David Aliaga. “Inercia gris”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 15 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/15/sin-trampas/

Sin trampas 

Todos en literatura tenemos nuestros favoritos y preferencias y en el caso de David Aliaga parece que el realismo sucio americano y Raymond Carver son las suyas. Y aunque estoy seguro de que su lista no se limita a un único estilo y un solo nombre (me gusta pensar que los escritores son tipos a los que les gusta beber en diferentes bares) en este caso sí que es unívoco. Y es que Aliaga en su primer libro publicado nos presenta trece relatos ambientados todos en los Estados Unidos y siguiendo en su mayoría ese estilo realista, sobrio y simbolista con personajes y situaciones corrientes –“Common people” que cantaba Pulp- sin colorido pop. No lo veo mal, al fin y al cabo copiar o imitar es la primera manera de empezar, y cada uno copia o imita lo que le gusta

En el caso de ese realismo sucio o simbólico yo la única referencia que puedo citar es la de Gonzalo Calcedo. (Lo siento pero mi chauvinismo hispanohablante no me ha permitido llegar más lejos). Y ese minimalismo narrativo no me resulta desagradable pero sí que es posible que al lector novato le pueda resultar extraño y desconcertante eso de leer un “relato en el que aparentemente no pasa nada” y deba buscar su mensaje o significado en lo que hay detrás de lo que se muestra o ve. Aunque si he de ser sincero mi desconfianza por esa forma de narrar viene de que en muchas ocasiones me encuentro con que algunos nuevos, modernos y jóvenes talentos (hispanohablantes) usan el realismo como coartada para hacer de la literatura una nadería vacía y otras abusan del simbolismo para convertirla en un lugar inaccesible e ininteligible que lleva al lector a la frustración. Una cosa puede ser como recientemente dijo Tizón de Chéjov: “el amago, la adivinación o sombra de un cuento. No la conclusión del sentido, sino la suspensión del sentido” y otra muy distinta convertir al lector en extranjero en su propia lengua.

Adaptarse al realismo sucio americano es fácil. Al fin y al cabo es sólo un escenario y a todos nos gusta hacer turismo. Pero hacer que el lector tenga que adivinar el sentido de un relato por su contexto –o mensaje subliminal- es un complicado ejercicio en el que lo más difícil para el narrador es no quedarse corto ni pasarse de largo. Un simbolismo que Aliaga sigue desde el primer relato y un equilibrio que creo no consigue hasta el tercer cuento –aunque en el segundo: “El espejo” ya acierta pero se queda en un débil eco o reflejo borroso. Es posible que ese sea un estilo al que cuesta adaptarse -por lo general leemos esperando “que pase algo”- y que no sea hasta ese momento cuando nos hayamos adaptado a leer sabiendo que al final lo que tenemos que hacer es interpretar el significado o sentido que esconde la escena. Es posible que sea por eso, pero creo que no es hasta ese tercer cuento: “Como cada sábado”, cuando Aliaga consigue con las imágenes precisas e inmediatas hacer visibles -sin nombrarlas- la pérdida, la soledad y la rabia. Capacidad que se hace demoledora en el excelente cuarto relato: “Lo que no ha sucedido y sucedió” y alcanza su mejor y más perfecto resultado en el décimo: “Tótem”, y aunque hermosamente lírico y poderosamente escenográfico creo que se pasa de largo –por confuso y enigmático- en el último: “El río Hudson”.

En el resto de los relatos predomina más el realismo sucio que lo simbólico, más el retrato sin photoshop, el exhibicionismo que la insinuación. Y aunque no carecen de un mensaje, éste –a través de los hechos narrados- se hace más evidente y patente. Aliaga unas veces acierta y consigue hacérnoslo llegar con delirante intensidad: “Muérdeme, joder”; retratando la crueldad: “La enésima crucifixión de Cristo” o la desolación: “Sin trabajo”; pero en otras resulta inofensivo al convertirlo en simple naturalismo: “Composición VI”; en teatralidad: “No hicimos nada” o melodrama: “Tú mataste a Frank Fischer”. Con ninguno de estos cuentos -que podrían calificarse como típicamente realistas- consigue  alcanzar el excelente nivel de aquellos tres relatos simbolistas.

