Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 14 de diciembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/12/14/platos-de-cuchara-bocadillos-y-mitines/

Platos de cuchara, bocadillos y mítines.

Este es un libro que es complemento, prolongación o añadido de otro. Como se dice en la contraportada “En un juego literario nunca visto, éstos también son los cuentos que el protagonista de la última novela de Benjamín Prado, Ajuste de cuentas, trata de escribir y no puede: una buena idea siempre merece una segunda oportunidad”. Así que tal vez éste libro habría que leerlo después de haber leído la novela; pero aunque tengan esa relación los dos se venden por separado -no forman un pack indivisible- así que por lo tanto puede leerse uno y no otro. Y si tengo que elegir elijo el de relatos que es lo que a mi me interesa.

“Qué escondes en la mano” tiene siete cuentos. Y de esos siete dos me parecen muy buenos, uno excelente, dos regulares y dos narraciones políticas.

Los dos primeros: “El traje blanco” y “El viaje”, han conseguido hacerme cambiar de opinión respecto a esos cuentos en los que se establece un diálogo o interrelación entre el escritor y el lector. Y es que a mí nunca me han gustado esos relatos en los que el escritor -o narrador que cuenta la historia- se dirige al que la lee haciéndole preguntas o estableciendo con él una comunicación, haciéndole partícipe de la acción. Sé que hay lectores a los que eso les gusta, les encanta que se les tenga en cuenta, sentirse co-protagonistas, pinches o ayudantes; pero a mí la escritura y la lectura siempre me han parecido un acto solitario y eso otro truco, happening o exhibicionismo.

Pero lo que en otros –como en algún relato de Julia Otxoa- me ha parecido el recurso de un profesor que le pone deberes a sus alumnos de taller de escritura a distancia en Prado se convierte en una invitación al debate al bajar el telón y no un búscate la vida y escribe tú el final que yo me voy a casa a dormir. Es verdad que Prado establece un triángulo narrador-personaje-lector, sí; pero no tira la piedra y esconde la mano; él lleva la historia hasta el final y en esos dos relatos nos deja que seamos nosotros los que demos una solución –como dos caminos entre los que elegir- a las opciones que se le plantean al personaje. Puede que yo no sea el alumno más listo de la clase, pero puede también que el error esté no en la intención sino en la forma. La misma lección explicada por dos profesores, dos estilos distintos. Mismo ejercicio distinta solución. Pero en esos dos relatos hay más que ese recurso-sorpresa; en uno a través de la imagen de un traje blanco refleja el egoísmo de un hombre al que la casualidad le obligará a elegir entre la redención o la condena; y en el otro con la lectura de un currículum se le da todo el sentido a la otra parte que lo compone: vitae. En una hoja cabe toda nuestra biografía personal y profesional, y esa lectura nos puede llevar a descubrir algo desolador de nuestro pasado y presente. En “El traje blanco” está el complemento de una historia paralela, un engaño y sus fórmulas de cortesía y ocultamiento; está el lirismo del Prado poeta y las metáforas que dejar subrayadas. En “El viaje” están el peligro de los espejos y el daño del tiempo detenido que permite visualizar su reflejo, el peligro de hacer inventario y balance de nuestras vidas, someternos a juicio, a examen y suspender; la trastienda del triunfo y su apariencia; la precisión y el valor del lenguaje y las palabras.

El tercero: “Siga a ese coche”, es un excelente cuento que empieza hablando de un juego de seducción imprevisto en la barra de un bar y que su única regla consiste en la mentira que oculta la soledad. En un momento dado el relato da un giro inesperado. Lo que era una línea recta para culminar la satisfacción de un simple deseo sexual termina bruscamente en un lugar sin salida que se convierte en el refugio en el que se esconde un hombre que huye. Pero en otro nuevo giro en la última página el motivo se materializa y la huida se hace necesaria otra vez. Para mi este relato es excelente no sólo por esos dos giros inesperados sino por el acierto de insinuar sin llegar a mostrar del todo. No tenemos una respuesta clara, pero lo que sabemos es suficiente para sentir desasosiego, hacernos llegar su mensaje. Y además está de nuevo ese valor del lenguaje y las palabras, esa manera de expresar la mentira y ocultar la verdad.

