VV.AA. “Última temporada”

img918

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 14 de abril de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/04/14/las-expectativas/

Las expectativas

No es habitual que coincidan en los escaparates y en las mesas de novedades dos antologías similares: ésta “Última temporada” de Lengua de Trapo y “Bajo treinta” de Salto de Página;  las dos recopilando textos de autores españoles nacidos en la década de los 80. Pero no creo que esa coincidencia deba verse como una competición entre editoriales ni que resulte una innecesaria reiteración; al contrario, a mí me parece una muy buena noticia para la literatura comprobar por duplicado que hoy en día, en este universo cibernético, hay jóvenes menores de treinta años dispuestos a no dejarla morir por inanición. Se trata de sumar y no de elegir entre una u otra.

Y me enfrento a esta selección que presenta Alberto Olmos en Lengua de Trapo con el mismo sistema que a la de Juan Gómez Bárcena en Salto de Página: darme la oportunidad de descubrir a un buen escritor –lo que a mi me parece un buen escritor- que no conocía. Al fin y al cabo creo que las antologías –en la mayoría de los casos- no son otra cosa que una tarjeta de presentación. Un texto singular que te sorprende en un libro colectivo y que te lleva a buscar a ese autor por separado.

Lo que pasa es que en este caso de “Última temporada” para mí no es exactamente así porque hay algunos autores que ya conocía de “Bajo treinta” (y a algunos incluso de antes). Con lo cual la novedad –en algunos nombres concretos- se convierte en la confirmación de un bautismo sin agua bendita. En la antología de Salto de Página hay catorce autores y en la de Lengua de Trapo veinte. Y en ambas repiten tan sólo nueve nombres. Y de esos nueve que coinciden el único que me ha convencido las dos veces con dos excelentes relatos –por estilo y temática- es, sin duda,  Víctor Balcells.

De los ocho restantes también lo hace Soto Ivars, (que me confirma lo que ya sabía desde “Siberia”) pero en esta ocasión me sorprende el argumento elegido en su relato ¡Olé los tanques! : el golpe del 23-F. Y es que me llama la atención –para mal y espero que no sea tendencia- que un autor de los 80 recurra al pasado –cuando él no había nacido o llevaba chupete- para hablar de política y renuncie al hiperproductivo y pútrido presente con sus cientos de ejemplos de corrupción en partidos políticos y sindicatos. Lo mismo me sucede con Aixa de la Cruz que me sigue demostrando su talento pero que esta vez con “Abu Ghraib” me decepciona en la temática elegida. No voy a ser yo el que defienda, justifique o mire para otro lado en los casos de “guerra sucia del Estado” o de tortura policial, si los hay deben ser denunciados y perseguidos, pero me produce una inmensa lástima –y me preocupa por lo que eso puede significar de veneno metabolizado- que un narrador joven no siga el ejemplo de Fernando Aramburu y sus “peces de la amargura” y prefiera hacerle los coros a Kortatu. Cristina Morales me sigue pareciendo una magnífica escritora, pero en esta ocasión con “Fatoumata Tourai y veinticinco hijos de puta” –lenguaje provocativo a parte- me parece que utiliza la literatura para postularse como tertuliana en algún programa de debate político, noria o gallinero por el estilo. Y estoy seguro de que lo haría muy bien aunque yo no vea ninguno. Jenn Díaz mantiene el buen nivel con “El vuelo del moscardón”,  pero me pareció mucho mejor –menos naif y más original y elaborado el mensaje- en el de “Bajo treinta”. Y por último Matías Candeira que en las dos antologías reproduce la misma sensación contradictoria que tuve con sus relatos de “Todo irá bien”: una de cal y otra de arena.

Siguiendo ese mismo sistema del descubrimiento “Última temporada” me ha permitido gritar ¡Eureka! con los relatos de Roberto de Paz, Jimina Sabadú y Paula Cifuentes. Tres nombres que hasta ahora desconocía y que sumo a esa lista sin condiciones ni dudas. A ellos añado el de Juan Gómez Bárcena que no es para mí una novedad y que me confirma con su cuento “Griselle” que es un excelente narrador que se toma esto en serio y no se deja llevar por la moda, sus tendencias ni sus extravagancias.

