Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”

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Reseña publicada en Factor Crítico,  el jueves 3 de abril de 2014.

http://www.factorcritico.es/2014/04/ajedrez-para-un-detective-novato-juan-soto-ivars/

Mitad Jaimito mitad Juan.

Ya se que la película no es gran cosa y que posiblemente haya ejemplos mejores, pero me he acordado de esa escena de “Matrimonio de conveniencia” (Peter Weir, 1990) en la que Gerard Depardieu (que se supone que es compositor) se pone en una reunión de millonarios esnobs a tocar el piano aporreándolo como un loco furioso. Los que lo escuchan, horrorizados, muestran su desagrado y estupor; y uno de ellos, al acabar la interpretación y pensando que es una “extravagancia new age”, aplaude con sonrisa bobalicona lo que no ha sido más que espantoso ruido. Entonces, Depardieu, en un cambio inesperado, se pone a tocar con sutileza mientras recita en (¡oh!) francés un improvisado (y pésimo) poema. La sorpresa es absoluta; Depardieu conquista al auditorio (y a Andie MacDowell) y con ese cambio se transforma totalmente: pasa de ser un loco, un hombre zafio y vulgar a un artista sensible y fascinante.

Y es que esa misma sorpresa, esa transformación, esa excentricidad que se vuelve  algo serio es este “Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars. Una novela que más o menos hasta la mitad era un auténtico disparate y que acaba por volverse una novela negra de verdad.

Explico esto antes que nada porque será muy normal que un lector no avisado se levante indignado antes de tiempo y deje la novela a medias viendo como Soto-Depardieu le toma el pelo aporreando el teclado en un constante desvarío. Y no se lo reprocharía. Yo mismo tuve esa tentación. Ese humor infantil, desmesurado y excesivo es difícilmente soportable: una novia ninfómana y sadomasoquista, un detective play-boy y millonario, una presentadora de televisión libidinosa y con poderes hipnóticos, un episodio escatológico y varios refritos de películas pulp y B movies. Pero creo que sólo por contemplar la transformación de la segunda parte de la función merece la pena permanecer sentado y aguantar. Ver al loco y al genio. El espectáculo al completo para poder opinar.

Y creo que para comprenderlo mejor y saber a qué atenernos habría que insistir en que esta novela es una sátira. Y que la sátira según el diccionario es poner en ridículo, es algo agudo, picante y mordaz; y eso es la mitad de esta novela: un pitorreo, una chufla, una burla.

Entiendo que algunos se indignen porque no todos tienen la oportunidad de escribir una novela mezclando en su argumento cómics, series de televisión y películas: Terminator, Cyborg, El santo de Val Kilmer y sus disfraces, el sentido arácnido de Spiderman, la Blasa de José Mota, las tortugas ninjas y “Underworld” y un chiste de caca, culo, pedo y pis; y publicarla. Y que además semejante desvarío gane un premio. Imagino la cara de estupefacción de los demás aspirantes que enviaron sus manuscritos. Lógicamente no pensarán que se trata de una broma sino de algo mucho peor. No entenderán que un jurado serio haya pasado de la mitad del manuscrito sin descartarlo. Se imaginarán a Soto partido de la risa, divirtiéndose como un niño mientras ellos se pasaron meses de fiebre y obsesión sudando la gota gorda para escribir sus novelas no premiadas.

Soto es un gamberro que hace de Jaimito y eso puede resultar ofensivo. Reconozco que yo mismo, al llegar al capítulo “El peso de la sensibilidad” (página 127), cuando el protagonista se convierte en un hombre biónico estuve a punto de dejarlo. Pero a pesar del disparate seguí porque también me estaba resultando entretenida e hilarante. Pensé, ¿no será que nos tomamos demasiado en serio la literatura?; que no le damos una oportunidad para que pueda ser frivolidad, pasatiempo, carcajada. Resultaba confuso y contradictorio. Por un lado me divertía como si juntara una historieta de “Anacleto, agente secreto” y el primer “Torrente” y por otro me resultaba inaguantable y excesivo, una chorrada. Era entretenida sí, pero ¿es simplemente eso lo que debemos pedirle a la literatura?, ¿basta con eso para conquistarnos?; ¿de qué estamos hablando de un tebeo o de una novela?

Pensaba en que Soto Ivars era un escritor de verdad, alguien capaz de haber escrito “La conjura de Perelman” y, sobre todo, la excelente “Siberia” y ahora tenía delante el desvarío de un veinteañero borracho una noche de carnaval. Aguantaba porque era Soto Ivars, pero ¿tenemos la obligación de saber quién es?, ¿de respetarle y aguantarle por haber escrito “Siberia”?, ¿Y si no le conociéramos de nada lo aguantaríamos? Aquello no podía seguir así,  ¿dónde quería llegar?, ¿qué pretendía con todo aquello?; ¿era una provocación?, ¿pretendía ponernos a prueba? Tenía que tener algún sentido. Tenía que tener truco. Y las primeras pistas me las dio con esos párrafos sueltos que se intercalaban entre los disparates. “Todo era algarabía y desparpajo” y entre ellas se colaba el escritor igual que “el pato de goma boga sobre las aguas procelosas del infierno”. Soto era capaz de sacar adelante una trama igual que un adolescente conduce en los coches de choque. Divertido y serio mezclaba el desenfreno y la diversión con el volantazo de la ironía; de vez en cuando entre lo esperpéntico aparecían la metáfora y la descripción brillante. Progresivamente lo absurdo va perdiendo terreno y presencia hasta esa parte final en la que desaparece por completo. Y ahí se resuelve todo: el chiste era una máscara, un disfraz con el que divertirse y confundirnos; un juego. La pregunta es ¿son suficientes esos párrafos brillantes para apuntalar esa primera parte desopilante y no abandonar? ¿Qué pasa si no los advertimos, si no descubrimos al escritor debajo del disfraz de gallina Caponata?

Soto ha escrito esta novela riéndose, riéndose mucho, a carcajadas; pero también nos ha demostrado –de nuevo- su inmenso talento como escritor, su versatilidad y aptitud. Con ese cambio sorprendente, con esa capacidad para engañarnos y hacernos creer otra cosa nos ha demostrado su habilidad; su capacidad para darle un sentido al disparate, la coherencia y la tensión de un argumento aunque sea con un final que se veía venir. La lección puede ser: no dejes nunca un libro a medias, no sabes lo que puede pasar o qué vas a encontrarte en la página siguiente, pero la cuestión es: ¿no habrá tensado tanto la cuerda del esperpento que haga que se rompa antes de tiempo?; ¿no habrá llevado demasiado tiempo ese disfraz que acabe por espantarnos con sus tonterías? El golpe de efecto es magnífico, es tremendamente ingenioso, pero ¿basta con eso para ganarse nuestro respeto?

