Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 11 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/11/buena-y-mala-noticia/

Buena y mala noticia

Como las buenas noticias se dan siempre primero diré que “Actos imperdonables” de Recaredo Veredas es en general un buen libro de relatos; pero –y esa sería la mala o segunda noticia- que a pesar de que leo en la solapa que éste no es su primer libro sin embargo en parte lo parece porque –para mí- ha caído en los típicos errores de un primerizo. Errores que, como he dicho, no hacen que sea un libro para tirar a la piscina sino que simplemente con menos impaciencia y un más de maduración creo que el resultado hubiera sido mucho mejor.

Comienza con “La temperatura de la luz” un muy buen relato en el que Recaredo nos presenta una original estructura narrativa paralela. Un hombre agoniza en un hospital al mismo tiempo que el mundo se encamina a su destrucción. La metástasis avanza imparable igual que la guerra, y el protagonista, condenado a muerte y sin esperanza, desea que el mundo no le sobreviva.

El segundo: “Las moscas” –mi favorito-,  es uno de esos relatos con temática o argumento que tanto me gusta: sociedad contemporánea, escenario urbano, personajes reales, perdedores vulgares, desorientados, simples sobrevivientes. Un desolador cuadro hiperrealista. Pero es en el tercero: “El apaño”, en donde aparece el primer patinazo. “Maté a mi padre hace cinco años”, así comienza, y esa es una hábil manera de atrapar al lector, pero también, al anticipar el final, una apuesta arriesgada porque el resto de lo que queda por venir –todo el cuento- tiene que estar a la altura de esa primera frase. Y la historia es original y angustiosa –no apta para hipocondríacos ni paranoicos-: un hombre decide extirparse el hígado como medicina preventiva para evitar morir de la misma causa que su madre; pero el desenlace lo convierte en melodrama de telefilme de tarde de domingo, pierde fuerza y se vuelve blando e inofensivo como el filo de un cuchillo de plástico. El siguiente: “El doble o la triste historia de Arturo Minimí” me parece simplemente el borrador o esquema de una novela y no un cuento. Y ahí es en donde por vez primera aparece uno de los errores típicos de un novato o primerizo: la precipitación por querer vender como animal de raza a un chucho mestizo. En el siguiente: “La mujer de la isla”, se recupera con un golpe ganador; un cuento que hace olvidar el sinsabor anterior con un trago amargo de realismo que tiene como escenario una residencia de ancianos; la muerte como compañera permanente y el camino que lleva a su encuentro.  En “Todos los sapos se tragan” recurre al humor para presentarnos y salvar con inteligencia un tema que siempre es complicado en una narración: la aparición de un fantasma; pero es en la parte subyacente a ese encuentro en donde para mi está el acierto y lo mejor del relato, le da todo su significado y hace que la risa se convierta en mueca dentro de una cámara frigorífica. En el siguiente: “El mamut enano”, aparece de nuevo la sospecha de encontrarnos ante el esquema de una novela, una narración en la que conviven la excelente prosa de Veredas junto a un argumento que parece la mala imitación pintada en la cabeza de un alfiler de una trama de Dan Brown. Su pretendido misterio explota igual que un petardo húmedo. Incluirlo en el libro me parece otro error propio de esa ansiedad de primerizo porque ese cuento –más bien novela frustrada- es de los que se abandonan en la carpeta de semillas y se rescata aún verde para que el libro no se quede corto de páginas. En el siguiente: “La recta intención” se recupera de nuevo con un sobresaliente relato sobre el suicidio asistido con toda la crudeza y economía narrativa que hace del cuento un género preciso. En “Sabor a ternera” vuelve a cometer el mismo error que en el del mamut. Una mitad con esa excelente prosa de Veredas para la narrativa de crónica social contemporánea con su punto de acidez, la pintura hiperrealista de personajes y escenarios en breves párrafos precisos que se estropea, malogra absolutamente con la aparición de ¡una tribu de caníbales! en un ridículo giro final que produce sonrojo. Da la sensación de que las ganas de publicar no le han hecho releer con sentido autocrítico alguno de los relatos. Y no quiero pensar en la vanidad –me parece muy joven todavía para caer en ella- ni tampoco en el engreimiento, prefiero pensar en que Recaredo no ha contado con un lector de confianza que le advirtiera de esos errores. Y hablo de un lector sincero y no de uno de esos pelotas y monaguillos que alaban (y callan) sistemáticamente porque esperan un intercambio de favores o entrar en la pandilla. “El regreso de los dinosaurios” continúa con esa mezcla de bueno y regular, de excelente prosa con desenlace de melodrama, pero a la mitad del relato caemos en un déjà vu al darnos cuenta de que la mayoría de estos relatos están repletos de hombres a los que se les comunica que les quedan escasos meses de vida, enfermos terminales necesitados de morfina, muertos por cáncer, enfermedades degenerativas, suicidas, abogados y sociedades devastadas por la guerra. Una reiteración que podría entenderse como unidad temática,  tal vez una obsesión personal, pero que acaba convirtiéndose en repetición y sobredosis; y ese es un error típico de los primerizos. Y finalmente “La maldición” es un cuento en el que aparece de nuevo el humor y la buena prosa mezclada con algún fallo –se equivoca cuando nombra a un personaje- y errores tipográficos que molestan y que un corrector hubiera salvado –¿otra vez la precipitación?- con un final desinflado. Estos dos últimos relatos se quedan como uno de esos globos que compramos en Navidad en la Plaza Mayor: al día siguiente mantiene la forma y cierto brillo, pero en lugar de subir con fuerza hasta el techo se queda a media altura enganchado en la lámpara.

Al final la buena noticia sigue siendo la misma: éste es un buen libro de relatos y Veredas tiene un talento indiscutible, y esos errores son algo muy fácil de solucionar para que el siguiente resulte aún mejor.

Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”. 165 páginas. Bartleby Editores. Madrid, 2013.

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Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 1 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/01/ameno-reportaje-literatura-mellada/

Ameno reportaje, literatura mellada.

Hay alguna gente que cree que esto de escribir es como en las películas: se sienta uno frente al ordenador y tecleando sin parar redacta un cuento o una novela de trescientas páginas. Yo siempre había negado esa imagen y defendido que escribir era un tortuoso camino lleno de baches y dudas y que hacerlo de corrido era algo imposible. Hasta ahora. Porque después de leer este libro tengo la sensación de que Luisgé Martín es capaz de escribir así, sin parar ni un momento ni tomar un respiro para prepararse un café, liarse un pitillo o apretarse dos (o tres) dedos de güisqui buscando la inspiración. Y esa capacidad y soltura escribiendo me resulta asombrosa, envidiable; pero también creo que esa percepción que –aparentemente- transmite lo acerca más al periodista que al escritor.

