David Aliaga. “Inercia gris”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 15 de febrero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/02/15/sin-trampas/

Sin trampas 

Todos en literatura tenemos nuestros favoritos y preferencias y en el caso de David Aliaga parece que el realismo sucio americano y Raymond Carver son las suyas. Y aunque estoy seguro de que su lista no se limita a un único estilo y un solo nombre (me gusta pensar que los escritores son tipos a los que les gusta beber en diferentes bares) en este caso sí que es unívoco. Y es que Aliaga en su primer libro publicado nos presenta trece relatos ambientados todos en los Estados Unidos y siguiendo en su mayoría ese estilo realista, sobrio y simbolista con personajes y situaciones corrientes –“Common people” que cantaba Pulp- sin colorido pop. No lo veo mal, al fin y al cabo copiar o imitar es la primera manera de empezar, y cada uno copia o imita lo que le gusta

En el caso de ese realismo sucio o simbólico yo la única referencia que puedo citar es la de Gonzalo Calcedo. (Lo siento pero mi chauvinismo hispanohablante no me ha permitido llegar más lejos). Y ese minimalismo narrativo no me resulta desagradable pero sí que es posible que al lector novato le pueda resultar extraño y desconcertante eso de leer un “relato en el que aparentemente no pasa nada” y deba buscar su mensaje o significado en lo que hay detrás de lo que se muestra o ve. Aunque si he de ser sincero mi desconfianza por esa forma de narrar viene de que en muchas ocasiones me encuentro con que algunos nuevos, modernos y jóvenes talentos (hispanohablantes) usan el realismo como coartada para hacer de la literatura una nadería vacía y otras abusan del simbolismo para convertirla en un lugar inaccesible e ininteligible que lleva al lector a la frustración. Una cosa puede ser como recientemente dijo Tizón de Chéjov: “el amago, la adivinación o sombra de un cuento. No la conclusión del sentido, sino la suspensión del sentido” y otra muy distinta convertir al lector en extranjero en su propia lengua.

Adaptarse al realismo sucio americano es fácil. Al fin y al cabo es sólo un escenario y a todos nos gusta hacer turismo. Pero hacer que el lector tenga que adivinar el sentido de un relato por su contexto –o mensaje subliminal- es un complicado ejercicio en el que lo más difícil para el narrador es no quedarse corto ni pasarse de largo. Un simbolismo que Aliaga sigue desde el primer relato y un equilibrio que creo no consigue hasta el tercer cuento –aunque en el segundo: “El espejo” ya acierta pero se queda en un débil eco o reflejo borroso. Es posible que ese sea un estilo al que cuesta adaptarse -por lo general leemos esperando “que pase algo”- y que no sea hasta ese momento cuando nos hayamos adaptado a leer sabiendo que al final lo que tenemos que hacer es interpretar el significado o sentido que esconde la escena. Es posible que sea por eso, pero creo que no es hasta ese tercer cuento: “Como cada sábado”, cuando Aliaga consigue con las imágenes precisas e inmediatas hacer visibles -sin nombrarlas- la pérdida, la soledad y la rabia. Capacidad que se hace demoledora en el excelente cuarto relato: “Lo que no ha sucedido y sucedió” y alcanza su mejor y más perfecto resultado en el décimo: “Tótem”, y aunque hermosamente lírico y poderosamente escenográfico creo que se pasa de largo –por confuso y enigmático- en el último: “El río Hudson”.

En el resto de los relatos predomina más el realismo sucio que lo simbólico, más el retrato sin photoshop, el exhibicionismo que la insinuación. Y aunque no carecen de un mensaje, éste –a través de los hechos narrados- se hace más evidente y patente. Aliaga unas veces acierta y consigue hacérnoslo llegar con delirante intensidad: “Muérdeme, joder”; retratando la crueldad: “La enésima crucifixión de Cristo” o la desolación: “Sin trabajo”; pero en otras resulta inofensivo al convertirlo en simple naturalismo: “Composición VI”; en teatralidad: “No hicimos nada” o melodrama: “Tú mataste a Frank Fischer”. Con ninguno de estos cuentos -que podrían calificarse como típicamente realistas- consigue  alcanzar el excelente nivel de aquellos tres relatos simbolistas.

Y tal vez el realismo –la narración sobria y concisa, la casi mera trascripción de unos hechos- no requiera de adornos estilísticos, pero en ocasiones Aliaga utiliza expresiones que me parecen inverosímiles en el idioma norteamericano: “Se ha entretenido dándole a la sinhueso”, “¡Pero mira que eres bocachancla!; imágenes absurdamente precisas: “los mosquitos revoloteando en grupos de ocho o diez alrededor de los focos de luz ámbar”; y metáforas desafortunadas: “los turismos que hasta ese punto han avanzado en bloque se desparraman por las calles de la ciudad como hormigas que salen en acelerada procesión de su agujero brooklyneano para recolectar su pedacito de la Gran Manzana”;  o ñoñas: “Temblaba ligeramente, como el pecho de un gorrión en una mañana fría”. Nada grave, pero sí chirriante. Aspectos o detalles a mejorar para una siguiente ocasión.

Creo que el mayor mérito de estos relatos está en que Aliaga no hace trampas. Y es que simbolismo y realismo –ya lo he dicho- son dos etiquetas que algunos utilizan como coartada o comodín para colarnos una insulsa nadería o jugar a las adivinanzas o al escondite con el lector. Y eso Aliaga no lo hace. Tal vez él copie, pero es fiel al original, se atiene a las normas y no hace experimentos con gaseosa o se dedica al contrabando. Y aunque yo –chauvinista o paleto hispanohablante- prefiera un realismo cercano o de barrio Made in Spain él ha querido irse de viaje a Estados Unidos entiendo que como homenaje coherente y no por esnobismo. Y unas veces lo consigue y acierta de pleno, otras no tanto y alguna (pocas) falla, pero con esos aciertos –en un terreno resbaladizo y tan dado a la falsificación como éste- consigue que a partir de ahora además de Gonzalo Calcedo –aunque sin llegar a su altura- pueda citar a David Aliaga y su “Inercia gris” como referencia de un estilo.

David Aliaga. “Inercia gris”. 100 páginas. Editorial Base. Barcelona, 2013.

Carlos Castán. “La mala luz”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 4 de febrero de 2014

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De amor y odio

Una advertencia no es la mejor manera de empezar, lo sé; pero en este caso creo que es necesaria. En la contraportada de esta novela se la califica como “un vertiginoso thriller que se lee en absoluta tensión”; y eso no es cierto. Los lectores habituales de ese género se sentirán defraudados si hacen caso de esa etiqueta porque en “La mala luz” hay un asesinato, sí; y hay una investigación, sí; pero no es una novela típica de intriga o suspense. “La mala luz” es una novela intimista, lenta y tortuosa con muy poca acción en la que lo realmente valioso no está en el suceso, el nudo y su desenlace sino en la forma, la cuerda y su materia. Algo que se reconoce en el propio texto: “… como lector de novelas, ya lo sabes, he sido siempre más tirando a francés y melancólico… he preferido siempre el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas.”