No voy a negarle a Soto su derecho a divertirse y a disfrazarse. Mitad Jaimito mitad Juan. Mostrarnos un perfil y luego darse la vuelta y darnos cuenta de que todo era una broma. No le voy a negar que quiera usar –no voy a decir desperdiciar- su talento y pasar una noche de juerga, disfrutar del carnaval, la barra libre y hacernos creer que se ha fumado algo. Él elige su manera de epatar, engañarnos y luego sorprendernos. Él ha querido jugar así. Pero creo que al final se trata de una cuestión de edad. Y yo ya estoy viejo para esto. Y no me gustaría verme -¡ay!- así: “A su lado, yo era un viejecito que tiembla, que está temeroso, que tiene una boina puesta y una bufanda y está cansado y proyecta su rencor hacia la juventud”, por eso en parte me rebelo y me río, pero es que con cuarenta años estamos acostumbrados ya a otro tipo de humor. Cumplidos los cuarenta no nos hacen ya gracia las cosas con las que nos partíamos el culo con veinte años. Cuando yo era joven me reía mucho cantando aquello de “Chochos voladores”, “Ayatollha no me toques la pirola”, “Me pica un huevo”, “Las tetas de mi novia” y “Tengo que inventar algo para poder hacer la caca de colores”. Ahora las escucho y sonrío, pero ya no es lo mismo. Antes bebía como un coronel británico y ahora no paso de las tres cervezas. Antes aguantaba dos días de fiesta y payasadas y ahora los sábados me acuesto a las once agobiado por no llegar a fin de mes. Ahora busco otra cosa en la literatura.

Creo que alguien entre los dieciséis y los veinticinco años se puede reír y disfrutar mucho con esta novela y sus excesos. Y supongo que Soto la contemplará dentro de quince años como una de aquellas locuras que hacíamos con veinte años. Ahora estamos a otra cosa, pero cómo nos reíamos entonces.

Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”. XVIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. 373 páginas. Algaida Editores. Sevilla, 2013.   

Daniel Gascón. “Entresuelo”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 26 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/26/un-video-domestico/

Un vídeo doméstico

Todos tenemos una familia. Todos podríamos contar alguna historia de nosotros mismos y nuestros abuelos, padres, hermanos o tíos. La diferencia está en hacer o no atractiva esa historia.

Está claro que todo resultaría más fácil si nuestro abuelo hubiera sido diplomático en la Segunda Guerra Mundial y no dependiente de una ferretería en una capital de provincias. Con una vida apasionante y en una época convulsa es más fácil escribir una novela o hacer el guión de una película entretenida y correcta. Pero cuando nuestro abuelo no fue otra cosa que un tipo corriente con una vida vulgar y anodina como la de cualquiera puedes contar su historia, hacerle protagonista de una novela, pero entonces necesitas algo más; necesitas contarla de manera que la literatura –la forma en que la cuentas- te salve ese guión de la mediocridad y la indiferencia.

Todos podemos utilizar a nuestra familia de inspiración. Podemos servirnos de ella para buscar y encontrar argumentos y personajes. Desde una parte de verdad crear, inventar, transformar la realidad y hacerla materia de una colección de relatos o una novela. No es el caso de “Entresuelo”. Daniel Gascón ha decidido no mentir, contar la verdad sin más. Es una opción válida, pero qué pasa entonces si se opta como ha hecho él por contar los hechos con un realismo radical, descarnado, en crudo, sin imposturas. Pues que si lo que se narra no se cuenta con el contrapeso de una voz que lo haga atractivo, singular o diferente, se convierte en doble vulgaridad. Y esa es la carencia de Gascón. Que falla en la forma.

Y es que Gascón nos ofrece un vídeo doméstico como si él fuera el único que tuviera una cámara y el suyo fuera un documento excepcional cuando hoy en día hay miles –millones- que tienen una cámara digital y hacen vídeos como ese. Si visionamos el nuestro y el de “Entresuelo” no encontraremos ninguna diferencia. Hechos y hechos sin un montaje original y sin ni siquiera el mérito de una seductora voz en off.

Cuando hoy en día hay gente capaz de hacer creativos y originales cortometrajes con un teléfono móvil Gascón nos ofrece un libro que es un anodino retrato familiar con un valor y un interés estrictamente particular. Lo único que Gascón hace es un inventario de recuerdos –en muchas ocasiones copiando a Perec y su manoseado “Me acuerdo”- que seguro que a su madre, a su padre, a sus hermanos, tíos y primos les hace mucha ilusión, pero que a los demás nos produce indiferencia y suspicacia.

Entre las virtudes con las que se nos quiere vender esta “novela” están que refleja “el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica”.  O sea algo que ya se ha contado infinidad de veces como por ejemplo lo hizo Pedro Masó en “La familia, bien, gracias” con guión de Rafael Azcona  y en “La gran familia… 30 años después”. Se dice que sus “personajes” son “inolvidables” y en ellos no encuentro ninguno mejor que los de mi propia –y cualquier- familia con sus miserias, dificultades, virtudes y defectos. Se dice que es una “autobiografía indirecta” y que es una “aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España”, es decir que para eso me vale con ver “Cuéntame” y que cualquiera de sus guionistas tiene más mérito que Gascón porque la literatura debe ofrecerle algo al lector que no pueda ver en la televisión.

El que se “hable a la ligera” es una buena descripción. Esta es una “novela” amena, es el típico libro que se deja leer sin requerir un esfuerzo intelectual. Los recuerdos de Gascón le traerán al lector los suyos propios. Con los emotivos recuerdos ajenos recordará a sus abuelos; los veraneos en el pueblo; la infancia; las anécdotas que dejan una sonrisa y las multitudinarias, alegres y ruidosas comidas familiares. Pero esa ligereza es una virtud escasa y esa emoción compartida algo muy básico, un simple acto reflejo. ¿Dónde queda el escritor, su utilidad y su diferencia? ¿Dónde la literatura y el intento de hacer de ella algo inaccesible y fuera de lo común?, ¿dónde su valor, la belleza y dificultad que la hace distinta, inigualable? ¿Para qué queremos un escritor que se convierte en una máquina, un reproductor por escrito de imágenes y sonido y hace de la literatura un archivo que podemos contemplar en una pantalla?

Entiendo que Gascón quiera conservar la memoria de sus abuelos y compartir ese recuerdo con su madre, su padre, su hermana y el resto de su familia. Resulta emotivo pero es seguro que hay cientos –miles- de personas que podrían escribir un libro similar a este “Entresuelo”. Seguro que muchos serían peores, pero es muy probable que alguno fuera mejor y que sin embargo su autor si quiere verlo publicado esté condenado a ese limbo de la autoedición.

Daniel Gascón. “Entresuelo”. 108 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Carlos Castán. “La mala luz”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 4 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/04/de-amor-y-odio/

De amor y odio

Una advertencia no es la mejor manera de empezar, lo sé; pero en este caso creo que es necesaria. En la contraportada de esta novela se la califica como “un vertiginoso thriller que se lee en absoluta tensión”; y eso no es cierto. Los lectores habituales de ese género se sentirán defraudados si hacen caso de esa etiqueta porque en “La mala luz” hay un asesinato, sí; y hay una investigación, sí; pero no es una novela típica de intriga o suspense. “La mala luz” es una novela intimista, lenta y tortuosa con muy poca acción en la que lo realmente valioso no está en el suceso, el nudo y su desenlace sino en la forma, la cuerda y su materia. Algo que se reconoce en el propio texto: “… como lector de novelas, ya lo sabes, he sido siempre más tirando a francés y melancólico… he preferido siempre el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas.”