Y es que con ese prodigioso talento estos relatos son –o a mí me parecen- reportajes periodísticos narrados en primera o tercera persona y su contenido está más próximo a ese formato que a la literatura y su temperamento. La sensación, el regusto que queda al acabar, es que la manera de narrar de Luisgé es sencilla y directa, sin adornos ni complicaciones; que está más interesado en el fondo que en la forma. Un estilo que algunos admirarán y agradecerán y otros encontrarán pobre, espontáneo y asequible. A mí si me dan a elegir entre el reportero y el pedante me quedo sin duda con el reportero, pero creo que precisamente lo excelente está en no ser ni uno ni otro.

Pero me temo que estoy generalizando y eso es algo que no me gusta hacer. Porque en este libro hay diez relatos y no todos son iguales -aunque sí que me reafirmo en que creo que todos están escritos con ese mismo estilo- ni que merecen para mí la misma calificación. Que en este libro hay relatos buenos, otros regulares y algunos realmente malos.

Malo y sin atenuantes –si acaso su ambientación- es “El libertino invisible”, un relato que no es más que el sueño patético y calenturiento –y nada original- de un adolescente salido escrito por un adulto y con un final que produce risa y/o vergüenza: “Y antes de que terminara de agonizar, con el cráneo abierto y los sesos fuera, su mano serpenteó sin fuerza por el vientre, sujetó esforzadamente la verga tiesa y la meneó con brío hasta que eyaculó a boqueadas”. Algunos tal vez lo vean como una parodia humorística, pero creo que una cosa es el humor inteligente y otra muy distinta un hombre de cincuenta años contando un chiste verde como si fuera un quinceañero.

Malo es “Del ingenio de los caudillos y de su guardarropía” que Luisgé escribió por encargo para el volumen colectivo titulado: “Rojo, amarillo y morado. Cuentos republicanos”, publicado por Martínez Roca para conmemorar el 75 aniversario de la II República. Y aunque el elogio republicano y antimonárquico sea previsible es de agradecer la originalidad de la idea (una versión personal del cuento de Andersen: “El traje nuevo del emperador”) pero su mensaje y su personaje del príncipe  –y sobre todo su happy end- son tan demagógicos y simplistas que resulta ridículo.

Regular es “Los años felices” porque si bien tiene la virtud de ese estilo que le es propio: el de crónica o reportaje periodístico que refleja una época y su hipocresía escrito con soltura y que se lee del tirón, en el fondo me resulta un relato ideológico que reincide en todos los tópicos y caricaturas que estamos cansados de oír. Un recurrir al franquismo pasado que hoy todavía en determinados sectores sigue funcionando como un abracadabra, pero que afortunadamente una nueva generación y el deseo de un nuevo y necesario discurso político está dejando en evidencia y superando progresivamente.

Bueno, con esa misma virtud de crónica literaria aumentada, es “Que calle para siempre”, y aunque quizás se pase de frenada en lo melodramático y en un narrador ad hoc un tanto forzado –aunque la vida me ha enseñado que la realidad supera muchas veces la ficción- creo que esta vez su parte de mensaje reivindicativo –la homosexualidad reprimida, moral o legalmente- es obligatorio para ganar en libertad.

Regular es “Limardo de Toscana” porque aunque tiene un contenido metaliterario que invariablemente –al menos a mí- resulta atractivo acaba por saturar –siempre que anda Borges por en medio aparece la pedantería- y aunque la idea es (de nuevo) original: una versión moderna -años 70 del siglo XX- de un nuevo Quijote que deshace entuertos y se convierte en vengador justiciero, termina dejando un efecto inane de dulce cóctel sin alcohol.

Malo es “El regreso a Roma”, porque si bien trata de un tema trascendente: el miedo a morir, el final resulta tan de cuento primerizo que el viaje y la escenografía se derrumban como un decorado de cartón piedra. Y lo curioso de este relato es el efecto que –quizás sin pretenderlo- produce en el siguiente: “Las playas de hielo”, un relato terrible sobre la tortura –aunque dudo de que no haya caído en cierta (innecesaria) exageración al decir que un hombre pueda vivir después de estar en una sauna “más de tres horas a noventa grados, y el último día del primer mes llegaron a soportar cien grados durante diez horas consecutivas”-. Y es que este en el que refleja la crueldad inhumana y el asesinato brutal resulta mucho mas horripilante al contraponerlo con el anterior en el que un noble francés busca con desesperación ser inmortal, así escapar de la muerte se convierte en el capricho de un niño rico y la cara que vemos el triste destino de un desdichado.

Bueno resulta “El otro”, una versión del clásico tema del doble pero con el valor de ser intimista, de adolescentes que envejecemos, literario, realista y sin recurrir a fuegos de artificio para llamar la atención. Buenos especialmente  resultan y “Todos los crímenes se cometen por amor” y “Los dientes del azar”, el primero y el último del libro. Uno porque aunque el personaje principal es un panoli veleta que produce cierta lástima lo excelente está en uno de sus personajes secundarios –un sicario que se parece a Cary Grant y gasta sus mismos modales- y en el sorprendente final que en un párrafo le da todo su sentido. Y el otro porque aunque las causas o motivos para el atentado y sus circunstancias no termino de verlas claras es un ensayo-narración sobre los actos aparentemente intrascendentes que marcan nuestro destino, sobre la amistad y como el fanatismo la pudre hasta hacerla irrecuperable.

Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”. 154 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 29 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/29/sombras-chinescas/

Sombras chinescas

No me gustan nada los facsímiles. Esas reproducciones modernas de libros antiguos como fotocopias en color. No le veo el sentido. Me parecen una falsedad de nuevo rico hortera aficionado a las antigüedades. No me gustan tampoco los libros en pergamino escritos en latín ni los de imprenta escritos en castellano antiguo. No siento ninguna excitación al verlos ni frustración por no tenerlos. Mi afición por los libros de viejo no llega más allá del siglo XX (como mucho la segunda mitad del XIX), pero tampoco tengo dinero para convertirme en un bibliófilo.