Lo que viene después de esos dos muy buenos y un excelente cuento es, por comparación, una bajada de tensión. Es como alimentarnos con un bocadillo después de tres días comiendo de cuchara. “Qué escondes en la mano” es una historia contada con gracia y oficio, con un realismo jocoso pero forzado y un doble sentido evidente, subliminal y descarado: la mano izquierda es liberadora la derecha represora. Y “La sangre nunca dice la verdad” comienza bien, pero en un punto y a parte se convierte en una colección de clichés, una versión moderna y políticamente correcta de “El príncipe y el mendigo” de Twain.

Y de ideología y política están cargados los dos últimos: “El lobo” y “Podéis soñar pero no podréis dormir”. En “El lobo” lo que parecía una fábula se convierte en un reportaje que nos presenta a un asesino y torturador de la dictadura argentina que se esconde en España. No seré yo el que me convierta en defensor de esos criminales y no desee que sean perseguidos, detenidos, juzgados y encarcelados por sus delitos inhumanos. Lo que pasa es que estoy cansado y aburrido de que siempre se repita el mismo argumento, que para unos haya insistencia y para otros silencio. Uno se estremece al saber lo que allí –Argentina y Chile- sucedió, y de igual manera se estremece al pensar que lo mismo pasó y está pasando en la dictadura de Cuba. ¿Por qué unos sí y otros no?  Y en “Podéis soñar pero no podréis dormir” lo que parecía la crónica romántica y desesperada de una profesión sentenciada a muerte por los tiempos modernos resulta ser una estratagema, un argumento ad hoc para la demagogia y convertir la narración en un mitin, la literatura hecha propaganda.

Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”. 104 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

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Sergio Ramírez. “Flores oscuras”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 30 de julio de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/07/30/el-zumo-la-pulpa-y-la-piel/

El zumo, la pulpa y la piel

Ha sido simple casualidad, pero entre Luis Sepúlveda y Sergio Ramírez hay algunas coincidencias. Biográficas y literarias. Ramírez también alcanzó la popularidad en España en la década de los noventa al ganar el Premio Alfaguara de Novela con “Margarita está linda la mar”, pero el primer libro que publicó fue uno de cuentos, y desde entonces ha ido compaginando los dos géneros. De nuevo, y para satisfacción de los entusiastas hinchas del relato, el caso de un novelista que no ha renunciado a ser cuentista; algo que, por lo que voy descubriendo, parece más habitual entre los escritores hispanoamericanos que en los españoles.

Ramírez, según consta en la biografía de la solapa, también estuvo exiliado en Alemania, y también vivió su época revolucionaria formando parte de la guerrilla sandinista que derrocó al dictador Somoza. Entre 1986 y 1990 llegó a ser vicepresidente de Nicaragua,  pero poco después abandonó el Frente Sandinista de Liberación Nacional y ha sido muy crítico con el presidente Daniel Ortega denunciando sus abusos de poder. Esa deserción y denuncia del FSLN puede parecer algo que no tiene nada que ver con la literatura, pero es importante porque está presente en dos de los relatos de este libro: “Las alas de la gloria” y, sobre todo, en “La colina 155”.

Entre los cuentos con argumento político de Sepúlveda y Ramírez creo que hay una notable diferencia. El chileno se queda, evocándola desde la distancia, en el aspecto romántico o idealista de aquella revolución y el nicaragüense cuenta lo que pasó después, lo que quedó de ella y en lo que se transformó al alcanzar el poder. Ramírez tiene –basada en su propia experiencia- una visión crítica de la que Sepúlveda carece; y eso para un escéptico como yo es un punto a su favor. Y así tenemos esos dos relatos en los que nos habla de aquellos soldados rasos de la revolución, héroes que tuvieron su día de gloria y sobrevivieron a meses de barro y muerte en las trincheras y que acabaron premiados con el olvido y la pobreza y frente a ellos los revolucionarios que, a la sombra del nuevo gobierno, se han hecho millonarios y déspotas.

