Eloy Tizón. “Técnicas de iluminación”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 14 de diciembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/12/14/tecnicas-de-iluminacion-eloy-tizon-iii/

Brillante iluminación.

Los seguidores de este género del cuento seguro que ya conocen a Eloy Tizón, y es muy probable que –igual que yo- tengan a su “Velocidad en los jardines” como uno de sus libros de relatos preferidos. Para ellos –y para mí- este nuevo libro de Tizón es un acontecimiento, una cita  ineludible y feliz; pero qué pasa si nunca lo han leído, si es esta la primera vez. Pues que puede –y sobre todo si esperaban otra cosa- que con los dos relatos iniciales se queden totalmente desconcertados. Con el primero: “Fotosíntesis”, no sabrán a qué atenerse, ¿de qué va este relato?, ¿cuál es el argumento?, ¿qué es?, ¿un poema en prosa, una autobiografía o las dos cosas a la vez? Y con el segundo: “Merecía ser domingo” continuará su estupor al comenzar en un tono realista, de memoria y situaciones con las que identificarse para, en un momento dado, pasar al más absoluto surrealismo: “en un claro del bosque, en medio de un lago congelado, ensayaba, al completo, una orquesta sinfónica”.

Puedo entender esa primera reacción. Estamos escaldados de escritores pedantes y divinos que se tiran un pedo y pretenden hacerlo pasar por obra de arte y que además cuentan con alumnos y monaguillos que luego con igual pedantería y aires de superioridad quieren hacernos creer que somos unos paletos con el olfato atrofiado que no saben apreciar los productos delicatessen.

Es verdad que esos dos primeros relatos no son narraciones convencionales, narraciones que podamos etiquetar para sentirnos seguros. Tizón es un insensato que mezcla en la lavadora la ropa blanca y de color; la diferencia con otros es que a él no le destiñe. Es verdad que producen perplejidad, que no tienen un sentido exacto –la literatura, afortunadamente, no son matemáticas- que son extraños sí, pero también que a no ser que seamos un cacho carne con ojos no saldremos indemnes al enfrentarnos con el lirismo de su prosa. Igual que la música y la poesía esos relatos pueden seducirnos sin llegar a comprender del todo su significado. Extraña maravilla que anticipa lo que está por venir. Porque lo bueno, lo realmente excelente, viene después: “Ciudad dormitorio”. Un relato con el que se acaban todas las dudas; un cuento digno de figurar en esa interminable antología de los mejores relatos que hemos leído y salvaremos de un incendio. Porque esta vez sí, la simbiosis entre lirismo y narración es perfecta: “Esa hora. Esa luz. Esa explosión solar entre dos bloques de casas. Ese resol naranja de pájaros y jaulas. Ese momento casi hipnótico de desajuste cronológico en que dos mundos paralelos se superponen y por un instante se cruzan, sin reconocerse, inconsolables ambos, el primer empleado del día llevando una tartera y el último juerguista de la noche llevando una rosa teñida”. Esta vez hay una historia que seguir sin desvíos ni oscuros recodos oníricos; hay dos escenarios verídicos y personajes de carne y hueso, hay incluso algo misterioso que no se resuelve y la presencia sutil de un personaje con nombre pero sin diálogo y que resultan decisivos.

Y desde ahí, desde ese relato, desde esa maravilla sin extrañeza, Tizón vuelve a caer en “La calidad del aire”en esa mezcla de realidad inicial –como inquietante resolución- que deriva en un surrealista final que nos desconcierta. Surrealismo que es absoluto en “Volver a Oz” y que mitiga con lirismo y un par de imágenes demoledoras. Vuelve, con esos dos relatos, a dejarnos en un sí, pero no; tierra de nadie en el que también se queda “El cielo en casa” exento de esa dualidad desconcertante y con las virtudes que le son características pero que –para mí- no alcanza la plenitud de los demás. Porque esas dudas o media indiferencia desaparecen del todo por cuadruplicado con “Los horarios cambiados”“Alrededor de la boda”“Manchas solares” y “Nautilus” aunque en éste último la narración, salpicada de interferencias, no siga una línea continua y puede que su atractivo esté precisamente en esa forma, caótica, cruelmente verídica y ordenada, con la que los recuerdos nos visitan y construyen nuestra biografía a partir de un hecho dramático.

Tres cuentos diferentes con tres estilos distintos en los que Tizón nos demuestra todo su talento y originalidad. Tres argumentos sencillos –historias de la vida vulgar- en los que sigue tres líneas diferentes, una en picado –desde lo que comienza como una anécdota hasta su caída que se representa con un vacío-, otra recta –desde lo absurdo de que te invite a su boda una (des)conocida hasta el éxtasis imprevisto- y otra de ida y vuelta –ella se marcha con otro y al año regresa y la perdonamos-.

En los tres hay un humor agridulce que se representa de distinta manera. Una vez es la sonrisa de la situación en la que podemos vernos reflejados –esa manía que tienen las mujeres de hacer (llenando hasta los topes) su maleta-, otra es la sonrisa comprensiva y  cómplice del cornudo y su reconstrucción, y otra el recuerdo de la alocada juventud. Uno tiene el valor añadido de su argumento complementario: la reflexión del escritor a cerca de lo que significa escribir; en otro son las brillantes metáforas que se aparecen desde la ventanilla de un coche y en lo que estático nos rodea; y en otro son las palabras de un hombre, la forma sencilla, torpe y profunda sin pretenderlo, de entender la vida y su misterio.

Es el lenguaje lo que nos cautiva. Es la forma. La imagen; la mirada que advierte el detalle y lo representa, convirtiendo en poesía lo vulgar. Es la originalidad, eso que convierte a un escritor en único y lo distingue, sin afectación, modas ni flatulencias de los demás.

Eloy Tizón. “Técnicas de iluminación”. 163 páginas. Editorial Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

Fernando del Rey. “Palabras como puños”

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Literatura y II República

Seguro que con esta entrada voy a ganarme más de una enemistad. Pero eso no importa. Yo no vine aquí a hacer amigos.

Sé que sería más prudente mantener la boca cerrada, no escribir esto, no tratar este tema; pero me reprocharía más callarme que las consecuencias de decir lo que pienso. No me interesa la polémica como método de promoción, no la busco como medio para subir la audiencia, para eso pondría un vídeo erótico de algún “famoso” que está demostrado que es mucho más efectivo. Pero al fin y al cabo este sitio va de leer. De libros y literatura. Y en este caso de la imagen que se nos vende de la II República en la literatura española contemporánea.

Me refiero a esa idea generalizada –y sí estoy pensando en concreto en Almudena Grandes- de que la II República fue el tiempo de la alegría. Una especie de arcadia feliz, un lugar en blanco y negro, con buenos y malos. Pues bien, lo que viene a demostrar este “Palabras como puños” es que esa imagen maniquea es falsa.