Y ese es un punto de partida complicado para sentir interés por un libro como este. Sin embargo hay varios factores que hacen que merezca la pena. El primero es el autor: Ángel Olgoso. Y eso, para los habituales lectores de relatos, es más que suficiente. Es decir, que no vamos a leer la fiel reproducción del “Códigum rarum” escrito por un tal Cayo Mínimus o un libro de caballería escrito por el primo segundo de Tirant lo Blanc sino una colección de relatos escrita por uno de los mejores cuentistas españoles contemporáneos. Y sí, es verdad que ese prestigio es la razón por la que un editor se decide a publicar un libro así: un divertimiento, una excentricidad, algo que sólo está al alcance de un autor reconocido y que sería imposible para Juan Nadie. Pero para los fans de Olgoso (y somos muchos) un nuevo libro suyo es siempre una celebración. Y no, no es su mejor libro de relatos, pero curiosamente en su rareza está su valor. En su singularidad y en su edición, en su cualidad de libro objeto y como antiguo. No, no me estoy ahora cambiando de chaqueta, he dicho como antiguo, y esa manera es coherente y lógica porque este “Almanaque de asombros” es la reproducción de un libro del siglo XVI y como tal no podía editarse de otra manera. El mérito está en seguir el juego, en la pantomima hecha con buen gusto y sin pretender engañar a nadie; porque este libro no es un facsímil sino una reproducción singular de múltiple valor. Uno ya lo he dicho: su autor; dos el ser un libro ilustrado en tiempos de archivos de Word en cuerpos anoréxicos, electrónicos y sin alma (ese nadar contracorriente de Vagamundos que aplaudimos por hacer del libro en papel algo artístico); y tres las maravillosas ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.

Y por lo que respecta a su contenido literario y según nos dice Olgoso en su “Prólogo” e “Introito” estos cuentos son “un puñado de frágiles hojas volanderas” que encontró en el fondo de un viejo arcón de la buhardilla de una casa de su familia y que habían sido manuscritas en el siglo XVI por un antepasado suyo: Bautista Fulgoso. Y aunque la historia de su origen es bonita y novelesca yo creo que es una invención de Olgoso. Y tal vez me esté pasando de listo, pero es que creo que precisamente el que esa historia sea una impostura le da más valor al libro. Eso no significa que estos cuentos sean una falsificación para camelar erotómanos que padecen bibliofilia sino que todo forma parte del juego de ficción y realidad, de la sombra chinesca de la literatura. Que su valor reside en la capacidad de Olgoso para imitar ese lenguaje arcaico y deleitarnos con los prodigios por él inventados siguiendo la huella de aquellos viejos libros en los que “se compilaron casos peregrinos o notables, noticias acerca de animales fabulosos, de las propiedades ocultas de las plantas, de particulares erudiciones, inventarios de rarezas, gabinetes de maravillas”; “Libros rebosantes de eruditas extravagancias e imaginativas patrañas”. A un autor de literatura fantástica como Olgoso le fascina todo ese mundo, y así nos ofrece en este “Almanaque de asombros” su propio y breve catálogo de criaturas fabulosas e historias sorprendentes salidas de su imaginación, “fugaces vistas de esta isla de Jauja, de este Pays de Cocagne aventador de fantásticas curiosidades y misterios insolubles”. En este papel manchado de falso óxido con títulos de letra gótica hay un “pez mujer”, sirena invertida con la mitad inferior del tronco y sus extremidades humanas y el resto de “carpa bien alimentada”, con lo que lo realmente perturbador y lujurioso es hacer posible ese sueño –que con una sirena convencional (supongo) no sería posible- de la cópula (zoofílica al cincuenta por ciento) bajo el mar. Hay un poseído, un hombre gestante de la semilla del diablo al que se le practica una cesárea en canal como exorcismo. Un médico –mi cuento favorito- que sana heridos curando y cosiendo sus sombras. Montañeses que, de no estar emplomados, volarían como globos rellenos de helio con forma humana. El testimonio fehaciente de quien dice saber dónde se halla la cueva que es la entrada al infierno y  a la que acuden los muertos en procesión. La ironía jocosa en la leyenda de un (hermoso, perfecto y bien dotado) ángel con sexo que sedujo a una mujer en la tierra y engendró un linaje (descendientes a su imagen y semejanza) con su mismo nombre propio. Un buhonero nigromante, sanador ambulante que recorre los caminos con su carromato y que enseña que la verdadera riqueza no está en el dinero. Hay “calaveras airadas” que nos advierten que dejemos en paz a los muertos. El secreto de una mixtura verdadera: “comer doce lombrices de tierra recién cogidas a la sazón” que da vigor sexual “para repetir sin mengua dos docenas de fornicios hasta el alba” y fue precedente del ginseng rojo coreano y la viagra. Y hay un –me temo- simple y poco original afán provocador y espantador de meapilas en contarnos de quien son los huesos que están en el sepulcro de un santo.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”. 62 páginas. Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros. Ediciones Traspiés. Vagamundos Libros ilustrados. Granada, 2013.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el lunes 21 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/21/mentira-verdad-y-viceversa/

Mentira, verdad y viceversa.

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Según vamos leyendo las vamos adquiriendo, completando como una interminable colección por fascículos. Uno se va haciendo viejo con la compañía de sus predilecciones y sin embargo –igual que para curar el nacionalismo paleto se aconseja viajar- recomiendo leer de todo; no cerrar ninguna puerta; no acomodarse para evitar convertirse en un lector monotemático que escucha siempre el mismo disco. Por poner un ejemplo machista –lo siento pero Benny Hill es el responsable de mi educación sentimental- el que uno sienta debilidad por las rubias no debe impedirle reconocer la belleza de una morena.

