Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 17 de octubre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/10/17/doblando-las-esquinas-de-la-realidad/

y en “La Tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/10/el-libro-de-los-pequenos-milagros-juan.html

Doblando las esquinas de la realidad

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere –y los hinchas del relato se lo agradecemos- no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.

“El libro de los pequeños milagros” se presenta como un “Bestiario” –con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán– y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente, y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.

Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer:“El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios”. Todo eso hay y de eso tratan –y algo más- estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento –aunque sea creando un zoológico de monstruos- hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.

Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.

Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo –los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta- tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero –ya que se trata en parte de un “Bestiario”- a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal -jugando con la inocencia de Bambi- que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro –invencible animal de guerra- que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.

Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros –de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele- y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados.

Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos –spoilers– que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.

Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel –y la idea me la dio él en el último- es por su capacidad para darle la vuelta –como una moneda que se gira en un pase mágico- a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es -por utilizar otra imagen- por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada -como en el genial “Convenciones”-; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” –uno de mis favoritos- o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina  y todo sea lo contrario de lo que parecía.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El libro de los pequeños milagros”. 134 páginas. Viñetas interiores de Ernst Haeckel. Páginas de Espuma. Madrid, 2013.

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Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El asesino hipocondríaco”


Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles, 15 de febrero de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/81011/vademecum-literario

Vademécum literario

Tengo manías mucho peores, pero yo soy de los que cuando van al súper siempre pican con las ofertas esas de paga uno y llévate dos. Por la compra de doscientos cincuenta gramos de jamón ibérico una botella de vino de regalo. Pues para los que hagan lo mismo que yo ésta es su novela. Jamón del bueno y tinto de crianza. Medicina curativa.

Porque este asesino hipocondríaco –identificado con doble inicial y pesadilla kafkiana- creado por Juan Jacinto Muñoz Rengel padece (o cree padecer) hasta catorce enfermedades, síndromes o minusvalías -a cada cual más disparatadas- que le convierten en el profesional del crimen más absurdo, patético e hilarante que yo haya leído. Y esa es la idea genial, la burla y la ironía: crear la antifigura del esteriotipado sicario con un típico hipocondríaco. Un asesino que a pesar de vivir asediado por la mala suerte, menguado por sus (múltiples) limitaciones físicas y de estar constantemente al borde de la muerte por sus (terribles) padecimientos no renuncia a cumplir su encargo y persigue a su objetivo intentando asesinarlo hasta en siete –a cada cual más surrealista- ocasiones. Obsesión, tragicomedia, constancia, fracaso y vuelta a empezar. Ingenio delirante, carcajada que llegado el punto en el que parece que la novela, repitiéndose, no va a llegar a ningún sitio; justo en ese momento Muñoz Rengel es capaz de dar un giro con una nueva ocurrencia que sostiene la trama y la hace avanzar sin renunciar a la coherencia y a la esencia de la historia. La paradoja: el tipo que quiere matarte es el culpable de tu desgracia y resulta que al final acabas debiéndole un favor y todo. Y como buena novela de intriga cumple con su clásica sorpresa en el roscón y una última página sin echar la llave.

Ese es el argumento; pero la oferta (el dos por uno), lo más atrayente de esta novela está en su estructura, su singular arquitectura de capítulos alternos y consecutivos en los que va narrando en paralelo las similitudes entre el protagonista y algunos escritores y filósofos geniales e hipocondríacos: Kant, Poe, los hermanos Goncourt, Swift, Descartes, Lord Byron, Colerdge, Tolstoi, Voltaire, Moliere y Proust. En sus síntomas compartidos; manías que se repiten una por una y pespuntan la trama: puntualidad, insomnio, soledad, fatalismo, aprensión, orfandad, drogodependencia, psicosis y el desprecio a los médicos que no los entienden. Biografías múltiples y coincidentes, miembros de un mismo club, hermanos solidarios de un mismo síndrome nunca citado. Y confrontar a todos esos Grandes Hombres, a esos espíritus sensibles, con un enfermo auténtico: Joseph Merrick, “El Hombre Elefante”, en una comparecencia onírica por la que les deja en evidencia a todos como quejosos y farsantes, auténticos impostores. Pero ningún reproche es capaz de curar a esos enfermos imaginarios y reales. Sólo la muerte les da la razón. Y al final, algún día, todos morimos. Lo que tarde en terminar alguna enfermedad con nosotros. O la determinación de un asesino de moral kantiana. Muñoz Rengel nos cura las dolencias (falsas o ciertas) con un genial vademécum (en serio y en broma) de literatura y carcajadas.

Juan Jacinto Muñoz Rengel. “El asesino hipocondríaco”. 216 páginas. Plaza y Janés. Barcelona, 2012.

 

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