Daniel Gascón. “Entresuelo”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 26 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/26/un-video-domestico/

Un vídeo doméstico

Todos tenemos una familia. Todos podríamos contar alguna historia de nosotros mismos y nuestros abuelos, padres, hermanos o tíos. La diferencia está en hacer o no atractiva esa historia.

Está claro que todo resultaría más fácil si nuestro abuelo hubiera sido diplomático en la Segunda Guerra Mundial y no dependiente de una ferretería en una capital de provincias. Con una vida apasionante y en una época convulsa es más fácil escribir una novela o hacer el guión de una película entretenida y correcta. Pero cuando nuestro abuelo no fue otra cosa que un tipo corriente con una vida vulgar y anodina como la de cualquiera puedes contar su historia, hacerle protagonista de una novela, pero entonces necesitas algo más; necesitas contarla de manera que la literatura –la forma en que la cuentas- te salve ese guión de la mediocridad y la indiferencia.

Todos podemos utilizar a nuestra familia de inspiración. Podemos servirnos de ella para buscar y encontrar argumentos y personajes. Desde una parte de verdad crear, inventar, transformar la realidad y hacerla materia de una colección de relatos o una novela. No es el caso de “Entresuelo”. Daniel Gascón ha decidido no mentir, contar la verdad sin más. Es una opción válida, pero qué pasa entonces si se opta como ha hecho él por contar los hechos con un realismo radical, descarnado, en crudo, sin imposturas. Pues que si lo que se narra no se cuenta con el contrapeso de una voz que lo haga atractivo, singular o diferente, se convierte en doble vulgaridad. Y esa es la carencia de Gascón. Que falla en la forma.

Y es que Gascón nos ofrece un vídeo doméstico como si él fuera el único que tuviera una cámara y el suyo fuera un documento excepcional cuando hoy en día hay miles –millones- que tienen una cámara digital y hacen vídeos como ese. Si visionamos el nuestro y el de “Entresuelo” no encontraremos ninguna diferencia. Hechos y hechos sin un montaje original y sin ni siquiera el mérito de una seductora voz en off.

Cuando hoy en día hay gente capaz de hacer creativos y originales cortometrajes con un teléfono móvil Gascón nos ofrece un libro que es un anodino retrato familiar con un valor y un interés estrictamente particular. Lo único que Gascón hace es un inventario de recuerdos –en muchas ocasiones copiando a Perec y su manoseado “Me acuerdo”- que seguro que a su madre, a su padre, a sus hermanos, tíos y primos les hace mucha ilusión, pero que a los demás nos produce indiferencia y suspicacia.

Entre las virtudes con las que se nos quiere vender esta “novela” están que refleja “el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica”.  O sea algo que ya se ha contado infinidad de veces como por ejemplo lo hizo Pedro Masó en “La familia, bien, gracias” con guión de Rafael Azcona  y en “La gran familia… 30 años después”. Se dice que sus “personajes” son “inolvidables” y en ellos no encuentro ninguno mejor que los de mi propia –y cualquier- familia con sus miserias, dificultades, virtudes y defectos. Se dice que es una “autobiografía indirecta” y que es una “aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España”, es decir que para eso me vale con ver “Cuéntame” y que cualquiera de sus guionistas tiene más mérito que Gascón porque la literatura debe ofrecerle algo al lector que no pueda ver en la televisión.

El que se “hable a la ligera” es una buena descripción. Esta es una “novela” amena, es el típico libro que se deja leer sin requerir un esfuerzo intelectual. Los recuerdos de Gascón le traerán al lector los suyos propios. Con los emotivos recuerdos ajenos recordará a sus abuelos; los veraneos en el pueblo; la infancia; las anécdotas que dejan una sonrisa y las multitudinarias, alegres y ruidosas comidas familiares. Pero esa ligereza es una virtud escasa y esa emoción compartida algo muy básico, un simple acto reflejo. ¿Dónde queda el escritor, su utilidad y su diferencia? ¿Dónde la literatura y el intento de hacer de ella algo inaccesible y fuera de lo común?, ¿dónde su valor, la belleza y dificultad que la hace distinta, inigualable? ¿Para qué queremos un escritor que se convierte en una máquina, un reproductor por escrito de imágenes y sonido y hace de la literatura un archivo que podemos contemplar en una pantalla?

Entiendo que Gascón quiera conservar la memoria de sus abuelos y compartir ese recuerdo con su madre, su padre, su hermana y el resto de su familia. Resulta emotivo pero es seguro que hay cientos –miles- de personas que podrían escribir un libro similar a este “Entresuelo”. Seguro que muchos serían peores, pero es muy probable que alguno fuera mejor y que sin embargo su autor si quiere verlo publicado esté condenado a ese limbo de la autoedición.

Daniel Gascón. “Entresuelo”. 108 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 24 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/24/solido-y-gaseoso/

Sólido y gaseoso

En ningún otro lugar como en un libro de relatos podemos experimentar los cambios de estado de la materia. La física y la literatura en una curiosa relación. Pasar de lo sólido a lo gaseoso, del calor a la congelación en un corto espacio de tiempo. Y estos cuentos de “Escena de familia con fantasma” de Julia Otxoa son un buen ejemplo.

Empieza muy bien, más que bien con dos microrrelatos excelentes: “Bibliotheke” y “Lámpara suiza”. Las bibliotecas convertidas en charcuterías y un “señor oscuro” -una mezcla de carnicero, cirujano y taxidermista- que “se ocupa de la disección del lenguaje armado de cuchillos, cinta métrica y báscula”. Dos micros de imágenes contundentes, realmente originales en su planteamiento, mensaje y profundidad.

Y en los dos siguientes, de repente, lo que antes era sólido y prometedor se transforma en gaseoso, se hace vapor. Con “El traductor” y “Marcel Sasot campeón de halterofilia” no entiendo qué quiere contar, a dónde quiere llegar ni transmitir con la historia, a no ser que sea ¿el sueño de un hombre-cigarra?. Soy viejo para jugar a las adivinanzas y demasiado joven para apuntarme a cursos municipales de artesanía con miga de pan. Pero con el siguiente micro: “Hilvanados”, recupera de nuevo, con imaginación y lenguaje, el estado sólido perdido. Y así el libro se convierte, cuento tras cuento, en un constante vaivén en el que se van alternando micros o relatos breves excelentes como “Paisaje para frac”“Pintor perfilador”-éste produce el entusiasmo de la maravilla- “Juramento”, “El testamento de Ulises”“Arquitectura contemporánea”,“Primavera” “Café Voltarie” con otros como “La Polar”“El tren peonza” “Fuera de plano” que se cristalizan como la escarcha y se disuelven a temperatura ambiente.

