Ramón Acín. “Abrir la puerta”

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En mi otro blog:

http://aragonliterario.blogspot.com.es/

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V.V.A.A. “Desahuciados. Crónicas de la crisis”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 12 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/12/literatura-y-compromiso/

Literatura y compromiso

“Desahuciados. Crónicas de la crisis” es una colección de cincuenta y cuatro microrelatos acompañados de cuarenta y tres ilustraciones editado por Traspiés en su colección Vagamundos Libros Ilustrados en los que se ha pretendido ofrecer “una visión caleidoscópica sobre los diferentes aspectos de la crisis”. Y en el texto de la contraportada –para dejarlo bien claro antes de abrir el libro- se dice: “Estas crónicas de la crisis son una invitación a adentrarse en una narrativa que ilumina y emociona a la vez que reconoce la urgente necesidad de tomar partido, de pasar a la acción”. Propósito en el que se incide en el Prólogo en el que se puede leer: “La literatura, y el arte en general, despierta así del letargo apolítico generalizado que tanto daño ha hecho a nuestra sociedad. Hay una necesidad evidente de compromiso”.

No creo que “el arte en general” –la ceremonia de entrega de los premios “Goya” lo desmiente- padezca de un “letargo apolítico”; en España cada uno es libre en el momento en el que lo crea oportuno de manifestar su opinión –y retratarse y quedar en evidencia- por escrito o de palabra. Respeto que haya quien crea que este tipo de literatura sea necesaria; yo sin embargo no veo la necesidad de que la literatura tenga que convertirse -precisamente ahora- en el oportuno despertador de una sociedad aletargada o indolente. La literatura que denuncia las diferentes formas de la injusticia ha existido siempre y seguirá existiendo; no necesito que nadie me diga en qué momento mi conciencia y yo tenemos que levantarnos ni cuándo debemos emborracharnos o a qué hora irnos a la cama; que cada uno escriba y compre lo que quiera.

Respeto que haya narradores dispuestos a “tomar partido”, apuntarse y comprometerse, la situación sin duda lo merece; pero conmigo que no cuenten para unirme al discurso de esos “movimientos” y “plataformas” –como en el caso de los desahucios y las preferentes- porque hacerlo sería convertirme en cómplice de los que acosan y culpabilizan solamente a unos en un despreciable ejercicio de maniqueísmo.

Respeto que haya lectores deseosos de consumir este tipo de literatura partidista, ideológica; pero conmigo que no cuenten, lo mío es un radical individualismo. Yo no soy de los que firma manifiestos ni acude a manifestaciones en las que me diluya en la masa y alguien con un megáfono hable por mí. Entiendo que haya “artistas” que busquen la complicidad del compañero, pero yo no vine aquí a hacer amigos, yo reclamo –sin considerarme “artista”- la independencia del “arte” como única posición decente. “Pasar a la acción” es, para mí, escribir y opinar siguiendo mi propio criterio. Mi único compromiso está sólo con lo que considero buena literatura, con la soledad del que escribe sin apuntarse a ningún escrache colectivo ni a corear consignas.

Respeto que cada uno tenga sus preferencias y odios ideológicos y que libremente aparezcan en lo que escribe, pero creo que la narrativa para ser buena literatura debe permanecer en un saludable distanciamiento y ecuanimidad de la política, porque cuando las palabras se dejan llevar por la ideología se convierten en un panfleto que aplaudirán a rabiar los convencidos con independencia de que sea buena o mala literatura. La calidad pasa a ser algo accesorio, lo que realmente importa es el mensaje; y eso es lo que pasa en la mayoría de estos microrelatos, que de los cincuenta y cuatro tan sólo dos: “La manada” de Sergi Bellver y “La derrota” de Ángel Olgoso pueden considerarse excepcionales desde un punto de vista literario; y otros once: “Tesoro” de Juan Vico; “Crac” de Ricardo Álamo; “La esquina” de Ernesto Ortega Garrido; “El portal invisible” de Ginés S. Cutillas; “A la sombra” de Ada Valero; “Hiperrealismo” de Manu Espada; “Un gran tipo” de Antonio Trujillo; “Seguir caminando” de Jesús Beato; “El pájaro de fuego” de Segio C. Fanjul; “Tiempo” de José Cano y “Las formas del camaleón” de Álex Chico; se salvan de la restante mediocridad.