Pero antes de seguir lo dejaré claro, no vaya a ser que alguno se confunda. Para mí no hay duda de que el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo y que lo que se instauró después fue una dictadura. Ambos no se merecen otra cosa que la más enérgica de las condenas.

De lo que se trata ahora es que hoy, en el siglo XXI, casi ochenta años después, algunos nos quieran vender la idea de que aquella República era una especie de paraíso habitado por inocentes y arrasado por demonios cuando en realidad era un tiempo dominado por la intransigencia y el odio. No creo que sea un buen ejemplo ni su bandera un símbolo que sacar a la calle.

Entiendo que algunos quieran verlo de forma simple. Que lo vean como un enfrentamiento entre democracia y dictadura. Reducido a ese resultado final tienen razón. Pero en lo que creo que se equivocan es en que ven o analizan el pasado desde el presente, lo sacan de su contexto histórico, social y político. En que creen que aquella República era una democracia y una sociedad como la que tenemos la suerte de vivir ahora. Que trasladan la convivencia, respeto, tolerancia y libertad individual de este siglo a una época en la que esa coexistencia se hizo imposible porque se la negaban los unos a los otros. Ahora hay adversarios, en el lenguaje de entonces eran enemigos.

Entiendo que algunos desde su ideología quieran idealizar la República. Y entiendo que los de su misma ideología estén dispuestos a comprar esa mercancía. Pero si leen este libro descubrirán que esa visión idealizada es una falsedad. Los moderados del centro, la izquierda y la derecha fueron arrinconados por los extremistas de los dos bandos. Ellos se hicieron con el poder. Conmigo o contra mí. Los discursos se convirtieron en un irresponsable lenguaje bélico sin marcha atrás. Y los actos siguieron el camino que marcaron las metáforas. El que lea este libro sentirá pena, horror y vergüenza de aquella República.

Fernando del Rey (dir.) “Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española”. 675 páginas. Editorial Tecnos. Madrid, 2011.

Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 14 de diciembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/12/14/platos-de-cuchara-bocadillos-y-mitines/

Platos de cuchara, bocadillos y mítines.

Este es un libro que es complemento, prolongación o añadido de otro. Como se dice en la contraportada “En un juego literario nunca visto, éstos también son los cuentos que el protagonista de la última novela de Benjamín Prado, Ajuste de cuentas, trata de escribir y no puede: una buena idea siempre merece una segunda oportunidad”. Así que tal vez éste libro habría que leerlo después de haber leído la novela; pero aunque tengan esa relación los dos se venden por separado -no forman un pack indivisible- así que por lo tanto puede leerse uno y no otro. Y si tengo que elegir elijo el de relatos que es lo que a mi me interesa.

“Qué escondes en la mano” tiene siete cuentos. Y de esos siete dos me parecen muy buenos, uno excelente, dos regulares y dos narraciones políticas.

Los dos primeros: “El traje blanco” y “El viaje”, han conseguido hacerme cambiar de opinión respecto a esos cuentos en los que se establece un diálogo o interrelación entre el escritor y el lector. Y es que a mí nunca me han gustado esos relatos en los que el escritor -o narrador que cuenta la historia- se dirige al que la lee haciéndole preguntas o estableciendo con él una comunicación, haciéndole partícipe de la acción. Sé que hay lectores a los que eso les gusta, les encanta que se les tenga en cuenta, sentirse co-protagonistas, pinches o ayudantes; pero a mí la escritura y la lectura siempre me han parecido un acto solitario y eso otro truco, happening o exhibicionismo.

Pero lo que en otros –como en algún relato de Julia Otxoa- me ha parecido el recurso de un profesor que le pone deberes a sus alumnos de taller de escritura a distancia en Prado se convierte en una invitación al debate al bajar el telón y no un búscate la vida y escribe tú el final que yo me voy a casa a dormir. Es verdad que Prado establece un triángulo narrador-personaje-lector, sí; pero no tira la piedra y esconde la mano; él lleva la historia hasta el final y en esos dos relatos nos deja que seamos nosotros los que demos una solución –como dos caminos entre los que elegir- a las opciones que se le plantean al personaje. Puede que yo no sea el alumno más listo de la clase, pero puede también que el error esté no en la intención sino en la forma. La misma lección explicada por dos profesores, dos estilos distintos. Mismo ejercicio distinta solución. Pero en esos dos relatos hay más que ese recurso-sorpresa; en uno a través de la imagen de un traje blanco refleja el egoísmo de un hombre al que la casualidad le obligará a elegir entre la redención o la condena; y en el otro con la lectura de un currículum se le da todo el sentido a la otra parte que lo compone: vitae. En una hoja cabe toda nuestra biografía personal y profesional, y esa lectura nos puede llevar a descubrir algo desolador de nuestro pasado y presente. En “El traje blanco” está el complemento de una historia paralela, un engaño y sus fórmulas de cortesía y ocultamiento; está el lirismo del Prado poeta y las metáforas que dejar subrayadas. En “El viaje” están el peligro de los espejos y el daño del tiempo detenido que permite visualizar su reflejo, el peligro de hacer inventario y balance de nuestras vidas, someternos a juicio, a examen y suspender; la trastienda del triunfo y su apariencia; la precisión y el valor del lenguaje y las palabras.

El tercero: “Siga a ese coche”, es un excelente cuento que empieza hablando de un juego de seducción imprevisto en la barra de un bar y que su única regla consiste en la mentira que oculta la soledad. En un momento dado el relato da un giro inesperado. Lo que era una línea recta para culminar la satisfacción de un simple deseo sexual termina bruscamente en un lugar sin salida que se convierte en el refugio en el que se esconde un hombre que huye. Pero en otro nuevo giro en la última página el motivo se materializa y la huida se hace necesaria otra vez. Para mi este relato es excelente no sólo por esos dos giros inesperados sino por el acierto de insinuar sin llegar a mostrar del todo. No tenemos una respuesta clara, pero lo que sabemos es suficiente para sentir desasosiego, hacernos llegar su mensaje. Y además está de nuevo ese valor del lenguaje y las palabras, esa manera de expresar la mentira y ocultar la verdad.

Lo que viene después de esos dos muy buenos y un excelente cuento es, por comparación, una bajada de tensión. Es como alimentarnos con un bocadillo después de tres días comiendo de cuchara. “Qué escondes en la mano” es una historia contada con gracia y oficio, con un realismo jocoso pero forzado y un doble sentido evidente, subliminal y descarado: la mano izquierda es liberadora la derecha represora. Y “La sangre nunca dice la verdad” comienza bien, pero en un punto y a parte se convierte en una colección de clichés, una versión moderna y políticamente correcta de “El príncipe y el mendigo” de Twain.