Creo que para despertar el interés hubiera bastado con decir que “La mala luz” es la primera novela de Carlos Castán. Su primera novela larga después de su excelente nouvelle “Polvo en el neón” (Tropo, 2012). Al menos con eso a mí me basta. Y es que Castán está reconocido como uno de los mejores escritores de relatos y saber cómo un cuentista ha resuelto ese reto de pasar de un género a otro tiene un aliciente innegable. Y me parece que en esta ocasión a Castán le ha salido regular por –creo- un desequilibrio estructural. En la primera mitad se demora, recrea y explaya tanto que por comparación la segunda resulta escasa y precipitada. No quiero pensar en cansancio o en prisas, en obligaciones o fechas de entrega; pero es como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba yendo demasiado lento -y que de seguir a ese ritmo se hubiera ido a las quinientas páginas- y entonces se sale de la comarcal por la que lleva circulando toda la ruta y toma la autovía y en línea recta y sin desvíos ni rodeos llega al punto y final. No por ese brusco cambio de ritmo la novela pierde su coherencia interna –todas las piezas encajan perfectamente- pero sí que se descompensa. El novelista acelera el paso y se vuelve cuentista; lo que hasta entonces era perífrasis, circunloquio amplificado y minucioso se hace aséptico y directo; se vuelve una novela resuelta como un relato.

Y es posible que se trate apostar sobre seguro, de una inevitable e insalvable querencia de la que es difícil librarse o de que simplemente la de la novela larga no sea la distancia adecuada para la intensidad de Castán. Como una maratón para un corredor de cien metros Pero eso no quita para que no podamos disfrutar de su maravillosa –poética, metafórica y lacerante- prosa que –como una falsa novela de intriga- engancha desde la primera página: “la poderosa fascinación que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas a empezar, cualquier situación que, de una manera u otra, pueda relacionarse en mi imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior”.

Y es que por lo general a Castán se le odia o ama sin término medio. Nadie como él habla de la herida y su dolor. Pero en este caso uno se debate entre la fidelidad y cierto cansancio y la repulsa por alguna escena nauseabunda e inexplicable: cuando el hijo le cuenta a su madre una secuencia de sexo oral. Y es que yo empecé a admirarle desde sus cuentos porque nadie como él retrata la derrota, la desesperación, el desasosiego, la pérdida y la melancolía; el vértigo y la nada. Algo que vuelve a hacer en esta “mala luz”. Admiro de él la música triste, exacta, hiriente y dolorida de sus palabras; multitud de frases y párrafos que dejar subrayados en sus libros; pero también ahora esa prosa, bella y amarga, en el largo aliento de una novela se convierte en un lugar perfecto en el que pasar un corto espacio de tiempo pero no uno en el que quedarse a vivir permanentemente. Su tristeza perpetua e incurable funciona perfectamente en pequeñas dosis, pero cuando se hace perenne se vuelve tóxica, desesperante, monotemática.

La narrativa de Castán es como una hermosa mujer ante la que caeremos rendidos de inmediato. Será una amante maravillosa, pero si queremos mantener el equilibrio y la salud mental lo mejor es alejarse de ella porque es bella sí, pero depresiva; innegablemente seductora sí, pero destructiva; enferma irremediable con cierta delectación morbosa y tendencia al auto-sadomasoquismo.

Castán nos gusta tanto porque compartimos con él algunas cosas: los libros, las canciones y los objetos, su significado autobiográfico y su escenografía; las fotografías en blanco y negro: imágenes detenidas que nos hablan; el dolor de vivir y su horror vacui. Le admiraremos y al mismo tiempo tendremos la sensación de volver a un lugar ya visitado y conocido. Le admiraremos por ser “puro bucle de fiebre y obsesión” y al mismo tiempo tendremos la duda de si Castán no puede ser otra cosa, no sea capaz de otra cosa que de repetirse y de que “uno se harta siempre de las pesadillas de los demás”. Los que nunca lo hayan leído quedarán fascinados al leerlo por primera vez; los que ya lo conocemos quizás no podamos evitar cierta sensación de repetición y por eso será contradictorio porque volveremos a amarlo pero también a odiarlo por vez primera. Los adolescentes hipersensibles y con pulsiones suicidas le descubrirán como su profeta junto a Cioran; las adolescentes que sueñan con ser escritoras se enamorarán de él como de un poeta maldito, pero los que ya vamos para viejos hablaremos (no sin cierta y cochina envidia) de su complejo de Peter Pan. Los que admiramos sus relatos disfrutaremos con algunos capítulos de esta “mala luz”: cuentos superlativos incrustados en la novela: “(Hombre al agua)”, “(Un paseo)” y “(Procesión por dentro)”; de su regreso a París, de su recurrente pasión por la huida, su introspección, ese yo complejo y contradictorio y sus miles de palabras para hablarnos del (des)amor, “ese universo bellísimo y oscuro, desbordado de venenos y paseantes solitarios” que es el suyo; pero también los que lo admiramos porque lo hemos leído nos encontraremos con un escritor que siempre nos muestra el mismo personaje: alguien al que le gusta estar herido para tener algo de lo que hablar o escribir, un tipo permanentemente triste y derrotado, pesimista, cansado de todo y del que acabamos con pena hartándonos.
Los que busquen un thriller ya saben que lo encontrarán en parte. Los que busquen una novela convencional no esperen hallarla porque es muy probable que encuentren una primera mitad lenta que “tenga más de poesía que de eficacia” con un yo abusivo y desmesurado pero también la verdad magistralmente contada de cómo la muerte ajena puede hacernos contemplar nuestra propia vida en un desolador reflejo. Y una segunda parte que se resuelve precipitadamente, escueta en su desarrollo y explicación en comparación con la primera y con el personaje de una mujer y un amor melodramático y perverso y un final sobreactuado y odioso, pero también con lo metaliterario mezclado, unido indisolublemente con la vida; la devastadora frustración de perder la última oportunidad, un poema sobre la traición, el engaño y la desilusión. Los que admiramos a Castán encontraremos en esta novela todo lo que de él nos fascina y su manera de nombrarlo como nadie: “en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida”.

Carlos Castán. “La mala luz”. 227 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2013.

Mariano Veloy. “Después de Rita”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 25 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/25/prohibido-no-sonar/

Prohibido no soñar

No soy partidario de las etiquetas. Entiendo que pueden ser útiles como referencia para el comprador; pero yo prefiero los adjetivos: excelente, bueno, regular, malo y mejorable; y todos los matices de los grises según mi propio criterio.

Digo esto porque supongo que a “Después de Rita” de Mariano Veloy se la puede incluir en esa etiqueta de “novela moderna”. No creo que, dispuestos a poner etiquetas para situarla en algún lugar del supermercado, se le pueda poner otra. Y no lo digo como algo peyorativo sino para que los lectores, seguidores y consumidores habituales de ese tipo de literatura cuenten y se interesen en ella; que no les gustará a los que leen (y se descargan legal o ilegalmente) best-sellers, novela histórica y/o romántica. Que cada uno lea lo que quiera, que lean de todo, pero como ya saben los que alguna vez se han tropezado conmigo no soy lector habitual de literatura de entretenimiento. Si me dan a elegir prefiero leer antes una “novela moderna” que una de entretiempo. Eso no significa que se deba dar por buena cualquier novela por el simple hecho de ser moderna. Una vez puesta la etiqueta entra en juego el adjetivo. Y se puede ser muy moderna y –según mi criterio- muy mala.

No, no es el caso de esta “Después de Rita”, simplemente lo digo porque al amparo de esa marca algunos designados como jóvenes talentos se han aprovechado para colarnos bodrios infumables queriendo hacernos pasar como literatura las páginas inanes de su diario. Narración mediocre de la nada que, si permanecemos callados, hará que cualquier pijo-progre (con o sin padrino) se crea escritor y siga publicando humo.