Todo este rollo viene a cuento de que Ignacio Ferrando tiene un estilo que no es mi preferido. Me da la sensación de que a él le va la música clásica y lo mío es el pop. Pero como no me gusta lo categórico ni los impermeables trataré de explicarme mejor. Ferrando no es un escritor fácil o de simple entretenimiento. No es de esos escritores para leer en el metro o en una bulliciosa cafetería mientras esperamos a la novia que siempre llega tarde. Ferrando requiere concentración, soledad y silencio pero eso no significa que sea aburrido o enrevesado. Ferrando es un escritor culto, pero no debemos asustarnos, lo suyo no es pedantería sino naturalidad sin avasallar. Es de ese tipo de cuentista ilustrado al estilo de Francisco López Serrano que tanto nos gustó en “Los hábitos del azar”. Ferrando no es escritor de arrebatos líricos, de frases que desgarran como dientes, él es un escritor matemático, exacto y perfecto como una máquina de coser alemana. Un forense suizo en una caseta de la feria de abril. Ferrando –y así lo imagino- es de un carácter opuesto al mío, y eso no me ha impedido disfrutar –y mucho- con sus relatos. El carácter que se refleja en su forma de escribir lo veo más propio de un habitante de un país del norte, de esos en los que el largo y frío invierno obliga a refugiarse en casa por las tardes, y el mío por el contrario es de los que se deprime cuando se nubla y la temperatura baja de los quince grados. Pero es curioso porque mi fascinación por Ferrando proviene precisamente de esos dos caracteres opuestos, de que él es capaz de escribir de una forma de la que yo me considero incapaz. En que él es mucho mejor que yo. En admirar esa forma suya de contar: calmada, reflexiva, lenta y precisa. Alguien con la sangre fría necesaria para planificar y cometer sin un error el crimen –y estoy hablando metafóricamente- perfecto. Todo lo contrario a mí, aficionado al melodrama y que me dejaría llevar por el furor típico del crimen pasional. Por decirlo de otra manera Ferrando es de los que beben despacio, saboreando, descubriendo los matices, y lo mío es una tendencia a la disipación o una inevitable predisposición a buscar en el alcohol la euforia y la analgesia. Ferrando es un bebedor elegante y yo un borracho. Ferrando es la cirugía y yo soy un sacamuelas; lo suyo es la cámara lenta y lo mío la puñalada trapera. Ese contrapunto lo convierte en inalcanzable y en esa lejanía encuentro mi admiración.

Y tal vez esa forma suya de narrar esté en su carácter, pero también –creo- en su formación y profesión de ingeniero. Ferrando, es capaz -en una fusión inaudita para los que somos de la generación de BUP- de romper estereotipos uniendo ciencias y letras cuando lo normal es que los que estudiaban física y matemáticas no tuvieran ningún interés por la literatura. Pero además creo –y lo veo como un mérito y no como deformación profesional- que aplica a la narrativa la metodología típica de su titulación: edifica sus relatos como una construcción basada en el rigor, el equilibrio, el orden y la precisión; y a eso le suma la imaginación. Un método o estilo que, al contrario de lo que pueda parecer lo más lógico, no resulta gélido o maquinal sino exacto y minucioso, un lenguaje preciosista sin afectación y con su dosis justa de lirismo.

Tal vez por ese orden meticuloso al narrar me sorprenden esos finales confusos de dos relatos: “Pelícanos” y “Las profundidades”. Tal vez Ferrando como rebelión, como una forma de negarse a si mismo, para desfigurar esa imagen de chico aplicado y minucioso que nos transmite ha querido dejarse arrastrar por el caos. Finales enmarañados que –para mí- estropean esos dos relatos y producen cierta frustración al hacer desembocar en ese desconcierto un camino que hasta entonces había resultado deslumbrante en su originalidad, planteamiento y desarrollo. Dos trajes de alta costura rematados por un sastre delirante.

De los nueve relatos restantes hay siete excelentes cuentos. Y alguno de esos siete –como “Mathilde y el hombre del tiempo”– que incluyo en mi antología personal y en marcha de los mejores relatos que he leído.

Todos –sin excepción- transcurren cada vez en una época y un escenario diferente: el valor de la literatura como viaje, el cambio de decorados y atmósferas opresivas y fatalistas, capítulos minúsculos de la larga Historia. En todos está ese lenguaje exacto, preciso, matemático y de pasión con hielo picado. Pero esos siete son excelentes porque partiendo de un lugar ficticio lo convierte en real para desde allí transformarlo en pesadilla; el amor que acaba convertido en trampa; el deseo de ser reconocido y su frustración en el peligro de convertirse en delación; la consecución de un objetivo que deviene en inutilidad sin salvación; la idea insólita para salvar a un matrimonio de su tedio que acaba por convertirlos en extraños; el verdadero Philip Marlowe y el tramposo y débil Raymond Chandler. La mentira convertida en verdad y viceversa.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”. 235 páginas. Menoscuarto. Palencia 2012. 

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 17 de octubre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/17/doblando-las-esquinas-de-la-realidad/

y en “La Tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/10/el-libro-de-los-pequenos-milagros-juan.html

Doblando las esquinas de la realidad

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere –y los hinchas del relato se lo agradecemos- no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.

“El libro de los pequeños milagros” se presenta como un “Bestiario” –con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán– y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente, y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.

Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer:“El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios”. Todo eso hay y de eso tratan –y algo más- estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento –aunque sea creando un zoológico de monstruos- hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.

Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.

Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo –los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta- tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero –ya que se trata en parte de un “Bestiario”- a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal -jugando con la inocencia de Bambi- que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro –invencible animal de guerra- que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.

Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros –de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele- y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados.

Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos –spoilers– que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.

Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel –y la idea me la dio él en el último- es por su capacidad para darle la vuelta –como una moneda que se gira en un pase mágico- a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es -por utilizar otra imagen- por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada -como en el genial “Convenciones”-; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” –uno de mis favoritos- o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina  y todo sea lo contrario de lo que parecía.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”. 134 páginas. Viñetas interiores de Ernst Haeckel. Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 5 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/05/inesperado/

Inesperado

Cuando somos seguidores de un grupo o músico y nos enteramos de que ha sacado un nuevo cd acudimos de inmediato a la tienda a comprarlo. Expectantes deseamos que repita el éxito del anterior. Es decir –y es un ejemplo, no una analogía- que si su estilo es funk o discotequero esperamos que sigua en esa línea y no se haya pasado al country o al heavy-metal. Pues con algunos escritores nos sucede algo similar. Esperamos que repitan el estilo que nos gustó tanto y que hizo que nos convirtiéramos en fan suyos sin histeria ni póster en la pared.

Juan Carlos Márquez es uno de mis favoritos, y esperaba que estos relatos de “Llenad la Tierra” fueran lo mismo de “Tangram” (que cronológicamente es posterior, de 2011) y “Norteamérica profunda” (que es anterior, de 2008, pero yo conozco en edición de 2012) dos de esos libros totalmente recomendables y que salvaría de un incendio.

Esperaba que fueran más de lo mismo y resulta que no, que poco o casi nada tienen que ver. Entiendo que un “artista” tiene derecho a cambiar, a no ir vestido siempre igual, a variar de estilo, a teñirse de rubio platino el bigote si le da la gana. Entiendo que quiera probar nuevas fórmulas narrativas y que incluso algunos digan que ese cambio es obligación de todo escritor que quiera “crecer”. Puede que tengan razón pero no quiero ponerme en plan estupendo con eso de la necesidad de asumir otro retos y no repetirse y bla, bla, bla. Me imagino que a Márquez (y haría bien) le importa un carajo todo eso. Él ha escrito los relatos que le ha apetecido y punto.