Y de ideología y política están cargados los dos últimos: “El lobo” y “Podéis soñar pero no podréis dormir”. En “El lobo” lo que parecía una fábula se convierte en un reportaje que nos presenta a un asesino y torturador de la dictadura argentina que se esconde en España. No seré yo el que me convierta en defensor de esos criminales y no desee que sean perseguidos, detenidos, juzgados y encarcelados por sus delitos inhumanos. Lo que pasa es que estoy cansado y aburrido de que siempre se repita el mismo argumento, que para unos haya insistencia y para otros silencio. Uno se estremece al saber lo que allí –Argentina y Chile- sucedió, y de igual manera se estremece al pensar que lo mismo pasó y está pasando en la dictadura de Cuba. ¿Por qué unos sí y otros no?  Y en “Podéis soñar pero no podréis dormir” lo que parecía la crónica romántica y desesperada de una profesión sentenciada a muerte por los tiempos modernos resulta ser una estratagema, un argumento ad hoc para la demagogia y convertir la narración en un mitin, la literatura hecha propaganda.

Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”. 104 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

Mariano Veloy. “Después de Rita”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 25 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/25/prohibido-no-sonar/

Prohibido no soñar

No soy partidario de las etiquetas. Entiendo que pueden ser útiles como referencia para el comprador; pero yo prefiero los adjetivos: excelente, bueno, regular, malo y mejorable; y todos los matices de los grises según mi propio criterio.

Digo esto porque supongo que a “Después de Rita” de Mariano Veloy se la puede incluir en esa etiqueta de “novela moderna”. No creo que, dispuestos a poner etiquetas para situarla en algún lugar del supermercado, se le pueda poner otra. Y no lo digo como algo peyorativo sino para que los lectores, seguidores y consumidores habituales de ese tipo de literatura cuenten y se interesen en ella; que no les gustará a los que leen (y se descargan legal o ilegalmente) best-sellers, novela histórica y/o romántica. Que cada uno lea lo que quiera, que lean de todo, pero como ya saben los que alguna vez se han tropezado conmigo no soy lector habitual de literatura de entretenimiento. Si me dan a elegir prefiero leer antes una “novela moderna” que una de entretiempo. Eso no significa que se deba dar por buena cualquier novela por el simple hecho de ser moderna. Una vez puesta la etiqueta entra en juego el adjetivo. Y se puede ser muy moderna y –según mi criterio- muy mala.

No, no es el caso de esta “Después de Rita”, simplemente lo digo porque al amparo de esa marca algunos designados como jóvenes talentos se han aprovechado para colarnos bodrios infumables queriendo hacernos pasar como literatura las páginas inanes de su diario. Narración mediocre de la nada que, si permanecemos callados, hará que cualquier pijo-progre (con o sin padrino) se crea escritor y siga publicando humo.

No, no es el caso de “Después de Rita”; a esta novela por su estilo narrativo y por su temática se le puede clasificar como moderna o vanguardista, que se sale de lo corriente, pero no creo que Veloy se crea nada (ponga pose de) ni haga relaciones públicas (sobre todo nocturnas) buscando entrar en la pandilla; creo que él ha escrito una novela que no es una simple boutade, un mirarse al ombligo aunque su argumento esté relacionado con una parte del arte: el cine, en el que pululan –al igual que en la literatura- modernos enfermos de narcisismo que se creen genios y no son más que estafadores. Se me puede objetar que es cuestión de gustos –tal vez de ignorancia- pero no le veo el mérito ni el valor a muchas de las obras que aparecen cada año en ARCO ni a las películas de la nouvelle vague. Y precisamente en parte de ese tipo de cine alternativo (que no independiente), delirante, improvisado y pretendidamente genial va esta novela. De la filmación de un corto con un guión que es una chifladura dirigido por uno de esos enfant terrible del séptimo arte que se cree la reencarnación de Orson Wells. Y no, no es una parodia lo que ha escrito Veloy, es la crónica plausible y absolutamente realista de ese (sub)mundo en la que un actor cree haber encontrado su oportunidad protagonizando una parida underground. No, tampoco es esta novela una defensa de esa contracultura, ni su masoquista idealización; es en realidad la triste historia de una vocación, la de un actor en precario que no decide renunciar a su sueño a pesar de los fracasos. Estereotipos de gafapastas cinéfilos y freaks, “Filmofan(s): fan(s) de filmoteca”, chiflados a los que les gustan las películas simbolistas, prototipo, irónicas, absurdas, punk. Y sin embargo curiosamente en sus personajes está lo mejor de la novela. Esos tipos excéntricos a los que Veloy da vida y que algunos de ellos podrían muy bien estar basados en personajes reales: James Cagney (el director) que renuncia a una vida regalada, cómoda y millonaria trabajando en la empresa familiar por el cine. Cheveneux –mi favorito- que renuncia a su negocio y a todo por seguir el amor y conquistarlo con un proyecto absurdo. Rita (la actriz) una mujer oscura, bella, fascinante y con (envidiable) y auténtico talento, fría como una Dietrich muda y que se consume en la llama de un dolor que arrastra desde su infancia. Y Nino (el protagonista) que huye también del dolor causado por una muerte traumática y que a pesar de los fracasos no quiere renunciar a ser actor, lo que más quiere en este mundo. Aunque en Nino también encuentro la parte que menos he comprendido y me parece menos acertada porque no veo –sin negar el trauma de la muerte- una relación causa-efecto en algo que se compartía con silencio e indiferencia.

Aparentemente esta es la historia de una constatación: “los sueños no se cumplen” y esta vida es una pura mierda. Y sin embargo al final “el legado es otro. Prohibido no soñar. Ése es el legado”.

Una novela con una película dentro y viceversa o una historia mitad película mitad novela. O las dos juntas y al mismo tiempo. Y todo contado con ese estilo desinhibido que hace de Veloy un escritor diferente. Esa forma de narrar suya con párrafos llenos de punto y seguido que convierten a las frases en golpes contundentes. Esa forma reiterativa, repleta de aliteraciones que no cansan. Esa forma suya de poesía de la palabra y punch.

Por último y aunque en esta ocasión no me gustan las ilustraciones de Leo Flores quiero mencionar y resaltar el acertado trabajo editorial. Pez de Plata es una de esas editoriales independientes que se esfuerzan por hacer de la literatura algo distinto, que entienden el libro en papel como un objeto con alma con su tacto, color y diseño de portada e interior. Una editorial Indie que quiere llevarle la contraria y dejar en evidencia a esos ingenieros e informáticos vendedores de gadgets con fecha de caducidad y que necesitan luz eléctrica para funcionar y resucitar.

Mariano Veloy. “Después de Rita”. 109 páginas. Ilustraciones de Leo Flores. Editorial Pez de Plata. Oviedo, 2013.

VV. AA. “Bajo treinta”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el viernes 22 de noviembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/11/22/eureka/

¡Eureka!