No, no es el caso de “Después de Rita”; a esta novela por su estilo narrativo y por su temática se le puede clasificar como moderna o vanguardista, que se sale de lo corriente, pero no creo que Veloy se crea nada (ponga pose de) ni haga relaciones públicas (sobre todo nocturnas) buscando entrar en la pandilla; creo que él ha escrito una novela que no es una simple boutade, un mirarse al ombligo aunque su argumento esté relacionado con una parte del arte: el cine, en el que pululan –al igual que en la literatura- modernos enfermos de narcisismo que se creen genios y no son más que estafadores. Se me puede objetar que es cuestión de gustos –tal vez de ignorancia- pero no le veo el mérito ni el valor a muchas de las obras que aparecen cada año en ARCO ni a las películas de la nouvelle vague. Y precisamente en parte de ese tipo de cine alternativo (que no independiente), delirante, improvisado y pretendidamente genial va esta novela. De la filmación de un corto con un guión que es una chifladura dirigido por uno de esos enfant terrible del séptimo arte que se cree la reencarnación de Orson Wells. Y no, no es una parodia lo que ha escrito Veloy, es la crónica plausible y absolutamente realista de ese (sub)mundo en la que un actor cree haber encontrado su oportunidad protagonizando una parida underground. No, tampoco es esta novela una defensa de esa contracultura, ni su masoquista idealización; es en realidad la triste historia de una vocación, la de un actor en precario que no decide renunciar a su sueño a pesar de los fracasos. Estereotipos de gafapastas cinéfilos y freaks, “Filmofan(s): fan(s) de filmoteca”, chiflados a los que les gustan las películas simbolistas, prototipo, irónicas, absurdas, punk. Y sin embargo curiosamente en sus personajes está lo mejor de la novela. Esos tipos excéntricos a los que Veloy da vida y que algunos de ellos podrían muy bien estar basados en personajes reales: James Cagney (el director) que renuncia a una vida regalada, cómoda y millonaria trabajando en la empresa familiar por el cine. Cheveneux –mi favorito- que renuncia a su negocio y a todo por seguir el amor y conquistarlo con un proyecto absurdo. Rita (la actriz) una mujer oscura, bella, fascinante y con (envidiable) y auténtico talento, fría como una Dietrich muda y que se consume en la llama de un dolor que arrastra desde su infancia. Y Nino (el protagonista) que huye también del dolor causado por una muerte traumática y que a pesar de los fracasos no quiere renunciar a ser actor, lo que más quiere en este mundo. Aunque en Nino también encuentro la parte que menos he comprendido y me parece menos acertada porque no veo –sin negar el trauma de la muerte- una relación causa-efecto en algo que se compartía con silencio e indiferencia.

Aparentemente esta es la historia de una constatación: “los sueños no se cumplen” y esta vida es una pura mierda. Y sin embargo al final “el legado es otro. Prohibido no soñar. Ése es el legado”.

Una novela con una película dentro y viceversa o una historia mitad película mitad novela. O las dos juntas y al mismo tiempo. Y todo contado con ese estilo desinhibido que hace de Veloy un escritor diferente. Esa forma de narrar suya con párrafos llenos de punto y seguido que convierten a las frases en golpes contundentes. Esa forma reiterativa, repleta de aliteraciones que no cansan. Esa forma suya de poesía de la palabra y punch.

Por último y aunque en esta ocasión no me gustan las ilustraciones de Leo Flores quiero mencionar y resaltar el acertado trabajo editorial. Pez de Plata es una de esas editoriales independientes que se esfuerzan por hacer de la literatura algo distinto, que entienden el libro en papel como un objeto con alma con su tacto, color y diseño de portada e interior. Una editorial Indie que quiere llevarle la contraria y dejar en evidencia a esos ingenieros e informáticos vendedores de gadgets con fecha de caducidad y que necesitan luz eléctrica para funcionar y resucitar.

Mariano Veloy. “Después de Rita”. 109 páginas. Ilustraciones de Leo Flores. Editorial Pez de Plata. Oviedo, 2013.

VV. AA. “Bajo treinta”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el viernes 22 de noviembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/11/22/eureka/

¡Eureka!

Para mi la literatura no tiene nada que ver con la edad. Es decir, se puede escribir bien –lo que para mí es escribir bien- con independencia de la edad que se tenga. La juventud no es para mí ningún merito en sí ni un motivo para desconfiar o sospechar. Se puede ser un genio o un mediocre con veinte años. Y con treinta. Y con cuarenta. Y con cincuenta.

Con esto no quiero decir que crea que ésta antología sea innecesaria. Ninguna lo es. Me hubiera parecido igual de bien una de escritores manchegos o de coleccionistas de sellos. Lo que me importa es el resultado no el motivo que los reúne. Me parece muy bien que Juan Gómez Bárcena haya seleccionado y nos presente a un grupo de escritores que como él han nacido en la década de los ochenta y que por edad representan a “la nueva narrativa española” y que gracias a este libro podamos conocer una parte de “su más joven presente”.  Lo que realmente me sorprende es que haya hoy en día alguien con menos de treinta años interesado en la literatura. Sólo por eso ésta antología es una muy buena noticia. Y un alivio. Hay alguien ahí.

Estoy de acuerdo con Juan en la conveniencia de una antología como ésta para dar a conocer, hacer visibles, darles publicidad y difusión a unos autores a los que –por su juventud- los “grandes sellos” editoriales ignoran. En reconocer el valor de nuevas editoriales independientes que están dispuestas a publicarles y darles una oportunidad. Y también –aunque eso Juan no lo dice- que en cuanto puedan –tal vez antes de cumplir los cuarenta- alguno de esos autores firmarán un contrato con una editorial “grande” y brindarán con cava por subir a primera división. Pero eso forma parte del juego y no quita para reivindicar “el trabajo” de las editoriales “Indie” y su necesaria existencia: los que hoy tienen menos de veinte pasado mañana tendrán menos de treinta y necesitarán a alguien que les publique si es que queda alguno que crea que la literatura sirve para algo.

Pero a lo que iba. Para mí esta antología tiene el mismo valor y fin que cualquier otra: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor que no conocía. Un nuevo nombre que apuntar en mi libreta de libros pendientes. Y de los catorce autores seleccionados hay dos que ya conocía: Matías Candeira y Juan Soto Ivars. De Matías ya hablé en su momento, siendo “En la antesala” –el cuento que se incluye en este libro- uno de los buenos relatos que tiene su irregular libro “Todo irá bien. Y de Juan se incluye un texto inédito: “La última obra de arte” -que es el prólogo a su novela “El futuro no os recordará”, que escribe desde 2008- y que me confirma lo que ya sabía: su enorme talento y estilo personal que espero no abandone por conseguir que le lean amas de casa o funcionarios en el metro.

De los doce restantes he apuntado con asombro y sincera alegría de ¡Eureka! los de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. De ellos -tras esta brillante presentación- espero poder leer los libros de relatos y novelas que han publicado y espero también no perderme lo que hagan después. Y me han parecido excelentes por uno: no hacer de la literatura algo abstruso, o dos: no convertir a la narración en la simple trascripción de un vídeo doméstico.

