Carlos Castán. “La mala luz”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 4 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/04/de-amor-y-odio/

De amor y odio

Una advertencia no es la mejor manera de empezar, lo sé; pero en este caso creo que es necesaria. En la contraportada de esta novela se la califica como “un vertiginoso thriller que se lee en absoluta tensión”; y eso no es cierto. Los lectores habituales de ese género se sentirán defraudados si hacen caso de esa etiqueta porque en “La mala luz” hay un asesinato, sí; y hay una investigación, sí; pero no es una novela típica de intriga o suspense. “La mala luz” es una novela intimista, lenta y tortuosa con muy poca acción en la que lo realmente valioso no está en el suceso, el nudo y su desenlace sino en la forma, la cuerda y su materia. Algo que se reconoce en el propio texto: “… como lector de novelas, ya lo sabes, he sido siempre más tirando a francés y melancólico… he preferido siempre el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas.”

Creo que para despertar el interés hubiera bastado con decir que “La mala luz” es la primera novela de Carlos Castán. Su primera novela larga después de su excelente nouvelle “Polvo en el neón” (Tropo, 2012). Al menos con eso a mí me basta. Y es que Castán está reconocido como uno de los mejores escritores de relatos y saber cómo un cuentista ha resuelto ese reto de pasar de un género a otro tiene un aliciente innegable. Y me parece que en esta ocasión a Castán le ha salido regular por –creo- un desequilibrio estructural. En la primera mitad se demora, recrea y explaya tanto que por comparación la segunda resulta escasa y precipitada. No quiero pensar en cansancio o en prisas, en obligaciones o fechas de entrega; pero es como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba yendo demasiado lento -y que de seguir a ese ritmo se hubiera ido a las quinientas páginas- y entonces se sale de la comarcal por la que lleva circulando toda la ruta y toma la autovía y en línea recta y sin desvíos ni rodeos llega al punto y final. No por ese brusco cambio de ritmo la novela pierde su coherencia interna –todas las piezas encajan perfectamente- pero sí que se descompensa. El novelista acelera el paso y se vuelve cuentista; lo que hasta entonces era perífrasis, circunloquio amplificado y minucioso se hace aséptico y directo; se vuelve una novela resuelta como un relato.

Y es posible que se trate apostar sobre seguro, de una inevitable e insalvable querencia de la que es difícil librarse o de que simplemente la de la novela larga no sea la distancia adecuada para la intensidad de Castán. Como una maratón para un corredor de cien metros Pero eso no quita para que no podamos disfrutar de su maravillosa –poética, metafórica y lacerante- prosa que –como una falsa novela de intriga- engancha desde la primera página: “la poderosa fascinación que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas a empezar, cualquier situación que, de una manera u otra, pueda relacionarse en mi imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior”.

Y es que por lo general a Castán se le odia o ama sin término medio. Nadie como él habla de la herida y su dolor. Pero en este caso uno se debate entre la fidelidad y cierto cansancio y la repulsa por alguna escena nauseabunda e inexplicable: cuando el hijo le cuenta a su madre una secuencia de sexo oral. Y es que yo empecé a admirarle desde sus cuentos porque nadie como él retrata la derrota, la desesperación, el desasosiego, la pérdida y la melancolía; el vértigo y la nada. Algo que vuelve a hacer en esta “mala luz”. Admiro de él la música triste, exacta, hiriente y dolorida de sus palabras; multitud de frases y párrafos que dejar subrayados en sus libros; pero también ahora esa prosa, bella y amarga, en el largo aliento de una novela se convierte en un lugar perfecto en el que pasar un corto espacio de tiempo pero no uno en el que quedarse a vivir permanentemente. Su tristeza perpetua e incurable funciona perfectamente en pequeñas dosis, pero cuando se hace perenne se vuelve tóxica, desesperante, monotemática.

La narrativa de Castán es como una hermosa mujer ante la que caeremos rendidos de inmediato. Será una amante maravillosa, pero si queremos mantener el equilibrio y la salud mental lo mejor es alejarse de ella porque es bella sí, pero depresiva; innegablemente seductora sí, pero destructiva; enferma irremediable con cierta delectación morbosa y tendencia al auto-sadomasoquismo.