Movimiento pendular que no resulta exacto como el de un metrónomo o el deshojar una margarita sino que se mezcla con estados intermedios de agua templada en las buenas y originales ideas de “Cosmética para cerdos”“Cajitas” o “Colocación de lunas” y  que en otras ocasiones se acaba enfriando de golpe -como en“Las desventuras de Frankenstein” con un final que lo carboniza- o se convierten en reflexiones inofensivas -como en “Metrópolis”– o en divagaciones culturetas -como en “Los dos guerreros” o “Dos viajeros”– o dejan al lector huérfano y sin final tras unos puntos suspensivos como en “La señorita Hanna”“…aquí el lector puede continuar por su cuenta este pequeño relato, desarrollando su imaginación hasta límites increíbles” . Interacciones o ejercicios de empatía (algunos cursis les llaman guiños) que me fastidian porque me parecen los deberes para casa que pone el profesor cansado de un taller de escritura a sus alumnos virtuales.

Pero no quiero que esto – a pesar de ese vaivén- parezca el baile de la yenka. En general los relatos mantienen una temperatura constante gracias a un lenguaje preciso y cuidado, un acuario limpio en el que conviven cincuenta criaturas de diferente tamaño y belleza; y esa es una virtud que hay que reconocerle a Otxoa; pero creo que si por algo destacan estos cincuenta textos es por la crítica social, política y artística de sus argumentos. Cuando acierta (a veces le da por el escorzo, la elipsis y el camuflaje) nada es inocente o simple devaneo. En Otxoa la palabra se convierte en pedrada en el ojo o seta venenosa.

Crítica o denuncia social que está en todos esos que para mí son brillantes ejercicios literarios y que unas veces va desde el realismo individual o de comunidad de vecinos al absurdo municipal o universal, y con la ironía y la imaginación como armas de gran calibre para tratar la decadencia y la transformación, el mercantilismo, la deshumanización, la miseria o la manipulación de esta época y este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Crítica política en la que se encuentran los cuentos más ácidos y salvajes, los más grotescos y esperpénticos, las grandes hipérboles producto de la vergüenza y desconfianza en los políticos en esta época (que nos ha tocado vivir) de corrupción en partidos y sindicatos y que nos dejan el mensaje necesario de que no perdamos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en mudos corderos o borregos a los que se les ha practicado una leucotomía. Crítica que extiende al nacionalismo (español, vasco y extranjero) y a sus típicas exhibiciones pero que hoy -además de esos estereotipos en los que incide Otxoa- está más por la imposición, la falsificación de la historia, el adoctrinamiento y la mitología.

Crítica del arte que es con la que más he disfrutado –y con la que más me identifico sin duda- en la que mediante el humor y la reproducción denuncia el engaño de ese teatro del absurdo moderno y experimental, perfomance vacía de contenido que pretende que callemos por miedo a quedar como ignorantes y no nos atrevamos a decir que, simplemente, nos parece una tomadura de pelo.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”. 140 páginas. Prólogo de Ángeles Encinar. Menoscuato Ediciones. Palencia, 2013.

Óscar Sipán. “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 16 de enero de 2014

http://www.culturamas.es/blog/2014/01/16/recomendacion-quisiera-tener-la-voz-de-leonard-cohen-para-pedirte-que-te-marcharas-oscar-sipan/

Recomendación

Hace casi seis años que leí por primera vez a Óscar Sipán. En junio de 2008 (con cinco años de retraso) leí su libro de relatos “Pólvora mojada”, XVII Premio de Narrativa “Santa Isabel de Aragón. Reina de Portugal”, Diputación de Zaragoza, 2003. Y ese día me hice una promesa: leer todo lo que había publicado antes y todo lo que viniera después. Lo de antes eran tres libros de cuentos: “Rompiendo corazones con los dientes”(1998), “Escupir sobre París” (2005) y “Guía de hoteles inventados” (2007); y lo que vino después fueron otro libro de relatos: “Avisos de derrota” (2008), la “novela” “Concesiones al demonio” (2011), y como el cincuenta por ciento de Galgo Cabanas la novela negra “Cuando estás en el baile, bailas” (2012). Ahora me doy cuenta de que quizás esa promesa es de las pocas que he cumplido en mi vida y también de que me falta uno de sus libros: “Almanaque de los días felices”, IEA, 2009.

Más de cinco años en esto de abrir la bocaza para opinar han dado para mucho y para nada. Ya no soy el mismo de entonces. Veo más días el vaso medio vacío, lleno de humo y aguarrás, que de champán. Saber más me ha hecho perder la inocencia y de premio acidez de estómago; conocer las insuperables leyes de la electricidad y los apuntes contables.

Y ahora, en medio de esta montaña rusa desde la que contemplo ese club de campo, aparece éste “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” de Óscar y siento el alivio de que algunas cosas no hayan cambiado o desaparecido; sigan siendo igual que hace tiempo; antes de que me volviera consumidor habitual de Almax y melatonina. Que reaparezcan y pueda seguir cumpliendo mi promesa.

“Quisiera tener la voz de Leonard Cohen…” es una antología de relatos, una recopilación de algunos cuentos de Óscar ya publicados. Pero la plata, oscurecida por el paso del tiempo, vuelve en esta reedición a brillar como nueva: “El talento de las moscas”“El dios de las camareras”“Rompeolas”“Escupir sobre París”, “Cordero de Dios”… Podría haber hecho esta reseña sin leer el libro. Recuperando viejas palabras que no han perdido su sentido ni su valor. Citándome a mí mismo. Pero ¿por qué renunciar al placer en tiempos de ley seca?, a la buena suerte de una tregua en estos días agridulces de buscador de tesoros enterrados en la arena. Por qué rechazar el regalo de volver a leer, disfrutar otra vez con uno de los mejores narradores de cuentos que conozco.

Aunque no todo es reencuentro. No todos los cuentos son viejos conocidos. Hay (que yo sepa) uno inédito:“Los ojos del turista”; y en “La invisibilidad de los microbios” recoge dieciséis microrelatos (algunos ya los había leído) con –creo- desigual fortuna.

Los que ya lo conocen no necesitarán presentación alguna, tan sólo saber lo que se van a encontrar dentro. Y ¿quién no disfruta volviendo a ver una de sus películas favoritas y descubriendo un detalle nuevo o con los contenidos extra?