Para mi la literatura no tiene nada que ver con la edad. Es decir, se puede escribir bien –lo que para mí es escribir bien- con independencia de la edad que se tenga. La juventud no es para mí ningún merito en sí ni un motivo para desconfiar o sospechar. Se puede ser un genio o un mediocre con veinte años. Y con treinta. Y con cuarenta. Y con cincuenta.

Con esto no quiero decir que crea que ésta antología sea innecesaria. Ninguna lo es. Me hubiera parecido igual de bien una de escritores manchegos o de coleccionistas de sellos. Lo que me importa es el resultado no el motivo que los reúne. Me parece muy bien que Juan Gómez Bárcena haya seleccionado y nos presente a un grupo de escritores que como él han nacido en la década de los ochenta y que por edad representan a “la nueva narrativa española” y que gracias a este libro podamos conocer una parte de “su más joven presente”.  Lo que realmente me sorprende es que haya hoy en día alguien con menos de treinta años interesado en la literatura. Sólo por eso ésta antología es una muy buena noticia. Y un alivio. Hay alguien ahí.

Estoy de acuerdo con Juan en la conveniencia de una antología como ésta para dar a conocer, hacer visibles, darles publicidad y difusión a unos autores a los que –por su juventud- los “grandes sellos” editoriales ignoran. En reconocer el valor de nuevas editoriales independientes que están dispuestas a publicarles y darles una oportunidad. Y también –aunque eso Juan no lo dice- que en cuanto puedan –tal vez antes de cumplir los cuarenta- alguno de esos autores firmarán un contrato con una editorial “grande” y brindarán con cava por subir a primera división. Pero eso forma parte del juego y no quita para reivindicar “el trabajo” de las editoriales “Indie” y su necesaria existencia: los que hoy tienen menos de veinte pasado mañana tendrán menos de treinta y necesitarán a alguien que les publique si es que queda alguno que crea que la literatura sirve para algo.

Pero a lo que iba. Para mí esta antología tiene el mismo valor y fin que cualquier otra: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor que no conocía. Un nuevo nombre que apuntar en mi libreta de libros pendientes. Y de los catorce autores seleccionados hay dos que ya conocía: Matías Candeira y Juan Soto Ivars. De Matías ya hablé en su momento, siendo “En la antesala” –el cuento que se incluye en este libro- uno de los buenos relatos que tiene su irregular libro “Todo irá bien. Y de Juan se incluye un texto inédito: “La última obra de arte” -que es el prólogo a su novela “El futuro no os recordará”, que escribe desde 2008- y que me confirma lo que ya sabía: su enorme talento y estilo personal que espero no abandone por conseguir que le lean amas de casa o funcionarios en el metro.

De los doce restantes he apuntado con asombro y sincera alegría de ¡Eureka! los de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. De ellos -tras esta brillante presentación- espero poder leer los libros de relatos y novelas que han publicado y espero también no perderme lo que hagan después. Y me han parecido excelentes por uno: no hacer de la literatura algo abstruso, o dos: no convertir a la narración en la simple trascripción de un vídeo doméstico.

Y es que en general parece que entre los escritores jóvenes hay dos tendencias o estilos mayoritarios. Por un lado el gusto por la narración abstracta, simbolista, subterránea o incluso psicodélica; premeditadamente enrevesada con tal de no hacerla caer en lo sencillo o evidente. No reniego de que en los relatos pueda haber un cierto –e incluso saludable- componente metafórico, pero no me gustan los cuentos que, abusando de la extrañeza, acaban no siendo otra cosa que un arcano inextricable.

La otra tendencia que parece también repetirse es la de pretender hacer de los cuentos la reproducción narrada y fidedigna de un cortometraje en el que no pasa nada. Un realismo de lo cotidiano que curiosamente es todo lo contrario a ese enrevesamiento cubista y excéntrico. Pero pasar a ese extremo creo que tampoco es la solución porque la literatura; escribir no es hacer una copia de Dogma 95. Convertirla en eso es desvestirla, desnaturalizarla, hacerla inocua, anodina, inane. La literatura no es simplemente la narración fría, plana y deshidratada de unos hechos.

Ya sé que la literatura es un recipiente maleable en el que cabe todo; que cada estilo puede tener sus seguidores; pero me resisto a que a cualquiera de esas dos tendencias se les otorgue otra cosa que no sea el visado de turista. Para mí lo peor que puede pasarle a la literatura es uno: que se convierta en un lugar con acceso restringido, un lenguaje extraño que lleve a la frustración; o dos: que no sea otra cosa más que una pálida naturaleza muerta que no conmueva, no provoque ninguna emoción, ninguna reacción en nuestro sistema nervioso.

Por eso me quedo con los textos de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. Por su sensibilidad, riqueza y profundidad; por su lenguaje salvaje, impactante, vertiginoso e hiriente, por reformar el costumbrismo y en un nuevo territorio hacer neo-realismo agridulce, por su desbordante imaginación, humor desbocado e indiscutible talento; por su ironía metaliteraria y su personalidad.

No nos basta con una píldora que tenga proteínas y aminoácidos líricos. No somos astronautas más allá de Orión. Necesitamos comida de verdad y no un chicle de nicotina.

VV. AA. “Bajo treinta”. Antología de nueva narrativa española. Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena. 155 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Víctor Balcells: http://huesosdesepia.blogspot.com.es/

Aixa de la Cruz: http://estabanlocos.tumblr.com/post/27504405712/aixa-de-la-cruz

Jenn Díaz: http://fragmentodeinterior.blogspot.com.es/

Julio Fuertes Tarín: http://estabanlocos.tumblr.com/post/3151203645/julio-fuertes-tarin

Cristina Morales: http://www.microrevista.com/entrevista-a-cristina-morales/

Miguel Sánchez Robles. “La soledad de los gregarios”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 18 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/18/euforia/

Euforia

Según el diccionario de la RAE, Gregario es: adj. Dicho de un animal: Que vive en rebaño o manada. 2. Dicho de una persona: Que está en compañía de otros sin distinción, como el soldado raso. 3: Dicho de una persona: Que, junto con otras, sigue ciegamente las ideas o iniciativas ajenas. 4. Dep. Corredor encargado de ayudar al cabeza de equipo o a otro ciclista de categoría superior a la suya.

Y en estos relatos de Miguel Sánchez Robles están todos esos significados: vivir en manada; sin distinción; siguiendo las ideas ajenas sin iniciativa propia como “muñecos de repetición”; y que reconocer esa uniformidad y no querer formar parte del rebaño puede ser desolador pero necesario; sublevarse contra esa forma gregaria de vivir buscando otra (la propia) manera de hacerlo es un camino arduo y penoso; tomar conciencia de ser distinto es doloroso; rebelarse frente a todo eso es condenarse a la soledad, el extrañamiento, el exilio sin destierro.

