Fernando del Rey. “Palabras como puños”

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Literatura y II República

Seguro que con esta entrada voy a ganarme más de una enemistad. Pero eso no importa. Yo no vine aquí a hacer amigos.

Sé que sería más prudente mantener la boca cerrada, no escribir esto, no tratar este tema; pero me reprocharía más callarme que las consecuencias de decir lo que pienso. No me interesa la polémica como método de promoción, no la busco como medio para subir la audiencia, para eso pondría un vídeo erótico de algún “famoso” que está demostrado que es mucho más efectivo. Pero al fin y al cabo este sitio va de leer. De libros y literatura. Y en este caso de la imagen que se nos vende de la II República en la literatura española contemporánea.

Me refiero a esa idea generalizada –y sí estoy pensando en concreto en Almudena Grandes- de que la II República fue el tiempo de la alegría. Una especie de arcadia feliz, un lugar en blanco y negro, con buenos y malos. Pues bien, lo que viene a demostrar este “Palabras como puños” es que esa imagen maniquea es falsa.

Pero antes de seguir lo dejaré claro, no vaya a ser que alguno se confunda. Para mí no hay duda de que el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo y que lo que se instauró después fue una dictadura. Ambos no se merecen otra cosa que la más enérgica de las condenas.

De lo que se trata ahora es que hoy, en el siglo XXI, casi ochenta años después, algunos nos quieran vender la idea de que aquella República era una especie de paraíso habitado por inocentes y arrasado por demonios cuando en realidad era un tiempo dominado por la intransigencia y el odio. No creo que sea un buen ejemplo ni su bandera un símbolo que sacar a la calle.

Entiendo que algunos quieran verlo de forma simple. Que lo vean como un enfrentamiento entre democracia y dictadura. Reducido a ese resultado final tienen razón. Pero en lo que creo que se equivocan es en que ven o analizan el pasado desde el presente, lo sacan de su contexto histórico, social y político. En que creen que aquella República era una democracia y una sociedad como la que tenemos la suerte de vivir ahora. Que trasladan la convivencia, respeto, tolerancia y libertad individual de este siglo a una época en la que esa coexistencia se hizo imposible porque se la negaban los unos a los otros. Ahora hay adversarios, en el lenguaje de entonces eran enemigos.

Entiendo que algunos desde su ideología quieran idealizar la República. Y entiendo que los de su misma ideología estén dispuestos a comprar esa mercancía. Pero si leen este libro descubrirán que esa visión idealizada es una falsedad. Los moderados del centro, la izquierda y la derecha fueron arrinconados por los extremistas de los dos bandos. Ellos se hicieron con el poder. Conmigo o contra mí. Los discursos se convirtieron en un irresponsable lenguaje bélico sin marcha atrás. Y los actos siguieron el camino que marcaron las metáforas. El que lea este libro sentirá pena, horror y vergüenza de aquella República.

Fernando del Rey (dir.) “Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española”. 675 páginas. Editorial Tecnos. Madrid, 2011.

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VVAA. “Cincuenta cuentos breves”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 16 de septiembre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/09/16/cuentos-didacticos/

Cuentos didácticos

El que este libro sea una antología o selección de cincuenta cuentos breves preparada por dos profesores de Lengua y Literatura: Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada destinada a alumnos de Enseñanza Secundaria y Bachillerato puede hacer que algunos desistan de su lectura y se vayan de caza y pesca a otro sitio. Y si deciden eso les diré que se equivocan, aunque antes de explicarles porqué lo hacen primero pienso en el enorme mérito que tienen esos dos profesores al querer hacer llegar la literatura -a través del cuento- a los adolescentes en estos tiempos de tecnología, realidad virtual y progresivo empobrecimiento del lenguaje y la expresión. Nadie podrá negarme que ya sólo por eso se merecen un sincero aplauso.

Y por lo otro, sí, es verdad que este es un “libro de texto” pensado y hecho para estudiantes y que por lo tanto son ellos sus destinatarios; que este es un libro “de enseñanza” en el que se adjunta al final un comentario a cada uno de esos cincuenta cuentos, que esos comentarios pueden considerarse una guía de lectura útil para los novatos con la que podrán interpretar y comprender mejor lo que han leído; y que eso es algo que los lectores habituales no necesitan y que incluso puede resultarles ofensivo.

Pero para los que como yo quieran seguir aprendiendo porque piensan que no lo saben todo, o que en lugar de apuntarse a cursos o academias sean de los que prefieren ir por libre –me suena cursi lo de autodidacta- encontrarán precisamente en muchos de esos comentarios lo mejor de este libro. Aprenderán algo de teoría de la literatura y confirmarán algunas certezas intuidas a cerca de cómo deber ser y qué debe tener un buen cuento, consejos y aspectos técnicos que debemos saber los que alguna vez además de abrir la bocaza para opinar de lo que escriben los demás nos hemos atrevido, temerarios e insensatos, a juntar letras.

