VV.AA. “Última temporada”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 14 de abril de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/04/14/las-expectativas/

Las expectativas

No es habitual que coincidan en los escaparates y en las mesas de novedades dos antologías similares: ésta “Última temporada” de Lengua de Trapo y “Bajo treinta” de Salto de Página;  las dos recopilando textos de autores españoles nacidos en la década de los 80. Pero no creo que esa coincidencia deba verse como una competición entre editoriales ni que resulte una innecesaria reiteración; al contrario, a mí me parece una muy buena noticia para la literatura comprobar por duplicado que hoy en día, en este universo cibernético, hay jóvenes menores de treinta años dispuestos a no dejarla morir por inanición. Se trata de sumar y no de elegir entre una u otra.

Y me enfrento a esta selección que presenta Alberto Olmos en Lengua de Trapo con el mismo sistema que a la de Juan Gómez Bárcena en Salto de Página: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor –lo que a mi me parece un buen escritor- que no conocía. Al fin y al cabo creo que las antologías –en la mayoría de los casos- no son otra cosa que una tarjeta de presentación. Un texto singular que te sorprende en un libro colectivo y que te lleva a buscar a ese autor por separado.

Lo que pasa es que en este caso de “Última temporada” para mí no es exactamente así porque hay algunos autores que ya conocía de “Bajo treinta” (y a algunos incluso de antes). Con lo cual la novedad –en algunos nombres concretos- se convierte en la confirmación de un bautismo sin agua bendita. En la antología de Salto de Página hay catorce autores y en la de Lengua de Trapo veinte. Y en ambas repiten tan sólo nueve nombres. Y de esos nueve que coinciden el único que me ha convencido las dos veces con dos excelentes relatos –por estilo y temática- es, sin duda,  Víctor Balcells.

De los ocho restantes también lo hace Soto Ivars, (que me confirma lo que ya sabía desde “Siberia”) pero en esta ocasión me sorprende el argumento elegido en su relato ¡Olé los tanques! : el golpe del 23-F. Y es que me llama la atención –para mal y espero que no sea tendencia- que un autor de los 80 recurra al pasado –cuando él no había nacido o llevaba chupete- para hablar de política y renuncie al hiperproductivo y pútrido presente con sus cientos de ejemplos de corrupción en partidos políticos y sindicatos. Lo mismo me sucede con Aixa de la Cruz que me sigue demostrando su talento pero que esta vez con “Abu Ghraib” me decepciona en la temática elegida. No voy a ser yo el que defienda, justifique o mire para otro lado en los casos de “guerra sucia del Estado” o de tortura policial, si los hay deben ser denunciados y perseguidos, pero me produce una inmensa lástima –y me preocupa por lo que eso puede significar de veneno metabolizado- que un narrador joven no siga el ejemplo de Fernando Aramburu y sus “peces de la amargura” y prefiera hacerle los coros a Kortatu. Cristina Morales me sigue pareciendo una magnífica escritora, pero en esta ocasión con “Fatoumata Tourai y veinticinco hijos de puta” –lenguaje provocativo a parte- me parece que utiliza la literatura para postularse como tertuliana en algún programa de debate político, noria o gallinero por el estilo. Y estoy seguro de que lo haría muy bien aunque yo no vea ninguno. Jenn Díaz mantiene el buen nivel con “El vuelo del moscardón”,  pero me pareció mucho mejor –menos naif y más original y elaborado el mensaje- en el de “Bajo treinta”. Y por último Matías Candeira que en las dos antologías reproduce la misma sensación contradictoria que tuve con sus relatos de “Todo irá bien”: una de cal y otra de arena.

Siguiendo ese mismo sistema del descubrimiento “Última temporada” me ha permitido gritar ¡Eureka! con los relatos de Roberto de Paz, Jimina Sabadú y Paula Cifuentes. Tres nombres que hasta ahora desconocía y que sumo a esa lista sin condiciones ni dudas. A ellos añado el de Juan Gómez Bárcena que no es para mí una novedad y que me confirma con su cuento “Griselle” que es un excelente narrador que se toma esto en serio y no se deja llevar por la moda, sus tendencias ni sus extravagancias.

De “Ojalá nos cogerían” de Jimina Sabadú me ha fascinado su capacidad para reproducir con fidelidad el lenguaje choni de las princesas de barrio, pero sobre todo el retrato –realista y demoledor- de dos jóvenes sin futuro –ella go-go y el portero de discoteca- que sueñan para dejar de malvivir y salvarse con convertirse en una más de esas celebridades –fama y dinero fácil- que salen en los reality de la televisión. “Los gusanos de seda” de Paula Cifuentes me ha parecido extraordinario por su armonía entre realismo y metáfora, y “N” de Roberto de Paz, igual por conseguir ese mismo equilibrio entre lo real y lo simbólico.