Pero antes quiero empezar por -desde esa cuarta acepción deportiva- reivindicar a Sánchez Robles como a uno de esos corredores que marchan en el pelotón de esta larga carrera de fondo que es la literatura y no se le reconoce porque las cámaras y los locutores sólo prestan atención a los famosos. Y es que a Sánchez Robles después de esta colección de relatos no se merece que se le considere un simple gregario anónimo. No se merece el silencio; diluirse en la masa; pasar inadvertido. Otros por haber escrito un libro así son ahora catedráticos de escuela privada y tienen un club de fans que justifican cualquiera de sus pájaras. Sánchez Robles es un escritor de provincias que nadie conoce en las pagodas  y bares de copas de la capital. Sánchez Robles con este libro se ha fugado del pelotón y ha llegado en solitario a la meta, ha ganado una etapa de este tour. Ha obtenido una victoria (Premio de Cuentos Ciudad de Coria 2011) y se merece más que un titular, se merece que los espectadores de este circo le conozcan;  que los hinchas del cuento apunten su nombre en esa lista de paraísos por descubrir. Porque el primer relato de este libro: “Documentales de la 2” es uno de esos relatos que está a la altura de esos autores que –para mí- han escrito un relato inolvidable: Menéndez Salmón, Montero Glez, Sipán, Tizón, Castán, Pablo Gutiérrez o Márquez. Un relato para salvar de un incendio.

Este es un libro amargo. Sí. Un libro cruel. Un libro peligroso no recomendable para los que se hacen preguntas y llegan a conclusiones desoladoras en las que aparecen –mezcladas con vodka y hiel- palabras como tristeza, fracaso, vértigo, tedio, asco, nada o escupitajo. Un libro tabla (con clavos oxidados) para los náufragos, medicina para los que no hablan esperanto, los que se sienten incómodos, descolocados, dudan, buscan y bucean bajo el agua salada abriendo los ojos. Un libro milagro para los que sueñan con televisores rotos, desagües atascados, magnolias imposibles y un remedio para la hidrocefalia.

Un libro duro en el que hay un hueco para el humor inteligente en “La parábola de las palabras vacías”; y para la ironía y la mala leche, lo políticamente incorrecto en “Neomelancolías: el país de las cosas masticaicas”.

Un libro en el que la poesía toma el mando, se adueña de la narración y le da todo su significado: “Es tan difícil encontrar unas pocas palabras importantes que ayuden a decir cómo debe sentirse una mariposa perdida en un parking. Es tan difícil encontrar unas pocas palabras importantes que puedan explicar cómo una pegatina pierde su adherencia” . Sánchez Robles no calcula el riesgo, no maneja la narración como un contable; él es un poeta infiltrado en el territorio del cuento y que lo conquista inyectándole las proteínas de sus anticuerpos.

Estos relatos de Sánchez Robles son el placer de poder leer sin pasar el antivirus por el libro; es olvidarse de la literatura como comida a la plancha y sin sal y el bromuro en el café del desayuno. Es la fortuna de dejar un libro repleto de subrayados y asombros: “la vida es una cinta transportadora que te lleva sin prisa a donde quiere”, “ese aura de tristeza alrededor que tienen los columpios vacíos”, “aquel beso duró el mismo tiempo que dura un semáforo en verde”, “esos pensamientos que tenemos lavándonos los dientes”, “lo tiene todo, pero se siente así: con la alegría sin suerte de un mendigo borracho”. Sí, es volver a sentir la euforia desmedida y arrebatada desde la tristeza y su lacerante claridad; sí, un libro en el que lo imperfecto, lo defectuoso, lo excesivo es superado por la belleza y su palabra.

Miguel Sánchez Robles. “La soledad de los gregarios”. 116 páginas. Diputación Provincial de Cáceres, 2012.

Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 11 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/11/buena-y-mala-noticia/

Buena y mala noticia

Como las buenas noticias se dan siempre primero diré que “Actos imperdonables” de Recaredo Veredas es en general un buen libro de relatos; pero –y esa sería la mala o segunda noticia- que a pesar de que leo en la solapa que éste no es su primer libro sin embargo en parte lo parece porque –para mí- ha caído en los típicos errores de un primerizo. Errores que, como he dicho, no hacen que sea un libro para tirar a la piscina sino que simplemente con menos impaciencia y un más de maduración creo que el resultado hubiera sido mucho mejor.

Comienza con “La temperatura de la luz” un muy buen relato en el que Recaredo nos presenta una original estructura narrativa paralela. Un hombre agoniza en un hospital al mismo tiempo que el mundo se encamina a su destrucción. La metástasis avanza imparable igual que la guerra, y el protagonista, condenado a muerte y sin esperanza, desea que el mundo no le sobreviva.