Esta es una antología de cincuenta cuentos breves de autores europeos y americanos pertenecientes a los siglos XIX y XX. Una selección de gusto o criterio personal de los antólogos en la que con algunos –pocos- de los elegidos no estoy de acuerdo en su calidad para figurar en ella y que entre los españoles hubiera cambiado a Blasco Ibáñez por Leopoldo Alas “Clarín”. En esos cincuenta cuentos ordenados por orden cronológico encontraremos a Mérimée, Poe, Daudet, Guy de Maupassant, Chéjov, Bierce, Pardo Bazán, Valle-Inclán, Apollinaire, Saki, Kafka o Mansfield, autores sobradamente conocidos y que posiblemente ya hayamos leído, pero que, primero desde la lectura y después por los comentarios a cada uno de ellos podremos apreciar la evolución y radical transformación del cuento desde ese siglo XIX hasta el último año del siglo XX. Pasaremos por el romanticismo, la literatura fantástica, el terror (gothic tale), el horror psicológico, lo fantástico y lo macabro, el cuento cruel, lo cómico, el surrealismo, lo folklórico, el modernismo, la literatura social, el simbolismo y el minimalismo hasta los “cuentos sintéticos, de estilo elíptico y tono irónico, a veces llenos de esas pequeñas iluminaciones sutiles que son las señas de identidad del buen cuento moderno”. Releeremos nombres conocidos y gracias a esos comentarios confirmaremos antiguas apreciaciones y también algunas nuevas: Sánchez Ferlosio y “el primitivismo español” y Fernández Santos y su “realismo social” que comparten con Delibes, Cunqueiro y su “realismo mágico”, Juan Rulfo y su “Páramo en llamas”, Vicente Huidobro precursor y vanguardista, Castelao y la “taumaturgia del arte”.

Y como toda antología cumplirá -para los que no lo sabemos todo- con su función más importante: la de descubrirnos autores que no conocíamos y que gracias a ella apuntaremos nuevos nombres y títulos en esa lista de lecturas pendientes: desde algún nombre antiguo como August Strindberg, Juan Bosch y Olegario Lazo Baeza, a los más modernos: Paul Lisicky, James Finn Garner, Carlos Alfaro, Juan Antonio Masoliver y Edmundo Paz Soldán.

Por último esta edición tiene algunos detalles que le dan un valor añadido: la acotación al extraordinario cuento “Daiquiri”, de Ángel Olgoso, está redactado por él mismo; y leer, disfrutar de ese comentario es un privilegio que sólo encontrarán aquí. El cuento “Instantánea, Harvey Cedars: 1948” de Paul Lisicky es la primera vez que se ha traducido al español y publicado en España; “¿Dónde está mi cabeza?” de Pérez Galdós publicado en el diario El Imparcial en 1892 y “D. Q.” de Rubén Darío publicado en el semanario Don Quijote en 1898 son dos rarezas bibliográficas que nos muestran un registro totalmente inaudito de esos dos autores. Y entre las muchas e interesantes opiniones de los autores que se incluyen en la Introducción y los comentarios encontraremos muchas para aumentar el “Decálogo del perfecto cuentista” de Quiroga, aunque si tengo que elegir una me quedo con la del colombiano Hernando Téllez: “Escribir correctamente es una técnica. Escribir bellamente es un milagro. Por lo menos es un misterio”.

VVAA. “Cincuenta cuentos breves”. 292 páginas. Edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. Ediciones Cátedra. Madrid, 2011.

José Luis Melero. “Leer para contarlo”

Medardo Fraile. “A media página”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 22 de febrero de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/22/un-viejo-y-vitalista-hincha/

Un viejo y vitalista hincha

Me gusta pensar que somos capaces de escuchar. A los jóvenes por su ímpetu y su vitalidad. A los viejos por la experiencia de lo vivido; su sabiduría. Seremos necios si sólo escuchamos a unos y despreciamos a los otros. Medardo Fraile es un escritor que a estas alturas no necesitaría de presentación alguna, pero por si algún despistado no lo conoce de él se puede decir que pertenece a la Generación del 50 o del Medio Siglo junto a Marsé, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Matute, Fernández Santos, Aldecoa o García Pavón. Medardo empezó como autor teatral y se puso a escribir cuentos o relatos –igual que Antonio Pereira– cuando nadie o muy pocos lo hacían en España. Precursor y maestro. Con eso bastaría.

“A media página” es un libro que se podría catalogar dentro del ensayo; pero por el autor, por gran parte de su contenido y por los lectores habituales y fieles de Medardo, creo que situarlo en esta sección del cuento es más apropiado. “A media página” es una recopilación de más de doscientos artículos que se publicaron en una columna de treinta líneas en el suplemento literario del diario “Córdoba”, y que se dividen en cinco apartados que por el título ya son una declaración de su contenido: “Cartelera de España”, “Los españoles como problema”, “Confidencias inofensivas”, “Saldo de reflexiones” y “La obra y su gente”. En todos ellos Medardo reflexiona libre y brevemente de todo lo que le apetece, interesa, conmueve e inquieta. De lo filosófico: “Ya Pascal nos dijo que hay dos excesos: excluir la razón y admitir sólo la razón”; y de lo humano: “Los científicos nos aseguran que el Misterio está en camino de resolverse. Anunciarnos eso como victoria es lo mismo que anunciarnos la destrucción del hombre. El día aciago en que lo sepamos todo –que afortunadamente, no llegará nunca- será la víspera de la Gran Tragedia, del Gran Bostezo, del inconmensurable Aburrimiento del que no nos va a salvar ni el ajedrez”, y siempre con el valor añadido de su prosa precisa, rica y exquisita. Como se dice en la “Introducción”: “A media página es, a su modo secular, un breviario, un estímulo fácil para recordar, buscar o pensar, una constancia del conocimiento propio y ajeno, un libro para creérselo o para discutirlo sin acritud y alguna cosa más que el lector pueda encontrase en él”.