De “Ojalá nos cogerían” de Jimina Sabadú me ha fascinado su capacidad para reproducir con fidelidad el lenguaje choni de las princesas de barrio, pero sobre todo el retrato –realista y demoledor- de dos jóvenes sin futuro –ella go-go y el portero de discoteca- que sueñan para dejar de malvivir y salvarse con convertirse en una más de esas celebridades –fama y dinero fácil- que salen en los reality de la televisión. “Los gusanos de seda” de Paula Cifuentes me ha parecido extraordinario por su armonía entre realismo y metáfora, y “N” de Roberto de Paz, igual por conseguir ese mismo equilibrio entre lo real y lo simbólico.

Y es que una de las cosas que me ha sorprendido –y para bien- de “Última temporada” es que esas preferencias mayoritarias de “Bajo treinta” por el simbolismo y el realismo de vídeo doméstico las encuentro mucho menos marcadas. Algo de lo que me alegro porque sigo pensando lo mismo que entonces: que un exceso en lo simbólico produce desafección en el lector y que ese naturalismo radical hace de la literatura una imagen nítida pero fría y vacía.

Y en ese sentido en esta ocasión aparece la excepción de Guillermo Aguirre que si bien en “Bajo treinta” me pareció que fracasaba al unirse a ese simbolismo críptico aprovecha  –al revés que Candeira- esta segunda oportunidad con “Las obras”, un muy buen y original cuento en el que mezcla el lenguaje cinematográfico y el narrativo.

Y por último hay dos autores que siendo novedad también quiero citar: Miqui Otero y Laura Fernández porque sin convencerme completamente como Sabadú, de Paz y Cifuentes, sí que sus dos relatos me parecen dignos de mención. Miqui Otero en “Se busca insecto palo” hace un retrato hiperrealista, humorístico y patético de un espejismo que se desintegra al hacerse de día, y en su brillante prosa encuentro su mejor virtud, pero también su defecto al funcionar en parpadeos igual que las luces y el éxtasis de una fiesta ácida o rave party. Y de Laura Fernández y su “Cafeteras de Otro Mundo Vanderbilt” me parecen indiscutibles su imaginación y originalidad para hacer una crítica de una sociedad futurista, “deshumanizada” y robótica, pero el que sus protagonistas sean alienígenas convierte al relato en un cómic.

Lo mejor de estas dos antologías de “nuevos narradores españoles” es que la suma de los dos libros nos da un total de veinticinco autores. Y en ese total hay para mí algunos nombres que aciertan dos veces; otros que en una ocasión lo hacen mejor que en otra y algunos que fracasan en las dos. Hay algunos que aciertan en una antología y no están en la otra y que no hubiera descubierto si no hubiera tenido la suerte de leer las dos. Aciertos y errores que en ambos casos creo que vienen desde los dos extremos opuestos: el exceso o la escasez en las situaciones o los argumentos.

Quizás juzgar a un autor por un texto pueda resultar precipitado o injusto. Pero ese es el mecanismo de las antologías. Una única oportunidad, aquí y ahora, para llamar nuestra atención, convencernos, conquistarnos –o no- para que le demos otra fuera de esta presentación.

VV. AA. “Última temporada”. Nuevos narradores españoles 1980-1989. Selección y prólogo de Alberto Olmos. 422 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2013.

Anuncios

Montero Glez. “Polvo en los labios”

img835

Reseña publicada en la web “Culturamas”, el viernes 8 de febrero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/08/de-madrid-al-cielo-2/