Pero estas “Flores oscuras” son mucho más que esos dos magníficos relatos. Y creo que lo primero que debe destacarse es su excelente proporción. Porque para que se pueda recomendar un libro de relatos no es necesario que todos sean perfectos -ya lo he dicho en otras ocasiones: la perfección es el más falso de todos los mitos- y este son doce cuentos en los que hay alguno que resulta regular –que no malo- por tener un enfoque narrativamente confuso: “La cueva del trono de la calavera”, o ser la exhibición de un cultureta: “Flores oscuras”, o una idea original pero que en comparación con los demás resulta superficial o ligero: “Adán y Eva” . Eso nos da una proporción en los que me parecen muy buenos o excelentes de nueve de doce y esa es una estadística muy alta y que muchos libros de relatos no alcanzan habitualmente. Tal vez pueda parecer un ejercicio frívolo de crítica, como ponerle estrellitas en una puntuación del uno al diez, pero este es uno de los mejores libros de relatos que he tenido oportunidad de leer últimamente y cuando eso sucede me dejo llevar por el entusiasmo. Porque lo bueno de la literatura es lo inolvidable que has leído, pero también lo que te queda por leer; una nueva oportunidad al placer cada vez que abres un libro. Y es que a veces leemos a escritores que se empeñan en suicidarse aburriendo al lector, por eso me produce tanto entusiasmo descubrir a uno que se toma en serio el compromiso con la literatura sin querer convertirla en un pulcro pasatiempo, un entretenimiento para mayorías o en un experimento pedante y extravagante para minorías.

Los cuentos de Ramírez son relatos de personajes anónimos que él hace visibles y protagonistas: “Todo el mundo tiene una biografía, por muy insignificante que al principio nos parezca”. Derrotados del bando de los vencedores -exguerrilleros que malviven como ladrones de tapas de alcantarillas o vendedores ambulantes-; un boxeador de tercera división que “sale del anonimato” por “la puerta falsa”; la mísera troupe de un circo ambulante con su amazona-trapecista, su tragafuegos, su payaso-mago y un enano-volatinero envueltos en un caso de prostitución y asesinato; los condenados por nacimiento –un insignificante ladronzuelo devorado por unos perros rottweiler- o por su torpeza –un hispano incapaz de aprender inglés que vive en un pueblo de Iowa- o víctimas de su propia debilidad -la mujer madura seducida por un don Juan aldeano-. Tipos sin suerte, humildes, desahuciados, perdedores con los que Ramírez ha adquirido un compromiso de defensa  y visibilidad. Aunque lo único que no me cuadra en todo eso es lo de su estancia –para escribir alguno de los cuentos que contiene este libro– en una villa junto al lago de Como pagada por la fundación Rockefeller. Me chirría igual que un marxista conduciendo un Mercedes, pero si me quedo con toda la buena –buenísima- literatura que hay en ellos me olvido de sacarle punta a esa contradicción y me concentro en que los suyos no son solamente cuentos de personajes inolvidables y baqueteados por los que, de su mano, sentir una lógica conmiseración sino que es capaz de hacer que el narrador adopte diferentes personalidades y formas: cronista, testigo o protagonista; que utilice distintos estilos y estructuras para contar la historia: atestado policial, sumario judicial o investigación periodística, o que nos ofrezca dos opciones en un mismo relato o reconstruya el plano físico y sentimental de una casa familiar poniendo en movimiento la memoria desde la imagen fija de una vieja fotografía. Que sea capaz de lo panorámico dentro de lo íntimo, de narrar lo trágico en lo común con humor, fatalismo o resignación sin histeria; de romper y ampliar los estrechos límites de un relato incluyendo lo secundario en su reducido escenario, mostrar lo principal sin renunciar al detalle, levantar la alfombra de la historia, cimentarla a base de elementos de derribo. Que sea capaz de sacarle más jugo a la misma naranja y además hacer comestibles y deliciosas la pulpa, la piel y las amargas semillas.