En estos artículos de Medardo están la noticia actual, el pasado y lo clásico, lo imperecedero; el gusto y pensamiento personal, la opinión compartida y tal vez polémica; el recuerdo y la novedad, un siglo pasado y uno nuevo, un estímulo para la lectura y un índice onomástico –de la A a la Z- que ocupa siete páginas. Las inquietudes de un hombre de ochenta y cinco años que nunca ha dejado de interesarse por la cultura y en los que se posiciona: “Tal y como está el mundo, la riqueza sin freno, la pobreza hambrienta” y demuestra su inteligente independencia al hablar de “Koba el Temible” y “Perro callejero”, de Martín Amis, y decir que “podemos dar la razón a Ehrenburg en muchas de sus páginas anticapitalistas y, si pensamos en el desprestigiado comunismo, quitarle la razón en muchas páginas”.

Artículos en los que algunos, por cercanía, nos quedaremos con lugares míticos de Madrid como las Cuevas Sésamo, la taberna de Antonio Sánchez y el Café Gijón, y con un artículo subrayado: “Suelo ver a José María Merino de tarde en tarde en el vetusto Café Comercial de Madrid, lugar de noviazgos humildes y viejos y nuevos pinitos literarios acallados por la bulliciosa menestralía fuencarralera. Allí iban Aldecoa, Ferlosio y algún otro a oír la cháchara de Eusebio García Luengo, que era un dignísimo bohemio obsesionado por el teatro y el más cortés Ambrosio de Spínola de las Letras; un escéptico original lleno de humor cuya charla atraía más que su pluma”.

Pero más allá de la opinión y el pensamiento lo que nos interesa en Fraile es lo literario. Desde lo genérico: “Los libros en los escaparates son ahora flor de un día” y los best seller:“con el protagonismo del marketing y su avalancha de libros que rebasa nuestra capacidad de lectura, no puede ser más seguro que ni están todos los que son, ni son todos los que están. La rebusca y el criterio personal son más necesarios que nunca” hasta lo expresivo y su forma de escribirlo: “Orillamos la única luz que nos volvería sabios para continuar satisfechos bajo una bombilla”.  

Desde la verdad de la memoria: “Ni la Historia deja nunca de ser controvertida ni las memorias son del todo fieles a los que ocurrió. Ficticias o no, son más interesantes, por supuesto, las memorias no angélicas, las que están adobadas con cierta agudeza y una dosis sensata de maldad”, hasta lo personal y revelador: “Poco después de los veinte años, compré un libro de cuentos de Catherine Mansfield, editado en Santiago de Chile. Yo no sabía quién era esa escritora y no había leído aún a Chejov. Los cuentos de ella me descubrieron lo que yo quería escribir y nadie escribía entonces”.

Desde el lector de poesía: “Entre desilusionado y orgulloso suelo decir a los que no nos conocen que, en España, hay más poetas que piedras. Desilusionado, porque son tantos que no pueden ser todos buenos o grandes. Orgulloso, porque en los países sin poetas sólo hay contables” hasta el admirado cuentista: “La materia con la que el escritor enriquece el banco de su memoria es el ser humano y su mundo. Un escritor no se aburre jamás en la terraza de un café”

Porque los que leemos relatos encontraremos en la lista de lecturas y recomendaciones de Medardo nombres conocidos y admiración compartida: Hipólito G. Navarro, Víctor García Antón y Muñoz Rengel. Nombres de escritores –españoles e hispanoamericanos- desconocidos que apuntar –con la vergüenza del ignorante- en nuestra lista de pendientes y necesarios: Alfonso Martínez Mena, Angelina Lamelas, Manuel Vargas y Enrique Jaramillo. E incluso nombres conocidos con los que estar en desacuerdo con su apreciación: Ángel Zapata y Miguel Sanfeliu.

Porque los que leemos relatos encontraremos la experiencia del maestro: “Escribir cuentos no es sólo contar una historia. Contar una historia es cosa de antes, cuando los relatos carecían de entidad y misterio, algo que toda creación literaria ambiciona y consigue pocas veces”; su opinión: “A la lengua como juego yo prefiero la lengua como vehículo, la que nos hace viajar provechosamente de un sitio a otro”; y su consejo: “El francotirador de la cultura tiene poco que ver con el que obedece al signo de la constancia”.

Los poseídos por y los aprendices de todo esto le agradecemos que sea un viejo hincha entusiasta, sabio, vitalista y sereno. “El deporte y el turismo son hoy en día las superficialidades imperantes. Faltan hinchas de la cultura y es evidente que nos sobran hinchas del deporte”. 

Medardo Fraile. “A media página”. 267 páginas. Huerga & Fierro editores. Madrid, 2012. 

Manuel Benito. “Huesca. Álbum de adioses II”

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Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo 2 de diciembre de 2012.
http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=781566

En mi otro blog:

http://aragonliterario.blogspot.com.es/

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Jesús Moncada. “El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”

 

 

Reseña aparecida en el nº 104 de la revista “Turia”.

Jesús Moncada, pintor.