Los que no lo conozcan ésta es una buena oportunidad para hacerlo: apostar a caballo ganador en esta tómbola amañada con corriente alterna. Ya sé que esta no es una reseña estándar, que no cumplo las normas establecidas, que debería explicar de qué van los relatos y todo lo demás; pero no creo que a estas alturas Sipán se lo merezca. Por una vez haré otra cosa. En esta ocasión me limitaré a recomendarlo sin que sea mi hijo, mi amigo, mi novio, mi socio o mi compañero de colla. Me juego el poco prestigio que pueda tener a que un ochenta por ciento de los que lo lean no me reclamarán el dinero. Sólo seguiré este atajo esta vez porque me da la sensación de que Sipán no disfruta de los privilegios de los bautizados, ni de un cuarto con pensión completa en algún hotel, ni que nadie lleva su retrato y un mechón de su pelo en un camafeo.

Si a alguien debo recomendarles que lean a Óscar es a los aprendices de escritores, a esos insulsos que creen que para escribir un relato basta con juntar palabras sin faltas de ortografía, a los que se creen que la literatura está en el aire y en la tinta invisible que se oculta entre las líneas de sus adivinanzas. Todos esos deberían leerlo para ver si así se les pega algo, si por ósmosis o por lo que sea se infectan de su mismo virus. Leerlo para que luego traten de imitarlo, aceptar el reto de ver si son capaces de igualarlo.

Pero sobre todo a quienes me gustaría recomendarles que lo leyeran es a los que sé que nunca lo harán. Todos esos que afirman que el libro está muerto y la literatura es algo insustancial sin más futuro que reconvertirse en un archivo de Word dentro de un cuerpo de plástico inyectado. Todos esos desgraciados hijos de perra que creen que todo lo que deben saber está escrito en una hoja de Excel y que la belleza es lo que puedan comprar en los centros comerciales.

Afortunadamente hay algunas cosas que se mantienen en pie. Quizás mi vehemencia se haya domesticado diluida en el óxido de cinco años de lluvia, pero sigo pensando lo que ya dije, que la narrativa de Sipán es “subversiva”; es el “fogonazo” de un “artefacto explosivo” que “golpea, deslumbra, inquieta. Nos avisa para que huyamos de las tumbas que llevan nuestro nombre”. Es “estimulante”; chute de “anfetamina legal”; oxígeno en un garaje subterráneo. Que sus relatos son visuales, cinematográficos y literarios; el retrato robot de nuestra sombra y la ecografía de nuestras vísceras. Lo que él cuenta, y, sobre todo, cómo lo cuenta es lo que me gustaría escribir si Dios o el diablo me hubiera dado su talento.

Óscar Sipán. Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas. 124 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

Eloy Tizón. “Técnicas de iluminación”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el sábado 14 de diciembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/12/14/tecnicas-de-iluminacion-eloy-tizon-iii/

Brillante iluminación.

Los seguidores de este género del cuento seguro que ya conocen a Eloy Tizón, y es muy probable que –igual que yo- tengan a su “Velocidad en los jardines” como uno de sus libros de relatos preferidos. Para ellos –y para mí- este nuevo libro de Tizón es un acontecimiento, una cita  ineludible y feliz; pero qué pasa si nunca lo han leído, si es esta la primera vez. Pues que puede –y sobre todo si esperaban otra cosa- que con los dos relatos iniciales se queden totalmente desconcertados. Con el primero: “Fotosíntesis”, no sabrán a qué atenerse, ¿de qué va este relato?, ¿cuál es el argumento?, ¿qué es?, ¿un poema en prosa, una autobiografía o las dos cosas a la vez? Y con el segundo: “Merecía ser domingo” continuará su estupor al comenzar en un tono realista, de memoria y situaciones con las que identificarse para, en un momento dado, pasar al más absoluto surrealismo: “en un claro del bosque, en medio de un lago congelado, ensayaba, al completo, una orquesta sinfónica”.

Puedo entender esa primera reacción. Estamos escaldados de escritores pedantes y divinos que se tiran un pedo y pretenden hacerlo pasar por obra de arte y que además cuentan con alumnos y monaguillos que luego con igual pedantería y aires de superioridad quieren hacernos creer que somos unos paletos con el olfato atrofiado que no saben apreciar los productos delicatessen.

Es verdad que esos dos primeros relatos no son narraciones convencionales, narraciones que podamos etiquetar para sentirnos seguros. Tizón es un insensato que mezcla en la lavadora la ropa blanca y de color; la diferencia con otros es que a él no le destiñe. Es verdad que producen perplejidad, que no tienen un sentido exacto –la literatura, afortunadamente, no son matemáticas- que son extraños sí, pero también que a no ser que seamos un cacho carne con ojos no saldremos indemnes al enfrentarnos con el lirismo de su prosa. Igual que la música y la poesía esos relatos pueden seducirnos sin llegar a comprender del todo su significado. Extraña maravilla que anticipa lo que está por venir. Porque lo bueno, lo realmente excelente, viene después: “Ciudad dormitorio”. Un relato con el que se acaban todas las dudas; un cuento digno de figurar en esa interminable antología de los mejores relatos que hemos leído y salvaremos de un incendio. Porque esta vez sí, la simbiosis entre lirismo y narración es perfecta: “Esa hora. Esa luz. Esa explosión solar entre dos bloques de casas. Ese resol naranja de pájaros y jaulas. Ese momento casi hipnótico de desajuste cronológico en que dos mundos paralelos se superponen y por un instante se cruzan, sin reconocerse, inconsolables ambos, el primer empleado del día llevando una tartera y el último juerguista de la noche llevando una rosa teñida”. Esta vez hay una historia que seguir sin desvíos ni oscuros recodos oníricos; hay dos escenarios verídicos y personajes de carne y hueso, hay incluso algo misterioso que no se resuelve y la presencia sutil de un personaje con nombre pero sin diálogo y que resultan decisivos.

Y desde ahí, desde ese relato, desde esa maravilla sin extrañeza, Tizón vuelve a caer en “La calidad del aire”en esa mezcla de realidad inicial –como inquietante resolución- que deriva en un surrealista final que nos desconcierta. Surrealismo que es absoluto en “Volver a Oz” y que mitiga con lirismo y un par de imágenes demoledoras. Vuelve, con esos dos relatos, a dejarnos en un sí, pero no; tierra de nadie en el que también se queda “El cielo en casa” exento de esa dualidad desconcertante y con las virtudes que le son características pero que –para mí- no alcanza la plenitud de los demás. Porque esas dudas o media indiferencia desaparecen del todo por cuadruplicado con “Los horarios cambiados”“Alrededor de la boda”“Manchas solares” y “Nautilus” aunque en éste último la narración, salpicada de interferencias, no siga una línea continua y puede que su atractivo esté precisamente en esa forma, caótica, cruelmente verídica y ordenada, con la que los recuerdos nos visitan y construyen nuestra biografía a partir de un hecho dramático.