Creo que para despertar el interés hubiera bastado con decir que “La mala luz” es la primera novela de Carlos Castán. Su primera novela larga después de su excelente nouvelle “Polvo en el neón” (Tropo, 2012). Al menos con eso a mí me basta. Y es que Castán está reconocido como uno de los mejores escritores de relatos y saber cómo un cuentista ha resuelto ese reto de pasar de un género a otro tiene un aliciente innegable. Y me parece que en esta ocasión a Castán le ha salido regular por –creo- un desequilibrio estructural. En la primera mitad se demora, recrea y explaya tanto que por comparación la segunda resulta escasa y precipitada. No quiero pensar en cansancio o en prisas, en obligaciones o fechas de entrega; pero es como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba yendo demasiado lento -y que de seguir a ese ritmo se hubiera ido a las quinientas páginas- y entonces se sale de la comarcal por la que lleva circulando toda la ruta y toma la autovía y en línea recta y sin desvíos ni rodeos llega al punto y final. No por ese brusco cambio de ritmo la novela pierde su coherencia interna –todas las piezas encajan perfectamente- pero sí que se descompensa. El novelista acelera el paso y se vuelve cuentista; lo que hasta entonces era perífrasis, circunloquio amplificado y minucioso se hace aséptico y directo; se vuelve una novela resuelta como un relato.

Y es posible que se trate apostar sobre seguro, de una inevitable e insalvable querencia de la que es difícil librarse o de que simplemente la de la novela larga no sea la distancia adecuada para la intensidad de Castán. Como una maratón para un corredor de cien metros Pero eso no quita para que no podamos disfrutar de su maravillosa –poética, metafórica y lacerante- prosa que –como una falsa novela de intriga- engancha desde la primera página: “la poderosa fascinación que siempre han ejercido sobre mí los principios, los cuadernos en blanco, las vueltas a empezar, cualquier situación que, de una manera u otra, pueda relacionarse en mi imaginación con naves ardiendo en remotas bahías o casas dejadas atrás sin previo aviso, como si nada, sin darle a la cerradura las vueltas de rigor, dejando sobre la mesa los platos sucios que se usaron en la cena de la noche anterior”.

Y es que por lo general a Castán se le odia o ama sin término medio. Nadie como él habla de la herida y su dolor. Pero en este caso uno se debate entre la fidelidad y cierto cansancio y la repulsa por alguna escena nauseabunda e inexplicable: cuando el hijo le cuenta a su madre una secuencia de sexo oral. Y es que yo empecé a admirarle desde sus cuentos porque nadie como él retrata la derrota, la desesperación, el desasosiego, la pérdida y la melancolía; el vértigo y la nada. Algo que vuelve a hacer en esta “mala luz”. Admiro de él la música triste, exacta, hiriente y dolorida de sus palabras; multitud de frases y párrafos que dejar subrayados en sus libros; pero también ahora esa prosa, bella y amarga, en el largo aliento de una novela se convierte en un lugar perfecto en el que pasar un corto espacio de tiempo pero no uno en el que quedarse a vivir permanentemente. Su tristeza perpetua e incurable funciona perfectamente en pequeñas dosis, pero cuando se hace perenne se vuelve tóxica, desesperante, monotemática.

La narrativa de Castán es como una hermosa mujer ante la que caeremos rendidos de inmediato. Será una amante maravillosa, pero si queremos mantener el equilibrio y la salud mental lo mejor es alejarse de ella porque es bella sí, pero depresiva; innegablemente seductora sí, pero destructiva; enferma irremediable con cierta delectación morbosa y tendencia al auto-sadomasoquismo.

Castán nos gusta tanto porque compartimos con él algunas cosas: los libros, las canciones y los objetos, su significado autobiográfico y su escenografía; las fotografías en blanco y negro: imágenes detenidas que nos hablan; el dolor de vivir y su horror vacui. Le admiraremos y al mismo tiempo tendremos la sensación de volver a un lugar ya visitado y conocido. Le admiraremos por ser “puro bucle de fiebre y obsesión” y al mismo tiempo tendremos la duda de si Castán no puede ser otra cosa, no sea capaz de otra cosa que de repetirse y de que “uno se harta siempre de las pesadillas de los demás”. Los que nunca lo hayan leído quedarán fascinados al leerlo por primera vez; los que ya lo conocemos quizás no podamos evitar cierta sensación de repetición y por eso será contradictorio porque volveremos a amarlo pero también a odiarlo por vez primera. Los adolescentes hipersensibles y con pulsiones suicidas le descubrirán como su profeta junto a Cioran; las adolescentes que sueñan con ser escritoras se enamorarán de él como de un poeta maldito, pero los que ya vamos para viejos hablaremos (no sin cierta y cochina envidia) de su complejo de Peter Pan. Los que admiramos sus relatos disfrutaremos con algunos capítulos de esta “mala luz”: cuentos superlativos incrustados en la novela: “(Hombre al agua)”, “(Un paseo)” y “(Procesión por dentro)”; de su regreso a París, de su recurrente pasión por la huida, su introspección, ese yo complejo y contradictorio y sus miles de palabras para hablarnos del (des)amor, “ese universo bellísimo y oscuro, desbordado de venenos y paseantes solitarios” que es el suyo; pero también los que lo admiramos porque lo hemos leído nos encontraremos con un escritor que siempre nos muestra el mismo personaje: alguien al que le gusta estar herido para tener algo de lo que hablar o escribir, un tipo permanentemente triste y derrotado, pesimista, cansado de todo y del que acabamos con pena hartándonos.
Los que busquen un thriller ya saben que lo encontrarán en parte. Los que busquen una novela convencional no esperen hallarla porque es muy probable que encuentren una primera mitad lenta que “tenga más de poesía que de eficacia” con un yo abusivo y desmesurado pero también la verdad magistralmente contada de cómo la muerte ajena puede hacernos contemplar nuestra propia vida en un desolador reflejo. Y una segunda parte que se resuelve precipitadamente, escueta en su desarrollo y explicación en comparación con la primera y con el personaje de una mujer y un amor melodramático y perverso y un final sobreactuado y odioso, pero también con lo metaliterario mezclado, unido indisolublemente con la vida; la devastadora frustración de perder la última oportunidad, un poema sobre la traición, el engaño y la desilusión. Los que admiramos a Castán encontraremos en esta novela todo lo que de él nos fascina y su manera de nombrarlo como nadie: “en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida”.

Carlos Castán. “La mala luz”. 227 páginas. Ediciones Destino. Barcelona, 2013.

Tito Montero. “Charlize Theron y las democracias ardientes”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 30 de enero de 2014

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Entre el aplauso y la repulsa

De Tito Montero leí su anterior (y primera) novela: “10 corsarios”. Un texto en el que demostraba su talento y descaro pero en el que también se pasaba de frenada (derrapando y perdiendo el control) en lo humorístico.

Ahora presenta “Charlize Theron y las democracias ardientes” un libro con diez relatos y me acerco a él con la curiosidad de comprobar si un año habrá sido tiempo suficiente para que haya aprendido a escribir con moderación y morderse la lengua.