Es muy probable que muchos que conocen y admiran la obra narrativa de Jesús Moncada desconozcan su faceta como pintor. Y sin embargo durante dos décadas, entre 1962 y 1982, compaginó la escritura con la pintura: “Entonces ya sólo trabajaba por las mañanas en Montaner y Simón y dedicaba las tardes a pintar. Quería encontrar el desenlace al eterno problema del escritor, y del artista en general: ganarme la vida y disponer a la vez de tiempo suficiente para no verme limitado a ser escritor y pintor dominguero. Me pareció que la pintura podría darme la independencia económica para liberarme de una jornada laboral esterilizadora y me permitiría repartir las horas entre el caballete de pintor y la máquina de escribir. Dos décadas en las que Moncada lo intentó hasta que: “La quiebra de Montaner y Simón […] me cambió los planes. La muerte, en 1982, de mi padre, y las circunstancias familiares que se derivaron, hicieron que dejara de plano la pintura. Por otro lado, he reflexionado bastante sobre este asunto y estoy plenamente convencido que la pintura no ha perdido nada con mi retirada sino todo el contrario… si algún día vuelvo a coger los pinceles será únicamente para distraerme”. Pero hasta ese 1982 Moncada fue pintor y escritor. Escritor que en 1971 con “Historias de la mano izquierda” ganó su primer premio; pintor que realizó en esos veinte años diferentes exposiciones: Mequinenza (1966 y 1970), Barcelona y Mataró (1977), Vilassar de Mar (1979) y Arenys de Mar (1980). Escritor que obtuvo en vida múltiples premios y merecidos reconocimientos; pintor que, después de su fallecimiento, su obra se presentó entre 2005 y 2007 en Mequinenza, Lérida, Fraga, Barbastro y Calatayud con distintas exposiciones. “Hoy, gracias a la generosidad de Rosa María, hermana de Jesús, se puede contemplar un nutrido grupo de sus obras pictóricas en el Museo de Historia de Mequinenza, donde se ha habilitado una ubicación denominada “Espacio Moncada” para la contemplación de sus cuadros y dibujos”. La editorial Prames, dentro de su colección “Las tres Sorores”, recupera y nos descubre al pintor publicando “Jesús Moncada. El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”,  exhaustivo y excepcional catálogo en el que reúne su obra pictórica completando de esta manera la figura de Moncada como artista. Pedro Pablo Azpeitia en el texto del catálogo relaciona la pintura de Moncada con las vanguardias históricas: el surrealismo de Max Ernst, las desfiguraciones de Bacon y la pintura metafísica de De Chirico, y con las vanguardias artísticas activas en Barcelona en las décadas de los 60 y los 70.

Este “universo visual” de Moncada se divide en tres partes. La primera: “Cuadernos negros. Expresionismos”, recoge dibujos hechos con pluma y bolígrafo en dos pequeños cuadernos: una agenda de 1965 y una libreta de 1966 cuando Moncada residía en Mequinenza antes de trasladarse a Barcelona. Retratos de temática taurina, esperpentos de carnaval, interiores de taberna y bodegones de su taller.

Una segunda parte: “Cuadernos grises. Ultrarrealidades”, en la que se abre una nueva etapa. Moncada abandona el expresionismo anterior y se atreve con las abstracciones. Dibujos en los que el trazo se perfila y aparece un territorio imaginario propio del surrealismo, la nueva figuración y el postcubismo. Partiendo de la realidad reconocemos la humanidad, pero distorsionada; deformada. Sus dibujos, sobre todo los retratos, levantan el velo de la piel y descubren la musculatura: la carne es materia moldeable. Sus bodegones son espejos fragmentados, los objetos se hacen transparentes y sus sombras unas veces son líquidas y otras cuerpos sólidos.

Y una tercera parte y última: “Cuaderno ecléctico. Pinturas”, en la que aparecen sus óleos y que desarrollan las ideas y figuras aparecidas en los “Cuadernos grises”: los bodegones en movimiento, el cuerpo humano y sus vacíos, su parte de carcasa y volumen, la humanidad reconocible y anónima. Óleos en los que el color es el protagonista absoluto y la línea negra remarca el perfil de las figuras y los objetos.

Pedro Pablo Azpeitia recoge múltiples influencias y referencias en la obra de Moncada. Y él mismo se reconoce íntimamente deudor de Francis Bacon y, sobre todo, de Kandinsky. Sin embargo yo echo de menos algunas omisiones realmente sorprendentes. Echo en falta que en los dibujos expresionistas y realistas de sus “Cuadernos negros” no cite a José Gutiérrez Solana. Que se reconozca y nombre a la abstracción europea y al grupo catalán “Dau al set” y no se cite al hablar del cubismo y el surrealismo a Juan Gris, Picasso y Dalí; predecesores de toda la vanguardia española.

Es evidente que el Moncada escritor no es el mismo que el Moncada pintor. El escritor es realista, gris, sentimental y memorialista; el pintor es colorista, abstracto, surrealista, cubista y atraído por la desfiguración. Dos partes distintas y contradictorias de un mismo hombre. Dos lenguajes completamente diferentes que completan el artista y lo engrandecen. Y aunque muchos de sus dibujos y óleos son de difícil comprensión la mayoría de ellos resultan extraordinarios en su perspectiva, cromatismo, planteamiento y (des)composición de la realidad. Pero aunque Moncada era un dibujante y pintor notable y con talento no deja de ser uno más entre los de su época. Es por eso que sus mejores cuadros son los que representan su universo literario particular, único; diferente del resto. En los que se reconoce la huella de Mequinenza. Sus dibujos de taberna, tertulia, vino y baraja; marineros de agua dulce que no sabían nadar, puertos en las orillas del río de su camino de sirga. Sus óleos con sus colores terrosos, el campo, los tejados, las casas y el río en el horizonte; los hombres de pueblo, agricultores con blancas camisas sin cuello, chaleco y boina. La obra narrativa de Moncada era la evocación de un mundo condenado a desparecer y en sus pinturas reproducía ese pasado con las formas vanguardistas del presente más inmediato. Dos maneras completamente distintas de hacer inmutable el mismo paisaje.