Y es que en general parece que entre los escritores jóvenes hay dos tendencias o estilos mayoritarios. Por un lado el gusto por la narración abstracta, simbolista, subterránea o incluso psicodélica; premeditadamente enrevesada con tal de no hacerla caer en lo sencillo o evidente. No reniego de que en los relatos pueda haber un cierto –e incluso saludable- componente metafórico, pero no me gustan los cuentos que, abusando de la extrañeza, acaban no siendo otra cosa que un arcano inextricable.

La otra tendencia que parece también repetirse es la de pretender hacer de los cuentos la reproducción narrada y fidedigna de un cortometraje en el que no pasa nada. Un realismo de lo cotidiano que curiosamente es todo lo contrario a ese enrevesamiento cubista y excéntrico. Pero pasar a ese extremo creo que tampoco es la solución porque la literatura; escribir no es hacer una copia de Dogma 95. Convertirla en eso es desvestirla, desnaturalizarla, hacerla inocua, anodina, inane. La literatura no es simplemente la narración fría, plana y deshidratada de unos hechos.

Ya sé que la literatura es un recipiente maleable en el que cabe todo; que cada estilo puede tener sus seguidores; pero me resisto a que a cualquiera de esas dos tendencias se les otorgue otra cosa que no sea el visado de turista. Para mí lo peor que puede pasarle a la literatura es uno: que se convierta en un lugar con acceso restringido, un lenguaje extraño que lleve a la frustración; o dos: que no sea otra cosa más que una pálida naturaleza muerta que no conmueva, no provoque ninguna emoción, ninguna reacción en nuestro sistema nervioso.

Por eso me quedo con los textos de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. Por su sensibilidad, riqueza y profundidad; por su lenguaje salvaje, impactante, vertiginoso e hiriente, por reformar el costumbrismo y en un nuevo territorio hacer neo-realismo agridulce, por su desbordante imaginación, humor desbocado e indiscutible talento; por su ironía metaliteraria y su personalidad.

No nos basta con una píldora que tenga proteínas y aminoácidos líricos. No somos astronautas más allá de Orión. Necesitamos comida de verdad y no un chicle de nicotina.

VV. AA. “Bajo treinta”. Antología de nueva narrativa española. Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena. 155 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Víctor Balcells: http://huesosdesepia.blogspot.com.es/

Aixa de la Cruz: http://estabanlocos.tumblr.com/post/27504405712/aixa-de-la-cruz

Jenn Díaz: http://fragmentodeinterior.blogspot.com.es/

Julio Fuertes Tarín: http://estabanlocos.tumblr.com/post/3151203645/julio-fuertes-tarin

Cristina Morales: http://www.microrevista.com/entrevista-a-cristina-morales/

Miguel Carcasona. “Todos los perros aúllan”

Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”

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El nazismo y el comunismo en la literatura española contemporánea

La última novela de Diego Doncel: “Amantes en el tiempo de la infamia” me ha hecho caer en la cuenta de algo: los autores españoles contemporáneos van siempre de pesca al mismo caladero. Y no me refiero ahora a la España de 1931-1975 o a las dictaduras de Chile y Argentina sino a que cuando salen de viaje por Europa van siempre a pescar al mismo sitio; que si quieren usar o poner un ejemplo –absolutamente cierto- del Mal como argumento o ambientación de sus novelas todos recurren al mismo: el nazismo; y ninguno al comunismo de la URSS.

No voy a hacer en este caso de abogado del diablo, que quede claro que el nazismo y todas sus copias y derivados se merecen la misma rotunda e incondicional condena, pero que también, y precisamente por las mismas razones, el comunismo y el régimen de Stalin se merecen el mismo tratamiento. Es suficiente con ver “Katyn”, la película de Andrzej Wajda, para entenderlo.

Lo que me resulta curioso –por no decir indecente- es que los autores españoles miren sólo a un lado antes de cruzar una calle que es de dos carriles. Que si escriben una novela en la que quieren mostrar la encarnación de la injusticia y la arbitrariedad, el terror, la represión y la muerte ninguno lo haga utilizando como escenario perfecto la URSS desde 1922 hasta 1953 o los países de la Europa del Este al otro lado del Telón de Acero. Todos parecen –y yo con ellos- tener muy claro que el nazismo merece una denuncia persistente e inagotable; y todos parecen –y en eso no estoy de acuerdo- que aquel comunismo se merece silencio y olvido.

Y en ese sentido resulta muy significativo que la única novela española –que yo conozca- que esté ambientada y denuncie lo que allí había sea este “El maestro Juan Martínez que estaba allí” de Manuel Chaves Nogales publicada en 1934. Y que desde entonces –a excepción de Juan Manuel de Prada en “Me hallará la muerte”– ningún autor español contemporáneo haya escrito algo parecido. Tal vez una –desoladora y clarividente- explicación esté en lo que dice Andrés Trapiello en su prólogo: “… crímenes atroces, pero muy prestigiados intelectualmente. En un momento en que en Europa se vivía con entusiasmo el triunfo de la revolución bolchevique, con la simpatía de la mayor parte de los intelectuales europeos, que veían en el experimento soviético algo prometedor, la crónica de Chaves debió de parecer una impertinencia”. Asunto, tema y verdad impertinente que al parecer se mantiene desde entonces.

“El maestro Juan Martínez que estaba allí” -da igual que sea una novela, un reportaje o una crónica novelada-; relata lo que el bailaor Juan Martínez le contó al periodista Chaves Nogales cuando se encontraron en Paris a cerca de la experiencia vivida por él y su compañera Sole en Rusia durante la revolución de febrero de 1917 y la posterior guerra civil entre blancos y rojos, zaristas y bolcheviques.

El relato resulta brutal y lógico teniendo en cuenta de que se trata de una revolución y una guerra. Los claveles y el pacifismo vendrían mucho después. Toda la crueldad, violencia y represión que se cuenta en la novela a mí no me sorprende. En aquella época la vida no valía nada y el asesinato era el sistema habitual pues se trataba de eliminar literalmente al enemigo. El terror sistemático que se empezó a organizar entonces tan sólo era un anticipo de lo que vendría después: la Gran Purga, el Gulag. Millones de muertos. “Los bolcheviques fueron descartando a quienes no eran los suyos, por muy obreros y proletarios que fuesen”. Y también hallaremos ciertas similitudes que luego pudimos encontrar en la Guerra Civil española: las espeluznantes checas, el enfrentamiento con los anarquistas y socialistas y su lucha por el poder, y el anticlericalismo ejercido a balazos.

El testimonio de Juan Martínez resulta conmovedor por las calamidades que supuso esa (en realidad cualquier) guerra y le toco vivir: la violencia, el peligro, la inseguridad, el miedo, el frío, el hambre, el tifus, la muerte por inanición o fusilamiento, la supervivencia a base de ingenio, robo, soborno, falsificación y un mucho de suerte.

Pero si por algo destaca la  novela de Chaves Nogales es por su independencia, por atreverse a denunciar las dos caras de una misma crueldad y horror ejercido por unos y por otros: rojos, blancos o nacionalistas: “La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos”. Independencia que es la única posición decente que debe adoptar un hombre para ser realmente libre. Lo de denunciar a unos y callar lo de los otros (o los nuestros) no es más que la demostración de un sectarismo indecentemente elocuente.