El segundo: “Las moscas” –mi favorito-,  es uno de esos relatos con temática o argumento que tanto me gusta: sociedad contemporánea, escenario urbano, personajes reales, perdedores vulgares, desorientados, simples sobrevivientes. Un desolador cuadro hiperrealista. Pero es en el tercero: “El apaño”, en donde aparece el primer patinazo. “Maté a mi padre hace cinco años”, así comienza, y esa es una hábil manera de atrapar al lector, pero también, al anticipar el final, una apuesta arriesgada porque el resto de lo que queda por venir –todo el cuento- tiene que estar a la altura de esa primera frase. Y la historia es original y angustiosa –no apta para hipocondríacos ni paranoicos-: un hombre decide extirparse el hígado como medicina preventiva para evitar morir de la misma causa que su madre; pero el desenlace lo convierte en melodrama de telefilme de tarde de domingo, pierde fuerza y se vuelve blando e inofensivo como el filo de un cuchillo de plástico. El siguiente: “El doble o la triste historia de Arturo Minimí” me parece simplemente el borrador o esquema de una novela y no un cuento. Y ahí es en donde por vez primera aparece uno de los errores típicos de un novato o primerizo: la precipitación por querer vender como animal de raza a un chucho mestizo. En el siguiente: “La mujer de la isla”, se recupera con un golpe ganador; un cuento que hace olvidar el sinsabor anterior con un trago amargo de realismo que tiene como escenario una residencia de ancianos; la muerte como compañera permanente y el camino que lleva a su encuentro.  En “Todos los sapos se tragan” recurre al humor para presentarnos y salvar con inteligencia un tema que siempre es complicado en una narración: la aparición de un fantasma; pero es en la parte subyacente a ese encuentro en donde para mi está el acierto y lo mejor del relato, le da todo su significado y hace que la risa se convierta en mueca dentro de una cámara frigorífica. En el siguiente: “El mamut enano”, aparece de nuevo la sospecha de encontrarnos ante el esquema de una novela, una narración en la que conviven la excelente prosa de Veredas junto a un argumento que parece la mala imitación pintada en la cabeza de un alfiler de una trama de Dan Brown. Su pretendido misterio explota igual que un petardo húmedo. Incluirlo en el libro me parece otro error propio de esa ansiedad de primerizo porque ese cuento –más bien novela frustrada- es de los que se abandonan en la carpeta de semillas y se rescata aún verde para que el libro no se quede corto de páginas. En el siguiente: “La recta intención” se recupera de nuevo con un sobresaliente relato sobre el suicidio asistido con toda la crudeza y economía narrativa que hace del cuento un género preciso. En “Sabor a ternera” vuelve a cometer el mismo error que en el del mamut. Una mitad con esa excelente prosa de Veredas para la narrativa de crónica social contemporánea con su punto de acidez, la pintura hiperrealista de personajes y escenarios en breves párrafos precisos que se estropea, malogra absolutamente con la aparición de ¡una tribu de caníbales! en un ridículo giro final que produce sonrojo. Da la sensación de que las ganas de publicar no le han hecho releer con sentido autocrítico alguno de los relatos. Y no quiero pensar en la vanidad –me parece muy joven todavía para caer en ella- ni tampoco en el engreimiento, prefiero pensar en que Recaredo no ha contado con un lector de confianza que le advirtiera de esos errores. Y hablo de un lector sincero y no de uno de esos pelotas y monaguillos que alaban (y callan) sistemáticamente porque esperan un intercambio de favores o entrar en la pandilla. “El regreso de los dinosaurios” continúa con esa mezcla de bueno y regular, de excelente prosa con desenlace de melodrama, pero a la mitad del relato caemos en un déjà vu al darnos cuenta de que la mayoría de estos relatos están repletos de hombres a los que se les comunica que les quedan escasos meses de vida, enfermos terminales necesitados de morfina, muertos por cáncer, enfermedades degenerativas, suicidas, abogados y sociedades devastadas por la guerra. Una reiteración que podría entenderse como unidad temática,  tal vez una obsesión personal, pero que acaba convirtiéndose en repetición y sobredosis; y ese es un error típico de los primerizos. Y finalmente “La maldición” es un cuento en el que aparece de nuevo el humor y la buena prosa mezclada con algún fallo –se equivoca cuando nombra a un personaje- y errores tipográficos que molestan y que un corrector hubiera salvado –¿otra vez la precipitación?- con un final desinflado. Estos dos últimos relatos se quedan como uno de esos globos que compramos en Navidad en la Plaza Mayor: al día siguiente mantiene la forma y cierto brillo, pero en lugar de subir con fuerza hasta el techo se queda a media altura enganchado en la lámpara.

Al final la buena noticia sigue siendo la misma: éste es un buen libro de relatos y Veredas tiene un talento indiscutible, y esos errores son algo muy fácil de solucionar para que el siguiente resulte aún mejor.

Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”. 165 páginas. Bartleby Editores. Madrid, 2013.

Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 1 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/01/ameno-reportaje-literatura-mellada/

Ameno reportaje, literatura mellada.

Hay alguna gente que cree que esto de escribir es como en las películas: se sienta uno frente al ordenador y tecleando sin parar redacta un cuento o una novela de trescientas páginas. Yo siempre había negado esa imagen y defendido que escribir era un tortuoso camino lleno de baches y dudas y que hacerlo de corrido era algo imposible. Hasta ahora. Porque después de leer este libro tengo la sensación de que Luisgé Martín es capaz de escribir así, sin parar ni un momento ni tomar un respiro para prepararse un café, liarse un pitillo o apretarse dos (o tres) dedos de güisqui buscando la inspiración. Y esa capacidad y soltura escribiendo me resulta asombrosa, envidiable; pero también creo que esa percepción que –aparentemente- transmite lo acerca más al periodista que al escritor.

Y es que con ese prodigioso talento estos relatos son –o a mí me parecen- reportajes periodísticos narrados en primera o tercera persona y su contenido está más próximo a ese formato que a la literatura y su temperamento. La sensación, el regusto que queda al acabar, es que la manera de narrar de Luisgé es sencilla y directa, sin adornos ni complicaciones; que está más interesado en el fondo que en la forma. Un estilo que algunos admirarán y agradecerán y otros encontrarán pobre, espontáneo y asequible. A mí si me dan a elegir entre el reportero y el pedante me quedo sin duda con el reportero, pero creo que precisamente lo excelente está en no ser ni uno ni otro.

Pero me temo que estoy generalizando y eso es algo que no me gusta hacer. Porque en este libro hay diez relatos y no todos son iguales -aunque sí que me reafirmo en que creo que todos están escritos con ese mismo estilo- ni que merecen para mí la misma calificación. Que en este libro hay relatos buenos, otros regulares y algunos realmente malos.

Malo y sin atenuantes –si acaso su ambientación- es “El libertino invisible”, un relato que no es más que el sueño patético y calenturiento –y nada original- de un adolescente salido escrito por un adulto y con un final que produce risa y/o vergüenza: “Y antes de que terminara de agonizar, con el cráneo abierto y los sesos fuera, su mano serpenteó sin fuerza por el vientre, sujetó esforzadamente la verga tiesa y la meneó con brío hasta que eyaculó a boqueadas”. Algunos tal vez lo vean como una parodia humorística, pero creo que una cosa es el humor inteligente y otra muy distinta un hombre de cincuenta años contando un chiste verde como si fuera un quinceañero.

Malo es “Del ingenio de los caudillos y de su guardarropía” que Luisgé escribió por encargo para el volumen colectivo titulado: “Rojo, amarillo y morado. Cuentos republicanos”, publicado por Martínez Roca para conmemorar el 75 aniversario de la II República. Y aunque el elogio republicano y antimonárquico sea previsible es de agradecer la originalidad de la idea (una versión personal del cuento de Andersen: “El traje nuevo del emperador”) pero su mensaje y su personaje del príncipe  –y sobre todo su happy end- son tan demagógicos y simplistas que resulta ridículo.

Regular es “Los años felices” porque si bien tiene la virtud de ese estilo que le es propio: el de crónica o reportaje periodístico que refleja una época y su hipocresía escrito con soltura y que se lee del tirón, en el fondo me resulta un relato ideológico que reincide en todos los tópicos y caricaturas que estamos cansados de oír. Un recurrir al franquismo pasado que hoy todavía en determinados sectores sigue funcionando como un abracadabra, pero que afortunadamente una nueva generación y el deseo de un nuevo y necesario discurso político está dejando en evidencia y superando progresivamente.

Bueno, con esa misma virtud de crónica literaria aumentada, es “Que calle para siempre”, y aunque quizás se pase de frenada en lo melodramático y en un narrador ad hoc un tanto forzado –aunque la vida me ha enseñado que la realidad supera muchas veces la ficción- creo que esta vez su parte de mensaje reivindicativo –la homosexualidad reprimida, moral o legalmente- es obligatorio para ganar en libertad.