Jesús Moncada. El universo visual. Lápiz, tinta y óleo”. Edición bilingüe castellano-catalán. 151 páginas. Textos de Pedro Pablo Azpeitia. Colección “Las tres Sorores”. Prames. Zaragoza, 2012.

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 21 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=773933

La memoria de un mito y un hombre.

Para conmemorar el treinta aniversario de su primera edición en 1982 en Francia y España la editorial Mondadori ha tenido el acierto de publicar en su colección Debolsillo “Mi último suspiro”, las memorias de Luis Buñuel.

Leí este libro por primera vez en 1996, y ya entonces me resulto absolutamente fascinante. Y ahora una segunda lectura me confirma esa primera impresión; pero también que los libros cambian con la vida; que no es lo mismo leer un libro con menos de treinta y volverlo a leer con más de cuarenta; que antes subrayabas y te interesaban especialmente unos aspectos y ahora hay otros que te llaman la atención. Que ahora te fijas más en el hombre y sus debilidades que en el mito y su nombre. Más en tratar de comprender que en admirar.

Porque te das cuenta de que los seres humanos, por lo general, son producto de la época que les tocó vivir, y Buñuel no fue una excepción a esa norma. Y es que en éste “último suspiro” estamos leyendo y conociendo la memoria de un hombre que nació con el siglo (1900) y que vivió las décadas más vertiginosas e intensas de la historia moderna en varias ciudades, países y continentes. Toda una vida en la que descubres, etapa tras etapa, la infancia y juventud, la conciencia, la guerra, el fracaso, la madurez, el éxito y la vejez. Su evolución, sus mudanzas, su largo, apasionante y excepcional camino de un lugar a otro a base de fortuna, corrientes artísticas, relaciones, trabajo, constancia y genialidad.

Porque Buñuel, a pesar de –o precisamente por eso- sus escándalos y provocaciones, su compromiso y distanciamiento, su nihilismo y vehemencia, su reflexión y subjetividad, su fidelidad e incoherencia, por todas sus muchas contradicciones, es un personaje que a nadie deja indiferente y merece la pena descubrir. Porque con él conoceremos al burgués provinciano que tuvo la suerte de pasar por la Residencia de Estudiantes para hacerse vanguardista y ultraísta de la generación del 27, al cineasta surrealista y revolucionario de París al que su madre le dio el dinero para hacer su primera película y que pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos y que hizo películas alimenticias en México antes de alcanzar el Óscar y la fama y reconocimiento mundial.

Pero además del mito también conoceremos al hombre que hace una lista de lo que le gusta y aborrece; que recuerda a su familia, Calanda y sus tambores; sus gamberradas y bromas de estudiante en Madrid, de Las Hurdes, esa tierra sin pan; de bares, alcohol y tabaco; de su ateísmo; del amor, la muerte y el sexo; de los sueños y ensueños; de la parte subterránea, imaginativa e irreal de la vida; de lo irracional y el poder de la imaginación; todo lo que le contó a su amigo Jean-Claude Carrière durante dieciocho años y se convirtió en este libro que se publico un año antes de su muerte.

Con este “último suspiro” conoceremos el autorretrato personal e imperfecto de una vida. “El retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria”.

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”. 327 páginas. Random House Mondadori. Debolsillo. Barcelona, 2012. Traducción de Ana María de la Fuente.

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”

El para qué de un escándalo

En el prólogo, Federico Villalobos, nos dice que “En 1983, durante el acto de reapertura del Gaiety Theatre de Dublín, el actor Peter O’Toole leyó sin previo aviso algunos fragmentos de “Una humilde propuesta”. Tras unos instantes de estupor, se produjo una estampida de políticos y gestores culturales escandalizados por la incorrección de lo que estaban oyendo. El episodio, además de demostrar que siempre habrá alguien tan tonto para tomarse una parodia al pie de la letra, confirma que escritores como Jonathan Swift son capaces de seguir sacudiendo a su audiencia doscientos cincuenta años después de haberse disuelto en la nada”

Y con lo que dice Villalobos estoy en parte de acuerdo y en parte no. Lo primero es la fecha. “Una humilde propuesta” fue publicada en 1729. Es decir, en el siglo XVIII. Hace dos siglos. A día de hoy 283 años. Doscientos ochenta y tres años. Y leerlo hoy todavía causa pavor, grima, auténtico horror. Ese es su mayor mérito. En esa cosa que llaman intemporalidad. Pero no estoy de acuerdo en que Villalobos hable de “escándalo por la incorrección”. Determinar lo que es incorrecto, la imposición de un lenguaje políticamente correcto es un invento reciente, tendencioso y relativo, y en algunos casos ridículo. Lo que a uno puede parecerle incorrecto a otro puede parecerle lo contrario. Lo que hace sesenta años era aquí delito hoy no lo es; y en determinada isla caribeña y en varios países musulmanes lo sigue siendo. Y la parodia -dependiendo del público que la escuche y al que está destinada- provocará la risa o el rechazo. Cada colectivo tiene su programa de televisión. Lo correcto es ideológico, no un término absoluto. Y Swift no buscaba escandalizar por ser incorrecto. Swift no buscaba el debate. Swift pretendía ser brutal, hacer despertar al público, echarlos a todos de la sala sin excepción. Swift utiliza el escándalo; se sirve de él y su efecto inmediato. El escándalo era el método, la manera de llegar; pero por encima de cualquier punto de vista. Peter O’Toole hizo trampas, él sabía lo que estaba leyendo, jugo con ventaja al viejo juego de epatar al burgués. En todo caso a esos políticos y gestores culturales que se fueron escandalizados se les puede acusar de ignorancia, de no conocer el texto de Swift; pero no de ser incorrectos o tontos. Cualquiera que lea hoy “Una humilde propuesta” sentirá lo mismo: pavor, auténtico horror.