Y no, no es que el resultado sea del todo malo, un completo fracaso; pero sí –al menos para mí- irregular. Algo que no esperaba. Quizás sea que esas otras veces nos lo puso demasiado fácil, quizás sea porque sabe que somos vagos y acomodaticios y esta vez ha querido ponérnoslo difícil, no darnos todo hecho, que nos esforcemos un poco, mostrarnos las mil y una formas del cuento; pero por más que lo hago (lo de esforzarme) hay ocasiones en las que  no encuentro otra cosa que un chistoso juego de palabras; un diálogo con un final absurdo; un filósofo pedante en la cola de un supermercado o los ejercicios de escuela de un profesor con mucha habilidad y talento y poco tiempo.

Ese Márquez que ya conocía y esperaba (re)encontrar, ese escritor superlativo del que soy fan me lo he encontrado en los cuentos “El corazón de mi padre”, “Restos”, “Belgrado 1976”, “Llegado el momento” “La vida discontinua”, “Subterfugios”, “Papá, mírame” y “Hacer lo necesario”. Relatos en los que está el surrealismo sentimental como método lógico y útil; la ecuación –que sólo él hace posible- entre carcajada y pena, asco y piedad; el realismo sucio, escenario cinematográfico y sin estridencias; la provocación hipnótica; la trastienda oculta de lo cotidiano; la angustia y el tacto viscoso de las pesadillas. En esos me encuentro con un escritor personal, pleno y absoluto que en los demás unas veces ha preferido jugar con el claroscuro, el mensaje entre líneas o la mirada oblicua, proponer un punto de vista diferente, hacer probaturas o ejercicios que lo alejan de su estilo más característico y reconocible y en otras aparece fragmentado, incompleto y parcial en las que ofrece imágenes brillantes y destellos de originalidad pero que no terminan de cuajar.

No, esta vez el resultado no es el de otras veces: asombroso, completo, total; esta vez lo excelente se alterna con lo defectible, pero no por eso es un escritor al que debamos, ni mucho menos, renunciar.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”. 163 páginas. Menoscuarto. Palencia, 2010.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 7 de octubre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/07/la-sonrisa-triste/

La sonrisa triste

Veo lógico y normal que un escritor recurra a sus experiencias y recuerdos para encontrar los argumentos con los que nutrir su narrativa. Al fin y al cabo cada uno somos lo que hemos vivido y cuanto más lo hayamos hecho menos tendremos que recurrir al alcohol, las drogas o a la bipolaridad para encontrar un argumento original con el que llenar folios en blanco. Con esto me refiero a que los temas de los cuentos de Conget son siempre los mismos: el cine, los tebeos, la literatura, el paso del tempo, el amor, la enseñanza y las ciudades en las que ha vivido. Conget ha pasado un tercio de su vida en Zaragoza y el resto –desde Cádiz hasta llegar a Sevilla- en el extranjero: Escocia, Perú, Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Por eso los escenarios de sus cuentos transcurren siempre desde la infancia en Aragón al “exotismo” de streets, squares y chansonner et poésie. Y si además a ese peregrinaje le sumamos cierta edad nos encontraremos con que su mirada suele ser retrospectiva y evocadora; el lógico mirar atrás del que ya ha cumplido los sesenta y contempla la desaparición de su mundo.

Porque lo mejor de Conget es que repitiendo los mismos temas de siempre no llega a aburrir o cansar. Tan sólo a mí me resultan cargantes sus referencias generacionales, aunque no le culpo por eso, cada uno es, inevitablemente, hijo de su época. Cuando el dictador murió yo tenía siete años y cuando desperté al mundo lo único que me interesaba entonces eran las chicas y la cerveza. Entiendo que sus lectores más fieles sean sus compañeros de generación, esos a los que les gusta presumir –sea verdad o no- de haber corrido delante de los grises. En mi época la policía iba de marrón y en la Universidad las únicas reuniones o asambleas que me interesaban eran las fiestas –chicas y cerveza- del Campus. Por decirlo de otra manera, Conget es de Georges Brassens y yo de Nacha Pop. A mí esas historias de luchadores antifranquistas de los setenta me suenan viejas como las pesetas. Aunque con alivio he encontrado en Conget cierto desencanto:“la revolucionaria incombustible que hoy es sociata de toda la vida y ocupa un cargo importante en no sé que institución oficial” que los escépticos -y alérgicos a partidos políticos y sindicatos- como yo agradecemos sinceramente.

Pero no quiero que esto parezca una crítica negativa. Los cuentos de Conget me parecen todos excelentes a excepción de dos: “La venganza del Capitán Trueno” que es ¡otra manida historia de un colegio de curas! y “Conspiración” que no siendo malo me parece que no está al nivel de los demás. No, no quiero que mis diferencias generacionales con Conget hagan entender que su libro me parece una colección de tópicos ideológicos de carrozas; “La mujer que vigila los Vermeer” es sin duda un libro que puedo recomendarle a cualquiera de mi generación que le guste el cine, los tebeos y la literatura. Sí, es verdad que es la memoria de un tiempo que agoniza, que los niños de hoy en día ya no leen tebeos y que los cómics son un entretenimiento para adultos frikis, que el cine parece destinado a verse en el salón de casa por Smart Tv y que el futuro de la literatura es digital, frío y sin cuerpo; un mero archivo de Word. Que siendo veinte años más joven que Conget yo soy de los que guarda en una caja sus viejos “Tío Vivo” y siente la lenta agonía del cine y la literatura como el desguace de una reconversión industrial.

