Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el martes 29 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/29/sombras-chinescas/

Sombras chinescas

No me gustan nada los facsímiles. Esas reproducciones modernas de libros antiguos como fotocopias en color. No le veo el sentido. Me parecen una falsedad de nuevo rico hortera aficionado a las antigüedades. No me gustan tampoco los libros en pergamino escritos en latín ni los de imprenta escritos en castellano antiguo. No siento ninguna excitación al verlos ni frustración por no tenerlos. Mi afición por los libros de viejo no llega más allá del siglo XX (como mucho la segunda mitad del XIX), pero tampoco tengo dinero para convertirme en un bibliófilo.

Y ese es un punto de partida complicado para sentir interés por un libro como este. Sin embargo hay varios factores que hacen que merezca la pena. El primero es el autor: Ángel Olgoso. Y eso, para los habituales lectores de relatos, es más que suficiente. Es decir, que no vamos a leer la fiel reproducción del “Códigum rarum” escrito por un tal Cayo Mínimus o un libro de caballería escrito por el primo segundo de Tirant lo Blanc sino una colección de relatos escrita por uno de los mejores cuentistas españoles contemporáneos. Y sí, es verdad que ese prestigio es la razón por la que un editor se decide a publicar un libro así: un divertimiento, una excentricidad, algo que sólo está al alcance de un autor reconocido y que sería imposible para Juan Nadie. Pero para los fans de Olgoso (y somos muchos) un nuevo libro suyo es siempre una celebración. Y no, no es su mejor libro de relatos, pero curiosamente en su rareza está su valor. En su singularidad y en su edición, en su cualidad de libro objeto y como antiguo. No, no me estoy ahora cambiando de chaqueta, he dicho como antiguo, y esa manera es coherente y lógica porque este “Almanaque de asombros” es la reproducción de un libro del siglo XVI y como tal no podía editarse de otra manera. El mérito está en seguir el juego, en la pantomima hecha con buen gusto y sin pretender engañar a nadie; porque este libro no es un facsímil sino una reproducción singular de múltiple valor. Uno ya lo he dicho: su autor; dos el ser un libro ilustrado en tiempos de archivos de Word en cuerpos anoréxicos, electrónicos y sin alma (ese nadar contracorriente de Vagamundos que aplaudimos por hacer del libro en papel algo artístico); y tres las maravillosas ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.