Y esos once se salvan de esa desoladora mediocridad del resto porque aún no siendo todos iguales de buenos –los hay redondos y completos y otros no tanto- en cada uno encuentro sutileza, enfoque, originalidad, humor, lirismo o habilidad. Se salvan por no ser lo que son los otros: narraciones simples, ridículas, huecas, patéticas o fuera de contexto.

Y además se salvan porque teniendo como argumento esta devastadora crisis en la que nos hayamos no caen, como hacen otros, en la demagogia llevada al exceso y al absurdo, no convierten a la narrativa en un mensaje más propio de un mitin político que de la literatura.

Por último y por las mismas razones –para mí- de calidad artística alejada del pasquín y la pancarta me gustaría destacar las ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros, Santiago Girón, José Carlos Sánchez, Gatoto, Nerea Carpente Tielas, María Jesús Campos, Antonio Ubero, FH Navarro, Francisco Fraga, Joaquín Peña-Toro, Ada García Fernández y Norberto Luis Romero.

Definitivamente “el arte en general”, la narrativa obtienen mejores resultados cuando el “artista”, el escritor desde sus ideas no es sumiso y servil, demagogo o fanático perdiendo su objetividad y un siempre necesario y desapasionado distanciamiento; pero sobre todo cuando para denunciar una situación injusta no se olvida de que con quien debe comprometerse siempre es con el “arte” o la literatura y no con la política.

“Desahuciados. Crónicas de la crisis”. VVAA. 110 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”

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Crónica de la supervivencia

Los libros suelen –o mejor deben- producirnos variados y múltiples efectos. En este caso el primero es, evidentemente, el nombre. A los aficionados a los relatos Horacio Quiroga les sonará seguro por su “Decálogo del perfecto cuentista”, diez “mandamientos” que siempre se enseñan en los talleres literarios como la hoja suelta de un catecismo: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Pero Horacio Quiroga es más que ese famoso y repetido “Decálogo”; y esta antología editada por Vagamundos nos permite recuperar en el siglo XXI a un escritor que, como recuerda Fernando Villalobos en el prólogo, “fue saludado en Argentina en 1926 como el primer cuentista en lengua castellana” y al que se le atribuye “la fundación del cuento moderno latinoamericano”. En Hispanoamérica hubo –aunque a algunos les parezca increíble- vida antes de Borges.

Consecuencia de todo eso es la curiosidad –quizá ligeramente retorcida- de comprobar la puesta en práctica de la teoría, evaluar el valor de la obra por encima de la oportunidad del pionero, la fama y la entrada en la enciclopedia. Y a ese respecto basta con decir que Quiroga pasa la prueba del algodón limpiamente y que para mí, por encima de eso, estos “Cuentos de horror” han supuesto el descubrimiento de un escenario y unos personajes, el paisaje desconocido e inimaginable de un país que nos lo aleja de los tópicos y las estampas turísticas. Argentina es mucho más que Buenos Aires y el tango, y yo un paleto que ha viajado muy poco.

Quiroga empezó en esto de los cuentos como la mayoría de sus contemporáneos: imitando a Edgar Allan Poe. Pero como indica Villalobos “dejó muy pronto de buscar lo extraordinario en el ámbito de lo fantasmagórico o lo grotesco para perseguirlo en el campo de lo real, de lo cotidiano”. Y precisamente uno de los aciertos de esta antología es presentarnos dos relatos de esa primera etapa: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. Dos relatos que leídos por encima son dos historias de terror clásico, pero que tienen uno la sorpresa de un hábil giro que cambia el sentido inicial y en el otro hay mucho más de lo siniestro y truculento que a simple vista parece.

De los seis relatos restantes, excepto el último que en principio aparenta ser una macabra alucinación en un cementerio cuando en realidad trata -a principios del siglo XX- de la drogadicción y la adicción destructiva de la cocaína, son cinco cuentos que ya están en otra línea diferente a la de esa primera época “norteamericana”. Son “Cuentos de monte” y corresponden a esas dos etapas en la vida de Quiroga cuando abandonó la ciudad y se trasladó a vivir al “campo”. Relatos en los que la muerte es la absoluta protagonista y que como nos recuerda Villalobos “es el tema principal en su obra hasta el punto de que su presencia ha sido calificada de obsesiva”, pero que conociendo la trágica biografía del escritor se comprende perfectamente.