Aunque lo primero es hablar del libro y su aspecto. Lo que salta a la vista antes de empezar a leer. Y en ese sentido “Charlize Theron…” es un libro fuera de lo corriente que se agradece entre tanta uniformidad. Primero el color (buena y hábil elección que lo hará resaltar sobre los demás en la mesa de novedades) y después que en su interior -acompañando a ocho de los diez relatos- nos encontraremos con las excelentes fotografías en blanco y negro de Marcos Vega y García de Marina. Un valor añadido a cada relato que lo interpreta y enriquece en una imagen hecha a medida y a página completa. Aunque creo que las fotografías de García de Marina hubieran ganado mucho si se hubieran puesto en color en lugar de blanco y negro. La foto del autor, en igual formato y en primera página (nota bibliográfica detrás) y la de los fotógrafos en el interior de las solapas y las ilustraciones de cubierta e interior de David Rionda son un insólito y excelente trabajo de maquetación editorial. (Lo siento pero yo soy de los raros que se fijan en esas cosas). Pero además de todo eso Tito Montero nos ofrece dos contenidos extra que hacen de este libro algo todavía más original y que definitivamente consiguen que se salga de lo común. En “Charlize Theron y las democracias ardientes” hay dos relatos: “El elegido” y “Fracciones y proporcionalidad” en los que se ha inspirado Montero para escribir el guión y realizar dos cortometrajes de igual título que pueden verse en la web www.ardemocracia.com, con lo que el libro en su conjunto se convierte en un auténtico proyecto cultural que reúne literatura, fotografía y cine. En estos tiempos de pusilánimes, plañideras, homogeneidad y mercaderes del arte encontrarse a un bendito loco como Montero (no seré ten cursi de calificarlo como renacentista) y a una editorial valiente como Bestia Audax es algo tan alucinante y de agradecer que sólo por eso merece la pena aplaudir hasta romperse las manos.

Pero el objeto artístico tiene una parte de literatura que consiste en diez relatos y que comienza con “Siete paradas para Aluche” un cuento en el que Montero nos habla de ese escenario al alcance de la mano que es el metro de una gran ciudad y en el que a poco que prestemos atención podremos contemplar y adivinar los cortometrajes de cine mudo de sus protagonistas y figurantes efímeros. Montero nos habla de la emigración y sus peones, de la humana igualdad en sus diferentes razas, de mochilas y paranoias; pero de nuevo cae (o resbala) en esa conocida tendencia suya a la hipérbole al decir que “En este lugar es posible vivir sin llegar a ver nunca el azul del cielo. Me da pena”. Tendencia a lo histriónico o al chiste que repite en “Petromilonga”, que como idea ingeniosa puede quedar bien un sábado por la noche apurando la tercera copa, pero que convertida en relato no pasa de un guión para el club de la comedia. En el siguiente: “Szeretlek!” renuncia por fin a la hipérbole y la comedia para hablar en serio de la emigración y la prostitución, de los sueños robados o rotos y la fuerza evocadora de un olor. Reconciliación que se derrumba ante “Ardemocracia”, tanto, que en ese momento hubiera podido –sin remordimiento alguno- abandonar el libro. Y es que en ese relato Montero cruza una línea roja al quemar –en dos ocasiones- el Parlamento con todos sus diputados dentro, y sinceramente, ni como metáfora me parece justificable por muy asqueado, harto o cabreado que se esté. No seré yo el que defienda a los políticos corruptos, pero hacer del asesinato en masa –aunque sea mera ficción literaria o montaje en 3D- un acto de justicia quirúrgica, regeneracionista, ejemplarizante o utilitaria me parece un juego inadmisible. Algo que dice muy poco (o habla muy claro) del carácter democrático del que lo hace. Porque ¿qué diferencia hay entre un golpe de estado militar y un incendio revolucionario teñido en rojo y/o negro? Hay ciertas cosas que ni como broma ni performance por escrito son aceptables. La provocación –ese manido epatar al burgués- no puede ser la carcajada de un pirómano inquisidor.

Y dije que entendería que cualquiera – a no ser que se sea de los que les gusta concentrarse por la noche en la calle con un pasamontañas y un cóctel molotov en la mano para demostrar su opinión- llegado a ese relato lo hubiera dejado, pero yo no lo hice. No por estar de acuerdo (creo que ya ha quedado clara mi repulsa) sino por la curiosidad de saber qué había en los siguientes relatos. Si “Ardemocracia” era un calentón (no quiero calificarlo de anécdota gamberra) del que Montero podría arrepentirse simplemente no volviéndolo a repetir o que lo que quedaba era una continuación que definitivamente me hiciera donar su libro al parque de bomberos. Y en los siguientes seis relatos me encontré con dos excelentes: “Charlize Theron” y “Estratosfera”, en los que demuestra su innegable talento literario y una acertada crítica social. En el primero trata de la dictadura de la belleza física que atormenta y humilla a las mujeres que no la tienen y en el segundo nos habla de los nuevos héroes –aventureros que hacen saltos estratosféricos- en comparación con los hombres corrientes que toman conciencia de su insignificancia desde el vértigo de su derrota. “El elegido” es un muy buen relato que nos habla de un reality show de la televisión, una crítica ácida, realista y –esta vez sí- humorística sin excesos de velocidad. En “Estrés de captura” y “Pechos filosóficos para hombres que dominan el mundo” comparto en parte su crítica, pero me parece que recurre a algunos lugares comunes –estereotipos y caricaturas- y cae de nuevo en la hipérbole. A Montero lo prefiero cuando se hace más sutil y por lo tanto más inteligente. Y lo mismo le sucede  en el último: “Fracciones y proporcionalidad” que acierta en reflejar el punto de vista –sin inquietudes sociales- de un adolescente y en lo contradictorios –entre sus palabras y sus decisiones- que pueden ser los adultos que sí las tienen y lo ridículos que resultan cuando las expresan cayendo en un patético maniqueísmo.

No veo mal que un escritor decida ser combativo, hacer crítica social con la literatura siempre y cuando no caiga en el mitin y, sobre todo, no se convierta en un fanático que sueña con una botella de queroseno.

Tito Montero. “Charlize Theron y las democracias ardientes”. 79 páginas. Bestia Audax. Asturias, 2013. Fotografías de Marcos Vega y García de Marina. 

Sergi Bellver. “Agua dura”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 18 de enero de 2014

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Superando la prueba

Hay libros que despiertan cierto morbo. Para qué negarlo. Cuando el autor es alguien conocido que presenta su primer libro hay muchos que se asoman a sus páginas por curiosidad y otros que lo hacen con el deseo de verle tropezar. Y caer. Y luego hacer una buena hoguera con esa leña. Y a veces creo que tienen razón y otras no. Y creo que esta vez va a ser una de esas en las que se van a quedar con las ganas.

Sergi Bellver es alguien conocido sí, pero en su caso estoy hablando de otro tipo de fama. Él no es uno de esos “famosos que salen en la tele” y que una tarde nos lo presentan como “un inquieto artista polifacético”: actor, cantante, presentador, pintor abstracto y colorista, originalísimo diseñador de moda, creador de una colonia con su nombre o lo que es peor: escritor por publicar un libro (novela u otra cosa) que podemos meter en el carrito de la compra junto a las verduras, la fruta de temporada, la carne picada, un aspirador y un pack de calcetines. No, Bellver no es una cara conocida que sirva como reclamo para vender algo o con la que una “gran editorial” pueda hacer caja. Bellver es un nombre muy conocido (y un currante) en este parque temático de la literatura: guionista, editor, librero, periodista cultural y lo que más importa en este caso: profesor de narrativa y crítico literario. Por eso hablo de morbo. Porque una cosa es opinar de lo que escriben los demás y otra escribir y además atreverse a publicar; salir a la plaza del pueblo y exponerse a las bofetadas o a los aplausos. Para que un crítico se decida a dar ese paso hay –creo- tres opciones: Una.- Porque tiene las mejillas de kevlar y unos buenos padrinos y amigos que le cubrirán las espaldas si hace falta. Dos.- Porque está loco o es un insensato o un inocente o un mindundi. (Es decir no eres nadie y por lo tanto no te harán ni caso. Poco importa lo que escribas). Y tres.- Porque se está muy seguro de que lo que se publica es bueno y merece la pena arriesgarse.