Y por lo que respecta a su contenido literario y según nos dice Olgoso en su “Prólogo” e “Introito” estos cuentos son “un puñado de frágiles hojas volanderas” que encontró en el fondo de un viejo arcón de la buhardilla de una casa de su familia y que habían sido manuscritas en el siglo XVI por un antepasado suyo: Bautista Fulgoso. Y aunque la historia de su origen es bonita y novelesca yo creo que es una invención de Olgoso. Y tal vez me esté pasando de listo, pero es que creo que precisamente el que esa historia sea una impostura le da más valor al libro. Eso no significa que estos cuentos sean una falsificación para camelar erotómanos que padecen bibliofilia sino que todo forma parte del juego de ficción y realidad, de la sombra chinesca de la literatura. Que su valor reside en la capacidad de Olgoso para imitar ese lenguaje arcaico y deleitarnos con los prodigios por él inventados siguiendo la huella de aquellos viejos libros en los que “se compilaron casos peregrinos o notables, noticias acerca de animales fabulosos, de las propiedades ocultas de las plantas, de particulares erudiciones, inventarios de rarezas, gabinetes de maravillas”; “Libros rebosantes de eruditas extravagancias e imaginativas patrañas”. A un autor de literatura fantástica como Olgoso le fascina todo ese mundo, y así nos ofrece en este “Almanaque de asombros” su propio y breve catálogo de criaturas fabulosas e historias sorprendentes salidas de su imaginación, “fugaces vistas de esta isla de Jauja, de este Pays de Cocagne aventador de fantásticas curiosidades y misterios insolubles”. En este papel manchado de falso óxido con títulos de letra gótica hay un “pez mujer”, sirena invertida con la mitad inferior del tronco y sus extremidades humanas y el resto de “carpa bien alimentada”, con lo que lo realmente perturbador y lujurioso es hacer posible ese sueño –que con una sirena convencional (supongo) no sería posible- de la cópula (zoofílica al cincuenta por ciento) bajo el mar. Hay un poseído, un hombre gestante de la semilla del diablo al que se le practica una cesárea en canal como exorcismo. Un médico –mi cuento favorito- que sana heridos curando y cosiendo sus sombras. Montañeses que, de no estar emplomados, volarían como globos rellenos de helio con forma humana. El testimonio fehaciente de quien dice saber dónde se halla la cueva que es la entrada al infierno y  a la que acuden los muertos en procesión. La ironía jocosa en la leyenda de un (hermoso, perfecto y bien dotado) ángel con sexo que sedujo a una mujer en la tierra y engendró un linaje (descendientes a su imagen y semejanza) con su mismo nombre propio. Un buhonero nigromante, sanador ambulante que recorre los caminos con su carromato y que enseña que la verdadera riqueza no está en el dinero. Hay “calaveras airadas” que nos advierten que dejemos en paz a los muertos. El secreto de una mixtura verdadera: “comer doce lombrices de tierra recién cogidas a la sazón” que da vigor sexual “para repetir sin mengua dos docenas de fornicios hasta el alba” y fue precedente del ginseng rojo coreano y la viagra. Y hay un –me temo- simple y poco original afán provocador y espantador de meapilas en contarnos de quien son los huesos que están en el sepulcro de un santo.

Ángel Olgoso. “Almanaque de asombros”. 62 páginas. Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros. Ediciones Traspiés. Vagamundos Libros ilustrados. Granada, 2013.

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Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”

El para qué de un escándalo

En el prólogo, Federico Villalobos, nos dice que “En 1983, durante el acto de reapertura del Gaiety Theatre de Dublín, el actor Peter O’Toole leyó sin previo aviso algunos fragmentos de “Una humilde propuesta”. Tras unos instantes de estupor, se produjo una estampida de políticos y gestores culturales escandalizados por la incorrección de lo que estaban oyendo. El episodio, además de demostrar que siempre habrá alguien tan tonto para tomarse una parodia al pie de la letra, confirma que escritores como Jonathan Swift son capaces de seguir sacudiendo a su audiencia doscientos cincuenta años después de haberse disuelto en la nada”

Y con lo que dice Villalobos estoy en parte de acuerdo y en parte no. Lo primero es la fecha. “Una humilde propuesta” fue publicada en 1729. Es decir, en el siglo XVIII. Hace dos siglos. A día de hoy 283 años. Doscientos ochenta y tres años. Y leerlo hoy todavía causa pavor, grima, auténtico horror. Ese es su mayor mérito. En esa cosa que llaman intemporalidad. Pero no estoy de acuerdo en que Villalobos hable de “escándalo por la incorrección”. Determinar lo que es incorrecto, la imposición de un lenguaje políticamente correcto es un invento reciente, tendencioso y relativo, y en algunos casos ridículo. Lo que a uno puede parecerle incorrecto a otro puede parecerle lo contrario. Lo que hace sesenta años era aquí delito hoy no lo es; y en determinada isla caribeña y en varios países musulmanes lo sigue siendo. Y la parodia -dependiendo del público que la escuche y al que está destinada- provocará la risa o el rechazo. Cada colectivo tiene su programa de televisión. Lo correcto es ideológico, no un término absoluto. Y Swift no buscaba escandalizar por ser incorrecto. Swift no buscaba el debate. Swift pretendía ser brutal, hacer despertar al público, echarlos a todos de la sala sin excepción. Swift utiliza el escándalo; se sirve de él y su efecto inmediato. El escándalo era el método, la manera de llegar; pero por encima de cualquier punto de vista. Peter O’Toole hizo trampas, él sabía lo que estaba leyendo, jugo con ventaja al viejo juego de epatar al burgués. En todo caso a esos políticos y gestores culturales que se fueron escandalizados se les puede acusar de ignorancia, de no conocer el texto de Swift; pero no de ser incorrectos o tontos. Cualquiera que lea hoy “Una humilde propuesta” sentirá lo mismo: pavor, auténtico horror.