Tres cuentos diferentes con tres estilos distintos en los que Tizón nos demuestra todo su talento y originalidad. Tres argumentos sencillos –historias de la vida vulgar- en los que sigue tres líneas diferentes, una en picado –desde lo que comienza como una anécdota hasta su caída que se representa con un vacío-, otra recta –desde lo absurdo de que te invite a su boda una (des)conocida hasta el éxtasis imprevisto- y otra de ida y vuelta –ella se marcha con otro y al año regresa y la perdonamos-.

En los tres hay un humor agridulce que se representa de distinta manera. Una vez es la sonrisa de la situación en la que podemos vernos reflejados –esa manía que tienen las mujeres de hacer (llenando hasta los topes) su maleta-, otra es la sonrisa comprensiva y  cómplice del cornudo y su reconstrucción, y otra el recuerdo de la alocada juventud. Uno tiene el valor añadido de su argumento complementario: la reflexión del escritor a cerca de lo que significa escribir; en otro son las brillantes metáforas que se aparecen desde la ventanilla de un coche y en lo que estático nos rodea; y en otro son las palabras de un hombre, la forma sencilla, torpe y profunda sin pretenderlo, de entender la vida y su misterio.

Es el lenguaje lo que nos cautiva. Es la forma. La imagen; la mirada que advierte el detalle y lo representa, convirtiendo en poesía lo vulgar. Es la originalidad, eso que convierte a un escritor en único y lo distingue, sin afectación, modas ni flatulencias de los demás.

Eloy Tizón. “Técnicas de iluminación”. 163 páginas. Editorial Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

Mariano Veloy. “Después de Rita”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 25 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/25/prohibido-no-sonar/

Prohibido no soñar

No soy partidario de las etiquetas. Entiendo que pueden ser útiles como referencia para el comprador; pero yo prefiero los adjetivos: excelente, bueno, regular, malo y mejorable; y todos los matices de los grises según mi propio criterio.

Digo esto porque supongo que a “Después de Rita” de Mariano Veloy se la puede incluir en esa etiqueta de “novela moderna”. No creo que, dispuestos a poner etiquetas para situarla en algún lugar del supermercado, se le pueda poner otra. Y no lo digo como algo peyorativo sino para que los lectores, seguidores y consumidores habituales de ese tipo de literatura cuenten y se interesen en ella; que no les gustará a los que leen (y se descargan legal o ilegalmente) best-sellers, novela histórica y/o romántica. Que cada uno lea lo que quiera, que lean de todo, pero como ya saben los que alguna vez se han tropezado conmigo no soy lector habitual de literatura de entretenimiento. Si me dan a elegir prefiero leer antes una “novela moderna” que una de entretiempo. Eso no significa que se deba dar por buena cualquier novela por el simple hecho de ser moderna. Una vez puesta la etiqueta entra en juego el adjetivo. Y se puede ser muy moderna y –según mi criterio- muy mala.

No, no es el caso de esta “Después de Rita”, simplemente lo digo porque al amparo de esa marca algunos designados como jóvenes talentos se han aprovechado para colarnos bodrios infumables queriendo hacernos pasar como literatura las páginas inanes de su diario. Narración mediocre de la nada que, si permanecemos callados, hará que cualquier pijo-progre (con o sin padrino) se crea escritor y siga publicando humo.

No, no es el caso de “Después de Rita”; a esta novela por su estilo narrativo y por su temática se le puede clasificar como moderna o vanguardista, que se sale de lo corriente, pero no creo que Veloy se crea nada (ponga pose de) ni haga relaciones públicas (sobre todo nocturnas) buscando entrar en la pandilla; creo que él ha escrito una novela que no es una simple boutade, un mirarse al ombligo aunque su argumento esté relacionado con una parte del arte: el cine, en el que pululan –al igual que en la literatura- modernos enfermos de narcisismo que se creen genios y no son más que estafadores. Se me puede objetar que es cuestión de gustos –tal vez de ignorancia- pero no le veo el mérito ni el valor a muchas de las obras que aparecen cada año en ARCO ni a las películas de la nouvelle vague. Y precisamente en parte de ese tipo de cine alternativo (que no independiente), delirante, improvisado y pretendidamente genial va esta novela. De la filmación de un corto con un guión que es una chifladura dirigido por uno de esos enfant terrible del séptimo arte que se cree la reencarnación de Orson Wells. Y no, no es una parodia lo que ha escrito Veloy, es la crónica plausible y absolutamente realista de ese (sub)mundo en la que un actor cree haber encontrado su oportunidad protagonizando una parida underground. No, tampoco es esta novela una defensa de esa contracultura, ni su masoquista idealización; es en realidad la triste historia de una vocación, la de un actor en precario que no decide renunciar a su sueño a pesar de los fracasos. Estereotipos de gafapastas cinéfilos y freaks, “Filmofan(s): fan(s) de filmoteca”, chiflados a los que les gustan las películas simbolistas, prototipo, irónicas, absurdas, punk. Y sin embargo curiosamente en sus personajes está lo mejor de la novela. Esos tipos excéntricos a los que Veloy da vida y que algunos de ellos podrían muy bien estar basados en personajes reales: James Cagney (el director) que renuncia a una vida regalada, cómoda y millonaria trabajando en la empresa familiar por el cine. Cheveneux –mi favorito- que renuncia a su negocio y a todo por seguir el amor y conquistarlo con un proyecto absurdo. Rita (la actriz) una mujer oscura, bella, fascinante y con (envidiable) y auténtico talento, fría como una Dietrich muda y que se consume en la llama de un dolor que arrastra desde su infancia. Y Nino (el protagonista) que huye también del dolor causado por una muerte traumática y que a pesar de los fracasos no quiere renunciar a ser actor, lo que más quiere en este mundo. Aunque en Nino también encuentro la parte que menos he comprendido y me parece menos acertada porque no veo –sin negar el trauma de la muerte- una relación causa-efecto en algo que se compartía con silencio e indiferencia.

Aparentemente esta es la historia de una constatación: “los sueños no se cumplen” y esta vida es una pura mierda. Y sin embargo al final “el legado es otro. Prohibido no soñar. Ése es el legado”.