Y creo que este último caso es el de Bellver, porque “Agua dura” además de ser su primer libro es una excelente colección de relatos. Y esa suma no es un resultado habitual. Bellver ha conseguido desactivar el morbo -lógico en un caso especial como el suyo- con doce relatos en los que no hay ninguno que enviaría a una misión a Plutón sin retorno o que lanzaría a esa piscina vacía que no tengo. Bellver no va a necesitar recurrir a padrinos o amigos que le defiendan. Yo, que soy un loco inocente, le diría que salga a la plaza solo a recoger los aplausos, aunque tampoco espere que todos lo vean guapo y polifacético.

Que Bellver haya sido capaz de escribir un libro así no me ha sorprendido. Ya había tenido oportunidad de leer dos extraordinarios cuentos suyos incluidos en dos libros colectivos: “El nudo de Koen”, incluido en “Doppelgänger”, publicado por Jekyll&Jill en 2011, y “La manada”, incluido en “Desahuciados. Crónicas de la crisis”, publicado por “Vagamundos. Libros ilustrados” en 2013. Habiendo leído esos dos relatos lo que de verdad me hubiera sorprendido ahora es encontrarme con un libro regular o malo.

Si es por cuestión de gustos hay dos que –para mí- destacan sobre los demás: “Pájaros que llegan a Moscú” e “Islandia”. Dos relatos que siguiendo mi criterio particular los incluyo en esa selección de cuentos que “salvaría de un incendio”, dos opciones para emborracharse con lo superlativo y sus sinónimos. Y si tuviera que citar los que menos me han gustado diría que “La muerte de Edmun Blackadder” y “Deseo de ser Dimitri” porque me parecen opinión o reportaje periodístico disfrazados de literatura. Tampoco termino de ver esa pretendida unidad –o como dice Bellver en su “Carta de agradecimiento”: “espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura”– en todos los relatos. Yo la veo en algunos –sobre todo en “Islandia”-, pero en otros no la encuentro por ningún lado. Aunque no creo que lo necesite, utilizar la ausencia de ese pretendido elemento en común para descalificar el conjunto sería recurrir a un argumento débil o ridículo. Lo que se muestra, oculta o insinúa en todos (ese mensaje latente o argumento subyacente a la acción principal, el “saber mirar más allá del lienzo de las cosas”) es mucho mejor que ponerse a buscar las conexiones entre agua dulce, salada, con gas, helada o con cal cuando de lo que se trata es de si es potable o no.

Precisamente si por algo creo que destacan los relatos de Bellver es por su variedad dentro de dos argumentos que se repiten: las relaciones familiares (especialmente la de los padres y hermanos) y la muerte con sus secuelas o efectos secundarios en el mundo de los vivos: “Propiedad privada”, “El nudo de Koen”, “Los ojos de Sarah”, “En la boca de otro” e “Islandia”. Y otros efectos y situaciones en la “complejidad” de las relaciones personales, humanas: “La manada”; sentimentales: “Pájaros que llegan de Moscú”  o de amistad-rivalidad: “Mala hierba”. Con sitio para la imaginación y la sorpresa: “Banana Dream” y el original planteamiento: “Señales de vida”.

Hubiera preferido no tener que recurrir al tópico y no hablar de la versatilidad; pero es sabido que esa es una condición que se les pide a los escritores de relatos, y Bellver la cumple. Y esa capacidad no quiere decir que el escritor tenga que ser un atleta de heptatlón sino que sea capaz de narrar con diferentes estilos o tonos. Creo que esa es la mejor virtud de sus cuentos porque si quieres terror irracional e imágenes impactantes tienes “Propiedad privada”; si quieres una historia de fantasmas de serie A y un singular caligrama tienes “El nudo de Koen”; si quieres escenografía y ambientación asfixiante tienes el primero y si la quieres húmeda, pegajosa, terrible y con cicatriz imposible de cerrar tienes “Los ojos de Sarah”; si quieres un tono canalla, directo, sincero, macarra, violento y romántico sin almíbar tienes “Pájaros que llegan de Moscú”; si quieres algo salvaje, brutal, violento, metafórico e irónico tienes “En la boca de otro”; si quieres situaciones absurdamente posibles y personajes excéntricos y reales, antagónicos y complementarios tienes “Mala hierba”;  y si quieres lirismo y un relato conmovedor, profundo y absolutamente redondo tienes “Islandia”.

Sergi Bellver. “Agua dura”. 121 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2013.

Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 14 de diciembre de 2013.

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Platos de cuchara, bocadillos y mítines.

Este es un libro que es complemento, prolongación o añadido de otro. Como se dice en la contraportada “En un juego literario nunca visto, éstos también son los cuentos que el protagonista de la última novela de Benjamín Prado, Ajuste de cuentas, trata de escribir y no puede: una buena idea siempre merece una segunda oportunidad”. Así que tal vez éste libro habría que leerlo después de haber leído la novela; pero aunque tengan esa relación los dos se venden por separado -no forman un pack indivisible- así que por lo tanto puede leerse uno y no otro. Y si tengo que elegir elijo el de relatos que es lo que a mi me interesa.

“Qué escondes en la mano” tiene siete cuentos. Y de esos siete dos me parecen muy buenos, uno excelente, dos regulares y dos narraciones políticas.

Los dos primeros: “El traje blanco” y “El viaje”, han conseguido hacerme cambiar de opinión respecto a esos cuentos en los que se establece un diálogo o interrelación entre el escritor y el lector. Y es que a mí nunca me han gustado esos relatos en los que el escritor -o narrador que cuenta la historia- se dirige al que la lee haciéndole preguntas o estableciendo con él una comunicación, haciéndole partícipe de la acción. Sé que hay lectores a los que eso les gusta, les encanta que se les tenga en cuenta, sentirse co-protagonistas, pinches o ayudantes; pero a mí la escritura y la lectura siempre me han parecido un acto solitario y eso otro truco, happening o exhibicionismo.

Pero lo que en otros –como en algún relato de Julia Otxoa- me ha parecido el recurso de un profesor que le pone deberes a sus alumnos de taller de escritura a distancia en Prado se convierte en una invitación al debate al bajar el telón y no un búscate la vida y escribe tú el final que yo me voy a casa a dormir. Es verdad que Prado establece un triángulo narrador-personaje-lector, sí; pero no tira la piedra y esconde la mano; él lleva la historia hasta el final y en esos dos relatos nos deja que seamos nosotros los que demos una solución –como dos caminos entre los que elegir- a las opciones que se le plantean al personaje. Puede que yo no sea el alumno más listo de la clase, pero puede también que el error esté no en la intención sino en la forma. La misma lección explicada por dos profesores, dos estilos distintos. Mismo ejercicio distinta solución. Pero en esos dos relatos hay más que ese recurso-sorpresa; en uno a través de la imagen de un traje blanco refleja el egoísmo de un hombre al que la casualidad le obligará a elegir entre la redención o la condena; y en el otro con la lectura de un currículum se le da todo el sentido a la otra parte que lo compone: vitae. En una hoja cabe toda nuestra biografía personal y profesional, y esa lectura nos puede llevar a descubrir algo desolador de nuestro pasado y presente. En “El traje blanco” está el complemento de una historia paralela, un engaño y sus fórmulas de cortesía y ocultamiento; está el lirismo del Prado poeta y las metáforas que dejar subrayadas. En “El viaje” están el peligro de los espejos y el daño del tiempo detenido que permite visualizar su reflejo, el peligro de hacer inventario y balance de nuestras vidas, someternos a juicio, a examen y suspender; la trastienda del triunfo y su apariencia; la precisión y el valor del lenguaje y las palabras.