Y precisamente “Una humilde propuesta” es uno de los libros crueles que José Ovejero cita en su ensayo: “La crueldad de la ética”. Ovejero califica este escrito de panfleto, ya que “el ensayo no debe dirigirse a las emociones porque entonces se convierte en panfleto”. Pero lo califica como un ejemplo de libro cruel porque “la brutal propuesta de Swift tiene una diana clara: el lector. A Swift no le basta con que entienda, lo que busca es que se sienta incómodo”. “No es (simplemente) algo llamativo para captar la atención y denunciar la hipocresía de la sociedad de la época”. “La belleza de la crueldad de Swift es que no se dirige tan sólo al intelecto, también pretende llegar a las tripas, y por ello es más poderosa, por más directa que la mera argumentación”. “Un texto como el de Swift, panfleto y no ensayo, es más manipulador; a las sensaciones, como a los prejuicios, se llega de manera directa, sin necesidad de pasar por el intelecto”. Sin embargo, si bien es cierto que la parte más evidente de la propuesta de Swift es la que apela al sentimiento y su espanto, no está exenta de estructura y coherencia aunque sea irónica e irritada. Swift presenta la situación en la que se encuentra Irlanda y propone una solución que sabe imposible, aberrante, con lo que su propuesta es en realidad una crítica despiadada de la sociedad de su época que viste de utilidad y beneficios económicos y sociales.

Y es que el contexto en el que fue escrita nos dará el porqué de esta parodia satírica como la califica Villalobos. En 1729 Irlanda sufría una gran pobreza. “A todo el que atraviesa esta gran ciudad o viaja por el país le causa una profunda tristeza ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños harapientos que importunan a todo el que pasa pidiéndole una limosna”Es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo que miremos por ellos de tal modo que en vez de suponer una carga para sus padres o para su parroquia, y de carecer de comida y vestido durante el resto de sus vidas, contribuyan, por el contrario, a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles de compatriotas”. “Voy, por tanto, a exponer ahora humildemente mis propias ideas, con la esperanza de que no pueda oponérseles la menor objeción. Un americano muy entendido en la materia, al que he conocido en Londres, me ja asegurado que un niño sano y bien criado es, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, guisado, asado o hervido, y no tengo la menor duda de que puede servir igualmente para un fricasé o un ragú”. “… los cien mil niños restantes, propongo que al cumplir el año puedan ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna de todo el reino, aconsejando siempre a la madre que les deje mamar a gusto durante el último mes, de manera que lleguen rollizos y mantecosos a la mesa”.

Esa, fundamentalmente –pues hay un par de párrafos igual de crueles- es la aberración, el escándalo que haría levantarse indignado a cualquiera del asiento y marcharse. Pero si la lectura se reduce a la parte morbosa la propuesta de Swift será un acto mal intencionado que sólo busca epatar, provocar. Porque Swift va más allá de esa simpleza: “Por supuesto, este manjar resultará bastante caro, y por eso mismo, muy apropiado para los terratenientes, quienes, dado que han devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener más derecho que nadie a los hijos.”

Las ventajas que la propuesta ofrece son que los arrendatarios pobres tendrán algo valioso de su propiedad y les ayudará a pagar la renta a su terrateniente, se incrementará el capital de la nación, se ahorrarán gastos y se obtendrá un beneficio y aumentará la clientela a las tascas (aumento del consumo). Los niños, y por lo tanto el ser humano, se convierten en estadísticas, en números, en valores económicos y contables, en producto, en materia prima.