Y precisamente “Una humilde propuesta” es uno de los libros crueles que José Ovejero cita en su ensayo: “La crueldad de la ética”. Ovejero califica este escrito de panfleto, ya que “el ensayo no debe dirigirse a las emociones porque entonces se convierte en panfleto”. Pero lo califica como un ejemplo de libro cruel porque “la brutal propuesta de Swift tiene una diana clara: el lector. A Swift no le basta con que entienda, lo que busca es que se sienta incómodo”. “No es (simplemente) algo llamativo para captar la atención y denunciar la hipocresía de la sociedad de la época”. “La belleza de la crueldad de Swift es que no se dirige tan sólo al intelecto, también pretende llegar a las tripas, y por ello es más poderosa, por más directa que la mera argumentación”. “Un texto como el de Swift, panfleto y no ensayo, es más manipulador; a las sensaciones, como a los prejuicios, se llega de manera directa, sin necesidad de pasar por el intelecto”. Sin embargo, si bien es cierto que la parte más evidente de la propuesta de Swift es la que apela al sentimiento y su espanto, no está exenta de estructura y coherencia aunque sea irónica e irritada. Swift presenta la situación en la que se encuentra Irlanda y propone una solución que sabe imposible, aberrante, con lo que su propuesta es en realidad una crítica despiadada de la sociedad de su época que viste de utilidad y beneficios económicos y sociales.

Y es que el contexto en el que fue escrita nos dará el porqué de esta parodia satírica como la califica Villalobos. En 1729 Irlanda sufría una gran pobreza. “A todo el que atraviesa esta gran ciudad o viaja por el país le causa una profunda tristeza ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños harapientos que importunan a todo el que pasa pidiéndole una limosna”Es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo que miremos por ellos de tal modo que en vez de suponer una carga para sus padres o para su parroquia, y de carecer de comida y vestido durante el resto de sus vidas, contribuyan, por el contrario, a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles de compatriotas”. “Voy, por tanto, a exponer ahora humildemente mis propias ideas, con la esperanza de que no pueda oponérseles la menor objeción. Un americano muy entendido en la materia, al que he conocido en Londres, me ja asegurado que un niño sano y bien criado es, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, guisado, asado o hervido, y no tengo la menor duda de que puede servir igualmente para un fricasé o un ragú”. “… los cien mil niños restantes, propongo que al cumplir el año puedan ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna de todo el reino, aconsejando siempre a la madre que les deje mamar a gusto durante el último mes, de manera que lleguen rollizos y mantecosos a la mesa”.

Esa, fundamentalmente –pues hay un par de párrafos igual de crueles- es la aberración, el escándalo que haría levantarse indignado a cualquiera del asiento y marcharse. Pero si la lectura se reduce a la parte morbosa la propuesta de Swift será un acto mal intencionado que sólo busca epatar, provocar. Porque Swift va más allá de esa simpleza: “Por supuesto, este manjar resultará bastante caro, y por eso mismo, muy apropiado para los terratenientes, quienes, dado que han devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener más derecho que nadie a los hijos.”

Las ventajas que la propuesta ofrece son que los arrendatarios pobres tendrán algo valioso de su propiedad y les ayudará a pagar la renta a su terrateniente, se incrementará el capital de la nación, se ahorrarán gastos y se obtendrá un beneficio y aumentará la clientela a las tascas (aumento del consumo). Los niños, y por lo tanto el ser humano, se convierten en estadísticas, en números, en valores económicos y contables, en producto, en materia prima.

Y Swift recurre al escándalo de lo monstruoso porque está harto de que otras palabras y soluciones hayan resultado vacías y fallidas. Palabras como altivez, vanidad y ociosidad; austeridad, prudencia y sobriedad; compasión, honradez, diligencia y laboriosidad. “Que nadie me hable de estas ni de parecidas soluciones hasta que no se vislumbre la esperanza de que alguna vez se llevará a cabo un sincero y decidido intento de ponerlas en práctica”. Swift recurre al escándalo como una forma para que se le preste atención, se le escuche, porque está “cansado de haber pasado largos años ofreciendo ideas inútiles, estériles y quiméricas”. Recurre a la provocación para dejar en evidencia “el panorama de perpetua desdicha que […] han tenido que padecer debido a la opresión de los terratenientes, a la imposibilidad de pagar las rentas por falta de dinero u ocupación, a la carencia del mínimo sustento, sin casa ni vestido con que protegerse de la inclemencias del tiempo, y con la inevitable perspectiva de legar a perpetuidad a sus descendientes similares o mayores miserias”.

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”. 62 páginas. Ilustraciones de Sergei Furst. Vagamundos libros ilustrados. Editorial Traspiés. Granada, 2008.