Una novela con una película dentro y viceversa o una historia mitad película mitad novela. O las dos juntas y al mismo tiempo. Y todo contado con ese estilo desinhibido que hace de Veloy un escritor diferente. Esa forma de narrar suya con párrafos llenos de punto y seguido que convierten a las frases en golpes contundentes. Esa forma reiterativa, repleta de aliteraciones que no cansan. Esa forma suya de poesía de la palabra y punch.

Por último y aunque en esta ocasión no me gustan las ilustraciones de Leo Flores quiero mencionar y resaltar el acertado trabajo editorial. Pez de Plata es una de esas editoriales independientes que se esfuerzan por hacer de la literatura algo distinto, que entienden el libro en papel como un objeto con alma con su tacto, color y diseño de portada e interior. Una editorial Indie que quiere llevarle la contraria y dejar en evidencia a esos ingenieros e informáticos vendedores de gadgets con fecha de caducidad y que necesitan luz eléctrica para funcionar y resucitar.

Mariano Veloy. “Después de Rita”. 109 páginas. Ilustraciones de Leo Flores. Editorial Pez de Plata. Oviedo, 2013.

Miguel Sánchez Robles. “La soledad de los gregarios”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 18 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/18/euforia/

Euforia

Según el diccionario de la RAE, Gregario es: adj. Dicho de un animal: Que vive en rebaño o manada. 2. Dicho de una persona: Que está en compañía de otros sin distinción, como el soldado raso. 3: Dicho de una persona: Que, junto con otras, sigue ciegamente las ideas o iniciativas ajenas. 4. Dep. Corredor encargado de ayudar al cabeza de equipo o a otro ciclista de categoría superior a la suya.

Y en estos relatos de Miguel Sánchez Robles están todos esos significados: vivir en manada; sin distinción; siguiendo las ideas ajenas sin iniciativa propia como “muñecos de repetición”; y que reconocer esa uniformidad y no querer formar parte del rebaño puede ser desolador pero necesario; sublevarse contra esa forma gregaria de vivir buscando otra (la propia) manera de hacerlo es un camino arduo y penoso; tomar conciencia de ser distinto es doloroso; rebelarse frente a todo eso es condenarse a la soledad, el extrañamiento, el exilio sin destierro.

Pero antes quiero empezar por -desde esa cuarta acepción deportiva- reivindicar a Sánchez Robles como a uno de esos corredores que marchan en el pelotón de esta larga carrera de fondo que es la literatura y no se le reconoce porque las cámaras y los locutores sólo prestan atención a los famosos. Y es que a Sánchez Robles después de esta colección de relatos no se merece que se le considere un simple gregario anónimo. No se merece el silencio; diluirse en la masa; pasar inadvertido. Otros por haber escrito un libro así son ahora catedráticos de escuela privada y tienen un club de fans que justifican cualquiera de sus pájaras. Sánchez Robles es un escritor de provincias que nadie conoce en las pagodas  y bares de copas de la capital. Sánchez Robles con este libro se ha fugado del pelotón y ha llegado en solitario a la meta, ha ganado una etapa de este tour. Ha obtenido una victoria (Premio de Cuentos Ciudad de Coria 2011) y se merece más que un titular, se merece que los espectadores de este circo le conozcan;  que los hinchas del cuento apunten su nombre en esa lista de paraísos por descubrir. Porque el primer relato de este libro: “Documentales de la 2” es uno de esos relatos que está a la altura de esos autores que –para mí- han escrito un relato inolvidable: Menéndez Salmón, Montero Glez, Sipán, Tizón, Castán, Pablo Gutiérrez o Márquez. Un relato para salvar de un incendio.

Este es un libro amargo. Sí. Un libro cruel. Un libro peligroso no recomendable para los que se hacen preguntas y llegan a conclusiones desoladoras en las que aparecen –mezcladas con vodka y hiel- palabras como tristeza, fracaso, vértigo, tedio, asco, nada o escupitajo. Un libro tabla (con clavos oxidados) para los náufragos, medicina para los que no hablan esperanto, los que se sienten incómodos, descolocados, dudan, buscan y bucean bajo el agua salada abriendo los ojos. Un libro milagro para los que sueñan con televisores rotos, desagües atascados, magnolias imposibles y un remedio para la hidrocefalia.

Un libro duro en el que hay un hueco para el humor inteligente en “La parábola de las palabras vacías”; y para la ironía y la mala leche, lo políticamente incorrecto en “Neomelancolías: el país de las cosas masticaicas”.

Un libro en el que la poesía toma el mando, se adueña de la narración y le da todo su significado: “Es tan difícil encontrar unas pocas palabras importantes que ayuden a decir cómo debe sentirse una mariposa perdida en un parking. Es tan difícil encontrar unas pocas palabras importantes que puedan explicar cómo una pegatina pierde su adherencia” . Sánchez Robles no calcula el riesgo, no maneja la narración como un contable; él es un poeta infiltrado en el territorio del cuento y que lo conquista inyectándole las proteínas de sus anticuerpos.

Estos relatos de Sánchez Robles son el placer de poder leer sin pasar el antivirus por el libro; es olvidarse de la literatura como comida a la plancha y sin sal y el bromuro en el café del desayuno. Es la fortuna de dejar un libro repleto de subrayados y asombros: “la vida es una cinta transportadora que te lleva sin prisa a donde quiere”, “ese aura de tristeza alrededor que tienen los columpios vacíos”, “aquel beso duró el mismo tiempo que dura un semáforo en verde”, “esos pensamientos que tenemos lavándonos los dientes”, “lo tiene todo, pero se siente así: con la alegría sin suerte de un mendigo borracho”. Sí, es volver a sentir la euforia desmedida y arrebatada desde la tristeza y su lacerante claridad; sí, un libro en el que lo imperfecto, lo defectuoso, lo excesivo es superado por la belleza y su palabra.

Miguel Sánchez Robles. “La soledad de los gregarios”. 116 páginas. Diputación Provincial de Cáceres, 2012.

Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 11 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/11/buena-y-mala-noticia/

Buena y mala noticia

Como las buenas noticias se dan siempre primero diré que “Actos imperdonables” de Recaredo Veredas es en general un buen libro de relatos; pero –y esa sería la mala o segunda noticia- que a pesar de que leo en la solapa que éste no es su primer libro sin embargo en parte lo parece porque –para mí- ha caído en los típicos errores de un primerizo. Errores que, como he dicho, no hacen que sea un libro para tirar a la piscina sino que simplemente con menos impaciencia y un más de maduración creo que el resultado hubiera sido mucho mejor.