Aquella URSS es un tema tratado por autores extranjeros; tan sólo de los más recientes puedo citar “La noche de Valia” de Monika Zgustova, “Contra toda esperanza” de Nadiezdha Mandelstam, “El caso Tuláyev” de Víctor Serge; y también publicados por Libros del Asteroide: “Vientos amargos” de Harry Wu y Carolyn Wakeman, y “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin” de Vladimir Voinóvich. Pero de autores españoles… el único que yo conozco es “Los últimos aviadores de la República” de Carmen Calvo Jung. Y ninguno más.

El libro de Carmen Calvo trata de la formación de los pilotos republicanos en la antigua Unión Soviética durante la Guerra Civil española, el largo internamiento, tras la derrota de la República y el no querer alistarse en el ejército soviético, de un grupo de ellos en un campo de trabajos forzados –el mismo en el que estaban presos los soldados de la División Azul- y su regreso a España junto a los divisionarios en el buque Semíramis en 1954.

Ahí tienen los escritores una buena historia, un excelente argumento. Pero seguro que de eso nadie hace una película ni escribe una novela.

Y ahora pagarme con vuestra indiferencia. 

Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”. Prólogo de Andrés Trapiello. 287 páginas. Libros del Asteroide. Novena edición, Barcelona, 2012.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 11 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/10/literatura-y-palomitas/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/05/el-tango-de-la-guardia-vieja-arturo.html

Literatura y palomitas

Ante esos expositores con los best-seller que montan en las librerías siempre paso de largo. Los miro de reojo con indiferencia convencido de tener muy claro lo que quiero leer y lo que no. Pero con Arturo Pérez Reverte no ha sido tan fácil. ¿Y por qué esta sí y otras no? Pues primero por la época en la que se desarrolla: siglo XX, años 20 y 30, período de entreguerras; un tiempo para mi absolutamente fascinante. Y segundo porque la parte que conozco de Pérez Reverte me gusta: sus artículos de opinión. Sí he leído y disfrutado de sus libros: “Patente de corso”, “Con ánimo de ofender”, “No me cogeréis vivo” y “Cuando éramos honrados mercenarios”. Me gusta su radical independencia, su sentido común, su lenguaje directo y sin complejos, eso de te lo puedo decir más alto pero no más claro.

Leí este tipo de literatura en mi adolescencia y primera juventud, hasta que llegaron los veinte y durante una década cambie piel por papel con dedicación radical y exclusiva. Cumplidos los treinta y recuperado el interés por la lectura descubrí un día que había otras formas más allá del mero entretenimiento, que era posible unir contenido y estilo; así que tiré un centenar de libros a la basura y empecé de nuevo, buscando el término medio entre el espectáculo de refresco y palomitas y el pedante cineclub de autor.

Antes de empezar ya imaginaba lo que me iba a encontrar en “El tango de la Guardia Vieja”, pero las dos razones para abrirlo y leerlo ya las he explicado antes. Y lo primero que me encontré no me defraudó en absoluto. En esta novela hay una excelente y deslumbrante escenografía y ambientación, documentación, dirección artística, vestuario, decorados, mise en scène. Una película que podría ganar todos esos premios en la gala de los Óscar incluida mejor banda sonora y mejor canción. Y reconocer esto quizá sea caer y quedarse en lo aparente y superficial, como decir de una mujer que nos ha seducido simplemente por su belleza y nada más, sin abrir la boca, como en el chiste; pero esa excelente y deslumbrante escenografía es un duro, minucioso y exigente trabajo del autor que cuando está bien hecho hay que reconocer siempre.

Y aunque en este caso por la época en la que se desarrolla la novela –años 20 y 30 del siglo XX- haya una predisposición por mi parte a dejarme seducir, creo, objetivamente, que es en la descripción de los lugares y ambientes donde Pérez Reverte nos ofrece la mejor literatura; en su capacidad para, con las palabras precisas, llevarnos hasta allí; describir el lugar, el escenario, los olores y los objetos, los tipos y los nombres propios; espacialmente en la parte de la novela que transcurre en Buenos Aires: “La Ferroviaria olía a humo de cigarro, a porrón de ginebra, a pomada para el pelo y a carne humana. Como otros boliches de tango próximos al Riachuelo”. “Era común encontrar a gente de la alta sociedad porteña en incursiones noctámbulas a la busca de pintoresquismo y malevaje haciendo la ronda por cabarets de mala muerte o cafetines de arrabal”.

Pero llegados a cierta edad además de la belleza buscamos algo más. Y en ese sentido se puede decir que, “El tango de la Guardia Vieja” es, básicamente, la historia de amor entre sus dos protagonistas: Max Costa y Mecha Inzunza. Una historia de amor divida en tres partes. Una primera en la que el amor surge, se consuma y acaba. Una segunda con un apasionado reencuentro y una huída. Y una tercera con un nuevo reencuentro veintinueve años después. A cada parte se suman, a ese argumento principal y vertebrador, tres elementos en tres escenarios diferentes. En la primera es el tango, un trasatlántico y Buenos Aires; en la segunda es Niza y un asunto de espionaje con la Guerra Civil española de fondo; y en la tercera la bahía de Nápoles y un campeonato de ajedrez. Las tres partes componen un ordenado viaje en el tiempo en el que se van mezclando pasado y presente para que conozcamos completamente toda la historia. Un estructura narrativa que es, sin duda, otro acierto de Pérez Reverte.

Hay otros aspectos positivos, pero también –a mi modo de ver- negativos. Positivo resulta la recreación del lujo y sus escenarios en el que se desarrolla la novela; el lujo de una época y una sociedad que desaparecerá con la Segunda Guerra Mundial, “una fiesta sentenciada a muerte”. El personaje de Max Costa, bailarín, guapo, seductor, gigoló y ladrón de guante blanco; una especie de Arsenio Lupin -“Cyrano de la pégre”- que vivió la buena vida y acaba como chófer con gorra de plato. Acertada y tremendamente atractiva es la parte que tiene al tango como co-protagonista. Es esa primera parte la mejor de toda la novela sin que eso signifique que las otras dos sean malas, pero sí, quizás menos intensas. La parte de Niza se mantiene por el asunto del espionaje, pero hay una escena sadomasoquista sobre la que se proyecta una injusta pero inevitable sombra y otra al estilo increíble del Mike Hammer televisivo. La parte de la bahía de Nápoles tiene el valor del reencuentro y la melancolía, pero todo el asunto del ajedrez se hace aburrido y plano. Acierto es la narración en paralelo de los dos robos y sus consecuencias; una que resulta determinante y la otra frustrada en parte. Acierto es el personaje de Max Costa, el de aquel niño pobre que consigue introducirse en los ambientes ricos de la época y hacerse pasar por un perfecto caballero a base de astucia e inteligencia; y el personaje de Mecha Inzunza “niña bien” que se convierte en una Grace Kelly enamorada, viciosa y apasionada; Catherine Deneuve en “Belle de jour”. Historia de amor en la que hay también diálogos amanerados e imposibles, al estilo de galán de mentón cuadrado, vampiresa con boquilla de nácar y película en blanco y negro: “-¿Sabe una cosa?-comentó él-. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella”. “–Hay hombres que tienen cosas en la mirada y en la sonrisa –añadió Mecha […] Hombres que llevan una maleta invisible, cargada de cosas densas”. “Sabías hacer juegos de prestidigitación con los gestos y las palabras, como si llevaras puesto un antifaz de inteligencia”. Acierto es vivir el amor sin poder permitírselo, la fortuna y la suerte de la belleza esculpida en carne, huir de él por ser un juego depravado, un placentero y demencial callejón sin salida; es reencontrarlo y emborracharse en su saliva y tener que renunciar a ella por imposición, las circunstancias obligándonos a una despedida; es reencontrarlo de nuevo convertido en un anciano pero intacto el amor en las entrañas, echar la vista atrás y recordar todo lo vivido, vivir con sesenta y cuatro años la última aventura. Max Costa es un personaje del gusto de Pérez Reverte, un hombre forjado a sí mismo con audacia y honor sin medallas: “No te dejaste, amigo mío. Nunca fuiste un chico de esos. Al contrario. Tan limpio siempre pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones. Un buen soldado”. Alguien que “mirándose los ojos en un espejo” pueda decir: “no traicioné nunca, o no lo haré jamás”. Un personaje capaz de un último gesto poético coherente con él, pero en el que para mi gusto Pérez Reverte cae en la sobreactuación. Ese final del hombre con los bolsillos vacíos que se aleja silbando El hombre que desbancó Montecarlo es el mismo que el de un anuncio de un coche con nombre de deporte para nuevos ricos.