El tercero: “Siga a ese coche”, es un excelente cuento que empieza hablando de un juego de seducción imprevisto en la barra de un bar y que su única regla consiste en la mentira que oculta la soledad. En un momento dado el relato da un giro inesperado. Lo que era una línea recta para culminar la satisfacción de un simple deseo sexual termina bruscamente en un lugar sin salida que se convierte en el refugio en el que se esconde un hombre que huye. Pero en otro nuevo giro en la última página el motivo se materializa y la huida se hace necesaria otra vez. Para mi este relato es excelente no sólo por esos dos giros inesperados sino por el acierto de insinuar sin llegar a mostrar del todo. No tenemos una respuesta clara, pero lo que sabemos es suficiente para sentir desasosiego, hacernos llegar su mensaje. Y además está de nuevo ese valor del lenguaje y las palabras, esa manera de expresar la mentira y ocultar la verdad.

Lo que viene después de esos dos muy buenos y un excelente cuento es, por comparación, una bajada de tensión. Es como alimentarnos con un bocadillo después de tres días comiendo de cuchara. “Qué escondes en la mano” es una historia contada con gracia y oficio, con un realismo jocoso pero forzado y un doble sentido evidente, subliminal y descarado: la mano izquierda es liberadora la derecha represora. Y “La sangre nunca dice la verdad” comienza bien, pero en un punto y a parte se convierte en una colección de clichés, una versión moderna y políticamente correcta de “El príncipe y el mendigo” de Twain.

Y de ideología y política están cargados los dos últimos: “El lobo” y “Podéis soñar pero no podréis dormir”. En “El lobo” lo que parecía una fábula se convierte en un reportaje que nos presenta a un asesino y torturador de la dictadura argentina que se esconde en España. No seré yo el que me convierta en defensor de esos criminales y no desee que sean perseguidos, detenidos, juzgados y encarcelados por sus delitos inhumanos. Lo que pasa es que estoy cansado y aburrido de que siempre se repita el mismo argumento, que para unos haya insistencia y para otros silencio. Uno se estremece al saber lo que allí –Argentina y Chile- sucedió, y de igual manera se estremece al pensar que lo mismo pasó y está pasando en la dictadura de Cuba. ¿Por qué unos sí y otros no?  Y en “Podéis soñar pero no podréis dormir” lo que parecía la crónica romántica y desesperada de una profesión sentenciada a muerte por los tiempos modernos resulta ser una estratagema, un argumento ad hoc para la demagogia y convertir la narración en un mitin, la literatura hecha propaganda.

Benjamín Prado. “Qué escondes en la mano”. 104 páginas. Alfaguara. Madrid, 2013.

VV. AA. “Bajo treinta”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el viernes 22 de noviembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/11/22/eureka/

¡Eureka!

Para mi la literatura no tiene nada que ver con la edad. Es decir, se puede escribir bien –lo que para mí es escribir bien- con independencia de la edad que se tenga. La juventud no es para mí ningún merito en sí ni un motivo para desconfiar o sospechar. Se puede ser un genio o un mediocre con veinte años. Y con treinta. Y con cuarenta. Y con cincuenta.

Con esto no quiero decir que crea que ésta antología sea innecesaria. Ninguna lo es. Me hubiera parecido igual de bien una de escritores manchegos o de coleccionistas de sellos. Lo que me importa es el resultado no el motivo que los reúne. Me parece muy bien que Juan Gómez Bárcena haya seleccionado y nos presente a un grupo de escritores que como él han nacido en la década de los ochenta y que por edad representan a “la nueva narrativa española” y que gracias a este libro podamos conocer una parte de “su más joven presente”.  Lo que realmente me sorprende es que haya hoy en día alguien con menos de treinta años interesado en la literatura. Sólo por eso ésta antología es una muy buena noticia. Y un alivio. Hay alguien ahí.

Estoy de acuerdo con Juan en la conveniencia de una antología como ésta para dar a conocer, hacer visibles, darles publicidad y difusión a unos autores a los que –por su juventud- los “grandes sellos” editoriales ignoran. En reconocer el valor de nuevas editoriales independientes que están dispuestas a publicarles y darles una oportunidad. Y también –aunque eso Juan no lo dice- que en cuanto puedan –tal vez antes de cumplir los cuarenta- alguno de esos autores firmarán un contrato con una editorial “grande” y brindarán con cava por subir a primera división. Pero eso forma parte del juego y no quita para reivindicar “el trabajo” de las editoriales “Indie” y su necesaria existencia: los que hoy tienen menos de veinte pasado mañana tendrán menos de treinta y necesitarán a alguien que les publique si es que queda alguno que crea que la literatura sirve para algo.

Pero a lo que iba. Para mí esta antología tiene el mismo valor y fin que cualquier otra: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor que no conocía. Un nuevo nombre que apuntar en mi libreta de libros pendientes. Y de los catorce autores seleccionados hay dos que ya conocía: Matías Candeira y Juan Soto Ivars. De Matías ya hablé en su momento, siendo “En la antesala” –el cuento que se incluye en este libro- uno de los buenos relatos que tiene su irregular libro “Todo irá bien. Y de Juan se incluye un texto inédito: “La última obra de arte” -que es el prólogo a su novela “El futuro no os recordará”, que escribe desde 2008- y que me confirma lo que ya sabía: su enorme talento y estilo personal que espero no abandone por conseguir que le lean amas de casa o funcionarios en el metro.

De los doce restantes he apuntado con asombro y sincera alegría de ¡Eureka! los de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. De ellos -tras esta brillante presentación- espero poder leer los libros de relatos y novelas que han publicado y espero también no perderme lo que hagan después. Y me han parecido excelentes por uno: no hacer de la literatura algo abstruso, o dos: no convertir a la narración en la simple trascripción de un vídeo doméstico.

Y es que en general parece que entre los escritores jóvenes hay dos tendencias o estilos mayoritarios. Por un lado el gusto por la narración abstracta, simbolista, subterránea o incluso psicodélica; premeditadamente enrevesada con tal de no hacerla caer en lo sencillo o evidente. No reniego de que en los relatos pueda haber un cierto –e incluso saludable- componente metafórico, pero no me gustan los cuentos que, abusando de la extrañeza, acaban no siendo otra cosa que un arcano inextricable.

La otra tendencia que parece también repetirse es la de pretender hacer de los cuentos la reproducción narrada y fidedigna de un cortometraje en el que no pasa nada. Un realismo de lo cotidiano que curiosamente es todo lo contrario a ese enrevesamiento cubista y excéntrico. Pero pasar a ese extremo creo que tampoco es la solución porque la literatura; escribir no es hacer una copia de Dogma 95. Convertirla en eso es desvestirla, desnaturalizarla, hacerla inocua, anodina, inane. La literatura no es simplemente la narración fría, plana y deshidratada de unos hechos.

Ya sé que la literatura es un recipiente maleable en el que cabe todo; que cada estilo puede tener sus seguidores; pero me resisto a que a cualquiera de esas dos tendencias se les otorgue otra cosa que no sea el visado de turista. Para mí lo peor que puede pasarle a la literatura es uno: que se convierta en un lugar con acceso restringido, un lenguaje extraño que lleve a la frustración; o dos: que no sea otra cosa más que una pálida naturaleza muerta que no conmueva, no provoque ninguna emoción, ninguna reacción en nuestro sistema nervioso.