Sergio Ramírez. “Flores oscuras”. 226 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 11 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/10/literatura-y-palomitas/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/05/el-tango-de-la-guardia-vieja-arturo.html

Literatura y palomitas

Ante esos expositores con los best-seller que montan en las librerías siempre paso de largo. Los miro de reojo con indiferencia convencido de tener muy claro lo que quiero leer y lo que no. Pero con Arturo Pérez Reverte no ha sido tan fácil. ¿Y por qué esta sí y otras no? Pues primero por la época en la que se desarrolla: siglo XX, años 20 y 30, período de entreguerras; un tiempo para mi absolutamente fascinante. Y segundo porque la parte que conozco de Pérez Reverte me gusta: sus artículos de opinión. Sí he leído y disfrutado de sus libros: “Patente de corso”, “Con ánimo de ofender”, “No me cogeréis vivo” y “Cuando éramos honrados mercenarios”. Me gusta su radical independencia, su sentido común, su lenguaje directo y sin complejos, eso de te lo puedo decir más alto pero no más claro.

Leí este tipo de literatura en mi adolescencia y primera juventud, hasta que llegaron los veinte y durante una década cambie piel por papel con dedicación radical y exclusiva. Cumplidos los treinta y recuperado el interés por la lectura descubrí un día que había otras formas más allá del mero entretenimiento, que era posible unir contenido y estilo; así que tiré un centenar de libros a la basura y empecé de nuevo, buscando el término medio entre el espectáculo de refresco y palomitas y el pedante cineclub de autor.

Antes de empezar ya imaginaba lo que me iba a encontrar en “El tango de la Guardia Vieja”, pero las dos razones para abrirlo y leerlo ya las he explicado antes. Y lo primero que me encontré no me defraudó en absoluto. En esta novela hay una excelente y deslumbrante escenografía y ambientación, documentación, dirección artística, vestuario, decorados, mise en scène. Una película que podría ganar todos esos premios en la gala de los Óscar incluida mejor banda sonora y mejor canción. Y reconocer esto quizá sea caer y quedarse en lo aparente y superficial, como decir de una mujer que nos ha seducido simplemente por su belleza y nada más, sin abrir la boca, como en el chiste; pero esa excelente y deslumbrante escenografía es un duro, minucioso y exigente trabajo del autor que cuando está bien hecho hay que reconocer siempre.

Y aunque en este caso por la época en la que se desarrolla la novela –años 20 y 30 del siglo XX- haya una predisposición por mi parte a dejarme seducir, creo, objetivamente, que es en la descripción de los lugares y ambientes donde Pérez Reverte nos ofrece la mejor literatura; en su capacidad para, con las palabras precisas, llevarnos hasta allí; describir el lugar, el escenario, los olores y los objetos, los tipos y los nombres propios; espacialmente en la parte de la novela que transcurre en Buenos Aires: “La Ferroviaria olía a humo de cigarro, a porrón de ginebra, a pomada para el pelo y a carne humana. Como otros boliches de tango próximos al Riachuelo”. “Era común encontrar a gente de la alta sociedad porteña en incursiones noctámbulas a la busca de pintoresquismo y malevaje haciendo la ronda por cabarets de mala muerte o cafetines de arrabal”.

Pero llegados a cierta edad además de la belleza buscamos algo más. Y en ese sentido se puede decir que, “El tango de la Guardia Vieja” es, básicamente, la historia de amor entre sus dos protagonistas: Max Costa y Mecha Inzunza. Una historia de amor divida en tres partes. Una primera en la que el amor surge, se consuma y acaba. Una segunda con un apasionado reencuentro y una huída. Y una tercera con un nuevo reencuentro veintinueve años después. A cada parte se suman, a ese argumento principal y vertebrador, tres elementos en tres escenarios diferentes. En la primera es el tango, un trasatlántico y Buenos Aires; en la segunda es Niza y un asunto de espionaje con la Guerra Civil española de fondo; y en la tercera la bahía de Nápoles y un campeonato de ajedrez. Las tres partes componen un ordenado viaje en el tiempo en el que se van mezclando pasado y presente para que conozcamos completamente toda la historia. Un estructura narrativa que es, sin duda, otro acierto de Pérez Reverte.