De Madrid al cielo

Seguramente nunca nos pase. La vida no es como la literatura. Pero es una buena historia. Una noche de insomnio deambulando por el centro acabo entrando en un bar que está abierto desobedeciendo el toque de queda. Mala fama, pero fuera hace un frío del carajo. Dentro solo hay un tipo sentado en un taburete frente a la barra. Sin saber porqué me siento a su lado. No le conozco de nada. Nunca antes le había visto. Me mira y levanta su vaso. Tiene pinta de expresidiario, de viejo quinqui; de payo agitanado. Delgado y febril, parece consumido por algún vicio que prefiero ignorar. Tal vez porque yo tengo pinta de niño pera y le divierte provocar me cuenta una breve historia de un prostíbulo. El chiste sombrío de un poeta. Un hijo sin madre. Mi sonrisa, lejos del escándalo, le agrada, y entonces me cuenta una a cerca de Greta Garbo y una de sus amantes “la Garbo no pasaba inadvertida. Era como un trozo de hielo al fondo de una copa vacía. Siempre a la espera del licor que la derritiese”. Una historia de lesbianismo, sexo, celos y zoofilia.

Sonrío de nuevo. No sé a qué se dedicará los lunes por la mañana, pero no creo que trabaje en el ministerio de agricultura. Le invito a una segunda copa. Yo tomaré lo mismo. Y después del primer trago me pregunta si soy de Madrid; si sé dónde estuvo el barrio de las Injurias. Niego con la cabeza. Y me cuenta la historia de Joselito “chispero de los de bigote y mosca, andares aflamencados y pelo brillante de aceite”; y de Maruja “mujer de tronío, pellejo tostado, pongamos que moreno verdoso, como de campana antigua, y que llevaba la sexualidad cosida al trasero”. Una soleá, una gata negra y una navaja. Una zarzuela canalla y fantasmagórica.

Me ofrece de su cajetilla. Güinston con la advertencia en inglés. Tabaco de contrabando. Le cojo uno y le doy las gracias. Le da la primera calada y me cuenta otras dos historias de cuando en Madrid había tranvías; de la Chata y Alfonso XIII; y río a carcajadas con su tono gamberro y su lenguaje castizo: chachipén, pericón de aúpa, gachí. Versiones libres, verídicas y macarras de Benito Pérez Galdós. Me cuenta otra –esta de antes de ayer- del pasadizo de la estación de metro de Banco de España, “domicilio obligado de la gallofa madrileña y cuadro de soperones, lampas y tuberos que conviven dejados de la mano de Dios o del Diablo”. Pero recuerdo que de esas de ambiente castizo la que más me gustó fue la del “Cuarto oscuro”; el portento que se escondía en la penumbra de la habitación de una casa que “quedaba por la cabecera del Rastro” y que ganó fama después de que el señor Perico (Pedro de Répide) se lo contase por lo bajinis a sus amigos del café  Colonial, que era lugar de reunión “de maricas, efebos y troteras”. Y no le dije nada. Para qué quedar ante él como un pedante de tres al cuarto, un dominguero que olfatea papel viejo detrás de Cascorro. Me acordé de antiguas lecturas y pasiones sin enterrar. De pie en mis destartaladas estanterías: Enrique Chicote y sus “Señoritas de pan-pringao”; Pérez de Ayala y sus “Troteras y danzaderas”; Retana y aquellas novelitas sicalípticas; Carrere, Pedro Luis de Gálvez y toda la santa bohemia, biblioteca inacabada de “Los proletarios del arte”. Lo suyo será una resurrección, una versión moderna, pero en sus palabras sonaba vivo y alegre, trágico y sucio; auténtico y pendenciero. Y levanté, admirado y agradecido, mi copa por él por primera vez. Aunque de sus historias de Madrid la que más recuerdo es la de una prostituta de lujo: “Lulú”. Una de “esas mujeres que saben combinar con gusto la lluvia y el cristal de las medias, así como los tacones con el champán frío”. Un relato negro y contemporáneo en un hotel cerca de Colón, en “una suite en piso alto, achicharrada por los anuncios luminosos de los tejados”. La historia de un empleado de noche enamorado de Lulú que por ella se convierte en cómplice de un asesinato.