Sí, hay en sus cuentos un exotismo cosmopolita; el extranjero pone los escenarios, pero lo suyo no es esa pedantería y soberbia de profesor honoris causa en Oxford o La Sorbonne; los personajes de Conget son catedráticos o escritores que se creen apóstoles de las letras y no son más que tipos patéticos o mediocres. Sí, en los cuentos de Conget la experiencia propia es la base, pero a excepción de “Mi vida en los cines”: “toda mi biografía podría girar en torno a los cines”, este no es un libro de memorias. Sí, es su experiencia de un mundo que él conoce bien: la literatura -su trastienda y sus personajes- y esa es la argamasa en tres de sus relatos: una investigadora y su vida estéril; un profesor envenenado de literatura incapaz de pasar de la teoría a la práctica y un novelista que en su momento era moderno y escribía “rayuelescas y masturbatorias patafísicas” y que el paso del tiempo ha dejado en un vulgar gris. En los tres la literatura es el argumento pero “Suaves laderas” es un juego narrativo muy cinematográfico en el que nos muestra a dos personajes y sus historias contrapuestas –y a la vez relacionadas en sus deseos y frustraciones-, la eterna contradicción humana de envidiar y creer perfecta la vida del otro. En “No calls, no letters, no messages” es la sonrisa triste que nos provoca un patético catedrático “enfermo de petrarquismo” que se marcha a Nueva York a impartir un master en el que lo original está en quién y de qué manera cuenta la historia y en cómo acaba. Y el relato homónimo que da título al libro es una historia de amor y celos en la que lo destacable está en el tono y estilo de confidencia alcohólica –otro gin-tonic, por favor- que desata la lengua y mezcla lirismo con tragicomedia. De estos tres cuentos, a parte de una feroz crítica contra la pedantería y la vanidad tan habituales en este parque temático llamado literatura, la (posible) moraleja que podemos extraer de ellos es lo tristes y dignos de lástima que pueden llegar a resultar algunos de sus actores que venden su alma para acabar no siendo más que secundarios, locos entreverados o tramoyistas. La literatura puede ser algo muy importante en la vida, pero Conget nos enseña que vivir es algo más que sólo literatura.

Y aunque estos tres bastarían para justificar la lectura del libro, Conget nos regala otros registros en cuatro excelentes relatos breves. En “Hoy es lunes” la prosa poética para hablar de la jubilación y sus consecuencias: “A partir de cierto momento toda vida es vida póstuma, una excrecencia innecesaria de tiempo”. En “La carta” las dos versiones de lo que significan el olvido y el perdón. En “¿Lo mío tiene remedio, doctor?” un monólogo sincero y sin freno en el diván de un psiquiatra sobre la mentira y lo que oculta. Y en “Dos habitaciones” una reflexión doble a cerca de la muerte y los espacios vacíos que deja y le sobreviven.

Sí, quizás “hay menos humor que en libros anteriores”, aunque eso no importe. Lo que me gusta de Conget es su sonrisa triste, agridulce; su mirada melancólica, su forma de entender la vida; su fidelidad a los temas de siempre, heridos de muerte y de los que nunca me canso.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”. 147 páginas. Editorial Pre-textos. Valencia, 2013.

Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el miércoles 25 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/25/doble-filo/

Doble filo

Si las promesas se hacen para no cumplirse con las expectativas suele pasar lo mismo. Puedo comprender que una editorial las utilice como reclamo y que en la contraportada la primera frase que leamos sea ésta: “Recuperación del mejor libro de relatos español”; al fin y al cabo se trata de vender su producto y ningún padre dirá de su hijo que es feo. Pero es leyendo la introducción de Fernando Iwasaki como averiguamos de dónde ha salido esa afirmación: para el escritor peruano “Tragedias de la vida vulgar” es el mejor libro español de relatos”. Puedo entender que esa es la opinión personal de Iwasaki, que para él sea así; pero semejante aserción tan categórica, tan absoluta es muy arriesgada porque genera en el lector una expectación que si no se cumple acaba en un sentimiento de engaño y fraude. Y que me perdone Iwasaki porque para mí, después de leerlo, no me parece ni mucho menos el mejor libro español de relatos. Si alguien me hiciera esa pregunta no podría darle como respuesta un único libro o autor.

Y resulta innecesario porque no creo que Ediciones 98 necesite recurrir a un titular para llamar la atención. Para reconocer y admirar su labor editorial basta con leer algunas de las obras y autores que ha publicado: Pío y Ricardo Baroja, Ciro Bayo y César González Ruano. Basta con admirar la calidad con la que publica sus libros acompañados de las ilustraciones originales que le dan un valor añadido a la edición.

Y está fuera de lugar esa rotundidad de Iwasaki porque estoy de acuerdo con él en la necesidad de recuperar a Wenceslao Fernández Flórez, pero no de esa manera. Estoy de acuerdo en que su novela “El bosque animado” es la primera del realismo mágico en lengua española, género que luego continuó otro escritor gallego: Cunqueiro; y que “El malvado Carabel” es realmente una novela desternillante. Que, tal y como lo reconoce Federico Carlos Saínz de Robles, “Fernández Flórez es un auténtico y gran novelista”; y si hoy en día no se habla de él creo que es culpa de ese sectarismo con el que se trata a los autores que -como bien dijo Andrés Trapiello- “ganaron la guerra y perdieron los manuales de la literatura”.

Con eso bastaría para sentir curiosidad y acercarnos a este autor; pero además en esta edición de sus relatos hay algo importante y que descubriremos en el “pórtico” escrito por él mismo. A Fernández Flórez siempre se le ha etiquetado como “humorista”, título en el que injustamente –y de forma permanente- se le encasilló. Pues en estos relatos Fernández Flórez pretende rebelarse contra esa etiqueta y lo hace escribiendo unos cuentos en los que ni una sola vez hace sonreír al lector, “son episodios de vidas humildes, tristezas cotidianas, pesadumbres vulgares: lo que constituye la tragedia de la existencia habitual”. Y así –igual que Alfredo Landa nos lo demostró en “El crack” y confirmó después con “Los santos inocentes” y, precisamente, “El bosque animado”- lo interesante de estos relatos es la posibilidad de descubrir a un “humorista” –que no un simple chistoso- en un registro completamente distinto por el que alcanzó la fama.

Y con esa peculiaridad y olvidándonos de esa calificación superlativa que le perjudica más que beneficia podremos comenzar a leer y nos encontraremos con un buen libro de relatos y con algunos –como “La onza de chocolate” y El encuentro”– para mí excelentes. Aunque lo primero que debemos tener en cuenta es que estos relatos se publicaron en 1922 y que por lo tanto no son cuentos contemporáneos. Que desde mediados del siglo XX hasta los años que llevamos de este XXI el relato ha cambiado mucho y estos de Fernández Flórez poco tienen que ver con lo que estamos acostumbrados a leer ahora. El estilo narrativo es distinto y en general tienen un tono de un romanticismo exagerado que por momentos resulta cursi, afectado o teatral y que los acerca más al romanticismo del XIX de Bécquer que a los modernos años 20. Y seguramente que para los que prefieren las narraciones que tienen como escenario la actualidad sin mirar muy atrás estos cuentos resultan una colección de apolillados cuadros costumbristas.