No voy a negar que en una valoración general haya disfrutado de esta novela, pero reconozco que lo he hecho con la misma mirada con la que hubiera visto una película, una superproducción con un buen guión y una excelente puesta en escena, filme a la antigua con todos los ingredientes necesarios para los aplausos al encenderse las luces. Literatura por la que deslizarse y dejarse llevar, literatura hacia fuera, de escenario y exteriores, visual, dialogada; largometraje que no se hará en esta España del cine subvencionado y sectario.

Seguiré leyendo con gusto los artículos de Pérez Reverte y seguiré pasando de largo ante esos expositores que venden best-seller en los supermercados. Es culpa mía. Hace ya tiempo que en la literatura busco otra cosa.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”. 494 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012.

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 6 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/06/la-novela-de-un-cuentista/

La novela de un “cuentista”

Cuando este libro llegó a mis manos Medardo Fraile aún vivía. Entonces todo mi interés consistía en la curiosidad por leer la única novela que un “cuentista” había escrito; en comprobar qué había detrás de esa estúpida pregunta que a todo escritor de relatos se le hace: ¿y para cuándo una novela? Esa especie de mayoría de edad o consideración de escritor de verdad que los “cuentistas” sólo alcanzan cuando cambian de género y superan la prueba del algodón. Y sin embargo en el caso de Medardo era simple curiosidad porque la escribió en 1982, cuando ya no necesitaba ninguna novela para ser reconocido como escritor. Los relatos le habían bastado para alcanzar el reconocimiento y el prestigio. Nada hubiera cambiado si no la hubiera escrito.

“Laberinto de fortuna” fue publicada por primera vez en Madrid en 1986 con el título de “Autobiografía”, y posteriormente con idéntico título en Venezuela en el 2008. Ahora Menoscuarto la reedita con su título original, y lo hace por esa razón de curiosidad e interés que tiene al ser la única novela de un excelente escritor (de relatos), una reivindicación en vida y un acierto editorial que ahora se ha convertido en un homenaje póstumo.

Pero el hecho de que Medardo Fraile haya fallecido recientemente no la convierte en una lectura oportunista ni a esta reseña en un típico panegírico. Los que me conocen saben que hubiera dicho lo mismo si Medardo viviera. Y leerla merece la pena con independencia de los merecidos homenajes.

De esta novela cuenta Medardo en la “Nota del autor” que la presentó a dos conocidos concursos. En ninguno de los dos resultó premiada. Y con independencia de esas trampas o tan habituales “premios concedidos de antemano” que él denuncia, presiento que la novela de Medardo lo tuvo difícil desde el inicio. Si en esos concursos los miembros del jurado utilizaban el sistema de “las primeras páginas” para juzgarla entiendo que no ganara. El inicio es lento, complicado, barroco, excesivo. Y hay muchos que presumen de que si una novela no les “engancha” en las dos primeras páginas no siguen leyendo. Pero para los que no juzgan por un vistazo rápido, para los que consideran la literatura un camino y no un atajo si siguen leyendo se encontrarán con y disfrutarán de una novela excelente. Complicada de alguna manera sí, pero no por el estilo de Medardo sino por la gran cantidad de personajes que aparecen en la trama. Y esa sobreabundancia no es más que la realidad de una época en la que las familias eran mucho más numerosas que ahora.

“Laberinto de fortuna” es –creo- un ejercicio de memoria autobiográfica, una mezcla de ficción y recuerdos del propio Fraile. Y lo creo así porque la novela es la mirada de un niño en el Madrid de la década de los años veinte, en el mismo lugar, la misma época y la misma edad que tenía Medardo entonces. Y es recreación del recuerdo propio mezclado con ficción porque se trata de la mirada ingenua de un niño de cinco años que todavía no va a la escuela y descubre el mundo. De un niño que convive con su madre enferma y pasa con ella momentos inolvidables cuando no está postrada en la cama, y al cuidado y en compañía de sus numerosos tíos, tías y primos cuando su madre sufre una recaída. Y no sé si la madre de Fraile estuvo enferma, pero sí sé que cuando en la ficción evoca los recuerdos de su pueblo: Bedua, está sin duda hablando de Úbeda, ciudad de esa Andalucía manchega de la que era la madre de Medardo.

Y tampoco sé si Fraile tenía una familia tan numerosa como la que aparece y pasa por este “laberinto”, pero esa familia típica de aquella época en la que lo habitual era que se tuvieran cinco, seis o más hijos es el elemento principal de la novela. Cada personaje, y son muchos, es una historia particular y pintoresca. Y uno a uno, solos o con sus novios, maridos e hijos van apareciendo en escena y haciendo sucesivos mutis; acompañando al sobrino, llevándoselo de paseo, o unos días a su casa, aportando un nuevo episodio que parte del mismo tronco pero que es siempre diferente. Y así, con el nexo común del niño, descubriremos el mundo de la calle y la familia, el exterior y el interior de los adultos, de sus éxitos o sus miserias en una sociedad muy diferente a la de hoy en día. Aprendizaje y descubrimiento en el que también participan los vecinos, los compañeros de trabajo y las amistades. Vida de los adultos por la que sabremos de sus anhelos y secretos; el destino subordinado de la mujer de aquel principio de siglo, la contradicción de un padre cariñoso con su hijo y su mujer que no le impide llevar una doble vida, personaje despreciable al que al mismo tiempo no conseguiremos odiar del todo. Sociedad de ricos y pobres, de señoras que veraneaban en San Sebastián y criadas del mismo pueblo; funcionarios, empleados de oficina y hotel: incipiente y exigua clase media. Teatro del mundo que se abre ante los ojos de un niño, familia que sirve de apoyo y distracción y le protege de la tragedia.