Y como la noche se alargaba y la botella desataba la lengua me llevó para mi sorpresa fuera de Madrid. Primero a callejear el Londres de principios del siglo XX con dos anarquistas: el italiano Malatesta y el español Pedro Vallina. Huyendo de la policía y sus perros salchicha. Y aunque el viaje resultó oscuro y trepidante su relato lo olvidé frente a otras dos historias de las que recuerdo perfectamente el nombre: “La mascota” y “El último sacramento”, las dos en Cádiz; una oída en el patio de una prisión y que cuenta el secuestro de un perrito faldero de una “fulana de Sotogrande de esas que van alicatadas hasta el merengue”; y la otra de dos traficantes de hachís de Conil de la Frontera: “el Roque” marinero en tierra que se hace a la mar para descargas los fardos en una zódiac como un viejo pirata, y el “coronel Peralta” jefe, contratista y tramposo. En las dos me mostró su ironía y su sonrisa, sus amistades peligrosas, lo que sale en los sucesos de los periódicos y nos cuentan sin gracia y sin acento, desde fuera, al otro lado del muro y en la otra orilla. Sexo sin cristales ahumados, placer y vicio, adulterio y despecho, pistolas y chivatazos, tipos al los que llevan a alta mar y los “despachan calzándoles unos zapatitos de cemento”, y el último deseo de un reo que es cuestión de honor y obligado cumplimiento.

Cuatro historias con las que aquel payo agitanado, madrileño fetén, noctámbulo y flaco me había embaucado como un trilero sin hacer trampas. Puse en la barra todo lo que llevaba encima, pagando ronda tras ronda con tal de que me siguiera contando.

Pero la que más recuerdo es la última. En el bar se oyó una música y él hizo un gesto con los dedos. Me preguntó si me gustaba el jazz y sin esperar mi respuesta me contó la historia de un trompetista que apareció muerto en una calle de Ámsterdam. Unos decían que se suicidó y otros que lo asesinó un traficante al que debía dinero. Pero no era verdad. Él lo conocía. “No hacía ni dos meses que habíamos estado juntos en un taxi que atravesaba la Gran Vía, directo a la orilla del desastre” Otra vez Madrid. Le acompañó a pillar. Sí, era un yonqui, pero también era un genio. Y en el trayecto el taxista les contó una anécdota que yo ya conocía por Raúl Guerra Garrido. No le dije nada. Para qué. Lo que él contaba era su propia versión, más allá de la historia antigua, de nuevo algo vivo, triste, personal y negro; absolutamente brillante.

Antes de irse me enseñó una fotografía de García-Alix que llevaba en la cartera. Y aquella última historia suya se titula “Polvo en los labios”. Y él se llama Montero Glez.

Montero Glez. “Polvo en los labios”. 160 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2012.

Pablo Gutiérrez. “Nada es crucial”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 4 de noviembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=776465

Con estilo propio

En los pueblos sentimos atracción por los veraneantes de la capital y los feriantes. La vida multiplicada por mil de la ciudad, la vida nómada de las carreteras; su posibilidad de escapar al llegar septiembre. En el oriente pobre los nativos se visten como los europeos: sus camisas, sus zapatos, sus iPhone 3G y sus coches alemanes. Y los occidentales, residentes temporales, se disfrazan seriamente con los trajes típicos de los nativos.

Nos seduce lo diferente y en literatura sucede lo mismo. Estamos cansados de oír la misma música, repetir el mismo baile con ligeras variaciones en la coreografía. Pensamos que no es posible otra cosa y nos resignamos al prêt à porter, por eso caemos rendidos ante Pablo Gutiérrez y su literatura a contracorriente. Pablo es lo nunca visto y oído. El chico de la capital que llega a la aldea manchega, la sueca en bikini en el pueblo de pescadores; el perro verde de la literatura. Pablo tiene esa maldita cosa que se llama estilo propio y los paletos envidiamos. Pablo dinamita lo convencional, hace posible la –hasta ahora imposible- simbiosis entre la lírica y la narrativa. Un poema que es una novela. Una novela con el ritmo, la banda sonora de unos versos superpuestos en rima asonante.