José Ovejero. “La ética de la crueldad”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 23 de julio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/86507/el-poso-de-la-crueldad

El poso de la crueldad

“La ética de la crueldad” es mucho más de lo que yo voy a reducirla. No puedo evitar sentirme un jíbaro, pero cada lectura es una elección, es quedarse con lo que ha conseguido conmovernos o enojarnos, lo que nos ha resultado útil, con el poso. Porque creo que de eso se trata: que después de leer un libro algo haya cambiado en nosotros. La utilidad, la provocación, la producción de la literatura.

La crueldad se relaciona con la sinceridad: “Decir, conocer la verdad puede ser cruel porque tendemos a ocultarla, a dulcificarla. Es un mecanismo de defensa. Cuando la verdad es miseria o dolor lo mejor es cubrirla, taparla, disimularla”. Pero el auténtico cruel no es Risto Mejide, decir la verdad no es una pose. El auténtico cruel se incluye en la obra, se autoinmola, no está a salvo; no es unívoco es recíproco; es juez y parte, verdugo y víctima. “El autor cruel, aparte de que pretenda transformarse a sí mismo durante el proceso de escritura, espera también provocar una mutación en el lector. Tras haber leído el libro el lector debe ser ya otro”.

“El autor cruel no busca la evasión sino el encierro del lector consigo mismo. En pie de guerra contra las versiones suavizadas del mundo” por eso Ovejero está -y yo con él- en contra de la literatura Prozac, la literatura como laxante, como soma, como pasatiempo cultural. La literatura para hacernos todo más llevadero; como forma de evasión, de escapar de uno mismo y de esa realidad insatisfactoria. “Los libros crueles son aquellos que niegan la sumisión a la banal dictadura del entretenimiento, aquellos que nos obligan a cambiar si no de vida, al menos de postura, que nos vuelven incómoda esa en la que estábamos plácidamente aposentados en nuestra existencia” “Son libros que no nos dejan tranquilos, no nos conceden el respiro que buscamos en la lectura, nos muestran los rincones oscuros. Aportan una emoción distinta a la lectura: la de no estar a salvo. El mal no está fuera sino dentro. La felicidad consiste en ocultar lo desagradable  o perturbador. Se trata de no dejarse engañar, de no ponerse al servicio de un interesado marketing de la realidad, de no ser complaciente”

Pero lo cruel no es tampoco esa violencia estética que es puro entretenimiento, esa que por medio de las películas, las series de la televisión y la literatura nos convierten en “turistas de las emociones”. Y la crueldad no es tampoco simple provocación: “El escritor no se contenta con ser simplemente transgresor e irreverente, no debe agotarse en la escatología, la obscenidad, la blasfemia, las injurias a la patria o al ser humano. Debe ir al ese fondo inexistente de las cosas”. “La crueldad es la destrucción de la certidumbre, el objetivo es el desasosiego, desmitificar, enseñar a desaprender, volvernos escépticos y por tanto más conscientes. La crueldad es negación sin dogmas, sin ideas sin promesas; pero es honesta porque entrega las herramientas para comenzar el derribo”. “Para cumplir esas tareas de desmitificación e indagación en las partes menos luminosas del ser humano es inevitable agredir al lector, despojarle de asideros, hacer que sienta el golpe para que cuando se enderece de nuevo se mire con otros ojos. Esa es una de las funciones principales de la literatura cruel, que el lector deje de mirar la realidad para mirarse a sí mismo”.

“El escritor cruel no ofrece certidumbre, ese síntoma de pereza mental, sino todo lo contrario, una modesta contribución en la lucha contra la sobredeterminación y las verdades únicas, verdades que tienden a perpetuarse no por la solidez de su lógica interna sino por la imposición”. Y ahí es donde dejé de estar de acuerdo con Ovejero. Porque puedo aceptar el juego de la provocación, la desmitificación, la mentira de la épica, la incertidumbre, cualquier crueldad que me haga mirar dentro, que me muestre mis contradicciones, mis defectos, mis limitaciones, mi banalidad. Pero la crueldad y su ética no sirven para todo, no pueden servir de salvoconducto para destruir la lógica de lo que es manifiestamente injusto: no aceptaré el aborto ni la pena de muerte ni el terrorismo de ETA; no aceptaré nunca la pederastia. Nunca.

Hay muchas actitudes que ya no considero escandalosas ni epatantes. En esta época me resultan repetidas, dogmáticas, tendenciosas, aburridas, típicas, viejas. Incluso creo que Ovejero a pesar de apoyar los dos pies en el suelo al dar nombres y citar ejemplos de crueldad ideológica o política carga el peso del cuerpo más en uno que en otro. Pierde el equilibrio.

Me resulta más revolucionario pedirnos que nos neguemos a perdernos en la masa y su corriente, “seguir el camino trillado, someterse, ser lo que nos dicen que debemos ser”, que nos esforcemos por nuestra individualidad, por nuestra independencia; que miremos dentro de nosotros, que descubramos nuestros monstruos interiores, nuestra hipocresía, falsedad o contradicciones; que seamos capaces de auto-psicoanalizarnos. Necesitamos la crueldad para darnos cuenta de lo que somos, para dejar de vivir tranquilos y conformes. Comprendo lo terrible, el daño, el miedo que puede provocar ese descubrimiento. La crueldad es la herramienta, el método necesario, y una vez abiertos los ojos debemos aceptar ese lado oscuro, ese abismo. “Los narradores crueles nos harán vernos a nosotros mismos, concentrarnos en quienes somos, esa zona de nuestra personalidad a la que nos desagrada asomarnos y que preferiríamos no descubrir cuando rebuscamos en los cajones de la conciencia”.

