Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”

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Reseña publicada en Factor Crítico,  el jueves 3 de abril de 2014.

http://www.factorcritico.es/2014/04/ajedrez-para-un-detective-novato-juan-soto-ivars/

Mitad Jaimito mitad Juan.

Ya se que la película no es gran cosa y que posiblemente haya ejemplos mejores, pero me he acordado de esa escena de “Matrimonio de conveniencia” (Peter Weir, 1990) en la que Gerard Depardieu (que se supone que es compositor) se pone en una reunión de millonarios esnobs a tocar el piano aporreándolo como un loco furioso. Los que lo escuchan, horrorizados, muestran su desagrado y estupor; y uno de ellos, al acabar la interpretación y pensando que es una “extravagancia new age”, aplaude con sonrisa bobalicona lo que no ha sido más que espantoso ruido. Entonces, Depardieu, en un cambio inesperado, se pone a tocar con sutileza mientras recita en (¡oh!) francés un improvisado (y pésimo) poema. La sorpresa es absoluta; Depardieu conquista al auditorio (y a Andie MacDowell) y con ese cambio se transforma totalmente: pasa de ser un loco, un hombre zafio y vulgar a un artista sensible y fascinante.

Y es que esa misma sorpresa, esa transformación, esa excentricidad que se vuelve  algo serio es este “Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars. Una novela que más o menos hasta la mitad era un auténtico disparate y que acaba por volverse una novela negra de verdad.

Explico esto antes que nada porque será muy normal que un lector no avisado se levante indignado antes de tiempo y deje la novela a medias viendo como Soto-Depardieu le toma el pelo aporreando el teclado en un constante desvarío. Y no se lo reprocharía. Yo mismo tuve esa tentación. Ese humor infantil, desmesurado y excesivo es difícilmente soportable: una novia ninfómana y sadomasoquista, un detective play-boy y millonario, una presentadora de televisión libidinosa y con poderes hipnóticos, un episodio escatológico y varios refritos de películas pulp y B movies. Pero creo que sólo por contemplar la transformación de la segunda parte de la función merece la pena permanecer sentado y aguantar. Ver al loco y al genio. El espectáculo al completo para poder opinar.

Y creo que para comprenderlo mejor y saber a qué atenernos habría que insistir en que esta novela es una sátira. Y que la sátira según el diccionario es poner en ridículo, es algo agudo, picante y mordaz; y eso es la mitad de esta novela: un pitorreo, una chufla, una burla.

Entiendo que algunos se indignen porque no todos tienen la oportunidad de escribir una novela mezclando en su argumento cómics, series de televisión y películas: Terminator, Cyborg, El santo de Val Kilmer y sus disfraces, el sentido arácnido de Spiderman, la Blasa de José Mota, las tortugas ninjas y “Underworld” y un chiste de caca, culo, pedo y pis; y publicarla. Y que además semejante desvarío gane un premio. Imagino la cara de estupefacción de los demás aspirantes que enviaron sus manuscritos. Lógicamente no pensarán que se trata de una broma sino de algo mucho peor. No entenderán que un jurado serio haya pasado de la mitad del manuscrito sin descartarlo. Se imaginarán a Soto partido de la risa, divirtiéndose como un niño mientras ellos se pasaron meses de fiebre y obsesión sudando la gota gorda para escribir sus novelas no premiadas.

Soto es un gamberro que hace de Jaimito y eso puede resultar ofensivo. Reconozco que yo mismo, al llegar al capítulo “El peso de la sensibilidad” (página 127), cuando el protagonista se convierte en un hombre biónico estuve a punto de dejarlo. Pero a pesar del disparate seguí porque también me estaba resultando entretenida e hilarante. Pensé, ¿no será que nos tomamos demasiado en serio la literatura?; que no le damos una oportunidad para que pueda ser frivolidad, pasatiempo, carcajada. Resultaba confuso y contradictorio. Por un lado me divertía como si juntara una historieta de “Anacleto, agente secreto” y el primer “Torrente” y por otro me resultaba inaguantable y excesivo, una chorrada. Era entretenida sí, pero ¿es simplemente eso lo que debemos pedirle a la literatura?, ¿basta con eso para conquistarnos?; ¿de qué estamos hablando de un tebeo o de una novela?