Pablo nos deja magullados y boquiabiertos ante la belleza rotunda, original e hiriente de su forma de contar, describir, hacer ver. Su poesía de carne y hueso en sesión continua. “Nada es crucial” es la tormenta en un escaparate. Es el escenario salvaje de un descampado y un piso de dos habitaciones. Es meter la cabeza dentro de esos lugares que, por miedo, siempre miramos de reojo. Una cueva del extrarradio, el hijo de dos yonquis, Mowgli sin cuento en una selva de cemento y basura que es adoptado por dos apóstoles y un mesías de un nuevo ejército de salvación. Es la historia de Magui, niña herida por un abandono que se hace mujer con la única compañía de la soledad y su extraordinaria belleza. Dos flores pisoteadas entre el estiércol que renacen en un “Mundofeo” que es el nuestro y que sobreviven a las patadas ajenas y a las tormentas propias y consiguen salvarse mutuamente de su desamparo al encontrarse respondiendo a su “Save Our Souls” en código morse.

“Nada es crucial” no es una lectura fácil. Es un libro que nos deja un intenso sabor dulce y amargo y que no es recomendable para los paladares que gusten de la literatura de autobús o tumbona en la orilla. Un texto que rompe con los esquemas y juega con los principios teóricos de los manuales de cómo debe escribirse una novela. Una larga poesía neorrealista de desafecto y amor que produce adicción.

Y a pesar de la admiración queda también la duda. El pasarse de frenada, la dificultad de medir las distancias. La borrachera de palabras que nubla la clarividencia. El exceso de pólvora y belleza, la poesía incrustada en la narrativa fagocitándola, devorándola como un Saturno hambriento. La duda de ser un estilo más adecuado y que da mejor resultado en la distancia corta del relato. La absoluta seguridad de que no dejará indiferente.

Pablo Gutiérrez. “Nada es crucial”. 248 páginas. 3ª edición. Lengua de Trapo. Madrid, 2011.

Ricardo Menéndez Salmón. “Gritar”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 23 de septiembre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=769100

La vida en llamas

Creo que alguna vez lo he contado. Tengo una balda en mi destartalada librería en la que voy poniendo los libros que salvaría de un incendio. Y junto a esa estantería tengo una bolsa de viaje. Nunca he hecho el simulacro, pero calculo que si en casa se produjera un incendio tardaría apenas un minuto en meter esos libros en la bolsa y salir corriendo. Lo pensé después de ver en televisión la devastadora imagen de un piso quemado: los muebles convertidos en quebradizas esculturas de carbón; toda una vida reducida a inservibles cenizas; a la nada. El piso se puede reformar, pintar, amueblar. Pero todo será nuevo. De lo que había antes sólo quedará ausencia.

Imaginé lo que eso supondría y pensé en cómo es posible recomenzar después de algo así. Los cuerdos y sensatos cobrarían la indemnización del seguro y se comprarían un televisor más grande; yo necesitaría libros que me devolvieran las ganas de vivir. Las ganas de leer, las ganas de escribir. Por eso empecé a organizar esa balda.

Es una elección difícil, pero necesaria. Calculo que son tres de cada ochenta libros que leo. Tres libros al año. Libros para después de un incendio. Libros para volver a empezar, para reconstruirse. Y “Gritar” de Ricardo Menéndez Salmón es uno de esos libros. No voy a disculparme por quedar como una histérica quinceañera, por perder la compostura. Para saberme vivo necesito esta clase de entusiasmo. Me gusta excederme cuando me encuentro con un libro así. Una póliza a todo riesgo. Un libro anfetamina. Sí, yo me dopo con esto de la literatura, es mi forma de justificarme, de seguir adelante; es mi particular salvoconducto. Ni siquiera importa que “Gritar” no sea un libro perfecto. No importa que “Los ancestros” me parezca un relato adolescente, y que “Para una historia privada de la literatura” me resulte barroco, asfixiante y borroso. Porque los demás sí que lo son, y uno en concreto -y precisamente titulado “La vida en llamas”– es el mejor relato que he leído en mucho tiempo. Sólo ese relato justifica mi desmedido entusiasmo.