Y es que una de las cosas que me ha sorprendido –y para bien- de “Última temporada” es que esas preferencias mayoritarias de “Bajo treinta” por el simbolismo y el realismo de vídeo doméstico las encuentro mucho menos marcadas. Algo de lo que me alegro porque sigo pensando lo mismo que entonces: que un exceso en lo simbólico produce desafección en el lector y que ese naturalismo radical hace de la literatura una imagen nítida pero fría y vacía.

Y en ese sentido en esta ocasión aparece la excepción de Guillermo Aguirre que si bien en “Bajo treinta” me pareció que fracasaba al unirse a ese simbolismo críptico aprovecha  –al revés que Candeira- esta segunda oportunidad con “Las obras”, un muy buen y original cuento en el que mezcla el lenguaje cinematográfico y el narrativo.

Y por último hay dos autores que siendo novedad también quiero citar: Miqui Otero y Laura Fernández porque sin convencerme completamente como Sabadú, de Paz y Cifuentes, sí que sus dos relatos me parecen dignos de mención. Miqui Otero en “Se busca insecto palo” hace un retrato hiperrealista, humorístico y patético de un espejismo que se desintegra al hacerse de día, y en su brillante prosa encuentro su mejor virtud, pero también su defecto al funcionar en parpadeos igual que las luces y el éxtasis de una fiesta ácida o rave party. Y de Laura Fernández y su “Cafeteras de Otro Mundo Vanderbilt” me parecen indiscutibles su imaginación y originalidad para hacer una crítica de una sociedad futurista, “deshumanizada” y robótica, pero el que sus protagonistas sean alienígenas convierte al relato en un cómic.

Lo mejor de estas dos antologías de “nuevos narradores españoles” es que la suma de los dos libros nos da un total de veinticinco autores. Y en ese total hay para mí algunos nombres que aciertan dos veces; otros que en una ocasión lo hacen mejor que en otra y algunos que fracasan en las dos. Hay algunos que aciertan en una antología y no están en la otra y que no hubiera descubierto si no hubiera tenido la suerte de leer las dos. Aciertos y errores que en ambos casos creo que vienen desde los dos extremos opuestos: el exceso o la escasez en las situaciones o los argumentos.

Quizás juzgar a un autor por un texto pueda resultar precipitado o injusto. Pero ese es el mecanismo de las antologías. Una única oportunidad, aquí y ahora, para llamar nuestra atención, convencernos, conquistarnos –o no- para que le demos otra fuera de esta presentación.

VV. AA. “Última temporada”. Nuevos narradores españoles 1980-1989. Selección y prólogo de Alberto Olmos. 422 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2013.

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VV. AA. “Bajo treinta”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el viernes 22 de noviembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/11/22/eureka/

¡Eureka!

Para mi la literatura no tiene nada que ver con la edad. Es decir, se puede escribir bien –lo que para mí es escribir bien- con independencia de la edad que se tenga. La juventud no es para mí ningún merito en sí ni un motivo para desconfiar o sospechar. Se puede ser un genio o un mediocre con veinte años. Y con treinta. Y con cuarenta. Y con cincuenta.

Con esto no quiero decir que crea que ésta antología sea innecesaria. Ninguna lo es. Me hubiera parecido igual de bien una de escritores manchegos o de coleccionistas de sellos. Lo que me importa es el resultado no el motivo que los reúne. Me parece muy bien que Juan Gómez Bárcena haya seleccionado y nos presente a un grupo de escritores que como él han nacido en la década de los ochenta y que por edad representan a “la nueva narrativa española” y que gracias a este libro podamos conocer una parte de “su más joven presente”.  Lo que realmente me sorprende es que haya hoy en día alguien con menos de treinta años interesado en la literatura. Sólo por eso ésta antología es una muy buena noticia. Y un alivio. Hay alguien ahí.

Estoy de acuerdo con Juan en la conveniencia de una antología como ésta para dar a conocer, hacer visibles, darles publicidad y difusión a unos autores a los que –por su juventud- los “grandes sellos” editoriales ignoran. En reconocer el valor de nuevas editoriales independientes que están dispuestas a publicarles y darles una oportunidad. Y también –aunque eso Juan no lo dice- que en cuanto puedan –tal vez antes de cumplir los cuarenta- alguno de esos autores firmarán un contrato con una editorial “grande” y brindarán con cava por subir a primera división. Pero eso forma parte del juego y no quita para reivindicar “el trabajo” de las editoriales “Indie” y su necesaria existencia: los que hoy tienen menos de veinte pasado mañana tendrán menos de treinta y necesitarán a alguien que les publique si es que queda alguno que crea que la literatura sirve para algo.