Pero para mi lo determinante es –y por lo que dije antes- ese escenario en el que transcurren esos cinco cuentos de Quiroga. Ese paisaje es algo inaudito porque la imagen agreste y salvaje que tenemos de Argentina es la del sur, la de los vaqueros de una Patagonia al estilo del Far-West. Y sin embargo Quiroga nos descubre una selva que está más cercana al Amazonas que a la pampa: acuática, tropical de ríos turbios y caudalosos, lluvias, serpientes, cocodrilos y mosquitos.

Quiroga nos lleva hasta Salto Oriental: departamento de Uruguay fronterizo con Argentina; y a Misiones: provincia del norte de Argentina limítrofe con Paraguay y Brasil. Unos lugares en los que la naturaleza tiene poco de amable si no conocemos sus reglas y trampas. Y en ese desconocimiento puede, fácilmente, encontrar la muerte el hombre de ciudad que va a pasar unos días de visita a la selva y no sabe que la “miel silvestre tiene propiedades narcótica o paralizantes” y tampoco sabe de “las curiosas hormigas a las que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras”. Esos bosques no son el parque del Retiro y su casa de fieras.

Pero en estos cuentos Quiroga no solo habla de domingueros con mala suerte sino también –y sobre todo- de los colonos que habitaban esas tierras a las que un día llegaron para establecerse, construir un rancho y dedicarse a la explotación forestal, la agricultura o la ganadería. Ellos son los auténticos protagonistas y Quiroga nos muestra la vida que llevaban: dura, austera, peligrosa, solitaria y aislada. Con una canoa como medio de transporte y el río como carretera de vuelta a casa. Un lugar en el que encontrar la muerte bajo el pie: “El hombre pisó algo blanduzco y enseguida sintió la mordedura”, en un accidente estúpido al caer y clavarse su propio machete, o por una herida que se infecta.

Quiroga nos muestra la muerte y alguna de las múltiples formas que tiene de presentarse en esos lugares. La muerte imprevisible, caprichosa, siempre inoportuna. Y puede parecer que se recrea en lo macabro, pero sus relatos van más allá del suceso y la forma que eligió ese día. Sus relatos nos muestran los pensamientos del que es consciente de que su vida se extingue sin remedio entre el dolor, la fiebre; la manera en que el hombre se enfrenta a ella en soledad; el presentimiento de su visita y todo lo que transforma y altera su llegada; lo que quedará después de ella, lo que significará: orfandad, esfuerzo en vano, demencia.

Estos cinco relatos de Quiroga nos llevan a otra época y a otros lugares más allá de las ciudades, sus habitantes, sus límites y reglas a los que ahora estamos acostumbrados. Selva en la que se vivía sin médico, sin ayuda, vecinos ni comodidades. La naturaleza inclemente imponiendo su fuerza y ante la que el hombre es un animal más que lucha por su supervivencia tratando de domesticarla.

Y por último y antes de que se me olvide quiero hacer también referencia a las excelentes ilustraciones de Alejandro Santos que acompañan los relatos. Acierto en la elección del ilustrador y en su trabajo que en las últimas publicaciones -creo- había fallado. Y sirva este retrato de Horacio Quiroga como ejemplo:

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Horacio Quiroga. “Cuentos de horror”. Ilustraciones de Alejandro Santos. 92 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

PervertiDos

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI el viernes, 6 de julio de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/86052/otra-mirada

Otra mirada

“PervertiDos” es la segunda entrega de ese catálogo de parafilias ilustradas que la editorial Traspiés publica en su colección Vagamundos después de “Perversiones”. Y en esta segunda parte se repiten forma y esencia, pero las sensaciones, al menos para mí, son distintas. Porque lo que antes era sorpresa es ahora un inevitable déjà vu; el escándalo ante la experiencia se vuelve curiosidad. Porque en “Perversiones” funcionaba el morbo de la primera vez que nos encontrábamos con un libro así. Como la primera revista porno de nuestra adolescencia, la primera escena de sexo que leíamos en una novela, la primera vez que espiábamos a nuestra vecina.

La repetición no hace desaparecer el asombro ante ciertas perversiones, el descubrimiento, tal vez la coincidencia, la posibilidad de un nuevo juego desconocido. Pero la mirada es ahora distinta. Aunque no por eso dejaré de poner el libro en la balda más alta de la librería donde no alcancen los ojos y la mano de cualquiera ni se me ocurriría prestárselo a mis hermanas o a mis padres.