Los cuentos de “Gritar” pueden incluirse (en general) dentro de lo misterioso. Pero en el misterio entendido como que en todos sucede algo imprevisto, pasa algo extraordinario dentro de lo corriente. Y lo corriente está en lo reconocible, en lo semejante: la familia, el recuerdo, un compañero de trabajo, el pasado, una confidencia o una llamada de teléfono. Ricardo utiliza lo asombroso como una falsa introducción, como un método para llamar nuestra atención, como una contingencia para contarnos algo mucho más valioso y trascendental. O lo guarda para el final, para justificar todo lo anterior; o lo presenta nada más empezar y lo hace crecer; o lo convierte en una insinuación; o en una herida y una pregunta inesperada. “Gritar” me deja a salvo de esos otros incendios que se producen sin llamas visibles. Días de dudas y naufragios en los que la ilusión se rompe y hace añicos como estalla un vaso de duralex. Días en los que acudo a esa balda y busco ese libro que pueda salvarme; darle un significado a todo esto.

Ricardo Menéndez Salmón. “Gritar”. 140 páginas. Lengua de Trapo. Colección quince por quince. Madrid, 2012.

Rafael Reig. “Guapa de cara”

Irregular y brillante.

“La escritora Lola Eguíbar acaba de morir de un tiro y ahora, con las incomodidades que inevitablemente le acarrea ser un fantasma intangible, inaudible e invisible, inicia la investigación de su propio asesinato, acompañada por un insólito escudero, Benito Viruta, el protagonista de sus libros infantiles”.

Mi mujer leyó este texto de la contraportada y resopló una media pedorreta. Es de Rafael Reig -le dije yo. Pero a ella eso no le impresionó lo más mínimo. Se encogió de hombros y me devolvió el libro.

De acuerdo que ese texto podría desanimar a cualquiera. Pero yo todavía no había leído nada de él y sentía curiosidad. La malsana curiosidad de leer una novela de alguien que critica, recomienda, evalúa, habla o escribe de lo que hacen los demás. En realidad –he de reconocerlo- el morbo de pillar al profesor escribiendo en la pizarra una falta de ortografía. Reig es de los reconocidos, de los aplaudidos y seguidos en tuiter. Tiene que estar ahí por algo.

Asesinan a la protagonista y es ella la que cuenta la historia: ingenioso. Convertida en fantasma puede ver su cuerpo y ser testigo invisible de todo el ritual de la muerte: su autopsia, su entierro y su epílogo. El colmo del cotilla, sí; pero también descubrir lo que los demás sentían por ti. Y además ahora debe investigar su propio asesinato y de compañero tiene a un personaje creado, producto de su imaginación; un personaje de novela dentro de una novela; una especie de Manolito Gafotas pero en salido; contrapunto, payaso tonto sin aparentemente ninguna utilidad. Sí, totalmente absurdo, pero Reig lo hace divertido. Porque es esa parte de comedia la que sostiene la novela, es el estilo y el humor de Reig los que impiden que el libro vuele en picado hasta la piscina. Me cayó simpático, se ganó mi confianza con una sonrisa. Tiene labia. Tiene gracia. Tiene desparpajo. Si vendiera algo se lo compraría: un cacharrico de esos para pasar por la mesa y recoger las migas del mantel, una enciclopedia o un vespino trucado.

“Guapa de cara” es también el acierto de un escenario. Un territorio insólito y a la vez real. Al parecer ya es de otra novela anterior: “Sangre a borbotones”, pero para los que nos tropezamos con él por primera vez resulta absolutamente magnético y sugestivo. Imaginar el Paseo dela Castellana inundado, anegado, convertido en un canal navegable es una imagen muy potente; muy peliculera. Y con esa imagen “Guapa de cara” se convierte en una novela de ciencia ficción. Madrid conserva su perfil pero se transforma en otra ciudad, en una Venecia castiza y futurista, en una ciudad distópica al estilo de “Blade Runner”. Porque fuera de los límites de su perímetro, al otro lado de la alambrada, se elevan columnas de humo; el cinturón sur de la ciudad es una escombrera, un vertedero donde los habitantes expulsados de su interior mueren entre los chasis de antiguos automóviles calcinados. Una ciudad parcialmente sumergida en el que las casas se mueven, aparecen y desaparecen como en “Dark City”. Unas imágenes sugestivas e inquietantes que sin embargo se quedan ahí, en su esqueleto, sin desarrollar; un decorado de segunda mano que se convierte en cartón piedra, como si el hecho de que sea continuación, repetición de lo ya sabido, algo ya visto anteriormente, fuera la excusa para no explicar nada más o el hábil truco del vendedor para que compremos el fascículo anterior, leamos la novela en la que se creo esa ciudad de agua, piedra, alambres de espino y humo negro en el horizonte.