 “La crueldad ética es aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas. Es ética en el sentido de que pretende una transformación del lector, impulsarlo a la revisión de sus valores, de sus creencias, de su manera de vivir”.

Así pues podemos considerar a la crueldad como un viaje necesario. Y una vez hecho ¿qué?, ¿cuál es el objetivo, la consecuencia, la utilidad de ese viaje? La respuesta está en cada uno, en cómo cada cual se vea después de haberlo hecho. Puede incluso llegar a ser un viaje sólo de ida, puede que a algunos les haga caer en la desesperación, el pesimismo, la depresión. Pero yo creo que abrir los ojos implica un juicio sumario a nosotros mismos que nos obliga a reflexionar, a cambiar lo que sea necesario. Tal vez no haya redención ni consuelo pero sí lucidez. Que como dice Ovejero “puede que la crueldad no nos acerque a la sabiduría, pero al menos nos aleja de la estupidez” 

José Ovejero. “La ética de la crueldad”. XL Premio Anagrama de Ensayo. 197 páginas. Editorial Anagrama. Barcelona, 2012.

José-Carlos Mainer. “La escritura desatada”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves, 12 de abril de 2012.

Contagio literario

“Cervantes, inventor de la novela moderna, llamó “escritura desatada” a su hallazgo porque permitía hablar de todo, en todos los tonos, y porque el género literario resultante venía a ser una suma de los existentes”. Y es precisamente Cervantes y su obra capital: El Quijote, el autor y la novela más citada por Mainer en este ensayo, con lo que además de enseñarnos (o recordarnos) su valor precursor y dimensión trascendente, deja, de paso, en evidencia a Harold Bloom.

Y es que en cierta manera esta “Escritura desatada” comparte la estructura de las “Novelas y novelistas” del norteamericano, pero la primera edición de este ensayo de Mainer es del año 2000, anterior al de Bloom, y la del aragonés es más universal y menos anglófilo. Aunque Mainer, por su parte, no esté libre de cierto subjetivismo político.

Este libro en palabras del autor en su nota a esta edición es una “Bibliografía, una guía de lecturas de elección muy personal, siempre complementarias de lo que se dice en estas páginas y sin pretensión alguna de exhaustividad”. “Se trata de un ensayo de divulgación dirigido al lector asiduo de novelas y también al estudiante universitario de literatura. Se parece más a una historia literaria de la narración que a una teoría de la novela; y también tiene algo –sin haberlo buscado expresamente- de un elenco de novelas (y también de textos críticos) que me parecen memorables. Es una muestra más del entusiasmo por algo y, en todo caso, es una buena manera de hacerlo contagioso”.

Y eso es básicamente: el estudio de una colección de novelas que pretende contagiar un entusiasmo por la literatura, pero que no se queda en una mera lista de las cien novelas que debe usted leer antes de morir; porque esta “Escritura desatada” es un diccionario de términos literarios: verosimilitud, mímesis, cronotopos, analepsis, digresión, paratexto y exergo. Un repaso a la novela desde sus primeras formaciones invertebradas hasta El Quijote –la primera novela moderna- y todo lo que vino después: realismo, idealismo, naturalismo, neorrealismo, realismos social, sucio o mágico; nouveau roman, expresionismo y lirismo. Siglos condensados, épocas, movimientos y estilos relacionados con una o varias novelas a modo de ejemplo y puerta de embarque. Ensayo repleto de felices hallazgos en el que descubrirme abrumado, virgen e ignorante con autores sin leer, lagunas en mi biblioteca; conocimientos que aplicar para cuando vuelva a desatar la lengua y aporrear el teclado, manual básico para  principiantes, intrusos y pinches de cocina.

No cometeré la insensatez de despreciar las partes más farragosas, teóricas y técnicas en un texto de este tipo. Esa parte que –quizás- destinada al estudioso universitario resulta la menos atractiva para el autodidacta; para alguien como yo que se enfrenta a la literatura como un bandolero, un asaltador de carruajes. Que no es filólogo sino lector. Por eso me quedo con el capítulo de “Las novelas y la vida”. La relación entre escritura y lectura. La literatura y su creación de “mundos posibles en el marco del pacto ficcional que establecen autores y lectores”. “Vivimos para contarlo. Leemos para vivir”. La relación de la novela con la poesía, la filosofía, el teatro, el cine, la música, el psicoanálisis y el diálogo. La literatura y la vida. Más con lo moderno y lo práctico que con lo clásico y lo retórico. Me quedo con la sospecha de que los autores son los más indicados para hablar de la literatura. Que el enfermo conoce y describe mucho mejor su enfermedad y sus síntomas que los médicos. Que en cierta manera el crítico o el estudioso resulta un zoólogo, un cartógrafo y un cronista. Me quedo con la cita y el análisis de algunas novelas concretas y decisivas, “memorables”, indispensables; con los ejemplos, las instrucciones de uso, los decálogos y sus preceptos; la libertad formal y la mirada prestada que abre los ojos. Tarea inmensa, inabarcable, infinita. La literatura no termina nunca. Propagación y contagio. Leer, leer malditos.

José-Carlos Mainer. “La escritura desatada. El mundo de las novelas”. 379 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012.

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