Ahora busqué la ironía, la inteligencia, la sonrisa, el estilo, la forma. Busqué por encima de todo la literatura. No busqué lo inmediato, la excitación ni la libido, no busqué en el fondo de mis propias fantasías o frustraciones. Con esto no quiero parecer como alguien que ya lo haya visto y probado todo; creo que es simplemente que me hago viejo, porque si tuviera más de quince y menos de veinte no pensaría lo mismo, “PervertiDos” me produciría un efecto físico inmediato y me fijaría en otras cosas primero, seguramente haría una lista con lo que me excitara o tentara y con lo que no, y la guardaría en la memoria esperando ponerlo algún día en practica. Seguramente fuera un libro que pasara de mano en mano, de risa en risa y de sorpresa en sorpresa. Y es casi seguro que muchos al verlo y leerlo callaran, mintieran o negaran, pero a ninguno dejaría indiferente. Mi sensibilidad no está muerta ni me considero un mojigato que se escandaliza por algo así, es simplemente que ahora el objeto de estudio es el mismo pero lo miro con un microscopio más que con los ojos bien abiertos, que lo disfruto de otra manera.

Porque las perversiones para obtener la excitación, el placer o el estímulo son limitadas e infinitas al mismo tiempo. Limitadas porque aunque siempre hay sitio para la sorpresa y es posible inventar alguna nueva como la formicofilia o el troulesismo, en su mayoría son siempre las mismas: la zoofilia, el vouyerismo, la necrolesis, el pigmalonismo, la pediofilia (dos de mis favoritas) y el exhibicionismo. Y al mismo tiempo son infinitas porque pertenecen a la imaginación y al deseo de cada uno, pero es, sobre todo, la capacidad del escritor que la cuenta la que la hace diferente, atractiva.

Hoy sabemos por internet que cualquier posibilidad es realizable. Puedes buscar cualquiera de esas parafilias y encontrar un lugar de encuentro y ponerla en práctica. Todas, incluso el canibalismo. No hay límites por raras que parezcan. Lo que pasa es que ninguno de estos relatos es real, no son más que fantasías, un juego, un divertimento. Así que vuelvo mi mirada distante, un tanto aséptica, profesional y diletante y busco la emoción en las palabras, en la forma de contar la historia, en su originalidad, en la poesía y la prosa de la buena literatura.

Y así me encuentro entre todos con relatos realmente excelentes: el canibalismo poético  de Victoria R. Gil; la cabronada de Alberto Olmos; a Fernando Clemot volviendo al expresidiario Genet un salvaje heterosexual; el voyerismo de María José Codes y Eduardo Moga; el extraordinario relato a la contra de Juan Carlos Márquez; el futurismo y el pasado de Juan Vico; la brillante prosa de Sergi Bellver y Hugo Clemente; el humor de Martín Gardella; el dolor de Pepe Pereza; la sorpresa perversa de David Roas y la enajenación Álex Chico. Y acompañándoles las ilustraciones de Jorge Fornés, Javier Bernardino, Juan Antonio Gallego, Alejandra Acosta, Joaquín López Cruces, Miguel Osuna y FHNavarro.

Ya no es sólo la exhibición y el descaro, hacer público lo privado, materializar el deseo, encontrar una pareja de baile, el desahogo, lo compartido, el placer y el escándalo. Ya no es simplemente todo eso sino la forma, la manera de contarlo y dibujarlo.

“Pervertidos. Catálogo de parafilias ilustradas”.VVAA. 94 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2012.

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”

Turismo literario

Hay libros que producen un irrefrenable sentimiento de envidia. Y este es uno de ellos.

Para el amor y el odio cada uno tiene sus particulares motivos. El mío para sentir envidia –una de las derivadas del odio- es que a mi me gustaría hacer un libro como éste. Un libro ilustrado con mis fotografías y artículos. Viaje, fotografías en blanco y negro y texto. Lugar, imagen y palabra. Contrato indefinido del recuerdo. Fe de vida y tránsito.

José Luis García Martín ha escrito un libro minúsculo y múltiple. “Lecturas y lugares” es un “cuaderno de viajes”, turismo literario, búsqueda, encuentro y evocación. Y de nuevo siento envidia porque yo, además de haber viajado poco, los únicos viajes de peregrinación literaria que he hecho han sido ir a Vera de Bidasoa a ver (por fuera) Itzea, la casa de los Baroja (Pío y Ricardo) y pasar varias veces por el callejón del gato. Me deja en cierta manera el complejo de los que hemos viajado de noche sentados en una silla, la ventana cerrada, los codos apoyados en una mesa, el libro abierto y en las estanterías los albúmes de fotos de las vacaciones familiares en la playa.