Y Swift recurre al escándalo de lo monstruoso porque está harto de que otras palabras y soluciones hayan resultado vacías y fallidas. Palabras como altivez, vanidad y ociosidad; austeridad, prudencia y sobriedad; compasión, honradez, diligencia y laboriosidad. “Que nadie me hable de estas ni de parecidas soluciones hasta que no se vislumbre la esperanza de que alguna vez se llevará a cabo un sincero y decidido intento de ponerlas en práctica”. Swift recurre al escándalo como una forma para que se le preste atención, se le escuche, porque está “cansado de haber pasado largos años ofreciendo ideas inútiles, estériles y quiméricas”. Recurre a la provocación para dejar en evidencia “el panorama de perpetua desdicha que […] han tenido que padecer debido a la opresión de los terratenientes, a la imposibilidad de pagar las rentas por falta de dinero u ocupación, a la carencia del mínimo sustento, sin casa ni vestido con que protegerse de la inclemencias del tiempo, y con la inevitable perspectiva de legar a perpetuidad a sus descendientes similares o mayores miserias”.

Jonathan Swift. “Una humilde propuesta”. 62 páginas. Ilustraciones de Sergei Furst. Vagamundos libros ilustrados. Editorial Traspiés. Granada, 2008.

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”

Turismo literario

Hay libros que producen un irrefrenable sentimiento de envidia. Y este es uno de ellos.

Para el amor y el odio cada uno tiene sus particulares motivos. El mío para sentir envidia –una de las derivadas del odio- es que a mi me gustaría hacer un libro como éste. Un libro ilustrado con mis fotografías y artículos. Viaje, fotografías en blanco y negro y texto. Lugar, imagen y palabra. Contrato indefinido del recuerdo. Fe de vida y tránsito.

José Luis García Martín ha escrito un libro minúsculo y múltiple. “Lecturas y lugares” es un “cuaderno de viajes”, turismo literario, búsqueda, encuentro y evocación. Y de nuevo siento envidia porque yo, además de haber viajado poco, los únicos viajes de peregrinación literaria que he hecho han sido ir a Vera de Bidasoa a ver (por fuera) Itzea, la casa de los Baroja (Pío y Ricardo) y pasar varias veces por el callejón del gato. Me deja en cierta manera el complejo de los que hemos viajado de noche sentados en una silla, la ventana cerrada, los codos apoyados en una mesa, el libro abierto y en las estanterías los albúmes de fotos de las vacaciones familiares en la playa.

“Lecturas y lugares” son los viajes hechos a propósito por José Luis para encontrarse con la sombra de algún escritor, como ir a Éze, una villa medieval de la costa Azul, en donde estuvo Nietzsche. Pero es, sobre todo, un inventario de viajes en los que se aparece el recuerdo de los escritores que estuvieron allí. Como ir a Nápoles y contemplar el Vesubio desde la cubierta de un crucero y recordar a Leopardi. Ir a Ginebra y recordar a Amiel. A Coimbra y Eça de Queirós. A Venecia y Henry James. A Plovdiv (Bulgaria) y encontrarse por casualidad con el recuerdo de Agustín de Foxá.

Pero también es un diario de vivencias personales. De viajes en solitario. Emborracharse de melancolía en Coimbra. Volver a Roma y a su cementerio Acatólico, un lugar fuera del mundo donde recordar a Shelley y Keats, y al escritor sueco Axel Munthe. Ir a  Nueva York y encontrar en una librería de viejo “Doble esplendor”, la novela de Constancia de la Moray recordar la desaparición de José Robles, el traductor de John Dos Passos; y en el mirador del Rockefeller Center encontrarse por casualidad con alguien que le cuenta que la novela en realidad la escribió la escritora norteamericana Ruth Mckenney, y que hablando de la militancia política de la española le pregunta si ha leído “Yo, comunista en Rusia” de Ettore Vanni, “un testimonio estremecedor de cómo trataron en la Unión Soviética a los comunistas españoles”. Y entonces me acuerdo de “Enterrar a los muertos”, de Ignacio Martínez de Pisón.