Pero a lo que iba. Para mí esta antología tiene el mismo valor y fin que cualquier otra: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor que no conocía. Un nuevo nombre que apuntar en mi libreta de libros pendientes. Y de los catorce autores seleccionados hay dos que ya conocía: Matías Candeira y Juan Soto Ivars. De Matías ya hablé en su momento, siendo “En la antesala” –el cuento que se incluye en este libro- uno de los buenos relatos que tiene su irregular libro “Todo irá bien. Y de Juan se incluye un texto inédito: “La última obra de arte” -que es el prólogo a su novela “El futuro no os recordará”, que escribe desde 2008- y que me confirma lo que ya sabía: su enorme talento y estilo personal que espero no abandone por conseguir que le lean amas de casa o funcionarios en el metro.

De los doce restantes he apuntado con asombro y sincera alegría de ¡Eureka! los de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. De ellos -tras esta brillante presentación- espero poder leer los libros de relatos y novelas que han publicado y espero también no perderme lo que hagan después. Y me han parecido excelentes por uno: no hacer de la literatura algo abstruso, o dos: no convertir a la narración en la simple trascripción de un vídeo doméstico.

Y es que en general parece que entre los escritores jóvenes hay dos tendencias o estilos mayoritarios. Por un lado el gusto por la narración abstracta, simbolista, subterránea o incluso psicodélica; premeditadamente enrevesada con tal de no hacerla caer en lo sencillo o evidente. No reniego de que en los relatos pueda haber un cierto –e incluso saludable- componente metafórico, pero no me gustan los cuentos que, abusando de la extrañeza, acaban no siendo otra cosa que un arcano inextricable.

La otra tendencia que parece también repetirse es la de pretender hacer de los cuentos la reproducción narrada y fidedigna de un cortometraje en el que no pasa nada. Un realismo de lo cotidiano que curiosamente es todo lo contrario a ese enrevesamiento cubista y excéntrico. Pero pasar a ese extremo creo que tampoco es la solución porque la literatura; escribir no es hacer una copia de Dogma 95. Convertirla en eso es desvestirla, desnaturalizarla, hacerla inocua, anodina, inane. La literatura no es simplemente la narración fría, plana y deshidratada de unos hechos.

Ya sé que la literatura es un recipiente maleable en el que cabe todo; que cada estilo puede tener sus seguidores; pero me resisto a que a cualquiera de esas dos tendencias se les otorgue otra cosa que no sea el visado de turista. Para mí lo peor que puede pasarle a la literatura es uno: que se convierta en un lugar con acceso restringido, un lenguaje extraño que lleve a la frustración; o dos: que no sea otra cosa más que una pálida naturaleza muerta que no conmueva, no provoque ninguna emoción, ninguna reacción en nuestro sistema nervioso.

Por eso me quedo con los textos de Víctor Balcells, Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, Julio Fuertes Tarín y Cristina Morales. Por su sensibilidad, riqueza y profundidad; por su lenguaje salvaje, impactante, vertiginoso e hiriente, por reformar el costumbrismo y en un nuevo territorio hacer neo-realismo agridulce, por su desbordante imaginación, humor desbocado e indiscutible talento; por su ironía metaliteraria y su personalidad.

No nos basta con una píldora que tenga proteínas y aminoácidos líricos. No somos astronautas más allá de Orión. Necesitamos comida de verdad y no un chicle de nicotina.

VV. AA. “Bajo treinta”. Antología de nueva narrativa española. Selección y prólogo de Juan Gómez Bárcena. 155 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2013.

Víctor Balcells: http://huesosdesepia.blogspot.com.es/

Aixa de la Cruz: http://estabanlocos.tumblr.com/post/27504405712/aixa-de-la-cruz

Jenn Díaz: http://fragmentodeinterior.blogspot.com.es/

Julio Fuertes Tarín: http://estabanlocos.tumblr.com/post/3151203645/julio-fuertes-tarin

Cristina Morales: http://www.microrevista.com/entrevista-a-cristina-morales/

Juan Gómez Bárcena. “Los que duermen”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el martes 4 de diciembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/92722/literatura-historia-y-filosofia

Literatura, Historia y Filosofía.