Regular es “Limardo de Toscana” porque aunque tiene un contenido metaliterario que invariablemente –al menos a mí- resulta atractivo acaba por saturar –siempre que anda Borges por en medio aparece la pedantería- y aunque la idea es (de nuevo) original: una versión moderna -años 70 del siglo XX- de un nuevo Quijote que deshace entuertos y se convierte en vengador justiciero, termina dejando un efecto inane de dulce cóctel sin alcohol.

Malo es “El regreso a Roma”, porque si bien trata de un tema trascendente: el miedo a morir, el final resulta tan de cuento primerizo que el viaje y la escenografía se derrumban como un decorado de cartón piedra. Y lo curioso de este relato es el efecto que –quizás sin pretenderlo- produce en el siguiente: “Las playas de hielo”, un relato terrible sobre la tortura –aunque dudo de que no haya caído en cierta (innecesaria) exageración al decir que un hombre pueda vivir después de estar en una sauna “más de tres horas a noventa grados, y el último día del primer mes llegaron a soportar cien grados durante diez horas consecutivas”-. Y es que este en el que refleja la crueldad inhumana y el asesinato brutal resulta mucho mas horripilante al contraponerlo con el anterior en el que un noble francés busca con desesperación ser inmortal, así escapar de la muerte se convierte en el capricho de un niño rico y la cara que vemos el triste destino de un desdichado.

Bueno resulta “El otro”, una versión del clásico tema del doble pero con el valor de ser intimista, de adolescentes que envejecemos, literario, realista y sin recurrir a fuegos de artificio para llamar la atención. Buenos especialmente  resultan y “Todos los crímenes se cometen por amor” y “Los dientes del azar”, el primero y el último del libro. Uno porque aunque el personaje principal es un panoli veleta que produce cierta lástima lo excelente está en uno de sus personajes secundarios –un sicario que se parece a Cary Grant y gasta sus mismos modales- y en el sorprendente final que en un párrafo le da todo su sentido. Y el otro porque aunque las causas o motivos para el atentado y sus circunstancias no termino de verlas claras es un ensayo-narración sobre los actos aparentemente intrascendentes que marcan nuestro destino, sobre la amistad y como el fanatismo la pudre hasta hacerla irrecuperable.

Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”. 154 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 29 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/29/sombras-chinescas/

Sombras chinescas

No me gustan nada los facsímiles. Esas reproducciones modernas de libros antiguos como fotocopias en color. No le veo el sentido. Me parecen una falsedad de nuevo rico hortera aficionado a las antigüedades. No me gustan tampoco los libros en pergamino escritos en latín ni los de imprenta escritos en castellano antiguo. No siento ninguna excitación al verlos ni frustración por no tenerlos. Mi afición por los libros de viejo no llega más allá del siglo XX (como mucho la segunda mitad del XIX), pero tampoco tengo dinero para convertirme en un bibliófilo.

Y ese es un punto de partida complicado para sentir interés por un libro como este. Sin embargo hay varios factores que hacen que merezca la pena. El primero es el autor: Ángel Olgoso. Y eso, para los habituales lectores de relatos, es más que suficiente. Es decir, que no vamos a leer la fiel reproducción del “Códigum rarum” escrito por un tal Cayo Mínimus o un libro de caballería escrito por el primo segundo de Tirant lo Blanc sino una colección de relatos escrita por uno de los mejores cuentistas españoles contemporáneos. Y sí, es verdad que ese prestigio es la razón por la que un editor se decide a publicar un libro así: un divertimiento, una excentricidad, algo que sólo está al alcance de un autor reconocido y que sería imposible para Juan Nadie. Pero para los fans de Olgoso (y somos muchos) un nuevo libro suyo es siempre una celebración. Y no, no es su mejor libro de relatos, pero curiosamente en su rareza está su valor. En su singularidad y en su edición, en su cualidad de libro objeto y como antiguo. No, no me estoy ahora cambiando de chaqueta, he dicho como antiguo, y esa manera es coherente y lógica porque este “Almanaque de asombros” es la reproducción de un libro del siglo XVI y como tal no podía editarse de otra manera. El mérito está en seguir el juego, en la pantomima hecha con buen gusto y sin pretender engañar a nadie; porque este libro no es un facsímil sino una reproducción singular de múltiple valor. Uno ya lo he dicho: su autor; dos el ser un libro ilustrado en tiempos de archivos de Word en cuerpos anoréxicos, electrónicos y sin alma (ese nadar contracorriente de Vagamundos que aplaudimos por hacer del libro en papel algo artístico); y tres las maravillosas ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.

Y por lo que respecta a su contenido literario y según nos dice Olgoso en su “Prólogo” e “Introito” estos cuentos son “un puñado de frágiles hojas volanderas” que encontró en el fondo de un viejo arcón de la buhardilla de una casa de su familia y que habían sido manuscritas en el siglo XVI por un antepasado suyo: Bautista Fulgoso. Y aunque la historia de su origen es bonita y novelesca yo creo que es una invención de Olgoso. Y tal vez me esté pasando de listo, pero es que creo que precisamente el que esa historia sea una impostura le da más valor al libro. Eso no significa que estos cuentos sean una falsificación para camelar erotómanos que padecen bibliofilia sino que todo forma parte del juego de ficción y realidad, de la sombra chinesca de la literatura. Que su valor reside en la capacidad de Olgoso para imitar ese lenguaje arcaico y deleitarnos con los prodigios por él inventados siguiendo la huella de aquellos viejos libros en los que “se compilaron casos peregrinos o notables, noticias acerca de animales fabulosos, de las propiedades ocultas de las plantas, de particulares erudiciones, inventarios de rarezas, gabinetes de maravillas”; “Libros rebosantes de eruditas extravagancias e imaginativas patrañas”. A un autor de literatura fantástica como Olgoso le fascina todo ese mundo, y así nos ofrece en este “Almanaque de asombros” su propio y breve catálogo de criaturas fabulosas e historias sorprendentes salidas de su imaginación, “fugaces vistas de esta isla de Jauja, de este Pays de Cocagne aventador de fantásticas curiosidades y misterios insolubles”. En este papel manchado de falso óxido con títulos de letra gótica hay un “pez mujer”, sirena invertida con la mitad inferior del tronco y sus extremidades humanas y el resto de “carpa bien alimentada”, con lo que lo realmente perturbador y lujurioso es hacer posible ese sueño –que con una sirena convencional (supongo) no sería posible- de la cópula (zoofílica al cincuenta por ciento) bajo el mar. Hay un poseído, un hombre gestante de la semilla del diablo al que se le practica una cesárea en canal como exorcismo. Un médico –mi cuento favorito- que sana heridos curando y cosiendo sus sombras. Montañeses que, de no estar emplomados, volarían como globos rellenos de helio con forma humana. El testimonio fehaciente de quien dice saber dónde se halla la cueva que es la entrada al infierno y  a la que acuden los muertos en procesión. La ironía jocosa en la leyenda de un (hermoso, perfecto y bien dotado) ángel con sexo que sedujo a una mujer en la tierra y engendró un linaje (descendientes a su imagen y semejanza) con su mismo nombre propio. Un buhonero nigromante, sanador ambulante que recorre los caminos con su carromato y que enseña que la verdadera riqueza no está en el dinero. Hay “calaveras airadas” que nos advierten que dejemos en paz a los muertos. El secreto de una mixtura verdadera: “comer doce lombrices de tierra recién cogidas a la sazón” que da vigor sexual “para repetir sin mengua dos docenas de fornicios hasta el alba” y fue precedente del ginseng rojo coreano y la viagra. Y hay un –me temo- simple y poco original afán provocador y espantador de meapilas en contarnos de quien son los huesos que están en el sepulcro de un santo.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”. 62 páginas. Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros. Ediciones Traspiés. Vagamundos Libros ilustrados. Granada, 2013.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el lunes 21 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/21/mentira-verdad-y-viceversa/