Por eso me quedo con los textos de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. Por su sensibilidad, riqueza y profundidad; por su lenguaje salvaje, impactante, vertiginoso e hiriente, por reformar el costumbrismo y en un nuevo territorio hacer neo-realismo agridulce, por su desbordante imaginación, humor desbocado e indiscutible talento; por su ironía metaliteraria y su personalidad.

No nos basta con una píldora que tenga proteínas y aminoácidos líricos. No somos astronautas más allá de Orión. Necesitamos comida de verdad y no un chicle de nicotina.

VV. AA. “Bajo treinta”. Antología de nueva narrativa española. Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena. 155 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Víctor Balcells: http://huesosdesepia.blogspot.com.es/

Aixa de la Cruz: http://estabanlocos.tumblr.com/post/27504405712/aixa-de-la-cruz

Jenn Díaz: http://fragmentodeinterior.blogspot.com.es/

Julio Fuertes Tarín: http://estabanlocos.tumblr.com/post/3151203645/julio-fuertes-tarin

Cristina Morales: http://www.microrevista.com/entrevista-a-cristina-morales/

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 29 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/29/sombras-chinescas/

Sombras chinescas

No me gustan nada los facsímiles. Esas reproducciones modernas de libros antiguos como fotocopias en color. No le veo el sentido. Me parecen una falsedad de nuevo rico hortera aficionado a las antigüedades. No me gustan tampoco los libros en pergamino escritos en latín ni los de imprenta escritos en castellano antiguo. No siento ninguna excitación al verlos ni frustración por no tenerlos. Mi afición por los libros de viejo no llega más allá del siglo XX (como mucho la segunda mitad del XIX), pero tampoco tengo dinero para convertirme en un bibliófilo.

Y ese es un punto de partida complicado para sentir interés por un libro como este. Sin embargo hay varios factores que hacen que merezca la pena. El primero es el autor: Ángel Olgoso. Y eso, para los habituales lectores de relatos, es más que suficiente. Es decir, que no vamos a leer la fiel reproducción del “Códigum rarum” escrito por un tal Cayo Mínimus o un libro de caballería escrito por el primo segundo de Tirant lo Blanc sino una colección de relatos escrita por uno de los mejores cuentistas españoles contemporáneos. Y sí, es verdad que ese prestigio es la razón por la que un editor se decide a publicar un libro así: un divertimiento, una excentricidad, algo que sólo está al alcance de un autor reconocido y que sería imposible para Juan Nadie. Pero para los fans de Olgoso (y somos muchos) un nuevo libro suyo es siempre una celebración. Y no, no es su mejor libro de relatos, pero curiosamente en su rareza está su valor. En su singularidad y en su edición, en su cualidad de libro objeto y como antiguo. No, no me estoy ahora cambiando de chaqueta, he dicho como antiguo, y esa manera es coherente y lógica porque este “Almanaque de asombros” es la reproducción de un libro del siglo XVI y como tal no podía editarse de otra manera. El mérito está en seguir el juego, en la pantomima hecha con buen gusto y sin pretender engañar a nadie; porque este libro no es un facsímil sino una reproducción singular de múltiple valor. Uno ya lo he dicho: su autor; dos el ser un libro ilustrado en tiempos de archivos de Word en cuerpos anoréxicos, electrónicos y sin alma (ese nadar contracorriente de Vagamundos que aplaudimos por hacer del libro en papel algo artístico); y tres las maravillosas ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.

Y por lo que respecta a su contenido literario y según nos dice Olgoso en su “Prólogo” e “Introito” estos cuentos son “un puñado de frágiles hojas volanderas” que encontró en el fondo de un viejo arcón de la buhardilla de una casa de su familia y que habían sido manuscritas en el siglo XVI por un antepasado suyo: Bautista Fulgoso. Y aunque la historia de su origen es bonita y novelesca yo creo que es una invención de Olgoso. Y tal vez me esté pasando de listo, pero es que creo que precisamente el que esa historia sea una impostura le da más valor al libro. Eso no significa que estos cuentos sean una falsificación para camelar erotómanos que padecen bibliofilia sino que todo forma parte del juego de ficción y realidad, de la sombra chinesca de la literatura. Que su valor reside en la capacidad de Olgoso para imitar ese lenguaje arcaico y deleitarnos con los prodigios por él inventados siguiendo la huella de aquellos viejos libros en los que “se compilaron casos peregrinos o notables, noticias acerca de animales fabulosos, de las propiedades ocultas de las plantas, de particulares erudiciones, inventarios de rarezas, gabinetes de maravillas”; “Libros rebosantes de eruditas extravagancias e imaginativas patrañas”. A un autor de literatura fantástica como Olgoso le fascina todo ese mundo, y así nos ofrece en este “Almanaque de asombros” su propio y breve catálogo de criaturas fabulosas e historias sorprendentes salidas de su imaginación, “fugaces vistas de esta isla de Jauja, de este Pays de Cocagne aventador de fantásticas curiosidades y misterios insolubles”. En este papel manchado de falso óxido con títulos de letra gótica hay un “pez mujer”, sirena invertida con la mitad inferior del tronco y sus extremidades humanas y el resto de “carpa bien alimentada”, con lo que lo realmente perturbador y lujurioso es hacer posible ese sueño –que con una sirena convencional (supongo) no sería posible- de la cópula (zoofílica al cincuenta por ciento) bajo el mar. Hay un poseído, un hombre gestante de la semilla del diablo al que se le practica una cesárea en canal como exorcismo. Un médico –mi cuento favorito- que sana heridos curando y cosiendo sus sombras. Montañeses que, de no estar emplomados, volarían como globos rellenos de helio con forma humana. El testimonio fehaciente de quien dice saber dónde se halla la cueva que es la entrada al infierno y  a la que acuden los muertos en procesión. La ironía jocosa en la leyenda de un (hermoso, perfecto y bien dotado) ángel con sexo que sedujo a una mujer en la tierra y engendró un linaje (descendientes a su imagen y semejanza) con su mismo nombre propio. Un buhonero nigromante, sanador ambulante que recorre los caminos con su carromato y que enseña que la verdadera riqueza no está en el dinero. Hay “calaveras airadas” que nos advierten que dejemos en paz a los muertos. El secreto de una mixtura verdadera: “comer doce lombrices de tierra recién cogidas a la sazón” que da vigor sexual “para repetir sin mengua dos docenas de fornicios hasta el alba” y fue precedente del ginseng rojo coreano y la viagra. Y hay un –me temo- simple y poco original afán provocador y espantador de meapilas en contarnos de quien son los huesos que están en el sepulcro de un santo.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”. 62 páginas. Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros. Ediciones Traspiés. Vagamundos Libros ilustrados. Granada, 2013.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el lunes 21 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/21/mentira-verdad-y-viceversa/

Mentira, verdad y viceversa.

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Según vamos leyendo las vamos adquiriendo, completando como una interminable colección por fascículos. Uno se va haciendo viejo con la compañía de sus predilecciones y sin embargo –igual que para curar el nacionalismo paleto se aconseja viajar- recomiendo leer de todo; no cerrar ninguna puerta; no acomodarse para evitar convertirse en un lector monotemático que escucha siempre el mismo disco. Por poner un ejemplo machista –lo siento pero Benny Hill es el responsable de mi educación sentimental- el que uno sienta debilidad por las rubias no debe impedirle reconocer la belleza de una morena.