Castán nos gusta tanto porque compartimos con él algunas cosas: los libros, las canciones y los objetos, su significado autobiográfico y su escenografía; las fotografías en blanco y negro: imágenes detenidas que nos hablan; el dolor de vivir y su horror vacui. Le admiraremos y al mismo tiempo tendremos la sensación de volver a un lugar ya visitado y conocido. Le admiraremos por ser “puro bucle de fiebre y obsesión” y al mismo tiempo tendremos la duda de si Castán no puede ser otra cosa, no sea capaz de otra cosa que de repetirse y de que “uno se harta siempre de las pesadillas de los demás”. Los que nunca lo hayan leído quedarán fascinados al leerlo por primera vez; los que ya lo conocemos quizás no podamos evitar cierta sensación de repetición y por eso será contradictorio porque volveremos a amarlo pero también a odiarlo por vez primera. Los adolescentes hipersensibles y con pulsiones suicidas le descubrirán como su profeta junto a Cioran; las adolescentes que sueñan con ser escritoras se enamorarán de él como de un poeta maldito, pero los que ya vamos para viejos hablaremos (no sin cierta y cochina envidia) de su complejo de Peter Pan. Los que admiramos sus relatos disfrutaremos con algunos capítulos de esta “mala luz”: cuentos superlativos incrustados en la novela: “(Hombre al agua)”, “(Un paseo)” y “(Procesión por dentro)”; de su regreso a París, de su recurrente pasión por la huida, su introspección, ese yo complejo y contradictorio y sus miles de palabras para hablarnos del (des)amor, “ese universo bellísimo y oscuro, desbordado de venenos y paseantes solitarios” que es el suyo; pero también los que lo admiramos porque lo hemos leído nos encontraremos con un escritor que siempre nos muestra el mismo personaje: alguien al que le gusta estar herido para tener algo de lo que hablar o escribir, un tipo permanentemente triste y derrotado, pesimista, cansado de todo y del que acabamos con pena hartándonos.
Los que busquen un thriller ya saben que lo encontrarán en parte. Los que busquen una novela convencional no esperen hallarla porque es muy probable que encuentren una primera mitad lenta que “tenga más de poesía que de eficacia” con un yo abusivo y desmesurado pero también la verdad magistralmente contada de cómo la muerte ajena puede hacernos contemplar nuestra propia vida en un desolador reflejo. Y una segunda parte que se resuelve precipitadamente, escueta en su desarrollo y explicación en comparación con la primera y con el personaje de una mujer y un amor melodramático y perverso y un final sobreactuado y odioso, pero también con lo metaliterario mezclado, unido indisolublemente con la vida; la devastadora frustración de perder la última oportunidad, un poema sobre la traición, el engaño y la desilusión. Los que admiramos a Castán encontraremos en esta novela todo lo que de él nos fascina y su manera de nombrarlo como nadie: “en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida”.

Carlos Castán. “La mala luz”. 227 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2013.

Juan Manuel de Prada. “Me hallará la muerte”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”

http://www.culturamas.es/blog/2012/12/05/entretenimiento-seguro/

y en la web “La Tormenta en un Vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2012/12/me-hallara-la-muerte-juan-manuel-de.html

Entretenimiento seguro

Para los que de una novela esperan –sin que eso signifique nada malo- una buena historia bien contada, una película hecha con palabras, entretenimiento, emoción, tragedia, pasión, aventura, novela negra, intriga, erotismo, drama y romanticismo tienen en “Me hallará la muerte” su libro perfecto. Porque en esta novela se encontrarán en una primera parte a uno de esos tipos sin suerte que abandonados en la inclusa y apellidados Expósito tiene el destino escrito con renglones torcidos. Pícaro en un Madrid de posguerra del que debe salir huyendo alistándose en la División Azul cuando aquella legión lejos del idealismo de la primera leva daba cobijo a delincuentes, pobres en busca de la soldada y prófugos políticos. Segunda parte de novela de guerra y cautiverio, hazañas bélicas y muerte, supervivencia en la que para no morir se debe renunciar al honor y la bandera, hacerse apóstata, aliarse con la delación, la traición y la mentira. Una casualidad que aprovechar para poder regresar y vivir la vida que nunca se tuvo. Pasar, trece años después, de recibir propinas por abrir la puerta de un taxi a cenar en restaurantes de lujo. Suplantación de identidad que es la tercera parte de la novela –y la más interesante- y que lleva consigo sucumbir ante algunos pecados capitales: la avaricia y la lujuria; y en incumplir al menos siete de los diez mandamientos: no amar a Dios, asesinar, cometer actos impuros, robar, codiciar los bienes ajenos, engañar y  provocar la muerte ajena.