Pensaba en que Soto Ivars era un escritor de verdad, alguien capaz de haber escrito “La conjura de Perelman” y, sobre todo, la excelente “Siberia” y ahora tenía delante el desvarío de un veinteañero borracho una noche de carnaval. Aguantaba porque era Soto Ivars, pero ¿tenemos la obligación de saber quién es?, ¿de respetarle y aguantarle por haber escrito “Siberia”?, ¿Y si no le conociéramos de nada lo aguantaríamos? Aquello no podía seguir así,  ¿dónde quería llegar?, ¿qué pretendía con todo aquello?; ¿era una provocación?, ¿pretendía ponernos a prueba? Tenía que tener algún sentido. Tenía que tener truco. Y las primeras pistas me las dio con esos párrafos sueltos que se intercalaban entre los disparates. “Todo era algarabía y desparpajo” y entre ellas se colaba el escritor igual que “el pato de goma boga sobre las aguas procelosas del infierno”. Soto era capaz de sacar adelante una trama igual que un adolescente conduce en los coches de choque. Divertido y serio mezclaba el desenfreno y la diversión con el volantazo de la ironía; de vez en cuando entre lo esperpéntico aparecían la metáfora y la descripción brillante. Progresivamente lo absurdo va perdiendo terreno y presencia hasta esa parte final en la que desaparece por completo. Y ahí se resuelve todo: el chiste era una máscara, un disfraz con el que divertirse y confundirnos; un juego. La pregunta es ¿son suficientes esos párrafos brillantes para apuntalar esa primera parte desopilante y no abandonar? ¿Qué pasa si no los advertimos, si no descubrimos al escritor debajo del disfraz de gallina Caponata?

Soto ha escrito esta novela riéndose, riéndose mucho, a carcajadas; pero también nos ha demostrado –de nuevo- su inmenso talento como escritor, su versatilidad y aptitud. Con ese cambio sorprendente, con esa capacidad para engañarnos y hacernos creer otra cosa nos ha demostrado su habilidad; su capacidad para darle un sentido al disparate, la coherencia y la tensión de un argumento aunque sea con un final que se veía venir. La lección puede ser: no dejes nunca un libro a medias, no sabes lo que puede pasar o qué vas a encontrarte en la página siguiente, pero la cuestión es: ¿no habrá tensado tanto la cuerda del esperpento que haga que se rompa antes de tiempo?; ¿no habrá llevado demasiado tiempo ese disfraz que acabe por espantarnos con sus tonterías? El golpe de efecto es magnífico, es tremendamente ingenioso, pero ¿basta con eso para ganarse nuestro respeto?

No voy a negarle a Soto su derecho a divertirse y a disfrazarse. Mitad Jaimito mitad Juan. Mostrarnos un perfil y luego darse la vuelta y darnos cuenta de que todo era una broma. No le voy a negar que quiera usar –no voy a decir desperdiciar- su talento y pasar una noche de juerga, disfrutar del carnaval, la barra libre y hacernos creer que se ha fumado algo. Él elige su manera de epatar, engañarnos y luego sorprendernos. Él ha querido jugar así. Pero creo que al final se trata de una cuestión de edad. Y yo ya estoy viejo para esto. Y no me gustaría verme -¡ay!- así: “A su lado, yo era un viejecito que tiembla, que está temeroso, que tiene una boina puesta y una bufanda y está cansado y proyecta su rencor hacia la juventud”, por eso en parte me rebelo y me río, pero es que con cuarenta años estamos acostumbrados ya a otro tipo de humor. Cumplidos los cuarenta no nos hacen ya gracia las cosas con las que nos partíamos el culo con veinte años. Cuando yo era joven me reía mucho cantando aquello de “Chochos voladores”, “Ayatollha no me toques la pirola”, “Me pica un huevo”, “Las tetas de mi novia” y “Tengo que inventar algo para poder hacer la caca de colores”. Ahora las escucho y sonrío, pero ya no es lo mismo. Antes bebía como un coronel británico y ahora no paso de las tres cervezas. Antes aguantaba dos días de fiesta y payasadas y ahora los sábados me acuesto a las once agobiado por no llegar a fin de mes. Ahora busco otra cosa en la literatura.

Creo que alguien entre los dieciséis y los veinticinco años se puede reír y disfrutar mucho con esta novela y sus excesos. Y supongo que Soto la contemplará dentro de quince años como una de aquellas locuras que hacíamos con veinte años. Ahora estamos a otra cosa, pero cómo nos reíamos entonces.

Juan Soto Ivars. “Ajedrez para un detective novato”. XVIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla. 373 páginas. Algaida Editores. Sevilla, 2013.   

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