“Guapa de cara” es también una novela negra. Aunque en una parte se mezcla con la ciencia ficción. “En el 79 se acabó el petróleo y la vida cambió de golpe. Tras la victoria del Partido Comunista y el intento de golpe fallido, las tropas norteamericanas invadieron la península ibérica para garantizar la transición democrática. Conseguimos por fin ser todos norteamericanos. Comenzaron las modificaciones genéticas”. Me sonó a antiamericanismo trasnochado, patológico y simplón. A eslogan, un lugar común convertido en argumento de una novela. Y recordé el gesto de mi mujer. Ese resoplar con media pedorreta.

La parte estricta de novela negra es el asesinato y su investigación. Descubrir quién y porqué. Y ahí se habla de cápsulas verdes, neurotóxico, oscuras clínicas psiquiátricas, sótanos, experimentos, cobayas humanos, lobotomía, antídoto, traficantes, empresas farmacéuticas, intereses y sobornos. Se mezcla un fantasma con un exmarido y un empresario, a la policía con la estadística y lo obvio, a un padre con un investigador privado y la verdad. Y se convierte en un thriller mediocre. Bien escrito, con un par de personajes interesantes, pero mediocre. ¿Una parodia del género? No lo creo. Más bien una novela negra muy básica, esquemática, abreviada, simplificada y entretenida. Salvada de la piscina por todo lo que no es precisamente la parte de suspense; por todo lo demás: por la parte personal de la vida de la protagonista, por sus recuerdos y sus monólogos. Por su parte de tragicomedia vital.

Porque ahí está el verdadero valor de esta “Guapa de cara”. En la parte compartida: una ciudad, un barrio, una banda sonora: Madrid, Malasaña, las canciones de Los Secretos. Una empatía generacional: BUP y COU, chistes de “se abre el telón”, Kiko Ledgar y el “Un, dos, tres”. Pero eso no debe bastar, porque cada generación tiene sus nombres y lugares propios, su melancolía y evocación que se convierten en un círculo privado ajeno, inaccesible a las demás. Unos reirán el chiste, se estremecerán y otros no lo entenderán, no le verán la gracia ni se emocionarán al leerlo. Así que tiene que haber más que una referencia generacional, tiene que haber algo que la supere y haga universal, intemporal, genérico. Y esa parte la encontraremos en alguna de las imágenes creadas por Reig: el poder ver los sueños de los demás; el “vivir en un sótano con un solo tragaluz que da a la calle, a la altura de los tobillos de los peatones”. En su teoría de la “generación elíptica”, una generación “oblicua, transversal a la realidad”.  En su representación del poder y sus ejecutivos, los famosos y la fama, la ambición por encima de cualquier escrúpulo; la heroína, el suicidio; la esquizofrenia, el delirio; el zugzwang. En la mecánica del recuerdo: “El único recuerdo verdadero, el que permanece tal y como fue, es el de lo que hemos olvidado, el que aún puede aparecer de pronto, rescatado por una sensación”. En la relación de la protagonista con su padre, en su integridad y su dolor. En los complejos de esa “gordita guapa de cara”, en ser su “propia enemiga”. En su filosofía vitalista, en sus preguntas y reflexiones sobre los deseos, la felicidad y la desdicha en una metáfora fotográfica realmente genial; en lo que significa la vida, lo que le entregas y te da a cambio; en lo que quedará de nosotros después de muertos, lo que recordarán, lo que seremos a partir de entonces. En respondernos si hemos comprendido de qué va todo esto.

Partes que merecen la pena por el contenido y la forma, el estilo humorístico, irónico, desenvuelto y sentimental de Reig. Partes para subrayar, releer y guardar. Partes que compensan el absurdo, el esquema negro y ese guión de cine partidista, repetido y subvencionado. Partes que incluso neutralizan –o no- el final de la novela. Un final de incesto, complejo de Edipo o Electra; final feliz y cursi, de mariposas, redención y poesía. Un final con el que repetí, ampliado y descarado, el gesto de mi mujer.