Artículos que hablan de la saudade en unos viejos ABC que compró en un rastro y leyó en Lisboa. La conversación y la historia que le contó en un taxi un americano mientras buscaban su barco en el puerto de Florencia. Lo que le contó un amigo en Venecia del Conde Cini. La historia de un gondolero de la misma ciudad y su abuelo que conoció a Cortazar. El recuerdo de Pablo Suero, poeta y periodista asturiano, que publicó un libro “Figuras contemporáneas” con un prólogo titulado “Viajando por paisajes y almas” y que, en cierta manera, puede ser su contrafigura. Pablo Suero del que José Luis dice: “Gran periodismo es “España levanta el puño”, un libro ahora reeditado, que hace revivir, como ningún otro, aquella España exasperada y aún esperanzada de los meses que precedieron a la guerra”. Y yo escribo unos enormes y alucinados signos de interrogación entre exclamaciones y me acuerdo de “Palabras como puños” de Fernando del Rey. Y el capítulo último de un viajero que “siempre descubriendo mediterráneos” encuentra uno cerca de su pueblo, Aldeanueva del Camino (Cáceres), y es Cáparra y su romano arco triunfal de cuatro pilares.

“Lecturas y lugares” es un libro que me ha producido sentimientos contradictorios, enfrentados. Por un lado produce fascinación y envidia por el conocimiento, la cultura literaria de José Luis; por esos viajes en solitario, por los lugares que me ha enseñado y se convierten en anotaciones en mi libreta de utopías, destinos imposibles, lugares que seguramente nunca veré. En cada lugar convoca el recuerdo de los escritores, conoce su biografía, sus pasos pedidos; recita alguno de sus poemas, memoria de una biblioteca portátil. Pero también en algunos momentos resulta excesivamente pedante, incluso cursi; hipersensible poeta del éxtasis literario. San Sebastián lacerado, literato siempre en su papel. Catedrático erudito que reproduce versos en italiano y portugués (sin traducción a pie de página); pose y lenguaje abrumador de los permanentemente sublimes, herido por el rayo que no cesa, rococó literario que no parecen pisar este mundo, su fango ni su menú del día. Prefiero algo más cerca de lo humano, como Sergio del Molino y su “Restaurante favorito de Nina Hagen”. Prefiero, con diferencia, el estilo y la forma de Hilario J. Rodríguez en su “Mapa Mudo” -también publicado por Vagamundos-, en el que habla de escritores, lecturas, libros, lugares, fantasmas y literatura.

José Luis García Martín. “Lecturas y lugares”. 61 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2011.

Juan Villalta. “Memorias”

Catalá-Roca no es el único.

Para los que, como yo, tengan una irracional fascinación por las fotografías en blanco y negro este libro es un prodigioso hallazgo; un afortunado encuentro que, sin cita previa, llega para quedarse y formar parte de mi lista personal de indispensables.

Una maravilla en pequeño formato por la que descubrirán a Juan Villalta, fotógrafo autodidacta y multipremiado que nació en 1928 en Tarifa (Cádiz) y que lleva haciendo fotografías más de cincuenta años.

En el prólogo, José Antonio López, al hablar de las imágenes de Juan, nos habla de la lógica añoranza que podemos sentir al verlas, de la nostalgia y el recuerdo por ser fragmentos de otra época, reflejar el pasado de una España (distinta o afortunadamente) que ya no existe. Tiempo atrapado en el blanco y negro, ausencia de color que guarda la memoria familiar de muchos de nosotros.

Juan es un fotógrafo sin formación y sin referentes. Un hombre que tenía un bar en Tarifa y que salía a la calle a buscar y atrapar historias en sus fotografías. Un fotógrafo –como dice José Antonio López- de instinto, humano, directo e ingenuo.