Hay otros aspectos positivos, pero también –a mi modo de ver- negativos. Positivo resulta la recreación del lujo y sus escenarios en el que se desarrolla la novela; el lujo de una época y una sociedad que desaparecerá con la Segunda Guerra Mundial, “una fiesta sentenciada a muerte”. El personaje de Max Costa, bailarín, guapo, seductor, gigoló y ladrón de guante blanco; una especie de Arsenio Lupin -“Cyrano de la pégre”- que vivió la buena vida y acaba como chófer con gorra de plato. Acertada y tremendamente atractiva es la parte que tiene al tango como co-protagonista. Es esa primera parte la mejor de toda la novela sin que eso signifique que las otras dos sean malas, pero sí, quizás menos intensas. La parte de Niza se mantiene por el asunto del espionaje, pero hay una escena sadomasoquista sobre la que se proyecta una injusta pero inevitable sombra y otra al estilo increíble del Mike Hammer televisivo. La parte de la bahía de Nápoles tiene el valor del reencuentro y la melancolía, pero todo el asunto del ajedrez se hace aburrido y plano. Acierto es la narración en paralelo de los dos robos y sus consecuencias; una que resulta determinante y la otra frustrada en parte. Acierto es el personaje de Max Costa, el de aquel niño pobre que consigue introducirse en los ambientes ricos de la época y hacerse pasar por un perfecto caballero a base de astucia e inteligencia; y el personaje de Mecha Inzunza “niña bien” que se convierte en una Grace Kelly enamorada, viciosa y apasionada; Catherine Deneuve en “Belle de jour”. Historia de amor en la que hay también diálogos amanerados e imposibles, al estilo de galán de mentón cuadrado, vampiresa con boquilla de nácar y película en blanco y negro: “-¿Sabe una cosa?-comentó él-. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella”. “–Hay hombres que tienen cosas en la mirada y en la sonrisa –añadió Mecha […] Hombres que llevan una maleta invisible, cargada de cosas densas”. “Sabías hacer juegos de prestidigitación con los gestos y las palabras, como si llevaras puesto un antifaz de inteligencia”. Acierto es vivir el amor sin poder permitírselo, la fortuna y la suerte de la belleza esculpida en carne, huir de él por ser un juego depravado, un placentero y demencial callejón sin salida; es reencontrarlo y emborracharse en su saliva y tener que renunciar a ella por imposición, las circunstancias obligándonos a una despedida; es reencontrarlo de nuevo convertido en un anciano pero intacto el amor en las entrañas, echar la vista atrás y recordar todo lo vivido, vivir con sesenta y cuatro años la última aventura. Max Costa es un personaje del gusto de Pérez Reverte, un hombre forjado a sí mismo con audacia y honor sin medallas: “No te dejaste, amigo mío. Nunca fuiste un chico de esos. Al contrario. Tan limpio siempre pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones. Un buen soldado”. Alguien que “mirándose los ojos en un espejo” pueda decir: “no traicioné nunca, o no lo haré jamás”. Un personaje capaz de un último gesto poético coherente con él, pero en el que para mi gusto Pérez Reverte cae en la sobreactuación. Ese final del hombre con los bolsillos vacíos que se aleja silbando El hombre que desbancó Montecarlo es el mismo que el de un anuncio de un coche con nombre de deporte para nuevos ricos.

No voy a negar que en una valoración general haya disfrutado de esta novela, pero reconozco que lo he hecho con la misma mirada con la que hubiera visto una película, una superproducción con un buen guión y una excelente puesta en escena, filme a la antigua con todos los ingredientes necesarios para los aplausos al encenderse las luces. Literatura por la que deslizarse y dejarse llevar, literatura hacia fuera, de escenario y exteriores, visual, dialogada; largometraje que no se hará en esta España del cine subvencionado y sectario.

Seguiré leyendo con gusto los artículos de Pérez Reverte y seguiré pasando de largo ante esos expositores que venden best-seller en los supermercados. Es culpa mía. Hace ya tiempo que en la literatura busco otra cosa.

Arturo Pérez Reverte. “El tango de la Guardia Vieja”. 494 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012.