Rafael Reig. “Guapa de cara”. 213 páginas. Lengua de Trapo. Madrid, 2004.

Pablo Gutiérrez. “Ensimismada correspondencia”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 27 de abril de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/83728/narrativa-poetica

Narrativa poética

Creo que más de una vez se ha dicho que el prosista es un poeta frustrado. Que ambos géneros son incompatibles, dos vecinos que no se hablan. Pues después de leer “Ensimismada correspondencia” ese aforismo ya no es cierto, ha dejado de tener sentido, se ha convertido en una superstición. Porque lo bueno, lo extraordinariamente bueno de Pablo, es esa mezcla, esa cohabitación real, mágica y seductora de la prosa y la poesía en sus relatos. Y no hablo de prosa poética sino de narrativa poética; de poesía sumergida en la prosa y su acuario. No hablo de la belleza pura, misteriosa e inalcanzable de la poesía sino, precisamente, de la poesía de la buena prosa que –para mí- pone a Pablo Gutiérrez en paralelo con Carlos Marzal. Hablo de química, de polimerización; hablo del liquen, de la simbiosis; de un género heterogéneo; hablo del tono, la manera y la forma de una escritura excepcional.

Y es la poesía determinante porque Pablo hace protagonista -casi absoluta, directa o indirectamente- de sus relatos a la poesía y a los poetas. Jaime Gil de Biedma en “Ultamort”; Juan Ramón Jiménez en “Georgina Hübner, en el cielo de Lima”; y Alberto Caeiro (Fernando Pessoa) en el relato que da título al libro. Y cuando los protagonistas son personas anónimas leen poesía; quisieran escribir poemas para redimir su claudicación y su vergüenza; escriben, como protesta y venganza un poema sobre una tumba infame; titulan un relato: “Antipoema 20” y lo cierran con sus versos; encuentran en la biografía de un poeta su contrarreflejo: su “Yo contra Yo” doloroso y clarificador; o se enfrentan al paisaje y a los versos que lo pintaban y que veinte años después no sirven de consuelo.

La poesía es el argumento, el caballo de Troya del relato. Y cuando no se hace evidente como en “Búsqueda.doc” y “Virgen de las aguas”, se convierte, diluida, en la marca; el distintivo de su lenguaje; en su estilo; en su forma de contar y redactar, de hacerlo arrebatadoramente diferente, especial . Y ese acierto, ese valor que marca la diferencia es, curiosamente, su único error. Porque en algunos momentos la puntuación, el ritmo continuo con las breves pausas de las comas convierte a la lectura en apnea, un ejercicio de resistencia sin tomar aire. Riesgo que se ve superado, anulado, convertido en apenas una anécdota por esa manera personal de Pablo, esa narrativa poética que hace “custodiar este libro con avaricia”, releer con inagotable glotonería sus relatos “haciendo trampas, saltando páginas, hurgando detrás” de los múltiples párrafos subrayados, en las innumerables hojas marcadas, a pellizcos, como si fuera un libro de poesía. Estilo que apuntala, sostiene y salva, aunque dejándolos bastante atrás respecto al nivel de los otros seis, a los dos relatos más flojos: “Mujercitas” y “Gigantomaquia”.

“Ensimismada correspondencia” es, para los que alguna vez hemos caído en la insensata tentación de escribir ficción, uno de esos “libros reveladores”, un libro que es tormenta, deleite, asombro y fascinación; una transfusión de sangre, hierro y aguijón para los anémicos y los indecisos. Un libro que se lee “con el ansia del explorador de un cuento que descubre un objeto mágico”. Bofetada, puntapié para los insulsos cuentistas de la nadería, los apadrinados y los ególatras.

Pablo, la poesía y la prosa; la furia, el genio y el gozo compartiendo la misma amante.

Pablo Gutiérrez. “Ensimismada correspondencia”. 156 páginas. Lengua de trapo. Madrid, 2011.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.