En alguna de las fotografías es el propio Juan el que pone el texto al pie de la imagen para explicar cuándo y cómo fue tomada: “en días de feria, alegres y coloridos en los que apetece sacar la cámara”. En otra cuenta la historia del retratado, quién era y como murió: “la fotografía también tiene sus recuerdos tristes”. En la que tuvo que esperar un rato para conseguir la fotografía que quería: “la paciencia es muy importante en la fotografía”. La imagen que se encontró por casualidad, paseando; las que compuso, preparó, para un concurso. Y esa en la que cuenta lo que le dijo a un hombre que quiso que le enseñara un poco: “Mira, yo no te puedo enseñar nada de fotografía, te puedo enseñar cómo las hago yo”.

Fotografías de una romería de Tarifa, las que hizo a “Los maletillas”, las que son retratos de familia. La vieja España desaparecida de pastores y tratantes de ganado, piconeros, molineros y panaderos, el barbero ambulante del puerto y un pescador con pata de palo, el Palmar de Troya y el afilador con su bicicleta, los pescadores de atún y la almadraba. Empezó con lo que tenía cerca y luego viajó, salió fuera con la cámara al hombro: Antequera, San Sebastián, Bermeo, Ávila, Ceuta, Utrera, Santiago de Compostela.

“Memorias” que ya no se tratan solamente del recuerdo, la memoria de su pueblo y sus vecinos. Ese fue el comienzo: el trabajo etnográfico sin pretenderlo, el documento, el reportero, el estar allí, el lugar y el momento oportuno. En las fotografías de Juan están el retrato; la idea, la imagen buscada a propósito; el encuadre y el trasfondo, el fotógrafo invisible; la mirada personal que las convierte en arte y marca la diferencia.

Y aunque echo de menos (un dato imprescindible) las fechas de cada una, y hay algunas peores que otras, -hay algunas dentro del libro en formato pequeño que merecerían estar en grande- son cincuenta fotografías que sirven para descubrir lo que hasta ahora estaba oculto y que desde ese momento se hacen pocas; nos hacen querer saber más, ver más, disfrutar más. Un catálogo, una antología en gran formato y tapas duras (me parece increíble que no exista) que reconozca el extraordinario trabajo artístico de Juan Villalta.

“Memorias” que además llevan, desde su cita en el prólogo, a otros fotógrafos españoles de los años cincenta: Oriol Maspons, Virgilio Vieitez, Ricard Terré y Ramón Masats.

Francesc Catalá-Roca ya no es el único.

Juan Villalta. “Memorias”. Ediciones Traspiés. Libros ilustrados Vagamundos. Granada, 2009. 

Ambrose Bierce. “El club de los parricidas”

 Sin almidón en la camisa

Ambrose Bierce es uno de esos escritores en los que merece la pena detenerse para conocerle primero como personaje. Porque Bierce es el protagonista de “Gringo Viejo” la novela de Carlos Fuentes publicada en 1985 y que cuenta la historia de un escritor y columnista estadounidense que, cumplidos los setenta años, lo abandona todo y cruza la frontera mexicana para unirse a las tropas de Pancho Villa. Historia que se convirtió en algo más que una novela de éxito al ser llevada al cine por Luis Puenzo en 1989 y en la que Gregory Peck interpretó a ese “Old Gringo”. Pero con independencia de la versión de esa novela y su película lo cierto es que Bierce se unió voluntariamente a esa revolución para vivir así el último episodio de su vida. Decisión que él mismo explicó por carta a un familiar antes de partir rumbo a México: “Si oyes que he sido fusilado junto a un muro de piedra mexicano, por favor, entiende que esa es una buena manera de morir. Supera a la ancianidad, a la enfermedad o a una caída por las escaleras de la bodega. Ser gringo en México ¡eso es eutanasia!”. ¿Aventura temeraria, demencia senil, infelicidad y agotamiento vital o suicidio asistido? Los motivos que realmente le llevaron allí sólo Bierce los supo; el hecho probado es que en aquella revolución desapareció anónimamente en 1913 sin dejar una simple tumba a la que peregrinar para llevarle flores o escupir sobre su nombre. Su desaparición y muerte le convirtieron en leyenda, y antes que el escritor mexicano resucitara su recuerdo, su amigo H.P. Lovecraft lo hizo en su novela “El que acecha en el umbral” publicada en 1945.