Este “Laberinto de fortuna” es una manera de narrar el recuerdo, de hacer literatura con él; y también es un retrato ecuánime, riguroso, sin odios, rencores ni maniqueísmo de una sociedad y su época. Una amplia “galería de tipos” pueblerinos y de ciudad, con breves, precisas y magníficas descripciones de cada personaje; de los diferentes barrios populares y “pudientes”, sus habitantes y su vida con las puertas abiertas y sillas en el portal o de calles de paso y juegos en el parque. Y en ese sentido es una novela costumbrista que tiene para mí, precisamente en esa parte, un innegable y particular atractivo. Ese Madrid de principios de siglo que Medardo reproduce magistralmente: “Pasaban tranvías y, con arrítmico cascoteo, coches de caballos, y la gente entraba y salía por las callejuelas, cruzaba de una acera a otra; vendedores, busconas, chulos, aristócratas, chiquillos y viejas, damas y bohemios, toreros, sablistas, militares, en un estado de paroxismo y repetición que convertía a todos y cada uno en protagonistas efímeros de alguna escena gesticulante, vacua”. Narración en la que los olores se hacen capitales y líricos: “Olía remotamente a vino, a café frío, a polvos de arroz, a horno repostero, a atalaje sudado, a hambre distraída con ensaimada”; y en la que los que ya somos un poco viejos encontraremos entrañables coincidencias de nuestra infancia: los billetes capicúas del autobús, el practicante que venía a casa, y aquella tortura repleta de aburrimiento a la que nos sometían nuestras madres: “Manuel, cogido de la mano, era un niño a paso de procesión arreglado para hacer visitas”.

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”. 273 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”

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Nunca se ría de los gordos

Recuerdo que para mi abuela materna la gordura –estar robusto, lo llamaba ella- era síntoma inequívoco de persona sana y fuerte, y que la delgadez lo era de estar enfermo o de pasar miseria. Ese pensamiento se refleja muy bien en esta novela: “¡Permítame que le explique que la corpulencia de los caballeros estaba en boga en los aledaños de la Exposición de 1900! Del mismo modo que a las mujeres les avergonzaría estar planas, los hombres se esforzaban por no parecer alfeñiques. Los esmirriados de entonces se esforzaban tanto por hincharse como los gordinflones de hoy en día se esfuerzan por entrar en los estrechos trajes de un solo botón. Ya ve, señora, le hablo de una época en la que todo el mundo estaba gordo excepto los poetas y los ahorcados”. Está claro que esa manera de contemplar la gordura como algo sano cambió, y que a partir de entonces los gordos comenzaron a sufrir su martirio. Y ese suplicio es del que –evidentemente- trata esta novela publicada por primera vez en 1922 y que cerca de un siglo después tiene la gran virtud de no haber envejecido ni en lo literario ni en la temática.

Pero en este caso concreto ese “martirio del obeso” es doble o derivado uno de otro. Por un lado el martirio propio de los gordos y sus esfuerzos por dejar de serlo y por otro las burlas que sufren los “ventrudos” y el fracaso al que los condena su aspecto en la conquista amorosa, es decir para ligar o conquistar mujeres.

Y en el primer aspecto es en donde la novela alcanza sus momentos más hilarantes: en los intentos de adelgazar a base de “dietas, fármacos, baños turcos y gimnasia sueca”; y también en la descripción del “Club de los Cien Kilos”, una especie de sociedad gastronómica en la que el lema era algo parecido al “antes reventar que sobre”: “En el trabajo se hace lo que se puede, pero en la mesa ¡hay que hacer un esfuerzo!” Dos asuntos que el narrador cuenta con humor –en cierta manera riéndose de sí mismo- pero que si nos paramos a pensar en el fondo no tienen nada de gracioso cuando los diferentes esfuerzos por bajar de peso no dan resultado y ese Club es una reunión de “tragaldabas anónimos” que se consuelan unos a otros juntándose y reafirmando su diferencia respecto a los “normales”.

Para mí sin duda alguna el mayor atractivo de esta novela está en el personaje que la cuenta. Un hombre –del que nunca se dice el nombre- que se enfrenta a su condición de gordo con dos caras, una inicial que resulta frívola, irónica, culta y humorística: “La ropa moderna, ¡ese es nuestro enemigo! ¡Vivan el peplo y la toga! Aspiro al regreso de las modas antiguas, excepto en lo que concierne a los automóviles y a los cócteles.”; y otra en la que tras esa fachada de hombre cínico y bien humorado se descubre primero la queja por la constante burla a la que se ven sometidos los gordos en general: “Un jorobado da miedo; un tripudo da risa, es así. Y nada podrá cambiarlo”; y en particular por lo que a él respecta descubriendo su debilidad y amargura cuando se sincera; cuando reconoce que por su gordura se ha visto siempre condenado a ser un simple confidente de las mujeres; lo que hoy llamamos un pagafantas. Las confidencias de ese personaje, la conversación amena, su gracia e ingenio, su brillante facilidad de palabra lo hacen fascinante; pero todo ese encanto resulta inútil contra su físico.

Y en el martirio de este obeso sin nombre nos encontramos con la historia de su enamoramiento de una mujer a la que acompaña –por petición de ella- en la huida de su marido infiel. Huida que tiene mucho de novela galante o de alta sociedad –me recordó en cierta manera a Jardiel Poncela- en un periplo por hoteles de lujo y ciudades de medio mundo –“experiencia a lo Phileas Fogg en la que me ha arrastrado desde hace veinticinco semanas”– en un juego de seducción y glamour para ricos o rentistas ociosos.

Ese lento y desesperante juego de seducción hoy en día nos resulta inconcebible; nadie aguantaría lo que aguanta el protagonista de esta historia: seis meses de flirteo y abstinencia por el que a él se le puede calificar de pardillo y a ella –por no decir otra cosa-de calientabraguetas. Pero debemos tener en cuenta que las reglas del juego de seducción y consumación del que trata esta novela son las de un “sentido y sensibilidad” de principios de siglo XX en el que todo iba mucho –muchísimo- más lento que ahora, el abanico tenía su propio lenguaje y los amantes se trataban de usted. Usos y costumbres de una época que no evitan que, por su complejo, nos compadezcamos del protagonista y que al mismo tiempo nos exaspere comportándose como un paciente y perfecto caballero y un idiota enamorado; y que lleguemos a odiar a la mujer porque consideremos que lo utiliza, le vacila elegantemente y, sobre todo, por su torpe y cruel manera de usar las palabras para terminar con esta historia.

Para mi lo mejor de esta novela es la carcajada que termina por mostrarnos el dolor que subyace detrás del ingenio. La fascinación por un personaje que pasa de lo aparentemente frívolo a lo realmente sincero: “Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle. Lo que le estoy revelando es el destino de mis semejantes, de todos los rechonchetes a quienes atormenta la certeza de la más cruel desgracia, esto es… como puede imaginar, la indiferencia de las mujeres”. Lo que supone para un hombre el amor: “No existe una edad para amar. Lo que sí existe, y se pasa, es la edad de ser amado. Y mala suerte para el hombre rancio que no ha tenido, como Ulises, un hermoso viaje”. La herida que ocasiona el saber que un hombre así no tiene a su alcance obtener esa porción de plenitud y felicidad: “La verdad que nadie se atreve a confesar es que una vez que se esfuman las ilusiones nos pasamos la vida echando vaho sobre el espejo de la decepción. Pero el vaho siempre acaba evaporándose. Entonces nos vemos reflejados en su triste fealdad, que cada día se acusa más cruelmente y, mientras murmuramos: “No vale la pena que piense en todo eso”, una voz interior nos dice. “Pero si no haces más que pensar en ello, imbécil”.

No, nunca se ría de los gordos.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”. 138 páginas. Traducción de Verónica Fernández Camarero. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

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