Pero dejando de lado dos cuentos: “El claro del bosque” y “La fría mano del misterio” los dos subtitulados “(Historia de pesadilla)” que me parecen fallidas intentonas de imitar a Poe, nos encontraremos con unos cuentos que sí son en ocasiones románticos y costumbristas pero no por eso son despreciables o malos. Sus finales sin cerrar y su concisión le alejan del clasicismo decimonónico y debemos tener en cuenta que esa forma de vivir el amor, con esa dramática teatralidad, era típica de aquella época, y aunque en ocasiones Fernández Flórez pueda resultar empalagoso como una novela radiofónica en otras como en “Su primer amor” creo que lo que hace es una parodia de ese romanticismo y sus lugares comunes. Y sí, resulta costumbrista, pero porque sus cuentos tienen como protagonistas a la sociedad de su época y en ellos encontramos un reflejo de cómo se vivía entonces: la terrible situación de desamparo de la mujer subordinada y dependiente económicamente del hombre, y en el caso de faltarle tener como única posibilidad la de trabajar como criada o costurera. Recurrir al empeño en el Monte de Piedad no era una anécdota de escritores bohemios sino el recurso de las viudas o las madres solteras para alimentarse; igual que vivir en una buhardilla no tenía nada de literario y sí de residencia estándar de la miseria. Sí, puede ser un cuadro costumbrista ya visto cuando incide en la diferencia entre riqueza y pobreza, pero no cae en lo manido porque Fernández Flórez nos habla de personas y no de lucha de clases. Unas veces es el miedo o el egoísmo, otras la influencia de los demás y los complejos de inferioridad, otras lo ruin y la crueldad; unas veces es el adulto y otras una niña de nueve años; y todas son los seres humanos y sus comportamientos.

Y creo que si por algo destacan sus relatos es porque entonces, igual que ahora, los seres humanos nos dejamos llevar por la imaginación; y esa imaginación es una peligrosa arma de doble filo. Soñamos despiertos y nos adelantamos, nos anticipamos y construimos la escena perfecta a la medida de nuestra ilusión, un final feliz que nos salve de la soledad y la amargura y otras veces la imaginación nos ciega y no nos deja ver la realidad. Y llegado el momento de la verdad las cosas no suceden como las habíamos imaginado; alguien se encargará de destruir nuestras ilusiones. Es triste, es vulgar y es real, pero no por eso podemos evitar soñar.

Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”. 226 páginas. Ediciones 98. Madrid, 2010.

VVAA. “Cincuenta cuentos breves”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 16 de septiembre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/09/16/cuentos-didacticos/

Cuentos didácticos

El que este libro sea una antología o selección de cincuenta cuentos breves preparada por dos profesores de Lengua y Literatura: Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada destinada a alumnos de Enseñanza Secundaria y Bachillerato puede hacer que algunos desistan de su lectura y se vayan de caza y pesca a otro sitio. Y si deciden eso les diré que se equivocan, aunque antes de explicarles porqué lo hacen primero pienso en el enorme mérito que tienen esos dos profesores al querer hacer llegar la literatura -a través del cuento- a los adolescentes en estos tiempos de tecnología, realidad virtual y progresivo empobrecimiento del lenguaje y la expresión. Nadie podrá negarme que ya sólo por eso se merecen un sincero aplauso.

Y por lo otro, sí, es verdad que este es un “libro de texto” pensado y hecho para estudiantes y que por lo tanto son ellos sus destinatarios; que este es un libro “de enseñanza” en el que se adjunta al final un comentario a cada uno de esos cincuenta cuentos, que esos comentarios pueden considerarse una guía de lectura útil para los novatos con la que podrán interpretar y comprender mejor lo que han leído; y que eso es algo que los lectores habituales no necesitan y que incluso puede resultarles ofensivo.

Pero para los que como yo quieran seguir aprendiendo porque piensan que no lo saben todo, o que en lugar de apuntarse a cursos o academias sean de los que prefieren ir por libre –me suena cursi lo de autodidacta- encontrarán precisamente en muchos de esos comentarios lo mejor de este libro. Aprenderán algo de teoría de la literatura y confirmarán algunas certezas intuidas a cerca de cómo deber ser y qué debe tener un buen cuento, consejos y aspectos técnicos que debemos saber los que alguna vez además de abrir la bocaza para opinar de lo que escriben los demás nos hemos atrevido, temerarios e insensatos, a juntar letras.

Esta es una antología de cincuenta cuentos breves de autores europeos y americanos pertenecientes a los siglos XIX y XX. Una selección de gusto o criterio personal de los antólogos en la que con algunos –pocos- de los elegidos no estoy de acuerdo en su calidad para figurar en ella y que entre los españoles hubiera cambiado a Blasco Ibáñez por Leopoldo Alas “Clarín”. En esos cincuenta cuentos ordenados por orden cronológico encontraremos a Mérimée, Poe, Daudet, Guy de Maupassant, Chéjov, Bierce, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Apollinaire, Saki, Kafka o Mansfield, autores sobradamente conocidos y que posiblemente ya hayamos leído, pero que, primero desde la lectura y después por los comentarios a cada uno de ellos podremos apreciar la evolución y radical transformación del cuento desde ese siglo XIX hasta el último año del siglo XX. Pasaremos por el romanticismo, la literatura fantástica, el terror (gothic tale), el horror psicológico, lo fantástico y lo macabro, el cuento cruel, lo cómico, el surrealismo, lo folklórico, el modernismo, la literatura social, el simbolismo y el minimalismo hasta los “cuentos sintéticos, de estilo elíptico y tono irónico, a veces llenos de esas pequeñas iluminaciones sutiles que son las señas de identidad del buen cuento moderno”. Releeremos nombres conocidos y gracias a esos comentarios confirmaremos antiguas apreciaciones y también algunas nuevas: Sánchez Ferlosio y “el primitivismo español” y Fernández Santos y su “realismo social” que comparten con Delibes, Cunqueiro y su “realismo mágico”, Juan Rulfo y su “Páramo en llamas”, Vicente Huidobro precursor y vanguardista, Castelao y la “taumaturgia del arte”.

Y como toda antología cumplirá -para los que no lo sabemos todo- con su función más importante: la de descubrirnos autores que no conocíamos y que gracias a ella apuntaremos nuevos nombres y títulos en esa lista de lecturas pendientes: desde algún nombre antiguo como August Strindberg, Juan Bosch y Olegario Lazo Baeza, a los más modernos: Paul Lisicky, James Finn Garner, Carlos Alfaro, Juan Antonio Masoliver y Edmundo Paz Soldán.

