia que se llena con recuerdos prestados y se convierte en un líquido uniforme y bien mezclado que ocupa todo el espacio.

Toda automemoria al hacerse pública es siempre selectiva, subjetiva, parcial. La de Manuel y la nuestra. Contaremos nuestra versión, lo que queremos que se sepa y callaremos lo que no; estará formada por prosa y poesía, recuerdos indemnes y mutilados, verdad y ficción. Y así debemos leerla. Porque como Manuel dice: “Escribí sin mirar las notas, siguiendo esa verdad inconfesable del periodismo que dice: “Si te olvidas, inventa. ¡Y acertarás!” Si inventas bien, claro”.

Y esa memoria es la que se hace absolutamente personal cuando se hace ideología. Y aunque estoy seguro de que para los que sean –como Manuel- de izquierdas, esa será una parte con la que se identifiquen plenamente, a mi no deja de producirme cierta perplejidad. Supongo que es cuestión de edad y coincidencia. Cada uno es hijo de su época. Manuel nació en 1957 y yo diez años después. Diez años son muy poco, pero en este caso a mi me parecen un abismo. Para mí treinta y cuatro años de democracia han hecho vieja a la dictadura de Franco, historia en blanco y negro que no sirve para justificar políticamente el presente. Pasado personal y ajeno del que incompresiblemente presumir: Unión do pobo galego, Bandera Roja. Y mucho menos admisible me parece ese oxímoron –en su sentido literal- de la izquierda nacionalista, de patriotismo lingüístico en el que Rivas se incluye.

Manuel Rivas. “Las voces bajas”. 200 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 11 de enero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/94316/ju-vaca

 ¡Ju, vaca!

Los libros suelen atraernos por razones objetivas y subjetivas. En este caso lo objetivo es la figura de Manuel Chaves Nogales; a quien descubrí el año 2004 cuando la Asociación de Libreros de Viejo publicó su “A sangre y fuego” con motivo de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid. Desde entonces –y sobre todo desde hace unos años- se ha reivindicado su nombre y reeditado su obra literaria. Y antes de ese justo redescubrimiento la única de sus novelas que sobrevivió a su muerte y olvido y que todavía aparecía en las librerías de viejo y se reeditaba –la primera edición en “El libro de bolsillo” de Alianza es de 1970- era esta biografía de Juan Belmonte. Novela que se publicó en 1935 y que por su éxito -se llegó a traducir al inglés- le permitió a Chaves Nogales encontrar trabajo como periodista en el Evening News al llegar a Londres en 1940 huyendo de la Francia ocupada y antes del Madrid republicano.

Chaves Nogales es un claro ejemplo de aquella Tercera España que no pudo ser. Pero además de sus novelas sobre la Guerra Civil están esas otras que nos muestran al periodista que dejó testimonio de la actualidad política y social de su tiempo y que ha conseguido superar la inmediatez de la noticia y su condena a la hemeroteca mezclando a partes iguales la buena narrativa y el reportaje periodístico. El Chaves escritor supo ir más allá de la novedad y el asunto de moda. Los temas de sus novelas tratan del presente con vocación de permanencia; una crónica, una experiencia humana –propia y ajena- que resistirán el paso del tiempo y servirán en el futuro para conocer y entender el pasado.

Y al contrario de lo que se hace hoy alabando al famoso de ocasión de usar y tirar; Chaves nos presenta a Juan Belmonte, un personaje sin vanidad en el que hay un transfondo y una enseñanza, un ejemplo sin fecha de caducidad. Porque setenta y siete años después de su publicación esta biografía suya se lee con asombro y auténtica admiración. Una vida que es forja, superación y ambición; duda, sinceridad y éxito, fracaso y fortuna y al mismo tiempo una novela picaresca y costumbrista.

Y las razones subjetivas de elegir este libro están en el interés y la curiosidad por la referencia indirecta que otros han hecho del personaje y una personal manera de rebelarme. Porque Belmonte aparece citado en muchos de los libros que he leído que retratan una época por la que siento una irracional atracción: el Madrid de principios de siglo XX; pero antes de llegar a ese “Madrid pintoresco” me encontré con una Sevilla que Chaves y el torero compartieron: “Ya ha surgido el gran edificio de las pañerías inglesas y aun hay al lado un ropavejero; todavía no se ha ido el memorialista y ya está allí empujándole a morirse la cabina del teléfono público; los quincalleros con sus puestecillos ambulantes disputan la calzada a los raíles del tranvía; los carros de los entradores del mercado llevan a su paso moroso a los automóviles que vienen detrás bocineándoles inúltimente”. El magistral y literario retrato de una sociedad que se transformaba y una ciudad que cambiaba de siglo y que en sus calles crecieron los dos. Un barrio –Triana- en el que Belmonte “jugaba al toro como jugaban entonces todos los niños de mi edad, los mismos que hoy juegan invariablemente al fútbol”. Una primera juventud, una “época heroica”, en la que hizo pandilla con unos “toreros chiflados, gente de una imaginación exaltada que iba a la torería como una aventura novelesca”, un grupo de “anarquistas del toreo” con los que iba por las noches a las dehesas a torear desnudos a la luz de la luna.

Una parte que me resultó mucho más interesante que la anhelada crónica de ese Madrid de bohemia y fonda en la que vivió Belmonte rodeado de una “humanidad pintoresca y atrabiliaria” y que era “la casa más disparatada del mundo” y en el que en el Café de Fornos y su tertulia conoció e hizo amistad con “el escultor Julio Antonio, Romero de Torres, don Ramón María del Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa y Sebastián Miranda”.

Y la otra razón subjetiva en el interés por leer la biografía de un torero es la de llevar la contraria. No soy aficionado a los toros –Chaves Nogales tampoco lo era- pero me fastidia que unos con una evidente hipocresía los hayan prohibido parcialmente y que otros pidan su prohibición. Que unos y otros no nos dejen la libertad de elegir. El que quiera que vaya y el que no que se quede en su casa.

A todos los que no sufran de rabia antiespañola y a los que les guste provocar y epatar a los prohibicionistas les aconsejo leer esta biografía aunque no sean aficionados a los toros . En ella descubrirán a un personaje realmente fascinante. A un torero que fue una “rareza”, alguien que no fue a la escuela más que de los cuatro a los ocho años y que “leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos”. La historia del hijo de un miserable quincallero que pasó hambre y llegó a pedir limosna por los caminos antes de triunfar y conocer el halago y tormento de la popularidad y el bienestar económico; que fracasó muchas veces y se levantó siempre, que dudó y tuvo miedo, disfrutó toreando; viajó por casi toda Hispanoamérica y conoció la plena felicidad haciéndose ganadero y viviendo en el campo.

Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”. 409 páginas. Epílogo de Josefina Carabias. Alianza editorial. Madrid, 2012.

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