Y tal vez el realismo –la narración sobria y concisa, la casi mera trascripción de unos hechos- no requiera de adornos estilísticos, pero en ocasiones Aliaga utiliza expresiones que me parecen inverosímiles en el idioma norteamericano: “Se ha entretenido dándole a la sinhueso”, “¡Pero mira que eres bocachancla!; imágenes absurdamente precisas: “los mosquitos revoloteando en grupos de ocho o diez alrededor de los focos de luz ámbar”; y metáforas desafortunadas: “los turismos que hasta ese punto han avanzado en bloque se desparraman por las calles de la ciudad como hormigas que salen en acelerada procesión de su agujero brooklyneano para recolectar su pedacito de la Gran Manzana”;  o ñoñas: “Temblaba ligeramente, como el pecho de un gorrión en una mañana fría”. Nada grave, pero sí chirriante. Aspectos o detalles a mejorar para una siguiente ocasión.

Creo que el mayor mérito de estos relatos está en que Aliaga no hace trampas. Y es que simbolismo y realismo –ya lo he dicho- son dos etiquetas que algunos utilizan como coartada o comodín para colarnos una insulsa nadería o jugar a las adivinanzas o al escondite con el lector. Y eso Aliaga no lo hace. Tal vez él copie, pero es fiel al original, se atiene a las normas y no hace experimentos con gaseosa o se dedica al contrabando. Y aunque yo –chauvinista o paleto hispanohablante- prefiera un realismo cercano o de barrio Made in Spain él ha querido irse de viaje a Estados Unidos entiendo que como homenaje coherente y no por esnobismo. Y unas veces lo consigue y acierta de pleno, otras no tanto y alguna (pocas) falla, pero con esos aciertos –en un terreno resbaladizo y tan dado a la falsificación como éste- consigue que a partir de ahora además de Gonzalo Calcedo –aunque sin llegar a su altura- pueda citar a David Aliaga y su “Inercia gris” como referencia de un estilo.

David Aliaga. “Inercia gris”. 100 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

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Óscar Sipán. “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 16 de enero de 2014

http://www.culturamas.es/blog/2014/01/16/recomendacion-quisiera-tener-la-voz-de-leonard-cohen-para-pedirte-que-te-marcharas-oscar-sipan/

Recomendación

Hace casi seis años que leí por primera vez a Óscar Sipán. En junio de 2008 (con cinco años de retraso) leí su libro de relatos “Pólvora mojada”, XVII Premio de Narrativa “Santa Isabel de Aragón. Reina de Portugal”, Diputación de Zaragoza, 2003. Y ese día me hice una promesa: leer todo lo que había publicado antes y todo lo que viniera después. Lo de antes eran tres libros de cuentos: “Rompiendo corazones con los dientes”(1998), “Escupir sobre París” (2005) y “Guía de hoteles inventados” (2007); y lo que vino después fueron otro libro de relatos: “Avisos de derrota” (2008), la “novela” “Concesiones al demonio” (2011), y como el cincuenta por ciento de Galgo Cabanas la novela negra “Cuando estás en el baile, bailas” (2012). Ahora me doy cuenta de que quizás esa promesa es de las pocas que he cumplido en mi vida y también de que me falta uno de sus libros: “Almanaque de los días felices”, IEA, 2009.

Más de cinco años en esto de abrir la bocaza para opinar han dado para mucho y para nada. Ya no soy el mismo de entonces. Veo más días el vaso medio vacío, lleno de humo y aguarrás, que de champán. Saber más me ha hecho perder la inocencia y de premio acidez de estómago; conocer las insuperables leyes de la electricidad y los apuntes contables.

Y ahora, en medio de esta montaña rusa desde la que contemplo ese club de campo, aparece éste “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” de Óscar y siento el alivio de que algunas cosas no hayan cambiado o desaparecido; sigan siendo igual que hace tiempo; antes de que me volviera consumidor habitual de Almax y melatonina. Que reaparezcan y pueda seguir cumpliendo mi promesa.