Mentira, verdad y viceversa.

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Según vamos leyendo las vamos adquiriendo, completando como una interminable colección por fascículos. Uno se va haciendo viejo con la compañía de sus predilecciones y sin embargo –igual que para curar el nacionalismo paleto se aconseja viajar- recomiendo leer de todo; no cerrar ninguna puerta; no acomodarse para evitar convertirse en un lector monotemático que escucha siempre el mismo disco. Por poner un ejemplo machista –lo siento pero Benny Hill es el responsable de mi educación sentimental- el que uno sienta debilidad por las rubias no debe impedirle reconocer la belleza de una morena.

Todo este rollo viene a cuento de que Ignacio Ferrando tiene un estilo que no es mi preferido. Me da la sensación de que a él le va la música clásica y lo mío es el pop. Pero como no me gusta lo categórico ni los impermeables trataré de explicarme mejor. Ferrando no es un escritor fácil o de simple entretenimiento. No es de esos escritores para leer en el metro o en una bulliciosa cafetería mientras esperamos a la novia que siempre llega tarde. Ferrando requiere concentración, soledad y silencio pero eso no significa que sea aburrido o enrevesado. Ferrando es un escritor culto, pero no debemos asustarnos, lo suyo no es pedantería sino naturalidad sin avasallar. Es de ese tipo de cuentista ilustrado al estilo de Francisco López Serrano que tanto nos gustó en “Los hábitos del azar”. Ferrando no es escritor de arrebatos líricos, de frases que desgarran como dientes, él es un escritor matemático, exacto y perfecto como una máquina de coser alemana. Un forense suizo en una caseta de la feria de abril. Ferrando –y así lo imagino- es de un carácter opuesto al mío, y eso no me ha impedido disfrutar –y mucho- con sus relatos. El carácter que se refleja en su forma de escribir lo veo más propio de un habitante de un país del norte, de esos en los que el largo y frío invierno obliga a refugiarse en casa por las tardes, y el mío por el contrario es de los que se deprime cuando se nubla y la temperatura baja de los quince grados. Pero es curioso porque mi fascinación por Ferrando proviene precisamente de esos dos caracteres opuestos, de que él es capaz de escribir de una forma de la que yo me considero incapaz. En que él es mucho mejor que yo. En admirar esa forma suya de contar: calmada, reflexiva, lenta y precisa. Alguien con la sangre fría necesaria para planificar y cometer sin un error el crimen –y estoy hablando metafóricamente- perfecto. Todo lo contrario a mí, aficionado al melodrama y que me dejaría llevar por el furor típico del crimen pasional. Por decirlo de otra manera Ferrando es de los que beben despacio, saboreando, descubriendo los matices, y lo mío es una tendencia a la disipación o una inevitable predisposición a buscar en el alcohol la euforia y la analgesia. Ferrando es un bebedor elegante y yo un borracho. Ferrando es la cirugía y yo soy un sacamuelas; lo suyo es la cámara lenta y lo mío la puñalada trapera. Ese contrapunto lo convierte en inalcanzable y en esa lejanía encuentro mi admiración.

Y tal vez esa forma suya de narrar esté en su carácter, pero también –creo- en su formación y profesión de ingeniero. Ferrando, es capaz -en una fusión inaudita para los que somos de la generación de BUP- de romper estereotipos uniendo ciencias y letras cuando lo normal es que los que estudiaban física y matemáticas no tuvieran ningún interés por la literatura. Pero además creo –y lo veo como un mérito y no como deformación profesional- que aplica a la narrativa la metodología típica de su titulación: edifica sus relatos como una construcción basada en el rigor, el equilibrio, el orden y la precisión; y a eso le suma la imaginación. Un método o estilo que, al contrario de lo que pueda parecer lo más lógico, no resulta gélido o maquinal sino exacto y minucioso, un lenguaje preciosista sin afectación y con su dosis justa de lirismo.

Tal vez por ese orden meticuloso al narrar me sorprenden esos finales confusos de dos relatos: “Pelícanos” y “Las profundidades”. Tal vez Ferrando como rebelión, como una forma de negarse a si mismo, para desfigurar esa imagen de chico aplicado y minucioso que nos transmite ha querido dejarse arrastrar por el caos. Finales enmarañados que –para mí- estropean esos dos relatos y producen cierta frustración al hacer desembocar en ese desconcierto un camino que hasta entonces había resultado deslumbrante en su originalidad, planteamiento y desarrollo. Dos trajes de alta costura rematados por un sastre delirante.

De los nueve relatos restantes hay siete excelentes cuentos. Y alguno de esos siete –como “Mathilde y el hombre del tiempo”– que incluyo en mi antología personal y en marcha de los mejores relatos que he leído.

Todos –sin excepción- transcurren cada vez en una época y un escenario diferente: el valor de la literatura como viaje, el cambio de decorados y atmósferas opresivas y fatalistas, capítulos minúsculos de la larga Historia. En todos está ese lenguaje exacto, preciso, matemático y de pasión con hielo picado. Pero esos siete son excelentes porque partiendo de un lugar ficticio lo convierte en real para desde allí transformarlo en pesadilla; el amor que acaba convertido en trampa; el deseo de ser reconocido y su frustración en el peligro de convertirse en delación; la consecución de un objetivo que deviene en inutilidad sin salvación; la idea insólita para salvar a un matrimonio de su tedio que acaba por convertirlos en extraños; el verdadero Philip Marlowe y el tramposo y débil Raymond Chandler. La mentira convertida en verdad y viceversa.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”. 235 páginas. Menoscuarto. Palencia 2012. 

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