“Lecturas y lugares” son los viajes hechos a propósito por José Luis para encontrarse con la sombra de algún escritor, como ir a Éze, una villa medieval de la costa Azul, en donde estuvo Nietzsche. Pero es, sobre todo, un inventario de viajes en los que se aparece el recuerdo de los escritores que estuvieron allí. Como ir a Nápoles y contemplar el Vesubio desde la cubierta de un crucero y recordar a Leopardi. Ir a Ginebra y recordar a Amiel. A Coimbra y Eça de Queirós. A Venecia y Henry James. A Plovdiv (Bulgaria) y encontrarse por casualidad con el recuerdo de Agustín de Foxá.

Pero también es un diario de vivencias personales. De viajes en solitario. Emborracharse de melancolía en Coimbra. Volver a Roma y a su cementerio Acatólico, un lugar fuera del mundo donde recordar a Shelley y Keats, y al escritor sueco Axel Munthe. Ir a  Nueva York y encontrar en una librería de viejo “Doble esplendor”, la novela de Constancia de la Moray recordar la desaparición de José Robles, el traductor de John Dos Passos; y en el mirador del Rockefeller Center encontrarse por casualidad con alguien que le cuenta que la novela en realidad la escribió la escritora norteamericana Ruth Mckenney, y que hablando de la militancia política de la española le pregunta si ha leído “Yo, comunista en Rusia” de Ettore Vanni, “un testimonio estremecedor de cómo trataron en la Unión Soviética a los comunistas españoles”. Y entonces me acuerdo de “Enterrar a los muertos”, de Ignacio Martínez de Pisón.

Artículos que hablan de la saudade en unos viejos ABC que compró en un rastro y leyó en Lisboa. La conversación y la historia que le contó en un taxi un americano mientras buscaban su barco en el puerto de Florencia. Lo que le contó un amigo en Venecia del Conde Cini. La historia de un gondolero de la misma ciudad y su abuelo que conoció a Cortazar. El recuerdo de Pablo Suero, poeta y periodista asturiano, que publicó un libro “Figuras contemporáneas” con un prólogo titulado “Viajando por paisajes y almas” y que, en cierta manera, puede ser su contrafigura. Pablo Suero del que José Luis dice: “Gran periodismo es “España levanta el puño”, un libro ahora reeditado, que hace revivir, como ningún otro, aquella España exasperada y aún esperanzada de los meses que precedieron a la guerra”. Y yo escribo unos enormes y alucinados signos de interrogación entre exclamaciones y me acuerdo de “Palabras como puños” de Fernando del Rey. Y el capítulo último de un viajero que “siempre descubriendo mediterráneos” encuentra uno cerca de su pueblo, Aldeanueva del Camino (Cáceres), y es Cáparra y su romano arco triunfal de cuatro pilares.

“Lecturas y lugares” es un libro que me ha producido sentimientos contradictorios, enfrentados. Por un lado produce fascinación y envidia por el conocimiento, la cultura literaria de José Luis; por esos viajes en solitario, por los lugares que me ha enseñado y se convierten en anotaciones en mi libreta de utopías, destinos imposibles, lugares que seguramente nunca veré. En cada lugar convoca el recuerdo de los escritores, conoce su biografía, sus pasos pedidos; recita alguno de sus poemas, memoria de una biblioteca portátil. Pero también en algunos momentos resulta excesivamente pedante, incluso cursi; hipersensible poeta del éxtasis literario. San Sebastián lacerado, literato siempre en su papel. Catedrático erudito que reproduce versos en italiano y portugués (sin traducción a pie de página); pose y lenguaje abrumador de los permanentemente sublimes, herido por el rayo que no cesa, rococó literario que no parecen pisar este mundo, su fango ni su menú del día. Prefiero algo más cerca de lo humano, como Sergio del Molino y su “Restaurante favorito de Nina Hagen”. Prefiero, con diferencia, el estilo y la forma de Hilario J. Rodríguez en su “Mapa Mudo” -también publicado por Vagamundos-, en el que habla de escritores, lecturas, libros, lugares, fantasmas y literatura.

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”. 61 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2011.