Todo este rollo viene a cuento de que Ignacio Ferrando tiene un estilo que no es mi preferido. Me da la sensación de que a él le va la música clásica y lo mío es el pop. Pero como no me gusta lo categórico ni los impermeables trataré de explicarme mejor. Ferrando no es un escritor fácil o de simple entretenimiento. No es de esos escritores para leer en el metro o en una bulliciosa cafetería mientras esperamos a la novia que siempre llega tarde. Ferrando requiere concentración, soledad y silencio pero eso no significa que sea aburrido o enrevesado. Ferrando es un escritor culto, pero no debemos asustarnos, lo suyo no es pedantería sino naturalidad sin avasallar. Es de ese tipo de cuentista ilustrado al estilo de Francisco López Serrano que tanto nos gustó en “Los hábitos del azar”. Ferrando no es escritor de arrebatos líricos, de frases que desgarran como dientes, él es un escritor matemático, exacto y perfecto como una máquina de coser alemana. Un forense suizo en una caseta de la feria de abril. Ferrando –y así lo imagino- es de un carácter opuesto al mío, y eso no me ha impedido disfrutar –y mucho- con sus relatos. El carácter que se refleja en su forma de escribir lo veo más propio de un habitante de un país del norte, de esos en los que el largo y frío invierno obliga a refugiarse en casa por las tardes, y el mío por el contrario es de los que se deprime cuando se nubla y la temperatura baja de los quince grados. Pero es curioso porque mi fascinación por Ferrando proviene precisamente de esos dos caracteres opuestos, de que él es capaz de escribir de una forma de la que yo me considero incapaz. En que él es mucho mejor que yo. En admirar esa forma suya de contar: calmada, reflexiva, lenta y precisa. Alguien con la sangre fría necesaria para planificar y cometer sin un error el crimen –y estoy hablando metafóricamente- perfecto. Todo lo contrario a mí, aficionado al melodrama y que me dejaría llevar por el furor típico del crimen pasional. Por decirlo de otra manera Ferrando es de los que beben despacio, saboreando, descubriendo los matices, y lo mío es una tendencia a la disipación o una inevitable predisposición a buscar en el alcohol la euforia y la analgesia. Ferrando es un bebedor elegante y yo un borracho. Ferrando es la cirugía y yo soy un sacamuelas; lo suyo es la cámara lenta y lo mío la puñalada trapera. Ese contrapunto lo convierte en inalcanzable y en esa lejanía encuentro mi admiración.

Y tal vez esa forma suya de narrar esté en su carácter, pero también –creo- en su formación y profesión de ingeniero. Ferrando, es capaz -en una fusión inaudita para los que somos de la generación de BUP- de romper estereotipos uniendo ciencias y letras cuando lo normal es que los que estudiaban física y matemáticas no tuvieran ningún interés por la literatura. Pero además creo –y lo veo como un mérito y no como deformación profesional- que aplica a la narrativa la metodología típica de su titulación: edifica sus relatos como una construcción basada en el rigor, el equilibrio, el orden y la precisión; y a eso le suma la imaginación. Un método o estilo que, al contrario de lo que pueda parecer lo más lógico, no resulta gélido o maquinal sino exacto y minucioso, un lenguaje preciosista sin afectación y con su dosis justa de lirismo.

Tal vez por ese orden meticuloso al narrar me sorprenden esos finales confusos de dos relatos: “Pelícanos” y “Las profundidades”. Tal vez Ferrando como rebelión, como una forma de negarse a si mismo, para desfigurar esa imagen de chico aplicado y minucioso que nos transmite ha querido dejarse arrastrar por el caos. Finales enmarañados que –para mí- estropean esos dos relatos y producen cierta frustración al hacer desembocar en ese desconcierto un camino que hasta entonces había resultado deslumbrante en su originalidad, planteamiento y desarrollo. Dos trajes de alta costura rematados por un sastre delirante.

De los nueve relatos restantes hay siete excelentes cuentos. Y alguno de esos siete –como “Mathilde y el hombre del tiempo”– que incluyo en mi antología personal y en marcha de los mejores relatos que he leído.

Todos –sin excepción- transcurren cada vez en una época y un escenario diferente: el valor de la literatura como viaje, el cambio de decorados y atmósferas opresivas y fatalistas, capítulos minúsculos de la larga Historia. En todos está ese lenguaje exacto, preciso, matemático y de pasión con hielo picado. Pero esos siete son excelentes porque partiendo de un lugar ficticio lo convierte en real para desde allí transformarlo en pesadilla; el amor que acaba convertido en trampa; el deseo de ser reconocido y su frustración en el peligro de convertirse en delación; la consecución de un objetivo que deviene en inutilidad sin salvación; la idea insólita para salvar a un matrimonio de su tedio que acaba por convertirlos en extraños; el verdadero Philip Marlowe y el tramposo y débil Raymond Chandler. La mentira convertida en verdad y viceversa.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”. 235 páginas. Menoscuarto. Palencia 2012. 

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 5 de octubre de 2013.

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Inesperado

Cuando somos seguidores de un grupo o músico y nos enteramos de que ha sacado un nuevo cd acudimos de inmediato a la tienda a comprarlo. Expectantes deseamos que repita el éxito del anterior. Es decir –y es un ejemplo, no una analogía- que si su estilo es funk o discotequero esperamos que sigua en esa línea y no se haya pasado al country o al heavy-metal. Pues con algunos escritores nos sucede algo similar. Esperamos que repitan el estilo que nos gustó tanto y que hizo que nos convirtiéramos en fan suyos sin histeria ni póster en la pared.

Juan Carlos Márquez es uno de mis favoritos, y esperaba que estos relatos de “Llenad la Tierra” fueran lo mismo de “Tangram” (que cronológicamente es posterior, de 2011) y “Norteamérica profunda” (que es anterior, de 2008, pero yo conozco en edición de 2012) dos de esos libros totalmente recomendables y que salvaría de un incendio.

Esperaba que fueran más de lo mismo y resulta que no, que poco o casi nada tienen que ver. Entiendo que un “artista” tiene derecho a cambiar, a no ir vestido siempre igual, a variar de estilo, a teñirse de rubio platino el bigote si le da la gana. Entiendo que quiera probar nuevas fórmulas narrativas y que incluso algunos digan que ese cambio es obligación de todo escritor que quiera “crecer”. Puede que tengan razón pero no quiero ponerme en plan estupendo con eso de la necesidad de asumir otro retos y no repetirse y bla, bla, bla. Me imagino que a Márquez (y haría bien) le importa un carajo todo eso. Él ha escrito los relatos que le ha apetecido y punto.

Y no, no es que el resultado sea del todo malo, un completo fracaso; pero sí –al menos para mí- irregular. Algo que no esperaba. Quizás sea que esas otras veces nos lo puso demasiado fácil, quizás sea porque sabe que somos vagos y acomodaticios y esta vez ha querido ponérnoslo difícil, no darnos todo hecho, que nos esforcemos un poco, mostrarnos las mil y una formas del cuento; pero por más que lo hago (lo de esforzarme) hay ocasiones en las que  no encuentro otra cosa que un chistoso juego de palabras; un diálogo con un final absurdo; un filósofo pedante en la cola de un supermercado o los ejercicios de escuela de un profesor con mucha habilidad y talento y poco tiempo.