Comienza con “La temperatura de la luz” un muy buen relato en el que Recaredo nos presenta una original estructura narrativa paralela. Un hombre agoniza en un hospital al mismo tiempo que el mundo se encamina a su destrucción. La metástasis avanza imparable igual que la guerra, y el protagonista, condenado a muerte y sin esperanza, desea que el mundo no le sobreviva.

El segundo: “Las moscas” –mi favorito-,  es uno de esos relatos con temática o argumento que tanto me gusta: sociedad contemporánea, escenario urbano, personajes reales, perdedores vulgares, desorientados, simples sobrevivientes. Un desolador cuadro hiperrealista. Pero es en el tercero: “El apaño”, en donde aparece el primer patinazo. “Maté a mi padre hace cinco años”, así comienza, y esa es una hábil manera de atrapar al lector, pero también, al anticipar el final, una apuesta arriesgada porque el resto de lo que queda por venir –todo el cuento- tiene que estar a la altura de esa primera frase. Y la historia es original y angustiosa –no apta para hipocondríacos ni paranoicos-: un hombre decide extirparse el hígado como medicina preventiva para evitar morir de la misma causa que su madre; pero el desenlace lo convierte en melodrama de telefilme de tarde de domingo, pierde fuerza y se vuelve blando e inofensivo como el filo de un cuchillo de plástico. El siguiente: “El doble o la triste historia de Arturo Minimí” me parece simplemente el borrador o esquema de una novela y no un cuento. Y ahí es en donde por vez primera aparece uno de los errores típicos de un novato o primerizo: la precipitación por querer vender como animal de raza a un chucho mestizo. En el siguiente: “La mujer de la isla”, se recupera con un golpe ganador; un cuento que hace olvidar el sinsabor anterior con un trago amargo de realismo que tiene como escenario una residencia de ancianos; la muerte como compañera permanente y el camino que lleva a su encuentro.  En “Todos los sapos se tragan” recurre al humor para presentarnos y salvar con inteligencia un tema que siempre es complicado en una narración: la aparición de un fantasma; pero es en la parte subyacente a ese encuentro en donde para mi está el acierto y lo mejor del relato, le da todo su significado y hace que la risa se convierta en mueca dentro de una cámara frigorífica. En el siguiente: “El mamut enano”, aparece de nuevo la sospecha de encontrarnos ante el esquema de una novela, una narración en la que conviven la excelente prosa de Veredas junto a un argumento que parece la mala imitación pintada en la cabeza de un alfiler de una trama de Dan Brown. Su pretendido misterio explota igual que un petardo húmedo. Incluirlo en el libro me parece otro error propio de esa ansiedad de primerizo porque ese cuento –más bien novela frustrada- es de los que se abandonan en la carpeta de semillas y se rescata aún verde para que el libro no se quede corto de páginas. En el siguiente: “La recta intención” se recupera de nuevo con un sobresaliente relato sobre el suicidio asistido con toda la crudeza y economía narrativa que hace del cuento un género preciso. En “Sabor a ternera” vuelve a cometer el mismo error que en el del mamut. Una mitad con esa excelente prosa de Veredas para la narrativa de crónica social contemporánea con su punto de acidez, la pintura hiperrealista de personajes y escenarios en breves párrafos precisos que se estropea, malogra absolutamente con la aparición de ¡una tribu de caníbales! en un ridículo giro final que produce sonrojo. Da la sensación de que las ganas de publicar no le han hecho releer con sentido autocrítico alguno de los relatos. Y no quiero pensar en la vanidad –me parece muy joven todavía para caer en ella- ni tampoco en el engreimiento, prefiero pensar en que Recaredo no ha contado con un lector de confianza que le advirtiera de esos errores. Y hablo de un lector sincero y no de uno de esos pelotas y monaguillos que alaban (y callan) sistemáticamente porque esperan un intercambio de favores o entrar en la pandilla. “El regreso de los dinosaurios” continúa con esa mezcla de bueno y regular, de excelente prosa con desenlace de melodrama, pero a la mitad del relato caemos en un déjà vu al darnos cuenta de que la mayoría de estos relatos están repletos de hombres a los que se les comunica que les quedan escasos meses de vida, enfermos terminales necesitados de morfina, muertos por cáncer, enfermedades degenerativas, suicidas, abogados y sociedades devastadas por la guerra. Una reiteración que podría entenderse como unidad temática,  tal vez una obsesión personal, pero que acaba convirtiéndose en repetición y sobredosis; y ese es un error típico de los primerizos. Y finalmente “La maldición” es un cuento en el que aparece de nuevo el humor y la buena prosa mezclada con algún fallo –se equivoca cuando nombra a un personaje- y errores tipográficos que molestan y que un corrector hubiera salvado –¿otra vez la precipitación?- con un final desinflado. Estos dos últimos relatos se quedan como uno de esos globos que compramos en Navidad en la Plaza Mayor: al día siguiente mantiene la forma y cierto brillo, pero en lugar de subir con fuerza hasta el techo se queda a media altura enganchado en la lámpara.

Al final la buena noticia sigue siendo la misma: éste es un buen libro de relatos y Veredas tiene un talento indiscutible, y esos errores son algo muy fácil de solucionar para que el siguiente resulte aún mejor.

Recaredo Veredas. “Actos imperdonables”. 165 páginas. Bartleby Editores. Madrid, 2013.

Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el viernes 1 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/01/ameno-reportaje-literatura-mellada/

Ameno reportaje, literatura mellada.

Hay alguna gente que cree que esto de escribir es como en las películas: se sienta uno frente al ordenador y tecleando sin parar redacta un cuento o una novela de trescientas páginas. Yo siempre había negado esa imagen y defendido que escribir era un tortuoso camino lleno de baches y dudas y que hacerlo de corrido era algo imposible. Hasta ahora. Porque después de leer este libro tengo la sensación de que Luisgé Martín es capaz de escribir así, sin parar ni un momento ni tomar un respiro para prepararse un café, liarse un pitillo o apretarse dos (o tres) dedos de güisqui buscando la inspiración. Y esa capacidad y soltura escribiendo me resulta asombrosa, envidiable; pero también creo que esa percepción que –aparentemente- transmite lo acerca más al periodista que al escritor.