Joseph Conrad. “Un puesto avanzado del progreso”

La retórica del colonialismo

Para mí que he viajado muy poco y siempre a ciudades europeas el exotismo del África negra me resulta un cuento lejano. Las referencias que manejaba de ese continente empezaban en el blanco y negro del Tarzán de Johnny Weissmuller y acababan en las “Memorias de África” de Sidney Pollack. Y en mi conciencia más moderna en los documentales de La 2 y en las noticias de la televisión. Noticias de sucesos violentos e imágenes trágicas por las que ese continente no resulta un sitio apetecible para un turista cobarde como yo. Pero un par de reportajes de revistas de prensa y alguna lectura reciente me han traído la denuncia de la explotación interesada de sus recursos naturales en una avaricia contemporánea en la que se mezclan el expolio, la guerra, el enriquecimiento de unos y la hambruna de otros. Y desde la conciencia de ese moderno colonialismo energético del siglo XXI doy marcha atrás hasta 1890, hasta el siglo XIX, de la mano de Joseph Conrad y este largo relato: “Un puesto avanzado del progreso”.

La obra más conocida de Conrad es “El corazón de las tinieblas” y este relato participa del mismo escenario y argumento. Nacido directamente de la experiencia vivida por el propio autor cuando estuvo en el Congo como oficial de un vapor fluvial contratado por una sociedad comercial belga.

Conrad en su relato nos lleva hasta aquel siglo XIX y a la retórica que justificaba el colonialismo: “Derechos y deberes de la civilización. Carácter sagrado de la labor civilizadora que ensalzaba los méritos de aquellos que partían para llevar la luz, la fe y el comercio hasta los más oscuros rincones de la tierra”. Retórica que en la práctica consistía en el establecimiento de “factorías”: un grupo de chozas en mitad de la selva y junto al río navegable que servían para comercializar el marfil con los indígenas y en el que la “Gran Compañía” instala a dos hombres blancos como sus delegados comerciales. Y en el caso de este relato a “dos individuos completamente incapaces e insignificantes” con un único plan: “¡dejaremos que la vida siga plácidamente su curso! Nos sentaremos tranquilamente y recogeremos el marfil que nos traigan esos salvajes”.

Pero la aparición en la “factoría” de seis hombres armados de otra tribu de la costa les hará conscientes de su indefensión, de su ignorancia y debilidad. Produciéndose un clarividente paralelismo entre los negros y los blancos. Las formas y los métodos para conseguir lo que quieren no son los mismos. Unos se amparan en la legalidad de su misión, en su superioridad social por la que tratan a los negros como seres inferiores a su servicio. Los otros, los salvajes, se amparan en la fuerza y se aprovechan de la avaricia del hombre blanco para hacer un negocio provechoso. La ambición de unos y otros resulta igual de inhumana y despiadada: el hombre forma parte del trato.

Hay algo completamente cierto en este relato de Conrad. Algo válido en aquel siglo XIX y en este XXI. Algo que sólo los testigos como él pueden decir. Porque los demás hablamos de oídas; decimos palabras que son una postura desde la distancia y la comodidad de nuestro sillón; a salvo de su verdadera magnitud. “Nadie sabe lo que significan el sufrimiento o el sacrificio, salvo, quizás, las víctimas de los misteriosos designios que se ocultan tras esas ilusiones”.

Y eso vale para los esclavos negros que valían de moneda para hacer un negocio y salvarle el pellejo a los blancos y a su ayudante negro y sirve para esos delegados comerciales abandonados a su suerte más de ocho meses “porque el director de la Gran Compañía estaba ocupado con otras factorías más importantes. Aquella factoría improductiva y los dos inútiles que se ocupaban de ella podían esperar”. Salvajes y civilizados valían lo mismo; formaban parte reemplazable del negocio.

La propia ineptitud, la selva y sus propias leyes, el territorio hostil, la debilidad de carácter, el hambre, la enfermedad, la locura y, sobre todo, la muerte nos dan la verdadera dimensión de aquellos hombres y su propósito.“Sus viejas ideas y convicciones, sus gustos y antipatías, las cosas que respetaba y las que aborrecía, aparecían por fin bajo su verdadera luz, revelándose despreciables e infantiles, falsas y ridículas”.

“Durante toda su vida, hasta aquel momento, había creído, como el resto de la humanidad –que era estúpida- en un montón de cosas absurdas”.

 Joseph Conrad “Un puesto avanzado del progreso”. 61 páginas. Ediciones Traspiés. Colección Vagamundos. Libros ilustrados. Granada, 2011. Prólogo e ilustraciones de Federico Villalobos. 

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