Manuel Rivas. “Las voces bajas”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el miércoles 16 de enero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/01/16/memoria-personal/

Memoria personal

Resulta muy fácil identificarse con una parte de este libro. Emocionarse con ella,  caer seducido por la música de sus palabras, la lírica de su prosa. Es esa parte en la que Manuel Rivas cuenta y recuerda los años de su infancia. Su hermana y sus padres; sus abuelos y tíos; su familia. Cuando habla del “Paraíso inquieto”: “Conocí ese lugar de niño y en él crecí. Un paraíso donde los caballos de colores comían espinas. Un paraíso duro, con nombre de batalla. Era Castro de Elviña”. Allí “donde el viento daba la vuelta” y su padre construyó con sus propias manos una casa. Hogar familiar con cocina de hierro y pozo del que nunca brotó agua. Un tiempo y lugar de caminos de tierra frente al mar, lavanderas, emigrantes y costureras ambulantes,  martes de carnaval y día de difuntos; peña del cuco y castaño del souto. Todo eso que se ha quedado en el “departamento de grabaciones no autorizadas de la infancia”, que compone la “Enigmática organización de lo inolvidable”. Recuerdos y memoria que son “propiedad inmaterial” de “el libro de la vida”. Y esa identificación resulta lógica porque todos tenemos una infancia, unos padres, una familia, un lugar. Y seguramente nuestros padres hayan muerto ya y el paisaje de nuestra infancia se haya perdido, transformado en algo muy distinto. “Ahora, en aquel espacio, hay esculturas inmóviles y una obsesión de césped municipal, el verde acrílico laminando los colores silvestres”.

Y en ese recuerdo personal encontraremos a un padre poco hablador que era albañil y en su juventud tocaba el saxofón en las orquestas de baile de las verbenas; a una madre que hablaba sola y era lechera y ama de casa; unos padres diferentes e iguales a muchos de aquella generación, a los nuestros, de origen humilde y una vida de sacrificios y renuncias sin apenas recompensas; un vivir heroico sin más hazañas que las de trabajar y sobrevivir sin poderse permitir el caer enfermos, con la suerte pequeña y un silencioso pasar en voz baja y que ahora, desde la distancia y los recuerdos de Manuel, son un ejemplo de sencilla dignidad, un recuerdo personal compartido.

Y entre esa memoria encontraremos la prosa poética de Rivas: “El faro era la luz de un ser vivo. Despertaba en el crepúsculo, como un murmullo luminoso, y vivía de noche. La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. El mar infinito y las habitaciones angostas”. Encontraremos relatos maravillosos -como “Las ruinas del cielo” y “La foto de familia”- compuestos casi siempre de varias historias en los que destacan siempre ese acento íntimo, de confidencia y exquisita nostalgia, y ese estilo poético que se incluye en la narración y subraya lo que se cuenta. Algo muy difícil de conseguir y que a Rivas le sale con naturalidad.

Y hay dentro de todos esos recuerdos dos maneras de reconstruir la memoria. Una es la autobiografía del niño redactada con las palabras del escritor reconstruyendo su pasado, haciendo hermosa literatura con él: “Habíamos dormido en casas campesinas, humildes, sintiendo el roce de las piedra al lado de la almohada, el correteo de los ratones, el extraño crujir de las camas transportando suspiros desde los cuartos matrimoniales, los pasos balbucientes de una anciano y el sonido de caracola del orinal en la noche, el saúco en lucha contra el viento en la ventana, el ir y el venir de las contraseñas centinelas de los perros”. El recuerdo original del niño, seguramente más simple y tosco, que se convierte ahora en algo bruñido y brillante. El recuerdo así es como una vieja fotografía en blanco y negro restaurada, coloreada, que mejora el original. El escritor es el alquimista que convierte la alpaca en plata de ley.

Y la otra es la que se reconstruye con los testimonios ajenos; con lo que otros adultos le contaron al escritor para que hablara de cuando él era niño y no alcanza su memoria. Aportación que él mismo reconoce en los agradecimientos de la página final: “Las personas que me ayudaron a ver en otro tiempo, a rememorar”. Es el vaso medio vacío de la memoria propia que se llena con recuerdos prestados y se convierte en un líquido uniforme y bien mezclado que ocupa todo el espacio.

Toda automemoria al hacerse pública es siempre selectiva, subjetiva, parcial. La de Manuel y la nuestra. Contaremos nuestra versión, lo que queremos que se sepa y callaremos lo que no; estará formada por prosa y poesía, recuerdos indemnes y mutilados, verdad y ficción. Y así debemos leerla. Porque como Manuel dice: “Escribí sin mirar las notas, siguiendo esa verdad inconfesable del periodismo que dice: “Si te olvidas, inventa. ¡Y acertarás!” Si inventas bien, claro”.