Pero antes de ese final legendario y de que se convirtiera en un personaje de novela Bierce ya era en vida –como explica Jesús Aguado en el prólogo- uno de los mejores escritores de su época y un columnista de periódico independiente, temido y célebre. Amigo y admirador de Mark Twain, escribió una docena de libros; fundamentalmente de relatos cortos; y se le consideraba heredero de Edgar Allan Poe y Herman Melville.

La Editorial Traspiés, dentro de su colección de libros ilustrados Vagamundos, recupera con esta publicación al personaje, pero descubre también a un escritor poco o nada conocido en España. Un autor al que según el nuevo enciclopedismo electrónico se le debe considerar un cuentista de primer orden y al que debemos algunos de los mejores relatos macabros de la historia de la literatura. Y dentro de ese género de cuento de terror se pueden incluir las historias que componen este “El club de los parricidas”. Cinco relatos que tratan ese “homicidio calificado” que es el parricidio en todas sus posibles combinaciones: ascendientes y descendientes, directos y colaterales, y, por supuesto, entre cónyuges. Y la consumación de ese horrible crimen produce un rechazo inmediato o un escalofrío morboso por ese principio Freudiano de “matar al padre” que yo no he sentido nunca, pero que al parecer no resulta tan extraño. Supongo que los que en alguna ocasión juguetearon con esa posibilidad encontraran algo irresistiblemente atractivo en este “club”.

Los relatos de Bierce no son ejemplarizantes, no hay moraleja ni reinserción del delincuente. Todas las familias resultan lo que hoy se llamaría un “hogar desestructurado”, una cooperativa de borrachos, ladrones, mentirosos, estafadores o delincuentes que acaban matando/se por avaricia o como forma de ganarse la vida: “el negocio es el negocio”. Una curiosa mezcla de surrealismo desde la exageración y de realismo social determinista. Los relatos de Bierce son, desde luego, carne de psicólogo, pero la literatura no debe meter los pies en ese laberinto con acento argentino.

Y es que sus historias son brutales, salvajes; bestias como un cómic gore. En una combinación de “Gangs of New York” y “Oliver Twist” con música de Wagner. Asesinatos como una atrocidad artística, imágenes macabras, bestialismo que se diluye en un humor negro y disparatado: si sentía remordimiento no era por la muerte sino “por la gran insensatez que supuso haber echado a perder un negocio tan lucrativo”. Terror en el que hay un espacio muy importante para la demoledora y explícita crítica del sistema judicial y sus corruptelas, la mitad periodística del escritor: “Fui a ver al jefe de policía… El comisario era un asesino con un amplio historial. Después de elevar consultas al juez que presidía el Tribunal de Jurisdicción Voluble me aconsejó que escondiera los cuerpos en una de las estanterías, que suscribiera un sustancioso seguro y que le prendiera fuego a la casa”.

Lo que más sorprende en estos relatos es su lenguaje. Porque normalmente tendemos a imaginarnos aquella época (segunda mitad del siglo XIX) acartonada y rígida como el almidón de los cuellos de las camisas que se usaban entonces. Sin embargo Bierce usa un lenguaje directo, crudo, limpio, sin espinas, adornos ni rodeos. Eficiente como un carnicero que mientras parte la carne con un único corte limpio, sonríe y le guiña un ojo a la clientela.

         Ambrose Bierce. “El club de los parricidas”. 88 páginas. Editorial Traspiés. Libros Ilustrados Vagamundos. Granada, 2011. Ilustraciones de Pablo López Miñarro.

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