“Quisiera tener la voz de Leonard Cohen…” es una antología de relatos, una recopilación de algunos cuentos de Óscar ya publicados. Pero la plata, oscurecida por el paso del tiempo, vuelve en esta reedición a brillar como nueva: “El talento de las moscas”“El dios de las camareras”“Rompeolas”“Escupir sobre París”, “Cordero de Dios”… Podría haber hecho esta reseña sin leer el libro. Recuperando viejas palabras que no han perdido su sentido ni su valor. Citándome a mí mismo. Pero ¿por qué renunciar al placer en tiempos de ley seca?, a la buena suerte de una tregua en estos días agridulces de buscador de tesoros enterrados en la arena. Por qué rechazar el regalo de volver a leer, disfrutar otra vez con uno de los mejores narradores de cuentos que conozco.

Aunque no todo es reencuentro. No todos los cuentos son viejos conocidos. Hay (que yo sepa) uno inédito:“Los ojos del turista”; y en “La invisibilidad de los microbios” recoge dieciséis microrelatos (algunos ya los había leído) con –creo- desigual fortuna.

Los que ya lo conocen no necesitarán presentación alguna, tan sólo saber lo que se van a encontrar dentro. Y ¿quién no disfruta volviendo a ver una de sus películas favoritas y descubriendo un detalle nuevo o con los contenidos extra?

Los que no lo conozcan ésta es una buena oportunidad para hacerlo: apostar a caballo ganador en esta tómbola amañada con corriente alterna. Ya sé que esta no es una reseña estándar, que no cumplo las normas establecidas, que debería explicar de qué van los relatos y todo lo demás; pero no creo que a estas alturas Sipán se lo merezca. Por una vez haré otra cosa. En esta ocasión me limitaré a recomendarlo sin que sea mi hijo, mi amigo, mi novio, mi socio o mi compañero de colla. Me juego el poco prestigio que pueda tener a que un ochenta por ciento de los que lo lean no me reclamarán el dinero. Sólo seguiré este atajo esta vez porque me da la sensación de que Sipán no disfruta de los privilegios de los bautizados, ni de un cuarto con pensión completa en algún hotel, ni que nadie lleva su retrato y un mechón de su pelo en un camafeo.

Si a alguien debo recomendarles que lean a Óscar es a los aprendices de escritores, a esos insulsos que creen que para escribir un relato basta con juntar palabras sin faltas de ortografía, a los que se creen que la literatura está en el aire y en la tinta invisible que se oculta entre las líneas de sus adivinanzas. Todos esos deberían leerlo para ver si así se les pega algo, si por ósmosis o por lo que sea se infectan de su mismo virus. Leerlo para que luego traten de imitarlo, aceptar el reto de ver si son capaces de igualarlo.

Pero sobre todo a quienes me gustaría recomendarles que lo leyeran es a los que sé que nunca lo harán. Todos esos que afirman que el libro está muerto y la literatura es algo insustancial sin más futuro que reconvertirse en un archivo de Word dentro de un cuerpo de plástico inyectado. Todos esos desgraciados hijos de perra que creen que todo lo que deben saber está escrito en una hoja de Excel y que la belleza es lo que puedan comprar en los centros comerciales.

Afortunadamente hay algunas cosas que se mantienen en pie. Quizás mi vehemencia se haya domesticado diluida en el óxido de cinco años de lluvia, pero sigo pensando lo que ya dije, que la narrativa de Sipán es “subversiva”; es el “fogonazo” de un “artefacto explosivo” que “golpea, deslumbra, inquieta. Nos avisa para que huyamos de las tumbas que llevan nuestro nombre”. Es “estimulante”; chute de “anfetamina legal”; oxígeno en un garaje subterráneo. Que sus relatos son visuales, cinematográficos y literarios; el retrato robot de nuestra sombra y la ecografía de nuestras vísceras. Lo que él cuenta, y, sobre todo, cómo lo cuenta es lo que me gustaría escribir si Dios o el diablo me hubiera dado su talento.

Óscar Sipán. Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas. 124 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

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