Posiblemente nos hayamos malacostumbrado a que los relatos sean siempre historias realistas y contemporáneas. Por eso nos sorprende tanto cuando alguien se atreve a romper con lo habitual y a demostrarnos que hay otros argumentos posibles. Que se pueden escribir cuentos reinventando lo antiguo e imaginando lo que está por llegar; relatos que tienen como protagonistas a héroes de la Grecia clásica o a los bisnietos de Asimov; desde civilizaciones desaparecidas hasta los androides creados a imagen y semejanza de su creador; desde la prehistoria al futurismo; desde la leyenda a la ciencia ficción; desde el hombre primitivo hasta el criogenizado y su resurrección.

Y quizás la elección y predilección de Juan Gómez Bárcena por esos temas tenga algo de deformación profesional, porque Juan ha estudiado Teoría de la Literatura y Literatura comparada y además Filosofía e Historia. Y eso es lo que hay en los relatos de “Los que duermen”: narrativa, preguntas y viajes en el tiempo. Utilizar un cuento de apariencia infantil en un reino muy, muy lejano “cuando el mundo era tan joven que aún estaba lleno de prodigios y hechos asombrosos” para contar una fábula a cerca de la manera de burlar el tiempo y su velocidad. Leer el “Cuaderno de bitácora” de un galeón del siglo XVI para descubrir a la tribu de los biroches que son comerciantes de palabras y una reminiscencia de “El planeta de los simios”. Conocer la leyenda del pueblo de los cairos y sus dioses para hablarnos del relativismo y las creencias: “Los dioses son mortales que surgieron cuando los hombres los soñaron por vez primera y que murieron al desvanecerse su necesidad y su fe”. Comenzar en el año 2012 una cuenta atrás porque los hombres “conocían el modo de poner en órbita un satélite pero jamás se habían preguntado algo inútil o hermoso: eran ignorantes de todas aquellas cosas que no pueden explicarse con fórmulas”. Leer la ironía de que una máquina diga: “cada día ha sido el mismo día eternamente repetido, la misma espera, la misma búsqueda de razones para seguir viviendo. Encontrar un sentido a esta existencia maquinal de días y noches, de tormentas de arena, de eclipses. Toda criatura necesita ese objetivo, un propósito”. Disfrutar y asombrarse con el maravilloso “El mercader de betunes”, una nueva versión de la vida y epopeya de Aquiles que decidió rebelarse contra el oráculo y su destino. Viajar constantemente, ir del futuro al pasado y regresar en una traslación de ida y vuelta. Traspasar la barrera del año cero antes de Cristo y llegar hasta el año 2374. Y todo ese largo camino de miles de siglos para preguntarse: “Qué significa ser hombre. Qué es realmente un ser humano y cuál es el sentido de su existencia.”.

Juan se sale de lo convencional y busca su espacio e inspiración fuera de lo abarrotado. Desde Ángel Olgoso no había vuelto a leer a nadie que haga de lo clásico, lo mitológico y lo antiguo un argumento para un relato moderno. Y salirse de lo habitual tiene sus riesgos. El precio de renunciar a lo fácilmente digerible, a lo cómodo y a un público que en general espera otra cosa. Y el beneficio de lo difícil, de lo que requiere un esfuerzo, de lo que no se obtiene con facilidad. La incomodidad de la Filosofía incrustada en la Literatura. La certeza de que la Historia se repite y no hemos aprendido nada, si acaso a caer en los mismos errores y a manipularla e interpretarla según nuestra conveniencia. La duda sobre la utilidad del progreso alcanzado: “Trabajar y empeñarnos en nuestras pequeñas tareas aunque no sepamos desde cuándo o por qué vivimos; aunque nada nos falte y nada sea necesario”. La originalidad de una estructura narrativa en unos relatos que se relacionan y se dan la alternativa, se complementan unos a otros, cerrando el círculo. Y el regalo, la puñalada de dos relatos convencionales o más cerca de lo estrictamente convencional que son los mejores del libro: “Hitler le regala una ciudad a los judíos” sobre el campo de prisioneros de Theresienstadt en Checoslovaquia del que ya nos habló W. G. Sebald en “Austerlitzt”, pero esta vez escrito e imaginado desde dentro; y “Las buenas intenciones” la historia de una hija que inventa un pasado para una madre amnésica. Dos relatos outsiders, dos relatos que aparentemente van por libre y no mantienen con el resto ninguna relación de consanguinidad en primer o segundo grado. Dos relatos geniales y demoledores sobre la verdad y la mentira, la memoria y el valor de las palabras.

Juan Gómez Bárcena. “Los que duermen”. 123 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

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