Novela en la que aparece el oportuno recordatorio del paraíso comunista convertido en un Gulag y que no se había narrado desde “Embajador en el infierno” de Luca de Tena y en el que murieron millones de seres humanos y entre ellos un puñado de españoles igual que los republicanos en los campos de exterminio nazis. Fascismo y comunismo presentando sus credenciales. Congelación, gangrena, amputación, inanición, enfermedad, crueldad, humillación, heroísmo y claudicación. Regreso en barco a una patria que oficialmente los ignoró al cambiar los ideales por el pragmatismo de los nuevos tiempos. Novela de un Madrid de cartilla de racionamiento y estraperlo en el que se deja el amor frustrado por la sangre y al que se regresa para descubrir una ciudad tecnócrata y de nueva planta. Descripción de ambientes y lugares, de tipos pintorescos y ácida crónica social, del Pasapoga, Lavapiés y el Castellana Hilton en los que la prosa de Prada alcanza su mejor nivel.

Novela de dos hombres que, por distintos motivos, huyen de su pasado. En la que uno tiene la fuerza moral para convertirse en héroe y el otro la debilidad que no podemos reprocharle. Usurpación por necesidad que convierte al paria en nuevo rico y por la que descubre los pecados ajenos y los propios. Apropiación y reincidencia que hacen imposible la redención. Errores propios que otros pagan con su vida. Deudas del pasado que vuelven para chantajear y servirse de la mentira. Segundas oportunidades que, a pesar de todo, pedimos que salgan bien; villanos que deseamos que se salven aunque no lo merezcan. Novela en la que Prada, por encima de la acción, la intriga y el deseo, quiere hacer destacar la responsabilidad de nuestros actos, la importancia capital de la conciencia y los escrúpulos; en que a través de un mal nunca se obtiene un bien. Valores eternos de nuestra civilización cristiana.

Novela de metáforas y párrafos deslumbrantes entre los que se desliza algún lugar común como un cuchillo hundido en la mantequilla; acento castizo, costumbrismo de zarzuela, de chulapo y manola fetén que al inicio se hace chirriante y que se compensa con un final de personajes sin caricatura. Palabras superferolíticas de un lenguaje afectado, pedante y churrigueresco que se ha hecho marca registrada del autor, verbo de juegos florales que no encaja en una prosa de guerra pero que se desquita y brilla entre la humedad de tabucos miserables y el humo de puticlubs finos. Melodrama de novela radiofónica y películas de Rafael Gil al gusto y color de la época; amor inverosímil con acento francés y pie forzado del doble que se quedan diluidos en una trama poderosa y subyugante, en un largometraje a la española con escenografía de tundra y cemento; la épica y la villanía, los personajes y la antítesis, el debate moral, el romance y el final inesperado de un gran espectáculo literario.

Y sin embargo yo me he dado cuenta de algo que ya no volverá. Porque echo de menos al Prada de “Coños”, “El silencio del patinador” y “Las máscaras del héroe”; pero sé que ese escritor ya no existe. Que es cuestión de edad y circunstancias. Aquel Prada era un joven hambriento y apasionado, “desgarrado y excéntrico” que se ha convertido en un pródigo y serio columnista, tertuliano y presentador que es escritor planetario. Hoy le basta con escribir una novela monumental, una epopeya, un cóctel popular con los ingredientes adecuados. Hoy es suficiente con hacerle la competencia a Ruiz Zafón sin amenazar con trilogías sadomasoquistas. De Prada controla los resortes, los mecanismos, las dosis. Es un gran sastre, un buen matemático que domina la física y la ciencia de la literatura. Es un escritor de oficio, un hábil contador de historias, un alquimista, un buen artesano con ramalazos de artista al que en determinados momentos le sobra afectación. Su narrativa tiene la fiabilidad y precisión de un best-seller,  pero con esa ganancia ha perdido su capacidad de admiración. A Prada le ha pasado lo mismo que a otros funcionarios de la literatura como Millás o Llamazares, que ya no tiene que demostrar nada; le basta con permanecer y vivir de las rentas. Prada entretiene, ameniza, distrae las horas, mezcla géneros para evitar el aburrimiento, trata temas incómodos y se atreve con lo políticamente incorrecto sin caer en el panfleto, el tópico o la homilía, pero en la comparación no alcanza a otros escritores menos mediáticos y pluriempleados, pero –creo- más completos.

Juan Manuel de Prada. “Me hallará la muerte”. 589 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2012.

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