Y es que con ese prodigioso talento estos relatos son –o a mí me parecen- reportajes periodísticos narrados en primera o tercera persona y su contenido está más próximo a ese formato que a la literatura y su temperamento. La sensación, el regusto que queda al acabar, es que la manera de narrar de Luisgé es sencilla y directa, sin adornos ni complicaciones; que está más interesado en el fondo que en la forma. Un estilo que algunos admirarán y agradecerán y otros encontrarán pobre, espontáneo y asequible. A mí si me dan a elegir entre el reportero y el pedante me quedo sin duda con el reportero, pero creo que precisamente lo excelente está en no ser ni uno ni otro.

Pero me temo que estoy generalizando y eso es algo que no me gusta hacer. Porque en este libro hay diez relatos y no todos son iguales -aunque sí que me reafirmo en que creo que todos están escritos con ese mismo estilo- ni que merecen para mí la misma calificación. Que en este libro hay relatos buenos, otros regulares y algunos realmente malos.

Malo y sin atenuantes –si acaso su ambientación- es “El libertino invisible”, un relato que no es más que el sueño patético y calenturiento –y nada original- de un adolescente salido escrito por un adulto y con un final que produce risa y/o vergüenza: “Y antes de que terminara de agonizar, con el cráneo abierto y los sesos fuera, su mano serpenteó sin fuerza por el vientre, sujetó esforzadamente la verga tiesa y la meneó con brío hasta que eyaculó a boqueadas”. Algunos tal vez lo vean como una parodia humorística, pero creo que una cosa es el humor inteligente y otra muy distinta un hombre de cincuenta años contando un chiste verde como si fuera un quinceañero.

Malo es “Del ingenio de los caudillos y de su guardarropía” que Luisgé escribió por encargo para el volumen colectivo titulado: “Rojo, amarillo y morado. Cuentos republicanos”, publicado por Martínez Roca para conmemorar el 75 aniversario de la II República. Y aunque el elogio republicano y antimonárquico sea previsible es de agradecer la originalidad de la idea (una versión personal del cuento de Andersen: “El traje nuevo del emperador”) pero su mensaje y su personaje del príncipe  –y sobre todo su happy end- son tan demagógicos y simplistas que resulta ridículo.

Regular es “Los años felices” porque si bien tiene la virtud de ese estilo que le es propio: el de crónica o reportaje periodístico que refleja una época y su hipocresía escrito con soltura y que se lee del tirón, en el fondo me resulta un relato ideológico que reincide en todos los tópicos y caricaturas que estamos cansados de oír. Un recurrir al franquismo pasado que hoy todavía en determinados sectores sigue funcionando como un abracadabra, pero que afortunadamente una nueva generación y el deseo de un nuevo y necesario discurso político está dejando en evidencia y superando progresivamente.

Bueno, con esa misma virtud de crónica literaria aumentada, es “Que calle para siempre”, y aunque quizás se pase de frenada en lo melodramático y en un narrador ad hoc un tanto forzado –aunque la vida me ha enseñado que la realidad supera muchas veces la ficción- creo que esta vez su parte de mensaje reivindicativo –la homosexualidad reprimida, moral o legalmente- es obligatorio para ganar en libertad.

Regular es “Limardo de Toscana” porque aunque tiene un contenido metaliterario que invariablemente –al menos a mí- resulta atractivo acaba por saturar –siempre que anda Borges por en medio aparece la pedantería- y aunque la idea es (de nuevo) original: una versión moderna -años 70 del siglo XX- de un nuevo Quijote que deshace entuertos y se convierte en vengador justiciero, termina dejando un efecto inane de dulce cóctel sin alcohol.

Malo es “El regreso a Roma”, porque si bien trata de un tema trascendente: el miedo a morir, el final resulta tan de cuento primerizo que el viaje y la escenografía se derrumban como un decorado de cartón piedra. Y lo curioso de este relato es el efecto que –quizás sin pretenderlo- produce en el siguiente: “Las playas de hielo”, un relato terrible sobre la tortura –aunque dudo de que no haya caído en cierta (innecesaria) exageración al decir que un hombre pueda vivir después de estar en una sauna “más de tres horas a noventa grados, y el último día del primer mes llegaron a soportar cien grados durante diez horas consecutivas”-. Y es que este en el que refleja la crueldad inhumana y el asesinato brutal resulta mucho mas horripilante al contraponerlo con el anterior en el que un noble francés busca con desesperación ser inmortal, así escapar de la muerte se convierte en el capricho de un niño rico y la cara que vemos el triste destino de un desdichado.

Bueno resulta “El otro”, una versión del clásico tema del doble pero con el valor de ser intimista, de adolescentes que envejecemos, literario, realista y sin recurrir a fuegos de artificio para llamar la atención. Buenos especialmente  resultan y “Todos los crímenes se cometen por amor” y “Los dientes del azar”, el primero y el último del libro. Uno porque aunque el personaje principal es un panoli veleta que produce cierta lástima lo excelente está en uno de sus personajes secundarios –un sicario que se parece a Cary Grant y gasta sus mismos modales- y en el sorprendente final que en un párrafo le da todo su sentido. Y el otro porque aunque las causas o motivos para el atentado y sus circunstancias no termino de verlas claras es un ensayo-narración sobre los actos aparentemente intrascendentes que marcan nuestro destino, sobre la amistad y como el fanatismo la pudre hasta hacerla irrecuperable.

Luisgé Martín. “Todos los crímenes se cometen por amor”. 154 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 17 de octubre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/17/doblando-las-esquinas-de-la-realidad/

y en “La Tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/10/el-libro-de-los-pequenos-milagros-juan.html

Doblando las esquinas de la realidad

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere –y los hinchas del relato se lo agradecemos- no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.

“El libro de los pequeños milagros” se presenta como un “Bestiario” –con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán– y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente, y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.

Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer:“El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios”. Todo eso hay y de eso tratan –y algo más- estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento –aunque sea creando un zoológico de monstruos- hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.

Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.

Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo –los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta- tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero –ya que se trata en parte de un “Bestiario”- a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal -jugando con la inocencia de Bambi- que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro –invencible animal de guerra- que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.

Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros –de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele- y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados.

Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos –spoilers– que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.

Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel –y la idea me la dio él en el último- es por su capacidad para darle la vuelta –como una moneda que se gira en un pase mágico- a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es -por utilizar otra imagen- por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada -como en el genial “Convenciones”-; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” –uno de mis favoritos- o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina  y todo sea lo contrario de lo que parecía.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”. 134 páginas. Viñetas interiores de Ernst Haeckel. Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 7 de octubre de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/07/la-sonrisa-triste/

La sonrisa triste

Veo lógico y normal que un escritor recurra a sus experiencias y recuerdos para encontrar los argumentos con los que nutrir su narrativa. Al fin y al cabo cada uno somos lo que hemos vivido y cuanto más lo hayamos hecho menos tendremos que recurrir al alcohol, las drogas o a la bipolaridad para encontrar un argumento original con el que llenar folios en blanco. Con esto me refiero a que los temas de los cuentos de Conget son siempre los mismos: el cine, los tebeos, la literatura, el paso del tempo, el amor, la enseñanza y las ciudades en las que ha vivido. Conget ha pasado un tercio de su vida en Zaragoza y el resto –desde Cádiz hasta llegar a Sevilla- en el extranjero: Escocia, Perú, Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Por eso los escenarios de sus cuentos transcurren siempre desde la infancia en Aragón al “exotismo” de streets, squares y chansonner et poésie. Y si además a ese peregrinaje le sumamos cierta edad nos encontraremos con que su mirada suele ser retrospectiva y evocadora; el lógico mirar atrás del que ya ha cumplido los sesenta y contempla la desaparición de su mundo.

Porque lo mejor de Conget es que repitiendo los mismos temas de siempre no llega a aburrir o cansar. Tan sólo a mí me resultan cargantes sus referencias generacionales, aunque no le culpo por eso, cada uno es, inevitablemente, hijo de su época. Cuando el dictador murió yo tenía siete años y cuando desperté al mundo lo único que me interesaba entonces eran las chicas y la cerveza. Entiendo que sus lectores más fieles sean sus compañeros de generación, esos a los que les gusta presumir –sea verdad o no- de haber corrido delante de los grises. En mi época la policía iba de marrón y en la Universidad las únicas reuniones o asambleas que me interesaban eran las fiestas –chicas y cerveza- del Campus. Por decirlo de otra manera, Conget es de Georges Brassens y yo de Nacha Pop. A mí esas historias de luchadores antifranquistas de los setenta me suenan viejas como las pesetas. Aunque con alivio he encontrado en Conget cierto desencanto:“la revolucionaria incombustible que hoy es sociata de toda la vida y ocupa un cargo importante en no sé que institución oficial” que los escépticos -y alérgicos a partidos políticos y sindicatos- como yo agradecemos sinceramente.

Pero no quiero que esto parezca una crítica negativa. Los cuentos de Conget me parecen todos excelentes a excepción de dos: “La venganza del Capitán Trueno” que es ¡otra manida historia de un colegio de curas! y “Conspiración” que no siendo malo me parece que no está al nivel de los demás. No, no quiero que mis diferencias generacionales con Conget hagan entender que su libro me parece una colección de tópicos ideológicos de carrozas; “La mujer que vigila los Vermeer” es sin duda un libro que puedo recomendarle a cualquiera de mi generación que le guste el cine, los tebeos y la literatura. Sí, es verdad que es la memoria de un tiempo que agoniza, que los niños de hoy en día ya no leen tebeos y que los cómics son un entretenimiento para adultos frikis, que el cine parece destinado a verse en el salón de casa por Smart Tv y que el futuro de la literatura es digital, frío y sin cuerpo; un mero archivo de Word. Que siendo veinte años más joven que Conget yo soy de los que guarda en una caja sus viejos “Tío Vivo” y siente la lenta agonía del cine y la literatura como el desguace de una reconversión industrial.

Sí, hay en sus cuentos un exotismo cosmopolita; el extranjero pone los escenarios, pero lo suyo no es esa pedantería y soberbia de profesor honoris causa en Oxford o La Sorbonne; los personajes de Conget son catedráticos o escritores que se creen apóstoles de las letras y no son más que tipos patéticos o mediocres. Sí, en los cuentos de Conget la experiencia propia es la base, pero a excepción de “Mi vida en los cines”: “toda mi biografía podría girar en torno a los cines”, este no es un libro de memorias. Sí, es su experiencia de un mundo que él conoce bien: la literatura -su trastienda y sus personajes- y esa es la argamasa en tres de sus relatos: una investigadora y su vida estéril; un profesor envenenado de literatura incapaz de pasar de la teoría a la práctica y un novelista que en su momento era moderno y escribía “rayuelescas y masturbatorias patafísicas” y que el paso del tiempo ha dejado en un vulgar gris. En los tres la literatura es el argumento pero “Suaves laderas” es un juego narrativo muy cinematográfico en el que nos muestra a dos personajes y sus historias contrapuestas –y a la vez relacionadas en sus deseos y frustraciones-, la eterna contradicción humana de envidiar y creer perfecta la vida del otro. En “No calls, no letters, no messages” es la sonrisa triste que nos provoca un patético catedrático “enfermo de petrarquismo” que se marcha a Nueva York a impartir un master en el que lo original está en quién y de qué manera cuenta la historia y en cómo acaba. Y el relato homónimo que da título al libro es una historia de amor y celos en la que lo destacable está en el tono y estilo de confidencia alcohólica –otro gin-tonic, por favor- que desata la lengua y mezcla lirismo con tragicomedia. De estos tres cuentos, a parte de una feroz crítica contra la pedantería y la vanidad tan habituales en este parque temático llamado literatura, la (posible) moraleja que podemos extraer de ellos es lo tristes y dignos de lástima que pueden llegar a resultar algunos de sus actores que venden su alma para acabar no siendo más que secundarios, locos entreverados o tramoyistas. La literatura puede ser algo muy importante en la vida, pero Conget nos enseña que vivir es algo más que sólo literatura.

Y aunque estos tres bastarían para justificar la lectura del libro, Conget nos regala otros registros en cuatro excelentes relatos breves. En “Hoy es lunes” la prosa poética para hablar de la jubilación y sus consecuencias: “A partir de cierto momento toda vida es vida póstuma, una excrecencia innecesaria de tiempo”. En “La carta” las dos versiones de lo que significan el olvido y el perdón. En “¿Lo mío tiene remedio, doctor?” un monólogo sincero y sin freno en el diván de un psiquiatra sobre la mentira y lo que oculta. Y en “Dos habitaciones” una reflexión doble a cerca de la muerte y los espacios vacíos que deja y le sobreviven.

Sí, quizás “hay menos humor que en libros anteriores”, aunque eso no importe. Lo que me gusta de Conget es su sonrisa triste, agridulce; su mirada melancólica, su forma de entender la vida; su fidelidad a los temas de siempre, heridos de muerte y de los que nunca me canso.

José María Conget. “La mujer que vigila los Vermeer”. 147 páginas. Editorial Pre-textos. Valencia, 2013.

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