Ese Márquez que ya conocía y esperaba (re)encontrar, ese escritor superlativo del que soy fan me lo he encontrado en los cuentos “El corazón de mi padre”, “Restos”, “Belgrado 1976”, “Llegado el momento” “La vida discontinua”, “Subterfugios”, “Papá, mírame” y “Hacer lo necesario”. Relatos en los que está el surrealismo sentimental como método lógico y útil; la ecuación –que sólo él hace posible- entre carcajada y pena, asco y piedad; el realismo sucio, escenario cinematográfico y sin estridencias; la provocación hipnótica; la trastienda oculta de lo cotidiano; la angustia y el tacto viscoso de las pesadillas. En esos me encuentro con un escritor personal, pleno y absoluto que en los demás unas veces ha preferido jugar con el claroscuro, el mensaje entre líneas o la mirada oblicua, proponer un punto de vista diferente, hacer probaturas o ejercicios que lo alejan de su estilo más característico y reconocible y en otras aparece fragmentado, incompleto y parcial en las que ofrece imágenes brillantes y destellos de originalidad pero que no terminan de cuajar.

No, esta vez el resultado no es el de otras veces: asombroso, completo, total; esta vez lo excelente se alterna con lo defectible, pero no por eso es un escritor al que debamos, ni mucho menos, renunciar.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”. 163 páginas. Menoscuarto. Palencia, 2010.

Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el miércoles 25 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/25/doble-filo/

Doble filo

Si las promesas se hacen para no cumplirse con las expectativas suele pasar lo mismo. Puedo comprender que una editorial las utilice como reclamo y que en la contraportada la primera frase que leamos sea ésta: “Recuperación del mejor libro de relatos español”; al fin y al cabo se trata de vender su producto y ningún padre dirá de su hijo que es feo. Pero es leyendo la introducción de Fernando Iwasaki como averiguamos de dónde ha salido esa afirmación: para el escritor peruano “Tragedias de la vida vulgar” es el mejor libro español de relatos”. Puedo entender que esa es la opinión personal de Iwasaki, que para él sea así; pero semejante aserción tan categórica, tan absoluta es muy arriesgada porque genera en el lector una expectación que si no se cumple acaba en un sentimiento de engaño y fraude. Y que me perdone Iwasaki porque para mí, después de leerlo, no me parece ni mucho menos el mejor libro español de relatos. Si alguien me hiciera esa pregunta no podría darle como respuesta un único libro o autor.

Y resulta innecesario porque no creo que Ediciones 98 necesite recurrir a un titular para llamar la atención. Para reconocer y admirar su labor editorial basta con leer algunas de las obras y autores que ha publicado: Pío y Ricardo Baroja, Ciro Bayo y César González Ruano. Basta con admirar la calidad con la que publica sus libros acompañados de las ilustraciones originales que le dan un valor añadido a la edición.

Y está fuera de lugar esa rotundidad de Iwasaki porque estoy de acuerdo con él en la necesidad de recuperar a Wenceslao Fernández Flórez, pero no de esa manera. Estoy de acuerdo en que su novela “El bosque animado” es la primera del realismo mágico en lengua española, género que luego continuó otro escritor gallego: Cunqueiro; y que “El malvado Carabel” es realmente una novela desternillante. Que, tal y como lo reconoce Federico Carlos Saínz de Robles, “Fernández Flórez es un auténtico y gran novelista”; y si hoy en día no se habla de él creo que es culpa de ese sectarismo con el que se trata a los autores que -como bien dijo Andrés Trapiello- “ganaron la guerra y perdieron los manuales de la literatura”.

Con eso bastaría para sentir curiosidad y acercarnos a este autor; pero además en esta edición de sus relatos hay algo importante y que descubriremos en el “pórtico” escrito por él mismo. A Fernández Flórez siempre se le ha etiquetado como “humorista”, título en el que injustamente –y de forma permanente- se le encasilló. Pues en estos relatos Fernández Flórez pretende rebelarse contra esa etiqueta y lo hace escribiendo unos cuentos en los que ni una sola vez hace sonreír al lector, “son episodios de vidas humildes, tristezas cotidianas, pesadumbres vulgares: lo que constituye la tragedia de la existencia habitual”. Y así –igual que Alfredo Landa nos lo demostró en “El crack” y confirmó después con “Los santos inocentes” y, precisamente, “El bosque animado”- lo interesante de estos relatos es la posibilidad de descubrir a un “humorista” –que no un simple chistoso- en un registro completamente distinto por el que alcanzó la fama.

Y con esa peculiaridad y olvidándonos de esa calificación superlativa que le perjudica más que beneficia podremos comenzar a leer y nos encontraremos con un buen libro de relatos y con algunos –como “La onza de chocolate” y El encuentro”– para mí excelentes. Aunque lo primero que debemos tener en cuenta es que estos relatos se publicaron en 1922 y que por lo tanto no son cuentos contemporáneos. Que desde mediados del siglo XX hasta los años que llevamos de este XXI el relato ha cambiado mucho y estos de Fernández Flórez poco tienen que ver con lo que estamos acostumbrados a leer ahora. El estilo narrativo es distinto y en general tienen un tono de un romanticismo exagerado que por momentos resulta cursi, afectado o teatral y que los acerca más al romanticismo del XIX de Bécquer que a los modernos años 20. Y seguramente que para los que prefieren las narraciones que tienen como escenario la actualidad sin mirar muy atrás estos cuentos resultan una colección de apolillados cuadros costumbristas.

Pero dejando de lado dos cuentos: “El claro del bosque” y “La fría mano del misterio” los dos subtitulados “(Historia de pesadilla)” que me parecen fallidas intentonas de imitar a Poe, nos encontraremos con unos cuentos que sí son en ocasiones románticos y costumbristas pero no por eso son despreciables o malos. Sus finales sin cerrar y su concisión le alejan del clasicismo decimonónico y debemos tener en cuenta que esa forma de vivir el amor, con esa dramática teatralidad, era típica de aquella época, y aunque en ocasiones Fernández Flórez pueda resultar empalagoso como una novela radiofónica en otras como en “Su primer amor” creo que lo que hace es una parodia de ese romanticismo y sus lugares comunes. Y sí, resulta costumbrista, pero porque sus cuentos tienen como protagonistas a la sociedad de su época y en ellos encontramos un reflejo de cómo se vivía entonces: la terrible situación de desamparo de la mujer subordinada y dependiente económicamente del hombre, y en el caso de faltarle tener como única posibilidad la de trabajar como criada o costurera. Recurrir al empeño en el Monte de Piedad no era una anécdota de escritores bohemios sino el recurso de las viudas o las madres solteras para alimentarse; igual que vivir en una buhardilla no tenía nada de literario y sí de residencia estándar de la miseria. Sí, puede ser un cuadro costumbrista ya visto cuando incide en la diferencia entre riqueza y pobreza, pero no cae en lo manido porque Fernández Flórez nos habla de personas y no de lucha de clases. Unas veces es el miedo o el egoísmo, otras la influencia de los demás y los complejos de inferioridad, otras lo ruin y la crueldad; unas veces es el adulto y otras una niña de nueve años; y todas son los seres humanos y sus comportamientos.

Y creo que si por algo destacan sus relatos es porque entonces, igual que ahora, los seres humanos nos dejamos llevar por la imaginación; y esa imaginación es una peligrosa arma de doble filo. Soñamos despiertos y nos adelantamos, nos anticipamos y construimos la escena perfecta a la medida de nuestra ilusión, un final feliz que nos salve de la soledad y la amargura y otras veces la imaginación nos ciega y no nos deja ver la realidad. Y llegado el momento de la verdad las cosas no suceden como las habíamos imaginado; alguien se encargará de destruir nuestras ilusiones. Es triste, es vulgar y es real, pero no por eso podemos evitar soñar.

Wenceslao Fernández Flórez. “Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes”. 226 páginas. Ediciones 98. Madrid, 2010.

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