Por último esta edición tiene algunos detalles que le dan un valor añadido: la acotación al extraordinario cuento “Daiquiri”, de Ángel Olgoso, está redactado por él mismo; y leer, disfrutar de ese comentario es un privilegio que sólo encontrarán aquí. El cuento “Instantánea, Harvey Cedars: 1948” de Paul Lisicky es la primera vez que se ha traducido al español y publicado en España; “¿Dónde está mi cabeza?” de Pérez Galdós publicado en el diario El Imparcial en 1892 y “D. Q.” de Rubén Darío publicado en el semanario Don Quijote en 1898 son dos rarezas bibliográficas que nos muestran un registro totalmente inaudito de esos dos autores. Y entre las muchas e interesantes opiniones de los autores que se incluyen en la Introducción y los comentarios encontraremos muchas para aumentar el “Decálogo del perfecto cuentista” de Quiroga, aunque si tengo que elegir una me quedo con la del colombiano Hernando Téllez: “Escribir correctamente es una técnica. Escribir bellamente es un milagro. Por lo menos es un misterio”.

VVAA. “Cincuenta cuentos breves”. 292 páginas. Edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. Ediciones Cátedra. Madrid, 2011.

V.V.A.A. “Desahuciados. Crónicas de la crisis”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 12 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/12/literatura-y-compromiso/

Literatura y compromiso

“Desahuciados. Crónicas de la crisis” es una colección de cincuenta y cuatro microrelatos acompañados de cuarenta y tres ilustraciones editado por Traspiés en su colección Vagamundos Libros Ilustrados en los que se ha pretendido ofrecer “una visión caleidoscópica sobre los diferentes aspectos de la crisis”. Y en el texto de la contraportada –para dejarlo bien claro antes de abrir el libro- se dice: “Estas crónicas de la crisis son una invitación a adentrarse en una narrativa que ilumina y emociona a la vez que reconoce la urgente necesidad de tomar partido, de pasar a la acción”. Propósito en el que se incide en el Prólogo en el que se puede leer: “La literatura, y el arte en general, despierta así del letargo apolítico generalizado que tanto daño ha hecho a nuestra sociedad. Hay una necesidad evidente de compromiso”.

No creo que “el arte en general” –la ceremonia de entrega de los premios “Goya” lo desmiente- padezca de un “letargo apolítico”; en España cada uno es libre en el momento en el que lo crea oportuno de manifestar su opinión –y retratarse y quedar en evidencia- por escrito o de palabra. Respeto que haya quien crea que este tipo de literatura sea necesaria; yo sin embargo no veo la necesidad de que la literatura tenga que convertirse -precisamente ahora- en el oportuno despertador de una sociedad aletargada o indolente. La literatura que denuncia las diferentes formas de la injusticia ha existido siempre y seguirá existiendo; no necesito que nadie me diga en qué momento mi conciencia y yo tenemos que levantarnos ni cuándo debemos emborracharnos o a qué hora irnos a la cama; que cada uno escriba y compre lo que quiera.

Respeto que haya narradores dispuestos a “tomar partido”, apuntarse y comprometerse, la situación sin duda lo merece; pero conmigo que no cuenten para unirme al discurso de esos “movimientos” y “plataformas” –como en el caso de los desahucios y las preferentes- porque hacerlo sería convertirme en cómplice de los que acosan y culpabilizan solamente a unos en un despreciable ejercicio de maniqueísmo.

Respeto que haya lectores deseosos de consumir este tipo de literatura partidista, ideológica; pero conmigo que no cuenten, lo mío es un radical individualismo. Yo no soy de los que firma manifiestos ni acude a manifestaciones en las que me diluya en la masa y alguien con un megáfono hable por mí. Entiendo que haya “artistas” que busquen la complicidad del compañero, pero yo no vine aquí a hacer amigos, yo reclamo –sin considerarme “artista”- la independencia del “arte” como única posición decente. “Pasar a la acción” es, para mí, escribir y opinar siguiendo mi propio criterio. Mi único compromiso está sólo con lo que considero buena literatura, con la soledad del que escribe sin apuntarse a ningún escrache colectivo ni a corear consignas.

Respeto que cada uno tenga sus preferencias y odios ideológicos y que libremente aparezcan en lo que escribe, pero creo que la narrativa para ser buena literatura debe permanecer en un saludable distanciamiento y ecuanimidad de la política, porque cuando las palabras se dejan llevar por la ideología se convierten en un panfleto que aplaudirán a rabiar los convencidos con independencia de que sea buena o mala literatura. La calidad pasa a ser algo accesorio, lo que realmente importa es el mensaje; y eso es lo que pasa en la mayoría de estos microrelatos, que de los cincuenta y cuatro tan sólo dos: “La manada” de Sergi Bellver y “La derrota” de Ángel Olgoso pueden considerarse excepcionales desde un punto de vista literario; y otros once: “Tesoro” de Juan Vico; “Crac” de Ricardo Álamo; “La esquina” de Ernesto Ortega Garrido; “El portal invisible” de Ginés S. Cutillas; “A la sombra” de Ada Valero; “Hiperrealismo” de Manu Espada; “Un gran tipo” de Antonio Trujillo; “Seguir caminando” de Jesús Beato; “El pájaro de fuego” de Segio C. Fanjul; “Tiempo” de José Cano y “Las formas del camaleón” de Álex Chico; se salvan de la restante mediocridad.

Y esos once se salvan de esa desoladora mediocridad del resto porque aún no siendo todos iguales de buenos –los hay redondos y completos y otros no tanto- en cada uno encuentro sutileza, enfoque, originalidad, humor, lirismo o habilidad. Se salvan por no ser lo que son los otros: narraciones simples, ridículas, huecas, patéticas o fuera de contexto.

Y además se salvan porque teniendo como argumento esta devastadora crisis en la que nos hayamos no caen, como hacen otros, en la demagogia llevada al exceso y al absurdo, no convierten a la narrativa en un mensaje más propio de un mitin político que de la literatura.

Por último y por las mismas razones –para mí- de calidad artística alejada del pasquín y la pancarta me gustaría destacar las ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros, Santiago Girón, José Carlos Sánchez, Gatoto, Nerea Carpente Tielas, María Jesús Campos, Antonio Ubero, FH Navarro, Francisco Fraga, Joaquín Peña-Toro, Ada García Fernández y Norberto Luis Romero.

Definitivamente “el arte en general”, la narrativa obtienen mejores resultados cuando el “artista”, el escritor desde sus ideas no es sumiso y servil, demagogo o fanático perdiendo su objetividad y un siempre necesario y desapasionado distanciamiento; pero sobre todo cuando para denunciar una situación injusta no se olvida de que con quien debe comprometerse siempre es con el “arte” o la literatura y no con la política.

“Desahuciados. Crónicas de la crisis”. VVAA. 110 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

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