Y esa memoria es la que se hace absolutamente personal cuando se hace ideología. Y aunque estoy seguro de que para los que sean –como Manuel- de izquierdas, esa será una parte con la que se identifiquen plenamente, a mi no deja de producirme cierta perplejidad. Supongo que es cuestión de edad y coincidencia. Cada uno es hijo de su época. Manuel nació en 1957 y yo diez años después. Diez años son muy poco, pero en este caso a mi me parecen un abismo. Para mí treinta y cuatro años de democracia han hecho vieja a la dictadura de Franco, historia en blanco y negro que no sirve para justificar políticamente el presente. Pasado personal y ajeno del que incompresiblemente presumir: Unión do pobo galego, Bandera Roja. Y mucho menos admisible me parece ese oxímoron –en su sentido literal- de la izquierda nacionalista, de patriotismo lingüístico en el que Rivas se incluye.

Manuel Rivas. “Las voces bajas”. 200 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 9 de septiembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=766721

Adagio de Albinoni

Creo que este libro de relatos de Julio Llamazares puede tener dos maneras de interpretarse. Una es que encontremos en él lo que esperábamos. Y en ese caso está claro que no defraudará sino todo lo contrario. Y la otra forma de interpretarlo es una metáfora futbolística. Porque yo creo que enfrentarse a un libro de un escritor reconocido es como ir a ver jugar a nuestro equipo: lo hacemos esperando verle ganar, nunca perder. Y en este caso se puede decir que Llamazares no pierde el partido sino que lo empata. Y que incluso en ese resultado hay emoción y buen juego porque no empata a cero sino que hay un par de relatos y una fábula final que pueden considerarse excelentes. Pero al terminar el partido cerraremos el libro con la moral del empate. Decepcionados porque no ha ganado y consolándonos porque no ha perdido.

Un actor puede hacerse muy famoso interpretando un papel. Y a partir de ahí tiene dos caminos: repetir o cambiar. Si no cambia algunos le acusarán de comodidad y miedo a perder la fama. Y si se repite otros lo defenderán por ser fiel a un estilo y un acento con el que consiguió la popularidad. ¿Para qué cambiar si lo que hace lo hace bien y sigue teniendo audiencia? Es verdad que esa repetición puede llevar a encasillar al actor Y también es verdad que ese encasillamiento puede que no tenga nada de malo. Nadie se imagina a Paco Martínez Soria –por poner un ejemplo- haciendo otros papeles que no sean cómicos. Y sus películas siguen haciéndonos reír. Pero también es verdad que es posible salir de ese encasillamiento. Alfredo Landa lo hizo en “El crack”. Y ese cambio de registro es el que nos dejo a todos boquiabiertos.

Y creo que de esa forma debemos valorar estos relatos de Julio Llamazares. Porque si lo que deseamos es reencontrarnos con esos paisajes y temáticas conocidos, con ese estilo y acento propios, con ese tono marca de la casa, “Tanta pasión para nada” nos resultará perfecto y nos dejará plenamente satisfechos. Pero si lo que esperamos es algo más que corrección, algo más que a un funcionario de la literatura, nos defraudará. Porque Llamazares tiene oficio y arte pero le sobra redundancia y le falta ambición. Porque lo leo teniendo la sensación de estar asistiendo a la repetición de la misma fórmula de agua carbonatada pero cambiando los colores: gaseosa, naranja, cola, limón. Y aunque cambie la forma y decoración de la botella siempre es agua tibia a la temperatura exacta: ni fría ni caliente. Sus relatos son como el adagio de Albinoni. Es bonito, melancólico, triste, siempre emocionante, pero nos lo sabemos de memoria. Por muchas versiones o variaciones que se hagan siempre será el mismo adagio. Ningún relato está mal; ninguno se lee con arrepentimiento; no llegamos a odiarle, pero tampoco a amarle. Se le quiere, se gana nuestro cariño, pero no nuestra admiración. Lo apreciaremos como algo grato el tiempo que dura el libro, pero al día siguiente lo habremos olvidado.

Julio Llamazares. “Tanta pasión para nada”. 155 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

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